Verba volant, scripta manent

lunes, 30 de marzo de 2020

La derrota más recordada de la historia del golf



Jean Van de Velde nació en 1966 en la ciudad francesa de Mont-de-Marsan, en el seno de una acomodada familia de origen belga. Descubrió el golf durante unas vacaciones de verano y quedó tan fascinado que. años más tarde y pese a la oposición paterna, decidió hacerse profesional. Y así, tras varios triunfos como amateur, en 1987 se pasó al profesionalismo. Debutaría en el circuito europeo en 1989 y conseguiría su primer título en 1993, al vencer en el Masters de Roma. No tuvo una carrera espectacular; nunca ganó un major ni alcanzó puestos de privilegio en el ranking mundial, pero pasaría a la historia de este deporte por protagonizar una de las derrotas más increíbles que se recuerdan, la que tuvo lugar en el último hoyo del Open Británico de 1999.

El Open Británico de 1999 se celebró en el campo escocés de Carnoustie, uno de los mas antiguos del Reino Unido. A él Van de Velde llegaba sin contar entre los favoritos; figuraba en el puesto 152º del ranking mundial y apenas tenía experiencia en majors, habiendo superado el corte en el Open solo en un par de ocasiones anteriores. Sus resultados en la primera ronda fueron discretos: 75 golpes, cuatro sobre par, lejos de los puestos de cabeza. No obstante, una excelente segunda ronda con 68 golpes, tres bajo par, le permitió ascender al liderato con un golpe menos que el argentino Ángel Cabrera y dos menos que el sueco Jesper Parnevik. Y otra buena tarjeta en la tercera ronda (70) le permitió terminar el tercer día del campeonato como líder destacado, con cinco golpes de ventaja sobre el norteamericano Justin Leonard y el australiano Craig Parry.


La cuarta y definitiva ronda, celebrada el 18 de julio, tuvo sus altibajos, pero Van de Velde mantuvo el tipo y llegó al último hoyo, el definitivo, con una ventaja de tres golpes sobre Leonard y el escocés Paul Lawrie, que había protagonizado una espectacular remontada tras empezar el día a diez golpes del francés. Ese hoyo 18, llamado Home, era un par 4 en apariencia no demasiado difícil. Van de Velde había logrado sendos birdies (uno bajo par) en dos de las rondas previas. Y dada la clasificación, le bastaba con resolverlo en seis golpes (doble bogey, dos sobre par) para proclamarse campeón. Muchos lo daban como campeón seguro, tan sencillo veían este último hoyo.

Pero sucedió lo impensable, algo de lo que se seguiría hablando hasta el día de hoy. Para sorpresa de muchos, Van de Velde comenzó el recorrido con un driver, un palo para distancias largas, en lugar de ser más conservador y empezar con un hierro para acercarse al green, como los días anteriores. El primer golpe salió muy desviado, lejos del green. Aún así, tenía margen suficiente como para rectificar, pero su segundo golpe volvió a desconcertar a expertos y aficionados: en lugar de quedarse en la calle, utilizó un hierro 2 para tratar de llegar directamente al green. Y de nuevo, el golpe salió desviado hacia las gradas, rebotó en una barandilla y en un muro de piedra, para acabar en una zona de hierba alta.

Incluso en ese momento Van de Velde tenía una opción clara para hacerse con la victoria. Le bastaba con volver a la calle, alcanzar el green con el cuarto golpe, y luego habría dispuesto de dos putts para embocar la bola. Pero una vez más Van de Velde optó por la decisión menos apropiada: volver a intentar llegar al green en un solo golpe. El golpe volvió a ser desastroso y la pelota acabó en un arroyo cercano, el Barry Burn.


Con la pelota en el agua, Van de Velde protagonizó una de las imágenes icónicas de aquel desastroso hoyo. Y es que, para sorpresa de todos, el golfista francés se quitó zapatos y calcetines, se remangó los pantalones y se metió en el arroyo, donde permaneció un buen rato tratando de calcular las posibilidades de golpear la bola desde el agua. Y cuando muchos temían que de verdad fuera a intentar algo que parecía una auténtica locura, se dio por vencido y sacó la pelota del agua, aceptando un drop (una penalización de un golpe) por ello. Aún le quedaban dos golpes para ganar; tenía que intentar colocarla en el green y luego buscar un putt afortunado para acabar con +6. Pero definitivamente no era su día. El quinto golpe se quedó corto y acabó en la arena, en un bunker. Necesitó otro golpe más para sacar la bola de allí, y otro con el putt para embocar definitivamente. + 7. Triple bogey (tres sobre par). Van de Velde empataba con Lawrie y Leonard obligando así a una ronda de desempate de la que saldría el ganador definitivo. Finalmente, el triunfo se lo llevaría Lawrie (fue el único major que ganó en su carrera) y Van de Velde quedó segundo. Se consumaba así una de las más inauditas debacles de la historia del deporte.

Paul Lawrie levanta el trofeo de campeón del Open Británico
Muchos trataron de encontrar una explicación para el desmoronamiento del golfista francés en el momento decisivo. Le acusaron de querer lucirse, de haberse confiado en exceso. También hubo acusaciones hacia su caddie, el francés Christophe Angìolini, con el que llevaba compitiendo solo desde el mes de abril, que se defendió alegando que la última decisión sobre los golpes de aquel hoyo había sido de Van de Velde. El propio golfista defendió a Angiolini y asumió toda la culpa de lo ocurrido; lo que no impidió que, apenas un mes después del Open prescindiera de sus servicios. La excusa de Van de Velde fue que iba a participar en el circuito americano y necesitaba un caddie que conociera los campos; no obstante, era conocido que había recibido muchas presiones por parte de su manager, patrocinadores, incluso de su esposa, para que no siguiera con él, y Angiolini no se tomó demasiado bien su despido.


Van de Velde continuó con su carrera. Participó en la Ryder Cup de aquel año de 1999 (perdió su único partido individual contra el norteamericano Davis Love III) y no volvería a ganar otro torneo hasta 2006, en el que triunfó en el Open de Madeira, antes de que una serie de lesiones le obligaran a retirarse del circuito. En la actualidad, participa en el circuito europeo Senior, a la vez que ejerce como comentarista para algunos medios y fue nombrado embajador de UNICEF en 2012.

Tiempo después de aquel Open, Van de Velde regresó al campo de Carnoustie de la mano de uno de sus patrocinadores, el fabricante de palos Never Compromise, para rodar un anuncio. Allí tuvo la ocasión de volver a jugar aquel hoyo maldito. En esta ocasión lo logró en tres golpes.

lunes, 23 de marzo de 2020

El lago de los esqueletos



En 1942 un guarda de la reserva de Nanda Devi (en el estado de Uttarakhand, en el norte de la India) llamado Hari Kishan Madhwal comunicaba a las autoridades británicas un macabro hallazgo. En un pequeño lago llamado Roopkund Madhwal había hallado un elevado número de esqueletos humanos, tanto en el fondo del lago como en sus orillas, en un número indeterminado, pero que seguramente era de varios centenares.

Roopkund es un lago glaciar de pequeño tamaño (unos cuarenta metros de diámetro y apenas dos de profundidad) situado en las estribaciones del macizo himalayo de Trisul, a algo más de 5000 metros de altitud. Las leyendas locales atribuyen su creación al dios Shiva, el cual lo habría creado para que su esposa la diosa Parvati se lavara las manos después de una batalla contra los demonios. Permanece cubierto de hielo la mayor parte del año, aunque durante mayo y junio el aumento de las temperaturas hace que el hielo se derrita y el lago quede al descubierto. La zona en la que se encuentra está deshabitada y rodeada de glaciares y montañas permanentemente nevadas, por lo cual el acceso al lago no es sencillo.


Los británicos se mostraron inicialmente preocupados. Temían que aquellos restos pertenecieran a tropas japonesas que habrían tratado de invadir la India cruzando el Himalaya desde el norte, pero una primera investigación descartó esa posibilidad, concluyendo que aquellos restos eran mucho más antiguos. Más tarde se descubriría que la presencia de los esqueletos era mencionada ya en documentos del siglo XIX. Una investigación llevada a cabo en la década de 1950 por el Instituto Antropológico de la India, dató los restos entre el siglo XII y el XV. Las bajas temperaturas de la zona han contribuido a conservar los restos, algunos de los cuales incluso conservan restos de carne pegados a ellos. Además, también se han hallado junto a los esqueletos objetos de madera y cuero, puntas de lanza e incluso joyas como anillos.

Diversas teorías se han propuesto a lo largo de los años para explicar el origen de los restos. Una leyenda local cuenta que un rey de la ciudad de Kannauj llamado Raja Jasdhaval y su esposa embarazada, la Rani Balampa, acudieron con un séquito al santuario de Nanda Devi, pero que el comportamiento libertino de los peregrinos enfureció a la diosa, que como castigo les envió una terrible granizada que acabó con todos. Se especuló también con que se tratase de soldados del ejército del general Zorawar Singh, muerto en 1841 durante una campaña contra los tibetanos (a pesar de que un número elevado de los esqueletos pertenecen a mujeres) o una caravana de mercaderes víctima de una avalancha. Incluso se sospechó que pudiera tratarse de víctimas de una epidemia o de algún ritual suicida, aunque no se halló prueba alguna de ello.


En 2004 se llevó a cabo una expedición dirigida por la National Geographic que tomó muestras de algunos de los restos (se calcula que en el lago hay restos de entre 300 y 600 personas), que fueron sometidas a una datación por radiocarbono en la Universidad de Oxford. El resultado del estudio demostró que parte de los restos estaban datados en torno al siglo IX, pero muy probablemente no procedían de un único episodio, sino que habían sido depositados en el lago a lo largo de años o décadas. Otros restos, en cambio, eran mucho más recientes, de en torno al año 1800, y si parecían haber ido a parar al lago en un único suceso catastrófico.

Más recientemente, en 2018, un estudio genético llevado a cabo por científicos hindúes y estadounidenses sacó a la luz nuevos datos que contribuyeron a aumentar el misterio sobre los esqueletos de Rookpound. Mientras los restos más antiguos están emparentados genéticamente con poblaciones hindúes cercanas al lago, los restos más modernos, los datados en torno a 1800, pertenecen a personas que parecen emparentadas con poblaciones del Mediterráneo oriental, como los griegos o los cretenses. Quienes eran aquellos viajeros de origen europeo y qué hacían en el Himalaya en aquellas fechas, es algo para lo que nadie parece tener una explicación medianamente coherente. Además, uno de los esqueletos estudiados corresponde a un individuo de origen distinto a los otros dos grupos, que parece tener su origen en el sudeste asiático.


No se ha establecido de manera definitiva el motivo de las muertes de las personas cuyos restos permanecen en el lago. No se han hallado señales de heridas, y tampoco de enfermedad (la mayoría de los restos corresponden a personas adultas y en buen estado de salud). Algunos de los cráneos estudiados muestran señales de violentos golpes en su parte superior propinados con mucha fuerza por algún objeto redondeado. Se sabe que la peculiar climatología local provoca con cierta regularidad tormentas con granizos de gran tamaño, por lo que la idea de que fueran viajeros sorprendidos por una de estas tormentas sin posibilidad de hallar refugio parece bastante verosímil.


En la actualidad, la fama del lago Roopkund ha hecho de la región un destino muy popular para el turismo y los aficionados al senderismo. Esto a la larga está resultando perjudicial para el yacimiento, ya que autoridades y organizaciones locales denuncian que muchos de los visitantes se dedican a llevarse como recuerdo objetos, huesos e incluso esqueletos enteros, y llevan tiempo solicitando la intervención del Gobierno indio para que proteja los restos e impida el deterioro de la zona.

domingo, 15 de marzo de 2020

Me voy al Oeste, ¿quién se viene conmigo?



La noche del 12 al 13 de agosto de 1961 las autoridades de la RDA construían el que se haría pronto célebre Muro de Berlín, que separaba la parte de Berlín perteneciente a la República Federal Alemana, de la parte que funcionaba como capital de la República Democrática Alemana. La construcción del muro, decidida apenas unas horas antes por el Consejo de Ministros de la RDA, trataba de detener la continua marcha de ciudadanos germano orientales hacia Occidente a través de la frontera berlinesa (el resto de las fronteras entre las dos Alemanias se habían cerrado en 1952). Desde ese momento, y durante las casi tres décadas que estuvo en pie, el Muro fue testigo de numerosos intentos de fuga de personas que trataban de huir del régimen comunista. Unas 5000 personas huyeron de esta manera, y cerca de 200 murieron abatidas por los disparos de los guardias. Algunas de estas fugas fueron enormemente sofisticadas, preparadas durante meses o años... pero la fuga de la que voy a hablar no es de esas. Es la fuga de Wolfgang Engels.

Wolfgang Engels nació en 1943 en Düsseldorf, donde vivió sus primeros años, pero siendo todavía un niño su madre, miembro del Partido Comunista, se trasladó con él a Berlín Oriental, donde volvería a casarse. Wolfgang creció bajo un régimen comunista, educado para ser un miembro leal al régimen, pero conforme fue creciendo fueron aumentando en él las dudas y la visión crítica hacia el sistema del que formaba parte. Varios hechos contribuyeron a cambiar su punto de vista. Para empezar, la propia construcción del Muro, en la que el propio Engels participó tras ser alistado por las autoridades, y con la que se sentía profundamente en desacuerdo; o las conversaciones con algunos compañeros de trabajo con ideas críticas hacia el gobierno comunista. Pero el verdadero punto de inflexión para Engels sucedió apenas unas semanas antes de su fuga. Él y dos amigos suyos habían salido una noche a dar una vuelta por la ciudad y acabaron cerca del muro, buscando un café donde se iba a celebrar un concierto; pero mientras paseaban se toparon con una patrulla militar, cuyos miembros, no satisfechos con las explicaciones de los jóvenes, decidieron arrestarlos acusándolos de Republikflucht, intento de fuga a Alemania Occidental. Una grave acusación que podía haberles costado hasta dos años de cárcel. Esto indignó a los jóvenes, quienes tras mucho discutir y hacer notar a sus captores que no iban vestidos para una fuga sino para una noche de fiesta lograron ser puestos en libertad.

Wolfgang Engels (2014)
A Wolfgang le indignó aquella arbitrariedad de la que había sido víctima. Pero le impactó incluso más que, cuando regresó a su casa, su madre, comunista convencida (y que además, sin que su hijo lo sospechara, trabajaba como administrativa para el Staatssicherheitsdienst, el temible servicio de inteligencia de la RDA, conocido comúnmente como Stasi), justificara la actuación de los soldados y la manera en la que habían tratado a su hijo y a sus amigos. Como el propio Engels diría más tarde "Aquello fue lo que me conmocionó, que una persona pudiera aceptar tan firmemente la idea de que "el Partido siempre tiene razón", así que me dije a mi mismo que aprovecharía la primera oportunidad de salir de aquí".

Por aquel entonces Engels trabajaba como conductor civil para el ejército de Alemania Oriental, sirviendo de chófer para oficiales y dignatarios. Se llevaba muy bien con los soldados encargados de conducir vehículos militares, tales como blindados o camiones de transporte, hasta el punto de que les dejaba llevarse el coche que conducía cuando tenían tiempo libre y les apetecía dar una vuelta por Berlín. En agradecimiento, sus nuevos amigos le enseñaron a conducir los vehículos militares, algo que a la postre le sería muy útil para su huida.

El plan de Wolfgang Engels no era lo que se dice demasiado sutil: pretendía apropiarse de alguno de los vehículos blindados, conducirlo hasta el muro y una vez allí embestirlo a la mayor velocidad posible para abrirse paso hasta el sector occidental de la ciudad. Engels creyó llegada su oportunidad el 16 de abril de 1963, mientras buena parte de los soldados acantonados en Berlín y sus proximidades se preparaban para el gran desfile del 1 de mayo. Ese día, aprovechando la hora del almuerzo, el joven se apropió de un vehículo blindado SPW-152 (la versión alemana del blindado soviético de seis ruedas BTR-152) y se dirigió al muro.
SPW-152
En una ciudad habituada a la presencia militar, el vehículo conducido por Engels apenas llamaba la atención. Sin mayores problemas recorrió el Karl-Marx-Allee y cruzó el río Spree hacia el distrito de Treptow. Wolfgang iba tan eufórico, tanto, que incluso se permitió el lujo de detenerse junto a varios jóvenes que holgazaneaban en una de las calles por las que pasó y gritarles "Me largo de aquí al Oeste, ¿quién se viene conmigo?". Aunque ninguno de ellos aceptó el ofrecimiento; el fracaso en un intento de fuga suponía en el mejor de los casos la cárcel, y en el peor acabar acribillado por los guardias. Así que Wolfgang siguió su camino hasta llegar a las cercanías del muro. Su llegada no llamó la atención; el oficial al mano de la guardia diría más tarde que creía que se trataba de refuerzos para la vigilancia de la frontera.

No tenía demasiado espacio para tomar impulso, apenas 100 metros, pero pisó el acelerador a fondo y embistió con las nueve toneladas de peso del blindado contra el muro a toda la velocidad de la que fue capaz. Por aquel entonces el muro no era tan impenetrable como llegaría a ser en años posteriores; era poco más que un muro de bloques de hormigón reforzado por barreras de hormigón y alambre de espino. Aún así, el impacto del SPW-152 no fue suficiente para atravesarlo por completo. Consiguió derribar el muro, pero solo lo atravesó parcialmente. Rápidamente, Engels salió del vehículo y trepó sobre los restos del muro, pero quedó enganchado en el alambre de espino. Uno de los guardias del muro estaba a apenas unos metros y le apuntó con su Kalashnikov; Engels le pidió que no disparara, pero el guardia abrió fuego de todas maneras.


La bala alcanzó a Engels en la espalda mientras trataba de volver al interior del vehículo y salió por su pecho, aunque tuvo la suerte de que no alcanzara órganos vitales. Un segundo disparo del guardia impactó en los restos del muro y fragmentos de la bala alcanzaron a Engels en una mano. Su intento de fuga podía haber acabado de muy mala manera si no hubiera recibido ayuda desde el lado occidental. Primero, un oficial de la Policía de Berlín Occidental, que vigilaba el muro desde una plataforma, abrió fuego contra los guardias del otro lado (el hecho de que el primer guardia hubiera disparado en dirección al lado occidental le facultaba para ello), obligándolos a ponerse a cubierto y salvando a Engels de más disparos. Y luego, un grupo de parroquianos (alguno en un avanzado estado de embriaguez) de un bar cercano, dirigidos por el propietario del local, se acercaron rápidamente al muro y formaron una cadena humana que logró liberar a Engels del alambre de espino y llevándolo en volandas hasta el bar, donde lo acomodaron sobre la barra. Cuando Engels recobró la consciencia y vio las estanterías repletas de botellas de licor de marcas occidentales, supo que había logrado su objetivo y pidió que le sirvieran una copa.


Engels permanecería durante tres semanas en un hospital, recuperándose de sus heridas, y posteriormente se marcharía a vivir a Düsseldorf, donde sería acogido por su familia. Mientras, su madre lamentó su "traición" en un comunicado público. Wolfgang intentó ponerse en contacto con ella y con su padrastro en numerosas ocasiones, sin éxito. Sus cartas nunca tuvieron respuesta (la Stasi las interceptaba) y sus llamadas telefónicas terminaban abruptamente. No volverían a verse hasta 1990, cuando el Muro había caído y los cargos contra aquellos que habían huido a Occidente fueron oficialmente anulados. Fue un encuentro emotivo; su madre se alegró de verlo, pero nunca hablaron del espinoso tema de su fuga. "Simplemente, nunca hablamos de lo que había ocurrido".

Engels trabajó durante algún tiempo en un hotel en Gran Bretaña, y luego regresó a Alemania, donde fue profesor en un colegio y bombero. Se casó, tuvo una hija y tres nietos, y tras su jubilación se dedicó a trabajar como voluntario en una organización dedicada a preservar la memoria del Holocausto. Después de la caída del muro averiguó no solo que su madre había trabajado para la Stasi, sino que su nombre figuraba, junto al de otros ciudadanos de Alemania Oriental huidos a Occidente, en una lista de objetivos redactada en la década de 1980 que el gobierno germanooriental planeaba secuestrar para llevar de vuelta y juzgar por deserción.

"No tengo remordimientos" diría años más tarde. "Fue duro al principio, pero he tenido una buena vida aquí".

lunes, 9 de marzo de 2020

Pushinka, un cachorro soviético en la Casa Blanca

Pushinka

El 28 de julio de 1960 era lanzado desde el cosmódromo de Baikonur el primer módulo tripulado del programa Vostok ("Este") que habría de poner en órbita por primera vez a un ser humano. A bordo iban dos perritas callejeras llamadas Chayka ("Gaviota") y Lisichka ("Zorrita"), que desgraciadamente murieron apenas unos segundos después del lanzamiento, cuando el cohete estalló debido a un incendio en una de las cámaras de combustión. Su muerte fue un duro golpe para los ingenieros soviéticos, especialmente para el director del programa, Serguei Koroliov, quien acostumbraba a jugar con Lisichka en el cosmódromo.

Belka y Strelka
No obstante, pese a este fracasado primer intento, el programa siguió su curso. El 19 de agosto fue lanzado el Korabi-Sputnik 2, el segundo vuelo tripulado. A bordo, además de un conejo, varias ratas y ratones, moscas y algunas plantas y hongos, viajaban otras dos perritas callejeras: Belka ("Blanquita") y Strelka ("Flechita"). En esta ocasión la misión fue un éxito y las dos perras, tras pasar un día y dos horas en órbita, aterrizaron sanas y salvas en Kazajistán, siendo los primeros animales en regresar con vida a la Tierra tras haber estado en el espacio, y se convirtieron en héroes del programa espacial soviético, que explotó con gran habilidad su imagen con fines publicitarios. Unos meses después de haber vuelto del espacio Strelka tuvo una camada de seis cachorros con otro perro del programa espacial llamado Pushok ("Peludo"), lo que confirmó que el vuelo espacial no había dejado secuelas en ella, lo que la hizo aún más famosa, dentro y fuera de la Unión Soviética.

Strelka y su camada
Algún tiempo después, durante una cena de estado después de una cumbre internacional celebrada en Viena, el protocolo hizo que la primera dama de EEUU, Jacqueline Kennedy, se sentara al lado de Nikita Kruschev, Secretario General del Partido Comunista Soviético. Durante la amigable charla que compartieron, hubo un momento en el que Jackie Kennedy no supo muy bien de qué mas podía hablar con Kruschev, así que le preguntó por los cachorros de Strelka. El soviético, hombre campechano y generoso, no solo se explayó con entusiasmo hablando de Strelka y sus cachorros, sino que tomó nota del interés de la esposa de JFK. Y así, unas semanas después del encuentro, llegaba a la embajada norteamericana en Moscú un envío muy especial: Pushinka ("Mullida"), uno de los cachorros de Strelka, como regalo del presidente Kruschev a la familia Kennedy.

Pushinka fue llevada a Estados Unidos por una numerosa delegación soviético-estadounidense y entregada más tarde en la Casa Blanca; no sin antes pasar por un minucioso escrutinio por parte del servicio secreto, que incluso la radiografiaron, para descartar que los soviéticos le hubieran implantado algún tipo de sistema de escucha. Los Kennedy eran grandes amantes de los perros (tenían en aquel entonces otros cuatro) y recibieron encantados el regalo de Kruschev. La primera vez que Caroline, la hija mayor del matrimonio, estuvo en presencia de Pushinka, ésta le gruñó. La pequeña no se dejó intimidar; se puso a la espalda de la perra y le pegó una leve patada en el trasero, algo que hizo mucha gracia al presidente cuando se lo contaron, riéndose y llegando a decir "Eso es lo que hay que hacerles a esos malditos rusos". Lo cual no impediría que Pushinka se convirtiera en habitual compañera de juegos de Caroline.


Los Kennedy agradecieron el regalo a Kruschev con una carta en la que decían "Su vuelo de la Unión Soviética a los Estados Unidos no fue tan dramático como el de su madre, sin embargo, fue un vuelo largo y ella lo soportó bien. Los dos agradecemos que recuerde estos asuntos en su ocupada vida."

Pushinka en la Casa Blanca
Algún tiempo después de su llegada, Pushinka dio a luz a una camada de cuatro cachorros que había concebido con otro de los perros de los Kennedy, un terrier galés llamado Charlie. Los cuatro cachorros recibieron los nombres de Blackie, White Tips, Butterfly y Streaker. El presidente Kennedy se refería a ellos jocosamente como los "pupniks", resultado de mezclar "puppy" (cachorro) y Sputnik. Cuando se supo de su nacimiento, en la Casa Blanca se recibieron más de 5000 peticiones, procedentes de todos los puntos del país e incluso del extranjero, de personas que solicitaban poder adoptar a uno de ellos. Finalmente, dos de los cachorros, Butterfly y Streaker, fueron entregados a niños de la región del Medio Oeste, mientras que Blackie y White Tips fueron adoptados por dos familias amigas de los Kennedy.

Pushinka y sus cachorros
Pushinka siguió formando parte de la familia Kennedy hasta su muerte. Todavía hay descendientes suyos en algún lugar de los EEUU. Para muchos historiadores, gestos de cortesía como el regalo de Pushinka contribuyeron a suavizar las relaciones entre Kennedy y Kruschev, lo que sería vital a la hora de resolver situaciones problemáticas como la Crisis de los Misiles de 1962.

domingo, 23 de febrero de 2020

Billy Brooks

William L. Brooks (1832?-1874)

En una época como el Salvaje Oeste, en la que la línea que separaba ambos lados de la ley era, cuando menos, difusa, no era raro encontrar personajes que la cruzaban sin demasiados remordimientos. Personajes que vivían empuñando un arma y que pasaban de imponer la ley a transgredirla sin pensárselo dos veces. Gente como Billy Brooks.

William L. Brooks nació en Ohio, en torno al año 1832. Muy joven se marchó en busca de fortuna al Oeste, donde comenzó ganándose la vida como cazador de búfalos. Se le dio tan bien esta ocupación que acabó recibiendo el apodo de "Búffalo Bill", aunque nunca alcanzó la fama de los "otros" Búffalo Bill, como el célebre explorador y empresario circense William F. Cody o el cazador y explorador William E. Mathewson.

Con una bien ganada fama de hábil con las armas, sobre 1870 empezó a trabajar como conductor de diligencias para la Southwestern Stage Company en una ruta entre Wichita (Kansas) y Fort Gill (Oklahoma), que luego se ampliaría hasta Newton (Kansas). Newton era un pequeño enclave que había crecido de manera muy rápida después de la llegada del ferrocarril en 1871, convirtiéndose en un punto estratégico en cuya estación se embarcaban grandes hatos de ganado procedente de Texas. Esta prosperidad atrajo a un gran número de vaqueros, jugadores, prostitutas y gente de similar ralea. La ciudad se convirtió en un lugar problemático en el que abundaban los tiroteos y que llegó a ser llamada "la ciudad más perversa del Oeste". Y de este salvaje lugar aceptó Brooks ser marshal en 1872, con un salario de 75 $ mensuales, demostrando ser un hombre estricto y resuelto a la hora de hacer cumplir la ley. Una de sus acciones más recordadas tuvo lugar en junio de ese año, cuando expulsó de la ciudad a un grupo de vaqueros texanos que habían estado causando problemas en un local de la ciudad. Pese a haber recibido tres balazos, en la clavícula y los brazos, Brooks los persiguió durante varios kilómetros antes de regresar a Newton a curar sus heridas.

Newton (Kansas)
Poco después de este suceso, Brooks renunció a su cargo en Newton y se marchó a otra ciudad con fama de problemática, Dodge City (Kansas), donde a principios de 1873 volvió a ser nombrado agente de la ley. En menos de un año había devuelto la paz a la ciudad y había expulsado a la mayor parte de los indeseables; pero muchos le atribuían una excesiva facilidad a la hora de tirar del revólver. Cuentan que en su primer mes en el cargo se vio envuelto en 15 tiroteos, y que en una ocasión se enfrentó a cuatro hermanos, que habían llegado a Dodge City buscando venganza después de que Brooks hubiese matado a un quinto hermano, y acabó con los cuatro. Las autoridades locales comenzaron a cuestionar las circunstancias en las que varios hombres habían sido abatidos por Brooks, incluido un hombre al que había disparado tras una discusión causada por una bailarina. Así que Brooks renunció a su cargo y se fue de la ciudad.

Según cuentan, su siguiente parada fue Butte (Montana), donde una vez más trató de ser elegido marshal; pero la mala fama de sus tiempos de Dodge City le perseguía, y fue derrotado por otro candidato ilustre: Morgan Earp, el hermano menor del legendario Wyatt Earp y uno de los participantes en el mítico duelo del OK Corral. Brooks no se tomó demasiado bien su derrota; se encaró con Earp y ambos acabaron heridos de bala, Brooks en el estómago y Earp en un hombro.

Caldwell (c.1880)
Después de eso, Billy Brooks regresó a su trabajo de conductor de diligencias en la Southwestern a principios de 1874. Sin embargo, varios meses después, la compañía perdió su contrato para el transporte de correo a manos de una compañía rival, y Brooks perdió su empleo. Pero ya había demostrado que no era un hombre que se tomara bien las derrotas. Apenas unas semanas más tarde, Brooks y dos compinches, L. B. Hasbrouck y Charlie Smith, fueron arrestados acusados del robo de un importante número de caballos y mulas propiedad de la empresa rival de la Southwestern, supuestamente con la intención de dañar a la compañía para que perdiera el contrato del correo y conseguir recuperar su empleo. Los tres fueron encarcelados en espera de juicio cerca de la ciudad de Caldwell (Kansas), pero dicho juicio no llegaría a producirse. Los cuatreros no contaban con demasiadas simpatías en el Salvaje Oeste, y la noche del 29 de junio de 1874 una turba de ciudadanos enfurecidos asaltó la cárcel, se llevó a los tres detenidos y, pese a sus súplicas pidiendo un juicio justo, los ahorcaron en un árbol.

domingo, 16 de febrero de 2020

Estructuras vestigiales

A lo  largo de la evolución, hasta llegar al punto en el que nos encontramos, el cuerpo humano ha ido perdiendo órganos y estructuras que dejaron de ser útiles. No obstante, algunos de estos rasgos no han desaparecido aún completamente; conservamos en nuestra anatomía vestigios de antiguos caracteres que han perdido su función o conservan una utilidad mínima.


Coxis


La parte final de la columna vertebral, justo debajo del sacro, es el último resto que conservamos de lo que una vez fue nuestra cola. De hecho, los embriones humanos todavía desarrollan una cola, que luego es reabsorbida, en torno a la cuarta semana de desarrollo.

Músculo palmar largo


Este músculo del antebrazo era importante cuando nuestros antepasados todavía llevaban una vida arborícola; una musculatura fuerte en los brazos era vital para poder agarrarse con firmeza a las ramas. Ahora se ha reducido a un haz de fibras sin función (es habitual que sirva como fuente de tejidos para injertos) que incluso ya no aparece en aproximadamente un 14% de la población. Otros músculos en vías de desaparición son el piramidal (abdomen), el elevador de la clavícula, el plantar (pierna) o el dorsoepitrochlearis (espalda).

Apéndice


Sobre este órgano conectado a la porción final del intestino grueso hay cierta controversia. Mientras muchos lo ven como un órgano vestigial que en su día estaba relacionado con la digestión de la celulosa, en una época en la que nuestros antepasados tenían una alimentación básicamente herbívora, otros defienden que sigue siendo un órgano activo y que presenta algún tipo de función relacionada con el sistema inmune o con la conservación de la flora bacteriana del intestino.

Muelas del juicio


Los terceros molares suelen aparecer a edades avanzadas (14-25 años) y son una herencia de nuestros antepasados herbívoros, que necesitaban mandíbulas más grandes para masticar mejor la materia vegetal de la que se alimentaban.

Tubérculo de Darwin


Un engrosamiento cartilaginoso del borde de la oreja, vestigio de la oreja en punta común de muchos mamíferos. Solía ser de ayuda para mover la oreja en la dirección del sonido; ahora, gracias a nuestros cuellos flexibles, ya no lo necesitamos.

Plica semilunaris


Este pliegue de tejido en el borde interior del ojo es el último resto que conservamos de la membrana nictitante, un tercer párpado translúcido y horizontal, que está presente en aves, peces y reptiles, y solo en unos pocos mamíferos como el camello o la foca. El único primate que conserva una membrana nictitante completa y funcional es el poto de Calabar (Arctocebus calabarensis).



No solo hay rasgos vestigiales físicos; también existen reflejos y comportamientos que se conservan a pesar de que ya no cumplen la función que los originó.

Piloerección


La vulgarmente conocida como piel de gallina, la contracción involuntaria de los músculos erectores del pelo, tenía en su origen dos funciones: atrapar una capa de aire para mejorar el aislamiento térmico del cuerpo y aumentar el tamaño aparente como medida de disuasión para depredadores.

Reflejos temporales de los recién nacidos

Algunos comportamientos reflejos de los recién nacidos, como el reflejo de prensión palmar (cerrar la mano cuando la presiona algún objeto), el reflejo de brazos en cruz (cuando el bebé oye algún sonido fuerte o cambia bruscamente de posición, abre los brazos y luego los cierra sobre su pecho) o el reflejo de succión (el bebé comienza a succionar cuando se le acerca algún objeto a la boca) son comportamientos instintivos que suelen desaparecer antes de cumplirse el primer año de vida.

domingo, 9 de febrero de 2020

Los crímenes de Hinterkaifeck

Hinterkaifeck

Hinterkaifeck era el nombre por el que era conocida una granja construida en torno a 1863 y situada en el estado alemán de Baviera, a unos 70 kilómetros al norte de Munich. No era su nombre oficial, sino el que usaban los lugareños para referirse a ella, fruto de unir el prefijo Hinter- (detrás) y el nombre de la población más cercana, la aldea de Kaifeck (si bien la granja no pertenecía a dicha aldea, sino a otra población cercana, Gröbern). Pese a su apariencia de tranquilidad, aquella granja sería el escenario de uno de los crímenes más horrendos de la historia criminal europea del siglo pasado, conocido como los asesinatos o la masacre de Hinterkaifeck.

A finales de marzo de 1922 vivían en la granja seis personas. El propietario de la granja, Andreas Gruber, de 63 años; su esposa Cäzilia (72); su hija Viktoria Gabriel, viuda, (35); los hijos de Viktoria, Cäzilia (7) y Josef (2); y la criada Maria Baumgartner (44). Andreas no era demasiado apreciado por sus vecinos, que lo consideraban una persona hosca y malhumorada, del que se decía que maltrataba  a su esposa y del que, además, era vox populi la relación incestuosa que mantenía con su hija Viktoria, que les había llevado incluso a ambos a ser condenados a penas de cárcel por un tribunal en 1917, después de que una criada los hubiera sorprendido manteniendo relaciones sexuales en el granero. Es más, algunos atribuían a Andreas la paternidad de su nieto Josef, por más que en la partida de nacimiento del pequeño figurase como padre Lorenz Schlittenbauer, un viudo vecino de los Gruber que había sido pretendiente de Viktoria.

El lugar que ocupaba Hinterkaifeck, en la actualidad
Por aquellas fechas la familia Gruber estaba inquieta por los extraños sucesos que se sucedían en la granja. Primero, la anterior criada, llamada Kreszenz Rieger, se había despedido unos meses antes, porque creía que la granja estaba embrujada, ya que afirmaba haber escuchado ruidos y voces extrañas en la casa y sus alrededores. Más tarde, unos días antes de la fecha del crimen, Andreas Gruber había comentado a algunos vecinos haber hallado unas huellas extrañas en la nieve de alguien que parecía haber salido del bosque cercano a la granja. Las huellas llegaban hasta la puerta principal de la granja y se detenían bruscamente, sin señales de que su autor hubiese entrado o hubiese vuelto sobre sus pasos. A partir de ese día se sucedieron los incidentes misteriosos en la granja: ruidos inexplicables en el ático (aunque cuando Andreas lo registró no halló nada sospechoso), un juego de llaves de la casa desaparecido, un periódico antiguo encontrado en el porche y que no pertenecía a nadie de la familia, marcas en la cerradura de la habitación donde Andreas guardaba sus herramientas que parecían hechas por alguien que hubiese tratado de forzarla...

La nueva criada, Maria Baumgartner, llegó a la granja el viernes 31 de marzo de 1922. La acompañaba su hermana, que se marchó poco después. Fue ella la última en ver con vida a los habitantes de la granja. Los vecinos de los Gruber se extrañaron al no ver a ninguno de ellos en todo el fin de semana. La pequeña Cäzilia faltó a la escuela el sábado, y volvió a ausentarse el lunes. Nadie de la familia acudió a la iglesia el domingo, algo sumamente raro, sobre todo en el caso de Viktoria, que formaba parte del coro. El lunes, el cartero se sorprendió al ver que la correspondencia del sábado seguía en el buzón. El martes 4, por la mañana, un mecánico llamado Albert Hofner acudió a la granja para reparar una máquina; estuvo más de cinco horas allí y no vio a nadie, ni escuchó ruido alguno aparte de los sonidos de los animales de la granja, y los ladridos del perro, encerrado en el granero. Después de que Hofner comentara a varias personas su extrañeza por el aparente abandono de Hinterkaifeck, tres vecinos se presentaron en la granja esa misma tarde para ver si había pasado algo. Cuando entraron en el granero, dieron con un horrendo espectáculo: los cuerpos de Andreas Gruber, su esposa Cäzilia, su hija Viktoria y su nieta Cäzilia, semiocultos bajo un montón de heno y una puerta vieja. En la casa se encontraron más tarde los cuerpos del pequeño Josef y la criada Maria, asesinados en sus camas.

De inmediato se desplazó a la zona un equipo de detectives del Departamento de policía de Munich, a las órdenes del inspector Georg Reingruber, para investigar el caso. Lamentablemente, cuando ellos llegaron al lugar les fue muy difícil encontrar indicios en la granja y sus alrededores, dada la gran cantidad de curiosos que habían pasado por allí. La autopsia de las víctimas reveló que todos habían muerto de la misma manera: golpeados violentamente en la cabeza con algún tipo de herramienta puntiaguda, que podía haber sido un pico o una alcotana. En un primer momento se creyó que el móvil del crimen había sido el robo; idea que se descartó cuando se halló en la granja una cantidad importante de dinero y varias joyas que el autor de la masacre no había tocado.


Interrogando a los vecinos, además, salió a la luz otro de los detalles sorprendentes del caso. Dado que nadie había visto a los habitantes de la granja después del día 31 y que varias de las víctimas llevaban ropa de cama, se dedujo que los asesinatos se habían cometido el día 31 por la noche; el autor de alguna manera había atraído una a una a sus víctimas al granero, para luego acabar en la casa con la criada y el pequeño Josef, cuyos cuerpos también habían aparecido cubiertos (el de la criada, con las sábanas de su cama, y el del niño, con una falda de su madre). Todos parecían haber muerto en el acto, salvo la pequeña Cäzilia, que aparentemente había sobrevivido algunas horas antes de morir. Pero varios vecinos, al ser interrogados, declararon haber visto luces en la granja y humo saliendo de la chimenea durante el fin de semana. Un hombre llamado Michael Plöckl había pasado junto a la granja la noche del sábado, y se había cruzado con un hombre que parecía venir de la granja, pero no cruzó ninguna palabra con él ni pudo ver su cara, ya que llevaba un farol con el que le había deslumbrado. Y el mecánico Hofner (al que no se sabe bien por qué, no se le tomó declaración hasta 1925) afirmó que cuando se fue de la granja la puerta del granero donde se hallaron los cuerpos estaba abierta y el perro atado fuera, mientras que los vecinos que descubrieron la masacre habían hallado la puerta cerrada y al perro en el interior del granero. Aparentemente, el asesino había permanecido varios días en la granja, se había preparado comida en la cocina, había dormido en una de las camas e incluso había dado de comer a los animales y ordeñado a las vacas. Y, por la declaración de Hofner, había permanecido en la granja hasta poco antes de que los crímenes fueran descubiertos.

Las investigaciones de Reingruber y sus agentes no llegaron a descubrir al culpable. Se interrogó a más de un centenar de personas, unos como testigos y otros como sospechosos, pero no se llegó a presentar cargos contra ninguno. Los cráneos de las víctimas fueron enviados a Munich para ser examinados (se dijo que la policía recurrió incluso a videntes en busca de pistas), y nunca regresarían; las víctimas fueron enterradas en el cementerio de Waidhofen el sábado 8 de abril, mientras que sus cráneos, tras ser analizados, permanecieron guardados en un juzgado de Augsburgo y se perderían durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La granja de Hinterkaifeck fue demolida en 1923.

Lorenz Schlittenbauer (1874-1941)
El primer sospechoso que consideraron los agentes del caso fue Lorenz Schlittenbauer, el antiguo pretendiente de Viktoria y supuesto padre del pequeño Josef (aunque el propio Lorenz cambió en varias ocasiones su versión sobre esto, unas veces admitiendo la paternidad del niño y otras negándola). Era bien conocida su animadversión hacia Andreas Gruber pero, como él mismo se encargó de señalar, no tenía ningún motivo para cometer el crimen. Algunos comportamientos extraños despertaron las sospechas de la gente de la zona; había sido uno de los tres hombres que habían descubierto los cuerpos, y sus acompañantes contaron que había movido los cadáveres, que el perro de los Gruber se mostró especialmente agresivo hacia él, y que entró solo en la casa tras abrir la puerta principal con una llave. Durante años se rumoreó que conocía detalles muy concretos de los crímenes y que había sido visto varias veces visitando los restos de la granja demolida. No obstante, hasta su muerte (en 1941) Lorenz Schlittenbauer llevó a los tribunales (siempre de manera exitosa) a varias personas que se habían referido a él como "el asesino de Hinterkaifeck".

Otro nombre que se barajó como el posible asesino fue el de Karl Gabriel, el marido de Viktoria. Karl había sido dado por muerto durante la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial, cerca de la ciudad francesa de Arras, en diciembre de 1914, pero su cuerpo nunca se había identificado. En los pueblos cercanos a la granja empezó a correr el rumor de que quizá Gabriel no estaba realmente muerto; habría decidido regresar con su esposa tras varios años de ausencia, y al regresar y descubrir las relaciones de Viktoria con su padre y con otros hombres como Schlittenbauer, había sido presa de la ira y asesinado a su familia en un arrebato. Aunque Reingruber no creía en esta teoría, llegó a interrogar a varios ex-compañeros de armas de Gabriel, los cuales confirmaron haberle visto morir en combate.

A lo largo de la investigación surgieron otros nombres de sospechosos, como el de los hermanos Thaler (dos pequeños delincuentes de la zona); Joseph Bärtl, apodado "el panadero loco", natural de un pueblo cercano, que había huido en 1921 del hospital psiquiátrico en el que estaba recluido, y del que no volvió a saberse; los hermanos Anton y Karl Bichler y Georg Siegl (que habían trabajado como peones eventuales en la granja); o incluso la sospecha de que había sido un crimen vinculado a grupos políticos extremistas (aunque a Andreas Gruber no se le conocía adscripción política alguna). En el informe del caso también se incluyó el testimonio de un hombre llamado Joseph Betz, el cual afirmó que durante el invierno de 1919-20 había trabajado como peón en una granja donde había compartido cuarto con otro peón que se hacía llamar Peter Weber. El tal Weber le habló en varias ocasiones de Hinterkaifeck, un lugar que parecía conocer muy bien, hablándole incluso de la relación entre Andreas y su hija. Según Betz, Weber le había dicho que en la casa solía haber una gran suma de dinero, y le propuso ser su cómplice para asaltar la granja, asesinar a Gruber y robar el dinero de la familia. Al no estar Betz interesado, Weber no volvió a hablarle de ello. Por eso, cuando Betz supo de los asesinatos, sospechó que al final Weber había llevado a cabo su plan.

El caso de los crímenes de Hinterkaifeck se cerró oficialmente en 1955, tras tres décadas de investigaciones sin resultados concluyentes, aunque de vez en cuando se seguían añadiendo nuevos indicios o testimonios (el último interrogatorio relativo al caso se produjo en 1986). En 2007 los alumnos de la Academia de Policía de Fürstenfeldbruck revisaron el caso utilizando las técnicas modernas de investigación criminal. Su conclusión es que, dado el tiempo transcurrido, la ausencia de pruebas y la muerte de sospechosos y testigos, el caso es virtualmente imposible de resolver. No obstante, su investigación si señaló a uno de los sospechosos como el principal candidato, pero su nombre no se hizo público por respeto a sus familiares aún vivos.


Una última teoría sobre Hinterkaifeck fue expuesta hace relativamente poco. En 2017 se publicó el libro The Man from the Train (El hombre del tren), obra de un escritor especializado en historia del béisbol llamado Bill James y su hija, Rachel McCarthy James. En el libro, los James reconstruyen minuciosamente y con abundante documentación una serie de crímenes ocurridos en Estados Unidos y Canadá entre 1898 y 1912. Aunque en su época aquellos crímenes fueron investigados como casos aislados, Bill James y su hija afirman que en realidad fueron cometidos por una sola persona, un asesino en serie al que identifican con Paul Mueller, un inmigrante alemán sospechoso en uno de los casos, y que trabajaba como leñador itinerante, al que atribuyen entre 59 y 94 víctimas. Todos los crímenes presentan numerosos rasgos comunes entre ellos y, sorprendentemente, también con los crímenes de Hinterkaifeck: familias enteras asesinadas en granjas aisladas, muertos a golpes con una herramienta, los cuerpos movidos tras el asesinato y cubiertos con ropas o mantas, la ausencia de robo, las sospechas de que el asesino podía haber pasado algún tiempo escondido en las granjas o sus cercanías antes de cometer los crímenes, y la presencia entre las víctimas de niñas preadolescentes (la atracción sexual hacia ellas se apuntaba como el móvil de los crímenes). Los James hacen referencia expresa a Hinterkaifeck en su libro, especulando con que quizá también hubieran sido obra de Mueller, dados los paralelismos con los crímenes en Norteamérica. Mueller desapareció sin dejar rastro después de que la policía y la prensa notaran las similitudes entre sus tres últimos crímenes, dos de ellos en Colorado Springs (Colorado) y otro en Kansas, y los James especulan con que quizá, al sentirse en peligro de ser descubierto, pudo haber regresado a su Alemania natal y allí volver, al menos en una ocasión, a dar rienda suelta a sus instintos criminales.

domingo, 2 de febrero de 2020

La Operación Vegetarian

Bacillus anthracis

En marzo de 1916, poco después de que en plena Primera Guerra Mundial los alemanes emplearan por primera vez cloro gaseoso como arma, el gobierno británico creó cerca de la localidad de Porton (a unos 120 kilómetros al suroeste de Londres) el complejo de Porton Down: unas instalaciones científicas de alto secreto destinadas a la investigación con armas químicas. La investigación continuó después del final de la guerra, y en 1940, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, se creó una nueva sección, denominada Departamento de Biología de Porton (BDP), dedicada a la investigación con armas biológicas como el ántrax o la toxina botulínica, y dirigida por el microbiólogo Paul Fildes. Fue precisamente este departamento el que, poco después de su creación, recibió un encargo urgente y de alto secreto procedente del primer ministro Winston Churchill: desarrollar un método para emplear el ántrax como arma contra Alemania.


El Bacillus anthracis (del griego anthrakis, "carbón") es una bacteria Gram positiva responsable de la enfermedad del carbunco, caracterizada por la aparición de manchas negras en la piel. Dependiendo de la vía de infección, se habla de carbunco cutáneo (con una mortalidad del 20% si no es tratada), digestivo (60%) o pulmonar (95%). La viabilidad de emplear esta enfermedad como arma biológica era la idea que Churchill encargó al BDP.

Los científicos de Porton Down desarrollaron un plan al que se denominó Operación Vegetarian (Vegetariano): pretendían contaminar con ántrax una amplia zona de pastos en el norte de Alemania, donde se alimentaban los principales rebaños de ganado del país. Los efectos habrían sido devastadores: millones de animales habrían enfermado, provocando una grave crisis alimentaria en el país; además, según creían los británicos, muchos alemanes, temerosos de la enfermedad, habrían dejado de consumir carne (de ahí el nombre de "Operación Vegetariano"), agravando los efectos de la escasez. Un número indeterminado de personas, mayoritariamente civiles, también enfermarían al entrar en contacto con las esporas de ántrax o con los animales enfermos, causando cientos o miles de muertes. Además, dado que las esporas de ántrax pueden sobrevivir hasta un siglo en el suelo, las zonas contaminadas quedarían inhabitables durante décadas.

Como vía de dispersión de la enfermedad, los biólogos del BDP imaginaron un ingenioso sistema: inocular el ántrax en el interior de pequeños "pastelitos" hechos de semilla de lino, un complemento alimenticio habitual para el ganado. Una empresa londinense especializada en fabricar jaboncitos de tocador fue contratada para cortar el material en porciones individuales de unos dos centímetros de diámetro y poco más de veinte gramos de peso. Un grupo de mujeres, trabajadoras de una fábrica de jabón, fueron contratadas y llevadas a las instalaciones de Porton Down para inyectar las esporas en cada uno de los pastelitos. Dichas esporas fueron suministradas por el Ministerio de Agricultura, en uno de cuyos laboratorios fueron cultivadas.

Instalaciones de Porton Down
Pero antes de entrar en la fase definitiva de la operación era necesario probar la eficacia de las esporas de ántrax. Las pruebas se llevaron a cabo en la isla de Gruinard, una isla deshabitada de apenas dos kilómetros cuadrados, situada en la bahía del mismo nombre, en el noroeste de la costa escocesa. La isla fue incautada a sus propietarios por el gobierno británico y entre 1942 y 1943 se llevaron a cabo en ella varios experimentos sobre la dispersión y efectividad de las esporas. En uno de esos experimentos se llevó a la isla un rebaño de 60 ovejas para luego hacer explotar cerca de ellas una bomba cargada de ántrax. El experimento fue un éxito; el rebaño entero murió en apenas unos días, pero luego para deshacerse de los cadáveres los encargados del experimento se limitaron a arrojarlos al fondo de una hondonada y volar la ladera sobre ellos, creyendo que así quedarían enterradas. No obstante, uno de los cadáveres quedó a la intemperie y fue arrastrado al mar, llegando a la costa, donde un perro devoró parte de ella. El perro enfermó y murió, pero primero contagió la enfermedad a siete vacas, dos caballos, tres gatos y otras 50 ovejas, todos los cuales terminaron muriendo. El gobierno británico se dio prisa en compensar generosamente a los propietarios de los animales para acallar los rumores, pero sin aclarar la verdadera naturaleza de la enfermedad que había acabado con ellos, algo que no se sabría hasta la década de 1980.

En la primavera de 1944 los científicos de Porton Down tenían ya preparadas cinco millones de unidades de los pastelitos contaminados. Todo estaba dispuesto para cuando se diera la luz verde para la operación. Habían previsto utilizar una docena de bombarderos de la RAF especialmente preparados para la misión, cada uno de los cuales lanzaría unos 4000 pasteles en rondas de 400 unidades cada dos minutos, en unos 20 minutos que duraría cada bombardeo. Con esto suponían que sería más que suficiente para contaminar la mayor parte de los pastos del norte de Alemania, y aún tendrían en reserva material más que suficiente para posteriores ataques a otras zonas ganaderas.

Churchill era plenamente consciente de las gravísimas consecuencias que tendría un ataque de este tipo. Por eso marcó una línea roja muy clara: la Operación Vegetarian no se llevaría a término a menos que los alemanes atacaran primero a los ingleses con armas químicas o biológicas. Finalmente, esta operación nunca se acabó de culminar. Por un lado, porque el ataque previo de los alemanes nunca se produjo. Por otro, porque para cuando todos los preparativos de la operación estuvieron listos, el curso de la guerra ya había cambiado. La derrota alemana en el frente oriental y la entrada de los Estados Unidos en la guerra hicieron que la derrota de Alemania fuera solo una cuestión de tiempo y alejaron la necesidad de tomar una medida tan drástica. Los cinco millones de pasteles envenenados fueron incinerados en Porton Down poco después del final de la guerra.

Quedaba pendiente, sin embargo, el asunto de la isla de Gruinard, todavía contaminada con ántrax. La intención del gobierno británico era descontaminarla para luego devolverla a sus antiguos propietarios, pero resultó bastante más complicado de lo que esperaban. Los intentos de limpieza fracasaron, y los británicos acabaron por decidir que la descontaminación completa de la isla sería demasiada cara y compleja de acometer, así que se limitaron a expropiar la isla, con el compromiso de devolverla a sus dueños o a sus herederos cuando volviera a ser "apta para ser habitada por personas y animales", y declararon el lugar en cuarentena, prohibiendo el acceso a quien no estuviera autorizado. Durante más de treinta años, salvo los científicos de Porton Down, que acudían cada cierto tiempo a tomar muestras de suelo que confirmaban que la contaminación por ántrax continuaba, nadie pudo visitar la isla de Gruinard.


Así hasta que a principios de la década de 1980 hizo su aparición un grupo que se hacía llamar Dark Harvest Commando of the Scottish Citizen Army (algo así como "Comando Cosecha Oscura del Ejército Ciudadano Escocés"). Este grupo, cuyos miembros no llegaron a ser identificados, comenzó una activa campaña para que el gobierno británico eliminara de una vez el ántrax de la isla. La campaña empezó con una serie de comunicados enviados a distintos medios de comunicación, pero, en vista del escaso éxito, el grupo decidió tomar medidas más contundentes, y anunció que varios de sus miembros habían accedido a la isla con la ayuda de habitantes de la zona, y habían retirado varias decenas de kilos de tierra contaminada. Un contenedor con parte de esta tierra fue hallado poco después cerca de las instalaciones de Porton Down, y otro contenedor similar apareció abandonado en la ciudad de Blackpool, donde el Partido Conservador, entonces en el poder, celebraba una convención. Ante el revuelo que se formó, el gobierno finalmente decidió solventar el problema de una vez por todas; en 1986 se retiraron varias toneladas de tierra de las zonas más contaminadas y posteriormente 280 toneladas de formaldehído diluído en agua marina fueron esparcidas por la isla. Después de que un rebaño de ovejas llevado a la isla no mostrara signos de enfermedad tras varios meses, y de que los nuevos análisis no hallaran rastro de las esporas, la isla fue declarada oficialmente segura en 1990, y posteriormente retornó a manos de sus antiguos propietarios por un precio simbólico de 500 libras. De todas formas, el Ministerio de Defensa británico aún dispone de un fondo de emergencia para compensar económicamente a posibles víctimas de ántrax que pudieran contagiarse en la isla.

domingo, 19 de enero de 2020

Los disturbios de los sombreros de paja


Los sombreros de paja empezaron a popularizarse entre los norteamericanos durante el siglo XIX. Más frescos y ligeros que los sombreros normales de fieltro o seda, en un principio su uso se limitó a actividades lúdicas en zonas rurales, sobre todo en época veraniega; llevarlos en la ciudad era visto como algo inadecuado o poco elegante. Con el tiempo, el uso de sombreros de paja acabó siendo aceptado también en las ciudades, e incluso numerosos trabajadores acostumbraban a llevarlos durante sus jornadas laborales, pero con una limitación: existía la norma no escrita de que a partir del 15 de septiembre (una fecha totalmente arbitraria) ya no era apropiado lucirlos; cualquiera que se atreviera a llevar uno de estos sombreros después de esa fecha, se arriesgaba a ser víctima de burlas, o a que su sombrero le fuera arrebatado por algún conocido. Tampoco era infrecuente que grupos de jóvenes se dedicaran a arrebatar sus sombreros y pisotearlos a quienes encontraban por a calle luciéndolos después del día 15, hasta el punto de que era habitual que los periódicos publicaran avisos conforme se aproximaba esa fecha para recordar a sus lectores la conveniencia de cambiar de sombrero.

En ocasiones algunos de estos chicos se dedicaran a "cazar" sombreros antes del día 15, lo que obligaba a intervenir a las fuerzas del orden. Nada comparable, sin embargo, a lo que ocurrió en Nueva York en 1922. El 13 de septiembre de ese año, dos días antes de la fecha límite no oficial para el uso de sombreros de paja, un grupo de jóvenes decidió empezar antes de tiempo con la tradición, y comenzó a arrebatar sus sombreros a varios trabajadores de las fábricas del área de Mulberry Bend, en Manhattan. Lo que empezó como una travesura alcanzó cotas mayores cuando pretendieron hacer lo mismo con algunos trabajadores de los muelles, los cuales no estaban dispuestos a permitirlo. El enfrentamiento desembocó en una monumental pelea que llegó a interrumpir el tráfico en el Puente de Manhattan y obligó a intervenir a la policía, que arrestó a varios de los participantes.


Pero la cosa no quedó ahí. Esa misma noche numerosos grupos de jóvenes, muchos de ellos adolescentes, salieron a las calles armados con largos palos, algunos con clavos en su extremo, decididos a arrebatarles sus sombreros a quienes se cruzasen en su camino. Los que se resistían a perder sus sombreros eran a menudo apaleados (hubo numerosos ingresos hospitalarios por esa causa) y no respetaban ni siquiera a los policías, varios de los cuales también fueron víctimas de las bandas callejeras.

Los incidentes se prolongaron durante ocho días, y diversas fuentes hablan de miles de jóvenes involucrados en los disturbios. Hubo un gran número de arrestos, aunque muchos de los apresados no tenían ni 15 años y en vez de ser llevados ante un juez recibieron como castigo una buena azotaina a manos de sus padres o de la propia policía. Los que acabaron ante un juez recibirían pequeñas multas económicas o condenas simbólicas de cárcel (la pena más grave impuesta fue de tres días de prisión). Quienes se beneficiaron de verdad con los que posteriormente serían conocidos como Straw Hat Riots (Los disturbios de los sombreros de paja) fueron los vendedores de sombreros, que hicieron grandes ventas y abrieron hasta tarde.


En los años siguientes se repitieron incidentes parecidos en torno a las mismas fechas, pero sin llegar nunca a los extremos de 1922. Incluso en 1924 se informó de una persona muerta en una pelea provocada por un sombrero. La costumbre se fue abandonando poco a poco, en parte por gestos como el del presidente Calvin Coolidge, quien en 1925 apareció en público con un sombrero de paja después del 15 de septiembre. También porque esta clase de sombreros no tardaron en pasar de moda, sustituidos por otros tipos de sombrero como el Panamá o el fedora, más elegantes.

domingo, 12 de enero de 2020

Ejecutado por contar un chiste

Joseph Müller (1894-1944)


Nacido en el pueblo de Salmünster, en el estado alemán de Hesse, en 1894, Joseph Müller era el menor de los siete hijos de un profesor y músico religioso llamado Damien Müller y su esposa Augusta. Participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido de gravedad, pero una vez licenciado quiso tomar un rumbo completamente diferente en su vida, y decidió ordenarse sacerdote, igual que dos de sus hermanos varones. Estudió teología en la Universidad de Münster y posteriormente entró en el seminario de Hildesheim junto a su hermano Oskar. Ambos serían ordenados sacerdotes en 1922.

Su primer destino fue como capellán en Duderstadt (Baja Sajonia). Posteriormente, iría ejerciendo su sacerdocio en varias pequeñas localidades, la mayoría en la Baja Sajonia, como Gehrden, Wolfenbüttel, Süpplingen o Heiningen, antes de ser destinado a Groß Düngen en agosto de 1943 debido a sus problemas de salud.

A pesar de su frágil físico, Joseph Müller era un hombre enérgico y un persuasivo orador. Se sentía especialmente cómodo trabajando como guía espiritual de jóvenes de origen humilde. Después de la llegada de Hitler al poder en 1933 nunca escondió su visión crítica del nazismo y desde su posición trató en lo posible de alejar a sus feligreses de su influencia, evitando en varias ocasiones que jóvenes de su parroquia se afiliasen a las Juventudes Hitlerianas, lo que le provocó algunos desencuentros con las autoridades y que la Gestapo observara con atención sus actividades.

No obstante, lo que finalmente provocó su tropiezo definitivo con los nazis fue algo aparentemente tan poco significativo como el haber contado en público un chiste sobre Hitler. El chiste, que no era nuevo ni original, pues ya hacía tiempo que circulaba por Alemania, decía así:

Un soldado moribundo pide en su lecho de muerte que le traigan una foto de Hitler y otra de Göring. Cuando una enfermera se las trae, pide que le pongan una a cada lado de su cama. Una vez hecho, el soldado exclama ¡Por fin, ahora puedo morir como Jesucristo! (con un criminal a cada lado).

Miembros locales del Partido Nazi denunciaron a Müller a las autoridades. El 6 de septiembre de 1943 Müller fue arrestado e interrogado bajo los cargos de haber insultado al Führer y a Göring al compararlos con dos ladrones, aunque más tarde sería puesto en libertad.

Desgraciadamente para Müller, algunos no olvidaron aquella acusación y el 15 de mayo de 1944 volvió a ser arrestado por la insistencia de los mismos que le habían denunciado por primera vez. Esta vez, el sacerdote no tendría tanta suerte y su caso acabó yendo a parar al tristemente célebre Volksgerichtshof, presidido por el siniestro Roland Freisler.

Roland Freisler (1893-1945)
El Volksgerichtshof o Tribunal del Pueblo fue un tribunal especial, creado en 1934 por orden directa de Adolf Hitler, con el objetivo de juzgar una serie de "crímenes políticos" agrupados en la categoría de Wehrkraftzersetzung (Desintegración de la Capacidad Defensiva), donde se incluían la traición al Tercer Reich, el derrotismo, la dejadez en el trabajo, el contrabando en el mercado negro, y que en general se dedicó a reprimir todo atisbo de crítica interna y oposición al gobierno nazi. De los varios presidentes que tuvo el tribunal,el más famoso de todos fue el perverso y despiadado Roland Freisler. Freisler, un nazi fanático hasta las últimas consecuencias, actuaba como juez y acusador, distinguiéndose por su ferocidad y su costumbre de insultar e humillar públicamente a los acusados en sus juicios. Era tanta la saña que exhibía en su tribunal, que incluso muchos jerarcas nazis mostraban su rechazo hacia su figura. Se estima que el 90% de los casos que llevó acabaron en condenas a muerte, siendo responsable de unas 2600 ejecuciones durante los dos años y medio que presidió el Volksgerichtshof. Entre las personas condenadas a muerte por Freisler hay nombres célebres como los miembros del grupo antinazi "La Rosa Blanca" (entre ellos los hermanos Hans y Sophie Scholl), los implicados en el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944 o el político Erwin Planck, hijo del físico Max Planck.

Ante este siniestro personaje fue conducido Joseph Müller para responder por su "crimen". Pese a que fue interrogado varias veces y muy posiblemente también lo torturaron, se negó a revelar quién le había contado el chiste. Como era de esperar, Freisler convirtió en el juicio, celebrado el 28 de julio de 1944, en un espectáculo con el único fin de humillar públicamente a Müller, llegando a contar chistes y a lanzar furibundos ataques contra el catolicismo, el Papa y otras autoridades religiosas. Finalmente, tras decir de Müller que "se había introducido como un gusano en la médula del pueblo alemán y corrompido su capacidad defensiva", lo condenó a la pena capital.

Joseph Müller fue guillotinado en la cárcel de Brandenburg-Görden el 11 de septiembre de 1944. La crueldad de Freisler llegó hasta el punto de que envió a la familia de Müller la factura de su ejecución. Los restos del sacerdote fueron incinerados y siguiendo sus deseos sus cenizas recibirían sepultura en noviembre de 1945 en el cementerio de la que había sido su última parroquia, Groß Düngen, donde todos los años desde entonces se hace sonar la campana de la iglesia en el aniversario de su muerte. En 2016 la diócesis de Hildesheim abrió una causa de martirio sobre Müller, concediéndole el título de "Siervo de Dios", primer paso para un candidato a venerable, luego a beato y finalmente a santo. En la actualidad llevan su nombre varias calles y edificios en ciudades donde ejerció como Hildesheim o Bad Salzdetfurth.