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lunes, 28 de abril de 2025

La catástrofe que casi fue: la crisis del Citicorp Center

El Citigroup Center, en la actualidad

El Citigroup Center (originariamente Citicorp Center) es uno de los rascacielos más característicos de skyline de Manhattan. Se eleva hasta los 279 metros de altura, con 59 plantas y más de 120000 metros cuadrados de oficinas. Situado en la Calle 53, entre la Avenida Lexington y la Tercera Avenida, resulta fácilmente identificable gracias a su peculiar cima, inclinada 45º, y a estar sostenido sobre cuatro columnas de 35 metros. Esta disposición elevada tiene que ver con el origen mismo del edificio, pero también con una grave crisis provocada por una serie de errores humanos que estuvieron a punto de terminar en una catástrofe.

El edificio fue concebido como sede de Citibank, la división de consumo de la multinacional de servicios financieros Citigroup (entonces denominada Citicorp). El proyecto se anunció en 1973 y se inauguró oficialmente en octubre de 1977, aunque la adquisición del terreno había empezado bastante antes, en 1968. Poco a poco, de manera individual y sin darle publicidad, para prevenir una subida de los precios, la empresa fue comprando hasta 31 parcelas que constituían casi una manzana completa limitada por las avenidas Lexington y Tercera y las calles 53 y 54; en su mayor parte, casas unifamiliares, tiendas y una pequeña clínica. Ahí tuvieron el primer problema: la Iglesia Evangélica Luterana de San Pedro, que ocupaba la esquina entre Lexington y la 54 desde 1905, se negó tozudamente a trasladarse, rechazando todas las ofertas por su terreno.

Fue entonces cuando al ingeniero estructural William LeMessurier, uno de los  más prestigiosos de EEUU y responsable del proyecto junto a los arquitectos Hugh Stubbins y Edward Larrabee Barnes, se le ocurrió la idea de construir el rascacielos por encima de la iglesia. LeMessurier imaginó un rascacielos sostenido sobre cuatro columnas colocadas no en las esquinas, como era lo habitual, sino en el centro de dada uno de sus lados. La iglesia entonces aceptó permitir que el edificio se construyera sobre ella, con la condición de que su viejo edificio fuera demolido y se construyera una iglesia nueva en el mismo lugar, sin conexión con el rascacielos ni columnas que la atravesaran.

La construcción comenzó en abril de 1974 y se completó tres años y medio más tarde. La principal preocupación era la estabilidad del edificio, y de como resistiría al recibir el empuje de vientos intensos al estar levantado sobre columnas, así que LeMessurier introdujo una serie de novedosas medidas para darle una mayor resistencia. Incluyó en el proyecto una serie de refuerzos estructurales en forma de chevrones invertidos en el interior de cada fachada del edificio, diseñados para absorber el exceso de tensión causado por el empuje del viento y dirigirlo hacia las columnas principales. Además, el rascacielos fue el primer edificio de Nueva York dotado de un amortiguador de masa: un sistema que permite absorber vibraciones mediante el balanceo controlado de un contrapeso, habitual en edificios construidos en zonas de actividad sísmica habitual. En el caso del rascacielos, consistía en un contrapeso de 400 toneladas de hormigón flotando en aceite cuyo movimiento se controlaba con un dispositivo electrónico. LeMessurier calculó las cargas de viento en las cuatro caras del edificio, y concluyó que el diseño era más que suficiente para soportar cualquier viento que pudiera soplar.

Esquema del Citicorp Center, con los refuerzos de las fachadas destacados

Sin embargo, la compañía responsable de la construcción del edificio quiso buscar atajos para recortar tiempo y dinero e introdujo algunos cambios por su cuenta. Así, mientras el diseño original especificaba que los tirantes de carga debían estar soldados a la estructura del edificio, la compañía prefirió atornillarlos, lo que resultaba más barato. La oficina de LeMessurier fue informada, pero por algún motivo el ingeniero no llegó a conocer esas modificaciones.

En 1978 una estudiante de ingeniería en la Universidad de Princeton llamada Diane Hartley decidió hacer su tesis de fin de carrera sobre el Citicorp Center. Como parte de esa tesis, analizó el diseño y calculó por su cuenta las tensiones causadas por el viento, y se sorprendió al ver que sus resultados eran más altos que los resultados "oficiales" que le habían proporcionado en la oficina de LeMessurier. Además, esos resultados se referían únicamente a las tensiones causadas por el empuje del viento directamente sobre las cuatro caras del edificio, no sobre los vientos que incidían de manera oblicua sobre las esquinas. Hartley preguntó específicamente por esos resultados, pero no los obtuvo ya que no se habían calculado: las normas de construcción de la época no los requerían, y tampoco era habitual hacerlos. Y LeMessurier tampoco había considerado necesario calcularlos, creyendo que los vientos directos eran los que más tensión generarían en el edificio. Desde la oficina del ingeniero le aseguraron que el edificio tenía la resistencia necesaria y no había motivo para preocuparse. Hartley se limitó a expresar sus dudas en su tesis, sin investigar más a fondo, y no hay constancia de que LeMessurier hubiera sido informado de sus preocupaciones.

William James LeMessurier, Jr. (1926-2007)

Algo más tarde, en julio de ese año, un joven estudiante de primer año de arquitectura en el Instituto Tecnológico de Nueva Jersey llamado Lee DeCarolis llamó a LeMessurier para hablar sobre el Citicorp Center. DeCarolis había hecho un trabajo sobre el edificio para una de sus asignaturas, y su profesor había expresado algunas dudas sobre la integridad del edificio. LeMessurier habló con él durante un buen rato, asegurándole que el diseño era seguro y no tenía de qué preocuparse. Sin embargo, la llamada había inquietado a LeMessurier, quien había sabido solo unas semanas antes que los refuerzos del edificio habían sido atornillados y no soldados como él había pedido. Así que decidió repetir los cálculos, incluyendo esta vez los vientos oblicuos. Para su sorpresa, sus resultados mostraban que los vientos oblicuos podían causar hasta un 40% más de tensión que la que había calculado para los vientos directos, y que las juntas atornilladas podían ser sometidas hasta a un 160% más de tensión que la esperada. El proyecto original podía haber resistido esos vientos; pero las modificaciones introducidas durante la construcción habían debilitado su estructura y podían causar un fallo catastrófico si se veía sometida a vientos del orden de 110 km/h.

Para estar seguro, LeMessurier pidió al ingeniero Alan Garnett Davenport, profesor de la Universidad de Western Ontario y experto de fama mundial en túneles de viento, que revisara sus datos. El equipo de Davenport concluyó que no solo los resultados eran correctos, sino que incluso podía haberse quedado corto a la hora de calcular las tensiones. Un angustiado LeMessurier analizó el problema y concluyó que había una posibilidad entre 55 de que un año cualquiera se produjera un episodio climatológico lo suficientemente intenso como para poner en peligro la integridad del rascacielos. Pero, además, si durante ese episodio el amortiguador de masa estaba desconectado (por ejemplo, si se producía un corte de electricidad, algo habitual durante un huracán) la posibilidad aumentaba a uno entre 16. Y si el rascacielos se venía abajo, causaría una catástrofe sin precedentes, ya que, al estar rodeado de otros rascacielos, si se desplomaba probablemente arrastraría en su caída a otros, provocando un letal efecto dominó que podría causar miles de víctimas.

Angustiado por las consecuencias de su error, LeMessurier llegó a pensar en el suicidio antes de que se hicieran público los problemas del rascacielos. Al final, decidió ponerse en contacto primero con el abogado de Stubbins y con su compañía de seguros, y a continuación con los abogados de Citicorp. A todos les expuso de manera clara la situación y les instó a una reparación urgente, soldando placas de acero sobre las uniones atornilladas para aumentar su resistencia. Tras varias reuniones entre los representantes de Citicorp, los equipos de Stubbins y LeMessurier y las autoridades locales se dio luz verde al proyecto de reparación, cuyos costes asumieron las aseguradoras. La verdadera naturaleza del problema quedó limitada a un reducido círculo que incluía a la cúpula de Citicorp, al alcalde de la ciudad Ed Koch y varios de sus funcionarios de alto rango, y al jefe del sindicato de soldadores, al que hubo que recurrir para reunir a un número suficiente de trabajadores. Los soldadores, que habían firmado un acuerdo de confidencialidad que les prohibía hablar de lo que estaban haciendo allí, comenzaron a trabajar en agosto, con toda la discreción posible. Los trabajos se realizaban de noche, cuando el edificio estaba vacío, y a quien preguntaba se le decía únicamente que se trataba de un procedimiento rutinario y que no había ningún problema con el rascacielos. El secretismo se vio favorecido por una huelga de los trabajadores de prensa que paralizó entre agosto y noviembre de ese año la publicación de los tres principales periódicos de la ciudad, el Times, el Post y el Daily News.

El edificio en la actualidad. En primer término, la nueva Iglesia de San Pedro 

El momento más crítico se vivió a principios de septiembre, cuando los trabajos aún distaban de estar completos. Un huracán, el Ella, empezó a formarse al sur del cabo Hatteras y existía un elevado riesgo de que se dirigiese a Nueva York. Las autoridades prepararon un plan de evacuación de emergencia, que finalmente no se aplicó ya que se consideró que con el refuerzo que se había añadido el rascacielos podría resistir el embate del huracán. Finalmente Ella giró hacia el nordeste, dirigiéndose al mar y evitando la ciudad. 

Los trabajos de refuerzo se dieron por concluidos en octubre. Además de soldar las zonas atornilladas, se instaló un generador de emergencia para que el amortiguador de masa nunca se quedara sin energía y se instalaron medidores de tensión en zonas críticas del edificio. Dado que en la práctica no sucedió nada, todo el asunto se mantuvo en secreto hasta 1995, en el que el periodista Joe Morgenstern lo contó en un artículo publicado en la revista The New Yorker, tras haber oído la historia por casualidad en una fiesta, y tras haberlo confirmado con el propio LeMessurier. 

Ya bien entrado el siglo XXI, el NIST (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología) llevó a cabo un estudio exhaustivo de la estructura del edificio con tecnología moderna. Su conclusión era que tanto Hartley como LeMessurier habían sobreestimado el efecto de las cargas de viento y que los refuerzos que tan apresuradamente se hicieron quizá ni siquiera eran necesarios.

En la actualidad, el edificio ya no pertenece a Citigroup, que lo vendió en 2001 a Boston Properties, una empresa de gestión de propiedades inmobiliarias especializada en edificios de alto standing en las zonas más exclusivas de las principales ciudades norteamericanas. Boston Properties lo renombró en 2009 como 601 Lexington Avenue.

martes, 15 de octubre de 2024

El accidente nuclear de Tokaimura

La planta nuclear de Tokaimura

La mañana del 30 de septiembre de 1999 tuvo lugar cerca de la localidad de Tōkai (prefectura de Ibaraki) el considerado el peor accidente nuclear de la historia de Japón hasta la catástrofe de la central nuclear de Fukushima en 2011. El incidente se produjo en unas instalaciones propiedad de la Japan Nuclear Fuel Conversion Co. (JCO), una filial de la Sumitomo Metal Mining Company dedicada a la producción de combustible para reactores nucleares. 

En aquella factoría se transformaba hexafluoruro de uranio en dióxido de uranio con el que se elaboraba el combustible. Uno de los pasos de aquel proceso implicaba mezclar óxido de uranio con ácido nítrico para producir nitrato de uranio. Y eso era lo que estaban haciendo aquel 30 de septiembre por la mañana dos de los trabajadores de JCO, Hisashi Ouchi (35) y Masato Shinohara (40). Inclinado sobre un tanque de decantación lleno de ácido, Shinohara estaba subido a una escalera e iba vertiendo poco a poco el uranio en el tanque a través de un embudo que sostenía Ouchi. A unos metros de ellos, en otra habitación, su supervisor, Yutaka Yokokawa (54), trabajaba en su escritorio. Y a eso de las 10:35 ocurrió lo inimaginable. Una serie de brillantes destellos de luz azul (producidos por la llamada Radiación de Cherenkov) comenzaron a surgir del tanque, señal inequívoca de que se estaba produciendo una reacción nuclear. El uranio de su interior había alcanzado la masa crítica iniciándose una fisión nuclear que estaba produciendo grandes oleadas de neutrones y rayos gamma.

Hisashi Ouchi (1964-1999)

Ouchi y Shinohara se sintieron enfermos casi de inmediato, con dolor físico y náuseas, sobre todo Ouchi, que al estar inclinado sobre el tanque había sido el que más radiación había soportado. Yokokawa fue más afortunado; al estar en otra habitación la cantidad de radiación a la que se vio expuesto fue sensiblemente menor. Ouchi y Shinohara se dirigieron a la sala de descontaminación, donde el primero llegó a vomitar. Mientras tanto, la radiación que seguía produciendo la reacción dentro del tanque fue detectada por los sensores de rayos gamma de las instalaciones, lo que disparó la alarma. En un primer momento los tres trabajadores, sin darse cuenta de la verdadera gravedad de lo sucedido, no informaron a nadie de lo que había pasado. Fue otro trabajador, al ver el estado en el que se encontraban, el que sospechó que habían estado expuestos y avisó a los servicios médicos. Tras confirmarse su contaminación fueron evacuados de emergencia al hospital más cercano, y de ahí al Hospital Universitario de Tokio, que contaba con instalaciones para el tratamiento de daños por radiación.

Diagrama del accidente. A) Hisashi Ouchi B) Masato Shinohara C)Yutaka Yokokawa

A eso de las tres de la tarde, cuando se confirmó que la reacción continuaba, se ordenó la evacuación de unas 160 personas, trabajadores y residentes en un radio de 350 metros alrededor de las instalaciones. A las once de la noche se estableció un nuevo perímetro, esta vez de 10 kilómetros, recomendando a los que vivían en él (unas 300000 personas) que no salieran de sus casas y no consumieran agua ni productos agrícolas de la zona. Al día siguiente se levantó el confinamiento, aunque se mantuvieron cerradas las escuelas, y se inició una serie de chequeos masivos para determinar cuántas personas habían sido afectadas. Al final, se concluyó que más de 700 personas se habían visto expuestas; de ellas, 39 (todos trabajadores de la JCO) habían recibido una exposición severa y otras 667 (trabajadores, residentes y miembros de los equipos de emergencias) habían recibido un exceso de radiación menos grave. El incidente acabaría con la clasificación de "irradiación" y no de "contaminación", con una categoría de 4 en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares (que va de 0 a 7).

La reacción en cadena se detuvo al día siguiente, cuando los equipos de emergencia lograron vaciar el agua del sistema de refrigeración del tanque (que actuaba como reflector de neutrones, alimentando la reacción) y añadiendo a la mezcla una solución de ácido bórico, que absorbe neutrones. Análisis posteriores descartaron contaminación radiactiva en el agua y en el suelo cercanos a las instalaciones, y solo hallaron una leve radiación residual en parte de la vegetación.

A su llegada al hospital, Hisashi Ouchi presentaba un estado sorprendentemente bueno. Pese a que había llegado a perder la consciencia antes de su traslado, en sus primeros días en el hospital se mostraba lúcido y activo, caminaba sin ayuda y hablaba con los médicos. Sus únicas secuelas aparentes era un oscurecimiento de la piel y la mano izquierda (la que tenía sobre el tanque) enrojecida e hinchada. Ouchi llegó a pensar que había tenido suerte y se curaría, pero los médicos no albergaban esperanzas. Había sufrido una exposición brutal: se calcula que estuvo expuesto a unos 17 sieverts (la exposición de Shinohara se calculó en 10 Sv y la de Yokokawa, en 3), mientras que la máxima exposición admitida por las autoridades a los trabajadores nucleares japoneses es de 50 milisieverts al año. La intensidad de la radiación que afectó a Ouchi era similar a la que se produjo en el epicentro de la explosión atómica de Hiroshima, y decenas de veces superior a la que encontraron los equipos de limpieza que actuaron en la central de Chernobyl tras el accidente de 1986, convirtiéndolo en la persona que haya estado expuesta a mayor radiactividad en toda la historia. Ouchi no era consciente de que le esperaban casi tres meses de terrible agonía y una de las muertes más espantosas jamás vistas.

Los efectos de la radiación no tardaron en hacerse patentes. Al cuarto día, un análisis de sangre reveló que el sistema inmunitario de Ouchi estaba devastado y apenas le quedaban glóbulos blancos, lo que obligó a colocarlo en un régimen de estricto aislamiento. Una micografía mostró que su ADN estaba tan dañado que los cromosomas no se distinguían. Eso ya era una sentencia de muerte, ya que sus células eran incapaces de regenerarse o dividirse, lo que implicaba que una vez hubieran cumplido su ciclo vital no se podrían sustituir y sus órganos irían fallando uno a uno. Aún así, y pese a que algunos miembros del equipo médico que lo atendía se mostraron contrarios a prolongar su agonía sin esperanza, se decidió seguir tratándolo y mantenerlo con vida todo lo posible.

El tanque de precipitación donde tuvo lugar la reacción nuclear

El estado de Ouchi se deterioró con rapidez. Pasados unos días ya era incapaz de tenerse en pie, su abdomen se había hinchado y sufría de intensos dolores. Para tratar de regenerar su sistema inmune se le hizo un trasplante de células madre sanguíneas periféricas, donadas por su hermana, una técnica pionera en la época. Aunque durante un tiempo volvió a tener sistema inmunitario, la radiación no tardó en matar sus nuevas células, igual que había hecho con las antiguas. Pasadas dos semanas ya era incapaz de comer por si mismo, sufría de hemorragias frecuentes y su cabello, sus uñas y sus dientes se caían, mientras su piel era tan frágil que se desprendía si se manejaba sin cuidado. Y el terrible dolor se había multiplicado, sin que los calmantes pudieran hacer mucho para aliviarlo.

Ouchi siguió empeorando mientras los tratamientos continuaban. Se le realizaron múltiples transfusiones de sangre debido a las numerosas hemorragias que padecía (llegó a necesitar diez transfusiones por día), y también injertos de piel, que tuvieron un éxito limitado. Se le suministraban continuamente analgésicos, antibióticos de amplio espectro y factores estimulantes de colonias de granulocitos (un medicamento que estimula la producción de glóbulos blancos). Sufrió varias paradas cardíacas, de las que fue resucitado por los médicos. 

Pasados dos meses del accidente su situación era tan grave que el propio Ouchi pidió a los médicos que dejaran de tratarlo. "No soy un conejillo de indias" llegó a decirles. Desgraciadamente, lo cierto era que eso era justo en lo que se había convertido. Para los médicos Ouchi no solo era una ocasión magnífica para estudiar los daños que la radiactividad provocaba en el cuerpo humano, sino también para testar la eficacia de los tratamientos que se le administraban. Así que, tras consultarlo con su familia, los médicos decidieron continuar tratándolo.

Edificio donde tuvo lugar el accidente

Y así Hisashi Ouchi tuvo que soportar durante varias semanas más un dolor agónico imposible de describir, mientras sus órganos empezaban a fallar uno tras otro y sus músculos literalmente se desprendían de sus huesos. Finalmente, el 21 de diciembre, después de 83 días de sufrimiento, la situación de Ouchi llegó a un extremo tal que se hizo evidente que estaba a punto de morir, así que los médicos permitieron a su esposa e hijo visitarlo una última vez. Apenas unos minutos después de que se fueran, Ouchi sufrió un paro cardíaco del que ya no se repondría. Su cadáver era aún tan radiactivo que no pudo ser inhumado de forma tradicional y tuvo que ser procesado como un residuo radiactivo más.

No le fue mucho mejor a su compañero Shinohara, el cual, habiendo recibido menos radiación, pudo aguantar más, pero acabó muriendo el 27 de abril del 2000 a causa de un fallo multiorgánico. En cuanto al supervisor Yokokawa, salió mejor parado y fue dado de alta después de tres meses en el hospital, con secuelas menores.

La investigación oficial llevada a cabo por las autoridades japonesas y la Organización Internacional de la Energía Atómica concluyó que el accidente había sido provocado por una serie de negligencias y errores humanos concatenados, que incluían falta de adecuado entrenamiento y cualificación de los trabajadores, falta de supervisión, manejo negligente de los materiales y medidas de seguridad inadecuadas y obsoletas. La imprudencia más grave, y la causa última del accidente, era que el proceso que Ouchi y Shinohara llevaban a cabo tenía un límite máximo de 2'3 kilos de uranio por partida; pero en el momento en el que se había producido la reacción ellos ya habían añadido 16 kilos de uranio a la mezcla. Un error que no se hubiera producido de haberse contado con una supervisión adecuada y de haberse respetado las normas básicas de seguridad, como por ejemplo no utilizar recipientes que pudieran contener una cantidad mayor a la autorizada. 

Al parecer, los directivos de la JCO habían ordenado acelerar todo lo posible el proceso de producción de combustible, ya que la planta tenía un pedido para el reactor nuclear de Jōyō y su fabricación iba con retraso. En el juicio posterior se supo que los directivos de la empresa llevaban años haciendo la vista gorda para este tipo de irregularidades con el fin de abaratar costes. Y también que, por ese mismo motivo, no se habían aplicado en la planta una serie de nuevas regulaciones de seguridad que el gobierno japonés había implantado a raíz de un incendio sucedido dos años antes en una planta de tratamiento de residuos nucleares situada a apenas cuatro kilómetros de la factoría de JCO.

Como consecuencia, en marzo de 2000 las autoridades japonesas retiraron a la JCO la licencia par elaborar combustible nuclear (la empresa cesó sus actividades en el 2003) y en abril de 2001 seis directivos, incluido el supervisor Yokokawa, se sentaron en el banquillo acusados de negligencia con resultado de muerte. Para entonces la JCO ya había aceptado pagar más de 120 millones de dólares para resolver más de 7000 reclamaciones de afectados por el accidente, tanto por la exposición a la radiación como por daños en sus posesiones. Los seis acusados se declararon culpables y fueron condenados a penas de entre dos y cuatro años de cárcel, mientras que el presidente de la JCO admitió la responsabilidad de su empresa y aceptó compensar a los afectados que no habían sido indemnizados hasta entonces y asumir los gastos de descontaminación y limpieza de la factoría.

A raíz de este incidente el gobierno japonés redobló su vigilancia sobre el sector atómico: nuevas leyes de seguridad, requerimientos más estrictos a empresas y trabajadores, y un mayor número de inspecciones.

lunes, 17 de junio de 2024

El homenaje a los músicos del Titanic



Tras el hundimiento del Titanic la madrugada del 15 de abril de 1912 y la llegada a Nueva York de los supervivientes a bordo del Carpathia, comenzaron de inmediato a circular relatos sobre los últimos momentos del transatlántico. Muchos de esos relatos hablaban de comportamientos heroicos o de personas que se enfrentaban a la muerte con calma y dignidad. Personas como el millonario norteamericano Benjamin Guggenheim, quien tras asegurarse de que su amante, Mme. Aubart, y la criada de esta se subían a uno de los botes salvavidas, estuvo ayudando a otras mujeres y niños a subirse a los botes, y luego se vistió de etiqueta y se negó a subir a un bote diciendo que "Ninguna mujer se quedará a bordo de este barco porque Ben Guggenheim fuera un cobarde" y que "Nos hemos vestido con nuestras mejores galas y estamos preparados para hundirnos como caballeros" (su cuerpo nunca fue recuperado). O como la orquesta del Titanic.

La orquesta del Titanic estaba formada por ocho músicos: los violinistas Wallace Hartley (que también ejercía como director), Jock Hume, Georges Krins y John Clarke; los violoncelistas Percy Taylor, John Wesley Woodward y Roger Bricoux; y el pianista Theodore Brailey. No eran empleados de la White Star Lane, propietaria del barco, sino que trabajaban para la C.W. & F.N. Black de Liverpool, que surtía de músicos a los navíos de varias navieras. Generalmente, tocaban divididos en dos grupos: un quinteto que actuaba en la sobremesa, a la hora del té y en ceremonias religiosas, y un trío que actuaba en el restaurante a la carta y en el café parisien. Según contaban los supervivientes, los miembros de la banda habían seguido tocando mientras el barco se hundía y la gente trataba de ponerse a salvo, sin dejar de hacerlo haste el mismo momento del hundimiento. Ninguno de ellos sobrevivió, y solo se recuperaron los cuerpos de Hartley, Hume y Clarke.

Casi desde el momento del hundimiento se empezó a hablar de organizar un concierto de homenaje, que sirviera tanto para reconocer el valeroso comportamiento de la banda como para recaudar fondos para sus familias. The Orchestral Association, un sindicato dedicado a defender los derechos de los músicos británicos, asumió la responsabilidad de la organización del concierto, que se hizo con gran rapidez; todo el mundo se mostraba dispuesto a ayudar para una causa tan noble. La fecha del concierto quedó pronto establecida el 24 de mayo de 1912, poco más de un mes más tarde del hundimiento, haciéndolo coincidir con la festividad del Día del Imperio, para asegurarse de que todo el que quisiera pudiera asistir. El lugar escogido, la célebre sala de conciertos londinense del Royal Albert Hall.

Para el concierto se congregó la que fue anunciada como "la mayor orquesta profesional jamás reunida". Nada menos que 473 músicos, procedentes de siete de las orquestas más reputadas de Londres, The Philharmonic Orchestra, The Queen's Hall Orchestra, The London Symphony Orchestra, The New Symphony Orchestra, The Beecham Symphony Orchestra, The Royal Opera Orchestra y The London Opera House Orchestra, además de algunos músicos de The Orchestral Association y la famosa contralto australiana Ada Crossley como solista. Especialmente emotiva fue la presencia de miembros de la London Symphony Orchestra, cuyos componentes se habían salvado por poco de la catástrofe: contratados para una gira de tres semanas por Estados Unidos y Canada, tenían billetes reservados en el Titanic pero un cambio de fechas de última hora les hizo tener que partir una semana antes, a bordo de otro trasatlántico, el SS Baltic.

El concierto comenzó a las tres de la tarde. La sala estaba a rebosar, con sus más de 5200 asientos ocupados por gente de toda condición, que habían pagado desde un chelín por las entradas más económicas hasta tres guineas por un asiento en los palcos más exclusivos. Además, los organizadores decidieron dejar las puertas de la sala abiertas, para que los transeúntes pudieran disfrutar también de la música. 

A lo largo de la actuación siete directores diferentes se fueron turnando para dirigir la orquesta. La mayoría eran los titulares de las orquestas que aportaban músicos al concierto, como sir Edward Elgar (London Symphony Orchestra) o sir Henry J. Wood (Queen's Hall Orchestra). también contaron con un invitado de excepción, el holandés Willem Mengelberg, uno de los directores de orquesta más prestigiosos de Europa, que fue director de la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam durante cincuenta años.

El programa contemplaba dos partes, separadas por un intervalo de descanso. En la primera mitad se interpretaron obras de Chopin (la Marcha Fúnebre de su Sonata para piano nº2), Mendelssohn (el aria Descansa en el Señor de su oratorio Elías) o Tchaikovsky (el tercer movimiento de su Sinfonía nº6, la Patética). La segunda se dedicó casi exclusivamente a Wagner (la Cabalgata de las Walkirias, el preludio de Lohengrin o la obertura de Tannhauser). La actuación se cerró con la interpretación de un himno religioso llamado Near, my God, to thee (Cerca de ti, señor) del que se decía que había sido la última pieza que había interpretado la orquesta antes de que el Titanic se hundiera, aunque hay serias dudas de que así fuera. Fue un momento tremendamente emotivo, en el que la mayoría del público acabó entonando el himno y muchos rompieron a llorar con la emoción.

Todos los beneficios del concierto fueron entregados a las familias de los ocho músicos del Titanic.

lunes, 20 de noviembre de 2023

La iglesia de Fantoft

La iglesia de Fantoft, en su localización original

Construida aproximadamente entre 1150 y 1170, la iglesia de madera de Fortun era uno de los pocos ejemplos de stavkirke que habían llegado hasta nosotros. Las stavkirke fueron un tipo de iglesias de madera muy comunes en el norte de Europa durante la Edad Media (se cree que llegaron a existir hasta 2000 de estos templos solo en Noruega), aunque el paso del tiempo y diversos sucesos como la Peste Negra o la Reforma protestante fueron disminuyendo su número. Así en 1650 apenas quedaba una décima parte, y en la actualidad solo se conserva una treintena de ellas (28 en Noruega, una en Suecia y otra en Polonia). Las stavkirke se construían a partir de una estructura de gruesos troncos de pino o stav, asentados sobre cimientos de piedra para protegerlos de la humedad.

La iglesia, poco después de su traslado a Fantoft (c. 1885)

La iglesia de Fortun, cuya mención escrita más antigua data de 1323, fue una de las que sobrevivió hasta el siglo XIX, sufriendo alguna que otra reforma. Se hallaba en el pueblo de Fortun, en el municipio de Luster, localizado a su vez en el distrito occidental de Sogn; aunque se dice que había sido trasladada allí desde su emplazamiento original, en el cercano pueblo de Skjolden. Cuando en 1879 se construyó una nueva iglesia en Fortun se habló de demolerla, destino que habían sufrido muchas otras iglesias antiguas de Noruega. Sin embargo, Fredrik Georg Gade, un político y empresario de origen alemán, compró la iglesia y la hizo trasladar en 1883, pieza por pieza, al lugar en el que residía, Fantoft, un distrito del municipio de Fana, colindante con la ciudad de Bergen, a más de 180 kilómetros de distancia. Su reconstrucción fue encargada al arqueólogo Anders Lorange y al arquitecto Joakim Mathiesen; se decidió eliminar algunos elementos, como la torre occidental y el coro, que habían sido añadidos en una reforma de mediados del siglo XVII, y se reconstruyeron algunas partes para darle a la iglesia un aspecto más cercano a su apariencia original, tomando como modelo otra célebre iglesia medieval, la de Borgund. No obstante, estudios posteriores sugieren que la reconstrucción se basó en interpretaciones erróneas y estaba lejos de ser completamente fiable.

Los restos de la iglesia, tras el incendio

En la década de 1980 la iglesia empezó a recibir críticas procedentes del entorno de movimientos neopaganos, quienes afirmaban que había sido asentada en lo que antaño había sido un lugar de culto pagano y pedían su traslado. Nadie les hizo demasiado caso, pero el 6 de junio de 1992 un pavoroso incendio arrasó la iglesia casi por completo, pese a la rápida intervención de los bomberos. Solo se salvaron algunos postes y fragmentos de las paredes, que sin embargo quedaron destruidos en otro incendio que afectó al garaje en el que habían sido almacenados. Aunque en un principio se barajaron las posibilidades de que el fuego hubiera sido provocado por un rayo o por un cortocircuito, muy pronto se descartaron esas ideas y se pasó a considerar como un incendio provocado.

La quema de la iglesia de Fantoft fue el primero de una serie de incendios en edificios religiosos de los que se culpó a simpatizantes de grupos de black metal. La policía no tardó en encontrar un sospechoso: Varg Vikernes, un músico y simpatizante neopagano, obsesionado con el paganismo y la obra de J. R. R. Tolkien, que utilizaba el alias de Conde Grishnackh y era miembro de un grupo de black metal llamado Burzum (su único miembro, en realidad). Precisamente en 1993 Burzum lanzó un EP titulado Aske (Cenizas) cuya portada era una fotografía de la iglesia de Fantoft quemada, obra del propio Vikernes. En agosto de 1993 Vikernes fue sometido a juicio acusado del asesinato de Øystein Aarseth, otro músico de la escena del black metal noruego y antiguo productor de Burzum y del incendio de varias iglesias, entre ellas la de Fantoft. El jurado le halló culpable de la muerte de Aarseth y del incendio de las iglesias de Storetveit y Åsane en Bergen, la de Holmenkollen en Oslo y la de Skjold en Vindafjord, pero no de la de Fantoft. Fue condenado a 21 años de cárcel y puesto en libertad en 2009. En la actualidad sigue dedicándose a la música y vive con su familia en una aldea de la región francesa de Limousin.

La iglesia reconstruida, en la actualidad

Después del incendio se decidió construir una réplica de la iglesia destruida en el mismo emplazamiento en el que se encontraba. Fue un trabajo lento y arduo; hacía siglos que no se construía una stavkirke en Noruega y algunas de las técnicas empleadas se habían perdido. En la reconstrucción, dirigida por los arquitectos J. L. Andersen y K. H. Irgens y el ingeniero Egil O. Laastad y que por motivos prácticos no se hizo de manera históricamente fiel a las técnicas originales, se usó madera de pinos de la región de Kaupanger, algunos de hasta 400 años de edad. Se terminó y se consagró en 1997 y sigue siendo propiedad de la familia Horn, los mismos propietarios de la original. Lo único que se conserva de la iglesia original es la cruz del altar y una piedra que estaba en una pared, probablemente algún tipo de reliquia. Los hermosos murales del interior de la iglesia no pudieron ser recreados. En el exterior de la iglesia se colocó una cruz medieval de piedra, procedente de una iglesia de la localidad de Tjora.

domingo, 5 de noviembre de 2023

Centralia, sesenta años ardiendo

Centralia


Los orígenes de la ciudad de Centralia (condado de Columbia, Pennsylvania) se remontan a 1832, cuando un tabernero llamado Jonathan Faust abrió la Bull's Head Tavern al borde de la carretera de Reading a Fort Augusta, que muchos años más tarde pasaría a formar parte de la autopista Ruta 61. Diez años más tarde, las tierras circundantes fueron compradas por una compañía minera, la Locust Mountain Coal and Iron Company, deseosa de explotar los ricos yacimientos de antracita de la zona. Poco después se instalaba allí el ingeniero Alexander Rea, verdadero creador de la ciudad: diseñó los planos, construyó calles y casas, y llamó a la localidad Centreville, aunque el nombre se cambió en 1865, cuando se instaló una oficina de correos en la ciudad y el servicio postal se dio cuenta de que había otro pueblo llamado Centreville en un condado limítrofe, pasando a llamarse Centralia. En los siguientes años se abrirían varias minas y se construiría una línea de ferrocarril para exportar el mineral.

Centralia nunca fue una villa demasiado populosa; alcanzó su máxima población en torno a la década de 1890, cuando contaba unos 2700 habitantes, que vivían principalmente de las minas. La actividad minera se resintió  durante la Primera Guerra Mundial, cuando muchos de sus trabajadores se alistaron en el ejército norteamericano, y luego tras el crac de 1929, que llevó al cierre a varias de las minas de la ciudad. En 1950, en virtud a una ley promulgada el año anterior, los derechos de explotación del carbón bajo la ciudad pasaron al ayuntamiento local.


El 28 de mayo de 1962 se celebró el Memorial Day, la fiesta en la que los norteamericanos rinden homenaje a sus soldados caídos en combate. El ayuntamiento local había estado recibiendo quejas por el mal olor que provocaba en uno de los cementerios de la ciudad, el de Old Fellows, la cercanía de un vertedero de basuras que el propio ayuntamiento había establecido ese mismo año, en el interior del pozo de una antigua mina abandonada. Había sido una decisión urgente y necesaria, debido a que el anterior vertedero había sido clausurado por incumplir las leyes estatales y ello había provocado la aparición de varios vertederos ilegales en torno a la ciudad. Ante la posibilidad de que los malos olores deslucieran los actos de homenaje a los caídos, el ayuntamiento decidió "limpiar" el vertedero, de la forma en la que se solía hacer en aquella época... prendiéndole fuego. 


El problema era que todo el proceso incumplía flagrantemente las leyes estatales. Primero, para usar como vertedero una antigua mina, era obligatorio sellar primero todos los túneles y huecos en las paredes, y luego cubrir el interior del pozo con materiales ignífugos. Y segundo, el uso de fuego para deshacerse de los residuos acumulados estaba estrictamente prohibido, porque había un peligro elevadísimo de que el fuego se extendiera a las minas. Sin embargo, las autoridades de Centralia habían hecho caso omiso de las normas y siguieron adelante con el plan.

Así, el domingo 27, víspera del Memorial Day, cinco miembros de los bomberos voluntarios de la ciudad, contratados por el ayuntamiento, prendían fuego al vertedero y lo dejaban arder durante horas, apagándolo con mangueras por la noche. No obstante, esa clase de fuegos son difíciles de extinguir por completo y pueden seguir ardiendo en sus capas inferiores. Dos días más tarde, el 29 de mayo, los bomberos tuvieron que acudir al vertedero y usar de nuevo las mangueras tras hacerse visibles nuevas llamas. Y de nuevo el día 4 de junio; en esa ocasión los bomberos notaron la existencia de un enorme agujero, de más de cuatro metros de ancho, en una de las paredes del pozo. A pesar de ello, el ayuntamiento había autorizado que se siguiera vertiendo basura.


Ya en el mes de julio, ante la aparición de unas emanaciones de humo que surgían del suelo en la pared norte del pozo, un inspector de minas acudió a Centralia provisto de equipamiento para detección de gases. Las pruebas determinaron que aquellas emanaciones presentaban una concentración de monóxido de carbono típica de los incendios en minas de carbón, lo que demostraba que el fuego del vertedero se había extendido a las vetas de carbón de la vieja mina y se extendía bajo tierra. El 7 de agosto, mientras las autoridades locales y estatales discutían como afrontar el problema, se ordenó el cierre de todas las minas activas de Centralia, debido a la detección de niveles de monóxido de carbono potencialmente letales.

Un primer intento de extinguir el incendio, excavando alrededor del perímetro del fuego para crear una trinchera, fracasó porque la excavación logró exactamente lo contrario: avivar el incendio al permitir que el oxígeno entrara en grandes cantidades en la red de minas. En octubre se hizo un nuevo intento para inundar las viejas galerías por las que se extendía el fuego, pero también fracasó: las bajas temperaturas congelaban las tuberías y la maquinaria y los agujeros excavados para introducir el agua actuaban como respiraderos. Se propusieron nuevos planes, como trincheras recubiertas de material ignífugo o fosos llenos de agua, que se fueron descartando uno tras otro. Al final, en 1963 las autoridades decidieron abandonar los intentos de extinguir el incendio, limitándose a mantener la vigilancia y esperar a que se extinguiera por si solo.

Todd Domboski, junto al agujero que casi le cuesta la vida

Y así, el incendio de Centralia siguió avanzando a través del subsuelo de la ciudad, consumiendo poco a poco el carbón sin que los habitantes de la ciudad fueran verdaderamente conscientes del peligro que entrañaba. Las alertas saltaron cuando en 1979 el propietario de una gasolinera local descubrió que la gasolina de sus depósitos subterráneos se encontraba a la alarmante temperatura de 78º. A partir de 1980 empezó a informarse de varios casos de personas intoxicadas por emanaciones de monóxido y dióxido de carbono, y en 1981 un niño de 12 años llamado Todd Domboski estuvo a punto de morir tras caer en un socavón de decenas de metros de profundidad que se abrió de improviso bajo sus pies. Ante el riesgo que corrían los habitantes de la ciudad, en 1984 el Congreso de los EEUU aprobó un proyecto de traslado y recolocación de los habitantes de Centralia, dotado con 42 millones de dólares.

Vista aérea del lugar que antes ocupaba Byrnesville

La mayoría de los habitantes de la ciudad aceptó la oferta del gobierno y abandonó Centralia (muchos de ellos se instalaron en pueblos cercanos como Mount Carmel o Ashland). Solo un puñado de familias decidió quedarse; la mayoría alegaban que no había un riesgo inminente y que el verdadero objetivo de las autoridades era apropiarse de los derechos de explotación del carbón de la zona, que según la ley estatal pertenecían al municipio, pero que en caso de que este dejara de funcionar (por ejemplo, si la ciudad era abandonada) pasarían a ser propiedad del estado de Pennsylvania. Se inició entonces una batalla legal entre los residentes y las autoridades que se prolongó durante años. En 1992 el gobernador del estado Bob Casey ordenó la expropiación de los edificios de la ciudad y en 2002 el servicio de Correos eliminó el código postal de Centralia (17927). En 2009 se inició el trámite definitivo para desahuciar a los últimos residentes y en 2012 estos perdieron su última apelación en los tribunales. Finalmente, en octubre de 2013 los últimos siete habitantes de Centralia llegaron a un acuerdo con las autoridades: estas les dieron permiso para seguir viviendo en Centralia hasta que murieran o decidieran marcharse, momento en el cual los derechos sobre sus hogares pasarían a manos del estado.

La Ruta 61 a su paso por Centralia

En la actualidad, Centralia es una ciudad fantasma. Muchos de sus edificios han sido demolidos o se han venido abajo por el abandono. La vegetación ocupa calles y solares, y solo unos pocos edificios resisten mas o menos bien, como la iglesia católica de la Asunción de la Santísima Virgen, construida sobre un lecho de roca sólida y no sobre carbón. Aquí y allá se producen escapes de gases tóxicos que han matado a la vegetación circundante. El tramo de la Ruta 61 que discurría por la zona también está cerrado, después de que en los años 90 aparecieran numerosas grietas y socavones. El lugar tiene un aspecto de desolación tal que sirvió de inspiración para la ambientación de la película Silent Hill (2006), basada en una popular serie de videojuegos (solo para la película, no para los juegos). La pequeña localidad de Byrnesville, un poco más al sur, también fue evacuada al descubrirse que el incendio también había llegado a su subsuelo. Sus 75 habitantes fueron trasladados, y la última de sus casas fue demolida en 1996.


En la actualidad, según el censo de 2020, solo cinco personas continúan residiendo en Centralia. El fuego sigue su avance implacable, y si no hay novedades, lo hará durante un largo periodo: se calcula que en el subsuelo de Centralia queda suficiente carbón para que el fuego se mantenga al menos hasta mediados del siglo XXIII.

domingo, 14 de mayo de 2023

Tragedia en el K2

K2

Con sus 8611 metros sobre el nivel del mar el K2 es la segunda montaña más alta del mundo, solo por detrás del Everest. Descrita por primera vez en 1856 por el militar y topógrafo británico Thomas Montgomerie, fue este quien la denominó K2 por considerarla erróneamente la segunda montaña más alta de la cordillera del Karakórum (llamó K1 a la que hoy se conoce como Masherbrum). El K2 estaba en un área tan remota que ni siquiera los habitantes locales le habían dado un nombre; por eso, aunque a lo largo de los años ha sido nombrado monte Godwin-Austen, Dapsang, Lamba Pahar, Chogori o Qogir (su nombre oficial para las autoridades chinas), la mayoría se siguen refiriendo a ella como K2.

El K2 es para muchos la montaña más peligrosa del mundo. El montañero norteamericano George Irving Bell llegó a decir de ella que "Es una montaña salvaje que intenta matarte". A su forma piramidal, con paredes abruptas y sin secciones planas como las del Everest, se une un tiempo inclemente durante buena parte del año, con terribles tormentas que se desatan en ocasiones de manera sorpresiva y temperaturas extremas. Además, durante bastante tiempo se dijo que la montaña tenía una maldición hacia las mujeres escaladoras: las seis primeras mujeres que alcanzaron su cumbre murieron en el descenso o escalando otras montañas poco después, y otras muchas perecieron en el intento. Su cumbre fue coronada por primera vez en 1954 por los italianos Lino Lacedelli y Achille Compagnoni; desde entonces y hasta 2021, menos de 400 personas habían alcanzado su cumbre y cerca de un centenar habían muerto en el intento, a causa de la congelación, la fatiga, las avalanchas, las tormentas o los edemas pulmonares. Recientemente, cambios en la política de concesión de visados y la llegada de sherpas nepalíes a la zona para implantar un modelo de escalada similar al del Everest han hecho que el número de ascensos se haya multiplicado, llegando a producirse en un solo día, el 22 de julio de 2022, hasta 145 llegadas a la cumbre.

Alison Jane Hargreaves (1962-1995)

A mediados de agosto de 1995 Alison Hargreaves llegaba al campo 4, el último antes de la cumbre, situado a unos 7600 metros de altitud. Hargreaves era una escaladora que empezaba a ser conocida en los círculos del montañismo; en 1993 había sido la primera alpinista en subir a las seis grandes caras norte de los Alpes en una misma temporada, y ahora estaba embarcada en un nuevo desafío: ascender a las tres montañas más altas del mundo (el Everest, el K2 y el Kangchenjunga) sin asistencia. El 15 de mayo había alcanzado la cima del Everest sin oxígeno ni ayuda de los sherpas y ahora pretendía hacer lo mismo en el K2. Iba acompañando a los miembros de una expedición norteamericana a la que se había unido poco antes. En el campo 4 coincidió con otras dos expediciones: una canadiense-neozelandesa y otra española, organizada por los clubes Peña Guara de Huesca y Montañeros de Aragón de Zaragoza, formada por Javier Escartín, Lorenzo Ortiz, Javier Olivar, Lorenzo Ortas, José Garcés, Manuel Avellanas y Manuel Ansón. Todos coincidían en intentar el acceso a la cumbre por la llamada ruta del Espolón de los Abruzzos, la más habitual y menos complicada de las varias que existen para coronar el K2.

De izquierda a derecha, Manuel Ansón, Manuel Avellanas, Javier Escartín, Lorenzo Ortiz, Lorenzo Ortas, José Garcés y Javier Olivar

El 13 de agosto las condiciones parecían ser las idóneas para un intento de alcanzar la cumbre. El tiempo era bueno y llevaba así durante cuatro días seguidos. Todos estaban al tanto de la peligrosidad de la montaña (solo un mes antes otro escalador español, el catalán Jordi Anglès Soler, había muerto en el intento) pero parecía el momento ideal para el asalto final a la montaña. Seis escaladores salieron muy temprano rumbo a la cumbre: Hargreaves, el estadounidense Rob Slater, los neozelandeses Bruce Grant y Peter Hillary (hijo del legendario sir Edmund Hillary, el primer hombre en alcanzar la cima del Everest) y los canadienses Jeff Lakes y Kim Logan. Los españoles Javier Escartín, Lorenzo Ortiz, Javier Olivar y José Garcés habían salido algo más temprano; se encontrarían con ellos en un estrechamiento de la ruta conocido como "Cuello de botella". Sin embargo, cuando aún estaban lejos de la cumbre, Hillary decidió dar la vuelta. Pese a que el tiempo había permanecido estable durante días, había visto indicios de que podría cambiar pronto. Su instinto le decía que era mejor desistir del intento, y prefirió regresar. Logan regresó con él; los demás, sin embargo, continuaron con el ascenso. Poco después se cruzaban con Garcés que, con problemas en los pies, regresaba al Campo 4

A las 6:45 PM Hargreaves y Olivar anunciaban por radio a Ortas, que se había quedado en el Campo 4, que habían alcanzado la cumbre. Los demás irían llegando después, salvo Lakes, que se había visto obligado a dar la vuelta por el agotamiento. Según le contaron a Ortas, el tiempo era espléndido. Menos de una hora después, estallaba una brutal tormenta en la montaña, con temperaturas extremas y vientos de hasta 160 km/h, que sorprendió a los montañeros en pleno descenso, sin posibilidad de encontrar refugio. Desde el campo base, algunos testigos con prismáticos afirmaron haber visto a los escaladores luchando por descender antes de desaparecer tragados por la ventisca. Hargreaves, Slater, Grant, Escartín, Ortiz y Olivar; ninguno de los seis volvió a ser visto. Lakes llegó a duras penas al Campo Base, donde pese a ser atendido moriría horas más tarde de hipotermia y agotamiento. Ortas y Garcés, los únicos que quedaban en el Campo 4, resistieron la tormenta a duras penas, después de que el viento hubiera destrozado sus tiendas.

A la mañana siguiente Ortas y Garcés, con un inicio de congelación en manos y pies, comenzaron un penoso descenso hasta el Campo 3. Durante su descenso, a unos 7400 metros de altitud, encontraron varios objetos: una bota de escalada, un anorak y un arnés, ambos manchados de sangre, reconociendo todo ello como parte del equipo de Alison Hargreaves. A unos cientos de metros Ortas, que se había desviado de la ruta para investigar, divisó un cuerpo (que identificó, por el color de su ropa, como el de la escaladora británica) y señales de que al menos otros dos cuerpos más se habían deslizado montaña abajo; su opinión era que el terrible viento de la tormenta los había hecho salir despedidos mientras descendían. Pero, debido a su complicada situación, decidió seguir descendiendo y tratar de volver más tarde para recuperar el cadáver de Hargreaves y cualquier otro que pudiera haber. Sin embargo, en el Campo 3 apenas había suministros y tuvieron que continuar hasta el Campo 2, a donde llegaron sobre las diez de la noche. Al día siguiente siguieron descendiendo hasta el Campo Base, donde se reunieron con Ansón y Avellanas y recibieron asistencia médica; serían evacuados en helicóptero el día 19, sufriendo pequeñas amputaciones en manos y pies.

Ninguno de los cuerpos de los seis fallecidos en lo que se llamó "El desastre del K2" fueron jamás recuperados. Alison Hargreaves tenía dos hijos: Thomas y Katherine Ballard. Thomas llegaría con el tiempo a ser un respetado escalador. En febrero de 2019, cuando contaba con solo 30 años, desapareció durante una expedición al Nanga Parbat. Su cuerpo y el de su compañero de escalada Daniele Nardi fueron encontrados dos semanas después.

domingo, 12 de junio de 2022

Curiosidades (con fotografías)


Uno de los edificios que se derrumbaron tras el terremoto que asoló México el 19 de septiembre de 1985 fue el Hospital Juárez, en Ciudad de México. Pese al derrumbe, en los siguientes días se rescataron 14 recién nacidos de entre los escombros. Algunos llegaron a pasar hasta una semana sin comida, agua ni contacto humano. A estos niños se los conoce como "los niños milagro del Juárez".


El 15 de abril de 1984 el cómico británico Tommy Cooper sufrió un infarto mientras actuaba en un programa de la cadena LWT y se desplomó, muriendo poco después, mientras el público presente en el estudio reía y aplaudía creyendo que todo formaba parte del espectáculo.



La llamada "Pagoda de Hierro", que forma parte del templo budista Yougou, en la ciudad china de Kaifeng, fue construida en el año 1049, bajo el reinado de la dinastía Song. A lo largo de sus casi mil años de existencia ha soportado 38 terremotos, seis inundaciones y multitud de otros desastres naturales, pero aún así ha llegado prácticamente intacta hasta nuestros días.


El llamado "Ángel de la Muerte" es una estatua de más de ocho metros de altura, obra del artista Alfie Bradley y situada en la localidad inglesa de Middlesbrorugh. Está fabricada con miles de cuchillos empleados en crímenes violentos y donados por cuerpos policiales de toda Europa.


Según cuenta la tradición, un malvado señor feudal japonés o daimyō conspiró para asesinar al Emperador Toba (1103-1156) y ocupar su trono, con la complicidad de un espíritu maligno, un zorro de nueve colas o kitsune que adoptó la forma de una hermosa mujer llamada Tamamo-no-Mae. Pero la conspiración fue descubierta y Tamamo-no-Mae murió a manos de un legendario guerrero llamado Miura-no-suke. Al morir, el cuerpo del zorro se transformó en una roca, llamada Sessho-seki ("Piedra asesina") que se encuentra en las montañas cercanas a la ciudad de Nasu, en la prefectura de Tochigi, en la cual supuestamente permanecía encerrado el espíritu del zorro. El pasado 5 de marzo, casi mil años después, la roca apareció misteriosamente partida en dos, lo que ha llevado a algunos a decir que el espíritu del zorro de nueve colas vuelve a ser libre y es presagio de grandes males.


En el Minuteman Missile National Historic Site de Wall (Dakota del Sur), un museo construido en un viejo silo de misiles intercontinentales, existe una puerta blindada en la que hay pintada una parodia de los anuncios de la cadena de pizzas Domino's con la leyenda "Reparto  a escala mundial en 30 minutos o menos o el siguiente es gratis".


Götz von Berlichingen fue un caballero y mercenario alemán del siglo XVI que en 1504, durante el sitio de la ciudad de Landshut, luchando en nombre de Alberto IV, duque de Baviera, perdió el brazo derecho a causa de un cañonazo. Una vez se recuperó el miembro perdido le fue sustituido por un brazo metálico (lo que le valió el apodo de "El de la Mano de Hierro"). El brazo era un artefacto notablemente avanzado para la época, dotado de articulaciones y un mecanismo de ruedas mecánicas que, si bien no le permitía levantar objetos muy pesados, si podía manejar una espada, las riendas de un caballo o incluso escribir con él.


El doctor John Rock, uno de los creadores de la píldora anticonceptiva, era un católico devoto que tuvo cinco hijos y diecinueve nietos.


Omo es un rarísimo ejemplar de jirafa blanca que vive en el Parque Nacional de Tarangire (Tanzania). Ahora que ya es adulta su principal amenaza no son los depredadores como leones o hienas, sino los cazadores furtivos. Dos jirafas (una madre y su cría) con leucismo igual que Omo fueron abatidas por furtivos en Kenya en 2020.


Grafarkirkja, una construcción con el techo de turba y rodeada de un seto circular, es la iglesia más antigua de Islandia, y fue construida en 1680 por orden del obispo de Hólar, Gisli Thorláksson.


El llamado Túnel de Árboles de Halnaker fue en tiempos parte de una concurrida calzada romana que conectaba Londres con Chichester, y que tras siglos de relativo abandono ha adoptado este aspecto.


En 1978 la policía de Los Ángeles encontró, enterrado en el hueco de una antigua piscina, un Ferrari Dino 246 GTS cuyo robo había sido denunciado cuatro años antes. Ni los dueños de la casa (que se habían instalado hacía poco) ni los vecinos del barrio recordaban haber visto nada inusual. Nunca se llegó a arrestar a nadie por el robo, pero se sospecha que podía haberse tratado de un plan urdido por el propietario del coche para estafar al seguro.

domingo, 14 de noviembre de 2021

El milagro de Juliane Koepcke

Juliane Koepcke

En el año 1950 una joven de 26 años llamada Maria von Mikulicz-Radecki, que el año anterior había conseguido un doctorado con honores en zoología por la Universidad de Kiel, abandonó su Alemania natal para viajar a Perú y encontrarse allí con su prometido Hans-Wilhelm Koepcke, también zoólogo, que trabajaba en el Museo de Historia Natural de Lima. Hans la había animado a ir a aquel "maravilloso país" ensalzando su riqueza natural y asegurándole de que allí podría utilizar todos sus conocimientos científicos.

Al igual que le había sucedido a Hans, Maria se enamoró del Perú. Allí se casaría con Hans y allí nació su única hija, Juliane, en 1954. Se especializó en ornitología (Perú es el segundo país en número de especies de aves del mundo), trabajó junto a Hans en el Museo durante algún tiempo, y luego fundó una estación de investigación en la selva amazónica a la que llamó "Panguana". Ambos publicarían numerosos trabajos juntos. y mientras Hans se convirtió un experto en la fauna de Sudamérica, Maria llegaría a ser una referencia internacional sobre la avifauna de la región Neotropical. A lo largo de sus años en Perú, Maria recolectó más de 1500 especímenes e identificó varias especies nuevas como el pijuí de Ancash (Synallaxis zimmeri), el cotinga cariblanco (Zaratornis stresemanni) o el canastero de los cactos (Pseudasthenes cactorum).

La familia Koepcke: Maria, Juliane y Hans

El día 24 de diciembre de 1971, Maria y Juliane, que entonces tenía 17 años, embarcaron en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima a bordo del vuelo 508 de la LANSA (Líneas Aéreas Nacionales S. A.), un vuelo local que iba de Lima a Iquitos haciendo escala en la ciudad de Pucallpa. Precisamente Pucallpa era el destino de ambas mujeres; sus compromisos laborales habían llevado a Hans hasta allí y tenían previsto pasar juntos las Navidades. En un principio habían previsto partir unos días antes, pero Juliane había insistido en quedarse para poder asistir a la ceremonia de graduación de su instituto. Entre pasajeros y tripulantes iban en el vuelo un total de 92 personas y, como curiosidad, el director de cine alemán Werner Herzog, que se encontraba en el país rodando la película Aguirre, la cólera de Dios, había reservado un pasaje pero perdió el vuelo.

La primera parte del vuelo, que partió poco antes del mediodía, transcurrió sin incidentes. No obstante, unos 40 minutos después del despegue, cuando el avión, un Lockheed L-188 Electra, había sobrepasado ya la ciudad de Oyón y se encontraba sobre la selva amazónica, empezaron las complicaciones. Una tormenta imprevista, con lluvia y vientos fuertes, comenzó a sacudir la aeronave. Mientras el piloto descendía desde los 6000 a los 4000 metros de altitud tratando de encontrar mejores condiciones, las azafatas pidieron a los pasajeros que se abrocharan los cinturones. Juliane se apresuró a hacerlo, sin saber que ese gesto probablemente le salvaría la vida.

Restos del LANSA 508

Según el relato de Juliane, a eso de las 12:36 un rayo alcanzó uno de los motores del avión, que se incendió y explotó casi de inmediato. El avión comenzó entonces a caer en picado mientras su fuselaje se hacía pedazos. Juliane y su asiento salieron despedidos al exterior y se precipitaron en caída libre desde unos 2000 metros de altitud hacia lo que parecía una muerte segura.

Juliane se despertó unas horas más tarde. Estaba en el suelo, en plena selva, amarrada todavía a su asiento. Las copas de los árboles y la tupida vegetación bajo ellas habían amortiguado su caída y el asiento la había protegido de males mayores. Milagrosamente, solo tenía una clavícula rota, una herida en el hombro, un ojo morado y un corte en su brazo. 

A su alrededor la joven pudo contemplar un dantesco espectáculo: los restos del avión y de sus ocupantes, desperdigados por una amplia zona de la selva. Durante dos días, Juliane buscó ayuda por los alrededores, pero solo encontró restos del avión. Buscó a su madre pero fue incapaz de encontrarla. Entonces decidió ir en busca de ayuda. Por suerte para ella, conocía algo la selva, había acompañado a  sus padres durante sus investigaciones y le habían enseñado como orientarse y sobrevivir. Encontró un arroyo cercano y lo siguió hasta que desembocó en un río, siguiendo luego su curso río abajo con la esperanza de encontrar a alguien.

Durante diez días Juliane caminó río abajo, sin apenas comida (afortunadamente el agua del río era potable), esquivando a los cocodrilos y otros depredadores, viéndose obligada a nadar para cruzar algunas zonas profundas, soportando el calor, la humedad y los mosquitos, y con una severa infestación de larvas de mosca en la herida de su hombro. Finalmente, logró llegar hasta una cabaña junto a la que había una canoa a motor. La cabaña pertenecía a unos leñadores que en aquel momento estaban ausentes; Juliane decidió no llevarse la canoa y esperar a que regresaran. Descansó en la cabaña y se trató la herida rociándola con gasolina para librarse de los gusanos.

Los leñadores regresaron a la mañana siguiente. De inmediato la llevaron a una aldea cercana, donde le dieron de comer y le hicieron las curas más urgentes antes de llevarla en canoa hasta la localidad de Tournavista, en un viaje que duró diez horas. De Tournavista la evacuaron en una avioneta hasta Pucallpa, donde fue ingresada en un hospital en el que se reencontraría con su padre, quien ya la daba por muerta como a su madre.

Una vez se hubo recuperado, Juliane guió a los equipos de búsqueda hasta los restos del avión para recuperar los cuerpos de los pasajeros. La parte delantera del avión se encontró prácticamente intacta y se averiguó que otros trece pasajeros habían sobrevivido al accidente, entre ellos el piloto y Maria Koepcke, pero debido a sus heridas y a la falta de ayuda ninguno de ellos seguía con vida cuando se encontró el avión.

Juliane Diller (2019)

Hans Koepcke envió a Juliane a Alemania con su familia poco después, para que pudiera recuperarse. Él mismo regresó a Alemania en 1974, para enseñar Zoología en la Universidad de Hamburgo. Juliane permaneció algún tiempo en Alemania, terminando sus estudios. Siguiendo la tradición familiar, estudió biología en la Universidad de Kiel y en 1980 regresó a Perú para investigar a la fauna de mamíferos locales, especializándose en murciélagos. En 1987 presentó su tesis doctoral sobre los murciélagos de la selva peruana y en 1989 se casó con Erich Diller, un entomólogo de origen alemán como ella. En el año 2000, tras la muerte de su padre, se hizo cargo de la dirección de Panguana. Años más tarde regresaría a Alemania con su familia, y en la actualidad trabaja como bibliotecaria en la Colección Zoológica del Estado de Baviera en Münich, aunque sigue viajando regularmente a Perú.

En 2011 Juliane publicó su autobiografía: Als ich vom Himmel fiel (Cuando caí del cielo). En 2019 el gobierno peruano le concedió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos, así como una Cátedra Honoraria en la Universidad de Lima por su labor. En 2021 el gobierno alemán le otorgó la Cruz Federal al Mérito.

La historia de Juliane ha sido llevada al cine en un par de ocasiones. La primera, en 1974, en una película italoamericana titulada Miracles Still Hapens, que la propia Juliane definió como "muy cursi" y "demasiado alejada de la realidad". En el año 2000 Werner Herzog dirigió Julianes Sturz in den Dschungel, un documental con la participación de la propia Juliane Koepcke, visitando los escenarios de los sucesos originales.