Verba volant, scripta manent

sábado, 31 de octubre de 2015

La mejor cerveza del mundo


En el pueblo belga de Westvleteren se encuentra la abadía trapense de San Sixto. Este monasterio es famoso por su cervecera, que desde hace más de siglo y medio ha venido elaborando con métodos tradicionales una cerveza que, según buena parte de los entendidos, es una de las mejores, si no la mejor, del mundo entero.
La abadía de San Sixto fue fundada en 1831 por un grupo de monjes trapenses procedentes del monasterio francés de Castberg. Apenas siete años después, en 1838, empezaron a fabricar cerveza en el interior de la abadía. Una cerveza elaborada con una receta propia y que muy pronto se hizo famosa por su calidad, una fama que no tardó en extenderse más allá de los límites de Westvleteren, a pesar de que no fue hasta 1931 cuando empezó a ser vendida al público; hasta entonces, sólo los visitantes de la abadía y unos pocos afortunados habían tenido la oportunidad de disfrutarla.

Abadía de Saint Sixtus (Westvleteren)
La cerveza se elabora siguiendo el método tradicional, con una receta particular celosamente custodiada por los monjes. Se comercializan tres variedades de esta cerveza: la Westvleteren 8, la tradicional, con un 8% de graduación; la Westvleteren 12, fabricada a partir de 1940, con un 10'2 % y elegida en varias ocasiones como "la mejor cerveza del mundo"; y la Westvleteren Blonde, comercializada a partir de 1999 y con un 5'8 % de alcohol. Durante algunos años, también fabricaron dos variedades más suaves, de 4 y 6'2º, destinadas exclusivamente al consumo del monasterio; ambas dejaron de producirse en 1999, sustituidas por la Blonde. La producción es limitada; las tres variedades suman apenas 60000 cajas de 24 botellas cada año, una cantidad constante desde 1946. Pese a la enorme demanda, los monjes no han considerado procedente aumentar la producción, y su venta no sigue los cauces de distribución habituales: la cerveza se vende sólo en la propia abadía, y para ello hay que reservarla previamente por teléfono. Además, para evitar la especulación y para que un número mayor de personas pueda disfrutarla, existe un límite de dos cajas (de 24 botellas cada una) por vehículo (una, si se trata de Wv 12) y sólo se admite un pedido cada dos meses para cada persona, número de teléfono y placa de matrícula. Además, también se puede degustar en el In de Vrede, una cafetería y centro de visitantes gestionado por los propios monjes, donde además de degustar y adquirir la famosa cerveza también se pueden comprar otros productos de la abadía, como quesos o levaduras. En ocasiones extraordinarias, la cervecera monacal ha llegado a acuerdos para comercializar (siempre de manera puntual) sus productos con distribuidoras de renombre, como la cadena de supermercados Colruyt o la importadora norteamericana Sheldon Brothers. También, entre 1946 y 1992, la cervecería St. Bernard, del cercano pueblo de Watou, envasaba una cerveza bajo el nombre de St Sixtus, con permiso de la abadía.


Otro punto curioso es el precio. Pese a la enorme demanda existente, la cerveza se vende a precios más que competitivos: 30 euros la caja de 24 botellas de Blonde, 35 € la de 8 y 40 € la de 12. Esto provoca que a menudo las botellas acaben siendo revendidas, pese a la oposición explícita de los monjes, alcanzando precios estratosféricos. También se han detectado falsificaciones, en las que se venden como Westvleteren otras cervezas de mucha menor calidad. Los beneficios que obtienen los monjes se emplean en el mantenimiento del monasterio y en algunas actividades benéficas para los habitantes del pueblo.
Otra peculiaridad de esta cerveza es que carece de etiquetas. Toda la información que por ley debe incluir la cerveza se encuentra en las tapas de las botellas, de distintos colores según la variedad (azul la 8, amarilla la 12 y verde la Blonde). En algunos países, como los EEUU, son los importadores los que le colocan etiquetas para cumplir con la legislación.


En la factoría trabajan a tiempo completo cinco monjes, mas tres trabajadores seculares contratados. A ellos se les unen otros cinco monjes para echarles una mano durante el embotellado, la época donde hay más trabajo. Una curiosidad es que esta fue una de las escasas cervecerías que no vio incautados sus toneles de cobre durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial para ser fundidos y usados en la producción de armamento.
A pesar de la gran popularidad que les ha proporcionado el éxito de su cerveza, los monjes de San Sixto se han mostrado discretos y evitan cualquier publicidad. Rara vez conceden entrevistas y no suelen admitir visitantes no religiosos, a los que por lo general dirigen al centro de visitantes, donde pueden encontrar abundante información sobre la historia del monasterio y su cervecería. Como el prior de la abadía declaró en 1992, al inaugurar la nueva maquinaria de la cervecería, "No somos cerveceros, somos monjes. Fabricamos cerveza para permitirnos poder ser monjes".

miércoles, 28 de octubre de 2015

La Dakota perdida


Dentro de la legislación norteamericana existe la figura del "territorio". El territorio es una división política supervisada directamente por el gobierno federal norteamericano, que no alcanza el estatus de estado de pleno derecho. Dentro de los territorios se distinguen dos tipos:
- Los territorios incorporados, sobre los que el Congreso norteamericano ha decretado que sus habitantes y gobiernos están bajo la jurisdicción de la Constitución y las leyes norteamericanas, por lo que se consideran parte integral de los EEUU. Más de la mitad de los actuales 50 estados fueron originariamente territorios, antes de alcanzar el status de estado. En la actualidad, no hay territorios de este tipo en Estados Unidos; los dos últimos, Alaska y Hawai, se convirtieron en estados en 1959.
- Los territorios no incorporados, que tienen el rango de posesiones, controlados por los EEUU pero que no se consideran parte de ellos, y cuya soberanía está parcialmente compartida con los gobiernos locales. Esta categoría incluye al Estado Libre Asociado de Puerto Rico, la isla de Guam, la Samoa Americana, las Islas Vírgenes Norteamericanas y las Marianas del Norte, además de otros diez pequeños islotes o archipiélagos deshabitados del Caribe y el Pacífico.
El Territorio de Dakota se creó oficialmente el 2 de marzo de 1861. Se trataba de una especie de cajón de sastre donde se agruparon una serie de territorios que habían ido quedando "descolgados" durante la expansión hacia el oeste de las fronteras de los EEUU. Incluía parte del territorio comprado a los franceses en 1803 con la Louisiana; el sur de la llamada Tierra del Príncipe Rupert, cedida a los norteamericanos por los británicos en el tratado de 1818; el territorio entre el río Missouri y la frontera oeste del recién creado estado de Minnesota; y el territorio cedido por los indios sioux nakota al gobierno norteamericano en el Tratado de Yankton (1858).
El territorio resultante sobrepasaba el millón de kilómetros cuadrados y resultaba algo complicado de gobernar, así que muy pronto empezaron a desgajar pedazos de territorio que iban asignando a otras regiones. Casi toda la mitad oeste del territorio fue transferida al Territorio de Idaho en 1863 (en la actualidad forma parte del estado de Montana). A su vez Idaho cedió a Dakota un trozo de territorio de unos 200000 km2 en 1864; una superficie que sería a su vez transferida al Territorio de Wyoming en 1868. Una pequeña zona de terreno al sur fue cedida al estado de Nebraska en 1882.  El territorio restante daría lugar en 1889 a dos estados: Dakota del Norte y Dakota del Sur. Se decidió que fueran dos estados y no uno porque los principales núcleos de población, Bismarck en el norte y Sioux Falls en el sur, estaban separados por ciertos de kilómetros. Además, el Partido Republicano abogó por esta solución porque creía que así podría aumentar su número de representantes en el Congreso y el Senado.


Sin embargo, todos estos movimientos de territorios y traspasos de soberanía habían dejado olvidado un pequeñísimo y despoblado trozo de terreno en la región donde se unían las fronteras de Montana, Idaho y Wyoming. Un diminuto pedazo de apenas treinta kilómetros cuadrados que sería conocido como La Dakota Perdida (Lost Dakota). Una isla en medio de la nada que, al menos sobre el papel, seguía siendo parte de Dakota, aún cuando se encontraba a cientos de kilómetros de su suelo, rodeada por territorios que, legalmente, no tenían jurisdicción alguna sobre ella.
Habría sido un fenomenal lugar para esconderse... si hubiera habido algún lugar donde hacerlo. Lo más seguro es que nunca nadie viviese en ese lugar, que por otra parte era una comarca desolada, agreste y de muy difícil acceso, incluso hoy, sin carreteras ni caminos. Una curiosa anomalía histórica que apenas duró unos años; en 1873, alguien se dio cuenta de su existencia al margen de la ley y fue asignada a Montana, más concretamente, al condado de Gallatin. En la actualidad, forma parte del Parque Nacional de Yellowstone.


domingo, 25 de octubre de 2015

El hijo de Neptuno

Sexto Pompeyo Magno Pío (c. 65 a. C. - 35 a. C.)

El 9 de agosto del año 48 a. C. dos ejércitos romanos se enfrentaron en una llanura cercana a la ciudad griega de Farsalia. Por un lado, Cayo Julio César y sus tropas, apoyadas por las clases populares de Roma. Por el otro, el ejército de Cneo Pompeyo Magno, antiguo aliado de César y ahora adalid de la facción aristocrática y conservadora, la de los optimates, que incluía a la mayor parte de los senadores. Pese a que César estaba en desventaja numérica de 2 a 1 y sus tropas estaban cansadas y escasas de suministros, la veteranía y disciplina de sus soldados se impuso infligiendo a sus enemigos una severa derrota. Pompeyo huyó con familiares y amigos a Egipto, donde fue asesinado por orden de Potino, eunuco del faraón Ptolomeo XIII, que creía de esta manera congraciarse con el vencedor.
Entre los que acompañaban a Pompeyo en sus últimos días estaban sus dos hijos, Cneo y Sexto, quienes, tras la muerte de su padre, se dirigieron a Útica, donde Metelo Escipión, Catón el Joven y Tito Labieno reunían un ejército con aquellos de sus partidarios que todavía estaban dispuestos a combatir a César, a pesar de que éste había decretado una amplia y generosa amnistía para aquellos que depusiesen las armas. El 6 de abril del 46 a. C., en Tapso (en la actual Túnez) César derrotaba al ejército de los conservadores. Escipión y Catón murieron, y Labieno y Sexto huyeron de nuevo, esta vez a Hispania, donde se reunieron con Cneo, mientras César, necesitado de un descanso, retozaba entre las sábanas con Cleopatra.
Allí, en territorio hispano, se dirimiría la última batalla de la guerra civil. Labieno y los hijos de Pompeyo lograron reunir un ejército, formado en buena parte por antiguos soldados pompeyanos que se habían instalado allí tras su retiro, tribus locales, libertos, desertores... El ejército de los conservadores y el mandado por César se encontraron por fin el 17 de marzo del 45 a. C. en las llanuras de Munda, cuya localización exacta es todavía discutida y ha sido situada, entre otras, en Monda o Ronda la Vieja (Málaga), Montilla (Córdoba) u Osuna (Sevilla). Fue una batalla larga y sangrienta, donde la victoria estuvo a punto de decantarse en favor de cualquiera de ambos bandos, pero finalmente una vez más las experimentadas tropas de César lograron el triunfo. Labieno murió en combate, y Sexto y Cneo, con un puñado de fieles, consiguieron huir, si bien Cneo fue capturado semanas después y ejecutado.
Perseguido por los soldados de César, acompañado sólo por un puñado de hombres leales, Sexto Pompeyo huyó y buscó refugio en el territorio de los lacetanos, en lo que hoy es Cataluña, viviendo poco menos que como un bandido, hasta que reunió un nutrido grupo de seguidores con los que se dirigió a la provincia de la Bética, donde su familia contaba con numerosos aliados, tanto entre las tribus locales como entre los romanos. Con este nuevo ejército no le fue difícil derrotar al gobernador romano, Gayo Carrinas, y hacerse con el control de la provincia.
El 15 de marzo del 44 a. C., César caía asesinado en el Foro, acuchillado por un grupo de conspiradores. Muchos esperaban que la situación política volviese a como estaba antes de la guerra civil, pero el magnicidio sólo desató nuevos combates entre partidarios y detractores de César. Aprovechando el desconcierto, Sexto viajó a Roma a reclamar la herencia paterna, y fue recibido con honores por los miembros del Senado, que lo saludaron como sucesor de su padre y lo nombraron comandante de la flota republicana, con base en Massilia. Pero cuando Octavio, sobrino nieto y heredero de César, alcanzó el consulado, una de sus primeras disposiciones fue proscribir a todos participantes en el asesinato, entre los que se incluyó el nombre de Sexto, pese a que éste no había tenido una participación directa en la conspiración.
Sexto, pese a tener el control de la flota, quedaba en una posición incómoda, ya que los gobernadores de la Galia y de Hispania habían jurado lealtad al recién formado Triunvirato (Octavio, Marco Antonio y Lépido), dejándolo sin una base en tierra firme. Mientras los triunviros derrotaban en Filipos (Macedonia) al ejército comandado por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, dos de los asesinos de César, Sexto aprovechaba su superioridad naval para saquear las costas del Mediterráneo Occidental. Con el tiempo, reunió un gran ejército formado por todos aquellos que habían sido declarados enemigos por el Triunvirato y desembarcó en Sicilia, donde no tardó en hacerse con el control de la isla y alcanzar un pacto con el propretor Aulo Pompeyo Bitínico para compartir el gobierno.

Áureo acuñado por Sexto en Sicilia
Mientras los triunviros estaban ocupados enfrentándose a los restos de los conservadores y entre ellos mismos, Sexto Pompeyo aprovechó su abrumadora superioridad naval para conquistar Córcega y Cerdeña y seguir saqueando las costas italianas. El primer intento de desalojarlo, un ejército enviado por Octavio y comandado por Quinto Salvidieno Rufo, fue infructuoso. Sexto estaba en la cúspide de su poder. Cansado de compartir el gobierno, hizo asesinar a Bitínico con la excusa (quizá real) de que conspiraba contra él, y se proclamó, de manera algo presuntuosa, como "Hijo de Neptuno" (Neptuni filius). Además, sin el grano procedente de Sicilia, y con el poderío naval de Sexto, que le permitía interceptar los envíos procedentes de África, Hispania y Oriente, muy pronto Roma se enfrentó al fantasma de la escasez y la hambruna, lo que obligó a los triunviros a pactar con Sexto. El tratado de Miseno (39 a. C.) reconocía a Sexto Pompeyo como señor de Sicilia, Córcega, Cerdeña y el Peloponeso, y le aseguraba el nombramiento como cónsul unos años más tarde y una generosa cantidad de dinero. A cambio, Sexto se comprometía a cesar los saqueos y a permitir el comercio por el Mediterráneo. El pacto se sellaría con la boda de la hija de Sexto, Pompeya Magna, con el sobrino de Octavio, Marco Marcelo. No obstante, pese al acuerdo, las hostilidades no tardarían en reanudarse.
Sexto había cometido un error estratégico al no aprovechar que la atención de Octavio y Marco Antonio estaba centrada en Oriente para consolidar su dominio. Un error que le costaría caro. En el 38 a. C. sufrió un severo revés cuando Menadoro, uno de sus capitanes de confianza y gobernador de Córcega y Cerdeña, se pasó a las filas de Octavio, entregándole no sólo el control de las islas, sino también una parte de la flota de Sexto. Octavio, de inmediato, quiso aprovechar esta ventaja e intentó invadir Sicilia, sin éxito: su flota sufrió una severa derrota en Cumas y sus restos fueron aniquilados en Mesina por una tempestad. Pero, una vez más, Sexto no supo beneficiarse de esta coyuntura y no hizo ningún avance, dejando a sus tropas acantonadas en Sicilia.


Octavio no cejó en su empeño. Negoció con Marco Antonio y Lépido para reunir hombres y barcos para el definitivo asalto a Sicilia. En el año 36 a. C. Octavio y Lépido, apoyados por una flota de Marco Antonio, lanzaron un asalto conjunto a Sicilia. Pese a unos reveses iniciales, la flota de Octavio, bajo el mando de Marco Vipsanio Agripa, destruyó a la flota pompeyana en la batalla de Naulochus mientras las tropas de Lépido desembarcaban en la isla. Sexto se vio obligado a huir a Oriente con los restos de su flota y su ejército. Octavio no le persiguió; estaba demasiado ocupado peleándose con Lépido, que había decidido reclamar para si la posesión de Sicilia (Lépido acabaría perdiendo los territorios que controlaba y pasaría el resto de su vida confinado en Roma).
En las provincias orientales, Sexto quiso aprovechar la debilidad de Marco Antonio, quien había llevado a cabo una desastrosa campaña contra los partos, para desalojarlo del poder. Para ello, negoció con los caudillos tracios e incluso con los mismos partos y logró conquistar varias ciudades de Asia Menor, como Nicomedia, Lámpsaco y Nicea. Pero la llegada de Marco Ticio, legado de Marco Antonio, procedente de Siria, con un ejército y una poderosa flota (reforzada más tarde con el retorno de los barcos que habían combatido en Sicilia) hizo flaquear el ánimo de sus tropas: muchos le recomendaron negociar, a lo que él se negó. Como resultado, buena parte de sus seguidores (incluido su propio suegro, Lucio Escribonio Libón) lo abandonaron. Sexto trató de huir a Armenia pero fue capturado y poco después, ejecutado sumariamente en Mileto, pese a que, como todo ciudadano romano, tenía derecho a ser sometido a un juicio. Nunca se llegó a aclarar si Ticio actuó por su cuenta o si por el contrario seguía órdenes de Marco Antonio.

jueves, 22 de octubre de 2015

El cirujano que se operó a si mismo

Leonid Ivánovich Rógozov (1934-2000)

El 29 de abril de 1961 el doctor Leonid Rózogov, médico de la base antártica soviética de Novolazarevskaya empezó a sentirse enfermo. Cansancio, náuseas, fiebre, y, más tarde, un intenso dolor en la parte derecha del abdomen: todos los síntomas de una apendicitis aguda. Su estado empeoró esa noche, y al día siguiente se hicieron evidentes los síntomas de una peritonitis. Rózogov necesitaba ser operado urgentemente para extirparle el apéndice y poner coto a la infección. El problema era que él era el único miembro de la expedición con formación médica. No había posibilidad de recibir ayuda. El envío de asistencia por mar habría llevado semanas; las bases más cercanas estaban a cientos de kilómetros, y las tempestades del invierno antártico impedían el aterrizaje de aviones. El tiempo se agotaba; si su apéndice se perforaba Rózogov tenía un riesgo elevado de morir. Así que, antes que quedarse quieto esperando, el médico tomó una decisión desesperada: él mismo se practicaría una apendicectomía.

Base Novolazárevskaya
Leonid Rózgov era un joven médico nacido en un pueblo siberiano en 1934, que había perdido a su padre a manos de los alemanes en 1943. Se había licenciado en medicina en Leningrado en 1959 y, mientras se estaba especializando como cirujano, en septiembre de 1960 se le había presentado la oportunidad de participar en la 6ª Expedición Antártica Soviética (que se llevaron a cabo anualmente de manera ininterrumpida entre 1955 y 1991), y decidió aprovechar la oportunidad. El 18 de enero de 1961, un grupo de trece investigadores, entre los que se encontraba Rózogov, fundaba la Base Novolazarevskaya en el llamado oasis Schirmacher, en la región antártica de la Tierra de la Reina Maud, una base que aún hoy permanece activa bajo bandera rusa.
La operación comenzó a las 22:00 horas del día 30 de abril. Rózogov contó con la ayuda del meteorólogo y del conductor de tractores de la base como auxiliares para pasarle el instrumental, mientras el director de la misión permanecía presente por si alguno de ellos se desmayaba. Tras inyectarse una solución de novocaína en la pared del abdomen como anestesia local, Rózogov procedió a realizarse una incisión de doce centímetros para extraer el apéndice. Al poco de comenzar empezó a sentir debilidad y náuseas, lo que lo obligaba a tomar descansos cada poco. Además, al abrir el peritoneo desgarró accidentalmente el ciego, la primera sección del intestino grueso, viéndose en la obligación de suturarlo antes de continuar. Al principio de la operación, Rózogov empleaba un espejo para orientarse, pero le incomodaba el punto de vista invertido, así que acabó por guiarse utilizando el tacto. Por fin, logró dar con el apéndice, que mostraba en su base una mancha oscura, señal inequívoca de que estaba a punto de reventar (Rózogov estimaba que lo habría hecho en menos de un día) y pudo extraerlo. Ya era casi la medianoche y Rózogov, agotado y al borde de la inconsciencia, todavía tuvo ánimos para darles instrucciones a sus ayudantes de cómo debían recoger y esterilizar el intrumental y deshacerse de los residuos. Sólo cuando estuvo todo limpio y ordenado, Rózogov se tomó los antibióticos y los sedantes y quedó profundamente dormido.

El doctor Rozógov, durante su autocirugía
Su recuperación fue muy rápida. Los síntomas de peritonitis desaparecieron enseguida, la fiebre pasó en apenas cinco días, transcurrida una semana pudo quitase los puntos de sutura y dos semanas después de la operación reasumió sus funciones dentro de la base.
Su hazaña le convirtió en un héroe del pueblo soviético. Poco después le fue concedida la Orden de la Bandera Roja del Trabajo (reservada a aquellos que alcanzaban importantes logros en el ámbito laboral y del servicio civil). Se negó a ser evacuado y permaneció en la base hasta mediados de 1962, cuando todo su grupo fue relevado. Pese a la enorme fama que su operación le había deparado, nunca buscó el reconocimiento público. De vuelta en Leningrado, retomó su carrera como cirujano, trabajando en varios hospitales. Se doctoró en 1966 con una tesis titulada "La resección del esófago para el tratamiento del cáncer de esófago" y en 1986 fue nombrado jefe del departamento de cirugía del Instituto de Investigación de Neumología y Tuberculosis de San Petersburgo, cargo que ostentó hasta su muerte, el 21 de septiembre de 2000, a causa de un cáncer de pulmón.

Leonid Rózogov, durante su convalecencia
Después de lo ocurrido, varios países obligan a sus exploradores antárticos a someterse obligatoriamente a apendicectomías preventivas, e incluso se ha sugerido que los astronautas deberían hacer lo mismo.

lunes, 19 de octubre de 2015

Mademoiselle de Maupin

Julie d'Aubigny, Mademoiselle de Maupin (1670-1707)

La vida de mademoiselle de Maupin fue sin duda una de las más singulares e insólitas de su época. Nacida con el nombre de Julie d'Aubigny en 1670, su padre era secretario del conde de Armagnac, caballerizo mayor del rey Luis XIV de Francia. Julie tuvo una educación peculiar, en la que, además de las habituales (y limitadas) enseñanzas que recibían las mujeres por entonces, aprendió literatura, arte y a cabalgar y a manejar la espada como un hombre. También demostró tener un notable talento para la música, que le permitiría años más tarde tener una destacada carrera como cantante de ópera. Con apenas catorce años se convirtió en amante del conde, quien poco después le arreglaría un matrimonio de conveniencia con un tal señor de Maupin. Un matrimonio mal avenido y efímero, ya que Maupin recibió un nombramiento administrativo en el sur de Francia, y se fue dejando a su joven esposa en París.
No le importó demasiado a la dama, ya que no tardó en conseguirse un nuevo amante, un tal Sérannes, maestro de esgrima, con el que perfeccionó su habilidad con la espada. Sérannes era un hombre un tanto exaltado y, tras matar a un hombre en un duelo (por aquel entonces los duelos de honor, si bien eran relativamente frecuentes, estaban prohibidos expresamente por orden del rey), se vio obligado a cambiar de aires para eludir a la justicia y partió rumbo a Marsella. Julie decidió huir con él, y ambos se ganaron la vida durante un tiempo con exhibiciones de canto y de esgrima, en las que Julie solía vestir con ropas masculinas (una costumbre que tenía desde muy niña), aunque sin ocultar su condición femenina. En una ocasión, un borracho del público le gritó que no era realmente una mujer, sino un hombre afeminado. Ella le respondió abriendo su blusa y pidiendo a los espectadores que "juzgasen por ellos mismos".
En Marsella, Julie, utilizando su nombre de soltera, no tardó en conseguir trabajo en la Ópera como cantante. También puso fin a su relación con Sérannes y comenzó un romance con una joven muy atractiva, cuya familia, escandalizada, la metió en el convento de las Visitadoras en Avignon para "proteger su honor". No contaban con el empeño de la Maupin, quien poco después entró en el convento como novicia, y pasadas apenas unas semanas robó el cadáver de una monja recién fallecida, lo colocó en la cama de su amante y le prendió fuego a su habitación, aprovechando ambas para huir durante la confusión. Tres meses después, la joven volvió con su familia y Julie, juzgada in absentia, fue condenada a morir en la hoguera acusada de secuestro, incendio y profanación de un cadáver, aunque la condena fue decretada en contra de "monsieur d'Aubigny", seguramente para disimular el carácter escandaloso de la relación lésbica de ambas jóvenes.
Julie d'Aubigny decidió entonces volver a París, dando un largo rodeo y vestida de hombre. En Poitiers conoció a un antiguo actor y cantante dado a la bebida llamado Marechal, que se convirtió en su maestro, dándole valiosas lecciones sobre canto e interpretación hasta que su alcoholismo se lo impidió. En Villeperdue, en una taberna, se vio envuelta en una discusión con un joven caballero. De las palabras pasaron a los insultos y de ahí, a cruzar sus aceros, un enfrentamiento que terminó cuando la Maupin atravesó el hombro del joven con su espada. Aquel joven resultó ser Louis-Joseph d'Albert de Luynes, hijo del poderoso conde de Luynes, y quedó realmente asombrado cuando, al día siguiente, Julie acudió al cuarto donde se recuperaba de sus heridas para interesarse por su salud y le reveló su identidad real. Ambos se convertirían en amantes; Julie se encargó de cuidarlo durante su convalecencia y permanecieron juntos hasta que, recuperado de sus heridas, el joven tuvo que volver a su regimiento, que partía hacia Alemania. Volverían a retomar su relación esporádicamente, aunque conservaron una profunda amistad durante el resto de sus vidas.


Por fin, llegó a París, acompañada de Gabriel-Vincent Thévenard, un joven aspirante a cantante de ópera (tendría una larga y fructífera carrera) al que había seducido en Rouen. Pero, si quería dedicarse a la ópera, como era su intención, debía arreglar primero el "pequeño asunto" de su condena a muerte. Y lo consiguió gracias a la mediación de su viejo amigo el conde de Armagnac, el cual aprovechó su cercanía a Luis XIV para conseguir un perdón real.
Thévenard y Julie (que empezó a utilizar el nombre de Mademoiselle de Maupin) lograron ser contratados por la Ópera de París, donde Maupin hizo su debut en 1690, en el papel de Palas Atenea en la tragedia Cadmus et Hermione. Fue el inicio de una brillante carrera en la que interpretó papeles protagonistas, entre otras obras, en Didon, Omphale o Alcine. Pero, paralelamente, le seguía gustando vestirse de hombre y dejarse ver por las tabernas de París, donde frecuentemente se veía envuelta en riñas y duelos; es más, hay quien dice que llegó a trabajar como duelista profesional a sueldo. También siguió llevando una agitada vida sentimental, con amantes tanto masculinos como femeninas, mayoritariamente compañeros suyos de la Ópera como Mademoiselle La Rochois. Es mas, al parecer intentó suicidarse después de que un actor llamado Fanchon Moreau la rechazase.


Una de sus más sonadas hazañas tuvo lugar durante un baile de máscaras en la corte, al que acudió como invitada del hermano del rey, Felipe, conde de Orleans. A él acudió vestida de caballero, sin importarle lo más mínimo lo que dijeran de ella. Durante el baile, prodigó sus atenciones a una atractiva marquesa, con la que bailó en varias ocasiones y a la que llegó a besar en la pista de baile. Tres jóvenes caballeros, pretendientes también de la marquesa y un tanto irritados, le afearon su comportamiento. La Maupin, tranquilamente, los acompañó al exterior, se batió en duelo con los tres a la vez, los derrotó, dejándolos heridos, y volvió al palacio para disfrutar del resto del baile, en presencia del rey. Aunque ella temía ser castigada, a Luis XIV al parecer le hizo gracia todo el asunto y zanjó el tema diciendo que su ley se aplicaba sólo a los hombres. Pero por si acaso cambiaba de opinión, Mademoiselle decidió dejar Paris por un tiempo, hasta que se calmaran los ánimos, y marchó a Bruselas, donde vivió entre 1692 y 1693, siendo amante del príncipe Maximiliano II Manuel, elector de Baviera, Cuando el príncipe se cansó de ella y se buscó una nueva amante, trató de sobornarla para que se fuera de Bruselas. Ella rechazó con altivez el dinero que el príncipe le ofrecía y volvió a París, donde prosiguió su carrera operística, con éxitos rotundos como Medus o Tancrède (un papel escrito específicamente para ella, el primero en Paris para una mujer sin ser de soprano). Tras una breve reconciliación con su marido, la cantante comenzó un apasionado romance con la marquesa de Florensac, quien tenía fama de ser una de las mujeres más bellas de Francia. Tras la muerte repentina de la marquesa en 1705, Mademoiselle de Maupin quedó tan desolada que se retiró de la ópera y se recluyó en un convento de la Provenza, donde murió en 1707, a los 37 años de edad. Se desconoce el lugar donde reposan sus restos.

La marquesa de Florensac

viernes, 16 de octubre de 2015

El imperio criminal de los hermanos Kray

Ronnie (1933-1995) y Reggie (1933-2000) Kray

El Londres glamuroso y brillante de los años sesenta escondía bajo su superficie otro Londres oscuro y peligroso, donde las bandas criminales campaban a sus anchas. Y en ese otro Londres, los hermanos Kray imponían su ley.
Ronald (Ronnie) y Reginald (Reggie) Kray nacieron el 24 de octubre de 1933 en el barrio londinense de Hoxton, en una familia con antepasados irlandeses, judíos y gitanos. Cuando tenían tres años, enfermaron de difteria,que afectó más seriamente a Ronnie, que estuvo a las puertas de la muerte. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, su padre, un perista de poca monta especializado en objetos de oro, fue llamado a filas, pero se negó a combatir y prefirió desertar, pasando a la clandestinidad, y estando más de veinte años huyendo de las autoridades. Por esa época los pequeños Kray comenzaron a relacionarse con criminales, a desconfiar de la policía y a escuchar historias de delincuencia.

Ronnie y Reggie Kray, en su época como boxeadores
En su adolescencia empezaron a practicar boxeo, influidos por su abuelo materno, Jimmy "Cannonball" Lee, un antiguo púgil que había alcanzado cierta fama a nivel local y poseedor de un contundente gancho de izquierda. Alcanzaron cierto nivel como aficionados e incluso Reggie estuvo a punto de dar el salto al boxeo profesional con 19 años, pero una pelea en un pub de Walthamstow provocó que la federación de boxeo suspendiera su licencia. Ya por entonces eran conocidos por su agresividad; era habitual que se vieran envueltos en trifulcas, y en más de una ocasión estuvieron a punto de ser condenados. Ronnie tenía un carácter impulsivo y dado a los estallidos de ira, mientras que Reggie era más frío y calculador. No tenían demasiados amigos, ni se relacionaban demasiado con otras personas; habían comprendido desde tiempo atrás que sólo se podían fiar el uno del otro.
En 1952 ambos fueron citados para realizar el servicio militar, algo que no les entusiasmaba demasiado (cuestión de familia, seguramente). Desertaron el primer día, tras golpear a un cabo, y fueron arrestados al día siguiente, tras dar una paliza a un policía que trató de detenerlos. Tras un breve paso por la Torre de Londres (fueron de los últimos presos del famoso edificio), acabaron recluidos en una cárcel militar en Canterbury. Allí su comportamiento fue especialmente problemático: agresiones a guardias, incendios en sus celdas, un intento de fuga... Al final, el ejército se hartó de ellos y los licenció con deshonor, dejándolos libres para volver a Londres y comenzar su carrera criminal.

Ronnie y Reggie Kray (foto policial de los años 40)
Comenzaron como muchos otros como matones al servicio de criminales más importantes. Tenían su base de operaciones en unos billares que habían comprado en Bethnal Green y desde allí empezaron extorsionando a pequeños comerciantes a cambio de "protección". Luego pasaron a palabras mayores: robo a mano armada, secuestro, incendios provocados... Con los beneficios, compraron varios bares y propiedades, iniciando así un pequeño imperio empresarial. Y no les temblaba la mano a la hora de emplear la violencia en sus negocios. En 1956, Ronnie disparó en una pierna a un vendedor de coches que no aceptaba el "trato" que le proponía, pero se libró fingiendo ser su hermano (que tenía una coartada sólida). Por aquella época trabajaban para un gangster de Liverpool llamado Jay Murray, pero no tardaron en independizarse y formar su propia banda criminal, a la que llamaron "The Firm". También contaban con la ayuda de Alan Cooper, un banquero que se encargaba de blanquear sus ingresos y gestionar su patrimonio.
En 1960, Ronnie fue condenado a 18 meses de cárcel por extorsión y amenazas. Mientras él estaba en prisión, Reggie se hizo con la propiedad de un club nocturno, el Esmeralda's Barn. El club les dio un buen resultado y los Kray se hicieron con varios más, lo que les convirtió en celebridades dentro de la escena social de Londres. Como dueños de varios de los locales más de moda de la noche londinense, empezaron a frecuentar la compañía de gente conocida. Políticos, deportistas, aristócratas, actores, cantantes, eran clientes habituales de los clubes de los Kray. Pero por debajo de esa fachada de glamour y lujo, los Kray seguían controlando su imperio criminal con mano de hierro. Temidos y admirados, odiados y respetados, sus figuras concitaban filias y fobias, como había sucedido otros grandes capos del crimen organizado, como Al Capone.

Los Kray con el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados, Joe Louis
Su poder era enorme. Y se vio cuando, en 1964, el periódico sensacionalista Sunday Mirror publicó un artículo en el que, de forma velada, se insinuaba la existencia de una relación homosexual entre Ronnie Gray (que era abiertamente bisexual, al igual que su hermano Reggie, que sin embargo era más discreto en su vida privada) y el barón Robert Boothby, un destacado y veterano político conservador. En el artículo no se mencionaban nombres, pero se daban pistas suficientes para identificar a los protagonistas. La respuesta fue inmediata: los Kray amenazaron de muerte a los autores del artículo y Boothby amagó con querellarse contra el periódico si este no se retractaba. Al final, el editor del Mirror, temeroso, terminó aceptando publicar un artículo de disculpa e indemnizando a Boothby con 40000 libras. Muchos periódicos y periodistas aprendieron la lección y se abstuvieron en adelante de investigar los trapos sucios de los Kray. Tampoco los principales partidos políticos se atrevían a plantarles cara; los conservadores, por miedo a que volviese a salir a la luz el caso Boothby; y los laboristas, por la supuesta relación que Ronnie habría mantenido con Tom Driberg, un veterano parlamentario de su grupo.


El 9 de marzo de 1966, Ronnie, acompañado por un par de sus secuaces, entró en un pub llamado Blind Beggar donde estaba bebiendo George Cornell, miembro de la banda de Richardson, rivales de los Kray. Cornell, al parecer, saludó burlonamente a Ronnie diciéndole "Mira quién está aquí". Sin decir una palabra, Ronnie se dirigió hacia él y, en presencia de varias docenas de testigos, le disparó en varias ocasiones. Fue el primer asesinato cometido por los Kray y aún no están claros los motivos; se habla de que Cornell había insultado o amenazado a Ronnie, que había intervenido en la muerte de uno de los hombres de los Kray o incluso que Ronnie había sufrido un brote psicótico. Y, a pesar de los numerosos testigos, nadie se atrevió declarar contra él y la mayoría afirmaron que en el momento del tiroteo estaban en el baño (los policías, con sentido del humor, acabaron llamando a aquel diminuto cubículo "la TARDIS", por la cantidad de gente que decía haber estado allí a la vez).
En diciembre de 1966, Frank Mitchell, un conocido y violento delincuente apodado "El loco del hacha", huyó de la prisión de Dartmoor y desapareció sin dejar rastro. No fue hasta años después que se supo de la implicación de los Kray. Ronnie Kray y Mitchell se habían hecho amigos en prisión y Ronnie quiso hacerle un favor ayudándolo a fugarse y escondiéndolo. Pero Mitchel era un sujeto problemático, con serios problemas mentales (decían de él que tenía la mente de un niño de 13 años y era propenso a los arrebatos de furia), lo que, unido a su descomunal fuerza física (era capaz de levantar a pulso un piano, o de levantar a un hombre adulto con cada mano) le hacían difícilmente controlable. Los Kray, temerosos de que Mitchel perdiera definitivamente el control o que fuera apresado y los involucrara, decidieron eliminarle; varios de los miembros de The Firm le dispararon repetidas veces y su cuerpo, bien lastrado para que se hundiese, fue arrojado al Canal de la Mancha.
En junio de 1967, Frances, la esposa de Reggie (con la que se había casado en 1965, si bien se habían separado poco después) apareció muerta y se dictaminó que había sido un suicidio por sobredosis de pastillas para dormir. Años más tarde, Reggie confesó a un compañero de celda que en realidad Ronnie la había asesinado en un ataque de celos.
El último asesinato de los Kray tuvo lugar en octubre de 1967, y la víctima fue Jack McVitie, uno de los miembros de más bajo rango de su banda. McVitie había fallado en el encargo de eliminar a uno de los rivales de los Kray. Como escarmiento, lo atrajeron con engaños a un sótano y allí Reggie Kray quiso dispararle en la cabeza; pero su arma falló, con lo que, mientras Ronnie le sujetaba, Reggie lo apuñaló repetidas veces en el cuello y el estómago con un cuchillo de carnicero. El cadáver de McVitie no se halló nunca.

Jack "The Hat" McVitie
Los Kray se creían intocables. Los intentos de la policía por sacar sus crímenes a la luz chocaban continuamente con el miedo de los testigos a declarar contra ellos y al ya comentado escaso interés de políticos y prensa. No obstante, había hombres dispuestos a pelear para poner fin a la carrera criminal de los hermanos. Y uno de esos hombres era el inspector de Scotland Yard Leonard Read. Ya durante 1964 había estado investigando sobre ellos, pero el rechazo de sus superiores había frustrado sus esfuerzos. En 1967, cuando Read fue trasladado a la brigada de homicidios, los Kray se convirtieron en su prioridad. Pacientemente, durante meses, Read fue recopilando información hasta que, ya en 1968, Scotland Yard consideró que ya tenían pruebas suficientes y decidió ir a por ellos. El detonante, al parecer, fue el arresto en Escocia de uno de sus hombres cuando trataba de comprar explosivos para fabricar un coche bomba. El 8 de mayo de 1968, los Kray y 15 de sus secuaces en The Firm (entre ellos, su hermano mayor, Charlie) fueron arrestados y acusados de una amplia lista de delitos. Ahora que estaban encarcelados, muchos de los que antes temían declarar en su contra acudieron a las autoridades a aportar sus testimonios en su contra. Los Kray acabarían siendo condenados a cadena perpetua, con un periodo de reclusión mínimo de 30 años, por los assesinatos de Cornell y McVitie. Catorce de sus quince secuaces fueron condenados a distintas penas de cárcel (Charlie Kray cumplió diez años por su complicidad en los asesinatos).


En 1979, Ronnie fue declarado mentalmente perturbado y trasladado al hospital psiquiátrico de alta seguridad de Broadmoor, donde permanecería hasta su  muerte el 17 de marzo de 1995 a causa de un ataque al corazón. Sólo volvió a salir de la cárcel en una ocasión, en 1982, para asistir junto a su hermano al funeral de su madre. Reggie fue liberado por motivos humanitarios en agosto de 2000, al sufrir un cáncer de vejiga terminal. Pasó sus últimos momentos con su esposa Roberta (con la que se había casado en 1997, en la prisión de Maidstone) y murió mientras dormía, el 1 de octubre. Fue enterrado junto a su hermano Ronnie en el Chingford Mount Cemetery, al lado de su otro hermano Charlie (fallecido en abril de 2000). Su funeral, como el de su hermano, fue un acto multitudinario que atrajo a miles de curiosos.
En 1985 se descubrió que los hermanos, pese a estar encarcelados y en prisiones diferentes, dirigían con la complicidad de su hermano Charlie y otro socio una lucrativa empresa llamada Krayleigh Enterprises dedicada a proporcionar guardaespaldas y servicios de seguridad a personajes relevantes (entre ellos, el cantante Frank Sinatra y varias estrellas de Hollywood). No obstante, las autoridades no vieron nada punible en ello.


martes, 13 de octubre de 2015

Louise de Bettignies, la reina de los espías

Louise de Bettignies (1880-1918)

A principios de 1915, las tropas alemanas que ocupaban el norte de Francia empezaron a darse cuenta de que sus enemigos parecían estar al tanto de todos sus movimientos y de la situación de su ejército. Ingleses y franceses abortaban a menudo sus ataques, casi como si los estuviesen esperando, y la artillería y los bombarderos británicos era tan precisos que se veían obligados a trasladar sus baterías prácticamente cada semana. Dedujeron, con razón, que en la región de Lille funcionaba una red de espionaje que mantenía a los aliados al tanto de los desplazamientos de sus tropas. Pero lo que no imaginaban es que el brillante cerebro que estaba detrás de aquella intrincada red era una sencilla y amable institutriz.
Louise de Bettignies, séptima de los ocho hijos de Henri de Bettignies, co-propietario de una fábrica de cerámica cuya familia era oriunda de Bélgica, y Julienne Mabille de Poncheville, una mujer procedente de una familia de abogados y notarios de Valenciennes, nació en Saint-Amand-les-Eaux el 15 de julio de 1880. Louise era una joven despierta y muy inteligente. Pese a que su padre pasó por dificultades económicas, ella siguió con sus estudios; primero con las monjas de la Congrégation de la Sainte-Union des Sacrés-Coeurs, en Valenciennes (junto a su hermana Germaine), y luego en Inglaterra, con las ursulinas, en Upton, Wimbledon y Oxford. Finalmente, en 1906, Louise se licenció en la Facultad de Letras de la Universidad de Lille (ciudad a la que su familia se había mudado en 1895). Con su brillante curriculum y su facilidad para los idiomas (hablaba inglés perfectamente y alemán e italiano con soltura) no tardó en encontrar trabajo como institutriz.
Tras un breve periodo como profesora en Pierredefons, viajó a Italia para entrar al servicio del duque Giuseppe Visconti de Modrone, encargándose de sus hijos (entre ellos, el que sería luego célebre director de cine Luchino Visconti). En 1911 se mudó a Polonia, para trabajar para el conde Mikiewsky (allí aprovechó su estancia para aprender ruso). Luego prestaría sus servicios al príncipe Karl V Schwarzenberg en el castillo de Orlík (Bohemia) y a la princesa Elvira de Baviera en el castillo de Holeschau (Moravia). A finales de 1913, recibió la tentadora oferta de encargarse de la educación de Sophie, Maximilian y Ernst, los hijos del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono austrohúngaro. Pero ella declinó la oferta y prefirió volver a Francia con su familia.
A principios de 1914, Louise retornó a Francia, viviendo primero con su hermano Albert en Bull-les-Mines y luego en Wissant. Durante algún tiempo consideró la posibilidad de ingresar en la orden de las carmelitas. Sin embargo, muy pronto todo cambió al estallar la Primera Guerra Mundial.
Al poco de comenzado el conflicto, Louise se trasladó a Lille para acompañar a su hermana Germaine, cuyo marido, Maurice Houzet, había sido movilizado. Allí, durante el asedio al que fue sometida la ciudad, ambas ayudaron a los defensores llevándoles agua y alimentos. Y cuando, finalmente, las tropas alemanas tomaron la ciudad, Louise se hizo enfermera para atender a los heridos. Una de sus labores era escribir cartas a las familias de los soldados heridos de distintas nacionalidades que no podían hacerlo por si mismos, en lo que le eran muy útiles sus conocimientos de idiomas. Sin embargo, en el fondo ella no estaba conforme y sentía que podía hacer algo más por su país.
La oportunidad llegó a finales de 1914, cuando miembros de la resistencia le propusieron viajar a la Francia libre llevando consigo una serie de documentos importantes, escritos con tinta invisible en su ropa. Tras un primer intento fallido, su hermano Henri, sacerdote, le consiguió documentos falsos a nombre de Alice Dubois, gracias a los cuales logró llegar a Inglaterra tras cruzar Bélgica y Holanda, y de allí pudo volver a Francia. Fue un viaje providencial, pues durante él entró en contacto con el servicio secreto británico, que le propuso volver a Lille y actuar como espía para ellos. Tras consultar con un sacerdote, Louise aceptó la oferta británica y en febrero de 1915 ya estaba de vuelta en Lille con la identidad de Alice Dubois.

Marie-Léonie Vanhoutte (1888-1967), la principal colaboradora de Louise de Bettignies
Sorprendentemente, la apacible y religiosa institutriz demostró estar extraordinariamente dotada para el espionaje. Con la ayuda de algunos amigos y la financiación de los británicos, en poco tiempo creó una organización con cerca de un centenar de miembros dedicada a registrar minuciosamente todos los movimientos de las tropas alemanas en la zona. Una red muy especializada, donde unos tenían como misión recoger información, otros la recopilaban y cifraban, otros se encargaban de los desplazamientos... La llamada "red Alice" funcionaba a la perfección y Louise manejaba los hilos recogiendo, clasificando, codificando y enviando a los británicos toda información relevante sobre las actividades de los alemanes. Esa información era transmitida a su contacto, un hombre llamado Jose Courboin, residente en la localidad holandesa de Vlissingen. Los envíos se producían dos veces por semana y la propia Louise viajaba a ver a Courboin al menos cada quince días para darle información de primera mano. Louise tenía también una enorme creatividad a la hora de buscar medios en los que esconder sus mensajes. Reclutó para su red a un químico para que le fabricara tinta invisible y a un cartógrafo capaz de escribir 1500 palabras en el reverso de un sello. Ovillos de lana, tabletas de chocolate... todo valía para ocultar en su interior sus comunicados. Llegó incluso a utilizar cadáveres, escondiendo los mensajes en un tubo de vidrio oculto en la garganta del difunto. Los británicos, admirados por su talento, empezaron a llamarla "the Queen of spies", la reina de los espías, y el obispo de Lille, monseñor Charost, amigo suyo y que estaba al tanto de sus actividades, la llamaba "la Juana de Arco del norte".
La actividad de Louise y su red proporcionó valiosísima información a los británicos (se calcula que salvó la vida de miles de soldados con sus informaciones). Les permitió estar al tanto de todo lo que hacían los alemanes y adelantarse a algunas de sus acciones; por ejemplo, el intento de asalto a la ciudad de Armentières a través de un túnel. Otro de sus grandes éxitos tuvo lugar cuando el káiser Guillermo II quiso hacer una visita sorpresa al frente. Pese a que los alemanes actuaron con extrema cautela (eran muy pocos, aún entre los oficiales de mayor rango, los que estaban enterados) la red de espías no sólo supo de la visita sino que logró averiguar la fecha en la que se produciría y la ruta del kaiser, permitiendo que dos aviones ingleses bombardeasen el tren en el que viajaba, aunque sin éxito.
Ante la evidencia, los alemanes se lanzaron con ahínco a buscar a los escurridizos espías; y así, el 20 de octubre de 1915, Louise fue detenida en Froyennes, cerca de la ciudad belga de Tournai, y trasladada a Bruselas para ser juzgada. Posiblemente, fue una delación la que provocó su arresto. En uno de sus últimos mensajes advertía que los alemanes preparaban una gran ofensiva en Verdún para principios de 1916; los británicos avisaron a su vez a los franceses, quienes encontraron la información poco creíble y la desestimaron. La ofensiva se produciría finalmente, tal y como Louise de Bettignies había dicho, en febrero de 1916.

Junto al Cafe du Canon D'Or en Froyennes fue arrestada Louise de Bettignies
En prisión, Louise se negó a hablar, pese a que muy probablemente fue torturada. En la prisión bruselense de St. Gilles, los alemanes recurrieron a colocarle como compañera de celda a una colaboracionista llamada Louise Letellier, la cual logró convencerla de que escribiese varias cartas a sus amigos. Las cartas, pese a no ser incriminatorias, permitieron el arresto de Léonie Vanhoutte, su principal colaboradora, y de otros dos miembros de la red, Georges Desaever y Alexandre Schoenmacker. En el juicio, Louise se negó una vez mas a delatar a los miembros de su red y fue condenada a muerte, mientras que los demás eran condenados a distintas penas de prisión. Louise no puso pegas a su condena; sólo escribió al gobernador militar de Bélgica, el general Moritz von Bissing, pidiéndole clemencia para sus compañeros. Von Bissing conmutaría luego su pena por la de trabajos forzados, y Louise ingresaría el 24 de abril de 1916 en la prisión para mujeres de Siegburg, cerca de Colonia. Allí no dejó de dar problemas a los alemanes; envió numerosas cartas al gobierno alemán y al embajador español quejándose de mal trato dado a las prisioneras, a las que exhortaba a no trabajar para los alemanes y cantaba canciones francesas para elevar su moral (lo que le costaría varios periodos de aislamiento). Las autoridades católicas francesas y alemanas intercedieron por ella, e incluso la Santa Sede mostró interés en su caso, sin éxito; los alemanes se negaron a liberarla por todo el daño que su actividad había causado a su ejército.
Finalmente, las privaciones y las malas condiciones de la prisión acabaron haciendo mella en la salud de Louise. A finales de 1917 se le diagnosticó una virulenta neumonía de la que fue intervenida en la enfermería de la prisión. Quedó muy débil y nunca se recuperó del todo. En julio de 1918 tuvo que ser trasladada al hospital St. Marien de Colonia, del que nunca saldría, falleciendo el 27 de septiembre; apenas un mes antes de que Lille fuera liberada y dos antes del final de la guerra. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Bocklemünd Westfriedhof.
Tras la guerra, Louise (que ya había recibido elogios por parte del comandante en jefe del ejército francés, el mariscal Joseph Joffre, tras ser condenada) fue distinguida póstumamente tanto por los franceses como por los británicos. De Francia recibió la Croix de Guerre y la Legión de Honor, mientras que los ingleses le otorgaron la Military Medal y la nombraron oficial de la Orden del Imperio Británico. Sus restos fueron exhumados en febrero de 1920 y trasladados a Lille, donde desfilaron por las calles escoltados por una guardia de honor anglo-francesa antes de celebrarse un funeral solemne en la iglesia de Saint Maurice. Posteriormente fue enterrada en el panteón familiar, en el pueblo de Saint-Amand-les-Eaux.

Monumento en honor de Louise de Bettignies en Lille
El 7 de noviembre de 1926 las autoridades belgas colocaron una placa conmemorativa en Froyennes, en el lugar en el que había sido arrestada. El 13 de noviembre de 1927, se inauguró en el Boulevard Carnot de Lille un monumento erigido en su honor. La calle de Saint-Amand-les-Eaux donde esta su casa natal lleva su nombre, así como varias calles más de distintas localidades del norte de Francia y una plaza de Lille.

sábado, 10 de octubre de 2015

¿Pintó Goya El coloso?



El cuadro El coloso (también conocido como El pánico o El gigante) llegó al madrileño museo del Prado en 1931 como parte del legado de Pedro Fernández Durán, quien a su muerte donó al museo su impresionante colección artística, que incluía pinturas de Goya, Luis Morales y Van der Weyden, dibujos de Brueghel, Tiépolo o Veronés, grabados, tapices, esculturas, porcelanas... El cuadro representa a un gigante, parcialmente oculto tras unas montañas, con los puños en alto, mientras a sus pies, en la parte inferior de la pintura, una multitud de pequeñas figuras, hombres y animales, huyen despavoridas en todas las direcciones. Ha sido interpretada de varias maneras, como una alegoría de la Guerra de la Independencia, como una alusión a Napoleón, como una representación del poema "Profecía del Pirineo", de Juan Bautista Arriaza, o como una denuncia de los efectos de la guerra. Se estima que fue pintado entre 1808 y 1812.
La primera vez que aparece el cuadro atribuido a Francisco de Goya es en 1874, en un inventario de los bienes de doña Francisca de Paula Bernaldo de Quirós, marquesa de Tolosa y Paredes y madre de Pedro Fernández Durán. En 1917, aparece mencionado, ya con el título de El coloso, en la monografía en varios volúmenes que sobre Goya escribió el historiador Aureliano de Beruete. Y en 1946, Francisco Javier Sánchez Cantón, entonces subdirector del Museo del Prado, publicó el llamado Inventario de 1812: la lista de bienes de Josefa Bayeu, esposa de Goya, muerta en ese año. Entre las obras de arte (que pasaron a su hijo, Javier) aparece descrito un cuadro de un "gigante" con las dimensiones del Coloso, que tradicionalmente se ha identificado como tal. Se especuló con que el cuadro habría sido vendido por Javier Goya a Miguel Fernández Durán, marqués de Tolosa y bisabuelo de Perdo Fernández Durán; o bien a su hijo, Antonio, marqués de Perales.
A su llegada al Museo, nadie puso en duda la autoría de Goya; la prensa y los críticos elogiaron unánimemente la obra y a la presentación del legado de Fernández Durán, donde El Coloso ocupaba una posición relevante, acudió el mismísimo presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. No obstante, hubo voces críticas que dudaban de dicha atribución. Xavier Desparmet, autor de una monumental biografía de Goya que incluía un catálogo de su obra conocida, creía que el cuadro era obra de Eugenio Lucas Velázquez, pintor muy influenciado por la obra de Goya, aunque en la edición póstuma de su obra que hizo su hija si que se incluyó El coloso en un anexo. José Gudiol, pese a que admiraba el cuadro, consideraba que muy probablemente acabaría saliendo de la lista de obras atribuidas al pintor, como había sucedido con otros cuadros como Paisaje con lavanderas, Escena de bandidos o El huracán, atribuidas en un principio al genio de Fuentodos y luego adjudicadas a otros pintores.
Hasta que, en junio de 2008, el Museo del Prado, por boca de Manuela Mena, jefa de conservación del siglo XVIII, que ya había puesto en duda la paternidad goyesca del Coloso, anunció en una rueda de prensa que el cuadro era, casi con total seguridad, obra del pintor valenciano Asensio Juliá, amigo y discípulo de Goya. Un análisis exhaustivo de la pintura, cuyos resultados se hicieron públicos en enero de 2009, atribuía el cuadro a uno de sus discípulos, sin determinar a cuál.

Retrato de Asensio Juliá (Francisco de Goya, 1798)
Manuela Mena y la dirección del Museo señalaban una serie de indicios que, aparentemente, distanciaban al Coloso de otras obras de Goya:
- Goya siempre incluía en sus lienzos una capa de preparación de color rojo, sobre la que pintaba directamente las figuras, gracias a su sobresaliente dominio de la técnica del óleo. En El coloso, sin embargo, dicha capa está ausente, y hay varias capas intermedias de distintos colores entre el lienzo y la pintura en si.
- Las pinceladas de Goya son característicamente rápidas, finas y directas. En El coloso, sin embargo, abundan las pinceladas gruesas y lentas, en ocasiones casi torpes, transmitiendo inseguridad. En algunos puntos, incluso se ha usado una espátula para extender la pintura, algo inédito en la obra del pintor. El resultado son unas figuras un tanto emborronadas y pastosas.
- Se sabe, gracias a los análisis por rayos X, que el autor rectificó en al menos tres ocasiones la figura principal (que originalmente estaba de frente), algo absolutamente impropio de Goya, quien no empezaba a pintar hasta tener totalmente decidida la composición y la perspectiva de todos los elementos de la pintura.

Radiografía del cuadro en la que se aprecian los cambios en la figura del gigante con respecto a su posición definitiva
- Goya era muy maniático en lo relativo a la calidad de los materiales que empleaba en sus pinturas y cuidaba personalmente de la mezcla de los pigmentos. Sin embargo, en el cuadro del Coloso, los pigmentos no son de la misma calidad; en el color negro la proporción de albayalde (carbonato de plomo) es muy baja y se empleó un aceite de baja calidad (de nueces), lo que ha redundado en que la pintura presente un tono apagado y amarillento.
- Goya conocía perfectamente la anatomía humana y era capaz de retratarla con gran detalle. Sus desnudos masculinos muestran su gran conocimiento del desnudo clásico y barroco. En este cuadro, sin embargo, la figura del gigante está reflejada con bastante imprecisión, que se hace especialmente evidente en su brazo izquierdo, torpe y desmañado.

El brazo izquierdo del coloso
- La composición del cuadro no encaja con lo habitual en Goya, que suele reservar el primer plano para las figuras principales y el fondo para las secundarias. Aquí es exactamente al contrario: la figura principal aparece en un segundo plano mientras que en primer término aparecen las figuras más menudas.
- Goya era un maestro en cuanto a la proporción de las figuras y la perspectiva. En este cuadro, sin embargo, el autor comete errores entre las proporciones de las distintas figuras de personas y animales, rompiendo la perspectiva. Además, Goya utiliza los diferentes tamaños de sus figuras como parte de la composición, para sugerir una relación entre ellas. En este caso, no hay relación entre la figura del gigante y la muchedumbre que huye, que parece estar huyendo por otra causa.
- Goya era un perfeccionista que cuidaba hasta el más mínimo detalle de sus cuadros. Hasta las figuras más pequeñas de sus obras están minuciosamente pintadas. En el Coloso, sin embargo, abundan las figuras torpemente rematadas, emborronadas, mal definidas. Frente al estilo preciso y rápido de Goya, muchas de las personas y animales allí reflejadas han sido pintadas con pinceladas lentas y retocadas posteriormente. Hay un caballo al galope que parece casi deforme cuyo jinete se cae de manera antinatural, en sentido opuesto al de la marcha; hay toros toscamente definidos que ni siquiera tienen pezuñas (Goya dejó toros insuperablemente plasmados en sus obras); hay asnos apenas reconocibles; hay perros que son poco más que borrones de pintura. Y con las personas pasa algo parecido; muchas están de espaldas, como si el autor quisiera evitar las complicaciones de definir sus rostros.

A la izquierda, toros en "El coloso"; a la izquierda, toros en "Corrida de toros" (Goya) 
Caballo en "El coloso"
- La mayoría de los cuadros descritos en el Inventario de 1812 llevaban el número de inventario (algunos con la X de Xavier Goya delante) escrito con pintura blanca sobre el propio cuadro o en negro tras el soporte. En el Coloso no hay rastro de tal número; no aparece en ninguna de las fotografías más antiguas que se conservan del cuadro ni se han hallado restos en ninguno de los muchos análisis a los que ha sido sometido, lo que lleva a pensar que quizá no se trate de la misma obra.
- En la parte inferior izquierda de la pintura hay pintados unos símbolos que tradicionalmente se ha pensado que eran un 1 y un 7, pero que una nueva interpretación sugiere que puede tratarse de una A y una J (¿Asensio Juliá?). Juliá firmaba a veces con sus iniciales y otras con su nombre completo, por lo que no es concluyente. También hay quien señala el parecido de la figura central de El coloso con otras obras de Juliá, como El náufrago.

El náufrago (Asensio Juliá)
- Un dato a tener en cuenta es que Antonio Fernández Durán fue nombrado en 1817 celador de la Escuela de Dibujo de la Merced (sería su presidente a partir de 1821) y Asensio Juliá fue nombrado director de Ornamentos en dicha escuela en 1818. Ambos se conocían, lo que explicaría cómo un cuadro de Juliá pudo acabar en manos de Fernández Durán.

Una declaración como esta no podía por menos que desatar la polémica. De inmediato, numerosas voces se levantaron contra Mena y el Museo, criticando lo que para ellos eran argumentos totalmente subjetivos y sin base científica para negar la autoría de Goya. Historiadores como Nigel Glendinning, Jesusa Vega o Valeriano Bozal, expertos en la obra de Goya e incluso ex-directores del Museo del Prado como Fernando Checa han rechazado rotundamente las conclusiones de los estudios y defienden a capa y espada que El coloso es, fuera de toda duda, obra de Goya.
En 2013, un nuevo estudio, llevado a cabo por Carlos Foradada, pintor, historiador y profesor de la Universidad de Zaragoza, rechaza las conclusiones de Manuela Mena y atribuye a Goya la paternidad del cuadro. Según Foradada, muchas de las incongruencias denunciadas por Mena no son tales y se pueden encontrar paralelismos en otras obras del pintor aragonés, como el Retrato del general Palafox a caballo. Además, por la época en la que se pintó el cuadro, se sabe que Goya pasaba por apuros económicos, lo que explicaría que hubiera tenido que recurrir a materiales más baratos y de peor calidad. La polémica sigue abierta y la adjudicación definitiva de la autoría del Coloso parece estar todavía lejos de llegar a una conclusión definitiva.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El estudio de Guatemala

El doctor John C. Cutler (1915-2003), durante su época en Tuskegee

En el año 1946, un grupo de médicos norteamericanos del Servicio de Salud Pública de los EEUU (PHS) y de su homólogo militar, el PHSCC llegaban a Guatemala en el marco de un acuerdo de colaboración entre el gobierno norteamericano de Harry S. Truman y el guatemalteco, presidido por Juan José Arévalo. Financiados con una beca del Instituto Nacional de Salud (NHI), el objetivo de aquellos doctores era investigar el efecto de los antibióticos como la penicilina en el tratamiento de enfermedades de transmisión sexual (de las que los soldados retornados de la Segunda Guerra Mundial habían llevado un surtido muestrario al volver a sus casas). Sin embargo, su actuación durante los dos años que duró el estudio resultó tan execrable que esta investigación se halla con todo derecho entre las páginas más negras de la historia reciente de la medicina.
Al frente de la investigación estaba John Charles Cutler, un joven médico del PHS especializado en enfermedades venéreas. Cutler contaba con el apoyo del gobierno guatemalteco, que dio al grupo todas las facilidades posibles. Sin el más mínimo escrúpulo, violando el juramento hipocrático y los más básicos principios morales, Cutler y los suyos comenzaron a infectar con sífilis, gonorrea y chancroide a centenares de guatemaltecos que nunca fueron informados de ello. La mayoría de ellos, presos y enfermos mentales recluidos en instituciones, pero también soldados, vagabundos e incluso niños huérfanos (algunos de apenas ocho o nueve años) de los orfanatos de la capital. Luego, se les mantenía en observación y se estudiaba el avance de la enfermedad y la reacción al serles administrados los antibióticos. Algunos no recibían tratamiento para poder ver cómo evolucionaban sus dolencias.

Treponema pallidum, el microorganismo responsable de la sífilis
El gobierno guatemalteco ofreció toda su colaboración a los investigadores, aunque hay dudas de hasta qué punto sabían de verdad lo que aquellos hombres estaban haciendo. Si que es seguro que en el lado estadounidense la investigación era conocida al detalle por altos cargos políticos y militares: se conserva una nota del comandante en jefe del PHSCC, el general médico Thomas Parran jr. en la que admitía que aquel experimento jamás habría sido posible en territorio norteamericano y aconsejaba discreción a los médicos ante los oficiales guatemaltecos, señal de que, al menos en parte, las autoridades locales desconocían la verdadera naturaleza de la investigación.
En un principio, los estadounidenses recurrieron a prostitutas infectadas como medio de contagiar a los sujetos del experimento. Como quiera que este sistema no tenía un porcentaje demasiado alto de éxito, pasaron a inyectar directamente fluidos de pacientes enfermos a otros sanos. No se acaba ahí la lista de atrocidades cometidas; una paciente en estado terminal fue infectada de gonorrea en ambos ojos y al menos tres pacientes recibieron inyecciones de bacterias de la sífilis directamente en el tejido cerebral. Huelga decir que ninguno de aquellos sujetos sabía a qué estaba siendo expuesto; a la mayoría les hacían firmar un consentimiento escrito en inglés, aun cuando eran analfabetos o no entendían dicho idioma.
La investigación se prolongó durante dos años, hasta 1948, en que fue suspendida, debido al elevado coste de la penicilina y a las objeciones de algunos de los médicos participantes, incómodos con la metodología empleada, aunque las pruebas de laboratorio y el seguimiento a los pacientes continuó hasta los años 50. No hay una lista oficial de víctimas pero se estima que fueron en torno a 1500 las personas deliberadamente infectadas, de las cuales al menos 83 murieron durante el transcurso del estudio y otras muchas arrastraron secuelas de por vida.
Cutler jamás se arrepintió de lo que había hecho, ni consideró moralmente reprochable lo sucedido en Guatemala. Al contrario, él y algunos de sus colaboradores estaban convencidos de que llevaban a cabo un experimento valioso para la ciencia. Los resultados del estudio nunca fueron publicados y se procuró mantener el secreto sobre lo allí sucedido. No fue la única vez que Cutler se vio envuelto en investigaciones cuestionables con humanos: tras su estancia en Guatemala, estuvo trabajando en un proyecto de parecidas características mucho más conocido: el tristemente célebre experimento Tuskegee, en el que, entre 1932 y 1972, varios centenares de afroamericanos de baja extracción social y enfermos de sífilis fueron deliberadamente dejados sin tratamiento alguno para estudiar el avance de la enfermedad. Y en el año 54, probó una vacuna experimental contra la sífilis utilizando a presos de la cárcel de Sing Sing como conejillos de indias, exponiéndolos luego a la bacteria (aunque en este caso, los que enfermaron si fueron tratados con penicilina). A pesar de todo esto, tuvo una carrera larga y cosechó numerosos reconocimientos y fue nombrado profesor de la Universidad de Pittsburgh en 1966. Antes de su muerte, en 2003, donó a los archivos de la universidad todas las notas de sus investigaciones, incluidas las del experimento de Guatemala. Allí las encontró en 2001 una investigadora llamada Susan Reverby, quien las sacaría más tarde a la luz. El escándalo fue mayúsculo y, en 2010, el presidente Barack Obama ordenó que la Comisión Presidencial para Asuntos de Bioética revisara el caso, llegando a la conclusión de que Cutler y los demás violaron a sabiendas los principios éticos más básicos. El presidente Obama en persona llamó al presidente de Guatemala Álvaro Colón para mostrarle su pesar por lo sucedido, y el gobierno norteamericano se disculpó públicamente por aquellos "abominables y gravísimos" hechos. Además, la secretaría de Estado presentó una excusa oficial al pueblo guatemalteco.

domingo, 4 de octubre de 2015

Una broma pesada y una deserción

Ernst Franz Sedgwick "Putzi" Hanfstaengl (1887-1975)

Ernst Hanfstaengl nació el 2 de febrero de 1887, en una familia alemana rica y bien relacionada (su padrino fue el duque Ernesto II de Sajonia-Coburgo-Gotha). Estudió en la conocida universidad norteamericana de Harvard y posteriormente se instaló en Nueva York, donde dirigió la filial americana de la editorial de su padre, la Franz Hanfstaengl Fine Arts Publishing House. Era un hombre alto, corpulento, poco agraciado físicamente, pero inteligente, culto, con talento para la música y de buena posición; entre las amistades que frecuentó en Norteamérica estaban el ex-presidente Teddy Roosevelt y el primo lejano de éste (y futuro presidente), Franklin D. Roosevelt; el magnate de la prensa William Randolph Hearst; el actor Charles Chaplin; o la escritora Djuna Barnes, con la que llegó a estar prometido.
Durante la Primera Guerra Mundial, quiso volver a Alemania, pero no se lo permitieron. En 1917, con la entrada de EEUU en guerra, la editorial fue incautada por las autoridades, por ser propiedad del enemigo.

Ernst Hanfstaengl, en el 25º aniversario de su promoción en Harvard (1934)
Regresaría a Alemania en 1922, ya casado con Helene Niemeyer. Viviendo en Munich, un viejo amigo suyo de Harvard que trabajaba en la embajada norteamericana le pidió que asistiera a un mitin del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en el que participaba su líder, un político que había ascendido rápidamente en popularidad e influencia, llamado Adolf Hitler. Hanfstaengl quedó, como tantos otros alemanes, fascinado por el carisma y la oratoria de Hitler y el entusiasmo que los asistentes mostraban ante sus discursos, creyendo que de verdad aquel era el hombre providencial que habría de sacar a Alemania de la ruina y postración de la posguerra. Tanto fue así, que tras el mitin se presentó personalmente a él y desde ese momento se convirtió en uno de sus más estrechos colaboradores y amigos de confianza, hasta el punto de que Hitler fue el padrino de su único hijo, Egon (quien, irónicamente, años más tarde se alistaría en el ejército norteamericano). De hecho, tras el fallido golpe de estado de noviembre de 1923, Hitler fue arrestado mientras se escondía en la casa de Hanfstaengl en Uffing (el editor, más precavido, había huido a Austria).

Hitler y Hanfstaengl (1930)
La colaboración de Hanfstaengl con los nazis se prolongó durante años: contribuyó a mejorar la imagen de Hitler y a aumentar su popularidad; financió la impresión del Mein Kampf y del periódico del partido, el Völkischer Beobachter; incluso compuso los himnos del partido y creó el famoso saludo nazi Sieg Heil!. Hitler, además, le tenía en gran estima y apreciaba mucho su talento como pianista. Por eso, cuando el partido nazi llegó al poder, Hitler lo recompensó nombrándole jefe de la Oficina de Prensa Extranjera en Berlin. No obstante, poco después sería destituído del cargo, debido a sus malas relaciones con Joseph Goebbels y a la denuncia de personas cercanas a Hitler de que no era un nazi convencido, abandonando la política activa.
No obstante, en 1937, Hanfstaengl recibió órdenes directas de Hitler de saltar en paracaídas sobre suelo español en poder del bando nacional, con el objeto de ejercer como asesor de los sublevados. Desconcertado con la misión, temiendo que se tratase de una trampa, una breve conversación con el piloto confirmó sus temores: las órdenes eran dejarlo caer sobre territorio republicano, lo que habría supuesto su muerte casi segura. Angustiado y temiendo lo peor, Hanfstaengl soportó varias horas de vuelo creyendo ir camino de España, hasta que el piloto anunció que tenían problemas mecánicos y aterrizó... en el aeropuerto de Leipzig. Durante el tiempo que Hanfstaengl creía ir rumbo a España, en realidad el avión daba vueltas sobre territorio alemán. Al parecer, según cuenta Albert Speer en sus memorias, todo había sido una elaborada broma pesada, urdida entre Hitler y Goebbels, que pretendía servir de escarmiento para Hanfstaengl por unos comentarios de éste en los que se criticaba la actuación de los soldados alemanes en la Guerra Civil española. No obstante, Hanfstaengl quedó tan alarmado por la broma, que, tras enviar a su hijo Egon fuera de Alemania, él mismo desertó y huyó a Suiza, desde donde viajó a Gran Bretaña.

Hanfstaengl y su hijo Egon, sargento del ejército norteamericano
Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Hanfstaengl fue arrestado como prisionero de guerra, y posteriormente enviado a un campo de prisioneros en Ottawa (Canadá). En 1942 fue entregado a los norteamericanos, con los que colaboró aportando información acerca de cuatrocientos líderes nazis, empezando por el propio Hitler, sobre el que facilitó sesenta y ocho páginas de información detallada acerca de su personalidad y costumbres, que permitieron a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA, realizar un detallado informe psicológico sobre el líder nazi.
En 1944, Hanfstaengl fue devuelto a Gran Bretaña. Tras la guerra, retornó a Alemania sin más problemas y vivió una vida tranquila y pacífica, al frente de su editorial, hasta su muerte en 1975. Su relación con el nazismo y con Hitler no fue investigada.

jueves, 1 de octubre de 2015

El indestructible Michael Malloy



Michael Malloy era un irlandés del condado de Donegal que, como tantos otros de sus compatriotas, cruzó el Atlántico rumbo a los EEUU en busca de fortuna a finales del siglo XIX. Durante algún tiempo no le fue mal y trabajó como bombero en Nueva York, hasta que su adicción al alcohol le convirtió en un vagabundo que se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, sobreviviendo gracias a trabajos esporádicos como conserje, barrendero o pulidor de ataúdes. Fue a principios de 1933 cuando su camino se cruzó con el de cinco sujetos muy poco recomendables a los que más tarde se los llamaría "el consorcio del crimen". Se trataba de Anthony Marino, propietario de un speakeasy (uno de aquellos bares ilegales que florecieron durante el periodo de la Ley Seca) en el 3804 de la Tercera Avenida, en el barrio del Bronx; su barman, Joseph "Red" Murphy; Francis Pasqua, enterrador; Daniel Kriesberg (frutero) y Hershey Green (taxista). Codiciosos y sin escrúpulos, buscaban el modo de ganar dinero rápido y sin esfuerzo, y se les ocurrió asesinar a la novia de Marino, Betty Carlsen, para cobrar su seguro de vida. La emborracharon hasta que perdió el conocimiento, la llevaron a su cuarto, la desnudaron, le arrojaron agua helada por encima y la dejaron allí con las ventanas abiertas, en una noche con temperaturas bajo cero. A la mañana siguiente, Betty había muerto y un forense dictaminó como causa de la muerte "neumonía asociada al alcoholismo". Marino, beneficiario de la póliza, cobró 800 $. Tan sencillo les pareció que se decidieron a repetir la jugada, y esta vez eligieron a Malloy como la víctima propicia.

La entrada del speakeasy regentado por Marino
Malloy no fue difícil de engatusar: le prometieron que podía beber cuanto quisiera en el bar de Marino, algo que para él era el paraíso. Sólo le pidieron que firmase unos papeles, supuestamente para apoyar la candidatura de Marino a concejal; pero en realidad, se trataba de tres pólizas de seguro por un total de más de 3500 $. Lo cierto es que Malloy ya tenía sesenta años y aparentemente estaba en las últimas, así que pensaban que unos días bebiendo sin parar acabarían con él.
Pero en materia de bebercio no es bueno subestimar a un irlandés. Día tras día, Malloy aparecía sin falta en el bar de Marino, bebía grandes cantidades de alcohol, se marchaba tambaleándose y volvía invariablemente al día siguiente para seguir bebiendo. A los conspiradores empezó a preocuparles su resistencia, especialmente a Marino, que veía cómo se disparaba la factura del licor que Malloy trasegaba. Por eso Murphy sugirió añadir anticongelante a la bebida del borracho para darle un "empujoncito". Tras varios tragos de la mezcla, Malloy se desmayó y Pasqua, el enterrador, le tomó el pulso y anunció con satisfacción que era tan débil que seguramente estaría muerto por la mañana. Pero tras estar tres horas inconsciente, Malloy se despertó, se disculpó ante los presentes por su "indisposición"... y pidió otra copa. Los días siguientes añadieron más anticongelante a sus bebidas, sin que el confiado irlandés pareciera notarlo. Del anticongelante pasaron a la trementina, el linimento para caballos e incluso el raticida. Pero el invencible Malloy seguía apareciendo día tras día en el local en busca de más bebida.
Entonces cambiaron de estrategia. Si la bebida no le derrotaba, quizá la comida pudiera hacerlo. Le invitaron a un sabroso plato de ostras empapadas en metanol, pero no parecieron hacerle efecto. Marino, harto, le preparó un plato especial: un bocadillo de sardinas en mal estado, mezcladas con raticida, anticongelante e incluso pequeños clavos y fragmentos de metal, con la idea de que si no moría envenenado, sufriese una hemorragia estomacal. Pero Malloy no sólo no enfermó, sino que pareció gustarle aquel contundente refrigerio.
De nuevo cambiaron de proceder y trataron de aprovechar las gélidas temperaturas del invierno neoyorquino. Tras lograr que Malloy bebiera hasta perder el conocimiento, lo llevaron hasta Claremont Park, lo arrojaron sobre la nieve, lo desnudaron de cintura para arriba y vertieron agua sobre su pecho desnudo (repitiendo lo que habían hecho con Betty Carlsen). Y luego, lo abandonaron a la intemperie, con temperaturas de casi -30º centigrados, convencidos de que por fin habían logrado su objetivo. Su cara debió de ser todo un poema cuando, la noche siguiente, vieron a Malloy cruzando la puerta del bar como era su rutina, dispuesto a seguir bebiendo. No parecía tener ninguna secuela e incluso iba mejor vestido que de costumbre. Al parecer, una patrulla de policía lo había encontrado a tiempo y lo había llevado a un albergue, donde había pasado la noche y le habían dado ropa nueva.

De izquierda a derecha, Tony Marino, Daniel Kriesberg, Frank Pasqua y Joseph Murphy
Aconsejados por un matón profesional llamado Anthony "Tony el Duro" Bastone, los cinco aspirantes a asesinos decidieron dejar las "sutilezas" y encargarse de Malloy con métodos más directos. Así, una noche en la que Malloy estaba borracho y al borde del coma etílico, lo subieron al taxi de Green, lo llevaron a Pelham Parkway, también en el Bronx, y lo dejaron en mitad de la calle. Y mientras Malloy intentaba descubrir dónde estaba y cómo había llegado hasta allí, le atropellaron con el taxi a más de 70 km/h. Malloy salió despedido varios metros y, para asegurarse de que acababan con él, volvieron a atropellarle.
Seguros de haberse librado esta vez si del borracho, se dispusieron a esperar que la muerte de Malloy se hiciese pública para reclamar su dinero. Pero los días pasaron y no había noticias. Ningún periódico publicó la noticia de su muerte ni ningún hospital ni depósito de cadáveres había oído hablar de él.
Eso era un problema serio; sin cadáver no había manera de cobrar las pólizas. Por eso trataron de obtener uno y de nuevo, emborracharon y atropellaron a un vagabundo, un tal Joe Murray, al que colocaron documentos a nombre de Malloy para hacerlo pasar por él. Pero se ve que el apellido Malloy otorga poderes sobrehumanos al que lo luce, aun sin ser el suyo, porque Murray sobrevivió al atropello, aunque quedó tan mal parado que pasó varios meses en el hospital.
Y cuando se cumplían tres semanas del atropello de Malloy, los confabulados vieron con espanto cómo el irlandés, tranquilamente, entraba en el bar como de costumbre. Su aspecto era peor de lo habitual, estaba más débil y con las marcas del atropello... y también estaba sediento. Al parecer, el atropello se había saldado con una fractura de cráneo, una conmoción cerebral y un hombro roto. Estaba en tan mal estado que ni siquiera había podido darle su nombre a los médicos que le atendían, de ahí que nadie supiese quién era. Pero después de tres semanas, ya estaba lo suficientemente recuperado como para volver a su rutina alcohólica de siempre.
Era más de lo que podían soportar. Siguiendo los consejos de Bastone, esperaron a que Malloy volviera a perder la consciencia por el alcohol, lo llevaron a la habitación donde dormía Murphy y allí lo asfixiaron colocándole en la boca una manguera conectada al gas. De esta vez, por fin, lograron acabar con el tozudo borrachín. Pagaron a un médico para que certificase que la muerte de Malloy había sido a causa de una neumonía y lograron al fin el éxito de su plan. O al menos eso creían; la maldición de Malloy los persiguió más allá de la tumba.

La habitación donde fue asesinado Michael Malloy
Joseph Murphy tenía algunos temas pendientes con la justicia y fue encarcelado. Como él era uno de los beneficiarios de las pólizas, cuando la aseguradora trató de ponerse en contacto con él para pagarle y supo de su paradero, comenzó a sospechar y avisó a la policía. Por su parte, Green el taxista no había recibido la parte del botín que le correspondía, lo cual lo enfadaba sobremanera; y eso provocó que se fuera de la lengua y contara las desventuras del pobre Malloy a varias personas, con lo que la historia de "Mike el duradero" o "Iron Mike" comenzó a circular por los bajos fondos neoyorquinos. La policía, que estaba advertida, comenzó a investigar y descubrieron no sólo la sospechosa muerte de Malloy, sino también la de Betty Carlsen. El cadáver de Malloy fue exhumado y una autopsia reveló la verdadera causa de la muerte. Los cinco asesinos y el médico que había certificado la muerte de Malloy fueron encarcelados y acusados de asesinato.


Durante el juicio, los acusados trataron de culpar a Bastone (el cual había muerto tiroteado poco después que Malloy y no podía, por tanto, desmentirlos), al que acusaron de ser el que había urdido el plan y de haberlos coaccionado para que le ayudaran. Pero el jurado no se lo creyó y condenó a muerte a Marino, Murphy, Pasqua y Kriesberg, mientras que Green fue sentenciado a cadena perpetua y el doctor, a varios años de cárcel. Marino, Pasqua y Kriesberg murieron en la silla eléctrica en la prisión de Sing Sing en junio de 1934; Murphy siguió su mismo destino el mes siguiente.