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domingo, 22 de marzo de 2026

El Proyecto Thor y las "Barras de Dios"



El primero en proponer la idea de un bombardeo cinético fue un empleado de la empresa aeronáutica Boeing llamado Jerry Pournelle, allá por la década de 1950. Un bombardeo cinético consiste, al menos en teoría, en atacar un punto de la superficie de un planeta utilizando un proyectil no explosivo lanzado desde el espacio, cuya fuerza destructiva proviene de su energía cinética, determinada por su masa y su velocidad. Algo así como un meteorito teledirigido, con una capacidad destructiva similar a la de una bomba atómica, pero sin las molestas consecuencias de la radiación. Curiosamente Pournelle dejó la Boeing años más tarde para convertirse en escritor de ciencia-ficción, y utilizó la idea del bombardeo cinético en una de sus novelas más conocidas, La paja en el ojo de Dios (1974).

El concepto de un arma de energía cinética no era algo nuevo: ya en la Primera y Segunda Guerras Mundiales se habían utilizado proyectiles lanzados desde aviones, llamados flechettes, utilizados generalmente contra concentraciones de tropas de infantería, con la suficiente fuerza como para atravesar armaduras ligeras o el techo de un refugio; y en las guerras de Corea y Vietnam los norteamericanos habían usado las llamadas lazy bombs, pequeños proyectiles de unos cuatro centímetros de longitud, que se lanzaban desde aviones generalmente sobre zonas boscosas sospechosas de albergar tropas enemigas, con un efecto similar al de una ametralladora disparando en vertical.

La idea del bombardeo cinético llegó pronto al Comando Aéreo Estratégico, donde no tardan en buscarle una aplicación práctica al concepto. Una de las primeras aplicaciones propuestas fue el llamado Proyecto BAMBI (Ballistic Missile Boost Intercept), propuesto a principios de los 60, que planteaba la instalación en el espacio de sistemas de interceptación para el caso de que la Unión Soviética lanzara sus misiles balísticos intercontinentales contra los EEUU. Uno de los sistemas propuestos consistía en la puesta en órbita de un elevado número de satélites cada uno dotado de varios misiles interceptores que se dispararían si se detectaban lanzamientos de misiles soviéticos. Cuando un interceptor se aproximase a su objetivo desplegaría una red metálica contra la que chocaría el misil soviético, que sufriría graves daños que le impedirían alcanzar su objetivo. El programa nunca se llevó a la práctica, debido a su elevadísimo coste y a la falta de la tecnología necesaria, y fue cancelado en 1963 por órdenes del presidente Kennedy, que no quería aumentar la tensión con los soviéticos tras la crisis de los misiles cubanos.

Durante los años 60 y 70 la investigación sobre este tipo de armas continuó de manera intermitente y siempre teórica. Las cuestiones económicas, las dudas sobre su precisión, y también los límites marcados por los tratados internacionales, como el Tratado del Espacio Exterior (1967), que prohibía a los estados firmantes estacionar armas de destrucción masiva en el espacio, en la Luna o en cualquier cuerpo celeste, impidieron llevarlos a la práctica. Además, las autoridades norteamericanas sabían que un intento de estacionar armas en órbita iniciaría una escalada armamentística con la Unión Soviética que podía acabar alterando el precario equilibrio que ambas potencias mantenían durante la Guerra Fría.

La situación cambió a principios de los 80 cuando llegó a la presidencia de los EEUU Ronald Reagan, mucho más belicista que sus antecesores. Reagan estaba entusiasmado con la idea de llevar la Guerra Fría al espacio, y a lo largo de su gobierno consideró numerosos proyectos de armamento espacial. A principios de su primer mandato le pidió a su asesor militar, el teniente general Daniel Graham, que le presentara un plan para interceptar misiles soviéticos desde el espacio. Graham le propuso una actualización del Proyecto BAMBI: una serie de estaciones espaciales en órbitas bajas, armadas con misiles interceptadores que debían ser lanzados en cuanto se detectara un lanzamiento desde el bando soviético. Pese a que Graham contaba con el apoyo del ala más beligerante del Partido Republicano, su propuesta fue rechazada de plano por los asesores científicos del presidente. El programa Smart Rocks, como lo había llamado Graham, era demasiado caro, había serias dudas sobre su eficacia real, y era altamente vulnerable, ya que los soviéticos podían desmantelarlo con facilidad lanzando misiles antisatélites a las estaciones.

En torno a 1986 un nuevo proyecto de armas cinéticas fue propuesto dentro de la Iniciativa de Defensa Estratégica, un departamento dedicado a la construcción de un sistema antimisiles con armas espaciales. Este nuevo proyecto se llamó Brilliant Pebbles y se concibió como una actualización del Smart Rocks, más pequeño y manejable. En lugar de estaciones espaciales, este programa planeaba poner en órbita un elevado número (unos 7000) de misiles autónomos, armas sin carga explosiva pero dotadas de un sistema de guía y un microprocesador, que pudieran ser activados desde tierra y dirigidos hacia un objetivo, para luego ser capaces de localizar y destruir el blanco por su cuenta. Este programa siguió en desarrollo durante la administración Bush, e incluso llegaron a fabricarse varios prototipos que fueron puestos a prueba: hasta tres tests de prueba se realizaron contra blancos en movimiento, en agosto de 1990, en abril de 1991 y en octubre de 1992. Los tres terminaron en rotundos fracasos, y tras la llegada al poder de Bill Clinton en 1993 el programa fue cancelado.


No sería, sin embargo, la última vez que una administración norteamericana plantease la idea de un arma cinética espacial. En el año 2003, bajo la administración de George Bush hijo, un informe de las Fuerzas Aéreas, llamado Haces de Barras en Hipervelocidad, describía un sistema de armas cinéticas en órbita bajo el nombre de Proyecto Thor o, como se le conoce coloquialmente, "Rods from God", "Las barras de Dios". Este proyecto contemplaba la puesta en órbita de satélites cargados con barras de tungsteno (el tungsteno es el metal más duro y resistente, y el que tiene un punto de fusión más alto) del tamaño de postes de teléfono: unos seis metros de largo y algo más de dos toneladas de peso. Estas barras, dotadas de un sencillo sistema de guiado, serían lanzadas a velocidades orbitales (unos ocho kilómetros por segundo) y, aunque se frenarían con la entrada a la atmósfera, alcanzarían su objetivo con una velocidad de unos tres kilómetros por segundo. La energía del impacto sería comparable a la de una pequeña bomba nuclear táctica. El informe calculaba que con una flota de 6 a 8 satélites estas armas podrían alcanzar casi cualquier punto del planeta en apenas 15 minutos después de ordenar su lanzamiento, un tiempo de reacción muy inferior al de un misil intercontinental. 

Las ventajas de este sistema, además de su rapidez y su amplio alcance, eran que este tipo de proyectiles serían muy difíciles de detectar y de detener. Además, su alta capacidad de penetración le permitiría destruir practicamente cualquier búnker, y no se necesitaría desplegar otros vehículos accesorios. ¿Los contras? Pues, una vez más, su elevado coste; el temor a que el sistema de guiado resultara dañado en la reentrada en la atmósfera, y la existencia de alternativas convencionales como las bombas penetrantes antibunker o las bombas de alta potencia como la MOAB, igual de efectivas y más económicas. Por ello, el proyecto Thor nunca pasó de ser una propuesta sin visos de ser llevada a la práctica.

Y así, una vez mas, la idea de un arma de bombardeo cinético se quedaba solo en un proyecto. Pero eso no quiere decir que sea una idea totalmente descartada. Hay quien opina que, en un futuro no muy lejano, el abaratamiento de los costes de los viajes espaciales puede hacer viable el lanzamiento de un arma de este tipo. Además, se sabe que otras potencias como China han hecho sus propias investigaciones en este campo.

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