Verba volant, scripta manent

domingo, 9 de agosto de 2015

La condesa de Castiglione

Virginia Elisabetta Luisa Carlotta Antonietta Teresa Maria Oldoini Verasis Asinari, condesa de Castiglione (1837-1899)

En su época tenía fama de ser una de las mujeres más bellas de Italia. Decían que cuando entraba en una habitación se hacía el silencio. Además, era inteligente, culta (hablaba cuatro idiomas, tocaba el piano y sabía danza), alegre, divertida y seductora. La apodaban La perla de Italia, y fue un personaje célebre en los ambientes aristocráticos italianos y franceses de la segunda mitad del siglo XIX. Y además, fue agente secreto y amante de un emperador.
Virginia Elisabetta Luisa Carlotta Antonietta Teresa Maria Oldoini vino al mundo en Florencia el 22 de marzo de 1837, en el seno de una familia de la nobleza menor toscana: sus padres eran el marqués Filippo Oldoini y la marquesa Isabella Lamporecchi. Con diecisiete años la casaron con Francesco Verasis Asinari, conde de Castiglione y Costigliole, que era en muchos aspectos el polo opuesto de Virginia: doce años mayor que ella, serio, frío y reservado, poco amigo de la vida social.
En 1855, en un baile al que acudió, como era habitual, sin su marido, tuvo un encuentro que cambiaría su vida. Al baile asistía su primo Camillo Benso, conde de Cavour, primer ministro de Victor Manuel II, rey del Piamonte y Cerdeña y una de las figuras claves de la unificación de Italia. Lo que por entonces centraba la atención del rey y sus colaboradores era la anexión del reino lombardo-véneto, un reino títere cuyos territorios estaban desde principios del siglo XVIII bajo el gobierno austríaco. Los piamonteses sabían que no tenían opciones solos frente al poderío militar austríaco, por lo que necesitaban asegurarse el apoyo de Francia a sus pretensiones. Y en aquel baile, a Cavour se le ocurrió que su bella y seductora prima podía ser el factor que convenciera al emperador francés Napoleón III, con una muy ganada fama de mujeriego, de que apoyara las reivindicaciones italianas.

"Juego de locura", retrato artístico de la condesa de Castiglione, obra de Louis Pierson
Virginia se mostró encantada por la misión y se mostró dispuesta a llevarla a cabo, con la aquiescencia de su esposo. El día de Navidad de 1855, los condes de Castiglione, con su hijo pequeño, Giorgio, llegaban a París, con la excusa de visitar a la condesa polaca Maria Walewska, madre de Alexandre Colonna-Walewski (hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte) y prima lejana de la condesa Oldoini. En París, su belleza y su encanto no tardaron en abrirle las puertas de la alta sociedad y muy pronto los condes (o al menos, ella) fueron solicitados en los principales bailes y acontecimientos de la capital. La fama de su belleza no tardó en llegar a oídos del emperador y poco después los condes eran invitados a un baile en la Corte.
Dicen que nada más verla, Napoleón III quedó absolutamente rendido ante los encantos de la condesa. No tardaría en convertirla en su amante, para gran disgusto de la emperatriz, la española Eugenia de Montijo. Su hábil labor consiguió que Napoleón se mostrara favorable a los italianos y tuviera gestos con ellos, como permitir su participación en la Guerra de Crimea (lo que les dio prestigio internacional). Mientras, la condesa vivía una vida de lujos y fastos, gastándose a manos llenas el dinero de su resignado esposo, al que ella, en el fondo, despreciaba. Dicen que le apodaba "el pequeño cornudo" y decía despectivamente que si su madre, en lugar de casarla con él, la hubiera llevado a París, la emperatriz sería italiana y no española.
Finalmente, sus manejos hicieron sospechar al círculo que rodeaba al emperador, quienes acabaron descubriendo la correspondencia secreta que la condesa mantenía con Cavour, descubriendo su labor como espía, lo que desembocó en una orden para que abandonara París en 1859, para gran satisfacción de la emperatriz y gran disgusto del tercer Napoleón. No obstante, el trabajo estaba hecho: ese mismo año de 1859 comenzaba la llamada segunda guerra de independencia, en la que las tropas combinadas del Piamonte y de Francia se enfrentaron a los austríacos. La guerra terminó con la cesión por parte de Austria de Lombardía a Francia, que a su vez la cedió a los piamonteses (que por su parte, cedieron Saboya y Niza a Francia). El Véneto quedó en manos austríacas hasta 1866, en el que, tras la guerra austro-prusiana, pasó a ser parte del Reino de Italia (creado como tal en 1861). Posiblemente nunca sepamos cuanto influyeron los favores de la condesa en la ayuda de Napoleón, aunque siendo el emperador tan sensible a los encantos femeninos y tan notables la belleza e inteligencia de la Oldoini, seguramente ésta jugó un destacado papel.
Los condes vivieron en Italia hasta la muerte de Francesco, en 1867 (su hijo Giorgio también había muerto siendo todavía un niño, a causa de la viruela). Después de enviudar, la condesa volvió a París, retomando su vida de lujos y fiestas, con numerosos amantes, hasta que lentamente el tiempo empezó a hacer mella en su belleza. Comenzó a obsesionarse con mantener su juventud y, al no conseguirlo, empezó a volverse más excéntrica. Redujo su vida social, ordenó tapar todos los espejos de su casa, e incluso se decía que vivía prácticamente recluida y que sólo salía por las noches, ocultando su rostro con un velo. Volvió a Italia y vivió unos años en su casa familiar de La Spezia, sin espejos pero rodeada de fotografías que mostraban su antiguo esplendor. Más tarde volvería a París, donde fallecería, el 28 de noviembre de 1899, en su casa de la Rue Cambon. Dicen que, tras su muerte, la policía francesa registró su casa y quemó todos sus papeles personales y su correspondencia.
La condesa de Castiglione está enterrada en el célebre cementerio parisino de Père Lachaise. En el Museo Cavour de Santena se conserva un camisón de seda verde que ella conservó hasta su muerte, y que según ella solía contar, llevaba puesto una noche que pasó con el emperador Napoleón y que "cambió la historia de Italia".



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