Verba volant, scripta manent

domingo, 28 de junio de 2026

El Incidente de Namamugi

El incidente de Namamugi (Shozan Hayakawa, 1877)

En el año 1862 buena parte del territorio japonés seguía estando vedado a los extranjeros. A pesar de que el shogunato Tokugawa había permitido cierto aperturismo, autorizando los intercambios comerciales y la presencia de un limitado número de foráneos en suelo japonés, estos estaban obligados a residir en barrios determinados, como el distrito de Kannai en la ciudad de Yokohama, por cuyo puerto se producía la mayor parte del intercambio comercial con el extranjero. Además, los extranjeros tenían limitada su movilidad; por lo general no tenían permitido desplazarse a más de unos 40 kilómetros de su lugar de residencia. De este modo, el shogunato pretendía limitar la influencia externa sobre la sociedad japonesa.

Precisamente del barrio de Kannai partieron el 14 de septiembre de 1862 cuatro ciudadanos británicos con la intención de visitar el Kawasaki Daishi, un célebre templo budista situado en la ciudad de Kawasaki, a unos 15 kilómetros de Yokohama. Se trataba de Charles Lennox Richardson, un comerciante residente en la ciudad china de Shanghai que había hecho una escala en Yokohama en su viaje de regreso a Inglaterra; Woodthorpe Charles Clark (un viejo amigo de Richardson) y William Marshall, también comerciantes y residentes en Kannai; y Margaret Watson Borradaile, cuñada de Marshall. El grupo partió a eso de las dos y media de la tarde, cruzando en un bote la bahía de Yokohama hasta el pueblo de Kanagawa, donde les esperaban unos caballos que habían alquilado de antemano, y luego se dirigieron al norte siguiendo la llamada Carretera Tōkaidō, que conectaba la capital, Edo, con la ciudad de Kioto siguiendo la costa de la isla de Honshu.

Charles Lennox Richardson (1833-1862)

Habían recorrido unos kilómetros cuando, al llegar a la altura de la villa de Namamugi, los británicos se encontraron con la comitiva de Hisamitsu Shimazu. Hisamitsu era el líder del poderoso clan Shimazu, y era el padre y regente de Tadayoshi Shimazu, el daimyo (señor) del dominio de Satsuma, uno de los feudos más grandes y poderosos de Japón, que el clan Shimazu venía gobernando ininterrumpidamente desde finales del siglo XII. Hisamitsu viajaba acompañado de un nutrido séquito de un millar de personas, muchas de las cuales eran samurais armados que formaban parte de su guardia. A pesar de que los miembros de la comitiva les indicaban por gestos que se apartaran del camino y desmontaran, como muestra de respeto hacia Hisamitsu, los británicos siguieron avanzando hasta llegar al centro del grupo, que ocupaba todo el ancho de la carretera.

Lejos de detenerse, siguieron marchando por entre los miembros de la comitiva. Aunque hay distintas versiones sobre lo ocurrido, la más fiable dice que, pese a las reticencias de Clark y Marshall, Richardson, cuyo desdén hacia los orientales era más que notorio, les animó a seguir adelante, llegando a decir que "Yo se como tratar con esta gente". Y siguió avanzando hasta llegar prácticamente al lado de la litera en la que viajaba Hisamitsu. Eso fue ya una provocación demasiado grande para uno de los samurais de Shimazu, quien, presa de la ira, atacó a Richardson hiriéndolo de gravedad. En ese momento varios guardias más se sumaron al ataque. Clark y Marshall, gravemente heridos, lograron huir al galope (a la señora Borradaile no le hicieron nada por ser mujer); sin embargo Richardson cayó de su caballo al intentar escapar y, ya en el suelo, varios samurais, por una orden directa de Hisamitsu, le propinaron el todome (golpe de gracia) apuñalándolo con sus espadas y lanzas (el examen post morten de su cuerpo reveló diez heridas mortales). Richardson sería posteriormente enterrado en el Cementerio General para Extranjeros del barrio de Yamate, en Yokohama.

Hisamitsu Shimazu (1817-1887)

El llamado Incidente de Namamugi indignó profundamente tanto a los japoneses, que justificaron el asesinato de Richardson, como a los extranjeros, que lo condenaban, y provocó una crisis diplomática entre el shogunato y las potencias occidentales, especialmente el Reino Unido. Los japoneses justificaban la muerte de Richardson en virtud del llamado Kiri-sute gomen ("Perdón por cortar y abandonar"), una ley tradicional por la cual un samurái tenía derecho a castigar, o incluso a matar, a una persona de casta inferior si sentía que había sido insultado o le habían faltado al respeto, aunque con algunas condiciones: el ofendido tenía que actuar inmediatamente después de la ofensa, y solo podía dar un golpe; después de atacar, el agresor debía notificarlo al oficial gubernamental más cercano para que se juzgara si había actuado correctamente, entregar su espada y pasar 20 días recluido en su casa, esperando el veredicto; si se consideraba que había actuado incorrectamente, podía recibir graves sanciones o incluso ser condenado a muerte; y determinados profesionales, como los médicos o las parteras, estaban excluidos durante el ejercicio de su labor, porque se consideraba que debían actuar con rapidez y por ello podían ofender inadvertidamente a algún samurai con el que se cruzaran. Los extranjeros residentes en Japón alegaban que, en virtud de los tratados del shogunato con sus respectivos países, ellos no estaban sujetos a las leyes japonesas, y pidieron a sus gobiernos una actuación firme para evitar que se repitiera algo parecido.

El gobierno británico exigió a los japoneses una compensación por la muerte de Richardson. En un primer momento se negaron, atribuyendo la responsabilidad de lo ocurrido a la soberbia de los británicos, a su desconocimiento del idioma y las costumbres locales y a su falta de respeto hacia los ciudadanos japoneses. Contraponían el ejemplo de Eugene Van Reed, un comerciante norteamericano que, en una situación similar, había desmontado y se había inclinado para mostrar su respeto al paso de la comitiva de un daimyo. Hay que decir que Richardson no gozaba de demasiadas simpatías ni siquiera entre sus compatriotas; sir Frederick Wright-Bruce, enviado especial del gobierno británico en China, lo describió como "un aventurero arrogante" y su propio tío llegó a decir que no le sorprendía cómo había muerto, culpando a su "terquedad e imprudencia". Pero los británicos no aceptaron las justificaciones japonesas y reclamaron la apertura de negociaciones.

Negociaciones a bordo del Sémiramis entre representantes del shogun y de los gobiernos del Reino Unido y Francia (Le Monde Illustré, 26 de septiembre de 1863)

Ausentes tanto el shogun Iemochi Tokugawa (que se encontraba en Kioto) como el embajador británico sir John Rutheford Alcock (de vacaciones), las negociaciones se llevaron a cabo entre un alto funcionario del shogunato, el wakadoshiyori Nagamichi Ogasawara, y el encargado de negocios de la embajada británica, el teniente coronel Edward St. John Neale, a bordo del buque de la Armada francesa Sémiramis. Neale exigió una disculpa oficial, cien mil libras de indemnización para las víctimas y que los autores materiales de la muerte de Richardson fueran apresados y juzgados, amenazando con bombardear Edo si sus condiciones no eran aceptadas. Temeroso, Ogasawara aceptó su parte del trato; pero el señorío de Satsuma, al que correspondía la detención de los implicados, se negó, confiado en su propia fuerza y en la debilidad del shogun. No dieron su brazo a torcer ni siquiera cuando los británicos trataron de negociar directamente con ellos.

Edward St. John Neale (1812-1866)

Mientras tanto, toda la situación había provocado en Japón un resurgimiento del sentimiento nacionalista y anti-extranjero que había desembocado en la aparición de un movimiento político, el Sonnō jōi (Reverenciar al emperador, expulsar a los bárbaros) que propugnaba la expulsión de los extranjeros de Japón y el cierre de sus fronteras. Este movimiento provocó numerosos incidentes, el más grave de los cuales fue el bombardeo de la ciudad de Shimonoseki por parte de buques de guerra europeos, después de que Takachika Mori, líder del clan Mori, hubiera ordenado atacar a los barcos occidentales que pasasen frente a las costas de sus dominios.

En el verano de 1863, harto de esperar, Neale ordenó a la Royal Navy una expedición de castigo contra la ciudad de Kagoshima, la capital de Satsuma. Una flota bajo el mando del vicealmirante sir Augustus Kuper, formada por la fragata HMS Euryalus, las corbetas HMS Pearl, HMS Perseus y HMS Argus, y las cañoneras HMS Racehorse, HMS Coquette y HMS Havock, partió de Yokohama el 6 de agosto y se plantó cinco días después en la bahía de Kinko, exigiendo nuevamente compensaciones, pero los enviados de Satsuma rechazaron el ultimátum de Kuper. Este procedió entonces a capturar tres pequeños buques a vapor pertenecientes a Satsuma, para usarlos como moneda de cambio en las negociaciones. Como respuesta, después de una breve pausa impuesta por el paso de un tifón, las pequeñas baterías costeras que protegían el puerto abrieron fuego contra los británicos quienes, cogidos de improviso, procedieron a hundir los tres barcos que habían capturado y a devolver el fuego con su artillería contra los cañones japoneses y la propia ciudad (que ya había sido evacuada).

Mapa del Bombardeo de Kagoshima (Ilustración de John Dower para The Illustrated London News)

El combate se prolongó durante varias horas, hasta que los británicos, que no habían previsto un enfrentamiento como aquel, se quedaron sin municiones y Kuper dio la orden de retirada. Habían quedado destruidas 500 casas de Kagoshima, así como buena parte de las baterías costeras. También habían resultado hundidos varios juncos pertenecientes al reino de Ryūkyū (un pequeño reino semi-autónomo del sur, formado por los archipiélagos de Ryūkyū, Amami, Yaeyama y Miyako), cuya embajada también resultó seriamente dañada. Por parte japonesa habían tenido cinco muertos y seis heridos; los británicos perdieron trece hombres, incluido al capitán de la Euryalus, John J. S. Josling, y su segundo al mando, el comandante Edward Wilmot, ambos decapitados por un afortunado cañonazo japonés que alcanzó el puente de la fragata, y tuvieron 69 heridos. Además, la Racehorse había quedado seriamente dañada. Los japoneses, que pasaron a llamar al incidente "Guerra Anglo-Satsuma", se consideraron los vencedores del conflicto, lo mismo que la comunidad europea de Japón, que además lamentó que Kuper hubiera dañado bienes de una parte neutral. Por su parte, el alto mando británico (pese a las discusiones que el ataque había causado en el Parlamento británico) lo consideró un éxito e incluso condecoró a Kuper nombrándolo caballero de la Orden de Bath por su actuación en Kagoshima.

Sin embargo, al final los de Satsuma, temiendo un nuevo ataque aún más devastador, acabaron cediendo. Aunque nunca llegaron a juzgar a los responsables de la muerte de Richardson, si aceptaron pagar las 25000 libras que pedían los británicos como indemnización; dinero que tuvieron que pedir prestado al gobierno del shogun y que nunca devolvieron, porque en 1868 la llamada Restauración Meiji acabó con el shogunato y retornó sus poderes al emperador. En cuanto a Hisamitsu Shimizu, nunca fue acusado ni tuvo que responder por lo sucedido. Se convirtió en uno de los principales apoyos del emperador durante la Restauración, y después de ella recibió el título de Kōshaku (Príncipe) e incluso ejerció como Sadaijin (Ministro de la Izquierda), uno de los cargos más relevantes dentro del gabinete del emperador.

domingo, 21 de junio de 2026

El tesoro de Villena

El tesoro de Villena

Un día de octubre de 1963 un albañil llamado Francisco García, que trabajaba en un edificio en construcción en la localidad alicantina de Villena, encontró un objeto metálico en un montón de grava de la que se usaba en la obra para hacer el hormigón. Sin saber muy bien lo que era, creyendo que se trataba de alguna pieza perdida por uno de los camiones que traían materiales para la obra, se la entregó a su capataz, Ángel Tomás, el cual lo colocó en un lugar visible por si su dueño volvía a reclamarlo. Días mas tarde otro de los trabajadores, Francisco Contreras, lo vio y decidió llevárselo a su casa. Su mujer, Esperanza Fernández, lo llevó el día 22 a un joyero local, Carlos Miguel Esquembre, por si pudiera tener algún valor. El joyero no salía de su asombro cuando examinó la pieza y descubrió que se trataba de un brazalete de oro, aparentemente bastante antiguo. Avisó entonces a José María Soler García, arqueólogo e historiador local.

Soler ya había alcanzado cierta popularidad cuando en la primavera de ese año había hallado en las cercanías de Villena el llamado Tesorillo del Cabezo Redondo, un conjunto de pequeños objetos de oro como brazaletes, anillos y cuentas de collar (supuestamente propiedad de un orfebre), perteneciente a la cultura argárica y datado en el tercer milenio antes de Cristo. Reconociendo la importancia de la pieza, Soler pidió al Juez de Instrucción de Villena que iniciara una investigación sobre las circunstancias del hallazgo, pero apenas se pudo aclarar nada sobre su origen más de lo que ya se sabía.

Cosa de un mes más tarde, el 25 de noviembre, un hombre llamado Juan Calatayud, transportista de gravas, y su esposa Encarnación Martínez, se presentaron en la misma joyería con otro brazalete de oro, que según ellos había pertenecido a la abuela de Encarnación. Esquembre se dio cuenta de que este brazalete no solo era idéntico al anterior, sino que incluso presentaba el mismo tipo de adherencias terrosas, así que avisó a Soler, el cual a su vez avisó al juez. Al saber que andaba la justicia de por medio, Calatayud admitió que había hallado el brazalete en una rambla, conocida como Rambla del Panadero, en el valle de Benejama, a unos cinco kilómetros de Villena, donde se había estado extrayendo grava. El juez ordenó una inspección ocular de la zona, sin encontrar nada relevante, así que Soler decidió examinar el lugar por su cuenta.

El 1 de diciembre de 1963 Soler, acompañado de sus amigos, los hermanos Enrique y Pedro Domenech y de los respectivos hijos de ambos, también llamados Enrique y Pedro, se presentó en la rambla. Excavaron primero cerca de unas ruinas de la época islámica, y luego en una zona con restos de incineración, sin éxito. Eran ya las 5 de la tarde cuando, ya cerca de la hora de regreso, Pedro Domenech, que se había desplazado algo más lejos, desenterró con su azada dos brazaletes y el borde de una vasija de cerámica. Ya estaba oscureciendo y Soler no quería excavar sin disponer de luz ni se atrevía a dejar el hallazgo hasta el día siguiente, así que decidieron que los dos chicos salieran al encuentro del taxista que iba a recogerlos, con una nota para el abogado Alfonso Arenas para que enviara a un fotógrafo con medios de iluminación. Dos horas más tarde aparecieron los dos muchachos, el abogado, el fotógrafo Martín Flor y el taxista Martín Martínez. La vasija y su contenido fueron desenterrados y cargados en el taxi, que los llevó al despacho de Soler.

El hallazgo del tesoro

El tesoro de Villena es sencillamente espectacular. Consta de un total de 59 objetos, que suman casi 10 kilos de oro, el mayor tesoro de vajilla áurea prehistórica hallado en España y el segundo del mundo, solo por detrás del tesoro de las Tumbas Reales de Micenas. Hay 29 brazaletes, 28 de oro y uno de hierro; 11 cuencos de oro, decorados con motivos geométricos; tres frascos de plata y dos de oro, todos de similar forma y decoración; un broche de hierro y oro; y un botón de oro y ámbar. El análisis del oro indica que se trataba de oro de origen fluvial, probablemente obtenido cerca de donde se halló el tesoro. Llama la atención la presencia de objetos de hierro (los más antiguos hallados en la Península Ibérica) y ámbar. El hierro era por aquel entonces un material escaso y difícil de trabajar, por lo que se consideraba un metal valioso; además, los niveles de níquel en ambas piezas sugieren que se trata de hierro de origen meteórico. Todo el conjunto fue datado en torno al siglo X antes de Cristo, en la Edad de Bronce tardía.

El hallazgo del tesoro alcanzó gran repercusión, tanto en la prensa española como en la extranjera. Los estudios a los que fue sometido mostraron su parecido a otros hallazgos argáricos y post-argáricos de la región, incluido el de Cabezo Redondo. Su decoración incluso dio nombre a un tipo de ornamentación, el llamado tipo Villena. Se especula con que se trata de un ajuar real que fue escondido intencionadamente, bien tras ser robado, bien para protegerlo de algún peligro; o bien que se tratara de una ofrenda ceremonial.

El tesoro se expuso por primera vez al público en Navidad de 1963, en las dependencias del Museo Arqueológico de Villena. Unos días más tarde, un ferroviario llamado Pedro Lorente entregó a Soler otro brazalete que había encontrado unos meses antes, y que su hija había identificado como similar a los del Tesoro. Desde entonces, el tesoro permanece en el Museo, en el interior de una vitrina blindada, de donde ha salido en contadas ocasiones para ser expuesto en distintas ciudades de España y del extranjero. Actualmente existen dos reproducciones del tesoro que se emplean en exposiciones para no dañar las piezas originales (algunos objetos, como los frascos de plata, tienen ciertos daños por culpa de la corrosión y tuvieron que ser restaurados en 1998).

En 2002 el Ayuntamiento de Villena erigió un monolito en el lugar del hallazgo.

domingo, 14 de junio de 2026

El tesoro de El Carambolo

El Tesoro de El Carambolo

En el año 1940 la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla adquirió un terreno a unos tres kilómetros de Sevilla para ubicar allí su sede. La parcela era conocida como El Carambolo porque estaba estaba situada en un carambolo: se denominan así a una serie de pequeños cerros, de unos cien metros de altura, cercanos al río Guadalquivir.

En 1958, la directiva de la Real Sociedad decidió llevar a cabo una serie de reformas en la sede. Entre ellas, la construcción de una terraza. El arquitecto a cargo de las obras decidió que era mejor rebajar el nivel del suelo antes de colocar el pavimento de la terraza, para que no quedara demasiado elevada con respecto a las ventanas del edificio, así que dispuso que se excavara para produndizar unos 15 centímetros más.

El 30 de septiembre de 1958, uno de los trabajadores, llamado Alonso Hinojo del Pino, halló mientras cavaba un brazalete aparentemente antiguo. Intrigados, sus compañeros y él siguieron excavandohasta hallar una especie de recipiente de cerámica conteniendo muchas otras piezas de similar aspecto. Lamentablemente, el recipiente se rompió y no hubo luego manera de reconstruirlo, ya que sus fragmentos se mezclaron con muchos otros restos de cerámica presentes en el lugar. En un primer momento, los trabajadores no creyeron que se tratara de joyas auténticas; supusieron que eran bisutería, copias de joyas antiguas hechas de latón o cobre. Uno de ellos incluso dobló una de las piezas hasta romperla, para demostrar que no podía ser de oro. En un primer momento, los trabajadores se repartieron las piezas entre ellos, pero la directiva de la Sociedad, sospechando que podía tratarse de un hallazgo importante, recogió las piezas y llamó al historiador y arqueólogo Juan de Mata Carriazo, el cual determinó su autenticidad fuera de toda duda , datándolas entre los siglos VII y VIII a. C. y atribuyéndolas a la cultura tartésica, mencionando incluso al legendario rey Argantonio (aunque sin pruebas).

El cerro de El Carambolo, con el lugar del hallazgo marcado

La cultura tartésica floreció en el sur de España a partir del siglo XII a. C. y desapareció misteriosamente en torno al siglo V a. C. Numerosos historiadores griegos, tales como Hecateo, Heródoto o Éforo de Cime hacen referencia a ella, describiéndola como un reino poderoso, avanzado y extremadamente rico, sobre todo por sus yacimientos de metales preciosos. Es posible que se trate de la Tarsis que menciona la Biblia varias veces, y también hay quien cree que pudo ser el origen de la leyenda de la Atlántida. Se sabe que mantuvo intensas relaciones comerciales con griegos y fenicios, y su misteriosa caída sigue sin tener una explicación clara (se han propuesto explicaciones militares, económicas e incluso climáticas).

El tesoro de El Carambolo está formado por un total de 21 piezas: 16 placas rectangulares, dos pectorales con forma de piel de toro, dos brazaletes y un collar con colgantes, todo ello hecho de latón y oro de 24 kilates, con un peso total de 2'95 kilogramos. En su fabricación se emplearon diversas técnicas tales como la fundición a la cera perdida, el laminado, el troquelado o el soldado. Algunas de estas técnicas son habituales en las piezas locales; en cambio, otras piezas, como el collar, muestran paralelismos con hallazgos arqueológicos en lugares tan lejanos como Chipre.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la hipótesis tartésica fue perdiendo fuerza y en la actualidad la mayoría de los expertos apuestan a que su origen es fenicio. Eso si, se sabe que el oro con el que está hecho procede de minas locales, concretamente de la región de Ossa-Morena. Curiosamente, el mismo origen tiene el oro con el que se hicieron los objetos hallados en los dólmenes de Valencina de la Concepción, también en la provincia de Sevilla pero muy anteriores (en torno al tercer milenio a. C.), lo que indicaría una interesante continuidad en la explotación de dichos yacimientos. Probablemente los objetos de El Carambolo se fabricaron no muy lejos de donde fueron hallados, mezclando técnicas locales con otras traídas por los comerciantes fenicios, en un curioso ejercicio de sincretismo. 

La "Astarté de Sevilla"

¿Qué hacía allí el tesoro? Las excavaciones en el lugar del hallazgo revelaron restos de construcciones, huesos de animales (probablemente sacrificios), abundantes fragmentos de cerámica, así como una estatua de bronce de la diosa Astarté, una diosa de origen mesopotámico cuyo culto los fenicios introdujeron en la Península Ibérica. La estatua tiene una incripción fenicia (la más antigua hallada en la Península) que parece indicar que se trató de una ofrenda de dos hermanos como agradecimiento a la diosa por su protección. Esto indicaría que el tesoro se encontraba en lo que entonces era un santuario en honor de Astarté (aunque a día de hoy todavía no se han identificado con certeza los restos de dicho santuario) y que podría tratarse bien de otra ofrenda, bien de la propiedad de alguno de los sacerdotes, o bien, como se ha sugerido últimamente, de joyas de carácter ritual que se utilizaban para engalanar a los animales (fundamentalmente toros) que se sacrificaban en honor a la diosa. Además, las investigaciones parecen indicar que el tesoro fue enterrado en torno al siglo VI a. C., es decir, dos siglos después de su fabricación, lo que añade más interrogantes sobre su origen.

El tesoro fue adquirido en 1964 por el Ayuntamiento de Sevilla y entregado al Museo Provincial de Arqueología, que en la actualidad exhibe por motivos de seguridad una reproducción del tesoro (hay otra en el Museo Arqueológico de Madrid) mientras que el original se guarda en la caja fuerte de un banco. El tesoro original se expone en muy contadas ocasiones; la última, en 2008, para conmemorar el 50º aniversario de su hallazgo. Mientras, el yacimiento original nunca ha sido sometido a un estudio a fondo y lleva años abandonado por falta de finaciación.


domingo, 7 de junio de 2026

El tesoro de Hoxne

Parte del tesoro de Hoxne, expuesto en el Museo Británico


El 16 de noviembre de 1992 un agricultor del pueblo británico de Hoxne (Suffolk) llamado Peter Whatling acudió a su amigo Eric Lawes para pedirle un favor. Whatling había perdido un martillo en un campo que tenía arrendado desde hacía años, y esperaba que Lawes, jardinero jubilado y aficionado a los detectores de metales, le ayudara a encontrarlo. Lawes acudió al campo con su detector y empezó a recorrerlo arriba y abajo, en busca del martillo. Pero ambos hombres encontraron algo que no se esperaban. Tras ponerse a cavar donde el detector mostraba una señal, empezaron a sacar monedas de oro y plata, joyas y objetos como cucharas, hechos de metales preciosos. Sorprendidos, dejaron de inmediato de cavar y avisaron a la policía y al Consejo del Condado de Suffolk, propietario del terreno.

Brazalete de oro con la inscripción "VTERE FELIX DOMINA IVLIANE" ("Úselo con felicidad dama Juliana")

Al día siguiente un grupo de arqueólogos de la Unidad Arqueológica de Suffolk hizo una excavación de emergencia en el lugar. En un solo día extrajeron todos los objetos, retirando incluso bloques enteros de tierra para luego examinarlos en el laboratorio. Se examinó concienzudamente una zona de unos treinta metros alrededor del lugar del hallazgo. Y también se encontró el martillo de Peter, que acabaría siendo donado al Museo Británico. Aunque en un primer momento se quiso mantener el hallazgo en secreto, el 19 el periódico The Sun anunció el descubrimiento en primera plana, afirmando que el tesoro (que aún no había sido cuantificado) valía 10 millones de libras. A consecuencia de ello, el Museo Británico, a donde había sido trasladado, anunció el hallazgo de manera oficial en una rueda de prensa el día 20. La cantidad de objetos era tal, que se necesitó un mes entero solo para catalogarlos y hacer una limpieza superficial.

La cantidad de objetos del tesoro es asombrosa, totalizando 3'5 kilos de oro y 23'75 de plata. Incluye 569 sólidos de oro; 14272 monedas de plata (14212 siliquae y 60 miliarenses); 24 numni de bronce; 23 joyas de oro; 98 cucharas y cucharones, 4 cuencos, un plato, un vaso, una jarra y cuatro pimenteros, todo ello de plata; 2 cerraduras de plata; una pequeña figura de plata con la forma de una tigresa, que se cree era una asa de algún recipiente; artículos de tocador como palillos de dientes; y restos de materiales orgánicos, incluido un píxide (un pequeño recipiente destinado a contener cosméticos) de marfil. La fecha de las monedas permite datar el tesoro en una fecha no muy posterior al año 407 d. C., lo que lo convierte en el mayor tesoro de oro y plata de la época romana tardía hallado en Gran Bretaña, y la mayor colección de monedas de oro y plata de los siglos IV y V d. C. hallada en el antiguo Imperio romano.

La "Tigresa de Hoxne"

Se ignora como fue a parar el tesoro a aquel lugar pero todo indica que no fue algo improvisado, sino que se preparó a conciencia. Se sabe que todos los objetos estaban guardados en un gran cofre de madera de roble, cuyos restos también fueron hallados durante la excavación. Además, el tesoro estaba empaquetado con sumo cuidado en su interior. Por ejemplo, los cuencos y las cucharas estaban apilados unos dentro de otros, y otros objetos estaban guardados en bolsas o pequeñas cajas de madera de fresno o de tejo, de los que se han encontrado restos. El hecho de que el tesoro esté datado más o menos en la época en la que el Imperio abandona la isla debido a la presión de las tribus germánicas sugiere a algunos la posibilidad de que el tesoro fuese propiedad de alguna familia romana o britanorromana acomodada que hubiera tratado de ponerlo a salvo de saqueos e invasiones. De hecho, la ausencia en el tesoro de algunos objetos comunes en las casas de las familias ricas, como grandes platos de plata para la comida o ciertos tipos de joyería, podrían indicar que el tesoro era solo una parte de la fortuna de la familia.

Cadena corporal de oro y piedras semipreciosas, uno de los objetos más inusuales del tesoro de Hoxne 

En septiembre de 1993 se llevó a cabo un nuevo examen del terreno, encontrandose cuatro monedas de oro y 81 de plata, todas pertenecientes al tesoro. Este examen halló restos de la Edad del Bronce y de la Edad Media, pero no de la época romana, lo que indicaría que cuando el tesoro fue enterrado aquel era un campo vacío. Una nueva excavación tuvo lugar en 1994, después de que algunos vecinos denunciaran haber visto a personas con detectores de metales en las proximidades del lugar del hallazgo. Se examinó un área de 1000 metros cuadrados, y se encontraron 335 nuevos objetos, así como restos del cofre. Este nuevo estudio confirmó que los objetos del tesoro estaban dispersos em dirección este-oeste, coincidiendo con la dirección de un arado profundo que Whatling había llevado a cabo en 1990. Lo más probable es que el tesoro hubiera permanecido intacto hasta entonces, y que los trabajos agrícolas rompieron entonces el cofre y desperdigaron parte de su contenido. También se encontró lo que parece ser un agujero para un poste, que bien pudiera haber sido una señal para poder localizar el tesoro más adelante.

El "Pimentero de la Emperatriz", un piperatorium destinado a contener pimienta o alguna otra especia exótica, hecho de plata dorada

El 3 de septiembre de 1993 una vista forense celebrada en la ciudad de Lowestoft declaró el hallazgo como un "tesoro oculto" (un objeto o conjunto de objetos de valor cuyo dueño está presumiblemente muerto y sus herederos ilocalizables), lo cual lo convertía en propiedad de la Corona británica. En noviembre un Comité de Valoración valoró el tesoro en 1'75 millones de libras, cantidad que fue pagada a Eric Lawes, al que se consideró el descubridor del tesoro (Lawes compartió la recompensa con Whatling). La posterior Ley del Tesoro de 1996 estableció que cualquier recompensa fuera repartida entre el descubridor, el dueño del terreno en el que se hallara y los posibles arrendatarios.

El martillo de Peter Whatling

En la actualidad, el tesoro de Hoxne se encuentra en el Museo Británico, donde sus piezas más relevantes y una selección del resto permanecen en una exposición permanente. La importancia de este tesoro no solo viene dada por su abundancia y riqueza, sino también porque pudo ser excavado por arqueólogos profesionales, gracias a que se dio aviso nada más descubrirse, lo que permitió estudiar con gran detalle la disposición de los objetos que lo formaban.