Verba volant, scripta manent

viernes, 2 de noviembre de 2012

Los hermanos Niland: la verdadera historia del soldado Ryan


En 1998, el director norteamericano Steven Spielberg estrenaba Saving Private Ryan (en España, Salvar al soldado Ryan), una de sus mejores películas de los últimos años, protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Matt Damon, Tom Sizemore o Edward Burns. Probablemente conocéis su argumento: en los momentos posteriores al desembarco de Normandía, un grupo de siete soldados norteamericanos, al mando del capitán Miller, reciben la misión de localizar al soldado John Francis Ryan, que había sido lanzado en paracaídas sobre territorio enemigo la víspera del ataque, y llevarlo sano y salvo a la retaguardia, ya que sus tres hermanos han muerto en combate y los mandos del ejército no desean que el cuarto hermano sufra la misma suerte. La película comienza con una de las más realistas y memorables reconstrucciones del desembarco de Normandía que jamás se han rodado. Y se basa en un caso real.
Los cuatro hermanos Niland eran naturales de Tonawanda, en el estado de Nueva York, y se alistaron cuando los EEUU entraron en guerra. El mayor, Edward, nacido en 1912, lo hizo en la Fuerza Aérea, donde alcanzó el rango de sargento. Los otros tres, Preston (1915), Robert (1919) y Frederick (1920) lo hicieron en Infantería. Como era habitual se los asignó a distintos regimientos; una medida habitual en el ejército norteamericano, especialmente desde que en noviembre de 1942, durante la batalla de Guadalcanal, los cinco hermanos Sullivan (a los que se cita expresamente en el filme de Spielberg) muriesen al ser torpedeado el buque en el que servían, el USS Juneau, por un submarino japonés.
Preston quedó asignado al 22º Regimiento de la 4ª División de Infantería, donde alcanzó el rango de teniente, mientras que Robert (apodado Bob) y Frederick (apodado Fritz) fueron a parar a los paracaidistas; Bob en el 505º Regimiento de la 82ª División Aerotransportada y Fritz en el 501º Regimiento de la 101ª División Aerotransportada, ambos con el rango de sargento.
En mayo de 1944, el bombardero B-25 en el que servía Edward fué derribado durante una misión sobre la selva birmana, y el sargento Niland fué declarado desaparecido en combate. Pero sus hermanos no fueron notificados de su muerte de inmediato; se hallaban en el sur de Inglaterra, preparándose para la definitiva invasión de Europa.
El 6 de junio de 1944 tiene lugar el desembarco de Normandía, en el que participan los tres hermanos Niland. Bob murió ese mismo 6 de junio, cerca del pueblo de Neuville-au-Plain, mientras cubría la retirada de su compañía frente a un ataque alemán. Preston murió al día siguiente, 7 de junio, en un enfrentamiento cerca de Utah, una de las playas donde había tenido lugar el desembarco.
Fritz, en medio de la vorágine y la confusión de los primeros momentos del desembarco, no supo de la suerte de sus hermanos hasta que, unos días después, se acercó al campamento de la 82ª División y supo no sólo que Bob había muerto, sino que también Preston y Edward había caído.
Cuando el capellán de su regimiento, el padre Sampson, supo que Fritz era el único de sus hermanos que seguía con vida, elevó una petición al alto mando para que lo enviaran de vuelta a los EEUU. Sin embargo, Fritz permaneció en Francia hasta finales de julio, cuando su regimiento fué relevado y enviado de vuelta a Inglaterra, a la base de Lamborne. A finales del verano, llegó la orden de que volviera a casa, algo a lo que en principio se negó, ya que quería seguir combatiendo para vengar a sus hermanos. Finalmente, fué enviado  de vuelta y cumplió el resto de su servicio como miembro de la Policía Militar en Nueva York.
Pero aún le aguardaba una sorpresa. Y es que Edward no había muerto. Al ser alcanzado su avión, logró saltar en paracaídas y fué capturado por los japoneses. Permaneció como prisionero de guerra un año, hasta que el campo de prisioneros en el que se encontraba fué liberado el 4 de mayo de 1945.

martes, 30 de octubre de 2012

Lope de Aguirre


El pasado 27 de octubre se cumplieron exactamente 451 años de la muerte de Lope de Aguirre, protagonista de una de las más sangrientas epopeyas de la conquista de América por los españoles. Aprovecho la efeméride para recuperar un artículo que escribí hace unos años para Armagedón, una web de temática bélica desgraciadamente ya desaparecida.


Fue hombre de casi cincuenta años, muy pequeño y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, en especial cuando estaba enojado… Fue gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño, que en todo el tiempo de su tiranía pocas veces le vieron dormir, sino era algún rato del día, que siempre le hallaban velando. Caminaba mucho a pie y cargado con mucho peso; sufría continuamente muchas armas a cuestas; muchas veces andaba con dos cotas bien pesadas, y espada y daga y celada de acero, y su arcabuz o lanza en la mano; otras veces un peto (Vázquez describe a Lope de Aguirre).
Lope de Aguirre nació en Oñate (Guipúzcoa) entre los años 1511 y 1515, siendo hijo segundón de una familia hidalga acomodada pero no rica. Destinada la herencia a su hermano mayor, las opciones que se le presentan son el sacerdocio, el ejército o buscar fortuna por su cuenta. Vive un tiempo en la pujante Sevilla del XVI, donde aprende el oficio de domador de caballos, y escucha las múltiples historias que corren acerca del Nuevo Mundo: de Sevilla parten cada primavera la Carrera de Nueva España (rumbo a Veracruz y otros puertos de América Central y las Antillas) y la Carrera de Tierra Firme (hacia Cartagena de Indias y Porto Bello). Lope de Aguirre embarca hacia América en 1534 y durante unos años poco se sabe de él: varios Lope de Aguirre aparecen en distintos documentos (al servicio del gobernador Pedro Heredia; en un naufragio cerca de La Habana; y reembarcado hacia América en 1539) pero su identidad no está confirmada. En América interviene sofocando rebeliones como la que él protagonizaría años más tarde: en la batalla de Las Salinas; la expedición de Diego de Rojas; en la batalla de Chupas a favor de Vaca de Castro contra Diego de Almagro; en las Guerras Civiles de Perú, en el bando realista con el virrey Blasco Núñez de Vela contra Gonzalo Pizarro; con Melchor Verdugo en la batalla de Jaquijaguana; y con Baltasar de Castilla.
Se cuenta que en Potosí es prendido y azotado por orden del juez Esquivel acusado de infringir las leyes que protegían a los indios. Dice su leyenda que Aguirre caminó descalzo tres años y cuatro meses hasta que, finalizado el mandato del juez, se venga apuñalándolo mientras duerme. A continuación huye disfrazado de negro y se refugia en Guamanga y posteriormente en Tucumán. Participa en 1552 en la sublevación de Cuzco contra el virrey Antonio de Mendoza, durante la cual asesina al gobernador Pedro de Hinojosa, lo que le vale una condena a muerte. En 1553 participa en la sublevación de Sebastián Castilla en La Plata. Ordenado el exterminio de los sublevados, huye de nuevo y pasa un año escondido en una cueva malviviendo a base de pan y raíces. Recibe la ayuda de algunos amigos hasta que, en 1554, Alvarado lo amnistía a cambio de que colabore en el sofocamiento de una nueva sublevación, la de Francisco Hernández Girón. En esta turbulenta época empieza a ser llamado "Aguirre el loco".
Reintegrado así al bando realista es herido de gravedad en la batalla de Chuquinga, perdiendo el uso del pie derecho y recibiendo graves quemaduras en ambas manos por la explosión de un arcabuz. Así, tras casi veinticinco años de luchar por la Corona, se ve a si mismo como un viejo de cincuenta años (edad avanzada para el s. XVI), sin fortuna ni gloria, tullido y deformado por las continuas batallas. Su única familia es una hija, Elvira, mestiza y de madre desconocida.
En estas circunstancias se enrola en 1559 en la expedición que el virrey del Perú, bajo el mando del navarro Pedro de Ursúa, envía en busca del país de Omagua, el mítico El Dorado. La expedición, formada por 300 soldados, tres bergantines y varios cientos de indios, parte finalmente del puerto de Santa Cruz de Saposoa el 26 de septiembre de 1560. A Aguirre lo acompaña su hija Elvira, custodiada por dos dueñas. La expedición desciende los ríos Huallaga, Marañón y Amazonas. La búsqueda resulta infructuosa; se pierden embarcaciones y hombres, escasean las provisiones. El descontento de la tropa va en aumento y muchos piden volver a Perú. Ursúa hace caso omiso y se empecina en continuar el viaje, desoyendo a sus hombres; llega a encadenar a un noble español y a hacerlo remar con los esclavos negros. Ursúa tenía como principal ocupación acostarse con su amante, Inés de Atienza; al hechizo de su belleza mestiza achacan los supersticiosos soldados la enfermedad de Ursúa, descrita como melancolía o humor negro, términos que servían en la época para englobar un elevado número de trastornos mentales, y que probablemente fuese una depresión. Todos estos factores desembocan en una conjura, en la que interviene Aguirre, que desemboca en el asesinato de Ursúa, el 1 de enero de 1561.
Los conjurados deciden escribir una carta a Felipe II exponiendo sus motivos y, a la hora de firmarla, Aguirre lo hace "Lope de Aguirre, traidor", explicando que ahora son todos traidores al rey y como tales, están en su contra; los demás se escandalizan y le toman por loco. Aguirre asume el cargo de Maese de Campo y nombra gobernador a Fernando de Guzmán. Más tarde, cuando rompe definitivamente con la Corona y reniega de Felipe II (23-5-1561) nombra a Guzmán "Príncipe de Tierra Firme, Perú y Chile" Pero el campamento de los rebeldes se había convertido en un hervidero de odios, pasiones, miedos y envidias, a lo que contribuía la competencia entre los capitanes por los favores de Inés de Atienza. Aguirre teje una red de confidentes, espías y hombres de confianza por todo el campamento, gracias a los cuales descubre una conjura en su contra, a lo que responde sin vacilar y drásticamente asesinado a todos sus rivales e incluso a los dudosos: incluidos el cura Henao (al que consideraba sospechoso), a Inés de Atienza (a la que despreciaba) y, por último, al propio Guzmán. Una vez se hace con el mando, abandona la fantasiosa idea de El Dorado y planea ir a Panamá y desde allí conquistar Perú. Desciende el Amazonas con sus hombres, a los que llama "marañones" y llega a la desembocadura, para luego por mar llegar a la isla Margarita (julio de 1561), que conquista a sangre y fuego. Desde allí, Aguirre envía a Felipe II una carta, llena de amargura, decepción e insatisfacción, donde llama a Felipe "menor de edad" y le dice "No puedes llevar con título de rey justo ningún interés en estas partes, donde no aventuraste nada, sin primero gratificar a los que trabajaron…"; lo acusa de tener las manos limpias mientras otros se las manchan con sangre propia y ajena en su beneficio. Siglos más tarde, Simón Bolívar consideraría esta carta como "la primera declaración de independencia del Nuevo Mundo". Aguirre firma como "Lope de Aguirre el Peregrino". A continuación, se proclama "Príncipe de la Libertad de los Reinos de Tierra Firme y las Provincias de Chile" y declara la guerra a España ("Ea, marañones, limpiad vuestros arcabuces que ya tenéis licencia para ir con vuestras armas").
Posteriormente trata de llegar a Perú por tierra. Llega a Venezuela, donde toma la ciudad de Valencia y siembra el terror en la región. Pero su mandato se tambalea y los roces con los marañones son cada vez más frecuentes. Las autoridades españolas ofrecen el perdón a los que le abandonen; y así, el 27 de octubre de 1561, en Barquisimeto, sólo y acorralado, apuñala a su hija Elvira "para que ningún bellaco goce de tu beldad y hermosura, ni te baldone llamándote hija del traidor Lope de Aguirre". Dos de los marañones lo matan de dos arcabuzazos. Póstumamente, es juzgado y condenado por rebelde y traidor. Su cabeza cortada es expuesta en una jaula de hierro en Tocuyo para que la gente viese la cabeza de la que brotaban "tan perversas maquinaciones". Su mano derecha fue enviada a Mérida y la izquierda, a Valencia (Barquisimeto, Tocuyo, Mérida y Valencia son actualmente ciudades venezolanas) El resto del cuerpo fue echado de comer a los perros. Las cuatro banderas que usó (dos negras, una de mayor tamaño; una amarilla y otra azul, todas con dos espadas cruzadas y la leyenda "Sigo") fueron tomadas como botín de guerra; una de las negras fue expuesta en Tocuyo junto a la cabeza de Aguirre; la otra negra se guardó en Barquisimeto; y la azul y la amarilla fueron colocadas sobre la tumba del padre de Aguirre en la iglesia de Santa María de Oñate, donde permanecieron hasta la Guerra de Independencia.
Aún hoy en día perdura el recuerdo de Aguirre: los fuegos fatuos que se aparecen en Venezuela son su fantasma y el de sus hombres; la bahía de la isla Margarita donde desembarcó se llama todavía del Traidor; en Tocuyo se celebra su muerte con una procesión el 27 de octubre; los campesinos de Barquisimeto cuentan que su espíritu aún se aparece a medianoche cerca de donde murió; y en plena selva peruana está el Salto de Aguirre, donde estando en peligro grabó sobre una piedra unos misteriosos símbolos ante los que es necesario persignarse y rezar.
Las cartas de Aguirre muestran a un hombre bien educado y de buena caligrafía. Pero también fue intrigante, grosero, torpe, desagradable, ambicioso, temperamental, exaltado, astuto, hábil, rebelde, temerario y, a la vez, temible, peligroso, fanático, vengativo y libertario. Para muchos, Lope de Aguirre es la sublimación extrema del carácter español, capaz de lo mejor y de lo peor, de las más gloriosas gestas y las más abyectas infamias, concediendo un valor absoluto al Honor: no perdona ni olvida ninguna ofensa y el no vengarse es para él una ofensa en sí; mata a su hija para salvaguardar su honor. Es fuertemente paranoico, lindando con la psicopatía; mata con facilidad a sus enemigos e incluso a sus seguidores poco entusiastas. Se le atribuyen, directamente o por orden suya, 72 asesinatos: 64 españoles, tres sacerdotes, cuatro mujeres y un indio, lo que indica su falta de miramientos por sexo o condición. Duerme vestido y armado, rodeado de sus fieles, desconfía de todos. Respeta a las mujeres decentes pero desprecia a las que no lo son. Pero también fue un hombre que combatió a todo un Imperio cara a cara. Que realizó una prodigiosa singladura a través de Sudamérica. Que, a su manera, pedía justicia. Cuya carta de rebeldía es más una carta de un súbdito desencantado que la arrogante misiva de un tirano. Y que además concedió la igualdad de derechos a negros e indios (recordemos, era el s. XVI). Dijo una vez Aguirre "Aquí el que dice la verdad es tratado de loco". Aguirre dijo lo que creía y actuó en consecuencia. Ese fue Lope de Aguirre, el loco Aguirre, el tirano Aguirre, la ira de Dios, el Príncipe de la Libertad.

sábado, 27 de octubre de 2012

La batalla del Vado de Jacob

                                                Escudo de armas del Reino de Jerusalén

Después de la Primera Cruzada (1099) se creó en Tierra Santa el reino de Jerusalén, en constante conflicto con sus vecinos musulmanes. En él se estableció una dinastía cuyo primer rey fué el francés Godofredo de Bouillón. Él y sus sucesores extendieron los dominios del reino conquistando Acre, Sidón, Beirut y Trípoli.
Allá por el año de 1174 subió al trono de Jerusalén con sólo trece años Balduino IV, también llamado el rey leproso, pues padecía dicha enfermedad desde su infancia. Pese a su enfermedad y su juventud, demostró ser un hábil gobernante. Frente a él tenía como oponente a uno de los más grandes gobernantes de la historia: Salah ad-Din Yusuf, el mítico Saladino, sultán de Siria y Egipto. Saladino atacó Jerusalén en 1177, pero Balduino logró batirle en la batalla de Montgisard, pese a hallarse en una gran desventaja numérica. A consecuencia de ello, entre ambos reinos se estableció una especie de "pacto de no agresión" que muchos en ambos bandos, por ambición o fanatismo, estaban ansiosos por dar por terminado.
En 1178, el Gran Maestre de los templarios, Eudes de Saint-Amand, concibe la idea de construir un castillo sobre una colina en las inmediaciones del llamado Vado de Jacob. Dicho vado era el principal lugar para cruzar el río Jordán, por él pasaba la carretera que unía Damasco y Jerusalén y por el cruzaban la inmensa mayoría de peregrinos sirios que iban a Jerusalén. Construir una fortaleza desde la que se podía dominar el vado, y a apenas unos días de camino de Damasco, era una provocación en toda regla para Saladino. Y así lo entendió Balduino, quien en un principio rechazó la idea de Eudes. Pero los templarios ya no eran la humildísima orden militar que sólo unas décadas antes habían formado nueve caballeros franceses para defender a los peregrinos que iban a Tierra Santa. Ahora era una poderosa orden, con centenares de soldados a sus órdenes y gran poder, influencia y riquezas. Al final, Balduino dió su brazo a torcer y se inició inmediatamente la construcción.
Saladino quedó muy sorprendido cuando fué informado de los planes cristianos. Pero, prudentemente, trató primero de llegar a un acuerdo pacífico, y ofreció una gran suma de dinero a los templarios (primero ofreció 60000 dinares, y luego aumentó la oferta hasta los 100000) si cesaban las obras del castillo y se retiraban. Pero sólo obtuvo una rotunda negativa.
La construcción avanzaba rápidamente; fueron llamados a participar en ella los principales maestros de obra de Jerusalén. Pero, terminada la imponente muralla exterior (de diez metros de altura y cinco de ancho) las obras se ralentizaron. El lugar elegido para el castillo tenía una indudable ventaja: poseía un pozo, lo que garantizaba el suministro de agua. Con suficientes víveres, la guarnición del fuerte podía resistir un largo asedio mientras esperaba refuerzos. Ello movió a Saladino a decidirse a atacar antes de que su construcción hubiese terminado, concentrando su ejército en las inmediaciones del vado.
En agosto de 1179 tiene lugar un serio revés para los cristianos. Parte del ejército de Saladino se tropieza con una importante comitiva que se dirige al castillo y en la que se hallan el mismísimo rey Balduino y Eudes de Saint-Amant. El combate que inmediatamente se produce termina muy mal para los jerosolimitanos, que pierden entre muertos y prisioneros a 200 hombres. Eudes es capturado (moriría en cautiverio en octubre, tras rechazar negociar su rescate) y Balduino, herido, escapa a duras penas.
Enterada la guarnición del fuerte, se apresura a preparar la defensa. Perdido el elemento sorpresa, Saladino decide lanzar un ataque frontal masivo, que fracasa. Opta entonces por sitiar la fortaleza, dividiendo sus tropas en cuatro campamentos, cada uno en un flanco del fuerte. Y aconsejado por sus asesores, concibe un nuevo plan: ordena a sus zapadores cavar un túnel que lleve justo bajo la cara norte de la muralla, con la intención de quemar luego la estructura de madera que soportaba el túnel, para que éste colapsara y al hundirse derrumbara la muralla. El túnel se terminó en el plazo record de cuatro días, pero el plan no resultó: la muralla no se derrumbó y los expertos de Saladino concluyeron que el túnel no tenía la longuitud requerida, no llegaba hasta la parte inferior de la muralla, y era necesario ampliarlo. Se inició así un penoso proceso para apagar los rescoldos del incendio, limpiar y ventilar el túnel y volver a cavar para extenderlo, volverlo a llenar de materiales incendiarios y volver a prenderle fuego. Todo a gran velocidad, porque Balduino estaba reuniendo un ejército en Tiberiades, a apenas dos jornadas de marcha, para acudir en socorro de los sitiados.
A la segunda salió bien: la muralla se derrumbó y por la brecha el ejército de Saladino entró en el castillo. Era el 30 de agosto de 1179. Los defensores se defendieron con desesperación, tratando de resistir hasta la llegada de los refuerzos, pero la superioridad numérica de los sarracenos era enorme. De los 1500 defensores, entre soldados, caballeros y obreros, 800 murieron en la batalla y otros 700 fueron tomados como prisioneros y ejecutados poco después. El combate fué feroz: se han hallado cadáveres con miembros amputados y otros con el cráneo destrozado a espadazos.
Balduino llegó al frente del ejército apenas seis horas después; pero, al ver la espesa nube de humo procedente del castillo, se dió cuenta de que había llegado demasiado tarde y no podía hacer nada por los suyos, por lo que se volvió sin presentar batalla.
Para que a nadie se le ocurriese volver a reconstruir la fortaleza, Saladino ordenó demoler los muros y arrojar muchos de los cadáveres al interior del pozo, contaminando así el acuífero. Lamentablemente para sus hombres, el elevado número de cadáveres, unido al calor reinante, provocó una epidemia que mató a muchos soldados, incluídos a diez de sus comandantes.
Esta batalla fué el preludio de la caída de Jerusalén. Balduino IV murió en 1185, con sólo 23 años, respetado y admirado tanto por los cristianos como por los musulmanes. Le sucedió su sobrino Balduino V, quien era sólo un niño, y murió al año siguiente. Luego la corona pasó a la hermana de Balduino IV y madre de Balduino V, Sibila, quien a su vez abdicó en favor de su marido, Guido de Lusignac. Guido fué un pésimo rey, autoritario, ambicioso e imprudente. Buscó atacar a Saladino, pero su impericia le valió una severa derrota en 1187 en la batalla de los Cuernos de Hattin, donde el propio Guido cayó prisionero. Saladino no tardó en conquistar todo el reino, incluída Jerusalén, lo que provocó el inicio de la Tercera Cruzada (en la que participó el mítico Ricardo Corazón de León).

¿Quiere alguien echarle un vistazo a las ruinas del castillo? Pinchar en http://virtualglobetrotting.com/map/battle-of-jacobs-ford/view/?service=0

sábado, 20 de octubre de 2012

1719: España invade Escocia



La fotografía que abre esta entrada seguro que a más de uno le resultará familiar. Sobre todo a los aficionados al cine. Se trata del castillo escocés de Eilean Donan, situado sobre una pequeña isla en mitad del lago Duich. No en vano, ha aparecido en filmes como La vida privada de Sherlock Holmes (1970),  Los inmortales (1986), Braveheart (1995), La trampa (1999) o El mundo no es suficiente (1999). El castillo se comenzó a construir en 1220 por orden del rey Alejandro II de Escocia, como baluarte defensivo contra las invasiones vikingas, y ha sufrido muchas vicisitudes durante su larga historia. Una de las más curiosas sucedió en 1719, cuando sirvió de base para la invasión de Escocia por las tropas españolas.
En 1714 moría Ana I, la última reina de la dinastía de los Estuardo, siendo sucedida por Jorge I, pariente lejano suyo, instalándose así la casa de Hannover en el trono inglés. Jacobo Estuardo, hermanastro menor de Ana, quedó excluído de la sucesión por ser católico, como su madre. Pero no se resignó; autonombrándose Jacobo III, promovió un levantamiento en 1715 que tuvo especial incidencia en Escocia, donde sus seguidores (llamados jacobitas) eran muchos e influyentes. Pero la superioridad militar del ejército de los Hannover terminó pronto con el levantamiento y Jacobo III tuvo que marchar al exilio y pidió ayuda a Francia y a España.
Ahora bien, tras la muerte en 1700 de Carlos II el Hechizado, había estallado la Guerra de Sucesión entre los dos pretendientes al trono español. Inglaterra había apoyado al archiduque Carlos de Austria frente al francés Felipe de Borbón, que a la postre se convertiría en Felipe V. Tras la firma del tratado de Utrech (1713), que puso fin a la guerra, Francia tenía pocas ganas de inmiscuirse en los asuntos internos de los ingleses; pero a Felipe V le pareció una buena idea devolverles la "cortesía" a los ingleses y apoyar a Jacobo Estuardo. Además, el 11 de agosto de 1718, una escuadra británica destruía a una española a la altura de Siracusa (Sicilia), y España declaraba la guerra a Gran Bretaña.
El plan de ataque contra los ingleses, diseñado por el cardenal Alberoni, consejero de Felipe V, consistía en el envío de dos contingentes de tropas: dos naves, con unos 300 hombres al mando del Conde Mariscal George Keith, desembarcarían en Escocia para incitar a los escoceses a rebelarse. Mientras, otro contingente de 7000 hombres y 27 naves, al mando del duque de Ormonde, desembarcaría en Gales, donde los seguidores de Jacobo también eran numerosos, para formar un gran ejército con el que tomar Londres.
El contingente de Ormonde no llegó a su destino; sorprendido por una gran tormenta a la altura de Finisterre, la mayoría de los barcos resultaron dañados y tuvieron que regresar a puerto, abortándose la misión. Pero las tropas de Keith si desembarcaron, en marzo de 1719, tomando primero Stornoway, en la isla de Lewis, e instalándose luego en el castillo de Eilean Donan, que por aquel entonces pertenecía al clan MacRae, aunque llevaba varios años abandonado. Posteriormente, el grueso de las tropas partió hacia el sur en busca de refuerzos, dejando una pequeña guarnición en el castillo.
Pero los ingleses no tardaron en reaccionar. El 10 de mayo de 1719, tres fragatas de la Armada británica, el Worcester, el Enterprise y el Flamborough hacían su aparición en el lago Duich (las aguas del Duich se comunican con las del lago Alsh, y las de éste con el océano) para rendir la fortaleza. Enviaron primero un bote con bandera blanca, para parlamentar. Los españoles abrieron fuego contra él, obligándolo a retirarse. Visto que por las buenas no habían logrado nada, los ingleses pasaron al plan B: la artillería inglesa bombardeó el castillo durante dos días, y posteriormente las tropas de desembarco tomaron la fortaleza con relativa facilidad. Según el diario del capitán del Worcester, en el castillo hallaron "un irlandés, un capitán, un teniente español, un sargento, un rebelde escocés y 39 soldados españoles, 343 barriles de pólvora y 52 barriles de munición para mosquete". Tras volar parte del castillo, los ingleses se llevaron a los prisioneros españoles a bordo del Flamborough hasta Leith, cerca de Edimburgo, donde los encarcelaron (al irlandés y al escocés los ahorcaron por traición).
No les fué mejor al resto de las tropas españolas. Los escoceses, escarmentados por el fracaso de 1715 y sin fiarse demasiado de los españoles, no se mostraron demasiado entusiastas a la hora de unirse a la rebelión. A principios de junio supieron del fracaso de la expedición de Ormonde. Aún así, consiguieron reunir a un ejército de unos 1000 hombres entre españoles y escoceses, con el que se dirigieron hacia la ciudad de Inverness. Pero el 10 de junio, en las cañadas de Glenshiel les salió al paso un ejército inglés formado por 850 infantes y 120 dragones a caballo. Aunque el número estaba más o menos equilibrado, los escoceses eran indisciplinados y desorganizados. Tras comenzar la batalla, no tardaron en desertar masivamente. Los españoles, prácticamente solos, no tuvieron más remedio que rendirse. Keith huyó con los escoceses y logró escapar a Prusia.
Los soldados españoles capturados fueron llevados a Leith, donde se reunieron con los capturados en Eilean Donan. Permanecerían prisioneros hasta octubre, en que fueron devueltos a España.
El castillo de Eilean Donan permaneció en ruinas hasta que lo compró en 1912 el coronel John MacRae-Gilstrap, quien se encargó de reconstruirlo. Hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de la región.

viernes, 12 de octubre de 2012

James Bond, agente secreto... ¿¡¡¡de la CIA!!!?



Últimamente se está hablando mucho en los medios de comunicación del famoso agente británico James Bond, con motivo del 50º aniversario de su primera aparición en el cine en 1962 (007 contra el doctor No) y el inminente estreno mundial de Skyfall, la que hace el número 23 de las adaptaciones en la pantalla grande del personaje creado por Ian Fleming. Pero es un hecho poco conocido que la primera aparición de Bond en pantalla fué en una serie televisiva en el año 1954.
La serie se titulaba Climax! y era una producción de la CBS que duró cuatro temporadas, entre 1954 y 1958, con un total de 166 capítulos de unos 48 minutos de duración, rodados en blanco y negro y, la mayor parte de ellos, emitidos en directo. Casi todos con temáticas de misterio e intriga, y en algunos de ellos intervinieron actores de prestigio como Carlton Heston, Claudette Colbert, Vincent Price, Lee Marvin, Vera Miles o Angela Lansbury.
El tercer episodio de la primera temporada, emitido el 21 de octubre de 1954, fué una adaptación de la primera novela de la serie Bond, Casino Royale, publicada por Ian Fleming en abril del 53. La CBS se hizo con los derechos de la novela antes de que la productora Eon Productions, la responsable de las adaptaciones cinematográficas de Bond, se hiciera con el resto de la serie (pese a intentarlo, Eon no pudo conseguir los derechos de Casino Royale hasta los años noventa, por eso no se hizo una adaptación cinematográfica hasta el 2006, si exceptuamos la versión satírica de 1967). Incluso se dice que este episodio era en realidad el piloto para una serie protagonizada por el personaje, que nunca se llegó a realizar.
Su protagonista fué Barry Nelson, un actor de segunda fila cuya carrera discurrió en el medio televisivo en su práctica totalidad. Y como era de esperar, la trama presentaba sustanciales cambios con respecto a la novela original. Y acaso el más llamativo de ellos era que Bond dejaba de ser súbdito británico y se convertía en norteamericano. Dejaba de pertenecer al MI6, al servicio de Su Graciosa Majestad, para estar a las órdenes del tío Sam en una agencia llamada "Combined Intelligence Agency", cuya analogía es más que evidente. De hecho, ni siquiera se hace llamar James; en esta versión es (pásmense) ¡Jimmy Bond!. El argumento se simplifica enormemente (lógico, si se considera que debía encajar en una emisión de menos de una hora), hay personajes que desaparecen (como Vesper Lynd), tampoco se hace referencia a la organización para la que trabaja el malvado Le Chiffre... Y, tratándose de una emisión "para todos los públicos", la carga de violencia se reduce a la mínima expresión.
Siendo objetivos, la calidad de esta adaptación es bajísima, con actores sobreactuados, errores de coordinación (cosas del directo), diálogos bordeando el ridículo... Pero para la historia queda haber sido la primera vez que Bond, James Bond, salía de las páginas de sus libros para cobrar vida en una pantalla.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La extinción del dodo



Raphus cucullatus. Bajo este complicado nombre latino se esconde nuestro protagonista de hoy: el desafortunado dodo.
Esta curiosa ave pertenecía al orden de las Columbiformes, lo que la emparentaba con las palomas; y a la familia Raphidae, una familia de aves no voladoras que ya no tiene especies vivas. Era un ave de notable tamaño: alcanzaba un metro de altura y podía superar los 15 kilos de peso. Su hábitat se reducía exclusivamente al archipiélago de las Mauricio, en pleno océano Índico, a más de 1500 kilómetros de la costa africana (aunque a sólo 900 de Madagascar). El haber vivido durante miles de años aislada había variado notablemente la morfología de estas aves con respecto a sus antepasados voladores. Además del notable aumento de peso, sus alas y su musculatura pectoral se habían atrofiado, por lo que hacía mucho que habían perdido la capacidad de volar. Además, no eran tampoco demasiado hábiles como corredoras, y se movían con relativa torpeza. Y construían sus nidos en el suelo, apenas resguardados por la maleza. Tampoco importaba demasiado: en las Mauricio no había predadores que las amenazaran, por eso habían evolucionado de esa manera. Y así vivían, torpes y felices, hasta que sobrevino la catástrofe: llegó el hombre.
Árabes y malayos ya habían visitado Mauricio esporádicamente desde el siglo X, pero fué tras la llegada de los portugueses en 1505 cuando la isla empezó a recibir visitantes humanos con cierta asiduidad. Y estos visitantes pronto descubrieron que el dodo, aunque no demasiado sabroso, era una fuente de carne abundante y fácil de capturar. Con lo que docenas y docenas de dodos acabaron cocinados de las más variadas maneras para deleite de las tripulaciones de los barcos que allí llegaban. No parece que los hombres les tuvieran en gran estima: hasta "dodo" es un término peyorativo: según unos, procede de "doudo", que significa "estúpido" en portugués coloquial; según otros, deriva de la palabra holandesa "dodoor", que significa "vago".
Pero los humanos no habían llegado solos. Con ellos habían llegado toda una caterva de demoníacos seres que colaboraron muy eficazmente en el apocalipsis del dodo: perros y gatos acosaron a estas indefensas aves por doquier; cabras y ovejas se comieron la maleza en la que, como único medio de defensa, se refugiaba; los cerdos destruían sus desprotegidos nidos, comiéndose huevos y polluelos; y las ratas venían detrás, comiéndose lo que los demás dejaban. La situación se agravó cuando en 1638 las islas fueron colonizadas por los holandeses, quienes además talaron buena parte de sus bosques. El último dodo fué visto en 1674, aunque es posible que sobrevivieran algunos años más. No es de extrañar que en inglés exista la expresión "estar más muerto que el dodo".
Unas décadas más tarde, hacia 1760, también se extinguía el solitario de Rodríguez, que no era un hombre sin amigos apellidado Rodríguez, sino otra ave de las Raphidae (su nombre científico era Pezophaps solitaria), pariente cercano del dodo y endémico de la isla de Rodrígues (también en el archipiélago de Mauricio). Se parecía bastante al dodo en tamaño, morfología y costumbres. Y al igual que con el dodo, fué la llegada del hombre y sus animales la que acabó con el solitario. Sin embargo, hoy casi todos conocen al dodo y casi nadie se acuerda del pobre solitario. Cosas de la fama...
Hoy en día del dodo sólo nos queda el recuerdo de su triste destino, además de un buen número de huesos (aunque pocos esqueletos más o menos completos), y algunos restos en museos, como un huevo en el museo de East London (Sudáfrica) o una cabeza y unas patas en el Museo de Historia Natural de la Universidad inglesa de Oxford.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El primer corresponsal de guerra

William Howard Russell (1820-1907), fotografiado en Crimea por Roger Fenton

En los albores del periodismo tal y como hoy lo conocemos era muy infrecuente que las noticias del desarrollo de una guerra fuesen obtenidas directamente por los periodistas. Podían acudir al frente y escribir artículos que se publicarían a posteriori, pero para el día a día los diarios recurrían a "corresponsales", que solían ser los propios soldados u oficiales combatientes, los cuales, como era de esperar, solían dar una versión sesgada y parcial de lo ocurrido. Y fué así hasta que a los periódicos se les ocurrió empezar a enviar a periodistas a seguir desde primera línea los conflictos. Aunque algunos atribuyen el papel de pioneros al griego Jenofonte por su Anábasis o a Julio César por su De bello Gallico, no dejan de ser militares escribiendo la crónica de sus campañas. El papel de auténtico primer corresponsal de guerra, o por lo menos así se lo atribuyen los ingleses y ha sido aceptado tácitamente por los demás, le corresponde a William Howard Russell.
Todo comenzó con la Guerra de Crimea. El imperio ruso y el otomano se habían enfrentado con la excusa del favoritismo otorgado por el sultán Abdülmecit I a los monjes católicos frente a los ortodoxos en su custodia de los Santos Lugares. El Reino Unido, temeroso de que una victoria incitara a los rusos a inmiscuirse en sus intereses en la India y Persia, entró en el conflicto a favor de los turcos, igual que hizo Francia.
Ahora bien, el gobierno británico, encabezado por el conde de Aberdeen como primer ministro, estaba dividido. Una corriente, liderada por Lord Russell, ministro de Asuntos Exteriores, estaba a favor de una salida diplomática, mientras que otra, liderada por Lord Palmerston, ministro de Interior, defendía una intervención armada. Ambas corrientes tenían numerosos apoyos en la sociedad británica, y entre los que apoyaban la opción bélica estaba The Times, el periódico más antiguo y prestigioso del Reino Unido, que tiraba a diario la asombrosa cifra de setenta mil ejemplares (todos sus competidores juntos sumaban apenas veinte mil).
Finalmente triunfó la vía militar y el gobierno británico envió un ultimátum al zar Nicolás I... cuyo contenido publicó inmediatamente el Times en primera página. Nunca se llegó a saber quién había filtrado los términos del ultimátum al periódico, y los rusos se enteraron de la respuesta británica por la prensa (la respuesta oficial tardó varios días en llegar a San Petersburgo por los cauces diplomáticos habituales).
En fin, que estando la guerra en marcha, el director del Times, Thadeus Delane, decidió que el asunto era demasiado importante, para el periódico y para Inglaterra, como para publicar los mismos informes oficiales de siempre. Y decidió algo inusual: enviar a uno de sus periodistas, para que transmitiera crónicas de primera mano desde el frente. El elegido fué William Howard Russell, un irlandés jovial y extrovertido, bebedor y fumador, y también un excelente reportero, que ya contaba con experiencia en conflictos bélicos (había escrito sobre la llamada Primera Guerra de Schleswig, que entre 1848 y 1851 enfrentó a tropas de Dinamarca, Prusia, el Imperio Alemán y Suecia por el control de los ducados de Schleswig y Holstein).
Russell llegó a Crimea a principios de 1854, acompañando a los primeros contingentes de tropas británicas. Se suponía que iba a quedarse sólo unas semanas, pero se acabó quedando casi dos años. Los altos mandos del ejército estaban un poco descolocados, no sabían muy bien cómo lidiar con aquel sujeto, ya que nunca habían tenido que vérselas con una situación semejante. Y reaccionaron como era de esperar en los militares: sin impedirle abiertamente llevar a cabo su labor, si procuraron ponerle todos los inconvenientes posibles. Y Russell se tomó cumplida venganza. Aunque no caía bien a los jefazos, sí tenía una gran habilidad para ganarse la simpatía de los soldados y oficiales de grado medio. En una serie de brillantes crónicas, no sólo dió información detallada del desarrollo del conflicto, sino que sacó a la luz todos los problemas a los que las tropas británicas se tenían que enfrentar. La falta de equipamiento, la incompetencia de muchos oficiales, la desorganización, las pésimas condiciones sanitarias (las crónicas de Russell fueron el motivo que animó a la mítica Florence Nightingale a acudir al frente junto a un grupo de enfermeras voluntarias) quedaban bien a las claras en sus informes. La misma reina Victoria se mostró disgustada con el tono de los reportajes (que calificó de infames ataques contra el ejército), su marido Alberto de Sajonia llegó a sugerir el linchamiento del periodista (la pluma y la tinta de un mezquino escritorzuelo están avergonzando al país), y lord Raglan, comandante de las tropas británicas, llegó a afirmar que las crónicas de Russell ponían en peligro a los soldados, ya que revelaban información secreta al enemigo. Sin embargo, el público británico se mostró encantado con sus artículos, ya que por primera vez se les presentaba un retrato veraz de las condiciones en las que combatía su ejército, y aclamó a Russell cuando volvió a Londres tras la guerra.
El 25 de octubre de 1854, Russell fué testigo de excepción desde una colina cercana de la famosa batalla de Balaclava y la celebérrima (y absurda) Carga de la Brigada Ligera. En su crónica de aquel día, Russell utilizó por primera vez una expresión que se haría común, "la delgada línea roja", para referirse a las tropas británicas organizadas para el combate. Y fué precisamente su crónica la que inspiró al poeta lord Tennyson a escribir el más célebre de sus poemas (Hacia el valle de la Muerte / Cabalgaron los Seiscientos).
La situación en Crimea repercutía seriamente sobre la sociedad (y el gobierno) británicos. Al mal desarrollo del conflicto, puesto en evidencia por las crónicas de Russell, se sumaron sendas epidemias de cólera y malaria que afectaron a las tropas (se estimaba que, entre enfermos y heridos, sólo 9000 de los 23000 soldados estaban en condiciones de pelear) y el hundimiento de varios buques por una tormenta. Finalmente, en enero de 1855, Aberdeen, que había declarado la guerra a su pesar, acabó dimitiendo como primer ministro, siendo sustituído por Lord Palmerston, verdadero impulsor del conflicto. Tiempo después, el duque de Newcastle, Secretario de Guerra con Aberdeen, le dijo a Russell: Fuiste tú quien hizo caer al gobierno.
Una de las primeras decisiones del gobierno fué financiar el envío a Crimea del fotógrafo Roger Fenton, con el objetivo de que tomara fotografías "no críticas" (es decir, nada de muertos ni heridos, sólo soldados formando marcialmente, briosos jinetes portando la Union Jack y cosas así) para contrarrestar la negativa impresión que las crónicas de Russell tenían sobre los ingleses.
Russell permaneció en Crimea hasta finales de 1855, cuando el ejército británico estableció una normativa nueva para censurar los despachos de los corresponsales para "evitar la difusión de información confidencial que ayudara al enemigo", siendo sustituído por el corresponsal del Times en Constantinopla. Como ya he dicho, a su regreso a Inglaterra fué recibido como un héroe por el entusiasmado pueblo inglés.
A partir de entonces, Russell se convirtió en el corresponsal oficial del Times para los conflictos bélicos. Después de Crimea estuvo presente en la rebelión de los cipayos en la India (1857-58), donde se mostró muy crítico con las atrocidades cometidas por ambos bandos. Estuvo presente en 1861 y 62 en la Guerra de Secesión norteamericana. Dejó el periódico en 1863, aunque siguió trabajando puntualmente para el Times: la guerra austro-prusiana (1866), la guerra franco-prusiana (1870-71) y estuvo presente en el breve experimento que fué la Comuna de París (marzo-mayo de 1871). En 1879 viajó a Sudáfrica en plena guerra con los zulúes, como secretario del Príncipe de Gales, futuro Jorge V. Se retiró definitivamente en 1882 y fundó una revista, Army and Navy Gazette, especializada en temas militares. Fué nombrado caballero en 1895 y murió en 1907.
Aunque no fué el primer periodista que escribió sobre una guerra, si fué el que estableció el modelo de corresponsal de guerra (un término que a él no le gustaba demasiado) con la veracidad y la integridad que se les supone, abriendo así un camino nuevo en el periodismo.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Salchichón homeopático

Christian Johann Heinrich Heine (1797-1856)

En cierta ocasión, el escritor alemán Heinrich Heine se hallaba de viaje con su esposa Mathilde cuando se encontró con su amigo el violinista y compositor Heinrich Wilhelm Ernst, el cual, al saber que el matrimonio se dirigía a París, le dió al escritor un suculento salchichón de Lyon, con el encargo de entregárselo como obsequio a un homeópata parisino amigo suyo. Heine aceptó gustoso el encargo, pero por el camino no pudo resistir la tentación de catar un pedacito del sabroso embutido. A éste siguió otro, y otro, hasta que al final Heine se quedó sólo con el cordel que ataba uno de los extremos del salchichón. Ni corto ni perezoso, lo envió a su destinatario con una nota que decía: Si la homeopatía es verdad, esta pequeña parte le hará a usted el mismo efecto que el salchichón entero.

martes, 11 de septiembre de 2012

El corazón de Espoz y Mina

                    Juana María de la Vega y Martínez (1805-1872)

Francisco Espoz y Mina (1781-1836) fué uno de los militares españoles más destacados de la Guerra de Independencia contra los franceses (1808-1814). Sin ser militar de carrera (era un humilde campesino al comienzo del conflicto), logró grandes victorias al frente de tropas irregulares (fundamentalmente, partidas de guerrilleros) por el norte de España, en Navarra, País Vasco, Aragón y Castilla. Sus éxitos le valieron acabar la guerra con el rango de mariscal de campo.
Tras la vuelta de Fernando VII y la derogación de la Constitución de 1812, Espoz y Mina, de ideología profundamente liberal, se vió forzado al exilio en Francia. Volvió durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823), en el que desempeñó varios cargos de importancia. Pero, tras la restauración del absolutismo en 1823 (con la inestimable ayuda de tropas francesas, los "Cien Mil Hijos de San Luís") volvió a exiliarse, en Inglaterra primero y en Francia luego. Regresó a España en 1833, aprovechando la amnistía decretada por la regente María Cristina de Borbón tras la muerte de Fernando VII. Murió en Barcelona en 1836 mientras se preparaba para irse (una vez más) al exilio francés.
Espoz y Mina se casó en 1821 por poderes con Juana María de la Vega Martínez (conocida como Juana de Vega), una joven coruñesa de familia acomodada e ilustre. La petición de mano la llevó a cabo Andrés Rojo del Cañizal, acaudalado comerciante coruñés de origen palentino: El general ha sabido, no se como, que sus padres de usted la dejan en libertad de hacer su elección, y ha querido que venga a preguntar a usted si se halla comprometida, y no estándolo si querrá usted admitirlo por esposo.A pesar de la notable diferencia de edad, ya que el novio (que había desempeñado el cargo de Comandante General de Galicia) tenía cuarenta años y la novia apenas dieciséis, fué un matrimonio apasionado y feliz, aunque sin hijos. Y cuando Espoz y Mina falleció Juana de Vega no sólo se dedicó a defender la memoria de su marido y la causa liberal de la que él había sido paladín. Tras obtener los permisos necesarios, hizo embalsamar el cadáver de su marido y lo depositó, con féretro incluído, en un pequeño oratorio situado junto a su dormitorio, en su casa de la calle Real en La Coruña, donde permaneció treinta y cinco años. Pero además, hizo que al difunto le fuera extraído el corazón, que guardó en un frasco de vidrio en el interior de una urna o relicario de madera de ébano y plata. Y dicha urna la conservó con ella el resto de su vida, llevándola consigo incluso en sus viajes, y durante los dos años (1841-1843) que vivió en Madrid desempeñando el cargo de aya de la futura reina Isabel II y su hermana menor, la infanta Luisa Fernanda. Hoy en día tales disposiciones nos parecen morbosas y tétricas; en la época, pese al romanticismo exacerbado que estaba de moda, debieron resultar cuando menos llamativas.
Durante el resto de su vida, Juana de Vega fué una decidida defensora de la causa liberal, lo que le valió no pocos rifirrafes con los absolutistas. Además se le otorgó el título de condesa de Espoz y Mina. Redactó y publicó las Memorias de su marido y se destacó en numerosos actos de caridad con los más necesitados, además de distinguirse durante las epidemias de peste y cólera que en 1853 y 54 afectan a la ciudad, dirigiendo el hospital provisional que atendía a los enfermos.
Tras la muerte de Juana de Vega en 1872, el cadáver del general Espoz y Mina fué enterrado en un mausoleo construído a tal efecto en el claustro de la catedral de Pamplona (el obispo pamplonés, incómodo con las simpatías liberales del difunto, vetó que fuera sepultado dentro de la catedral). Pero, siguiendo los deseos de la difunta, el corazón fué enterrado junto a ella en la tumba en la que ya descansaban sus padres, en el coruñés cementerio de San Amaro. Así lo atestigua la inscripción de la lápida: Aquí yacen don Juan Antonio de la Vega, doña María Josefa Martínez y su hija, doña Juana María de Vega y Martínez, viuda del general Espoz y Mina, cuyo corazón se halla aquí.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Genes amerindios en Islandia



Que los vikingos llegaron a América antes que Colón es algo más que aceptado desde hace tiempo. No sólo por los propios relatos de los vikingos en sus sagas, hay también restos arqueológicos, como el poblado de L'Anse aux Meadows, en la isla de Terranova, descubierto en 1960. Pero no fué hasta entrado el siglo XXI cuando se ha descubierto el que pudiera ser el primer indicio genético de esta llegada.
La compañía biofarmacéutica deCODE genetics (no, no me he hecho un lío con la tecla de las mayúsculas, se llama así) lleva años estudiando el patrimonio genético de los islandeses (una historia fascinante de la que algún día hablaré) en busca de mutaciones genéticas ligadas a transtornos como el alzheimer, la obesidad, el asma, etc. Un buen día de 2006, durante el estudio rutinario de una de las muestras, los científicos de deCODE hallaron algo que no podían creer: el linaje C1.
El C1e es un linaje del ADN mitocondrial, y por lo tanto, que sólo se hereda por vía materna; esto nos dice que quien lo introdujo en Islandia fué una mujer (o alguna de sus descendientes). Dicho linaje (aquí está lo interesante) se halla solamente en indígenas norteamericanos y algunas poblaciones del este de Asia. Su presencia en Islandia suponía una anomalía enorme.
Inmediatamente la gente de deCODE comenzó a  buscar el mismo linaje en otras muestras. Finalmente, hallaron que unos ochenta islandeses poseen el C1. Esas ochenta personas pertenecen a cuatro familias distintas naturales de la región sur de la isla (tradicionalemte muy aislada), cerca del glaciar Vatnajökull. Por los abundantes registros genealógicos de la isla se sabe que las cuatro familias poseen antepasados comunes en la zona de principios del siglo XVIII, así que resulta más que verosímil que todos hayan heredado el linaje de un único antepasado.
¿Y cómo llegó el C1 a ese antepasado? Hagamos revista de las posibilidades. La vía asiática parece descartada. Los primeros asiáticos de Extremo Oriente que llegaron a Europa lo hicieron en el siglo XV y no hay noticia de que ninguno de ellos hubiera ido a parar a Islandia. Por lo tanto, la hipótesis amerindia parece la más fiable. Pero ¿cuando se produjo ese contacto? Es muy poco probable que indios norteamericanos llegaran pos sus medios a Islandia, antes o después del asentamiento de los vikingos; además, ninguna crónica menciona algo así. Cabe la posibilidad de que la portadora original del linaje fuera raptada en algún momento posterior a la llegada de Colón; pero los asentamientos de Groenlandia, desde donde partían las expediciones hacia la costa norteamericana, se abandonaron en el siglo XV, y no hay noticias de contactos posteriores.
Quedan entonces dos hipótesis como las más probables. La que más se ha considerado: que el mestizaje se hubiera producido (a la fuerza o consentidamente) durante alguna de las estancias de los vikingos en tierras norteamericanas a partir del siglo XI. La india de la que procediera este linaje o sus descendientes habrían llegado posteriormente a Islandia cuando se abandonaron los asentamientos groenlandeses. Pero también cabe otra posibilidad: que la portadora del linaje hubiera llegado a Islandia a bordo de algún barco mercante que hubiera hecho escala en la isla en algún momento de los siglos XVI o XVII. Portugueses e ingleses mantuvieron una intensa relación comercial con los territorios norteamericanos durante esos años. Y las principales rutas marítimas entre Terranova y Europa pasaban bastante cerca de la isla. Además, las principales corrientes y vientos se dirigen hacia Islandia. Un barco con problemas podría haberse visto obligado a buscar refugio en las costas islandesas; y la presencia de indios en los barcos era habitual. La vía precolombina no es, como se ve, la única.
El estudio pormenorizado de este linaje deparó más sorpresas. El C1 de los islandeses no coincidía con ninguno de los existentes, denominados C1a (asiático) y C1b, c y d (amerindios), lo que hizo que este linaje pasara a conocerse como C1e. Además, se encontró que ese linaje no era coincidente con el de los beothuk, la tribu predominante en Terranova en el siglo XI (que se extinguió a principios del XIX), lo que siembra nuevas interrogantes sobre su auténtico origen (y no permite descartar, pese a que se sigue priorizando su naturaleza americana, un origen asiático o incluso europeo).
La búsqueda hoy en día sigue. Por un lado, se examina el material genético de otras etnias norteamericanas por si alguna de ellas hubiera sido la fuente del C1e. También se investiga en busca de algún enterramiento islandés en la zona de origen de las cuatro familias del que pueda extraerse ADN que ayude a datar el momento en el que el linaje se introdujo en Islandia.
El estudio completo sobre el hallazgo, en el que además de científicos de deCODE y de la Universidad de Islandia colaboraron genetistas españoles del CSIC, se publicó en el American Journal of Physical Antropology en enero de 2011.