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domingo, 21 de julio de 2024

Los crímenes del Shindo Renmei

Miembros del Shindo Renmei


Los primeros inmigrantes japoneses llegaron a Brasil en 1908. El primer barco cargado de inmigrantes japoneses, el Kasato Maru, arribó al puerto de Santos el 18 de junio de 1908, con 165 familias a bordo. Aunque el gobierno brasileño no era muy proclive a permitir la llegada de inmigrantes asiáticos (unos años antes había prohibido la inmigración desde China, para dar prioridad a los inmigrantes europeos, sobre todo llegados desde Italia), la bajada en el número de inmigrantes italianos (que empezaban a elegir otros destinos como Estados Unidos o Argentina) y la perentoria necesidad de mano de obra en las grandes plantaciones de café, pilar fundamental de la economía brasileña, hicieron que las autoridades aceptaran a los japoneses. La mayoría se instalaron en el estado de Sao Paulo o en el vecino de Paraná.

La colonia japonesa en Brasil creció con rapidez. En 1915 ya había más de 15000 japoneses instalados en Brasil, y tras la Primera Guerra Mundial, cuando países como Estados Unidos, Australia o Canadá empezaron a poner trabas a la inmigración japonesa, su número se disparó: en 1940 contaba más de 200000 integrantes, entre los nacidos en Japón (issei) y sus hijos (nissei) y nietos (sansei) ya nacidos en Brasil, conformando la mayor comunidad japonesa del mundo fuera de Japón. Para entonces, tratándose de un colectivo trabajador y emprendedor, aunque una parte importante seguía trabajando en la agricultura, en plantaciones de café, té o arroz, otros muchos habían creado empresas de todo tipo.

Barrio da Liberdade (Sao Paulo)

Los japoneses en Brasil formaron una comunidad muy cerrada, a menudo hermética. Vivían en barrios prácticamente exclusivos (como el de Liberdade en Sao Paulo) y procuraban mantener las costumbres y tradiciones de su patria, radicalmente distintas a las de su país de acogida. Muchos de ellos eran personas de origen humilde, que aspiraban a regresar a Japón algún día con el dinero que habían ganado, por lo que no habían hecho ningún esfuerzo para integrarse. Un porcentaje muy elevado no hablaba portugués ni se relacionaba con los brasileños más que lo estrictamente necesario. Tenían tiendas japonesas, escuelas en japonés para sus hijos y medios de comunicación como emisoras de radio y periódicos en japonés (se calcula que cerca de un 90% de los inmigrantes japoneses estaba suscrito a algún periódico en japonés). Y este aislamiento acabó por generar desconfianza y suspicacias entre los brasileños, que con cierta frecuencia desembocaban en episodios de racismo o enfrentamientos entre miembros de ambas comunidades.

El 18 de abril de 1938 el gobierno del dictador Getúlio Vargas promulgaba el llamado Decreto 383, que buscaba exacerbar el sentimiento nacionalista brasileño imponiendo restricciones a las comunidades de inmigrantes más cerradas, como la japonesa o la alemana. Entre otras medidas, el decreto prohibía a los extranjeros formar asociaciones o intervenir en política, prohibía el uso de idiomas extranjeros en público o en la educación, en programas de radio, y prohibía la circulación de periódicos y revistas en idiomas extranjeros, a menos que fueran bilingües, lo que, debido a la subida de los costes, en la práctica abocó al cierre a la mayoría de los medios escritos en japonés. Pero estas medidas, lejos de conseguir integrar a los japoneses, solo lograron que sus comunidades, sintiéndose atacadas, se volvieran aún más cerradas.

Y llegó 1939 y estalló la Segunda Guerra Mundial. Como era natural los japoneses de Brasil seguían con interés las noticias que llegaban desde su país natal, aunque esas noticias, a menudo procedentes de fuentes oficiales, tenían un marcado carácter triunfalista, más encaminado a elevar la moral de los japoneses que a proporcionar una información veraz sobre el discurrir de la guerra. En agosto de 1942, en respuesta a los ataques a buques brasileños por parte de submarinos alemanes e italianos, el gobierno brasileño rompía relaciones con Alemania, Italia y Japón y les declaraba la guerra. Los inmigrantes japoneses pasaron a ser visto como potenciales traidores, espías o saboteadores, y se les impusieron nuevas y severas restricciones. Se prohibió la entrada en el país de ciudadanos japoneses, se cortaron los envíos de correo en ambas direcciones, se les prohibió residir o viajar por determinadas zonas estratégicas, e incluso se les prohibió poseer aparatos de radio, que fueron confiscados por las autoridades, para que no pudieran captar transmisiones de onda corta procedentes de Japón. En la práctica, la comunidad japonesa en Brasil sufrió un apagón informativo, quedando aislada y sin manera de recibir noticias de su país natal. Y es en este contexto en el que surge el Shindo Renmei.

Junji Kikawa

A principios de los años 40, un grupo de japoneses católicos había fundado, con la aprobación de las autoridades brasileñas y de la Iglesia Católica, una organización caritativa llamada la Pía, destinada a socorrer a los miembros más necesitados de la colonia japonesa. Entre los colaboradores de la Pía estaba un antiguo coronel del Ejército Imperial japonés llamado Junji Kikawa, un hombre de ideología profundamente nacionalista y tradicionalista. En 1942, tras un violento enfrenamiento entre japoneses y brasileños en la ciudad de Marília, Kikawa fundó el Shindo Renmei (Liga del Camino de los Súbditos), una sociedad cuyo objetivo era proteger a los miembros de la colonia japonesa, mantener los valores tradicionales japoneses y proteger el honor del Japón y de su emperador. No fue la única agrupación clandestina creada en el seno de la comunidad, pero si la que estuvo dispuesta a llegar más lejos. Así, muy pronto Kikawa empezó a incitar a los japoneses a sabotear determinadas actividades relacionadas con el esfuerzo bélico, como la cría de gusanos de seda (la seda se empleaba para confeccionar paracaídas) o el cultivo de menta (el mentol se usaba para elaborar explosivos y como refrigerante para motores). Y aunque hubo pequeños sabotajes por parte de agricultores japoneses, la policía brasileña apenas los investigó.

En 1944 Kikawa dejó la Pía, tras un enfrentamiento con su directiva, que rechazaba los métodos violentos defendidos por el ex-militar. El Shindo Renmei, sostenido gracias a las donaciones, creció con rapidez; llegó a tener miles de simpatizantes y hasta 64 sucursales en distintas localidades de Sao Paulo y Paraná, con su sede central en el 96 de la calle Paracatu de Sao Paulo. 

En septiembre de 1945 se anunció oficialmente la rendición de Japón. Pero una parte sustancial de los japoneses-brasileños se negó a creerlo. Creían de buena fe en la invencibilidad de Japón, veían imposible que el ejército japonés se rindiera mientras quedara un solo soldado en pie. Y empezaron a decir que todo había sido un montaje de los americanos, una maniobra de propaganda para desmoralizar a los japoneses, y que mientras tanto la guerra continuaba o incluso que había terminado, con Japón como vencedor, y que las tropas japonesas ya habían ocupado la Costa Oeste de los EEUU. Se produjo así un cisma en el seno de la comunidad japonesa. Por un lado, los kachigumi o "vencedores", los que defendían que todo era un engaño, que Japón no había sido vencido ni nunca lo sería. Eran los más numerosos, por lo general pertenecientes a las clases más humildes, aunque no todos eras seguidores del Shindo Renmei ni compartían sus métodos. Por otro, los makegumi o  "derrotistas", apodados peyorativamente "corazones sucios", los que sabían que era cierto que Japón se había rendido. Solían ser los miembros más acomodados de la colonia, los mejor integrados, los que hablaban portugués y se relacionaban con los brasileños y, por lo tanto, tenían acceso a medios de comunicación brasileños e internacionales. Los makegumi trataron de convencer a los kachigumi de la verdad, pero estos se resistían tozudamente a aceptarla. En medio de la confusión, algunos trataron de obtener beneficio, vendiendo a los kachigumi supuestos títulos de propiedad en las nuevas tierras conquistadas, o vendiendo yenes (que en aquel momento no valían nada) a aquellos que esperaban regresar a un Japón triunfante. Muchos kachigumi perdieron todos sus ahorros, y algunos incluso se suicidaron al verse arruinados.

Por supuesto el Shindo Renmei y sus seguidores creían firmemente que las noticias sobre la derrota de Japón eran falsas. Así que se dedicaron activamente a desmentirlas, haciendo circular panfletos y con emisiones clandestinas de radio. Pero hicieron algo más. Furiosos contra los makegumi por lo que consideraban una traición a su patria y a su emperador, decidieron que debían castigarlos por ello. No tardaron en empezar a redactar listas de makegumi que debían pagar por sus acciones. En primer lugar se enviaron una serie de cartas a algunos de los makegumi más prominentes en los que se los conminaba a suicidarse para expiar su culpa y restaurar su honor. Tienes un corazón sucio, así que debes lavarte la garganta (es decir, debes cortártela) era una frase común en todas ellas. Pero ninguno de los que las recibió aceptó suicidarse; estaban acostumbrados a recibir críticas y amenazas y no les dieron importancia, así que los miembros del Shindo Renmei decidieron imponer el castigo ellos mismos.

Según se supo más adelante, los atentados eran organizados y coordinados por Kamegoro Ogasawara, un destacado líder de la organización, propietario de una fábrica de tintes en Sao Paulo. Los ejecutores eran jóvenes voluntarios (algunos apenas adolescentes) altamente fanatizados, apodados tokkotai (contracción de tokubetsu kōgeki tai, el nombre de las unidades de operaciones especiales del ejército japonés, incluidas las misiones suicidas como los kamikazes). Su primera víctima fue Ikuta Mizobe, director general de la Cooperativa Agrícola de Bastos (a 460 kilómetros de Sao Paulo), que había confirmado a sus empleados en una circular que la rendición japonesa era cierta. Mizobe fue asesinado a tiros en su propia casa en la madrugada del 7 de marzo de 1946. A partir de ahí se sucedieron con regularidad los ataques, a veces con armas de fuego y a veces con katanas. En ocasiones los tokkotai ni siquiera mostraban intención de huir; permanecían junto a su víctima hasta que llegaba la policía brasileña, a la que explicaban que no tenían nada contra los brasileños, ni contra Brasil, y que simplemente estaban cumpliendo con su deber.

Las investigaciones de las autoridades se toparon con un muro de silencio. Nadie entre los japoneses quería hablar, ni siquiera aquellos que estaban directamente amenazados. Todos lo consideraban un asunto interno de la comunidad, algo en lo que los ajenos a ella no debían inmiscuirse. Aún así, con todas las dificultades, las autoridades siguieron investigando, y el 8 de mayo de 1946 una gran redada llevaba al arresto de Kikawa y los principales dirigentes del Shindo Renmei, así como de la mayoría de los tokkotai. Pero, aún habiendo descabezado a la organización, algunas células aisladas siguieron cometiendo ataques de manera independiente: el último asesinato atribuido al Shindo Renmei se produjo el 6 de enero de 1947. En total, las cifras oficiales hablan de 23 muertos y 147 heridos, todos de ascendencia japonesa, aunque hay sospechas de que hubo más casos que nunca fueron denunciados a las autoridades.

Ikuta Mizobe

Las autoridades brasileñas investigaron a más de 30000 ciudadanos de origen japonés de los que se sospechaba tenían vínculos con la organización. Finalmente, 376 de ellos fueron procesados, incluida la cúpula directiva y los tokkotai. De ellos 14 tokkotai fueron condenados a distintas penas de cárcel como autores materiales de los ataques. Asimismo, se decretó la expulsión del país de 155 inmigrantes japoneses, aunque las sucesivas apelaciones y la complicada burocracia brasileña provocó que ninguna de aquellas órdenes se llegara a ejecutar. 

A pesar del tiempo transcurrido, las acciones del Shindo Renmei siguen siendo un tema tabú en el seno de la comunidad japonesa-brasileña. Un asunto particular que los afecta solo a ellos, y que es mejor no sacar a colación, especialmente ante personas ajenas a la colonia. Aunque la gran mayoría de los implicados han muerto, y de que en la actualidad la mayoría de los japoneses-brasileños ya han nacido en Brasil y están completamente integrados, lo siguen considerando una cuestión interna de su comunidad.

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