Verba volant, scripta manent

lunes, 20 de abril de 2020

Mary Anning

Mary Anning (1799-1847)

En la lista de las mujeres pioneras de la ciencia, mujeres que se atrevieron a desafiar el statu quo que las excluía del mundo de la investigación científica por considerarlo un campo exclusivamente masculino, sobresale el nombre de Mary Anning. Una mujer que fue ignorada y menospreciada mientras vivió, cuyas aportaciones fueron minusvaloradas o desdeñadas, pero cuya aportación a una ciencia entonces nueva como la paleontología resultó fundamental y solo fue reconocida mucho tiempo después de su muerte.

Mary Anning nació en la localidad inglesa de Lyme Regis en 1799, en una familia humilde, hija de un modesto ebanista que se sacaba un sobresueldo vendiendo fósiles a los turistas que visitaban la costa del condado de Dorset, destino habitual de vacaciones de las clases medias-altas del sur de Inglaterra. En aquella época, el trabajo de investigadores como Buffon y Cuvier había logrado que los fósiles fueran aceptados como lo que eran, restos de especies desaparecidas, y el coleccionismo y estudio de estos restos se hacía cada vez más popular. Y en los acantilados calizos de la costa de Dorset, datados en la era mesozoica, existía una gran abundancia de fósiles.

Acantilados de Dorset
A Mary le fascinaban aquellos restos, hasta el punto de que a menudo prefería acompañar a su padre en sus búsquedas antes que quedarse en casa haciendo las tareas del hogar. Después de que su padre muriera en 1810 de tuberculosis, la venta de fósiles se convirtió en el principal sustento de la familia. Mary, acompañada en ocasiones por su hermano Joseph (Joseph y ella fueron los únicos de los diez hijos del matrimonio Anning que llegaron a la edad adulta) recorría los acantilados de la zona (peligrosamente escarpados y con el riesgo siempre presente de derrumbes y corrimientos de tierras) en busca de piezas que luego vendía en un puesto callejero cercano a la parada de la diligencia. Su primer gran hallazgo tuvo lugar en 1810 o 1811, cuando su hermano Joseph halló lo que creían era el cráneo de un cocodrilo, y que resultó ser un ictiosauro. Mary limpió ciudadosamente el cráneo y siguió buscando el resto del esqueleto hasta que lo halló al año siguiente. La espectacular pieza, el primer esqueleto de este tipo hallado completo, fue luego vendida por 27 libras (una pequeña fortuna para los Anning, dados sus problemas económicos) y acabaría expuesto en el Museo Británico. El cirujano y naturalista Everand Home escribió una serie de artículos sobre el ictiosauro por encargo de la Royal Society, aunque en ninguno de ellos menciona a los Anning como sus descubridores.

En los siguientes años Mary continuó con la búsqueda y venta de fósiles, prácticamente en solitario, después de que su hermano comenzara a trabajar como aprendiz de tapicero. Halló varios esqueletos más de ictiosauro, de diferentes especies, algunos del tamaño de peces pequeños y otros grandes como ballenas. No obstante, su familia seguía pasando dificultades financieras y en 1819 uno de sus clientes, un acaudalado coleccionista llamado Thomas Birch, subastó su colección de fósiles para entregarle lo recaudado (unas 400 libras) a Mary, lo que alivió su situación.

En 1820 y 1823 Mary hizo otros dos hallazgos extraordinarios: dos esqueletos casi completos de plesiosaurio, los dos primeros conocidos por la ciencia. Mary limpió, preparó y describió minuciosamente los restos, tan sorprendentes para lo que entonces se conocía que el mismísimo Georges Cuvier expresó sus dudas acerca de la legitimidad de los fósiles (más tarde admitiría su error y se disculparía). Los plesiosaurios fueron examinados y presentados públicamente por el paleontólogo William Conybeare, el cual en ninguno de los dos casos mencionó a Mary como descubridora.

Dibujo de un esqueleto de plesiosaurio, por Mary Anning
Mary Anning no tuvo oportunidad de tener una educación convencional. Aprendió a leer y escribir en su iglesia y no fue al colegio, pero más tarde trataría de subsanar esas carencias devorando toda la literatura científica que caía en sus manos, llegando a copiar a mano artículos que le interesaban especialmente. Llegó incluso a diseccionar animales como peces o calamares, para familiarizarse con su anatomía y entender mejor la estructura de los fósiles con los que trabajaba.

En 1826 Mary logró reunir dinero suficiente para comprar una casa en Lyme con un gran ventanal donde instalar su tienda, a la que llamó Almacén de Fósiles Anning. La tienda y su propietaria muy pronto lograron fama en el mundo de la paleontología, una fama que se extendió más allá de las fronteras inglesas. Numerosos investigadores ingleses frecuentaban a Anning para adquirir nuevas piezas, pero también otros procedentes de América, Francia, Alemania... Incluso el rey de Sajonia Federico Augusto II, dueño de una amplia colección de especímenes de historia natural, fue cliente suyo, y le compró un ictiosauro. Muchos de sus clientes, además, aprovechaban sus visitas para charlar con Mary, quedando asombrados por el conocimiento que tenía sobre los fósiles y su habilidad para caracterizarlos e identificarlos. Pero eso no impidió que sus aportaciones fueran sistemáticamente ignoradas por la ciencia "oficial". En una época en la que la Sociedad Geológica de Londres, la principal autoridad paleontológica de la época, no permitía que las mujeres asistieran a sus reuniones ni siquiera como invitadas, Mary sufrió una triple discriminación: por ser mujer, por ser de origen humilde y por ser de una familia disidente (protestantes no anglicanos). Algunos de sus clientes llegaban incluso a presentar como hallazgos propios los fósiles que Mary les había vendido, apropiándose de sus conclusiones para hacerlas pasar por suyas. Mary se quejaría amargamente en más de una ocasión de cómo algunos científicos se habían aprovechado de su trabajo en su propio beneficio.

Sir Henry Thomas de la Beche (1796-1855)
No todos los científicos se negaban a reconocer los méritos de Mary Anning. Henry de la Beche, amigo de los Anning desde su adolescencia y que llegaría a ser presidente de la Sociedad Geológica, agradeció más de una vez su ayuda, igual que William Buckland, catedrático de Geología en Oxford, o el matrimonio formado por Roderick y Charlotte Murchison, quienes la pusieron en contacto con reconocidos geólogos de toda Europa. Y el paleontólogo suizo Louis Aggasiz quedó tan impresionado de sus conocimientos y de los de Elizabeth Philpot, paleontóloga amateur y amiga de Anning, que les agradeció a ambas su ayuda en su libro Estudios sobre los peces fósiles.

Duria Antiquior (Henry De la Beche, 1830)
En 1830 la crisis económica, que disminuyó la demanda de fósiles, y la escasez de hallazgos significativos volvió a causar problemas económicos a Mary. De la Beche salió en su ayuda, donándole los beneficios de las ventas de litografías de Duria Antiquior, una acuarela que había pintado en la que hacía una reconstrucción artística de la fauna prehistórica de Dorset.

Los descubrimientos de Mary Anning continuaban: en 1828 halló un esqueleto en perfecto estado de Dapedium politum, un pez de aletas radiales recién descrito, y un pterosaurio, el primero hallado fuera de Alemania. En 1829 halló un ejemplar de Squaloraja, con características intermedias entre un tiburón y una raya, y en 1830 un tercer ejemplar de plesiosaurio. También hizo otros importantes aportes al conocimiento de la Paleontología, como señalar el gran parecido entre las bolsas fósiles de los belemnites con las de calamares y sepias actuales, y resolvió un pequeño enigma paleontológico: las llamadas "piedras bezoar", unos fósiles que se encontraban a veces en algunos yacimientos y cuyo origen se desconocía. Mary Anning se dio cuenta de que esas piedras aparecían a veces en la región abdominal de los esqueletos de ictiosauro, y que si se rompían contenían en su interior huesos, espinas y escamas de otros animales marinos, por lo que concluyó que se trataba de heces fósiles. William Buckland los llamó "coprolitos", y cuando expuso esta conclusión en la Sociedad Geológica mencionó expresamente a Anning, alabando su talento y su habilidad.

Squaloraja
En 1835 Mary volvió a quedar en una situación financiera comprometida tras perder casi todos sus ahorros en una mala inversión. William Buckland logró aliviar sus problemas consiguiendo que le fuera concedida una pensión gubernamental por sus aportaciones científicas. En 1839 escribió al Magazine of Natural History como respuesta a un artículo sobre un fósil de un tiburón del género Hybodus. Un resumen de su carta, publicado por la revista, fue su única publicación en una revista científica, aunque se conservan de ella varios de sus cuadernos de trabajo, llenos de anotaciones e ilustraciones sobre los fósiles que hallaba.

Ictiosauro desubierto por Mary Anning en 1836, propiedad del Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford
En 1845 le fue diagnosticado un agresivo cáncer de mama. Luchó contra él durante dos años, pero acabó sucumbiendo a la enfermedad el 8 de marzo de 1847, a los 47 años de edad. Durante sus últimos tiempos, los efectos del láudano que tomaba para soportar el dolor hicieron que se corriera el rumor en Lyme de que bebía en exceso. Tras su muerte, Henry de la Beche escribió un panegírico que fue publicado en los anales de la Sociedad geológica, en las que se alababan tanto su personalidad como su talento como paleontóloga. Más tarde, miembros de la Sociedad sufragaron la fabricación de una vidriera en su recuerdo, que fue colocada en la iglesia anglicana (Mary se había convertido a dicha religión antes de morir) de San Miguel Arcángel en Lyme. Louis Aggasiz nombró dos especies de peces fósiles en su honor (Acrodus anningiaeBelenostomus anningiae) y el mismísimo Charles Dickens escribió un artículo sobre ella en la revista All the Year Round en el que destacaba todas las dificultades a las que había tenido que sobreponerse, llegando a decir que "la hija del ebanista se ha ganado un nombre merecidamente".

2 comentarios:

  1. Una entrada muy interesante.

    Cuantas mujeres como ella, por desgracia, han quedado eclipsadas por el silencio, a pesar de su talento y su valía.

    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas, en efecto, fueron ignoradas en su época y sus aportaciones minusvaloradas. Pero abrieron el camino para las que vinieron después de ellas.

      Un abrazo, Rodericus.

      Eliminar