Verba volant, scripta manent

domingo, 12 de noviembre de 2023

El Zero de Akutan

El Zero de Akutan

Cuando el 7 de diciembre de 1941 la Marina japonesa atacó la base naval de Pearl Harbor, los norteamericanos no sabían casi nada acerca del ejército japonés y de las armas con las que contaban. Y tampoco sobre sus aviones. Por aquel entonces norteamericanos y británicos creían todavía que los japoneses poseían únicamente vetustos aviones de alas de lona y tren fijo, copias inferiores de modelos occidentales. Fue por ello por lo que la sorpresa inicial dio paso al desconcierto y al pánico cuando sus pilotos empezaron a vérselas sobre los cielos del Pacífico con los Zeros.

Mitsubishi A6M "Zero"

El Mitsubishi A6M, apodado "Zero" porque entró en servicio en 1940, año 2600 en el calendario imperial japonés, era una auténtica obra maestra de la aeronáutica, concebido y diseñado por el brillante Jirō Horikoshi, ingeniero jefe de la Mitsubishi, y su equipo. Había sido una petición expresa de la Armada Imperial japonesa, que quería sustituir al que hasta entonces era el caza embarcado estándar, el Mitsubishi A5M "Claude". El Claude había sido utilizado durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945) para escoltar bombarderos, pero su limitada autonomía suponía un handicap para su uso en misiones de escolta. La Marina quería un caza de largo alcance, que pudiera tanto estar en tierra como embarcado en un portaaviones, y que pudiera llevar a cabo misiones de ataque o de escolta de bombarderos.

Jirō Horikoshi (1903-1982)

El Zero era un avión formidable, con una velocidad endiablada, una extraordinaria maniobrabilidad y una autonomía asombrosa (1900 kilómetros, que podían llegar a 3000 con depósitos de combustible suplementarios). Voló por primera vez en 1939 y entró en combate en China al año siguiente, con un efecto devastador: barrió del cielo a los aviones del ejército chino. Los Fiat CR.32 italianos, los Polykarpov I-153 y I-16 soviéticos, los Boeing P-26 y los Curtiss P-36 norteamericanos... no eran rival en ningún aspecto para los Zeros. Pero ningún servicio de inteligencia occidental, ningún analista militar, se dio por enterado de la aplastante superioridad de los aviones japoneses. Es mas, el teniente general norteamericano Claire Chennault, comandante en jefe de los Tigres Voladores (un grupo de pilotos mercenarios norteamericanos al servicio de los chinos) envió un detallado informe al Departamento de Defensa de EEUU sobre el Zero y sus cualidades... un informe que fue calificado de "tontería" e ignorado porque los analistas del Departamento consideraron que era imposible que existiera un avión así.

Brewster F2A Buffalo

Por ello, en los primeros tiempos de la guerra, la superioridad aérea de los japoneses sorprendió desagradablemente a los estadounidenses, que vieron como sus aviones eran derribados por docenas en sus primeros encuentros con los japoneses. Los Curtiss P-36 y los Bell P-39 Airacobra del ejército, los Brewster F2A Buffalo de la Armada, incluso los flamantes Hawker Hurricane británicos, se mostraron ineficaces contra los Zeros. El Curtiss P-40 les podía plantar cara si el piloto aprovechaba su mejor cualidad, la velocidad en picado, pero combatiendo con las mismas tácticas que los japoneses el Zero volvía a dejar clara su superioridad. Tan solo los Grumman F4F Wildcat de la Marina podían enfrentarse a ellos con ciertas garantías, siempre y cuando contaran con un piloto experto.

De inmediato, la colosal maquinaria industrial y militar estadounidense se puso manos a la obra para enfrentar aquella desventaja. Nuevos modelos de aviones, más rápidos y resistentes, fueron diseñados y fabricados. Nuevas tácticas de combate aéreo fueron concebidas para combatir específicamente a los Zeros. Pero hacía falta más. Hacía falta conocer a fondo las cualidades de los aviones enemigos. Se conocía ya bastante sobre su diseño y mecánica gracias a los restos de Zeros derribados: nueve habían sido abatidos durante el ataque a Pearl Harbor, otro durante al ataque japonés al puerto australiano de Darwin en febrero de 1942, uno más se estrelló en Nueva Guinea... Así averiguaron, por ejemplo, que buena parte de su velocidad y autonomía se debía a su ligereza: los Zeros estaban fabricados con una aleación especial de aluminio y apenas tenían blindaje, ni depósitos de combustible autosellantes; pesaba, dependiendo del modelo, en torno a 2400 kilos. Eso lo hacía muy vulnerable a los impactos... siempre y cuando los pilotos americanos lograran alcanzarlo.


Pero la información que se podía obtener de aviones derribados tenía un límite. Su comportamiento en vuelo, su respuesta a las maniobras, solo podían conocerlas disponiendo de un Zero intacto y capaz de volar. Y los norteamericanos no lo tenían. No era una casualidad; el alto mando japonés, consciente de que para conservar su superioridad debían mantener a sus enemigos ignorantes en cuanto a los atributos de sus aviones, había ordenado que ningún Zero con capacidad de volar fuese dejado atrás. Si era preciso, sus propios compañeros debían asegurarse de que los aviones abatidos quedaban destruidos, de modo que poco o nada se pudiera recuperar de ellos. Los estadounidenses necesitaban un golpe de suerte para conseguir un Zero. Y ese golpe de suerte les llegó desde una remota y desolada isla del Pacífico Norte.

Las islas Aleutianas son un archipiélago de islas volcánicas que se extiende desde la costa de Alaska hasta la península rusa de Kamchatka, a lo largo de 1900 kilómetros por todo el norte del Océano Pacífico. La mayor parte de ellas están bajo soberanía estadounidense. En junio de 1942 una fuerza especial de la Armada japonesa, al mando del contraalmirante Kakuji Kakuta, atacó las Aleutianas, bombardeando Dutch Harbor, el principal puerto del archipiélago, y ocupando dos de las islas más occidentales, Attu y Kiska, ambas deshabitadas. En realidad, se trataba de una maniobra de distracción; la operación en si era un señuelo para desviar la atención de los norteamericanos del verdadero objetivo de los japoneses, la isla de Midway, donde se habría de librar una de las batallas decisivas de la guerra en el Pacífico. 

Suboficial Tadayoshi Koga (1922-1942)

El 4 de junio de 1942 un grupo de ataque formado por tres Zeros despegó del portaaviones ligero Ryūjō con el objetivo de atacar Dutch Harbor. Los tres aviones iban pilotados por el contramaestre Tsuguo Shikada, el suboficial Makoto Endo y el suboficial Tadayoshi Koga, un piloto novato de solo 19 años. El grupo atacó las instalaciones de Dutch Harbor y derribó un hidroavión PBY Catalina (luego, en una acción execrable, ametrallaron a su tripulación cuando estaba en el agua). Pero durante el ataque el avión de Koga había resultado alcanzado por numerosos impactos de armas de pequeño calibre. Un disparo afortunado había alcanzado el motor de su Zero, que empezó a perder aceite en gran cantidad. Koga redujo la velocidad de su avión para minimizar la fuga, pero muy pronto se dio cuenta de que no iba a poder regresar al Ryūjō, así que siguió el protocolo que les habían señalado para estos casos: buscar un lugar para un aterrizaje de emergencia y esperar a ser evacuado por uno de los submarinos que formaba parte de la armada japonesa.

El lugar elegido fue Akutan, una isla a apenas 25 millas de Dutch Harbor. Tras reconocer el terreno, los pilotos japoneses localizaron un lugar aparentemente perfecto para el aterrizaje: una planicie cubierta de hierba, aparentemente firme y sin obstáculos. Pero en su última pasada, Shikada vio un brillo de agua y se dio cuenta de que el suelo estaba encharcado. En esas condiciones Koga tendría que haber tomado tierra sin desplegar el tren de aterrizaje... pero el joven piloto ya había comenzado la maniobra y era demasiado tarde para avisarle. El tren de aterrizaje se clavó en el suelo húmedo, frenando de golpe al avión, que capotó y quedó volcado boca abajo. El Zero no sufrió apenas desperfectos, pero Koga murió en el acto, probablemente al romperse el cuello. Ahora bien, sus compañeros debían haber destruido el avión para que no cayera en manos enemigas, pero no sabían si Koga estaba muerto, herido de gravedad o solo inconsciente. Sin poder decidirse a ametrallar el avión, decidieron retornar al Ryūjō y avisar de la situación para que el submarino pudiera encontrar a Koga y destruir el avión. Sin embargo, el sumergible japonés se vio obligado a retirarse sin concluir su misión ante la aparición de un destructor estadounidense, el USS Williamson.

El Zero de Akutan durante su rescate

Akutan quedaba lejos de las rutas aéreas y el avión no era visible desde el mar. Por eso tardó más de un mes en ser descubierto. El 10 de julio un Catalina pilotado por el teniente William Thies, que se había perdido mientras patrullaba, acertó a sobrevolar Akutan y el comandante Albert Knack, al mando de la misión, avistó el Zero. Tras regresar a su base e informar a su comandante, Thies obtuvo permiso para acudir a Akutan con un grupo de rescate al día siguiente. El grupo recuperó el cadáver de Koga y lo enterró en una tumba poco profunda junto al avión, y regresó para informar que el Zero estaba en buen estado y era recuperable. El día 12 se envió un nuevo equipo, que enterró el cuerpo de Koga en una colina cercana y trató de liberar el Zero, pero no pudo al carecer de maquinaria pesada. Un tercer equipo, ya con la maquinaria adecuada, logró liberar el avión el día 15 y lo subió en una barcaza que lo llevó a Dutch Harbor.

Tras ser sometido a una limpieza superficial, el Zero fue embarcado en un buque de transporte, el USS St. Mihiel, que lo llevó a Seattle, desde donde fue enviado a la Estación Aeronaval de North Island, cerca de San Diego, donde fue sometido a diversas reparaciones, entre ellas enderezar el estabilizador vertical, los alerones, las puntas de las alas y el timón, reparar el tren de aterrizaje y la hélice, y sustituir el Hinomaru (el emblema rojo que representa a Japón) por una escarapela estadounidense. El Zero de Akutan volvía a estar en condiciones de volar el 20 de septiembre, y durante todo ese tiempo estuvo las 24 horas del día custodiado por la policía militar, para evitar sabotajes o que alguien se llevara alguna pieza como "souvenir".

El Zero de Akutan, volando ya con las insignias norteamericanas

De inmediato comenzaron las pruebas de vuelo, que llevaron a cabo varios pilotos de pruebas de la Marina, tanto en North Island como en la Estación Aeronaval de Anacostia (Washington D. C.). También fue sometido a exhaustivos estudios aerodinámicos en el túnel de viento que la NACA (National Advisory Committee for Aeronautics, Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica) tenía en Langley (Virginia). Lo que se encontraron fue un avión con unas condiciones excelentes, pero en modo alguno perfecto. Buena parte de sus cualidades se debían, como ya he dicho, a su escaso peso. Su motor tenía apenas la mitad de la potencia de los cazas norteamericanos más modernos. A altas velocidades era muy difícil controlar los alerones, y a partir de unos 200 nudos (370 km/h) era prácticamente imposible, lo que dificultaba enormemente los giros, sobre todo a la derecha. Si los aviones norteamericanos eran capaces de mantener una alta velocidad durante un combate aéreo, era prácticamente imposible que los Zeros los siguieran en los giros. Además, debido al tipo de carburador flotante que montaban, los Zeros tendían a calarse cuando eran sometidos a aceleraciones negativas intensas; por ejemplo, descendiendo en picado.

Grumman F6F Hellcat

Todos estos datos sirvieron para desarrollar tácticas más efectivas para enfrentarse a los aviones japoneses. A ello se unió la entrada en servicio de una nueva generación de cazas norteamericanos: el F4U Corsair, el caza pesado Lockheed P-38 Lightning, los P-47 Thunderbolt y P-51 Mustang del ejército, y sobre todo, el Grumman F6F Hellcat, que se convirtió en la peor pesadilla de los Zeros: su velocidad y maniobrabilidad eran similares, pero el Hellcat montaba un brutal motor de más de 2000 CV, seis ametralladoras pesadas (el Zero tenía solamente dos ametralladoras y dos cañones) y además un sólido blindaje (pesaba en vacío más del doble que el avión japonés). A partir de 1943, los japoneses habían perdido el dominio del cielo y estaban a merced de los aviones norteamericanos. Las sucesivas nuevas versiones del Zero (A6M3, 5, 6 y 7) apenas aportaron algunas mejoras y los nuevos modelos (los Mitsubishi A7M Reppu y J2M Raiden) resultaron de poca utilidad. La última variante del Zero, el A6M8 modelo 64, tenía un motor mucho más potente y, por primera vez, un blindaje consistente, sin perder velocidad ni maniobrabilidad. Habría sido un más que digno rival para los Hellcats... pero no estuvo listo hasta abril de 1945, cuando Japón ya no tenía recursos para fabricarlo ni pilotos para manejarlo, y solo se llegaron a fabricar dos prototipos.

No cabe duda de que la captura del Zero de Akutan fue un momento importante en el desarrollo de la guerra en el Pacífico, aunque su verdadera trascendencia aún provoca desacuerdos. Para algunos, fue un momento crucial de la guerra, el punto a partir del cual Japón comenzó a perder el dominio de los cielos. El historiador japonés Matasake Okumiya llegó a comparar la importancia de su captura con la de la victoria norteamericana en Midway. Otros en cambio no están de acuerdo con estas valoraciones y rebajan su importancia. Hay que recordar que la mayoría de los aviones que devolvieron a EEUU la iniciativa aérea ya estaban en desarrollo cuando el Zero de Akutan fue capturado, e incluso algunos como el P-38 ya habían entrado en servicio. Asimismo, algunas de las tácticas de combate que luego serían básicas para enfrentarse a los aviones japoneses, como la célebre Thach Weave, ya habían sido ideadas antes de esa fecha. La captura del Zero de Akutan fue una gran ayuda para que los pilotos norteamericanos conocieran los puntos débiles de sus enemigos y pudieran exprimir al máximo las cualidades de sus aviones, pero la victoria final tuvo más que ver con la aplastante superioridad industrial estadounidense y la poca capacidad de reacción de los japoneses para responder a las mejoras en los aviones americanos.

Mitsubishi A6M2 Zero pilotado por el suboficial Taka-aki Shimohigashi estrellado en noviembre de 1941 en una playa de la península china de Leichou. Fue uno de los dos que utilizó Gerhard Neumann para reconstruir un Zero en condiciones de volar, pero que por las dificultades para sacarlo de China no llegó a los EEUU hasta 1943.

El Zero de Akutan resultó destruido en un accidente sucedido en la base de North Island en febrero de 1945. El avión se encontraba preparado para despegar en un vuelo de entrenamiento cuando un bombardero Curtiss SB2C Helldiver perdió el control y chocó contra él, provocando que su hélice lo hiciera pedazos. Algunas de sus piezas fueron recuperadas y hoy en día se exhiben en museos como el Museo Nacional de la Armada de los EEUU (Washington D. C.), el Museo Nacional del Aire y el Espacio (Wahington D. C.) y el Museo del Patrimonio Nativo de Alaska (Anchorage). Para entonces los norteamericanos ya disponían de otros dos Zeros completos: uno capturado durante la liberación de la isla de Guam y otro que había sido reconstruido por el ingeniero Gerhard Neumann a partir de los restos de dos Zeros que habían tenido que hacer un aterrizaje forzoso en una playa china en noviembre de 1941 y que luego habían sido capturados por el ejército chino.

En 1988, el escritor y biólogo Jim Rearden y el empresario Minowu Kawamoto quisieron localizar el cuerpo de Tadayoshi Koga y repatriarlo a Japón. Pero su tumba en Akutan estaba vacía. Revisando los archivos oficiales descubrieron que el cadáver de Koga había sido exhumado en 1947 por el Servicio de Registro de Tumbas, una sección del ejército encargada de la recuperación e identificación de soldados caídos, tanto americanos como extranjeros, y vuelto a enterrar en la isla Adak, donde había un cementerio en el que habían sido enterrados docenas de soldados japoneses caídos durante los combates en la isla de Attu. En 1953 los 236 cuerpos del cementerio fueron exhumados y devueltos a Japón; solo trece (Koga no estaba entre ellos) estaban identificados, y fueron devueltos a sus familias. El resto, entre ellos con toda probabilidad el de Koga, fueron enterrados en el Cementerio Nacional de Chidorigafuchi, donde descansan numerosos soldados japoneses caídos durante la Segunda Guerra Mundial.


domingo, 5 de noviembre de 2023

Centralia, sesenta años ardiendo

Centralia


Los orígenes de la ciudad de Centralia (condado de Columbia, Pennsylvania) se remontan a 1832, cuando un tabernero llamado Jonathan Faust abrió la Bull's Head Tavern al borde de la carretera de Reading a Fort Augusta, que muchos años más tarde pasaría a formar parte de la autopista Ruta 61. Diez años más tarde, las tierras circundantes fueron compradas por una compañía minera, la Locust Mountain Coal and Iron Company, deseosa de explotar los ricos yacimientos de antracita de la zona. Poco después se instalaba allí el ingeniero Alexander Rea, verdadero creador de la ciudad: diseñó los planos, construyó calles y casas, y llamó a la localidad Centreville, aunque el nombre se cambió en 1865, cuando se instaló una oficina de correos en la ciudad y el servicio postal se dio cuenta de que había otro pueblo llamado Centreville en un condado limítrofe, pasando a llamarse Centralia. En los siguientes años se abrirían varias minas y se construiría una línea de ferrocarril para exportar el mineral.

Centralia nunca fue una villa demasiado populosa; alcanzó su máxima población en torno a la década de 1890, cuando contaba unos 2700 habitantes, que vivían principalmente de las minas. La actividad minera se resintió  durante la Primera Guerra Mundial, cuando muchos de sus trabajadores se alistaron en el ejército norteamericano, y luego tras el crac de 1929, que llevó al cierre a varias de las minas de la ciudad. En 1950, en virtud a una ley promulgada el año anterior, los derechos de explotación del carbón bajo la ciudad pasaron al ayuntamiento local.


El 28 de mayo de 1962 se celebró el Memorial Day, la fiesta en la que los norteamericanos rinden homenaje a sus soldados caídos en combate. El ayuntamiento local había estado recibiendo quejas por el mal olor que provocaba en uno de los cementerios de la ciudad, el de Old Fellows, la cercanía de un vertedero de basuras que el propio ayuntamiento había establecido ese mismo año, en el interior del pozo de una antigua mina abandonada. Había sido una decisión urgente y necesaria, debido a que el anterior vertedero había sido clausurado por incumplir las leyes estatales y ello había provocado la aparición de varios vertederos ilegales en torno a la ciudad. Ante la posibilidad de que los malos olores deslucieran los actos de homenaje a los caídos, el ayuntamiento decidió "limpiar" el vertedero, de la forma en la que se solía hacer en aquella época... prendiéndole fuego. 


El problema era que todo el proceso incumplía flagrantemente las leyes estatales. Primero, para usar como vertedero una antigua mina, era obligatorio sellar primero todos los túneles y huecos en las paredes, y luego cubrir el interior del pozo con materiales ignífugos. Y segundo, el uso de fuego para deshacerse de los residuos acumulados estaba estrictamente prohibido, porque había un peligro elevadísimo de que el fuego se extendiera a las minas. Sin embargo, las autoridades de Centralia habían hecho caso omiso de las normas y siguieron adelante con el plan.

Así, el domingo 27, víspera del Memorial Day, cinco miembros de los bomberos voluntarios de la ciudad, contratados por el ayuntamiento, prendían fuego al vertedero y lo dejaban arder durante horas, apagándolo con mangueras por la noche. No obstante, esa clase de fuegos son difíciles de extinguir por completo y pueden seguir ardiendo en sus capas inferiores. Dos días más tarde, el 29 de mayo, los bomberos tuvieron que acudir al vertedero y usar de nuevo las mangueras tras hacerse visibles nuevas llamas. Y de nuevo el día 4 de junio; en esa ocasión los bomberos notaron la existencia de un enorme agujero, de más de cuatro metros de ancho, en una de las paredes del pozo. A pesar de ello, el ayuntamiento había autorizado que se siguiera vertiendo basura.


Ya en el mes de julio, ante la aparición de unas emanaciones de humo que surgían del suelo en la pared norte del pozo, un inspector de minas acudió a Centralia provisto de equipamiento para detección de gases. Las pruebas determinaron que aquellas emanaciones presentaban una concentración de monóxido de carbono típica de los incendios en minas de carbón, lo que demostraba que el fuego del vertedero se había extendido a las vetas de carbón de la vieja mina y se extendía bajo tierra. El 7 de agosto, mientras las autoridades locales y estatales discutían como afrontar el problema, se ordenó el cierre de todas las minas activas de Centralia, debido a la detección de niveles de monóxido de carbono potencialmente letales.

Un primer intento de extinguir el incendio, excavando alrededor del perímetro del fuego para crear una trinchera, fracasó porque la excavación logró exactamente lo contrario: avivar el incendio al permitir que el oxígeno entrara en grandes cantidades en la red de minas. En octubre se hizo un nuevo intento para inundar las viejas galerías por las que se extendía el fuego, pero también fracasó: las bajas temperaturas congelaban las tuberías y la maquinaria y los agujeros excavados para introducir el agua actuaban como respiraderos. Se propusieron nuevos planes, como trincheras recubiertas de material ignífugo o fosos llenos de agua, que se fueron descartando uno tras otro. Al final, en 1963 las autoridades decidieron abandonar los intentos de extinguir el incendio, limitándose a mantener la vigilancia y esperar a que se extinguiera por si solo.

Todd Domboski, junto al agujero que casi le cuesta la vida

Y así, el incendio de Centralia siguió avanzando a través del subsuelo de la ciudad, consumiendo poco a poco el carbón sin que los habitantes de la ciudad fueran verdaderamente conscientes del peligro que entrañaba. Las alertas saltaron cuando en 1979 el propietario de una gasolinera local descubrió que la gasolina de sus depósitos subterráneos se encontraba a la alarmante temperatura de 78º. A partir de 1980 empezó a informarse de varios casos de personas intoxicadas por emanaciones de monóxido y dióxido de carbono, y en 1981 un niño de 12 años llamado Todd Domboski estuvo a punto de morir tras caer en un socavón de decenas de metros de profundidad que se abrió de improviso bajo sus pies. Ante el riesgo que corrían los habitantes de la ciudad, en 1984 el Congreso de los EEUU aprobó un proyecto de traslado y recolocación de los habitantes de Centralia, dotado con 42 millones de dólares.

Vista aérea del lugar que antes ocupaba Byrnesville

La mayoría de los habitantes de la ciudad aceptó la oferta del gobierno y abandonó Centralia (muchos de ellos se instalaron en pueblos cercanos como Mount Carmel o Ashland). Solo un puñado de familias decidió quedarse; la mayoría alegaban que no había un riesgo inminente y que el verdadero objetivo de las autoridades era apropiarse de los derechos de explotación del carbón de la zona, que según la ley estatal pertenecían al municipio, pero que en caso de que este dejara de funcionar (por ejemplo, si la ciudad era abandonada) pasarían a ser propiedad del estado de Pennsylvania. Se inició entonces una batalla legal entre los residentes y las autoridades que se prolongó durante años. En 1992 el gobernador del estado Bob Casey ordenó la expropiación de los edificios de la ciudad y en 2002 el servicio de Correos eliminó el código postal de Centralia (17927). En 2009 se inició el trámite definitivo para desahuciar a los últimos residentes y en 2012 estos perdieron su última apelación en los tribunales. Finalmente, en octubre de 2013 los últimos siete habitantes de Centralia llegaron a un acuerdo con las autoridades: estas les dieron permiso para seguir viviendo en Centralia hasta que murieran o decidieran marcharse, momento en el cual los derechos sobre sus hogares pasarían a manos del estado.

La Ruta 61 a su paso por Centralia

En la actualidad, Centralia es una ciudad fantasma. Muchos de sus edificios han sido demolidos o se han venido abajo por el abandono. La vegetación ocupa calles y solares, y solo unos pocos edificios resisten mas o menos bien, como la iglesia católica de la Asunción de la Santísima Virgen, construida sobre un lecho de roca sólida y no sobre carbón. Aquí y allá se producen escapes de gases tóxicos que han matado a la vegetación circundante. El tramo de la Ruta 61 que discurría por la zona también está cerrado, después de que en los años 90 aparecieran numerosas grietas y socavones. El lugar tiene un aspecto de desolación tal que sirvió de inspiración para la ambientación de la película Silent Hill (2006), basada en una popular serie de videojuegos (solo para la película, no para los juegos). La pequeña localidad de Byrnesville, un poco más al sur, también fue evacuada al descubrirse que el incendio también había llegado a su subsuelo. Sus 75 habitantes fueron trasladados, y la última de sus casas fue demolida en 1996.


En la actualidad, según el censo de 2020, solo cinco personas continúan residiendo en Centralia. El fuego sigue su avance implacable, y si no hay novedades, lo hará durante un largo periodo: se calcula que en el subsuelo de Centralia queda suficiente carbón para que el fuego se mantenga al menos hasta mediados del siglo XXIII.

domingo, 29 de octubre de 2023

Pequeñas historias (XXXIV)

En todo el registro histórico solo hay constancia de dos incidentes relacionados con coyotes (Canis latrans) que resultaran en la muerte de una persona: una niña de tres años atacada por un coyote en el jardín de su casa en Los Angeles en agosto de 1981; y una excursionista de 19 atacada por una manada de coyotes en el Parque Nacional Cape Breton Highlands (Nueva Escocia, Canada) en octubre de 2009.
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En 2014, la empresa norteamericana de vehículos eléctricos Segway acusó a la empresa china Ninebot de violar sus patentes para construir sus vehículos. En 2015, Ninebot zanjó las acusaciones comprando Segway.
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Dirk Willems fue un anabaptista holandés que debido a su fe fue arrestado y encarcelado por las autoridades católicas. Logró escapar de su encierro pero, cuando el guardia que lo perseguía cruzaba un río helado, el hielo se rompió bajo sus pies y cayó al agua. Willems, en lugar de continuar huyendo, volvió sobre sus pasos y rescató a su perseguidor. Por ello fue vuelto a capturar, torturado y finalmente quemado en la hoguera el 16 de mayo de 1569. En la actualidad es considerado un mártir por diversos grupos anabaptistas como los amish o los menonitas, y como un héroe popular por los habitantes de su ciudad natal de Asperen.
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En 1924, mientras la petrolera Standard Oil llevaba a cabo pruebas con el tetraetilo de plomo como aditivo para la gasolina, 32 de los 49 trabajadores que participaban en las pruebas fueron hospitalizados por intoxicación por plomo, de los cuales cinco acabarían muriendo. A pesar de ello, un comité federal compuesto exclusivamente por científicos contratados por la industria petrolera concluyó que el tetraetilo de plomo no suponía un peligro para la salud.
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En 1986, durante la Guerra de Independencia de Namibia, un grupo de las Fuerzas Especiales del ejército sudafricano salió en persecución de dos guerrilleros namibios. Uno de ellos les dio esquinazo; el otro fue perseguido sin éxito durante cinco días, a lo largo de más de 230 millas. Pese a que los perseguidores disponían de vehículos blindados e incluso helicópteros, fueron incapaces de darle alcance. A lo largo de la persecución los sudafricanos fueron encontrando varias jeringuillas usadas, abandonadas. Aparentemente, cada vez que el guerrillero desfallecía por el agotamiento, se inyectaba metanfetaminas y volvía a ponerse en camino. No encontraron indicio alguno de que durante aquellos cinco días se parara a dormir ni una sola vez.
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El tenista norteamericano de origen lituano Vitas Gerulaitis perdió 16 partidos seguidos contra el mítico Jimmy Connors. Tras ganar el 17º, Gerulaitis dijo a la prensa: "Que eso sirva de lección para todos. Nadie derrota a Vitas Gerulaitis 17 veces seguidas".
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El TGN1412 o Theralizumab es un medicamento inmunomodulador desarrollado en la universidad alemana de Würzburg y que pretendía ser usado como remedio para enfermedades como la leucemia linfática crónica o la artritis reumatoide. Pese a que los estudios previos no habían mostrado problemas y las pruebas en ratones y monos habían dado resultados muy positivos, cuando en 2006 se probó por primera vez en humanos sus efectos fueron devastadores. Los seis primeros voluntarios en los que se probó sufrieron violentas reacciones al medicamento, a pesar de haber recibido dosis de solo 0'1 mg por kilo, muy por debajo de la dosis terapéutica y 500 veces inferior a la cantidad considerada segura en animales de laboratorio. Los seis voluntarios fueron hospitalizados; cuatro de ellos sufrieron fallo orgánico múltiple y otro perdió dedos en manos y pies como resultado de una necrosis fulminante.
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Liam Ashley era un joven neozelandés de 17 años que en agosto de 2006 fue arrestado después de que sus padres lo hubieran denunciado por haber cogido el coche de su madre sin permiso. Liam había tenido algún que otro pequeño problema con la ley y sus padres creían que pasar algún tiempo en prisión ayudaría a "enderezarlo"; por eso no quisieron pagar su fianza. El 24 de agosto Liam fue trasladado desde el juzgado a la prisión de Mount Eden (Auckland) en compañía de otros dos presos. Uno de ellos, George Charlie Baker, un criminal violento y peligroso, con una larga lista de antecedentes, atacó a Liam durante el traslado, sin motivo aparente, propinándole una brutal paliza. Liam murió en el hospital al día siguiente.

lunes, 23 de octubre de 2023

El secuestro de Nina von Gallwitz

Nina von Gallwitz


El viernes 18 de diciembre de 1981 la pequeña Nina von Gallwitz, de ocho años, salió de su casa en el exclusivo barrio de Hahnwald, en la ciudad alemana de Colonia, camino de la parada del autobús que la llevaría a su escuela, como hacía habitualmente. Sin embargo, al ver que no llegaba, los niños que habitualmente esperaban con ella el autobús llamaron a su madre Beatrice, la cual, alarmada, avisó a la policía. Varias patrullas recorrieron el barrio y las áreas circundantes, pero solo encontraron la mochila de Nina, abandonada en el jardín de una casa cercana a la suya.

Al mediodía, los padres recibieron una llamada de teléfono de un hombre que decía ser el secuestrador de Nina. En la llamada el hombre reprodujo una grabación de la voz de la niña, para demostrar que estaba bien, y advirtió a los padres de que no involucraran a la policía (obviamente, desconocían que la policía ya estaba buscando a Nina). Al día siguiente, los von Gallwitz recibieron una carta exigiendo un rescate. Lo extraño es que no pedían una cantidad en concreto, sino que les instaban a hacer una oferta por ella; se cree que porque desconocían a cuanto ascendía la fortuna de la familia (el padre de Nina, Hubertus, era procurador del Kölner Bank eG). “Was ist euch eure Tochter wert?”, "¿Cuanto vale su hija para usted?", eran las palabras exactas de la carta. Además, se le daban instrucciones precisas para comunicarse con ellos: Hubertus debía contactar a través de una frecuencia de radio concreta, desde un punto determinado de la orilla del Rin, los lunes o los miércoles por la tarde. La carta contenía una de las horquillas que Nina llevaba en el pelo cuando desapareció.

El lunes siguiente, día 21, Hubertus se puso en contacto con los secuestradores de la manera que les habían indicado, ofreciendo la suma de 800000 marcos por la libertad de su hija. Por aquel entonces varios medios de comunicación habían sido informados por la policía del secuestro, pero para no entorpecer las negociaciones habían accedido a mantener la noticia en secreto, tratando el caso de Nina como si fuera una desaparición. Los secuestradores aceptaron la oferta, con la advertencia de que por cada entrega fallida el rescate se elevaría en 50000 marcos. El 24 de diciembre Hubertus, llevando consigo el rescate, se subió al tren expreso 720 que iba de Colonia a Dortmund. Los secuestradores le habían dicho que, cuando le dieran la señal a través de la misma frecuencia de radio, debía de arrojar el dinero por la ventanilla del tren. Pero esa señal nunca llegó; se cree que los secuestradores se asustaron al descubrir a los numerosos policías de paisano que vigilaban a Hubertus tanto en la estación como en el tren.

El siguiente intento tuvo lugar el miércoles 30. Las instrucciones que recibió Hubertus era que debía alquilar un helicóptero de dos plazas (supuestamente, para que solo pudiera acompañarle el piloto) y volar desde Colonia hasta Bonn, cruzando la comarca del Ruhr, pero no en línea recta, sino dibujando una trayectoria en forma de 8. Como en el tren, recibiría por radio la orden de arrojar el dinero. Y como en el tren, esa señal nunca llegó. El padre de Nina hizo el recorrido en un helicóptero de cuatro plazas, preparado por la policía, y aunque pudo contactar con los secuestradores no recibió la orden de lanzar el dinero. Se habló de interferencias en la señal de radio procedentes de un cruce de autopistas cercano, pero es posible que los secuestradores volvieran a recelar de una trampa. De hecho, se grabaron varios fragmentos de la voz de uno de los secuestradores, especialmente una frase: “er hat die scheißbullen bei sich”, "tiene a los jodidos policías con él", lo que parece indicar que a esas alturas ya sabían de la implicación de la Policía. Esa grabación sería más tarde hecha pública por los agentes, intentando que alguien reconociera la voz, pero no obtuvieron resultado.

Poco después un periodista freelance hacía pública la noticia del secuestro. El 1 de enero, visto que ya no había necesidad de mantener la discreción, la familia von Gallwitz ofreció públicamente 100000 marcos a quien aportara alguna pista que pudiera llevar a la liberación de Nina, y pidieron también una prueba de que la niña seguía con vida. El 19 de enero la familia recibió la tan ansiada prueba: una grabación de Nina, en la que la niña exponía las exigencias de sus captores: el rescate se elevaba a 1'2 millones de marcos, la entrega se realizaría mediante el sistema del helicóptero, y pedían la intervención como intermediario del deán de la catedral de Colonia, el sacerdote Heinz Werner Ketzer. El intento tuvo lugar el 5 de febrero, y de nuevo fracasó: el helicóptero despegó una hora más tarde de lo acordado, porque la policía insistió en que un avión equipado con cámaras térmicas reconociera el recorrido. Los secuestradores no aparecieron.

Una semana después del tercer intento frustrado de pagar el rescate, la familia accedió a que se llevara a cabo una operación policial a gran escala. La recompensa aumentó hasta 250000 marcos (mas otros 50000 ofrecidos por la fiscalía) y el número de agentes asignados al caso se elevó hasta los 65. La policía recibió docenas de llamadas intentando aportar algo de luz al caso, pero ninguna contribuyó a esclarecer el secuestro. Nadie reconoció la voz del secuestrador, nadie sabía donde estaba Nina y nadie parecía saber nada de interés sobre el caso. 

Franz Hugo Tartarotti (1942-2022)

Después de un mes sin contacto con los secuestradores, el desánimo cundía entre los miembros del grupo especial asignado al caso, denominado SoKo Nina. La mayoría de ellos creía que a esas alturas Nina seguramente estaría muerta y que todos los esfuerzos debían centrarse en atrapar a los culpables, mas que en intentar comunicarse con ellos. La familia von Gallwitz, desencantada y culpando a la mala estrategia de la policía por los continuos fracasos en la entrega del rescate, decidió dejar de colaborar con ellos; retiró la recompensa ofrecida y pidió a los agentes que dejaran de buscar a la niña. Ellos se encargarían a partir de entonces de las negociaciones.

Mientras se sucedían los actos de apoyo a los von Gallwitz (como una procesión y rezo colectivo frente a la catedral de Colonia, a los que acudieron más de 500 personas) los padres de la niña secuestrada conseguían la ayuda de dos nuevos negociadores: Hans Fernstädt, antiguo director de la Oficina Federal de Investigación Criminal, y Franz Tartarotti, un periodista que había alcanzado cierta fama tras haber intervenido como intermediario en otro célebre caso de secuestro infantil, el de las hijas y el sobrino del presentador de televisión Dieter Kronzucker, secuestrados en la Toscana en julio de 1980 y liberados más de dos meses después sanos y salvos tras el pago de un rescate. Tartarotti se mostró inicialmente algo reacio a involucrarse, pero acabó accediendo ante los ruegos de los padres de Nina.

Tartarotti logró volver a ponerse en contacto con los secuestradores y empezó a negociar con ellos mediante anuncios publicados en la prensa y codificados mediante un cifrado Vigenère (un cifrado por sustitución en el que cada letra es sustituida por otra utilizando una tabla de caracteres). Durante nueve semanas, Tartarotti y Fernstädt negociaron con los secuestradores de esta manera, consiguiendo que les enviaran nuevas grabaciones con la voz de Nina y una carta que la niña había escrito dirigida a Tartarotti, lo que demostraba que seguía viva. Finalmente, negociadores y secuestradores llegaron a un acuerdo para el pago del rescate.

El punto exacto donde fue arrojado el rescate por la liberación de Nina

El 12 de mayo de 1982 Tartarotti, llevando consigo el rescate exigido (un millón y medio de marcos, casi el doble que el acordado inicialmente) se subió al tren nocturno D 209 que iba de Dortmund a Basilea. En respuesta a una señal recibida por radio, el periodista arrojó el dinero por la ventanilla del tren en las coordenadas 50°26'48.0"N 7°22'49.5"E, entre Namedy y Andernach. En aquel punto, la vía del tren discurre paralela a la carretera local L117 y por debajo de un puente de la autopista A9, lo que garantizaba a los secuestradores una vía de escape rápida una vez hubiesen recuperado el dinero.

Mapa de las principales localizaciones relacionadas con el secuestro

Tres días más tarde, el día 15, a eso de las once y media de la noche, un empleado de un área de descanso en la autopista A3 en Ohligser Heide, cerca de la ciudad de Solingen, se sorprendió al ver a una niña pequeña apoyada contra la pared del edificio, aparentemente sola. Al interesarse por ella, la niña le entregó un trozo de papel con un número de teléfono; era el de Franz Tartarotti. El empleado llamó, pero nadie contestó, así que avisó a la policía, que pudo comprobar que se trataba de Nina von Gallwitz. Había estado secuestrada un total de 149 días, en lo que hasta entonces era el secuestro más largo de la historia de Alemania y que aún hoy en día sigue siendo el segundo más prolongado, solo por detrás del de Silvia Müller, que duró 15 meses. Sus secuestradores la habían llevado en el maletero de un coche, con los ojos vendados, y la habían dejado cerca del área de descanso con instrucciones de llamar a aquel número cuando sonase la alarma de un despertador que llevaba con ella, dispuesta para sonar a medianoche.

Los padres de Nina se mostraron muy protectores con ella. Celebraron con ella una Navidad tardía en la parroquia de Hahnwald, donde habían conservado el belén, rodeado de alambre de espino para simbolizar el cautiverio de la niña. A partir de ahí, la mantuvieron al margen de la prensa y el público, sin dejar ni siquiera que fuera interrogada por la policía. Solamente concedieron una entrevista exclusiva al semanario Quick y luego la mantuvieron al cuidado de médicos y psicólogos hasta que estuvo preparada para regresar a su escuela y retomar su vida normal. Eso si, entregaron a los agentes varias grabaciones en las que la niña relataba su cautiverio y lo que recordaba de sus secuestradores y del lugar en el que había estado.

El perro de peluche que los secuestradores regalaron a Nina

Las descripciones de Nina eran extraordinariamente precisas. Había pasado la mayor parte del tiempo en la misma habitación, casi a oscuras, amueblada con muebles de oficina y con un baño anexo. Los secuestradores eran dos, que se hacían llamar Peter y Paul, aunque Nina estaba segura de que Paul era una mujer. La habían tratado bien; estaba sana y bien alimentada, no habían sido violentos ni abusivos con ella, y le habían proporcionado libros, tebeos, cuentos de hadas grabados en casette y materiales para escribir y dibujar, para que estuviera entretenida. Incluso, el día que la habían puesto en libertad, le habían regalado un perro de peluche. Además, Nina describía con gran detalle la casa en la que había estado: las habitaciones, el número de escalones, el tejado inclinado, incluso la peculiar forma de las ventanas. Pero aún con esa detallada descripción, la policía fue incapaz de hallar la casa en la que había estado retenida.

Antes de entregar el rescate Tartarotti y Fernstädt habían tomado la precaución de anotar, uno a uno, los números de serie de los miles de billetes (lo hicieron a mano y les llevó 18 horas terminar), que luego recopilaron en una lista de la que se enviaron copias a bancos de todo el país y del resto de Europa (salvo los del bloque del Este) por si acaso los autores pretendían canjearlo en alguna sucursal. Lamentablemente, en la época no existía ningún sistema capaz de reconocer automáticamente los números de los billetes, así que dependían de que algún cajero sospechase de algún ingreso y comprobase directamente en la lista los números de serie.

A finales de 1982 los von Gallwitz recibieron una carta anónima conteniendo uno de los billetes de 500 marcos que formaban parte del rescate. El remitente afirmaba ser cómplice de los secuestradores y haber sido traicionado por estos, ofreciéndose a delatarlos a cambio de dinero. Pero no pudo aportar más que datos ya conocidos o sin importancia, y aquella pista no llevó a ninguna parte.

En diciembre de ese mismo año unos niños que jugaban en un bosque cerca de Meinerzhagen encontraron semienterrados varios miles de marcos en billetes, que gracias a la lista de números de serie se comprobó que formaban parte del rescate. Ese mismo mes cuatro hombres eran arrestados en Turquía cuando trataban de cambiar 400000 marcos procedentes del rescate. Al ser interrogados, afirmaron haber hallado el dinero enterrado en una zona boscosa conocida como Am Schnüffel, también cerca de Meinerzhagen. No se pudo probar que hubieran participado en el secuestro, por lo que se les acusó únicamente de apropiación indebida del dinero. La policía realizó una búsqueda exhaustiva en Meinerzhagen y sus alrededores a principios de 1983, sin resultados.

El resto del rescate nunca apareció. En 1990 el Banco Federal Alemán puso en circulación una nueva serie de billetes, al mismo tiempo que se retiraban la mayor parte de los antiguos. Es muy posible que los billetes del rescate acabaran destruidos entonces.

Tampoco se llegó a localizar la casa en la que Nina había estado retenida, pese a que la pequeña hizo una descripción detallada del lugar y los alrededores, situada en una zona montañosa con pueblos dispersos, prados y bosques. Algunos indicios apuntaban al municipio de Leutesdorf (Renania-Palatinado) y otros a la zona de Bergisches Land (Renania del Norte), no muy lejos de donde fue liberada Nina. La opinión de los investigadores era que el escondite estaba muy probablemente en un área limitada por las ciudades de Colonia, Solingen, Remscheid y Engelskirchen.

A lo largo de los años, Nina von Gallwitz ha llevado una vida discreta, lejos de la atención pública. Ni ella ni su familia han querido hablar nunca del secuestro. La última vez que se ha hablado de ella es, sin embargo, bastante reciente. En agosto de este año el Tribunal Federal de Justicia falló a su favor en una denuncia contra la cadena pública de televisión ZDF a raíz de la emisión de un documental titulado Entführte Kinder (Niños secuestrados) en el que se hablaba de su caso y se mostraban fotografías suyas de niña, imágenes de las cartas de los secuestradores y la grabación de una de las llamadas pidiendo un rescate. El Tribunal admitió el derecho de la mujer a proteger su propia imagen, tratándose además de una menor de edad víctima de un crimen, y condenaba a la cadena a eliminar del documental dichos materiales.

Durante las negociaciones, Tartarotti y Fernstädt sospecharon que los secuestradores recibían información de alguien muy cercano al matrimonio von Gallwitz, debido a los continuados fracasos en las entregas. Según admitió Tartarotti años más tarde en una entrevista, en 2012, justo después de que el secuestro prescribiera, recibió una carta anónima que confirmaba esta hipótesis. También se rumoreó durante algún tiempo que el periodista conocía la identidad de los secuestradores. Sin embargo, jamás, hasta su muerte en agosto de 2022, lo admitió.

domingo, 15 de octubre de 2023

David Fagen

David Fagen (1878-1901?)

En 1866, una vez terminada la Guerra Civil norteamericana y tras la aprobación de la Ley de Organización del Ejército, el ejército norteamericano creaba seis regimientos de caballería e infantería compuestos exclusivamente por soldados afroamericanos: el 9º y 10º de caballería y los 38º, 39º, 40º y 41º de infantería, aunque tras la reforma de 1869 el 38º y el 41º se fusionaron para dar lugar al 25º y el 39º y 40º lo mismo, formando el nuevo 24º. Estas tropas nunca gozaron del aprecio general ni entre los civiles, ni entre sus compañeros del ejército. Usualmente peor armadas y abastecidas que las unidades formadas por blancos, fueron enviadas a las misiones más peligrosas, y tuvieron una participación destacada en las Guerras Indias, donde además de los incesantes combates contra los nativos tuvieron que soportar el desprecio general por parte de los mismos colonos a los que iban a defender. Fue allí donde recibieron el apodo que luego los haría célebres, "Buffalo Soldiers" ("Soldados Búfalo"), que en un principio se le dio solo al 10º de caballería pero luego se extendió a las demás unidades de soldados negros. Sobre el origen de este apodo, unos dicen que era porque el pelo rizado y espeso de los soldados les recordaba a los indios el pelaje de los búfalos; y otros, por los abrigos de piel de búfalo que vestían en invierno.

Soldados del 25º Regimiento de Caballería (1890)

Terminadas las Guerras Indias, estos regimientos tomaron parte en la guerra hispano-norteamericana de 1898. Participaron en la batalla de las Lomas de San Juan (1 de julio de 1898) y en otras acciones destacadas, que les valieron a cinco de ellos la concesión de la Medalla de Honor, la máxima condecoración militar otorgada por las Fuerzas Armadas de los EEUU. Antes de ser trasladados a Cuba, estos regimientos habían pasado algún tiempo acantonados en la localidad de Tampa (Florida) y había sido allí donde se les había unido David Fagen.

David Fagen había nacido en Tampa en 1878. Era el menor de los seis hijos de un matrimonio de antiguos esclavos, y como la mayoría de jóvenes negros del Sur en aquella época, apenas había recibido educación y había comenzado a trabajar muy joven en una mina de fosfatos. La llegada a Tampa de los Buffalo Soldiers le impresionó; aquellos soldados orgullosos, son sus impecables uniformes, le llevaron a pensar que el ejército era un lugar en el que podía encontrar el respeto con el que no era tratado en su día a día. Y así, el 4 de junio de 1898 se alistó en el 24º de infantería. Menos de un mes más tarde partía con el resto del regimiento hacia Cuba, ejerciendo como auxiliar sanitario. No vio demasiada acción porque al poco de llegar enfermó de fiebre amarilla y pasó varias semanas convaleciente. Pero apenas un año después los Buffalo Soldiers eran enviados desde Florida a San Francisco, donde embarcaron rumbo a Manila para participar en la Guerra filipino-estadounidense.

Cuando los EEUU intervinieron en Filipinas contra los españoles, habían asegurado a los filipinos que su único objetivo era luchar contra España y ayudarlos a alcanzar la independencia. Pero una vez vencidos los españoles, el discurso norteamericano cambió. El presidente de los EEUU William McKinley afirmó cínicamente que los filipinos eran incapaces de gobernarse a si mismos y que era su deber "educarlos y cristianizarlos". Y, pese a que los filipinos ya habían declarado su independencia y estaban en vías de elegir un gobierno y redactar una constitución, los EEUU firmaron con España el llamado Tratado de París por el que compraban la propiedad de las Filipinas para convertirla en su colonia. Algo que por supuesto rechazaron los filipinos, que acabaron por levantarse en armas. En febrero de 1899 se desataban las hostilidades entre filipinos y estadounidenses. Y a ese conflicto fueron enviados los Buffalo Soldiers.

David Fagen (Salt Lake Herald, 31/10/1900)

Pero en esta ocasión los soldados afroamericanos no tardaron en mostrar su descontento. A las duras condiciones de vida, el clima tropical al que no estaban acostumbrados y los combates, se unió una profunda insatisfacción con el motivo último de aquella guerra. Les habían dicho que iban a ayudar a los filipinos a librarse de un tirano, y se habían encontrado con que en realidad estaban haciendo exactamente lo contrario: habían sido enviados para someterlos, para impedir que lograran la libertad que ansiaban, y no pudieron evitar sentirse identificados con ellos, más todavía cuando vieron como los norteamericanos blancos trataban con desprecio a los nativos filipinos, a los que llamaban despectivamente niggers o gugus. Ellos mismos seguían siendo tratados como soldados de segunda clase, pese a asumir a menudo las misiones más pesadas y peligrosas, y pese a los más de treinta años pasados desde la creación de sus regimientos, seguían estando mandados exclusivamente por oficiales blancos (ningún soldado negro podía tener un rango mayor que el de sargento), que a menudo los trataban con severidad e intransigencia.

Fagen también tomaba partido de este descontento general. Más todavía cuando por su carácter había tenido numerosos roces con sus oficiales, especialmente con un teniente llamado James Alfred Moss, que le impuso numerosas sanciones, tanto económicas como aumentando sus guardias y horas de trabajo. Finalmente, harto de aquella situación, del racismo sistemático y de una guerra que juzgaba injusta, el 17 de noviembre de 1899 David Fagen desertaba para unirse al ejército filipino.

Justo en el momento de la deserción de Fagen el discurrir de la guerra estaba cambiando. El líder filipino Emilio Aguinaldo había decidido cambiar de estrategia; vistas las pocas esperanzas de derrotar a los norteamericanos, mejor armados y entrenados, en combates abiertos, los filipinos recurrieron a la guerra de guerrillas, que tan buenos resultados les había dado frente a los españoles. Y en esas condiciones Fagen demostró un enorme talento como guerrillero. Tras haberse ganado la confianza de los filipinos, fue puesto al frente de una unidad dependiente de las órdenes del general Urbano Lacuna, que muy pronto se convirtió en una pesadilla para sus antiguos compañeros. Al frente de sus hombres emboscaba patrullas, capturaba y destruía víveres y armamento, cortaba líneas de comunicaciones... Llegó incluso a capturar un barco de vapor en el río Papamga, apropiándose de una gran cantidad de armamento. Era tal el ascendiente que llegó a tener sobre sus hombres, que estos se referían a él como "general Fagen", pese a que oficialmente el rango más alto que ostentó fue el de capitán.

Emblema del 24º Regimiento de Infantería

Las acciones de Fagen enfurecían a los oficiales norteamericanos. No solo era el daño que sus ataques les causaban; también estaba presente el temor de que el ejemplo de Fagen cundiera y se produjera una insurrección general entre las tropas afroamericanas. Por eso, en un principio trataron de silenciar las noticias sobre el desertor, pero poco a poco los periódicos filipinos comenzaron a informar sobre sus actividades y las noticias no tardaron en viajar hasta EEUU. Pese a las campañas de desprestigio instigadas por el ejército, que pintaban a Fagen como un sanguinario sediento de venganza, alguien que "disparaba primero y preguntaba después" y que ejecutaba en persona prisioneros blancos norteamericanos (algo que nunca se pudo probar), su nombre muy pronto se hizo popular y admirado no solo entre sus antiguos compañeros del ejército, sino entre amplios sectores de la población negra de Estados Unidos. No fue el único desertor en las filas norteamericanas; al menos una veintena de soldados negros abandonaron sus filas, y algunos como él se unieron a los guerrilleros filipinos. La mayoría murió en combate o fueron ejecutados tras ser capturados; pero ninguno tuvo ni lejanamente la relevancia de Fagen.

Pero la superioridad militar de los estadounidenses era notoria, y los filipinos luchaban una guerra sin apenas esperanzas. A principios de 1901 los principales líderes filipinos, incluido Aguinaldo, habían caído prisioneros y fueron obligados a firmar su rendición. El nombre de Fagen surgió durante las negociaciones; los filipinos trataron de obtener para él un perdón, pero los americanos se negaron rotundamente. Era tal la inquina que le tenían, que solo contemplaban capturarlo, vivo o muerto; y si estaba vivo, someterlo a un juicio por traición que con toda probabilidad le llevaría ante un pelotón de fusilamiento.

Emilio Aguinaldo y Famy (1869-1964)

Así que Fagen, visto que no tenía otra opción, decidió huir. Y acompañado de su esposa filipina y de unos pocos fieles, se internó en la región montañosa de la provincia de Nueva Écija, en la isla de Luzón, buscando mantenerse oculto para evitar la incesante búsqueda por parte de sus antiguos compañeros. Los americanos ofrecieron una generosa recompensa por su captura y repartieron centenares de pasquines con su fotografía por toda la provincia, pero encontraron poca o ninguna colaboración por parte de los filipinos.

El 5 de diciembre de 1901 un cazador tagalo llamado Anastacio Bartolomé se presentó ante las autoridades norteamericanas llevando una cabeza humana en avanzado estado de descomposición que él clamaba era la de Fagen. Según contaba, su partida de caza había descubierto a Fagen y los suyos acampados a orillas de un arroyo y, sabiendo que por él se pagaba una recompensa, habían iniciado un tiroteo durante el cual Fagen había muerto. Los cazadores se habían llevado su cabeza y enterrado el cuerpo a orillas del arroyo. De inmediato, las autoridades norteamericanas anunciaron la muerte de Fagen, noticia de la que la prensa se hizo eco enseguida. Solo unos pocos mostraron sus dudas pero sus reparos fueron ignorados, dado el interés del ejército norteamericano de dar carpetazo al asunto Fagen de una vez por todas.

Sin embargo, el destino final de Fagen sigue siendo un tema que está lejos de estar claro. La cabeza entregada por Bartolomé estaba en tal mal estado que era prácticamente imposible de identificar, y de hecho, parece que los propios norteamericanos no estaban totalmente convencidos, ya que la recompensa por Fagen nunca llegó a ser pagada a Bartolomé. Es mas incluso en los documentos oficiales se refieren al caso como "la supuesta muerte de David Fagen", y se conservan informes de la policía filipina que mencionan supuestos avistamientos de Fagen meses después de esa fecha. Muchos creen que en realidad se trató de una estratagema urdida por el propio Fagen para librarse de la persecución a la que era sometido y que, una vez dado por muerto, el antiguo soldado vivió escondido y en relativa paz el resto de su vida.

domingo, 8 de octubre de 2023

El pastelero de Madrigal

Sebastián I de Portugal (1554-1578)

Juan III el Piadoso, rey de Portugal, muere en Lisboa el 11 de junio de 1557. Para entonces ninguno de sus nueve hijos legítimos, nacidos del matrimonio con Catalina de Austria, seguía con vida, en buena parte debido a los numerosos problemas de salud causados por la elevadísima consanguinidad dentro de la familia real de los Avis. El trono pasa por lo tanto a su nieto, Sebastián, que tiene tan solo tres años, por lo que hasta su mayoría de edad el gobierno recae en una regencia, ejercida primero por su abuela paterna, la reina Catalina, y luego por su tío abuelo el cardenal Enrique de Portugal.

El joven rey Sebastián tenía un carácter un tanto místico e impetuoso. Una de las primeras decisiones que toma como rey es preparar una gran operación militar contra los musulmanes del norte de África, buscando recuperar los dominios de los que Portugal había sido expulsado en tiempos de su abuelo. Pese a las advertencias de su tío Felipe II de España, que vivamente le desaconsejaba aquella aventura, Sebastián desembarcó en el norte de África a finales de junio de 1578, al frente de un ejército de unos 20000 hombres, entre portugueses, españoles (cinco mil hombres, en su mayor parte veteranos de la guerra de Flandes, prestados por el rey Felipe), voluntarios de diversos países europeos e incluso un contingente de tropas enviadas por el Papa Gregorio XIII bajo el mando de un noble inglés, sir Thomas Stukeley. El 4 de agosto, en Alcazarquivir, las tropas portuguesas se enfrentaron a un ejército marroquí de más de setenta mil soldados, a las órdenes del sultán de Marruecos, Muley Abd al-Malik. La batalla fue un completo desastre para los cristianos; ocho mil portugueses murieron y más de diez mil fueron hechos prisioneros, entre ellos la flor y nata de la aristocracia portuguesa, cuyos elevadísimos rescates estuvieron a punto de arruinar el país. En cuanto al rey Sebastián, desapareció en el fragor de la batalla. No se conoce testimonio alguno de su muerte, pero el que se cree era su cadáver fue recuperado del campo de batalla y enterrado en Ceuta hasta 1580, año en que fue llevado por orden de Felipe II al monasterio de los Jerónimos de Belem y sepultado en el Panteón Real.

No obstante, las circunstancias de su muerte hicieron que entre el pueblo portugués se extendiera el llamado sebastianismo, un movimiento místico que afirmaba que el rey Sebastián no había muerto, sino que seguía con vida y regresaría cuando Portugal viviera sus horas más oscuras, para salvar a su pueblo. Un movimiento que en algunas regiones de Brasil perduraría hasta finales del siglo XIX.

Muerto el rey Sebastián soltero y sin descendencia (algunas crónicas de su época sugieren que era homosexual y estéril), el trono pasa a manos del único miembro vivo de su familia: el anciano cardenal Enrique quien, ya casi septuagenario, solicita a Gregorio XIII una dispensa papal para colgar los hábitos y contraer matrimonio, buscando un heredero que de continuidad a su linaje. Pero la dispensa nunca llega (probablemente por la influencia de Felipe II) y Enrique fallece en 1580. Varios candidatos emparentados con los Avis presentan entonces su candidatura al trono portugués, entre ellos Catalina, duquesa de Bragança y sobrina de Juan III; su sobrino Ranuccio I Farnesio, futuro duque de Parma; y el propio rey Felipe II, hijo de Isabel de Portugal, hermana de Juan III. Al final, todo se dirime entre el rey Felipe, apoyado por la mayor parte de la nobleza portuguesa, y Antonio de Portugal, prior de Crato, hijo natural pero reconocido del infante don Luis, hermano menor de Juan III, apoyado por el pueblo llano. Los ejércitos de ambos se enfrentan en Alcántara en agosto de 1580, y el ejército del rey español, mandado por el Duque de Alba, derrota sin contemplaciones al de Antonio, aún estando en inferioridad numérica. Antonio de Portugal tuvo que marcharse al exilio a Francia mientras Felipe era coronado rey de Portugal.

Felipe II de España y I de Portugal (1527-1598)

En 1594 llegó a la localidad abulense de Madrigal de las Altas Torres un hombre llamado Gabriel de Espinosa, que declaraba como oficio el de pastelero (no de los que hacen repostería, sino de los que elaboraban pasteles de carne y empanadas). Le acompañaban una mujer llamada Isabel Cid y la hija de ambos, Clara, de dos años. Algunos dicen que era natural de Madrigal; otros que era toledano, como parece indicar un título de pastelero a su nombre expedido en dicha ciudad. Tampoco se sabe nada sobre sus padres; probablemente era huérfano, y solo tiempo después de los sucesos que protagonizó se empezó a extender el rumor de que era hijo natural del príncipe Juan Manuel de Portugal (medio hermano, por tanto, del rey Sebastián), pero no deja de ser un rumor sin pruebas.

Gabriel de Espinosa era un hombre de talento. Culto y educado, hablaba varios idiomas (entre ellos francés y alemán) y era un experimentado jinete. Probablemente había adquirido esas habilidades estando al servicio del capitán Pedro Bermúdez, al que sirvió durante varios años y acompañó a Flandes y a Portugal. Aún así, en una villa de provincias como Madrigal llamaría la atención ver tales destrezas en alguien que se presentaba como un humilde pastelero.

En Madrigal sus pasos no tardaron en cruzarse con los de Fray Miguel de los Santos, un agustino portugués que ejercía como vicario en el convento de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal. Fray Miguel había sido en tiempos confesor en la corte del rey Sebastián, para luego convertirse en un entusiasta partidario del prior de Crato en sus aspiraciones al trono, lo que le había valido al agustino el destierro de Portugal por orden de Felipe II. Cuando por primera vez se encuentran, Fray Miguel se sorprende al descubrir el notorio parecido físico entre el pastelero y el rey Sebastián, incluida su llamativa y poco corriente cabellera pelirroja. Fue este parecido el que inspiró a Fray Miguel a poner en práctica un plan del que probablemente ya había esbozado una parte durante su destierro: hacer pasar al pastelero por el rey Sebastián para provocar una insurrección entre los numerosos portugueses que no estaban conformes siendo gobernados por un rey extranjero; un levantamiento que eventualmente expulsara a Felipe del trono portugués y permitiera al supuesto Sebastián convertirse en rey.

María Ana de Austria y Mendoza (1568-1629)

Aparentemente, el pastelero accedió, por ambición o vanidad, a tomar parte en el plan de Fray Miguel. Pero aún faltaba un tercer protagonista de la trama. María Ana de Austria era hija natural de don Juan de Austria, medio hermano de Felipe II, y de María de Mendoza, condesa del Cid y dama de la infanta Juana de Austria (hermana de Felipe y Juan). Al morir prematuramente don Juan a causa del tifus, Felipe II conoce la existencia de la niña, que por entonces tenía diez años, y decide concederle el apellido Austria y enviarla al monasterio de las agustinas en Madrigal. En aquella época tenía 27 años y ninguna vocación religiosa; se sentía en aquel convento como en una prisión y prefería los libros de aventuras a los de rezos. No fue difícil convencerla de que ayudase a los conspiradores a cambio de la promesa de casarse con el falso Sebastián (del que al parecer ella creía que se trataba del auténtico rey portugués, primo suyo además), tras solicitar la correspondiente dispensa para colgar los hábitos, y convertirse así en reina de Portugal.

En las siguientes semanas varios nobles portugueses visitan de incógnito Madrigal para entrevistarse con Fray Miguel y el supuesto Sebastián. Gabriel de Espinosa parte hacia Valladolid llevando consigo varias valiosas joyas que le ha entregado la monja, seguramente para venderlas y utilizar el dinero para financiar sus planes. Sin embargo, ya en Valladolid el pastelero no actúa con la discreción que el asunto requiere, y se dedica a exhibir las joyas por la ciudad, mientras critica con dureza a Felipe II. Esto llega a oídos de Rodrigo de Santillán, magistrado de la Chancillería (un tribunal con competencias en todo el territorio de Castilla), quien ordena su detención. Al registrarlo, le encuentran encima cuatro cartas; dos son de Fray Miguel, en las que se dirige a él como "majestad", las otras dos de doña María Ana, que le trata de prometido. De inmediato Santillán envía noticia a la corte, y no tarda mucho en llegar la respuesta, en la que le ordenan instruir el proceso contra Espinosa y sus posibles cómplices.

Santillán viaja a Madrigal con sus alguaciles, llevando a Gabriel de Espinosa como prisionero. Nada más llegar, ordena el arresto de Fray Miguel y la reclusión de doña María Ana en sus aposentos, incautando la correspondencia de ambos. Durante el proceso, Gabriel de Espinosa cambia varias veces de versión, unas veces afirmando ser el rey Sebastián y otras negándolo. Mientras, Fray Miguel se mantiene firme insistiendo que Espinosa era verdaderamente el rey Sebastián, a quién había conocido en persona en sus tiempos en la corte portuguesa, y llega a pedir que Felipe II acuda en persona a Madrigal para identificarlo.

Felipe II se mantiene puntualmente informado del desarrollo del proceso; se conserva abundante correspondencia entre el rey y los miembros del tribunal. Finalmente, tras diez meses de juicio, Espinosa y Fray Miguel son declarados culpables de un delito de lesa majestad, por la suplantación del rey Sebastián, y condenados a muerte. Gabriel de Espinosa es ahorcado en Madrigal el 1 de agosto de 1595; su actitud en el cadalso, digna y resuelta, afirmando una vez más ser el rey Sebastián y atacando duramente a Rodrigo de Santillán, llevó a más de uno a creer que se trataba del auténtico rey de Portugal. Su cadáver es decapitado y descuartizado; su cabeza es exhibida en la fachada del Ayuntamiento, mientras que el resto del cuerpo se muestra en cada una de las cuatro entradas de la muralla de la villa. Fray Miguel es ahorcado dos meses después en la Plaza Mayor de Madrid, tras ser despojado de su condición de religioso; hasta sus últimos momentos afirmará estar convencido de que el pastelero era el auténtico Sebastián. 

En cuanto a María Ana de Austria, también ella recibió un severo castigo por parte del rey Felipe, si bien su condición de monja y de pariente del propio rey le evitaron males mayores. Fue trasladada al monasterio abulense de Nuestra Señora de Gracia, donde fue encerrada bajo vigilancia y en estricta clausura, sin ningún tipo de contacto con el mundo exterior. Unos años más tarde, tras la muerte de Felipe II, su hijo Felipe III suavizaría las condiciones de la reclusión de María Ana. Fue devuelta al convento de Madrigal, donde llegaría a ser priora, y en 1611 abandonó la orden de las agustinas para ser nombrada abadesa perpetua del monasterio cisterciense de Santa María la Real de las Huelgas (Burgos), cargo que ejerció hasta su muerte en 1629.

lunes, 2 de octubre de 2023

La deserción de Igor Gouzenko

Igor Sergeyevich Gouzenko (1919-1982)

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial el mundo se vio abocado a un nuevo escenario geopolítico. Los que hasta entonces habían sido aliados contra el enemigo común del nazismo se convirtieron en rivales. Por un lado, el bloque capitalista, liderado por los Estados Unidos, y por otro el comunista, encabezado por la URSS, enfrentados en una contienda política, social, ideológica, económica y, ocasionalmente, militar, que habría de durar casi cinco décadas, teniendo al mundo en varias ocasiones al borde de una guerra mundial, y que recibiría el nombre de Guerra Fría.

Hay distintas teorías acerca de cuando situar el inicio de la Guerra Fría. Algunos lo sitúan en el momento en el que terminó la Segunda Guerra Mundial, y otros antes, incluso en la Revolución de 1917. Pero nadie duda que uno de sus momentos más determinantes fue la deserción de un oscuro funcionario soviético llamado Igor Gouzenko.

Igor Sergeyevich Gouzenko nació el 26 de enero de 1919 en Rogachev, un pueblo a 100 kilómetros de Moscú, cuarto de los hijos de una humilde familia de origen ucraniano. Su padre murió poco después de que Igor naciera a causa del tifus, mientras combatía en el bando bolchevique durante la Guerra Civil Rusa. Su madre, ante la imposibilidad de mantenerlo, lo envió a casa de su abuela materna, en el pueblo de Semion, al sur de Moscú, donde Igor vivió hasta los siete años. Más tarde pasó algún tiempo con algunos parientes en Rostov del Don, antes de que su madre, que había conseguido trabajo en Moscú, lo reclamara junto a sus hermanos.

Igor cursó sus estudios secundarios y luego fue admitido en el prestigioso Instituto de Arquitectura de Moscú. Durante esa época pasaba mucho tiempo en la Biblioteca Lenin, la mayor de Europa y una de las mayores del mundo, donde conoció a la que sería su esposa, Svetlana, con la que se casó siendo todavía un estudiante. Sus excelentes notas le valieron un traslado a la Academia de Ingeniería Militar, donde fue entrenado como experto en códigos y cifrado, y de donde se graduaría con el rango de teniente.

Coronel Nikolai Zabotin

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Igor ingresó en el ejército soviético y fue asignado al GRU (Glavnoye Razvedyvatel'noye Upravleniye, Directorio Principal de Inteligencia), el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas soviéticas, bajo las órdenes directas del coronel Nikolai Zabotin, donde sirvió desde abril de 1942. En junio de 1943 Zabotin fue nombrado Agregado Militar en la embajada soviética en Ottawa, llevándose consigo a Gouzenko como su ayudante personal. Su esposa Svetlana, embarazada, se reuniría con él en octubre.

El cargo de Agregado Militar de Zabotin no era más que una tapadera. En realidad, Zabotin había sido enviado para supervisar las diversas operaciones de espionaje que agentes del GRU llevaban a cabo en Norteamérica desde hacía años. Aunque Gouzenko no era más que un funcionario de nivel medio, su labor cifrando y descifrando los documentos secretos manejados por Zabotin le permitía estar al tanto de prácticamente todas las actividades del GRU y de sus principales agentes. Además, mientras que la mayoría de los empleados vivían en un complejo dentro de las propias instalaciones de la embajada, a Gouzenko y a su familia se les concedió el privilegio de vivir en un apartamento de la ciudad, junto a otras familias canadienses.

Hasta que en septiembre de 1944, Gouzenko supo que él y su familia iban a ser devueltos a la Unión Soviética; sus servicios eran requeridos en el cuartel general del GRU. Zabotin, no deseando desprenderse de un colaborador valioso, solicitó una prórroga, que le fue concedida. Pero a Gouzenko ya no le apetecía regresar a casa; después de haber probado el estilo de vida canadiense, había decidido que era allí donde debía quedarse con su familia. Le habían impresionado la prosperidad y la libertad de Occidente, tan distintas a las de su país natal. Especialmente, le habían impresionado las elecciones parlamentarias canadienses de 1945; unas elecciones auténticas y libres, especialmente comparadas con las elecciones en la URSS, que no eran más que farsas en las que invariablemente salía elegido el candidato escogido por el Partido Comunista. Por eso Igor Gouzenko decidió que debía desertar.

El 5 de septiembre de 1945, solo tres días después del final oficial de la Segunda Guerra Mundial, Igor salió como todas las tardes de la embajada, rumbo a su casa. Pero esta vez había algo distinto: llevaba con él un maletín dentro del cual había libros de códigos, telegramas oficiales, informes de misiones, así hasta un total de 109 documentos de alto secreto sobre las actividades del GRU en Canada y EEUU. 

Emblema del GRU

Su primera intención había sido dirigirse a la Policía Montada, porque sabía que el GRU no tenía agentes infiltrados en ella; pero no estaba seguro de si los tenía el NKVD (Narodný Komissariat Vnutrennih Del, Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), otro de los servicios de inteligencia de la Unión Soviética. Aunque teóricamente ambos servían al mismo propósito, en la práctica ambas organizaciones se comportaban más como rivales que como aliados, sin compartir información e incluso vigilándose mutuamente. Así que optó por acudir a la sede de un periódico, el Ottawa Journal. Pero cuando el editor lo recibió, Gouzenko dudó y se marchó. Volvió más tarde, pero el editor se había ido, y el encargado nocturno le sugirió que fuera al Ministerio de Justicia. Pero cuando Gouzenko llegó, era muy tarde y todo el mundo se había ido a su casa.

A la mañana siguiente, Gouzenko regresó al Ministerio con su mujer y su hijo, y solicitó ver al ministro, pero su petición fue rechazada. Regresó al periódico y allí le sugirieron probar suerte en el Departamento de Inmigración, donde Gouzenko presentó una solicitud oficial para conseguir la nacionalidad canadiense. Cuando esa noche regresó a su casa, temeroso de que en la embajada hubieran descubierto su intento de huida, en lugar de en su apartamento pasó la noche en casa de un vecino. Y no iba desencaminado; esa medianoche cuatro empleados de la embajada forzaron la puerta de su apartamento, buscándolo a él y a los documentos que se había llevado. Los vecinos, creyendo que se trataba de un robo, llamaron a las autoridades y no tardaron en hacer acto de presencia agentes de la Policía de Ottawa, de la Policía Montada y del Ministerio de Asuntos Exteriores, quienes obligaron a los soviéticos a marcharse.

A la mañana siguiente por fin Gouzenko consiguió ser recibido por agentes de la Policía Montada, quienes lo pusieron a él y a su familia en custodia mientras examinaban los documentos que se había llevado. A todo esto, la noticia de su deserción había llegado al mismísimo primer ministro canadiense, William Lyon Mackenzie King. King, septuagenario y de carácter poco resolutivo, se sintió un tanto sobrepasado por la situación. No queriendo provocar un incidente diplomático, King incluso manejó la posibilidad de entregar a Gouzenko a los soviéticos (las autoridades de la URSS ya habían presentado una petición oficial en ese sentido). Fue la decidida intervención del subsecretario de Asuntos Exteriores, Norman Robertson, y del Ministro de Justicia, Louis St. Laurent, lo que le convenció de conceder asilo a Gouzenko.

La familia Gouzenko fue trasladada en secreto al llamado Campamento X, unas instalaciones secretas a cierta distancia de Ottawa que durante la Segunda Guerra Mundial habían servido como campo de entrenamiento para espías y agentes de operaciones especiales. Allí, Gouzenko fue interrogado concienzudamente no solo por agentes canadienses, sino también por miembros del MI5 británico y del FBI norteamericano. A ellos les reveló entre otras informaciones la obsesión de Stalin por hacerse con los secretos del programa armamentístico nuclear de los Estados Unidos, y la novedosa estrategia de las agencias de espionaje soviéticas de usar agentes "durmientes" (agentes con identidades falsas, que llevaban vidas aparentemente corrientes hasta que eran "despertados" para llevar a cabo una misión).

Los documentos entregados por Gouzenko permitieron desarticular la red de espías del GRU en Canada. Fueron arrestados por espionaje una veintena de presuntos agentes soviéticos, entre ellos personalidades destacadas como la economista Agatha Chapman (aunque luego fue absuelta), Fred Rose (el único parlamentario comunista de Canada), Sam Carr (secretario del Partido Comunista de Canada), el científico Raymond Boyer, un capitán del ejército o un empleado del Ministerio de Asuntos Exteriores. También se arrestó en Gran Bretaña al científico Alan Nunn May, un físico que había trabajado en el programa nuclear canadiense y admitió haber entregado a los soviéticos información sobre el programa nuclear norteamericano e incluso muestras de uranio-233 y 235. En EEUU los papeles de Gouzenko permitieron identificar a un espía soviético que trabajaba como profesor en una universidad de California bajo la identidad falsa de Ignacy Witczak y que desapareció antes de que las autoridades estadounidenses pudieran arrestarlo.

Tras la deserción de los Gouzenko, las autoridades soviéticas tomaron represalias en sus familiares que permanecían en la URSS. La madre de Igor murió mientras estaba detenida en una prisión de la NKVD en Lubyanka. Los padres y la hermana de Svetlana fueron condenados a cinco años de cárcel, mientras que su sobrina Tatiana fue enviada a un orfanato.

En cuanto a los Gouzenko, las autoridades canadienses les proporcionaron una nueva identidad para protegerlos. Durante el resto de su vida, Igor Gouzenko vivió una vida tranquila en Mississauga, una ciudad del área metropolitana de Toronto, a orillas del Lago Ontario, bajo el nombre de George Brown. Svetlana y él criaron allí a sus ocho hijos, quienes no supieron la verdadera identidad de sus padres hasta que fueron mayores. Siempre creyeron que su familia era de origen checo (hasta el punto de que animaban a la selección checoslovaca en competiciones internacionales de hockey sobre hielo) y que el idioma que sus padres hablaban en casa era checo y no ruso. Gouzenko escribió también dos libros: This was my choice, un relato autobiográfico sobre su deserción, y The fall of a Titan, una novela por la que incluso fue nominado al Premio Nobel de Literatura en 1955. Hay que decir que Gouzenko apareció varias veces en televisión para promocionar sus libros, pero lo hizo siempre con la cara cubierta para no ser reconocido.

Igor Gouzenko murió en 1982 a causa de un ataque al corazón. Su esposa Svetlana falleció en 2001. Fueron enterrados juntos en el Cementerio de Spring Creek en Mississauga, y sus tumbas no tuvieron nombre hasta que en 2002 sus hijos colocaron una lápida con sus nombres reales.

Las noticias sobre la desarticulación de una red de espías soviéticos empezaron a filtrarse al público en febrero de 1946. Aunque muchos de sus detalles permanecieron secretos durante décadas, lo que se dio a conocer provocó un cambio radical en la visión que muchos canadienses y estadounidenses tenían de la Unión Soviética, que hasta hacía poco habían sido sus aliados. Algunos historiadores han definido el caso Gouzenko como "el inicio de la Guerra Fría para la opinión pública" y "la revelación a los norteamericanos del tamaño y el peligro del espionaje soviético".