Verba volant, scripta manent
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domingo, 3 de noviembre de 2024

La Carta Zinóviev



El año 1924 alumbró un escenario inédito en la política del Reino Unido. Las elecciones celebradas en diciembre de 1923 habían dejado al Partido Conservador como el más votado (258 escaños en el Parlamento), pero sin una mayoría suficiente como para formar un gobierno en solitario. El tercer partido más votado, el Liberal (158 escaños), se negó a apoyar a los conservadores como había hecho entre 1918 y 1922 y prefirió apoyar un gobierno en minoría del Partido Laborista (socialistas moderados, 198 escaños). No es que los liberales tuvieran una gran afinidad con los laboristas, simplemente creían que el más que probable fracaso de su gobierno provocaría que en las siguientes elecciones una parte sustancial de sus votantes pasaría a votarles a ellos. 

James Ramsay MacDonald (1866-1937)

Y así, en enero de 1924 por primera vez en su historia los laboristas formaban gobierno, encabezado por Ramsay MacDonald como primer ministro. Como era de esperar, fue un gobierno inestable al que los liberales mantenían pese a votar en contra de la mayoría de sus propuestas. Entre los pocos éxitos logrados por los laboristas estuvo el reconocimiento de la Unión Soviética y el inicio de negociaciones con ella para un tratado comercial, al que los conservadores se oponían tenazmente. Al final, el 8 de octubre, tras apenas 10 meses de gobierno, el gobierno laborista perdía una moción de censura presentada por los liberales con el apoyo de los conservadores. El detonante había sido la decisión del gobierno de paralizar el procesamiento de John Ross Campbell, editor y co-fundador del Partido Comunista británico, que había sido acusado en base a la Ley de Inducción al Amotinamiento de 1797 por haber publicado una carta en el semanario Worker's Weekly, medio oficial del Partido Comunista, en la que exhortaba a los soldados del ejército británico a que, en caso de una nueva guerra, no empuñasen sus armas contra sus camaradas trabajadores, sino que se unieran a ellos para combatir a los explotadores y capitalistas (el proceso se reanudaría más tarde y Campbell acabaría condenado a seis meses de cárcel). Como consecuencia, MacDonald presentaba su dimisión al rey Jorge V y convocaba unas nuevas elecciones para el día 29 de octubre. Unas elecciones atípicas, precedidas de una corta campaña electoral en la que jugaría un papel destacado un curioso documento, la Carta Zinóviev.

Grigory Zinoviev (1883-1936)

El 25 de octubre, solo cuatro días antes de las elecciones, el periódico conservador Daily Mail anunciaba haber descubierto una conspiración comunista y publicaba como prueba una carta, de la que enseguida se haría eco el resto de la prensa británica. La carta era un supuesto comunicado o directiva enviado por la Internacional Comunista, con sede en Moscú, al Comité Central del Partido Comunista británico, y estaba firmada por el presidente del Comité Ejecutivo de la Internacional, el soviético Grigori Zinóviev (de ahí que la carta acabara siendo conocida como la Carta Zinóviev); su secretario, el finlandés Otto Kuusinen; y por Arthur MacManus, representante británico en el Comité. En ella el Comité predecía que la continuidad de un gobierno laborista no solo contribuiría a normalizar las relaciones políticas y económicas entre el Reino Unido y la Unión Soviética, sino que crearía las condiciones adecuadas para la expansión de la influencia soviética y las ideas leninistas a lo largo del imperio británico, y a la larga, para el estallido de una revolución proletaria similar a la ocurrida en Rusia en 1917. Además, alentaba a los comunistas británicos a continuar su campaña de agitación entre la clase trabajadora británica (protestas, sabotajes).

Por supuesto, la idea de una revolución comunista en el Reino Unido despertaba el pánico en una parte sustancial del electorado y dejaba en muy mal lugar a los laboristas. MacDonald ya intuía que tenía pocas posibilidades de lograr un buen resultado en las elecciones, pero esas posibilidades se desvanecieron tras la publicación de la carta. El líder laborista trató inútilmente de rebatir la autenticidad de la carta en el escaso tiempo que quedaba antes de las elecciones; pero resultó una tarea imposible, dado que incluso dentro del Partido Laborista y de su propio gobierno había personas convencidas de su autenticidad. El mismo MacDonald llegó a decir que se sentía como "un hombre metido en un saco y arrojado al mar".

Como era previsible, el resultado de las elecciones fue altamente favorable para el Partido Conservador, que logró una holgada mayoría de 412 parlamentarios (más de 2/3 del total). La Carta Zinóviev había tenido un notable efecto sobre los votantes. No tanto sobre los laboristas, quienes pese a perder 40 parlamentarios habían obtenido un millón de votos más que en las anteriores elecciones, sino entre los más conservadores. El Partido Liberal había sufrido una debacle, perdiendo más de un millón de votantes y quedando reducido a apenas 40 parlamentarios. Y la mayoría de esos votos habían ido a parar a los conservadores.

¿Era auténtica la Carta Zinóviev, o era una falsificación? Aunque en su día hubo controversia, hoy en día está casi unánimemente aceptado que la carta era en realidad un hábil montaje hecho público para conseguir el efecto que finalmente tuvo: polarizar el voto moderado británico en torno al Partido Conservador, agitando el miedo al comunismo como catalizador para lograr ese apoyo masivo.

Tras formar gobierno, con Stanley Baldwin como primer ministro, los conservadores formaron un comité que determinó que la carta era auténtica, sin ir más lejos en sus averiguaciones, pese a las numerosas voces que pedían una investigación más profunda. Al mismo tiempo, el MI5, el servicio de inteligencia británico, hacía su propia investigación concluyendo que muy probablemente se trataba de una falsificación, aunque no hizo públicas sus conclusiones, que no salieron a la luz hasta muchos años después. Por su parte, tanto el gobierno soviético como la Internacional Comunista desmintieron tajantemente la autenticidad de la carta.

El propio Zinóviev emitió un comunicado el 27 de octubre (dos días antes de las elecciones) negando haber escrito la carta y calificándola de "impostura". Entre otras pruebas, alegaba que estaban incorrectamente escritos tanto el nombre de la organización ("Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional Comunista" en lugar de "Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista") como el cargo de Zinóviev (mencionado como "Presidente del Presidium"). Además, la carta estaba fechada en Moscú en 15 de septiembre; y ese día Zinóviev estaba de vacaciones en Kislovodsk, a más de 1600 kilómetros de Moscú, con lo que no había podido firmar ni esa ni ninguna otra carta oficial. El comunicado de Zinóviev fue ignorado por la prensa británica y solo sería publicado en diciembre de 1924 por The Communist Review, una revista mensual editada por el Partido Comunista británico.


En 1967 tres periodistas del Sunday Times, Lewis Chester, Steven Fay y Hugo Young, publicaron una monografía sobre la Carta en la que afirmaban que en realidad había sido redactada en Berlín por miembros de la Hermandad de San Jorge, una organización de monárquicos rusos en el exilio. Aunque los supuestos autores habían muerto, contaban con la declaración de la viuda de uno de ellos que aseguraba haber visto como habían falsificado la Carta. Su objetivo último no era tanto provocar la derrota de los laboristas (algo por otra parte más que probable, incluso sin la Carta) sino sabotear las incipientes relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y la URSS. Y de hecho, una de las primeras acciones del gobierno conservador fue anular el tratado comercial (aún sin firmar) que habían negociado los laboristas. La Carta habría sido entregada a miembros del Foreign Office (el ministerio británico de Asuntos Exteriores) justo después de la moción de censura, y pese a las dudas sobre su autenticidad, funcionarios del Ministerio, de acuerdo con miembros del Partido Conservador, filtraron el documento a la prensa.

A raíz de la publicación de este libro, el Foreign Office encargó su propia investigación sobre el asunto a Milicent Bagot, una célebre agente del MI5, experta en temas soviéticos y que inspiró uno de los personajes del novelista John Le Carré. Durante tres años Bagot examinó los archivos del MI5 y se entrevistó con supervivientes del caso, para finalmente entregar un exhaustivo informe... que jamás vio la luz, porque incluía información "sensible" sobre personas y operaciones relacionadas con la agencia.

A principios de 1998 rumores sobre la publicación de un nuevo libro llevaron al entonces ministro de Asuntos Exteriores, Robin Cook, a encargar un informe oficial sobre el caso. La encargada fue Gill Bennett, historiadora jefa del ministerio, quien tuvo acceso no solo a los archivos del ministerio y del MI5 (incluido el informe de Milicent Bagot) y MI6, sino a los archivos del Partido Comunista soviético, de la Internacional Comunista y del Partido Comunista británico. El informe de Bennett (parte del cual fue censurado, una vez más, por contener información confidencial) señalaba que, si bien la Carta contenía conceptos mencionados por Zinóviev en otros documentos, la situación entre ambas naciones en aquellos momentos (con la URSS muy interesada en mejorar sus relaciones internacionales y conseguir el tratado comercial con los británicos) hacía que sus actividades propagandísticas en suelo británico fueran más discretas que de costumbre, por lo que resultaba improbable que se hubiera permitido el envío de aquella carta. A pesar de su extensa investigación, Bennett concluía que resultaba imposible saber a ciencia cierta quién había escrito la Carta Zinóviev, aunque su opinión personal era que había sido encargada por miembros del Movimiento Blanco (una amalgama de grupos nacionalistas y monárquicos rusos opuestos a los comunistas) a falsificadores en Berlín o en Riga, como parte de una campaña para impedir la firma del tratado anglo-soviético.

De acuerdo con el trabajo de Bennett, la Carta habría llegado posteriormente a manos de los servicios de inteligencia británicos, los cuales, pese a no estar seguros de su autenticidad, la habían filtrado a la prensa. Bennett señalaba dos nombres como principales sospechosos de la filtración: Desmond Morton, un agente del MI5 que más tarde se convertiría en asistente personal de Winston Churchill, y sir Joseph Ball, miembro del MI6 que años más tarde acabaría trabajando para el Partido Conservador. En 2018 Bennett publicó un libro sobre el caso, titulado La Carta Zinóviev: La conspiración que nunca muere, con los resultados de su investigación (los que se podían hacer públicos, al menos).

Grigory Zinóviev, el supuesto autor de la Carta, siguió desempeñando cargos importantes dentro del organigrama soviético hasta que a finales de 1934 fue arrestado como sospechoso de haber intervenido en el asesinato de Sergei Kirov, uno de los principales colaboradores de Josef Stalin, y sentenciado a diez años de cárcel. Más tarde, acusado de traición y de conspirar para asesinar al propio Stalin, fue condenado a muerte y fusilado en agosto de 1936.

domingo, 4 de agosto de 2024

El agujero del B-29

Boeing B-29 Superfortress


El primer vuelo de un Boeing B-29 Superfortress se produjo en septiembre de 1942, aunque no entró oficialmente en servicio hasta mayo del 44. Era un avión pionero en muchos aspectos: un bombardero pesado de largo alcance, cuatrimotor y de grandes dimensiones (30 metros de largo y 43 de envergadura, uno de los mayores de la Segunda Guerra Mundial), que además incluía novedosos avances tecnológicos como cabinas presurizadas, torretas de ametralladoras de control remoto y control electrónico de tiro. Tuvo una destacada importancia en los últimos meses de la guerra en el Pacífico (las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki lo fueron por B-29s). Se llegaron a fabricar entre 1942 y 1946 hasta 3970 unidades, las últimas de las cuales fueron retiradas del servicio activo a principios de los años 60.

Los soviéticos quedaron impresionados por las capacidades de los B-29. Ellos carecían de un bombardero de ese tipo, con tanta autonomía, que permitía a los americanos bombardear Japón desde sus bases en el Pacífico, más lejanas de lo que lo estaban las bases soviéticas de Alemania. Así que pidieron a EEUU que les cediera o les alquilara algunas unidades para poder bombardear Alemania; pero los americanos se negaron. Así que Stalin en persona ordenó el desarrollo de un bombardero con las mismas características. Aunque al final, la URSS si conseguiría echar mano de varios B-29, gracias a su peculiar estatus de neutralidad en el Pacífico.

Cuando se produce el ataque japonés en Pearl Harbor y estalla la guerra en el Pacífico, la Unión Soviética se hallaba enfrascada en su enfrentamiento con la Alemania nazi, que había invadido su territorio apenas unos meses antes. Aquel sangriento y brutal conflicto consumía todos los hombres y recursos del ejército soviético, que no podía permitirse abrir un segundo frente en el Este para combatir a Japón, así que decidió declararse neutral y dejar que americanos, británicos y australianos se las vieran con los japoneses. Finalmente, la URSS no declararía la guerra a Japón hasta agosto de 1945, cuando su derrota era inminente, y más que nada para asegurarse ventajas territoriales, como la ocupación de la isla de Sajalin y las Kuriles.

El General H.H. Arnold Special, en pleno proceso de desmontaje

Pero para aquel entonces, los soviéticos ya habían conseguido hacerse con tres B-29 que habían tenido que realizar aterrizajes de emergencia en la ciudad de Vladivostok, en la costa rusa del Pacífico, por distintos problemas. El primero, el Ramp Tramp, el 29 de julio de 1944, tras sufrir problemas mecánicos durante un ataque a las posiciones japonesas en Manchuria que le impidieron regresar a su base. El segundo, el General H.H. Arnold Special, el 11 de noviembre de 1944, tras resultar dañado durante un ataque a la ciudad de Omura; y el tercero, el Ding Hao!, el 21 de noviembre de 1944. En los tres casos, los soviéticos, escudándose en su neutralidad, repatriaron a las tripulaciones pero se negaron a devolver los aviones, a pesar de las reiteradas protestas de los americanos. Un cuarto B-29, el Cait Paomat II, se había estrellado cerca de Khabarovsk en agosto, pero había quedado tan dañado que los soviéticos apenas pudieron recuperar algunas piezas intactas.

Josef Stalin ordenó que los aviones fueran entregados a Andrei Túpolev, el más brillante de los ingenieros aeronáuticos soviéticos, con la orden de utilizar la ingeniería inversa para crear una versión lo más parecida posible al original que pudiera ser producida en serie por las fábricas de la Unión Soviética. Túpolev ordenó que fueran trasladados a su fábrica de Moscú, donde se decidió que el General H.H. Arnold Special fuera desmantelado, mientras que los otros dos se conservaran íntegros para posteriores comprobaciones y pruebas de vuelo. El avión fue concienzudamente desmontado pieza a pieza. Todas y cada una de las piezas fueron examinadas, medidas, fotografiadas y analizadas, para poder ser copiadas con la mayor exactitud posible y así poder construir una copia, que con el tiempo recibiría el nombre de Túpolev Tu-4.

Túpolev Tu-4

Fue un trabajo arduo y pesado, y no siempre fue posible conseguir una copia exacta. En esos casos, hubo que adaptar algún componente de los aviones soviéticos o diseñar una pieza compeltamente nueva. Por ejemplo, los norteamericanos seguían usando el sistema métrico imperial, mientras que los soviéticos usaban el decimal. El B-29 estaba construido con placas de aluminio de 1/16 de pulgada, que traducidos al sistema métrico daban unos 1'5875 milímetros, una medida muy poco práctica, por lo que Túpolev decidió que el Tu-4 se construyera con placas de entre 0'8 y 1'8 milímetros, lo que a la postre hizo que el Tu-4 fuera 340 kilos más pesado que el B-29, lo que reducía su autonomía y capacidad de carga. Los motores Wright R-3350 del B-29 fueron sustituidos por unos Shvetsov ASh-73TK, cuyas características eran algo diferentes, y las torretas de artillería tuvieron que rediseñarse para que pudieran acoger los cañones Nudelman-Suranov NS-23, más grandes y pesados que sus equivalentes americanos. Pero por lo demás, los ingenieros soviéticos copiaron minuciosamente todo lo que pudieron del original.

Y aquí viene una de las anécdotas más curiosas de todo este proceso. Al desmantelar el B-29, los soviéticos hallaron en su ala izquierda un pequeño agujero. Nadie sabía para qué servía. No tenía un remache, no estaba asociado a un cable o a un conducto, ni tenía un equivalente en el ala derecha. Expertos en aerodinámica, en electrónica, en metalúrgica, fueron consultados, y ninguno les pudo dar una explicación a su presencia. Una comisión de expertos, reunida de urgencia, concluyó que la explicación más probable era que el agujero hubiera sido taladrado por error durante la fabricación del aparato, cuando se hicieron los agujeros para los remaches. Algún operario había hecho un agujero de más, y era algo tan insignificante que luego nadie se había molestado en taparlo. Aún así, los ingenieros acudieron a Túpolev para pedirle su opinión sobre el agujero. Este respondió "¿El avión americano lo tiene?" "Si" "Entonces, ¿para qué demonios me preguntáis? ¿No se nos ha ordenado hacerlos idénticos, lo más parecidos posible?". Y por eso todos, TODOS Y CADA UNO, de los Tu-4 que se fabricaron, llevaban en su ala izquierda un diminuto agujero que no servía para nada, solo porque el original también lo tenía.

No fue la única situación de este tipo sucedida durante la concepción del Tu-4. El pasillo que comunicaba la cabina de los pilotos con las secciones posteriores del avión estaba pintado en parte de blanco y en parte de verde, porque la Boeing se había quedado sin pintura de uno de los colores y habían tenido que terminar de pintarlo de otro. Sin embargo, el mismo patrón se aplicó a los Tu-4, hasta el punto de que en el manual de instrucciones del avión figuraba como la manera estándar de pintar el interior del avión. Y lo mismo ocurrió a la hora de pintar el exterior del avión. Los hombres de Túpolev dudaban entre pintar estrellas blancas como las de los aviones norteamericanos (y que los acusaran de ofender a la Unión Soviética) o pintar estrellas rojas (y que los acusaran de incumplir las órdenes de hacer el Tu-4 lo más parecido posible al B-29). Al final, la cuestión llegó a oídos del mismo Stalin, a quien al parecer le pareció muy gracioso y permitió que le pintaran las estrellas rojas.

Al final, tras más de dos años de intenso trabajo, el primer Tu-4 voló en mayo de 1947, y se presentó públicamente el 3 de agosto de ese mismo año, en el aeropuerto moscovita de Túshino, durante las celebraciones del Día de la Aviación. Tres aviones sobrevolaron el aeropuerto, y al principio se creyó que se trataba de los tres B-29 capturados años antes, pero apenas unos minutos más tarde un cuarto avión idéntico los siguió, lo que permitió a los analistas occidentales comprender que los soviéticos habían tenido éxito al replicar los aviones norteamericanos.

Andréi Nikoláyevich Túpolev (1888-1972)

El Tu-4 estuvo en producción entre 1949 y 1952, llegándose a fabricar 857 unidades. Lamentablemente para ellos, no solo habían replicado las buenas cualidades del original, también sus problemas mecánicos, que incluían el sobrecalentamiento de los motores (lo que acortaba su esperanza de vida y provocaba en ocasiones cortocircuitos e incendios), ciertos problemas de visibilidad desde la cabina de los pilotos, y ocasionales malfunciones del tren de aterrizaje. El General H.H. Arnold Special nunca fue reconstruido, y los otros dos B-29 siguieron volando durante una década más, antes de ser desguazados a finales de la década de 1950.

Ninguno de los Tu-4 llegó a entrar en combate. La llegada de los aviones turbohélice y a reacción los dejó muy pronto obsoletos y a principios de los 60 solo quedaba en activo en el ejército soviético una unidad, reconvertida en transporte de mercancías y laboratorio aerotransportado. Algunas unidades fueron entregadas al régimen chino, donde estuvieron en servicio al menos hasta 1968. En la actualidad, solo se sabe de tres ejemplares de Tu-4 supervivientes, dos en el Museo Chino de la Aviación, en la ciudad de Datangshan, y uno en el Museo Central de la Fuerza Aérea Rusa, en la ciudad de Mónino. En cuanto a los B-29, se retiraron oficialmente del servicio en 1960. En la actualidad se conservan al menos 22 ejemplares, en distintos museos y exposiciones de todo el mundo, y dos de ellos (apodados FIFI y Doc) siguen teniendo capacidad para volar y se utilizan todavía en exhibiciones aéreas.

domingo, 10 de marzo de 2024

Cuando la Unión Soviética ayudó a construir el avión espía norteamericano más avanzado

Lockheed SR-71 Blackbird


El 1 de mayo de 1960 un avión espía U-2 "Dragon Lady" norteamericano, que había despegado de una base secreta en Badaber (Pakistán) era derribado por un misil antiaéreo S-75 Dvina sobre la región de los Urales, tras fotografiar instalaciones secretas del ejército soviético. Aunque en un primer momento los norteamericanos afirmaron que se trataba de un avión de investigación meteorológica que se había desviado de su rumbo debido a una indisposición de su piloto, los soviéticos exhibieron triunfantes los restos del avión y al propio piloto, Francis Gary Powers, que había sobrevivido al derribo, dejando así en evidencia la falsedad de la versión de los norteamericanos.

Este suceso provocó un terremoto en las Fuerzas Aéreas norteamericanas, que hasta entonces creían que los U-2, por su elevado techo de vuelo (más de 21000 metros) eran capaces de eludir no solo a los aviones y misiles soviéticos, sino también a sus radares, siendo virtualmente invisibles. Y ahora veían que no era así. Por eso decidieron que necesitaban un nuevo avión espía para sus misiones sobre zonas comprometidas. Y encargaron su diseño y construcción a la empresa Lockheed, la misma que había diseñado y construido el U-2. Y la Lockheed pasó el encargo a los ingenieros de Skunk Works.


Skunk Works (oficialmente, Programas de Desarrollo Avanzado) es el departamento de la Lockheed responsable de investigaciones y diseños novedosos. Empezó a funcionar a finales de los años 30 y su modelo (un grupo dentro de una empresa con un alto grado de autonomía, dedicado a proyectos avanzados o secretos) sería luego imitado por otras compañías. Debe su peculiar nombre ("Trabajos de mofeta") a una broma interna: en la tira cómica Li'l Abner, obra del dibujante Al Capp, hay un personaje llamado Big Barnsmell que, en el interior de una fábrica en ruinas con el rótulo "Skonk Works", se dedica a destilar un misterioso licor a base de mofetas muertas, zapatos viejos y otros objetos, provocando un pestilente olor. En los dos primeras instalaciones que ocupó el departamento (en una antigua destilería y en una nave industrial junto a una fábrica de plásticos) los miembros del equipo tenían que soportar fuertes y desagradables olores, así que un ingeniero llamado Irv Culver empezó a modo de broma a responder al teléfono diciendo "Skonk Works, habla Culver". La broma tuvo éxito y, pese a algunas reticencias por parte de sus superiores, en los años 60 se acabó por adoptar el nombre "Skunk Works" como pseudónimo oficial de la sección.

Los requerimientos de las Fuerzas Aéreas para el nuevo avión no eran en absoluto sencillos. Querían que pudiera volar por encima de los 90000 pies (27400 metros) y alcanzar una velocidad de Mach 3 (3600 kilómetros/hora, más de cuatro veces la del U-2) de forma sostenida. Y además, que fuera lo más invisible posible a los radares. Era un auténtico reto para los ingenieros, que debían rediseñar buena parte de los componentes del avión e incluso crear otros desde cero. De la dirección del proyecto se encargó el ingeniero Kelly Johnson, que ya había sido responsable del diseño del U-2.

A-12 OXCART

Por aquel entonces Skunk Works ya tenía avanzado el diseño de un avión similar por encargo de la CIA, el A-12 OXCART, cuyo nombre en clave era "Archangel" y en cuyos diseños se basaría el futuro avión espía. Al nuevo proyecto se lo llamó inicialmente B-71, como sucesor del bombardero supersónico B-70, aunque luego se cambió el nombre por el de RS-71 (Reconnaissance-Strike, Reconocimiento y ataque), que luego se convertiría en SR-71, apodado Blackbird ("Mirlo") por su forma y su color negro. A raiz de su estancia en bases de Okinawa también sería llamado Habu, el nombre de una serpiente venenosa local con la que tenía cierto parecido.

El nuevo avión presentaba toda una serie de novedades técnicas, muchas de ellas obligadas por las elevadísimas temperaturas que debía soportar debido a la fricción del aire cuando volaba a alta velocidad. Se rediseñó su forma para que permitiera una aceleración tan elevada y a la vez para que reflejara las señales del radar. Los motores se movieron al medio del ala, y se desarrolló una pintura con compuestos absorbentes que contribuía a hacerlo menos detectable. Se diseñaron unos motores específicos, los Prat & Whitney J58, un motor híbrido (un turborreactor convencional dentro de un estatorreactor) con cámara de postcombustión que fue el primer motor homologado por las Fuerzas Aéreas para volar a Mach 3 (aunque, debido a un retraso en su desarrollo, las primeras unidades de SR-71 montaron otros motores menos potentes, los Pratt & Whitney J75). Como lubricante usaban una grasa de silicona sólida a temperatura ambiente, que necesitaba ser calentada antes del despegue. También debido a las enormes temperaturas que debía soportar (que multiplicaban el peligro de un incendio o explosión) se desarrolló un nuevo combustible, el JP-7, con un punto de ignición tan alto que se podía apagar una cerilla en él sin que se incendiara y necesitaba una inyección de trietilborano, un compuesto altamente pirofórico, para encenderse.

El fuselaje en si no encajaba perfectamente en estado de reposo; habían dejado una distancia entre cada panel para que pudiera dilatarse durante el vuelo. De hecho, el avión se calentaba tanto durante sus misiones que, una vez aterrizaba, había que esperar un tiempo prudencial para que se enfriara antes de que nadie pudiera acercarse a él. También requirió un sistema de navegación especialmente diseñado: un navegador astro-inercial, fabricado por la empresa Nortronics, en el que un ordenador registraba la posición de 56 estrellas para establecer la posición y el rumbo del avión.

Uno de los principales retos del diseño del Blackbird fue decidir el material con el que se construiría. Tras varias pruebas, se determinó que la mejor opción era una aleación de titanio, ligera, sólida y resistente al calor. Pero había un problema: la construcción de los SR-71, que eran titanio en más de un 90%, requería grandes cantidades del metal. Más del que la Lockheed podía obtener en Estados Unidos. Había que buscarlo fuera de sus fronteras. Y en aquel momento el principal exportador mundial de titanio era... la Unión Soviética. Los norteamericanos iban a tener que negociar con sus grandes enemigos... para obtener el material para construir el avión con el que espiar a sus grandes enemigos.

A nadie se le escapaba que, si los soviéticos se enteraban que la principal proveedora de aviones para la Fuerza Aérea norteamericana estaba comprando grandes cantidades de titanio, sospecharían de inmediato que algo extraño estaban tramando. Pero no había otra manera de obtener la cantidad de titanio que necesitaban sin recurrir a la URSS. Así que intervino la CIA: en tiempo récord, organizó una compleja trama que, mediante una red empresas fantasma, con sede en países del Tercer Mundo, comenzó a comprar importantes cantidades de rutilo (un óxido de titanio del que se obtiene el metal) de la Unión Soviética, poniendo todo tipo de excusas (se dice que asegurando incluso que el metal era para fabricar hornos para pizzas) para que los soviéticos no se dieran cuenta de que detrás de todas aquellas operaciones había un único comprador. Y de este modo, la Lockheed obtuvo todo el titanio que necesitaba para sus aviones, sin llamar la atención.

El SR-71 hizo su primer vuelo el 22 de diciembre de 1964, en la base de Groom Lake (Nevada), conocida popularmente como Área 51 (el Archangel había volado por primera vez en abril del 62) y sus primeras unidades entraron en servicio en enero de 1966. Permanecieron en activo hasta 1990, acumulando más de 3500 misiones y más de 53400 horas totales de vuelo, siendo retirados debido a sus elevados costes y al uso de satélites y aviones no tripulados, más baratos y con mejor rendimiento. Regresaron al servicio en 1995, antes de ser definitivamente retirados en 1998. Algunas unidades siguieron en activo hasta 1999 llevando a cabo misiones de investigación para la NASA.

Como curiosidad, tras su retirada el ejército americano nunca ha admitido haber puesto en servicio un avión para reemplazar al Blackbird. Sin embargo, se ha extendido el rumor de la existencia de un avión hipersónico (capaz de alcanzar Mach 5) cuyo nombre en clave sería Aurora, y al que algunos testigos afirman haber visto volando sobre el Mar del Norte.

lunes, 2 de octubre de 2023

La deserción de Igor Gouzenko

Igor Sergeyevich Gouzenko (1919-1982)

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial el mundo se vio abocado a un nuevo escenario geopolítico. Los que hasta entonces habían sido aliados contra el enemigo común del nazismo se convirtieron en rivales. Por un lado, el bloque capitalista, liderado por los Estados Unidos, y por otro el comunista, encabezado por la URSS, enfrentados en una contienda política, social, ideológica, económica y, ocasionalmente, militar, que habría de durar casi cinco décadas, teniendo al mundo en varias ocasiones al borde de una guerra mundial, y que recibiría el nombre de Guerra Fría.

Hay distintas teorías acerca de cuando situar el inicio de la Guerra Fría. Algunos lo sitúan en el momento en el que terminó la Segunda Guerra Mundial, y otros antes, incluso en la Revolución de 1917. Pero nadie duda que uno de sus momentos más determinantes fue la deserción de un oscuro funcionario soviético llamado Igor Gouzenko.

Igor Sergeyevich Gouzenko nació el 26 de enero de 1919 en Rogachev, un pueblo a 100 kilómetros de Moscú, cuarto de los hijos de una humilde familia de origen ucraniano. Su padre murió poco después de que Igor naciera a causa del tifus, mientras combatía en el bando bolchevique durante la Guerra Civil Rusa. Su madre, ante la imposibilidad de mantenerlo, lo envió a casa de su abuela materna, en el pueblo de Semion, al sur de Moscú, donde Igor vivió hasta los siete años. Más tarde pasó algún tiempo con algunos parientes en Rostov del Don, antes de que su madre, que había conseguido trabajo en Moscú, lo reclamara junto a sus hermanos.

Igor cursó sus estudios secundarios y luego fue admitido en el prestigioso Instituto de Arquitectura de Moscú. Durante esa época pasaba mucho tiempo en la Biblioteca Lenin, la mayor de Europa y una de las mayores del mundo, donde conoció a la que sería su esposa, Svetlana, con la que se casó siendo todavía un estudiante. Sus excelentes notas le valieron un traslado a la Academia de Ingeniería Militar, donde fue entrenado como experto en códigos y cifrado, y de donde se graduaría con el rango de teniente.

Coronel Nikolai Zabotin

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Igor ingresó en el ejército soviético y fue asignado al GRU (Glavnoye Razvedyvatel'noye Upravleniye, Directorio Principal de Inteligencia), el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas soviéticas, bajo las órdenes directas del coronel Nikolai Zabotin, donde sirvió desde abril de 1942. En junio de 1943 Zabotin fue nombrado Agregado Militar en la embajada soviética en Ottawa, llevándose consigo a Gouzenko como su ayudante personal. Su esposa Svetlana, embarazada, se reuniría con él en octubre.

El cargo de Agregado Militar de Zabotin no era más que una tapadera. En realidad, Zabotin había sido enviado para supervisar las diversas operaciones de espionaje que agentes del GRU llevaban a cabo en Norteamérica desde hacía años. Aunque Gouzenko no era más que un funcionario de nivel medio, su labor cifrando y descifrando los documentos secretos manejados por Zabotin le permitía estar al tanto de prácticamente todas las actividades del GRU y de sus principales agentes. Además, mientras que la mayoría de los empleados vivían en un complejo dentro de las propias instalaciones de la embajada, a Gouzenko y a su familia se les concedió el privilegio de vivir en un apartamento de la ciudad, junto a otras familias canadienses.

Hasta que en septiembre de 1944, Gouzenko supo que él y su familia iban a ser devueltos a la Unión Soviética; sus servicios eran requeridos en el cuartel general del GRU. Zabotin, no deseando desprenderse de un colaborador valioso, solicitó una prórroga, que le fue concedida. Pero a Gouzenko ya no le apetecía regresar a casa; después de haber probado el estilo de vida canadiense, había decidido que era allí donde debía quedarse con su familia. Le habían impresionado la prosperidad y la libertad de Occidente, tan distintas a las de su país natal. Especialmente, le habían impresionado las elecciones parlamentarias canadienses de 1945; unas elecciones auténticas y libres, especialmente comparadas con las elecciones en la URSS, que no eran más que farsas en las que invariablemente salía elegido el candidato escogido por el Partido Comunista. Por eso Igor Gouzenko decidió que debía desertar.

El 5 de septiembre de 1945, solo tres días después del final oficial de la Segunda Guerra Mundial, Igor salió como todas las tardes de la embajada, rumbo a su casa. Pero esta vez había algo distinto: llevaba con él un maletín dentro del cual había libros de códigos, telegramas oficiales, informes de misiones, así hasta un total de 109 documentos de alto secreto sobre las actividades del GRU en Canada y EEUU. 

Emblema del GRU

Su primera intención había sido dirigirse a la Policía Montada, porque sabía que el GRU no tenía agentes infiltrados en ella; pero no estaba seguro de si los tenía el NKVD (Narodný Komissariat Vnutrennih Del, Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), otro de los servicios de inteligencia de la Unión Soviética. Aunque teóricamente ambos servían al mismo propósito, en la práctica ambas organizaciones se comportaban más como rivales que como aliados, sin compartir información e incluso vigilándose mutuamente. Así que optó por acudir a la sede de un periódico, el Ottawa Journal. Pero cuando el editor lo recibió, Gouzenko dudó y se marchó. Volvió más tarde, pero el editor se había ido, y el encargado nocturno le sugirió que fuera al Ministerio de Justicia. Pero cuando Gouzenko llegó, era muy tarde y todo el mundo se había ido a su casa.

A la mañana siguiente, Gouzenko regresó al Ministerio con su mujer y su hijo, y solicitó ver al ministro, pero su petición fue rechazada. Regresó al periódico y allí le sugirieron probar suerte en el Departamento de Inmigración, donde Gouzenko presentó una solicitud oficial para conseguir la nacionalidad canadiense. Cuando esa noche regresó a su casa, temeroso de que en la embajada hubieran descubierto su intento de huida, en lugar de en su apartamento pasó la noche en casa de un vecino. Y no iba desencaminado; esa medianoche cuatro empleados de la embajada forzaron la puerta de su apartamento, buscándolo a él y a los documentos que se había llevado. Los vecinos, creyendo que se trataba de un robo, llamaron a las autoridades y no tardaron en hacer acto de presencia agentes de la Policía de Ottawa, de la Policía Montada y del Ministerio de Asuntos Exteriores, quienes obligaron a los soviéticos a marcharse.

A la mañana siguiente por fin Gouzenko consiguió ser recibido por agentes de la Policía Montada, quienes lo pusieron a él y a su familia en custodia mientras examinaban los documentos que se había llevado. A todo esto, la noticia de su deserción había llegado al mismísimo primer ministro canadiense, William Lyon Mackenzie King. King, septuagenario y de carácter poco resolutivo, se sintió un tanto sobrepasado por la situación. No queriendo provocar un incidente diplomático, King incluso manejó la posibilidad de entregar a Gouzenko a los soviéticos (las autoridades de la URSS ya habían presentado una petición oficial en ese sentido). Fue la decidida intervención del subsecretario de Asuntos Exteriores, Norman Robertson, y del Ministro de Justicia, Louis St. Laurent, lo que le convenció de conceder asilo a Gouzenko.

La familia Gouzenko fue trasladada en secreto al llamado Campamento X, unas instalaciones secretas a cierta distancia de Ottawa que durante la Segunda Guerra Mundial habían servido como campo de entrenamiento para espías y agentes de operaciones especiales. Allí, Gouzenko fue interrogado concienzudamente no solo por agentes canadienses, sino también por miembros del MI5 británico y del FBI norteamericano. A ellos les reveló entre otras informaciones la obsesión de Stalin por hacerse con los secretos del programa armamentístico nuclear de los Estados Unidos, y la novedosa estrategia de las agencias de espionaje soviéticas de usar agentes "durmientes" (agentes con identidades falsas, que llevaban vidas aparentemente corrientes hasta que eran "despertados" para llevar a cabo una misión).

Los documentos entregados por Gouzenko permitieron desarticular la red de espías del GRU en Canada. Fueron arrestados por espionaje una veintena de presuntos agentes soviéticos, entre ellos personalidades destacadas como la economista Agatha Chapman (aunque luego fue absuelta), Fred Rose (el único parlamentario comunista de Canada), Sam Carr (secretario del Partido Comunista de Canada), el científico Raymond Boyer, un capitán del ejército o un empleado del Ministerio de Asuntos Exteriores. También se arrestó en Gran Bretaña al científico Alan Nunn May, un físico que había trabajado en el programa nuclear canadiense y admitió haber entregado a los soviéticos información sobre el programa nuclear norteamericano e incluso muestras de uranio-233 y 235. En EEUU los papeles de Gouzenko permitieron identificar a un espía soviético que trabajaba como profesor en una universidad de California bajo la identidad falsa de Ignacy Witczak y que desapareció antes de que las autoridades estadounidenses pudieran arrestarlo.

Tras la deserción de los Gouzenko, las autoridades soviéticas tomaron represalias en sus familiares que permanecían en la URSS. La madre de Igor murió mientras estaba detenida en una prisión de la NKVD en Lubyanka. Los padres y la hermana de Svetlana fueron condenados a cinco años de cárcel, mientras que su sobrina Tatiana fue enviada a un orfanato.

En cuanto a los Gouzenko, las autoridades canadienses les proporcionaron una nueva identidad para protegerlos. Durante el resto de su vida, Igor Gouzenko vivió una vida tranquila en Mississauga, una ciudad del área metropolitana de Toronto, a orillas del Lago Ontario, bajo el nombre de George Brown. Svetlana y él criaron allí a sus ocho hijos, quienes no supieron la verdadera identidad de sus padres hasta que fueron mayores. Siempre creyeron que su familia era de origen checo (hasta el punto de que animaban a la selección checoslovaca en competiciones internacionales de hockey sobre hielo) y que el idioma que sus padres hablaban en casa era checo y no ruso. Gouzenko escribió también dos libros: This was my choice, un relato autobiográfico sobre su deserción, y The fall of a Titan, una novela por la que incluso fue nominado al Premio Nobel de Literatura en 1955. Hay que decir que Gouzenko apareció varias veces en televisión para promocionar sus libros, pero lo hizo siempre con la cara cubierta para no ser reconocido.

Igor Gouzenko murió en 1982 a causa de un ataque al corazón. Su esposa Svetlana falleció en 2001. Fueron enterrados juntos en el Cementerio de Spring Creek en Mississauga, y sus tumbas no tuvieron nombre hasta que en 2002 sus hijos colocaron una lápida con sus nombres reales.

Las noticias sobre la desarticulación de una red de espías soviéticos empezaron a filtrarse al público en febrero de 1946. Aunque muchos de sus detalles permanecieron secretos durante décadas, lo que se dio a conocer provocó un cambio radical en la visión que muchos canadienses y estadounidenses tenían de la Unión Soviética, que hasta hacía poco habían sido sus aliados. Algunos historiadores han definido el caso Gouzenko como "el inicio de la Guerra Fría para la opinión pública" y "la revelación a los norteamericanos del tamaño y el peligro del espionaje soviético".

domingo, 18 de septiembre de 2022

El Asunto Lavon

Pinhas Lavon, n. Pinhas Lubianiker (1904-1976)

A principios de la década de 1950, la diplomacia estadounidense comenzó a apremiar a los británicos para que retiraran sus tropas del Canal de Suez, renunciando así a la Convención de Constantinopla (1888) y al Tratado Anglo-Egipcio (1936) que declaraban el Canal como una zona neutral bajo control británico. Este movimiento, sin embargo, era visto con recelo por Israel, que temía que la retirada británica diera alas al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, quien poco antes había tomado el poder derrocando al rey Faruq I, el cual se había mostrado bastante combativo hacia los israelíes.

Los israelíes intentaron primero convencer a los británicos con diplomacia, pero fracasaron. Fue entonces cuando algunos creyeron llegado el momento de emplear medios menos convencionales.

Binyamin Gibli (1919-2008)

A principios de 1954 el coronel Binyamin Gibli, jefe del Aman, el Servicio de Inteligencia del ejército israelí, puso en marcha la llamada Operación Susannah, encaminada a hacer cambiar de idea a los británicos. Se trataba de una operación de falsa bandera (operaciones efectuadas por un determinado país u organización para aparentar haber sido llevadas a cabo por otros) en la que agentes israelíes cometerían atentados y acciones de sabotaje contra objetivos británicos y norteamericanos en Egipto, creando un clima de violencia e inseguridad y haciendo creer a los británicos que la seguridad del Canal peligraba si retiraban sus tropas.

Se decidió que la misión fuera llevada a cabo por la llamada Unidad 131, una unidad secreta organizada en Egipto por un agente israelí llamado Avram Dar, bajo la identidad falsa de John Darling, un británico de origen gibraltareño. Dar había reclutado a varios judíos egipcios, que habían formado parte de una red que ayudaba a judíos a emigrar a Israel (algo prohibido por las leyes egipcias) y los había entrenado para participar en misiones encubiertas. El control de la Unidad 131 había sido objeto de una tensa disputa entre el Aman y el Mossad, pero por aquel entonces respondía únicamente a las órdenes de Gibli.

Poco antes de iniciarse la operación llegó a El Cairo Avraham Seidenberg, un agente israelí encargado de supervisar las acciones de la Unidad 131, asumiendo la identidad de Paul Frank, un antiguo miembro de las SS. Era de vital importancia evitar cualquier sospecha hacia Israel; las autoridades egipcias debían creer que los autores de los atentados habían sido los Hermanos Musulmanes, una célula comunista, militantes nacionalistas o simples descontentos con el gobierno.

El 2 de julio de 1954 tiene lugar el primer atentado de la célula, que provoca un incendio en una oficina postal de Alejandría. El 14 de ese mismo mes son tres las bombas que hacen explosión en las sedes de la Agencia de Información de los Estados Unidos en El Cairo y Alejandría, así como en un teatro propiedad de un ciudadano británico. Se trataba de bombas toscas y de escasa potencia, que apenas provocaron daños: estaban formadas por una bolsa llena de ácido y un recipiente con nitroglicerina. Pasado un cierto tiempo, el ácido corroía la bolsa y hacía estallar la nitroglicerina. 

Sin embargo, unos días más tarde, uno de los agentes israelíes llamado Philip Natanson resultó herido cuando el artefacto que iba a colocar en otro teatro estalló de forma prematura. Arrestado de inmediato por la policía egipcia, en su apartamento se encontró documentación y materiales que involucraban al resto de los miembros del comando. Dar y Seidenberg lograron escapar, abandonando a su suerte a sus compañeros. Trece personas, entre judíos egipcios y agentes israelíes fueron arrestados y sometidos a juicio, celebrado entre el 11 de diciembre de ese año y el 27 de enero de 1955. Dos de los arrestados (Moshe Marzouk y Shmuel Azar) fueron condenados a muerte y ahorcados; otros dos murieron en prisión; dos más fueron absueltos; y el resto fueron condenados a penas que iban de los siete a los veinte años de cárcel. Dos de ellos fueron liberados en 1962 y el resto en 1968, como parte de un intercambio de prisioneros de guerra entre Egipto e Israel.

El gobierno israelí negó todo conocimiento de la operación y que los agentes arrestados fueran miembros de sus servicios secretos. Sin embargo, el fracaso de la operación tuvo sus consecuencias en la política israelí. El entonces secretario de Defensa, Pinhas Lavon, negó ante el primer ministro Moshe Sharrett tener conocimiento alguno de la operación, algo que Gibli contradijo. Una comisión de investigación creada por Sharrett para investigar el caso no halló pruebas inculpatorias contra Lavon, el cual acusó entonces a su secretario general, Shimon Peres, y a Gibli. A su vez Peres y el Jefe del Estado Mayor del ejército, Moshe Dayan, declararon contra Lavon, el cual acabó por dimitir el 17 de febrero de 1955. Fue sustituido como secretario de Defensa por el ex-primer ministro David Ben-Gurion, el cual a su vez sustituiría a Sharrett como primer ministro meses más tarde. Todo el asunto, que hasta entonces había sido llamado por los hebreos como el "Desafortunado Asunto" o el "Mal Negocio" pasó a ser conocido como "el Asunto Lavon".

El caso tendría aún más recorrido cuando en 1956 Seidenberg fue arrestado por vender documentos secretos a los egipcios, y condenado a diez años de cárcel, lo que hizo a algunos sospechar que podía haber sido el responsable de delatar a la Unidad 131 a las autoridades egipcias. Una nueva investigación del caso llevada a cabo en 1960 señaló indicios de falsedades en la declaración de Gibli y que muy probablemente Lavon decía la verdad cuando afirmaba no haber ordenado la operación ni haber sabido nada acerca de ella. 

En 1958, tras la Guerra del Sinaí, las autoridades egipcias usaron el juicio de la Operación Susannah como excusa para lanzar una campaña contra la comunidad judía de Egipto. Un millar de judíos egipcios fueron encarcelados y otros 25000 expulsados de Egipto; la mayoría de ellos se instaló en Israel.

El gobierno israelí siguió negando toda responsabilidad sobre el incidente hasta 2005, año en el que el presidente Moshe Katsav condecoró a los miembros supervivientes del comando.

domingo, 1 de agosto de 2021

Pequeñas historias (XXV)

Cuentan que en cierta ocasión Genghis Khan, mientras cazaba en las cercanías de la montaña de Burkhan Khaldun, no lejos de donde había nacido, quedó tan impresionado por la belleza del paisaje que declaró aquel área (de unos 240 km2) como sagrada, prohibiendo la entrada en ella a nadie que no fuera de su familia, y encargando a los darkhad, un clan de guerreros de élite, su custodia para que nadie incumpliera esa orden, bajo pena de muerte. Los darkhad y sus descendientes cumplieron su misión y custodiaron el lugar (que sería conocido como Ikh Khorig o Gran Tabú, y donde según algunos estaría la tumba del propio Genghis Khan y de muchos de sus sucesores) durante casi 700 años, desde la muerte de Genghis Khan en 1227 hasta que en 1924 las autoridades de la recién creada República Popular de Mongolia decretaron la región como "Área altamente restringida", prohibiendo el acceso no solo a ella sino a las áreas circundantes, por miedo a que la memoria histórica de las hazañas del Khan incitara al nacionalismo mongol.

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Moe Berg fue un personaje peculiar. Licenciado en la Universidad de Princeton, con una inteligencia por encima de la media, hablaba ocho idiomas y además fue jugador profesional de béisbol durante 16 años, en equipos como los Cleveland Indians o los Boston Red Sox. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como espía en Europa para el gobierno norteamericano. Una de sus misiones consistió en asistir a una conferencia que el físico alemán Werner Heisenberg (ganador del Nobel de física en 1932) dio en Zürich a finales de 1944. Sus órdenes eran que si algo de lo que el físico decía en su conferencia le llevaba a pensar que los alemanes estaban cerca de construir una bomba atómica, debía asesinar a Heisenberg de inmediato. Berg concluyó que los alemanes aún estaban lejos de lograrlo y por ello no atentó contra la vida del físico.

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Después de la sangrienta batalla de Shiloh (6-7 de abril de 1862), durante la Guerra Civil norteamericana, numerosos soldados quedaron heridos sobre el campo de batalla, y algunos tardaron hasta dos días en ser socorridos. En algunos de esos soldados se describió un extraño fenómeno por el que sus heridas brillaban levemente en la oscuridad, un fenómeno que acabó siendo conocido como "Angel's glow" ("El resplandor de los ángeles"). Algunos médicos militares como el confederado James Dinwiddie notaron que aquellas heridas que presentaban el "Angel's glow" se infectaban menos y curaban más rápido que las heridas normales. En la actualidad se cree que las condiciones de humedad y temperatura del campo favorecieron la proliferación de una bacteria bioluminiscente, la Photorhabdus luminescens, que además produce sustancias de acción antibiótica, lo que explicaría por qué las heridas donde se encontraba se infectaban menos.

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Lord Cuthbert Collingwood, almirante de la Royal Navy y estrecho colaborador de lord Nelson, solía llevar sus bolsillos llenos de bellotas durante sus paseos por el campo, plantándolas allí donde le parecía que podía ser un buen lugar para que creciera un roble. Su objetivo era "asegurarse de que a la Marina nunca le faltaran robles con los que construir los navíos de guerra de los que dependía la seguridad del país".

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Khnumhotep y Niankhkhnum fueron dos manicuristas de la corte del faraón Nyuserre Ini (siglo 25 antes de Cristo) que fueron encontrados enterrados juntos en Saqqara en una tumba compartida, similar a la de muchas parejas casadas. En su tumba se encontró la inscripción "Unidos en la vida y unidos en la muerte" por lo que muchos creen que se trata de la primera pareja homosexual de la que se tiene noticia.

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En los años 60 el ejército norteamericano llevó a cabo un experimento donde dos personas sin ningún tipo de experiencia ni instrucción en temas relacionados con la energía nuclear tenían que diseñar una bomba atómica únicamente con la información disponible al público en general. Tuvieron éxito.

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Charondas fue un legislador de la ciudad siciliana de Catania que vivió en torno al siglo VI a. C. y que, entre otras leyes, prohibió bajo pena de muerte que nadie entrara armado a la Asamblea de la ciudad. Un día Charondas llegó a la Asamblea tras haber estado cazando llevando todavía un cuchillo en su cinturón. Para hacer cumplir su propia ley, Charondas cometió suicidio.

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Un día de 1888 el inventor sueco Alfred Nobel se sorprendió al encontrar su propia esquela en los periódicos. En realidad, el que había muerto era su hermano Ludvig, pero a Nobel le impactó que la mayoría de los obituarios destacasen únicamente su faceta como fabricante de explosivos (uno de ellos le llamaba incluso "el mercader de la muerte"). No queriendo ser recordado de esa forma, Nobel redactó un nuevo testamento donde legaba la mayor parte de su fortuna para la creación de los Premios Nobel.


domingo, 31 de mayo de 2020

La Operación Tamarisk, el lado más sucio del espionaje



La Operación Tamarisk tiene un lugar destacado entre las misiones de espionaje occidentales durante la Guerra Fría. Alejada del glamour que tradicionalmente se le atribuye al mundo del espionaje, con unos detalles un tanto escatológicos, pero que sin duda supuso un éxito rotundo para los servicios secretos occidentales.

Originariamente, el objetivo de la Operación Tamarisk era mucho más convencional. Se trataba de que los agentes occidentales revisaran las papeleras y cubos de basura de determinados edificios oficiales de Alemania del Este, en busca de documentos que pudieran resultar de interés para los servicios secretos de EEUU, Gran Bretaña y Francia, impulsores de la operación. Por aquel entonces, en virtud de un acuerdo entre las potencias occidentales y la URSS, estaban permitidas las llamadas "misiones de enlace militar", que permitían a los tres países y a la URSS mantener pequeños contingentes de personal de inteligencia en el territorio de la otra Alemania. Los buenos resultados les llevaron a extender la misión hacia otros objetivos de carácter militar, cuando los agentes occidentales descubrieron un detalle de sumo interés para sus servicios de inteligencia.

Lo que averiguaron los espías era que, debido en buena parte a las sanciones internacionales y al embargo comercial por parte de los EEUU a raíz de la invasión de Afganistán, en la Unión Soviética se vivía una severa escasez de determinados productos, especialmente de papel higiénico. Esta escasez, que afectaba incluso a edificios gubernamentales o embajadas, era especialmente grave en las instalaciones militares, hasta el punto de que a los contingentes de tropas desplazados fuera de sus acuartelamientos, por ejemplo, los que estaban de maniobras, apenas les llegaban suministros de este tipo. Esto provocaba que los soldados y oficiales soviéticos y germano orientales tuviesen que buscar alternativas y recurrir a cualquier otro pedazo de papel para limpiarse.

Y cuando digo cualquier otro papel, es exactamente eso: cualquier otro papel. Las alternativas de los militares del este incluían desde telegramas y comunicaciones oficiales a páginas de sus diarios y agendas personales, hojas de manuales militares y guías de entrenamiento, esquemas técnicos, planos, especificaciones armamentísticas, listas de códigos, además de numerosas cartas personales y hasta documentos oficiales, algunos incluso clasificados como "top secret". Como además estos documentos estaban impresos en papel grueso, que de ser arrojado al retrete corría el riesgo de provocar atascos en las cañerías, lo normal era que tras ser utilizados fueran a parar a papeleras o contenedores especiales, de donde podían ser recuperados por los agentes occidentales.

Los servicios secretos de Occidente, una vez enterados, de inmediato dieron instrucciones a sus espías para que registraran papeleras y cubos de basura de las letrinas de los campamentos militares de Alemania Oriental después de maniobras y ejercicios militares (las condiciones del acuerdo vetaban la presencia extranjera en zonas en las que se producían maniobras y ejercicios militares, pero no una vez terminadas estas), y recuperaran todos los documentos que pudieran. A los agentes, claro, no les entusiasmó demasiado su nuevo cometido, al que se referían literalmente como "shit digging" ("escarbar en la mierda"). En más de una ocasión se quejaron a sus superiores de los riesgos que comportaba a su salud el escarbar entre papeles llenos de restos de materia fecal; e incluso, en ocasiones, cuando las papeleras procedían de instalaciones sanitarias, de restos humanos, como miembros procedentes de amputaciones. Pero sus jefes les animaron a continuar con su labor. Es más, les pidieron que recogieran también aquellos restos humanos y los enviaran para su análisis, para descubrir, por ejemplo, qué clase de metralla usaban los soviéticos o qué técnicas médicas empleaban. Todos los documentos recuperados de esta manera eran enviados a Alemania Occidental, donde eran limpiados y desinfectados a conciencia antes de ser descifrados y estudiados minuciosamente por los analistas.

La Operación Tamarisk estuvo activa entre los años 1979 y 1989, y aparentemente los soviéticos nunca se dieron cuenta del enorme caudal de información que esta clase de desperdicios suponía para los servicios secretos occidentales. No solo proporcionó datos sobre códigos militares, estrategias, tácticas de combate, armamento o vehículos como las nuevas generaciones de tanques soviéticos (los británicos llegaron a desarrollar un nuevo tipo de munición antitanque, el llamado Long-Rod Penetrator, basándose en la información obtenida de esta forma), sino también sobre la moral de las tropas o las relaciones entre el Kremlin, el Ministerio de Defensa y el ejército soviético.

Aunque la Operación Tamarisk pudiera parecer un tanto estrambótica, los expertos la consideran de manera unánime uno de los mayores éxitos de los servicios de inteligencia occidentales durante la Guerra Fría. Como dijo sobre ella el escritor Richard Aldrich, especialista en el espionaje durante esa época, "La Operación Tamarisk fue quizás la operación de inteligencia más productiva llevada a cabo por los británicos durante la Guerra Fría. Aquellos pedazos usados de papel higiénico soviético eran oro puro".

lunes, 10 de junio de 2019

A veces ser un espía es un trabajo fácil

AIM-9 Sidewinder


Josef Linowsky era un cerrajero polaco de origen judío que, tras sobrevivir a los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, se había instalado en la República Federal Alemana. No obstante, seguía viajando de cuando en cuando a Polonia a visitar a su familia, y durante una de estas visitas, en 1951, fue captado como agente por el MBP, el servicio secreto del gobierno comunista polaco. Cuando los soviéticos tomaron el control del ejército y los servicios de seguridad polacos, Linowsky pasó a depender directamente del KGB.

Además de sus labores de espía, Linowsky estaba encargado de captar nuevos agentes. Logró atraer para su causa a dos nuevos colaboradores: Manfred Ramminger, un acomodado arquitecto, playboy, mujeriego y aficionado a las carreras de coches, y Wolf-Diethardt Knoppe, un piloto de las fuerzas aéreas de Alemania Occidental que alcanzaría el rango de sargento.

Sus superiores del KGB fueron aumentando la dificultad de las misiones encargadas a Linowsky. Si en un principio se trataba de recolectar información sobre el ejército alemán y sus aliados norteamericanos, posteriormente llegaron a encargarle que robara un Litton LM-II, un complejo sistema de navegación usado por las Fuerzas Aéreas norteamericanas, e incluso que buscara el modo de hacerse con un avión F4 Phamton II, uno de los aviones más modernos de su arsenal, empleado tanto por la Armada como la Fuerza Aérea y los Marines de EEUU. Ambas misiones excedían las capacidades del pequeño círculo de espías, así que estos buscaron por su cuenta una misión alternativa. Una idea que se acabaría transformando en uno de los éxitos más ridículamente sencillos del espionaje soviético durante la Guerra Fría.

La tarde del 22 de octubre de 1967 Linowski y Ramminger entraban en la base aérea de Neuburg, situada en la ciudad bávara de Neuburg an der Donau, donde Knoppe prestaba servicio. Usando la identificación del piloto, aprovechándose de la espesa niebla que aquel día cubría la zona y de la escasa atención prestada por los vigilantes, lograron sortear sin mayor contratiempo la seguridad de la base. Ya dentro del recinto, Knoppe los guió hasta su objetivo, un depósito de munición, donde Ramminger escogió apropiarse de nada menos que de un misil AIM-9 Sidewinder aire-aire, una de las joyas de la Fuerza Aérea norteamericana. A continuación, cargaron el misil en una carretilla y, de nuevo amparándose en la niebla, lo sacaron tranquilamente de la base llevándolo hasta el coche de Ramminger, un Mercedes sedán que habían dejado aparcado cerca. Dadas las dimensiones del misil (tres metros de largo) Ramminger tuvo que romper el parabrisas trasero de su coche para que el misil cupiese dentro. Para no levantar sospechas, envolvieron el Sidewinder con una alfombra e incluso le colocaron un pedazo de tela roja a la parte que sobresalía, como exigía la ley. Y luego, con el misil en su asiento trasero, Ramminger condujo tranquilamente hasta su casa en Klefeld (a unos 400 kilómetros de Neuburg).

Manfred Ramminger en el circuito de carreras de Norisring (Nuremberg), tras sufrir un accidente con su Ferrari 250 GTO en los entrenamientos previos a una carrera (1964)
Si curiosa fue la manera de conseguirlo, igualmente sorprendente fue la manera que tuvieron de hacer llegar el misil a los soviéticos. Y es que, ya en su casa, Manninger desmontó el misil, empaquetó las piezas en una caja (salvo la espoleta, que entregaría personalmente a su contacto en el KGB)... ¡y las envió por correo ordinario a Moscú!. La caja con el misil (cuyo franqueo, debido al elevado peso del Sidewinder, unos 85 kilos, le había costado la considerable suma de 79'25 $ de la época) viajó por correo aéreo a Moscú declarada como "exportaciones de bajo valor" en un vuelo en el que iba el propio Manninger. Y por si no había habido suficientes desatinos en todo el proceso, debido a un error de facturación la caja con el misil regresó de Moscú a Düsseldorf, obligando a Manninger a regresar desde la URSS y reenviar el misil, que esta vez si llegó sin problemas a su destino.

Los soviéticos quedaron muy satisfechos con el éxito de sus agentes. En realidad ellos ya habían conseguido un Sidewinder tiempo atrás; se lo habían entregado sus colegas chinos, los cuales lo habían obtenido tras un enfrentamiento ocurrido en septiembre de 1958 entre MiGs chinos y F-86 de la Fuerza Aérea taiwanesa. Y de hecho, gracias a la ingeniería inversa, ya estaban produciendo a gran escala su propia versión del AIM-9: el Vympel R3-S. No obstante, les encantó recibir un ejemplar nuevo del misil norteamericano, con las modificaciones más recientes, lo que les serviría a su vez para fabricar una versión actualizada del Vympel: el R-13M.

El trío de espías sería capturado por las autoridades alemanas en 1968, siendo condenados a penas de entre tres y cuatro años, aunque merced a un intercambio de prisioneros entre ambos bandos serían puestos en libertad en 1971.

lunes, 11 de febrero de 2019

La Operación Gold



En 1949, el servicio secreto británico dio comienzo a una de sus más exitosas operaciones de espionaje durante la Guerra Fría: la llamada Operación Silver. Un agente británico llamado Peter Lunn descubrió que el cuartel general soviético en Viena utilizaba una línea telefónica corriente para comunicarse con Moscú, línea que pasaba bajo el conocido Hotel Imperial. Los británicos entonces compraron un edificio cercano al hotel (donde instalaron una sastrería como tapadera) y excavaron un túnel desde su sótano que les permitió tener acceso a la línea y escuchar las llamadas que pasaban por ella, obteniendo así valiosa información sobre las estrategias soviéticas en Europa.

Los británicos compartieron esta información con la CIA. Los altos cargos de la Agencia, sorprendidos gratamente por la operación británica y sus buenos resultados, comenzaron a estudiar la posibilidad de llevar a cabo una acción similar en Berlín. Los ingenieros norteamericanos, tras estudiar el asunto, concluyeron que era viable la construcción de un túnel para acceder a los cables telefónicos subterráneos de la ciudad. El informe final fue presentado al director de la CIA, Allan Dulles, el cual dio su visto bueno a la operación, que sería conocida como Operación Gold (Oro), mientras que para los británicos sería la Operación Stopwatch (Cronómetro).


Los norteamericanos conocían al detalle la distribución de las líneas telefónicas por el subsuelo de la ciudad, información que al parecer habían recibido de Reinhard Gellen, jefe del BND (la agencia de inteligencia de la República Federal Alemana). Los expertos de la CIA concluyeron que el objetivo más adecuado para la operación era un nudo de comunicaciones enterrado a escasa profundidad bajo una transitada calle del distrito de Altglienicke, en el sector soviético de la ciudad, muy cerca del sector norteamericano. Y así, en febrero de 1954 comenzaba en el distrito de Rudow, en el sector norteamericano, la construcción de lo que públicamente se anunció como un almacén y una estación de radar para la Fuerza Aérea norteamericana. En agosto terminó la construcción de los edificios y a principios de septiembre, ingenieros británicos y estadounidenses comenzaron la excavación de un túnel desde el sótano del almacén. Un túnel revestido de placas metálicas construidas ex-profeso en EEUU, recubiertas de caucho para minimizar los ruidos de las obras (previamente se había construido una réplica del túnel en territorio norteamericano a modo de prueba). Tras sortear obstáculos como la presencia de bolsas de agua, las obras del túnel finalizaron en febrero de 1955, aunque llevó varios meses más instalar todos los equipos de escucha y grabación y tener listas las instalaciones para que los agentes de la CIA pudieran trabajar. En total, el túnel medía 450 metros de largo, incluía tres salas prefabricadas para que trabajaran los agentes occidentales y su construcción le costó a la CIA 6'5 millones de dólares de la época.


El túnel estuvo en funcionamiento algo más de once meses, durante los cuales se interceptaron 450000 llamadas telefónicas y miles de páginas de teletipo, que ocupaban más de 50000 cintas de grabación. Fundamentalmente, los esfuerzos de los agentes norteamericanos y británicos se centraron en espiar y grabar las comunicaciones del cuartel general soviético en Zossen, las de la embajada soviética en Berlín Este y las conversaciones entre militares de alto rango soviéticos y germanoorientales. Esa inmensa cantidad de datos era luego transcrita y traducida en Londres y Washington por varios equipos de analistas, que más tarde elaboraban informes con la información que consideraban relevante.

Así, hasta que el 21 de abril de 1956 un grupo de soldados soviéticos accedieron al túnel a través de su extremo oriental. Los agentes de la CIA que había en el túnel tuvieron que darse a la fuga a toda prisa, no sin antes dejar atrás un cartel que ponía "Está entrando en el sector norteamericano". Aparentemente, las fuertes lluvias de aquellos días habían dejado expuesto parte del cableado y del sistema de aire acondicionado del túnel. Los norteamericanos esperaban que, según su costumbre, los soviéticos echaran tierra sobre el asunto; pero sorprendentemente hicieron justo lo contrario. En una multitudinaria rueda de prensa, el general Iosif Zarenko, comandante de las tropas soviéticas en Berlín, hizo pública la "agresión" de los agentes capitalistas contra la soberanía de Alemania del Este, violando todas las normas del derecho internacional. Se permitió a periodistas de todo el mundo visitar el túnel, e incluso al público en general se le permitió el acceso durante algún tiempo. En occidente, claro, se dio una visión totalmente diferente de la misión y la prensa lo presentó como un éxito histórico de los servicios secretos norteamericanos, que había permitido recopilar una gran cantidad de valiosa información. O al menos eso creían.


Porque la realidad era que, sin que norteamericanos y británicos lo sospechasen, el KGB soviético había estado al tanto desde un primer momento de todo el proyecto. Uno de los agentes del MI6 británico implicado en la misión desde un primer momento era en realidad un agente soviético; se llamaba George Blake y en aquel momento era el topo más importante que el servicio secreto soviético tenía en occidente. Blake había tenido informado a su contacto de todos los detalles de la Operación Gold. Sin embargo, el KGB había preferido permitir a la CIA seguir adelante con la construcción del túnel. Posiblemente, para no comprometer la tapadera de Blake, su agente doble más valioso. Habían mantenido en secreto la existencia de la excavación sin advertir ni siquiera a sus colegas del GRU (el servicio secreto del ejército soviético) y la Stasi de Alemania del Este. Y lo habían sacado a la luz únicamente cuando les convino, cuando creyeron que Blake estaría a salvo. Británicos y norteamericanos ni siquiera lo sospecharon hasta que en 1961 un desertor polaco llamado Michael Goleniewski reveló la traición de Blake, que sería arrestado y encarcelado (aunque acabaría fugándose y huyendo a Moscú).

La enorme cantidad de información recogida no acabó de traducirse y revisarse hasta 1958, aunque su validez fue puesta en duda por algunos analistas. Mientras que la versión oficial de la CIA era que aquella información era válida porque Blake desconocía la situación exacta del túnel, hubo quien opinó que el KGB, conociendo la existencia de las escuchas, se había cuidado mucho de permitir que tuvieran acceso a información sensible, canalizando las comunicaciones más importantes por otros cauces más difíciles de interceptar.

Sección del túnel original, expuesta en el Museo del Espionaje de Berlín
Muchos de los detalles de la Operación Gold siguen siendo información clasificada hoy en día.

jueves, 17 de mayo de 2018

La Operación Merlin


Como hemos podido constatar hace bien poco, una de las obsesiones de la política exterior norteamericana de las últimas décadas es el programa nuclear iraní. Los norteamericanos y sus aliados israelíes no han perdido jamás una ocasión de entorpecer o sabotear los avances iraníes en materia atómica, ya sea por medios oficiales o bien recurriendo a operaciones al margen de la legalidad. Algunas de estas operaciones encubiertas tuvieron éxito, como el célebre gusano informático Stuxnet, que en 2010 paralizó durante semanas varias instalaciones industriales y nucleares de Irán. Pero en otras ocasiones no han tenido el éxito que buscaban; es el caso de la llamada Operación Merlin, considerada uno de los más notables fiascos de la CIA en tiempos recientes.

Los orígenes de esta que sería llamada Operación Merlin se remontan a 1996. Ese año, la División de Contraproliferación, un departamento de la CIA de reciente creación, dirigido por un veterano agente de la Compañía llamado James L. Pavitt, contactó con un ingeniero nuclear ruso, antiguo miembro del programa soviético de armas nucleares, que había desertado, prometiéndole la nacionalidad norteamericana y un generoso sueldo a cambio de que trabajara para ellos. Un documento desclasificado de la CIA de principios de 1997 parece indicar que originalmente la intención de la agencia norteamericana era usarlo como agente doble, tratando de infiltrarlo en el programa nuclear iraní. Documentos posteriores muestran sin embargo que el objetivo de la misión había cambiado: ya no se trataba de infiltrar al ingeniero ruso en el programa iraní, sino de usarlo como "caballo de Troya" para hacerles llegar información aparentemente valiosa para su investigación, pero que en realidad contendría errores lo suficientemente graves como para que no solo fuera inútil, sino que al intentar utilizarla retrasara toda la investigación de los iraníes en lo referente a la construcción de un arma nuclear.

Tras varios años madurando el plan, a principios de 2000 todo parecía estar listo para llevar a cabo la fase definitiva de la misión. El ingeniero ruso, haciéndose pasar por un desertor avaricioso dispuesto a vender secretos nucleares soviéticos a cambio de dinero, fue enviado a Viena para llevar a cabo el intercambio. La información que a modo de cebo se les había ofrecido a los iraníes eran los planos del llamado Set de Disparo TBA-480, un dispositivo empleado en las armas nucleares soviéticas que permite llevar a cabo una serie de múltiples detonaciones simultáneas con gran precisión, algo esencial para detonar una bomba nuclear. Pero los esquemas que iban a recibir los iraníes tenían una serie de pequeños errores, difícilmente detectables, preparados para que en el caso de que el dispositivo fuera construido según esas especificaciones, se produjera un "error fatal" en el caso de que intentaran utilizarlo; algo que, según las previsiones de la CIA, podría retrasar meses o incluso años todo el programa armamentístico nuclear de los iraníes. Finalmente, la entrega tuvo lugar en marzo de 2000, cuando el ingeniero proporcionó la información a la delegación iraní de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA), con sede en Viena.

Pero la misión se fue al traste por un detalle que los de la CIA no habían considerado: el factor humano. Al ingeniero ruso le pudo la curiosidad y le echó un vistazo a los documentos que debía entregar. Resultó ser un ingeniero bastante competente y fue capaz de detectar los errores que los norteamericanos habían incluido cuidadosamente en los esquemas del TBA-480. Nadie le había dicho la verdadera naturaleza de su misión, y él creía que los planes que debía entregar eran genuinos, así que decidió incluir junto a los documentos una carta suya dirigida a sus colegas iraníes en los que los advertía de los errores y les daba consejos de como subsanarlos. Los iraníes compararon esta información con la que disponían de otras fuentes (fundamentalmente, la facilitada por el físico pakistaní A. Q. Khan) y pudieron así obtener un dispositivo plenamente operativo. La misión que debía retrasar el desarrollo nuclear iraní tuvo, según los expertos, justamente el efecto contrario, y posiblemente lo que consiguió fue todo lo contrario, acelerarlos.

El fracaso de la misión se mantuvo algún tiempo en secreto. En 2003 el New York Times estuvo a punto de publicar algunos detalles sobre la Operación Merlin, algo que evitó la intervención directa de la asesora para la Seguridad Nacional del presidente George W. Bush, Condoleezza Rice. Sin embargo, a principios de 2006 el periodista del Times James Risen, dos veces ganador del Premio Pulitzer, publicó un libro titulado Estado de Guerra: la historia secreta de la CIA y la administración Bush, en el que desvelaba algunos de los episodios vividos por la agencia en los anteriores años; entre ellos, los detalles de la Operación Merlin, a la que calificaba como "una de las mayores meteduras de pata de la historia reciente de la CIA".

Risen se negó a revelar las fuentes que le habían revelado información secreta de la CIA, pese a que fue llevado a juicio en dos ocasiones (una por la administración Bush y otra por la de Obama) para que confesara quién era su informador. En 2010, un antiguo agente de la CIA llamado Jeffrey Alexander Sterling fue acusado de ser el chivato que había revelado a Risen la información sensible sobre la agencia, y condenado a tres años y medio de cárcel (de los que cumpliría dos años y medio), siendo liberado en enero de 2018.