Verba volant, scripta manent

domingo, 27 de agosto de 2023

El caso XYZ

Charles Cotesworth Pinckney (1746-1825); John Marshall (1755-1835); y Elbridge Gerry (1744-1814)

Desde el inicio de la Guerra de Independencia que llevaría a las trece colonias británicas de Norteamérica a convertirse en los Estados Unidos, Francia fue el principal aliado de los rebeldes. Resentidos por la victoria británica en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), los franceses vieron una buena oportunidad para vengarse y por eso apoyaron desde un principio a los independentistas norteamericanos; no solo fueron el primer país en reconocer formalmente a los Estados Unidos como un país independiente (en febrero de 1778) sino que contribuyeron de manera importante al ejército rebelde con tropas, barcos y una generosa aportación económica.

No obstante, aunque tras la guerra todo parecía indicar que EEUU y Francia iban a convertirse en estrechos aliados políticos y comerciales, nada de eso se cumplió. El tratado comercial del que se había hablado no llegó a materializarse, y las posiciones políticas de ambos países se fueron distanciando. La situación fue a peor después de la Revolución francesa (que, irónicamente, tenía a la Constitución de los EEUU como una de sus inspiraciones), ya que las actuaciones del nuevo régimen recibieron muy duras críticas por parte de los norteamericanos, e incluso John Adams, vicepresidente con George Washington, y el Partido Federalista del que formaba parte, habían lanzado acusaciones muy duras contra la Revolución, acusándola de tiránica y sanguinaria. Este enfriamiento de las relaciones llevó a que cuando en 1793, en el marco de las Guerras de Coalición, que enfrentaron a Francia con varias potencias europeas, el Reino Unido y Francia entran en conflicto, los norteamericanos renuncian a apoyar a sus antiguos aliados y se declaran neutrales.

La gota que colma el vaso del enfrentamiento entre Francia y EEUU es la firma, en noviembre de 1794, del llamado Tratado de Jay, que buscaba normalizar las relaciones entre EEUU y el Reino Unido, vinculados todavía por relaciones políticas, sociales, económicas y comerciales. Los británicos accedían a entregar a los norteamericanos diversos fuertes que todavía controlaban en territorio estadounidense, y a indemnizar a los comerciantes que habían visto sus barcos capturados por los británicos en los años anteriores, además de conceder a los norteamericanos un derecho parcial de comercio con las Antillas británicas. A cambio, los norteamericanos daban a los británicos el estatus de socio comercial preferente y accedían a colaborar con sus políticas marítimas anti-francesas.

A los franceses, por supuesto, no les gustó nada este acuerdo, del que no habían sido informados. En aquel momento, lo interpretaron como una alianza de los norteamericanos con sus enemigos. Su respuesta fue considerar a los buques norteamericanos que comerciaban con Gran Bretaña como una presa legítima de guerra. En los siguientes dos años, la marina francesa capturó a decenas de mercantes norteamericanos en el Atlántico, el Mediterráneo e incluso en el Caribe. Como respuesta, Adams, recién elegido presidente, convocó una sesión extraordinaria del Congreso en mayo de 1797 para decidir la respuesta a las acciones francesas. 

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838)

Ahora bien, dentro del propio gobierno norteamericano había dos corrientes enfrentadas sobre la situación con Francia. Por un lado, el presidente Adams y sus federalistas eran partidarios de una respuesta contundente a los franceses en defensa de sus intereses, sin descartar una declaración de guerra, aunque no era su primera opción (pese a que destacados federalistas como Alexander Hamilton eran abiertamente partidarios de ella). Por otra parte, el vicepresidente Thomas Jefferson y sus compañeros del Partido Demócrata-Republicano mostraban su solidaridad con los revolucionarios franceses y abogaban por una salida exclusivamente diplomática, llegando a descalificar a los federalistas acusándolos de belicistas e incluso de traidores a los ideales americanos por sus lazos con los británicos.

Finalmente, Adams decidió enviar una delegación diplomática a Francia para negociar un tratado de paz. La formaban tres estadistas de alto nivel, los tres Padres Fundadores de los EEUU y con amplia experiencia: Charles Cotesworth Pinckney, John Marshall y Elbridge Gerry. La elección de Gerry provocó ciertas controversias entre el gabinete de Adams por considerarlo no muy apegado a los ideales federalistas; pero el propio Adams lo defendió calificándolo como "uno de los dos hombres más imparciales de América" (el otro era el propio Adams, se sobreentiende). 

Los negociadores norteamericanos llegaron a París en octubre de 1797. No era un momento especialmente afortunado; en septiembre un golpe de estado del Directorio (el órgano máximo del poder ejecutivo de la República) contra el Consejo de los Quinientos y el Consejo de Ancianos (las dos cámaras del poder legislativo) había provocado la exclusión de estos órganos de numerosos miembros monárquicos y moderados, que eran mayoría, en favor de los republicanos más radicales, la mayoría de los cuales eran anti-americanos. Como ministro de Asuntos Exteriores había sido nombrado Charles Maurice de Talleyrand, una de las figuras políticas más influyentes de Francia durante décadas, cuya proverbial habilidad le permitió desempeñar cargos importantes durante el reinado de Luis XVI, la República, el gobierno de Napoleón y la restauración monárquica.

La comisión norteamericana tiene un primer encuentro con Talleyrand al poco de llegar. Es un encuentro breve y protocolario, en el que el ministro se limita a aceptar, de manera provisional, sus credenciales diplomáticas, y les emplaza para una nueva reunión más adelante. Más tarde, los americanos se enteran por medios indirectos que Talleyrand desea explicaciones oficiales por un discurso de Adams el mayo anterior, en el que atacaba duramente la política del Directorio; pero los tres deciden que no están obligados a dar ninguna explicación.

John Adams (1735-1826)

El 17 de octubre, tras varios encuentros no oficiales entre la delegación americana y miembros del gabinete de Talleyrand, Nicolas Hubbard, empleado británico de un banco holandés cuyos servicios utilizan los americanos, solicita a Pinckney una reunión con un tal barón Jean-Conrad Hottinguer, a quien describe como "un hombre de honor" sin mencionar cargo ni título alguno. Hottinguer expone a Pinckney las condiciones de Talleyrand para negociar: una disculpa oficial de Adams por sus palabras contra el gobierno francés, un enorme préstamo del gobierno americano para ayudar a sanear las arcas francesas, exhaustas después de años de conflictos internos y externos, y un soborno de 50000 libras para el propio Talleyrand. Los americanos, atónitos, rechazan de plano tales exigencias. Más tarde, el propio Hottinguer se presenta de nuevo ante ellos acompañado de Pierre Bellamy, estrecho colaborador del ministro, reiterando sus peticiones. Los americanos proponen enviar a uno de sus negociadores de vuelta a EEUU en busca de instrucciones del propio Adams, si los franceses se comprometen a una tregua en los ataques contra barcos americanos; pero esta petición es rechazada. Poco después otro de los colaboradores de Talleyrand, Lucien Hauteval, se encuentra con Gerry, al que había conocido en Boston años atrás, y le reitera las demandas francesas, asegurándole la sinceridad del ministro en la búsqueda de una solución pacífica.

Días más tarde, Hottinguer y Bellamy vuelven a reunirse con la delegación norteamericana. Esta vez su actitud es más amenazante; solo unos días antes se había firmado el Tratado de Campo Formio, que ponía fin a las hostilidades entre Francia y Austria. Ahora que Francia solo estaba en guerra con el Reino Unido, la posibilidad de un conflicto con EEUU no era tan descabellada. Una vez más, los norteamericanos rechazan las exigencias francesas (célebre es la respuesta de Pinckney a las demandas: "No, no, not a sixpence!" "¡No, no, ni un centavo!").

En los siguientes meses, se suceden los contactos informales entre ambas partes, ante la negativa de Talleyrand a abrir negociaciones oficiales. Finalmente, hartos de no llegar a ninguna parte, Pinckney y Marshall deciden no seguir con las negociaciones por canales no oficiales, mientras que Gerry aboga por continuar. Sabedor de ello, Talleyrand empieza a negociar exclusivamente con Gerry, excluyendo a los otros dos diplomáticos, quienes acaban por abandonar Francia en abril y regresar a EEUU. Gerry, por su parte, decide quedarse únicamente porque Talleyrand le amenaza con que, si él también se va, el Directorio declarará la guerra a EEUU. De cualquier modo, Gerry rechaza cualquier negociación con los franceses y, finalmente, abandona Francia en octubre de 1798, mientras Talleyrand envía representantes a La Haya para continuar las negociaciones a través de William Vans Murray, embajador norteamericano en los Países Bajos.

Mientras, en EEUU la situación había escalado notoriamente. Los informes de las negociaciones habían llegado en marzo a manos de Adams, el cual, dándose cuenta del efecto que tendrían, los mantuvo en secreto y se limitó a anunciar al Parlamento el fracaso de la delegación. Esto no dejó satisfechos a numerosos parlamentarios; los demócrata-republicanos acusaron a los federalistas de sabotear a propósito la misión diplomática y exigieron que se hicieran públicos los informes de las negociaciones; y lo mismo exigieron los federalistas más exaltados, deseosos de declarar la guerra. Finalmente, Adams hace públicos los informes el 20 de marzo, aunque sustituyendo los nombres de Hubbard, Hottinguer, Bellamy y Hauteval por las letras W, X, Y y Z; de ahí que el asunto acabara siendo conocido como "el caso XYZ".

La publicación de los despachos tiene el efecto que Adams había previsto. Una oleada de indignación y de sentimiento antifrancés se extiende por Norteamérica. Los federalistas claman por una declaración de guerra, mientras que los demócrata-republicanos, cogidos de improviso, no tienen ya argumentos para oponerse. Sin embargo, Adams rechaza pedir al Parlamento una declaración formal de guerra, pero si toma medidas tales como la adquisición de doce fragatas y el reclutamiento de un nuevo ejército de 20000 soldados. El 7 de julio de 1798 el Congreso norteamericano vota a favor de anular el Tratado de Alianza firmado con los franceses en 1778, y solo dos días después, se autoriza a la Armada norteamericana a atacar a los buques de guerra franceses. Mientras, en Francia, la noticia de la publicación de los informes diplomáticos norteamericanos provoca a su vez una reacción de ira. Talleyrand es llamado a presencia del Directorio para explicar su actuación, pero él niega tener nada que ver con las negociaciones informales (aunque luego admitiría a Gerry en privado que los negociadores eran, en efecto, agentes suyos).

Dio así comienzo la llamada Cuasi-Guerra, una guerra sin declaración formal que enfrentó a las Armadas norteamericana y francesa durante dos años, entre 1798 y 1800. Al final, las hostilidades terminarían con la firma del Tratado de Mortefontaine (1800), que sería firmado ya por Napoleón Bonaparte, nombrado Primer Cónsul de la República, tras haber depuesto al Directorio en un golpe de estado el 9 de noviembre de 1799. En él, ambos países acordaban respetar el comercio del otro, prohibían las confiscaciones de bienes de sus respectivos buques y se concedían mutuamente el estatus de socio comercial preferente. Quedaba pospuesto el tema de la indemnización de 20 millones de dólares que los norteamericanos reclamaban para compensar las pérdidas de sus comerciantes, que nunca se llegó a concretar; al final, fue el propio gobierno norteamericano el que los compensó.

Tras regresar a EEUU, Pinckney y Marshall fueron recibidos con alabanzas por su actuación: Pinckney fue ascendido a general, nombrado comandante del Departamento del Sur del ejército, y fue candidato federalista a vicepresidente en las elecciones de 1800; mientras que Marshall sería Secretario de Estado y juez en la Corte Suprema. No así, Gerry, quien, acusado en un principio de contemporizar con los franceses, tuvo que sufrir numerosas críticas e insultos, e incluso ver como un grupo de manifestantes quemaban una efigie suya en frente de su casa. Al final, después de ver su figura parcialmente rehabilitada tras la publicación de su correspondencia con Talleyrand, abandonó el Partido Federalista, descontento con los numerosos ataques de los que había sido objeto, y se unió a los demócrata-republicanos, con los que fue gobernador de Massachusetts (1810-1812) y vicepresidente del gobierno (1813-14).

domingo, 20 de agosto de 2023

Anécdotas de cine


Durante el rodaje de Matilda (1996), la madre de la niña protagonista, Mara Wilson, tuvo que ser ingresada en un hospital debido al cáncer en estado avanzado que padecía. El director y coprotagonista del filme, Danny DeVito, y su esposa la también actriz Rhea Perlman no solo acogieron a Wilson en su casa y cuidaron de ella, sino que DeVito logró tener a tiempo una copia provisional de la película para que su madre pudiera verla antes de morir.



Para la película El señor de la guerra (2005) sus productores compraron 3000 fusiles AK-47 reales porque salía mucho más barato comprar armas auténticas y revenderlas luego que comprar imitaciones. Asimismo, para la película se alquilaron 50 tanques que poco después fueron vendidos al régimen de Muammar Gaddafi y enviados a Libia.



El director John Carpenter fue cuestionado en una entrevista acerca de lo que opinaba de las numerosas secuelas y remakes de su clásico La noche de Halloween. Carpenter simplemente dijo: "No me importan las secuelas de Halloween. Dirigí la primera, y es la única que me importa excepto por el cheque que me dan por las otras. Odio ser esa clase de tipo, pero es la verdad". Más tarde añadiría en otra entrevista: "Quiero ser realmente honesto sobre eso: tienen que pagarme cada vez que hacen esas películas, y es maravilloso. Es mi experiencia favorita en Hollywood: estoy en un sofá, quizá viendo la tele, extiendo mi mano y un cheque aterriza en ella. Tengo mucho talento para eso".



Christian Bale se inspiró en una entrevista de Tom Cruise en el programa de David Letterman para interpretar a Patrick Bateman, el psicópata asesino en serie protagonista de American Psycho. Toda aquella "intensa amabilidad sin nada tras sus ojos" era exactamente cómo Bale se había imaginado a Bateman.



La película El gran duelo (A Gunfight, 1970), protagonizada por Kirk Douglas y el cantante Johnny Cash, fue financiada por una tribu de indios norteamericanos, los apaches jicarilla de Nuevo México, que buscaban invertir el dinero que habían ganado con la explotación de los yacimientos petrolíferos de su reserva. Además, el líder de la tribu, un tal Jefe Charlie, era un rendido admirador de Cash.


Para el rodaje de Interstellar, el director Christopher Nolan hizo plantar 200 hectáreas de maíz en las afueras de Calgary, para no tener que abusar del CGI. Al final del rodaje, a pesar de que parte de lo sembrado había quedado destruido durante el rodaje, Nolan vendió la cosecha e incluso ganó dinero con ella.


En las primeras versiones del guión de Regreso al futuro, el doctor Emmet Brown tenía como mascota un chimpancé y no un perro. Fue el presidente de la productora Universal Sidney Sheinberg el que hizo que los guionistas Bob Dale y Robert Zemeckis lo cambiaran porque "las películas en las que salen chimpancés no ganan dinero".


Durante el rodaje de The Fabulous Texan (1947) el productor Edmund Grainger contrató a varios nativos americanos como asesores para que las señales de humo que aparecían en la película fueran convincentes. Una vez terminado el rodaje, Grainger felicitó a los nativos por su buen trabajo. "Fue sencillo" le respondieron. "Aprendimos a hacerlo viéndolo en las películas".


El actor británico Sydney Greenstreet (1879-1954) tuvo una extensa carrera como actor teatral, pero no debutó en el cine hasta que rodó en 1941 El halcón maltés, cuando contaba 61 años. A pesar de su veteranía, Greenstreet (que sería nominado al Oscar por este papel e intervendría en otras 24 películas antes de retirarse) estaba tan asustado en su debut que cuando rodó sus primeras escenas le pidió a su coprotagonista Mary Astor que lo cogiera de la mano.


Durante el rodaje de Amor en conserva (1949), la última película que los hermanos Marx hicieron juntos, los productores Mary Pickford y David Miller se quedaron sin dinero. Para terminar la película, incluyeron en el guión una nueva escena: una persecución nocturna por los tejados de la ciudad en la que aparecían vallas publicitarias de empresas como General Electric, cereales Wheaties, cigarrillos Kool o la petrolera Mobil, que pagaron por ver anunciados sus productos de esta manera.


El oso de peluche que Bruce Willis lleva como regalo para su hija en Jungla de Cristal (1988) es en realidad propiedad del director del filme John McTiernan, quien también lo hizo aparecer en otra de sus películas más populares, La caza del Octubre Rojo (1990).


El proyecto de la película Deadpool (2016) estuvo cuatro años paralizado hasta que en 2014 unas escenas que habían sido grabadas a modo de prueba se filtraron en Internet. El recibimiento por parte de los fans fue entusiasta, inundando a la productora 20th Century Fox con miles de correos pidiendo que la película fuera rodada. Apenas 24 horas después de la filtración, los ejecutivos del estudio daban vía libre al proyecto.

domingo, 13 de agosto de 2023

El síndrome de Charles Bonnet

Charles Bonnet (1720-1793)

Se conoce como Síndrome de Charles Bonnet (SCB) a una afección visual y neurológica que afecta a personas con pérdida de visión parcial o aguda, que les lleva a padecer alucinaciones visuales complejas. Suele afectar a personas de edad avanzada, con una incidencia levemente superior entre las mujeres. Las personas que lo sufren no presentan ningún deterioro cognitivo; conservan sus facultades mentales intactas, por lo que son plenamente conscientes de que lo que están viendo no es real. Sin embargo, todos tienen en común un deterioro significativo de la agudeza visual a causa de enfermedades tales como el glaucoma, la degeneración macular o las cataratas.

Recibe este nombre por el naturalista y filósofo suizo Charles Bonnet (1720-1793) quien describió en 1760 el primer caso conocido de este síndrome: el de su abuelo nonagenario, Charles Lullin, quien, tras perder la mayor parte de su visión a causa de las cataratas, comenzó a tener alucinaciones sobre personas, animales e incluso edificios que no existían en la realidad. Fue en 1969 cuando el neurólogo suizo Georges de Morsier acuñó el término "Síndrome de Charles Bonnet" para referirse a este desorden.

Aunque no hay una causa establecida de manera definitiva, la teoría más barajada es la de la desaferentación o interrupción de impulsos aferentes: la corteza visual del cerebro forma imágenes a partir de los impulsos nerviosos que recibe de la retina. Cuando estos impulsos disminuyen a causa de la pérdida de visión, el cerebro es incapaz de adaptarse y rellena esos huecos creando imágenes que no se corresponden con la realidad. En ocasiones se lo compara con el llamado Síndrome del Miembro Fantasma, que lleva a personas que han perdido un miembro a sentir dolor en ese miembro ausente debido a la actividad anómala del cerebro.

Estas alucinaciones son de lo más variado, pudiendo ser simples o complejas, desde formas geométricas o destellos de luz hasta personas u objetos de lo más variado y muy definidos. Pueden ser en color o en blanco y negro, y durar desde unos segundos hasta varias horas. Eso si, las alucinaciones son siempre exclusivamente visuales, sin afectar al resto de los sentidos. No hay una prueba diagnóstica específica para el síndrome de Charles Bonnet; generalmente se llega a él tras descartar otras posibles causas como la psicosis, la demencia o el delírium. También se han descrito en ocasiones niveles bajos de acetilcolina como un indicador de las alucinaciones ligadas a este síndrome.

No existe un tratamiento que elimine estos episodios, pero los que los sufren si pueden aprender a controlar esta afección, y en general los que la padecen suelen sentirse aliviados tras la diagnosis, ya que muchos temen padecer una enfermedad mental. Algunos pacientes son capaces de detener las alucinaciones cerrando los ojos o moviéndolos con rapidez. Es también muy característico que las alucinaciones sean percibidas de manera más nítida que las imágenes reales, ya que se forman directamente en el cerebro, y no a partir de un estímulo visual empobrecido como las reales.

No hay cifras claras acerca de la incidencia del SCB. Algunos estudios la cifran entorno al 3% de los adultos de más de 65 años con pérdida visual severa, mientras que otros la elevan por encima del 10%. Generalmente se cree que es una dolencia infradiagnosticada porque muchos de los que la padecen no comentan sus síntomas ni buscan ayuda, temerosos de ser calificados de enfermos mentales.


domingo, 6 de agosto de 2023

La Guerra del Cubo de Roble

El famoso cubo de roble, guardado en el Palazzo Comunale de Módena

Los orígenes del enfrentamiento entre güelfos y gibelinos se remontan a la muerte del emperador germánico Enrique V en 1125. Al no tener herederos, se eligió como sucesor a Lotario III, duque de Sajonia, quien al poco tuvo que enfrentarse a una guerra civil desatada por las pretensiones de los sobrinos de Enrique, Federico de Suabia y Conrado, pertenecientes a la familia Hohenstaufen, señores del castillo de Waiblingen. En el conflicto, del que a la postre resultó vencedor, Lotario contó con la ayuda de la poderosa casa de Baviera (los Welfen) a la que pertenecía su yerno, Enrique X el Orgulloso. El conflicto se reavivó en 1137 tras la muerte de Lotario, y fue entonces cuando ambas facciones comenzaron a ser conocidos como los güelfos (de Welfen) y los Waiblingen (término que en italiano sería adaptado como gibelino).

En 1154 el entonces emperador Federico I Barbarroja (hijo de Federico II de Suabia) quiso asegurar el dominio imperial sobre el norte de Italia, forzando a la miríada de ciudades-estado italianas a pronunciarse a favor o en contra. Ciudades como Milan, Florencia o Mantua se opusieron al emperador y se mantuvieron leales a la autoridad papal (siendo calificadas como güelfas), mientras que otras como Pisa, Siena o Pavía se mostraron partidarias de la causa imperial y, por lo tanto, gibelinas. Este posicionamiento provocó numerosos enfrentamientos entre ciudades de signo opuesto (aunque en la mayoría de los casos ya existía un historial de rivalidades previas). El resquemor y las hostilidades continuaron durante décadas y siglos, mucho tiempo después de que Barbarroja hubiera tenido que abandonar Italia con su ejército tras ser derrotado por la Liga Lombarda (encabezada por Milan) en 1176, en la batalla de Legnano.

Bacinete de pico de gorrión, parecido al que solía lucir Passerino Bonacolsi

Una de aquellas rivalidades más enconadas y duraderas fue la que enfrentó a las ciudades de Módena (gibelina) y Bolonia (güelfa), separadas por apenas cuarenta kilómetros. Este enfrentamiento pasó a lo largo de los años por períodos de mayor o menor intensidad, hasta que se reavivó con fuerza a finales del siglo XIII. En 1296 los boloñeses capturaban las localidades de Bazzano y Savigno, una acción aprobada por el papa Bonifacio VIII. En los siguientes años se sucedieron las escaramuzas de unos y otros, hasta que en 1309 Rinaldo Bonacolsi, apodado "Passerino" ("Gorrión") por la peculiar forma del yelmo que solía llevar, fue nombrado señor de Módena, Mantua, Parma y Carpi. Passerino recrudeció los ataques contra sus rivales gibelinas, especialmente Bolonia, provocando que el papa Clemente V lo excomulgara e incluso prometiera indulgencias a quien lo asesinara. 

En el verano de 1325 tropas de Bolonia llevaron a cabo dos salvajes incursiones en territorio de Módena, arrasando pueblos y cosechas. Como respuesta, los modeneses capturaron en septiembre el estratégico fuerte de Monteveglio, aprovechándose del descontento de sus habitantes con Bolonia. Según cuenta la tradición, entre los numerosas personas que abandonaros sus hogares huyendo de los combates para buscar refugio en Bolonia, se infiltró un pequeño grupo se soldados de Módena disfrazados que entraron en la ciudad, probablemente con intención de obtener información sobre las defensas y el número de soldados. Cuando entraron en Bolonia, fueron a parar a la plaza principal de la ciudad, cerca de la Puerta de San Felice, donde existía un pozo que cualquiera podía utilizar. Un pozo con su correspondiente cubo para que quien lo necesitara pudiera sacar agua de él. Y fue entonces cuando a los modeneses se les ocurrió la idea de robar el cubo. Y así lo hicieron, llevándoselo como botín de vuelta a Módena.

Batalla de Zappolino (1325)

Obviamente, aquel cubo no tenía ningún valor, ni económico ni histórico. Era un simple cubo de madera de roble absolutamente corriente. Pero su robo era toda una humillación para Bolonia. Los de Módena habían entrado en su ciudad y se habían llevado el cubo de su pozo, y aquello suponía una afrenta intolerable contra su honor. Inmediatamente exigieron su devolución, pero Módena replicó con una rotunda negativa y más burlas. La indignación de los boloñeses llegó a un punto en el que decidieron declarar la guerra a Módena.

Ya no se trataba de simples escaramuzas fronterizas; ahora era una guerra total y abierta. Bolonia reunió un ejército de treinta mil infantes y dos mil jinetes, y con ellos marchó directamente contra Módena en noviembre de ese año de 1325. Bonacolsi no se acobardó y les salió al encuentro con un ejército sensiblemente menor: apenas cinco mil infantes y dos mil jinetes. El enfrentamiento tuvo lugar a los pies de una colina, en las cercanías del pueblo de Zappolino, en lo que actualmente es el municipio de Castello di Serravalle, y, pese a la disparidad de las fuerzas enfrentadas, la batalla se resolvió con una contundente victoria del ejército de Módena, que persiguió a sus enemigos hasta las mismas murallas de Bolonia, arrasando y quemando por el camino todas las posiciones defensivas del ejército rival. En total, los boloñeses perdieron mil quinientos hombres, por apenas quinientos de los de Módena (quienes también tomaron numerosos prisioneros, entre ellos veintiséis nobles de Bolonia). 

Torre della Ghirlandina

Dos meses después de la batalla, la única de la que más tarde sería conocida como la Guerra del Cubo de Roble, Módena devolvió a Bolonia Monteveglio y otras localidades que había capturado, como un gesto de paz para desescalar la tensión y regresar a una situación de coexistencia más o menos pacífica. Aún así, los enfrentamientos entre güelfos y gibelinos se prolongaron a lo largo de otros dos siglos, hasta que a principios del siglo XVI ambas facciones se vieron obligadas a olvidar sus diferencias para enfrentar conjuntamente una nueva amenaza, las tropas del emperador Carlos I. Eso si, lo que nunca regresó a Bolonia fue el famoso cubo, que se quedó en Módena como botín de guerra, convertido en una de las más preciadas posesiones de la ciudad. En la actualidad, el cubo se custodia en el Palazzo Comunale, sede del Ayuntamiento local, mientras que una réplica se expone en la Torre della Ghirlandina, la torre campanario de la catedral de Módena.

Los historiadores modernos tienden a considerar la historia del robo del cubo como un mito. Aunque es cierto que la historia se ha transmitido durante siglos de esta manera, las referencias a ella más antiguas que se conservan son casi tres siglos posteriores a los sucesos descritos en ella. La opinión general es que muy probablemente fue la toma de Monteveglio lo que desencadenó la declaración de guerra por parte de Bolonia, y que el cubo fuese tomado como botín de guerra para mofa de los boloñeses, pero después de la batalla de Zappolino y no antes.