Verba volant, scripta manent

sábado, 17 de septiembre de 2016

El último golpe de Cowboy Bob

Peggy Jo Tallas (1944-2005)

Una mañana de mayo de 1991, una sucursal del American Federal Bank en Irving (Texas), a unos 20 kilómetros de Dallas, fue víctima de un atraco. Un hombre de pelo gris entraba en la sucursal, vestido con ropa holgada, gafas de sol, guantes, un sombrero vaquero y luciendo una llamativa barba, y se dirigió hacia la cajera. Sin decir una sola palabra, le alargó una nota que ponía "Esto es un robo. Deme el dinero. Ni billetes marcados ni fajos explosivos". La empleada le entregó un puñado de billetes, que el ladrón guardó en una cartera, y salió tranquilamente por la puerta, sin llamar la atención.
El FBI se hizo cargo del caso de inmediato. El agente Steve Powell, un experto en atracos a bancos con varias décadas de experiencia, no pudo menos que admirar la limpieza y la eficacia del ladrón. No había dicho una sola palabra, no había tocado nada, no había dejado pistas, había conservado la calma en todo momento, incluso había mantenido la cabeza gacha para que las cámaras del banco no captaran una buena imagen de su rostro. Tras observar las cintas de seguridad y hablar con los empleados, Powell se convenció de que se trataba de un criminal profesional con una larga experiencia como ladrón de bancos.
El misterioso atracador no volvió a actuar hasta seis meses después. En diciembre de 1991, el mismo atracador, con la misma ropa, se llevaba más de 1200 $ de una sucursal del Home Savings of America, también en Irving. En esta ocasión, varios testigos le habían visto irse en un Pontiac Grand Prix de los años 70, e incluso habían anotado la matrícula. Pero resultó una pista falsa; la matrícula estaba a nombre de una agradable señora que vivía no lejos del banco y que, hasta que los agentes del FBI fueron a visitarla, no se había dado cuenta de que alguien le había robado la matrícula de su coche (un Chevrolet). El ladrón (al que ya apodaban Cowboy Bob, por su sombrero vaquero) se había burlado de ellos.
Los atracos de Cowboy Bob continuaron, siempre con el mismo modus operandi, siempre en localidades del área metropolitana de Dallas. En enero de 1992 se llevó 3000 $ de una sucursal del Texas Heritage Bank en la localidad de Garland. Y en mayo, consiguió un botín de más de 5300 $ en el Nations Bank de Mesquite. En ese golpe, el ladrón demostró una vez más su habilidad, rechazando un fajo de billetes trucado que contenía una pequeña bomba de pintura, preparada para estallar cuando saliera de la sucursal.

Cowboy Bob en acción
En septiembre de 1992, Cowboy Bob se llevó 1700 $ del First Gibraltar Bank de Mesquite. De nuevo, un testigo anotó la matrícula de su coche... que resultó ser la de un habitante de Mesquite que no se había dado cuenta de que se la habían robado. Pero esta vez su modo de actuar cambió. Cuando policías y agentes del FBI estaban todavía en la sucursal recogiendo pruebas e interrogando a los testigos, recibieron un sorprendente aviso telefónico: alguien que respondía a la descripción de Cowboy Bob había robado en el First Interstate Bank de Mesquite, distante apenas una milla del primer atraco, llevándose más de 13700 $. Nunca hasta entonces el ladrón había actuado dos veces en un mismo día.
Una vez más, el vehículo del ladrón fue descrito como un Pontiac Grand Prix marrón, pero en este caso la matrícula era diferente, y permitió a los investigadores llegar hasta un hombre llamado Pete Tallas, que trabajaba en una fábrica de piezas de automóvil en la localidad de Carrollton. Tallas, al ser interrogado, admitió ser el dueño de un coche de esas características, pero que ya no estaba en su poder; se lo había regalado a su hermana Peggy Jo, quien cuidaba de su madre enferma y no podía permitirse comprar uno.
El FBI acudió al apartamento que ambas mujeres compartían en las afueras de Dallas. Allí vieron el vehículo y a Peggy Jo cerca de él. El agente Powell creyó que podía ser la novia del ladrón. Al ser interrogada, admitió que el coche era suyo y que esa mañana había salido a comprar fertilizante. Y efectivamente, había una bolsa de fertilizante en el maletero. Así que Powell le pidió permiso para registrar su apartamento. Y ella, tras dudar un momento, se lo concedió.
Cuando registraron el dormitorio de Peggy Jo Tallas, saltó la sorpresa: en el armario había una cabeza de maniquí en la que estaban la barba y el famoso sombrero de Cowboy Bob. Y bajo la cama, una bolsa llena de dinero. Peggy Jo, está usted escondiendo a un hombre, le dijo Powell. No hay ningún hombre aquí, se lo prometo, contestó ella. Entonces, Powell se fijó en algo en lo que no había reparado: Peggy Jo tenía restos de tinte gris en el pelo, y restos de pegamento en el rostro. Súbitamente, el agente del FBI comprendió la verdad: aquella mujer aparentemente corriente e inofensiva era el escurridizo ladrón de bancos al que llevaba persiguiendo más de un año.
Peggy Jo Tallas, nacida en 1944, tenía 48 años cuando fue detenida. Había quedado huérfana de padre muy joven, y su madre los había sacado adelante, a ella y a sus hermanos Pete y Nancy, con mucho esfuerzo. Peggy siempre había tenido un carácter aventurero y poco convencional. Dejó los estudios a los 16 años, diciendo que en la vida había muchas cosas que hacer como para pasarse los días en el instituto. Vivió un tiempo en San Francisco y luego regresó a Dallas, donde fue encadenando diversos trabajos (administrativa, repartidora), sin preocuparse demasiado del futuro. Tuvo una juventud un tanto alocada; le encantaba salir de fiesta con sus amigas y meterse en líos. En 1977, incluso, fue arrestada por uso ilegítimo de un vehículo (una camioneta que encontró con las llaves puestas a la salida de un bar) y fue condenada a cinco años de libertad condicional. Era una mujer atractiva, con el pelo castaño y los ojos verdes, pero nunca se casó ni tuvo hijos; sus amigos lo achacaban a un desengaño amoroso que sufrió cuando descubrió que el hombre con el que salía y del que estaba enamorada ya estaba casado. En los ochenta, cuando sus amigas se habían casado y sentado la cabeza, Peggy se fue a vivir con su madre, que sufría una enfermedad ósea degenerativa, para poder cuidarla.
La noticia de su detención cayó como una bomba entre sus allegados. Todos la describían como una mujer amable y generosa, la última persona de la que habrían esperado algo así. Ni su propia madre tenía la más mínima sospecha. Los que mejor la conocían hablaban de sus problemas económicos, derivados de las facturas médicas de su madre, de sus propios problemas de salud (había sufrido una mastectomía por un cáncer de mama, tenía problemas de espalda y tomaba ansiolíticos) o de que quizá se sentía insatisfecha con su vida. Pero Peggy apenas habló, ni al ser interrogada ni durante su juicio. El agente Powell tenía muchas preguntas: ¿por qué había decidido de repente empezar a robar bancos? ¿cómo se las había arreglado para elaborar un sistema tan sencillo y no cometer errores? ¿por qué había atracado dos bancos el mismo día? ¿y por qué había retirado las matrículas falsas de su coche tras el primer robo? Ella permaneció impasible. Admitió vagamente que había cometido el primer robo para pagar las facturas médicas de su madre, pero no por qué había seguido cometiendo robos.
El juez fue indulgente con Peggy Jo Tallas, en buena medida por no haber empleado armas durante sus atracos, y la condenó a 33 meses de cárcel, que cumplió en el penal federal de Bryan. Cuando salió de prisión volvió a vivir con su madre, con la misma rutina que antes de comenzar los robos, desempeñando trabajos como teleoperadora o cajera, donde jamás dio ni el más mínimo problema. Así pasaron los años hasta que en 2002 fallecieron su hermana Nancy (a causa de un cáncer de mama) y su madre. A partir de ahí, Peggy empezó a hacer planes; le dijo a una amiga que quería hacer algo con su vida antes de que su tiempo se acabase. En la primavera de 2004 se compró una caravana, dejó su trabajo, vendió su coche y sus cosas, y anunció a sus allegados que planeaba irse a México para vivir cerca del mar, como siempre había soñado.
Durante unas semanas, Peggy permaneció a orillas del lago Ray Hubbard, no lejos de Dallas, Luego, a finales del verano, partió con rumbo desconocido. No se sabe si realmente llegó a ir a México, pero semanas más tarde algunas personas afirmaron haberla visto recorriendo el este de Texas en su caravana.
Y en octubre de 2004, una pequeña sucursal del Guaranty Bank de la localidad de Tyler recibía una inesperada visita. Un personaje vestido con ropas anchas, gafas de sol, un sombrero y un llamativo bigote entró en el banco y, con una voz que luego los testigos describirían como "suave, un tanto femenina" le dijo al cajero "Deme todo el dinero. Ni billetes falsos, ni dinero explosivo", para luego irse tranquilamente con el botín. Nadie lo vio huir ni vio qué vehículo conducía. El FBI se puso a buscar sospechosos entre criminales varones de mediana edad. Nadie sospechaba quién podía haber sido el autor. Quizá el agente Powell podría haber tenido una vaga sospecha... pero llevaba varios años retirado.
Peggy Jo siguió viajando por Texas en su caravana, llamando de vez en cuando a su familia y amigos para decirles que estaba bien. Casualmente, el 4 de mayo de 2005, su hermano Pete se encontró con ella en el condado de Kaufman, en el noroeste de Texas. Pasaron juntos un buen rato, charlando y viendo viejas fotos de familia, y a él le pareció que estaba feliz y de buen humor. Se despidieron cariñosamente, prometiendo volver a verse pronto.
Al día siguiente, 5 de mayo, Peggy condujo hasta Tyler. Aparcó su caravana enfrente del Guaranty Bank que había sido atracado el pasado octubre y entró tranquilamente en el banco. Esta vez no iba vestida de hombre; llevaba un sombrero negro, amplias gafas de sol y un llamativo maquillaje. Tranquilamente, le dijo a la cajera "Esto es un robo. Deme todo su dinero y no pulse la alarma". La cajera le entregó más de 11000 dólares y Peggy se dispuso a irse. Pero esta vez había cometido un error; entre el dinero iba un fajo de billetes con una pequeña bomba de pintura que estalló nada mas salir de la sucursal, manchando de rojo los demás billetes y provocando una pequeña nube de humo que llamó la atención de los viandantes. Muchas personas la vieron subirse a su caravana y salir a gran velocidad, y llamaron a la policía.
La persecución no tardó en comenzar. De hecho, en la zona de Tyler había ese día varias patrullas de la policía local y del FBI, buscando a dos jóvenes afroamericanos sospechosos de varios robos en bancos de la zona. Peggy trató de huir por la autopista y luego, intentando despistar a sus perseguidores, se internó en un tranquilo barrio residencial, donde fue interceptada por dos coches patrulla. Los agentes, apuntando a la caravana, ordenaron salir a sus ocupantes. Durante unos minutos, nadie respondió. Es difícil saber qué pasó por la cabeza de Peggy Jo Tallas en aquellos momentos. Tal vez pensaba en que sus sueños se desvanecían, o en que no quería volver a la cárcel. Fuera lo que fuera, pasados unos minutos Peggy salió de la caravana empuñando una pistola, con la que apuntó a los policías, los cuales dispararon contra ella alcanzándola. Peggy murió poco después. La pistola que empuñaba era de juguete; en la caravana se encontró un revolver del calibre .357, cargado y en perfecto estado.
Tras su muerte, el FBI concluyó que lo más probable era que ella también hubiera sido la autora del primer robo del Guaranty Bank. Pero las incógnitas eran muchas. ¿Por qué había decidido volver a robar bancos, después de una década? ¿Por qué había robado dos veces el mismo banco? ¿Por qué había cambiado su manera de actuar, con otro disfraz y hablando con la cajera? ¿Por qué había cometido esos errores tan graves, como no ver el fajo explosivo o aparcar su llamativa caravana justo delante del banco?


Peggy Jo Tallas fue enterrada en el cementerio del condado de Kaufman, en una discreta ceremonia a la que acudieron sus familiares y amigos más próximos.

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