Cuando en abril de 1341 muere Juan III el Bueno, duque de Bretaña, lo hace sin descendientes legítimos, pese a haberse casado en tres ocasiones. Solo tiene un hijo bastardo, Jean Decoud, duque de Vannes, al que su condición excluye del trono. Al propio Juan se le pregunta en su lecho de muerte a quién designa sucesor, pero el duque se limita a ordenar que "no se le moleste con esas cosas".
El problema era que había dos potenciales herederos que se consideraban con derecho al trono bretón. Por un lado, Juan de Monfort, medio hermano de Juan III. Aunque durante la mayor parte de sus vidas no habían tenido buena relación e incluso Juan III había tratado de anular el segundo matrimonio de su padre Arturo II, para declarar a Monfort y a sus cuatro hermanas ilegítimos, se habían reconciliado poco antes de su muerte y había reconocido el derecho de Monfort al trono. Por otro lado, mientras ambos habían estado enfrentados, Juan III había nombrado heredera a su sobrina Juana de Penthièvre, que estaba casada con el noble francés Carlos de Blois, sobrino del rey de Francia Felipe VI. Así que Carlos presentó también su reclamación al trono de Bretaña.
La situación era complicada porque ambos candidatos derechos sucesorios y las leyes bretonas eran un tanto confusas en lo referente a la sucesión del ducado cuando no había descendientes legítimos. Así que como cabría esperar, el enfrentamiento desembocó en una Guerra de Sucesión que se prolongaría durante más de veinte años, en la que los bloisistas contaron con el apoyo de Francia y los monfortistas con el de Inglaterra, y que no se resolvería hasta la batalla de Auray (1364) en la que las tropas mandadas por Juan V de Monfort (el hijo de Juan de Monfort, muerto en 1345) derrotaron contundentemente a las de Carlos de Blois, que murió en combate sin dejar herederos que continuaran su reclamación del trono.
Y fue durante esta Guerra de Sucesión cuando tuvo lugar un suceso singular que con el tiempo se haría casi más famoso que la propia guerra en la que tuvo lugar. Un acontecimiento sin apenas importancia militar o política, pero que a ojos de sus contemporáneos y de las generaciones que les siguieron se convirtió en uno de los más dignos y elevados ejemplos de la nobleza del código de caballería medieval.
Corría el año 1351 y la localidad de Plöermel estaba defendida por un grupo de soldados bretones e ingleses y mercenarios alemanes partidarios de Juan de Monfort. Al frente de ellos, Robert Bemborough, un veterano caballero de origen incierto. Historiadores contemporáneos a él como Jean Le Bel o Jean Froissart dicen que era alemán. Investigaciones posteriores sugieren que podía ser inglés y su apellido real sería "Pembroke" o "Bromborough". A poca distancia de allí había otra localidad, Josselin, custodiada por una guarnición bretona partidaria de Carlos de Blois y mandada por Jean de Beaumanoir, un noble bretón que años más tarde sería nombrado Mariscal de Bretaña.
Ambos comandantes eran soldados expertos y veteranos. Ambos comandaban tropas similares en número, armamento y experiencia. Y ambos sabían que, dada esa igualdad de fuerzas, un enfrentamiento entre las dos guarniciones muy probablemente provocaría numerosas bajas por ambos bandos. Ambos tenían sobrada experiencia en combate; no eran cobardes, no huían de los enfrentamientos. Pero a ninguno de ellos les gustaba el derramamiento inútil de sangre, así que durante un tiempo se mantuvo el statu quo. Hasta que un buen día Beaumanoir retó a Bemborough a un duelo singular: la disputa entre ambos bandos se resolvería con un duelo entre ambos comandantes, sin necesidad de involucrar al resto de los soldados.
No está claro lo que motivó a Beaumanoir en lanzar su desafío. Le Bel y Froissart lo presentan como un ejercicio del código de la caballería, un duelo en honor de las dos mujeres que en aquel momento lideraban ambas facciones, Juana de Penthièvre (Carlos de Blois había caído prisionero de los británicos) y Juana de Flandes (la viuda de Juan de Monfort y madre de Juan V de Monfort, que por entonces era un niño). Algunas baladas populares presentan a Bemborough y a sus hombres como bandidos y saqueadores, y a Beaumanoir como un héroe que quiso poner fin a sus desmanes; pero esa versión parece más un intento de desprestigiar a los monfortistas alentado por los franceses a posteriori.
Sea como fuere, Bemborough aceptó en un primer momento el reto; pero los soldados de los dos bandos se opusieron. Se negaban a quedarse sentados viendo como sus comandantes se mataban el uno al otro. Querían participar, y así lo hicieron saber. Así que Bemborough le hizo a Beaumanoir una contraoferta: resolver su enfrentamiento con un combate entre dos grupos de soldados escogidos. Cada comandante elegiría a 29 de entre sus hombres y, con ellos mismos a la cabeza, los dos grupos de treinta hombres se enfrentarían en un terreno neutral, hasta que uno de los dos bandos se rindiera o murieran todos sus hombres.
El combate quedó fijado para el 27 de marzo de 1351, en un lugar llamado chêne de Mi-Voie, un amplio campo a mitad de camino entre Plöermel y Josselin marcado por la presencia de un viejo roble. Para garantizar un combate caballeroso y honorable se prohibieron las armas a distancia: ni arcos, ni ballestas, ni las primitivas armas de fuego que por aquel entonces empezaban a ser comunes en los campos de batalla europeos, solo espadas, hachas, lanzas y las llamadas dagas de misericordia, con las que solían rematar a los enemigos caídos, introduciéndolas por el visor del yelmo. Según cuentan las crónicas, los caballeros franco-bretones llevaban túnicas blancas con cruces negras, mientras que los anglo-bretones llevaban túnicas blancas con cruces rojas.
El combate se prolongó durante horas, y según las crónicas los contendientes se condujeron con gallardía y honorabilidad. Beaumanoir había acudido con una tropa íntegramente bretona, mientras que Bemborough contaba con veinte caballeros ingleses, seis mercenarios alemanes y cuatro bretones. Después de una larga lucha, con cuatro bretones de Beaumanoir y dos ingleses muertos, los dos bandos acordaron una pausa para beber y vendarse las heridas. Poco después de que se reanudara el combate Bemborough era abatido, según la tradición por un caballero llamado Geoffroy du Bois, quien logró introducir su lanza por el visor de su yelmo. Tomó entonces el mando de sus hombres un mercenario alemán llamado Croquart, quien organizó a los demás en una línea defensiva contra la que se estrellaban una y otra vez los ataques bretones. El desenlace del combate se decidió gracias a un jinete bretón llamado Guillaume de Montauban, el cual logró romper la línea defensiva inglesa cargando con su caballo contra ella. Al final, con nueve de los monfortistas (incluido Bemborough) y cuatro de los bloisistas muertos, los 21 supervivientes del bando de Monfort se rindieron y fueron tomados como prisioneros. Prácticamente todos los supervivientes del combate estaban heridos de mayor o menor gravedad.
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Panel de madera tallada del siglo XVI con los escudos de armas de los treinta caballeros leales a Francia que lucharon en el Combate de los Treinta |
El llamado Combate de los Treinta no tuvo apenas relevancia dentro del marco de la Guerra de Sucesión bretona, ni militar, ni estratégica. Su único efecto práctico fue que los partidarios de Carlos de Blois pasaron a controlar un pequeño trozo de terreno, aunque por un tiempo limitado. Sin embargo se convirtió en uno de los más celebrados ejemplos del código medieval de caballería. En un momento en el que empezaba a vislumbrarse la decadencia del viejo código, aquellos sesenta soldados protagonizaron uno de sus más brillantes momentos, no por el resultado, sino por la manera en la que ambos bandos se condujeron, con honestidad y gallardía. Aquel combate dio lugar a canciones, poemas, cuadros. Una piedra conmemorativa se colocó en el lugar del combate (sustituida ya en tiempos de Luis XVIII por un monumental obelisco) y el rey Carlos V de Francia (1338-1380) encargó un tapiz donde se narraba el enfrentamiento.
Cuenta Jean de Froissart en sus crónicas que, veinte años después del combate, el último de los supervivientes de aquel día, un caballero llamado Yves Charruel, tullido y desfigurado después de años de combates, apareció en la corte de Carlos V. El rey francés no dudó en sentarlo en su propia mesa y lo acogió en su corte, con una pensión y honores, por haber sido uno de los Treinta.