Verba volant, scripta manent

jueves, 1 de septiembre de 2016

El telegrama de Ems

Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen (1815-1898)

Cuando el rey Guillermo I de Prusia nombró primer ministro a Otto von Bismarck en septiembre de 1862, el recién elegido canciller tenía un objetivo primordial: unificar los distintos estados surgidos del desmembramiento del Sacro Imperio Romano germánico a principios del siglo XIX en un único reino bajo el control de la casa real prusiana, pese a las reticencias de la Cámara de Diputados. Para ello, se basó en el poderío militar del ejército prusiano y en una agresiva política de expansión territorial a costa de otras potencias vecinas.
La primera de las llamadas guerras de unificación tuvo lugar en 1864. Ante la intención del rey de Dinamarca Cristian IX de anexionarse los ducados fronterizos de Schleswig, Holstein y Lauenburgo (de población mayoritariamente alemana y bajo el control político danés, aunque pertenecientes a la Confederación Germánica), Prusia, aliada con Austria (el otro gran reino germánico), declara la guerra a los daneses. Tras la victoria, Prusia se hace con Schleswig y Lauenburgo, mientras que Holstein queda bajo gobierno austríaco.

Guillermo I de Alemania y Prusia (1797-1888)
Dos años después la alianza se torna en enemistad. Decidido a ganar para Prusia la hegemonía en la Confederación Germánica, y tras haberse asegurado la neutralidad de Francia y Rusia y el apoyo de Italia, Bismarck inicia una serie de hostilidades que cristalizan el 14 de junio de 1866 en una declaración de guerra por parte de Austria. La derrota de los austríacos es total; son expulsados de la Confederación Germánica (sustituida poco después por una nueva entidad, la Confederación de Alemania del Norte), conjurando así la posibilidad de una reunificación de los estados alemanes en torno a Austria. Prusia se anexiona Holstein, Hannover y Hesse-Kassel, a la vez que se gana el apoyo de estados como Baviera y Sajonia, cercanos a Austria, en parte por su fuerza militar y en parte por una hábil estrategia económica.
Este crecimiento acabó por preocupar al emperador francés, Napoleón III, quien temía que la posición de dominancia francesa en Europa se viese amenazada. A su vez, Bismarck veía en un enfrentamiento contra Francia una buena oportunidad para espolear el sentimiento nacionalista alemán y atraer a su bando a aquellos estados que todavía dudaban de la alianza con Prusia. Ambas naciones se preparaban para un inevitable enfrentamiento cuya chispa inicial, curiosamente, tendría un cierto sabor español.

Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduard Tassilo Fürst von Hohenzollern-Sigmaringen (1835-1905)
Tras el derrocamiento en 1868 de la reina Isabel II, mientras el general Francisco Serrano y Domínguez ejercía la regencia, se abrió una especie de casting o concurso de méritos en busca de aspirantes al trono español. Se buscaba a un rey moderno y progresista, que llevase adelante las reformas democráticas que muchos exigían. Entre los aspirantes pronto destacó la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, hijo del príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen, jefe de la casa Hohenzollern, una de las familias más ilustres de Europa. Leopoldo (conocido jocosamente en España como Leopoldo Ole-Ole Si Me Eligen) tenía importantes apoyos dentro de España; el más destacado, el del general Prim, presidente del Consejo de Ministros. Pero Napoleón III no quería de ningún modo a un príncipe alemán en el trono español; en caso de un conflicto con los estados alemanes, era previsible la intervención de España, lo que dejaba a Francia entre dos países hostiles. Por ello, la diplomacia francesa inició una intensa campaña de presiones hasta lograr que el príncipe Carlos Antonio retirase públicamente la candidatura de su hijo el 12 de julio de 1870.
Pero eso no bastaba a los franceses. Temían que se tratase de una maniobra diplomática de los prusianos y que pasado algún tiempo Leopoldo volviese a pretender el trono español. Por eso el ministro de Asuntos Exteriores francés, Antoine Alfred Agénor, duque de Gramont, que se había mostrado muy crítico con la actuación de la diplomacia prusiana, ordenó a su embajador, el conde Vincent Benedetti, obtener de Guillermo I una garantía escrita de que no apoyaría la candidatura de un Hohenzollern como rey de España. Benedetti se encontró con el rey el 13 de julio, en la ciudad de Bad Ems, en cuyo célebre balneario veraneaba la familia real de Prusia. Interpelado por Benedetti, el rey Guillermo rechazó sus pretensiones, cortés pero firmemente. Y luego, ordenó a su asistente y consejero, Heinrich Abeken, que informara a Bismarck de la entrevista.
Abeken envió al canciller un largo telegrama en estos términos:

Al canciller federal, conde Bismarck. Su Majestad el Rey me escribe:
"M. Benedetti me interceptó en el malecón a fin de exigirme con más insistencia que yo le autorizara a telegrafiar de inmediato a París, que habré de comprometerme, de ahora en adelante, a abstenerme de dar mi aprobación para que la candidatura de los Hohenzollern se renueve. Rehusé hacer esto, la última vez con cierta severidad, informándole que uno no se atrevería ni podría asumir tales obligaciones à tout jamais (para siempre). Naturalmente, le informé que no había recibido ninguna noticia aún y, ya que él había sido informado antes que yo por la vía de París y Madrid, él podía fácilmente entender por qué mi gobierno estaba otra vez fuera de la discusión.
Desde entonces, Su Majestad ha recibido un envío del príncipe (padre del candidato Hohenzollern al trono español). Como Su Majestad ha informado al conde Benedetti que él estaba esperando noticias del príncipe, Su Majestad misma, en vista de la exigencia arriba mencionada y en consonancia con el consejo del conde Eulenburg y mío, decidió no recibir de nuevo al enviado francés, sino informarle a través de un ayudante, que Su Majestad había recibido, ahora al príncipe, confirmación de las noticias que Benedetti ya había recibido de París y que él no tenía nada más que decir al embajador. Su Majestad deja a juicio de Su Excelencia comunicar o no, de manera inmediata, a nuestros embajadores y a la prensa, la nueva exigencia de Benedetti y el rechazo de la misma".

Bismarck recibió el telegrama esa misma noche en Berlín, mientras cenaba con el mariscal Helmuth von Moltke, jefe del Estado Mayor, y el general Albrecht Graf von Roon. El canciller, pensativo, se llevó el telegrama a su despacho, y allí, con su propia pluma, redactó el comunicado que al día siguiente se distribuiría a la prensa y a las embajadas. Un comunicado que incluía una versión condensada del telegrama de Abeken, sensiblemente reducida y con numerosos cambios, que variaban notablemente el sentido y el tono general del original:

"Después de que los reportes acerca de la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern fueran oficialmente transmitidos por el Gobierno Real de España al Gobierno Imperial de Francia, el embajador francés presentó ante Su Majestad el Rey, en Ems, la exigencia de autorizarle a telegrafiar a París que Su Majestad el Rey habría de comprometerse a abstenerse de dar su aprobación para que la candidatura de los Hohenzollern se renueve.
Su Majestad el Rey, por lo tanto, rechazó recibir de nuevo al enviado francés y le informó a través de su ayudante que Su Majestad no tenía nada más que decir al embajador"

La versión de Bismarck había sido cuidadosamente redactada para no dejar a nadie indiferente. Más aún, para enfadar tanto a alemanes como a franceses. A los alemanes, porque daba la impresión de que el embajador francés se había extralimitado presentando al rey poco menos que un ultimátum; y a los franceses, porque se podía interpretar que el rey había ninguneado al embajador. El comunicado tuvo el efecto que Bismarck esperaba: el 19 de julio, Napoleón III declaraba la guerra a Prusia, con lo que, al tratarse de una agresión extranjera, los reinos germanos se alinearon con los prusianos de forma unánime.

"Proclamación del Imperio Alemán" (Anton von Werner, 1877)
La guerra fue más corta de lo esperado. Las tropas prusianas, mejor armadas y entrenadas, derrotaron sin demasiados problemas a los franceses. El 2 de septiembre de 1870, tras la incontestable victoria alemana en Sedán, el ejército francés, con Napoleón III a la cabeza, se rendía, Días más tarde, las tropas prusianas cercaban París, donde se había formado un Gobierno de Defensa Nacional. El sitio se prolongó hasta el 28 de enero de 1871, cuando se firmó el armisticio que ponía fin a la guerra.
La guerra franco-prusiana supuso probablemente el mayor éxito de Bismarck. No sólo obtuvo generosas compensaciones económicas y la anexión de las regiones de Alsacia y Lorena, famosas por sus ricas minas de carbón y de hierro. También le sirvió para consumar su gran aspiración política: la unificación de Alemania. El 18 de enero de 1871, en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, la Confederación Alemana del Norte se transformaba oficialmente en el Imperio Alemán, con Guillermo I elegido como káiser.

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