La única fotografía conocida de los disturbios de Christie Pits, tomada por un fotógrafo del periódico "Globe and Mail"
Cuando se habla de los movimientos fascistas en el período de entreguerras, inmediatamente pensamos en Alemania e Italia. Ciertamente, fueron el máximo exponente, pero los movimientos fascistoides se dieron en prácticamente toda Europa, e incluso en Norteamérica. Incluso en la habitualmente tranquila Canadá hubo disturbios motivados por el antisemitismo, y los más conocidos fueron los de Christie Pits.
Todo comenzó como un problema territorial. A principios del siglo XX la población de la ciudad de Toronto era en su mayor parte de origen anglosajón, pero había varias minorías de cierto peso, entre las cuales la más numerosa era la judía, formada principalmente por personas de clase media-baja, empleados, obreros y similares. Como por motivos económicos y sociales tenían vedado el acceso a los lugares de veraneo más elegantes, fuera de la ciudad, los judíos, especialmente las familias y los jóvenes, preferían durante el verano ir a pasar su tiempo de ocio a alguna de las playas de la ciudad. Pero esas playas estaban en barrios de población anglosajona, que veían con desagrado la llegada de los "intrusos". Ya había habido algunos enfrentamientos de poca importancia entre grupos de jóvenes de ambas comunidades, pero todo se agravó en 1933.
La Gran Depresión, iniciada en 1929, había aumentado notablemente el descontento social y la conflictividad entre las clases menos favorecidas. Y en enero de 1933, Adolf Hitler era elegido Canciller de Alemania y ganaba poco después, en marzo, las elecciones parlamentarias obteniendo el poder absoluto en Alemania. No tardaron en llegar noticias de las medidas que los nuevos gobernantes tomaban contra los judíos: expulsados de sus empleos, perdiendo sus derechos... algo que afectaba mucho a los judíos de Toronto. Y los jóvenes enfrentados a ellos pensaron que era una buena idea para fastidiar a los judíos. No tardaron en crearse los llamados "Clubes de la Esvástica" (los primeros se constituyen en julio), que presentándose como "clubes sociales" hacían pública exhibición de simbología nazi. No todos eran auténticos simpatizantes nazis; la mayoría eran unos muchachotes descerebrados que sólo buscaban fastidiar a los que veían como sus rivales. Las protestas de los judíos, apoyados por la alcaldía y otras autoridades, hicieron que los clubes se disolvieran oficialmente el 11 de agosto y se retiraran los símbolos nazis (aunque algunos de sus miembros, de ideología auténticamente fascista, se unieron a la llamada Asociación Esvástica de Canadá, un grupo mucho más organizado y radical). Sin embargo, el trasfondo del enfrentamiento permanecía ahí, como se demostraría poco después.
El 14 de agosto se disputó un partido de las eliminatorias del torneo local de softball juvenil, que enfrentó a los equipos del Harbord Playground, compuesto mayoritariamente por judíos, y del Saint Peter's, patrocinado por una parroquia local. El encuentro tuvo lugar en un campo de beisbol del parque de Christie Pits (que por entonces se llamaba todavía Willowvale Park). Durante ese partido, un grupo de jóvenes locales que se hacían llamar Pit Gang exhibió una pancarta con una cruz gamada para provocar a los aficionados judíos. Hubo nuevas protestas y advertencias por parte de la policía, que no fueron tenidas en consideración. Dos días después, el 16, ambos equipos volvieron a enfrentarse en el siguiente partido de la eliminatoria. Y de nuevo varios aficionados locales volvieron a mostrar una pancarta con una esvástica. Fué más de lo que podían soportar los aficionados judíos, que se lanzaron masivamente contra los provocadores, iniciándose una monumental pelea que se extendió fuera del campo. Conforme se extendía la noticia del enfrentamiento, más y más personas llegaban para tomar parte en él. Los combates se extendieron por las calles, donde cientos de personas se enfrentaban con las manos o con cualquier tipo de arma que pudieran encontrar. Grupos de inmigrantes italianos y rusos hicieron causa común con los judíos y se enfrentaron a los anglosajones.
Los disturbios se prolongaron más de seis horas, y se calcula que en ellos tomaron parte unas 10000 personas. No hubo muertos, afortunadamente, pero si numerosísimos heridos. Sólo hubo cinco detenidos, y sólo uno recibió una (leve) condena.La sociedad de Toronto quedó tan conmocionada que el alcalde Stewart prohibió la exhibición de cualquier tipo de simbología nazi y tomó severas medidas de orden público para evitar posteriores enfrentamientos.
Placa en el parque de Christie Pits, en memoria de los disturbios
sábado, 28 de abril de 2012
sábado, 21 de abril de 2012
El Cantón de Cartagena
La Revolución de 1868 (La Gloriosa) provocó el derrocamiento de la reina Isabel II y un período de extrema inestabilidad política en España. Tras la marcha de la reina se estableció un gobierno provisional presidido por el general Serrano que promulgó la Constitución de 1869, que establecía como sistema de gobierno una monarquía parlamentaria, al estilo de la inglesa. El elegido como nuevo rey fué el italiano Amadeo de Saboya, cuyo reinado no logró acabar con el caos y apenas duró 28 meses, de noviembre de 1870 a febrero de 1873.
Dado que el experimento monárquico no había salido bien, se proclama la Primera República, que duraría apenas once meses. Su primer presidente fué Estanislao Figueras, que dimitió el 10 de junio. Fué sustituído por Francisco Pi y Margall, republicano federalista, quien anunció la redacción de una nueva Constitución y su proyecto de república federal.
Dicho anuncio y los retrasos en la plasmación definitiva del proyecto provocaron la llamada revolución cantonal: diversos territorios y ciudades del país proclamaron unilateralmente su autonomía en la práctica como territorios autónomos asociados a la "República Federal de España". Ciudades importantes como Valencia, Sevilla, Cádiz, Córdoba o Málaga, e incluso pequeñas localidades como Camuñas (Toledo) o Gualchos (Granada) tuvieron su propia declaración cantonal, que en la mayoría de los casos sólo duró unos días o semanas antes de que las autoridades restablecieran la normalidad. Con una excepción: Cartagena.
En toda la región murciana había un arraigado sentimiento federal. El 12 de julio de 1873 los republicanos federalistas toman el Ayuntamiento y las principales calles de Cartagena y forman una "Junta de Salvación Pública" que asume el gobierno de la ciudad y proclama el Cantón Murciano. Formaban parte de ella personajes notorios como los diputados Antonio Gálvez "Antonete" (uno de los principales impulsores de la rebelión), Alfredo Sauvalle y Antonio Alfaro; los reconocidos federalistas Roque Barcia, Pedro Gutiérrez de la Puente (elegido primer presidente de la Junta, sería luego sustituído por Barcia), Eduardo Romero Germes y Antonio de la Calle; y militares como Leandro Carreras y Juan Contreras, que asumió el mando del ejército cantonal. Diversas localidades como Murcia capital, Cieza y Jumilla se unen al Cantón. En el castillo de Galeras, que domina el puerto y el Arsenal, se iza una bandera roja.
Lo que hacía diferente a Cartagena era que en ella estaba la principal base de la Armada española. En aquel momento, se hallaba fondeada en ella buena parte de la flota española, cuyas tripulaciones se unen masivamente a la revuelta. Con esta importante fuerza militar, la Junta de Cartagena inicia una serie de acciones expansivas destinadas a aumentar su territorio y recaudar fondos. Águilas y Mazarrón se unen al levantamiento, Lorca, Hellín y Orihuela son ocupadas por las tropas cantonales. La Armada cartagenera visita Alicante y Torrevieja, para recaudar fondos para el Cantón. También se dirigen a Almería (llegando a bombardear la ciudad el 30 de julio) y Motril (Granada). De vuelta a su base, varias de las naves son capturadas por barcos de guerra alemanes e ingleses, que alegan que no portaban una bandera reconocida y que el gobierno de Madrid ha declarado "piratas" a los sublevados en un decreto del 20 de julio. Se produce entonces un momento estrambótico cuando la Junta de Cartagena debate si declarar o no la guerra a Alemania por estos hechos.
Mientras, en la ciudad la Junta está tomando decisiones como gobierno autónomo. Se forma un "Gobierno Provisional" con distintos ministerios y se acuña moneda propia. Se suspende la pena de muerte, se libera a numerosos presos de las cárceles y se mantiene el funcionamiento de las instituciones y servicios públicos. También se publica un periódico oficial: El Cantón Murciano.
El 8 de agosto las autoridades cantonales envían un contingente de más de 3000 soldados por tren hacia Valencia, donde la Junta local está sitiada por las tropas del Gobierno central al mando del general Martínez Campos. El día 10, las tropas federales se topan en Chinchilla (Albacete) con un destacamento de soldados y guardias civiles. El enfrentamiento obliga a los cartageneros a retirarse, dejando atrás a casi 500 hombres prisioneros.
Tras este revés la política expansionista del Cantón se vuelve eminentemente defensiva. Las tropas cantonales abandonan Murcia y otras localidades y se repliegan hasta Cartagena. Poco después llegan las tropas de Martínez Campos. El 15 y 16 de agosto las tropas gubernamentales llegan a las inmediaciones de la ciudad, ocupando varios pueblos cercanos y tomando posiciones. Ha comenzado el sitio de Cartagena.
Lo que algunos creían que iba a ser un asunto fácil se revela en realidad como una larga y compleja operación. La ciudad, amurallada, con numerosos defensores y bien armados, no está dispuesta a rendirse fácilmente. Durante meses se suceden los enfrentamientos, por tierra y por mar, entre ambas fuerzas. Los ataques de los sitiadores por tierra son rechazados una y otra vez, mientras que la flota cantonal y las baterías defensivas mantienen a raya a la flota gubernamental, que trata de bloquear la entrada al puerto. Las tropas del Cantón hacen varias salidas en busca de víveres y para desbaratar las fortificaciones atacantes. Los combates se suceden. Pero el desgaste se va notando en los sitiados. Los víveres comienzan a escasear y comienzan las desavenencias entre los partidarios de la resistencia a toda costa y los favorables a negociar. Hay deserciones y arrestos y se enrarece la convivencia. Mientras, los sitiadores reciben contínuamente nuevas tropas de refresco, más artillería y armamento.
En esta situación angustiosa tiene lugar otro momento, por llamarlo de alguna manera, curioso. El gobierno cantonal envía una comunicación oficial a Washington... ¡pidiendo que el Cantón sea aceptado como uno más de los estados de la Unión! Al parecer, los norteamericanos llegaron a considerar el ofrecimiento, pero Cartagena cayó antes de que tomaran ninguna decisión.
Y el 26 de noviembre, las siete baterías construídas por los sitiadores a toda prisa comienzan a bombardear insistentemente la ciudad. El intenso bombardeo se prolonga semanas y se ve reforzado por la construcción de nuevas baterías. Buena parte de la población civil es evacuada de la ciudad, donde los defensores, sin agua y con pocos víveres, resisten a la desesperada. El 6 de enero, un proyectil alcanza el polvorín del Parque de Artillería, donde se refugian numerosos civiles. La terrible explosión no sólo destruye el edificio y la mayor parte de las reservas de pólvora y municiones de los cantonales, sino que mata a más de 400 personas (otras fuentes elevan el número de víctimas a dos mil), en su mayor parte civiles que se refugiaban de los bombardeos.
Tras una última salida a la desesperada el 9 de enero, la Junta decide capitular el 11. El día 12 de madrugada la Junta acepta las condiciones impuestas por el general López Domínguez, comandante de las fuerzas sitiadoras. Ese mismo día, más de un millar de militares, miembros de la Junta, simpatizantes y familiares logran burlar el bloqueo naval y huir a bordo de la fragata Numancia hasta Orán (Argelia). El 13, López Domínguez, al frente de sus tropas, ocupa oficialmente la ciudad, tras 184 días de sublevación, 150 de sitio y 48 de bombardeos, que han devastado la ciudad: a una media de 1200 proyectiles diarios, el 70% de los edificios han quedado destruídos o gravemente dañados; sólo 27 permanecían intactos.
El Cantón de Cartagena sobrevivió sin embargo a la República contra la que se había levantado y combatido; el 3 de enero, el general Pavía había ocupado el Palacio de las Cortes y desalojado a los diputados. La República quedaba disuelta y era sustituída por un gobierno provisional presidido por el general Serrano, y que acabaría dando lugar apenas un año más tarde a la Restauración de la monarquía, en la persona del joven Alfonso XII, hijo de Isabel II.
Las tropas gubernamentales entran en Cartagena
martes, 10 de abril de 2012
The Damned United: los 44 días de Brian Clough en el Leeds
Brian Clough al frente de los jugadores del Leeds United
Si se hiciese una encuesta entre los aficionados al fútbol británicos, seguramente un amplio porcentaje señalaría a Brian Clough como "el mejor entrenador de todos los tiempos", pese a que dejó de entrenar en 1993 y murió en 2004. Ciertamente, fué un entrenador con una fortísima personalidad y una manera de entender el fútbol que le granjeó el aprecio de muchos aficionados, pero también unas cuantas enemistades eternas.
Brian Clough nació en Middlesborough el 21 de marzo de 1935 y desde muy niño mostró una gran afición por el fútbol. Jugó en varios equipos de su ciudad y en el filial del Middlesborough, con el que debutó en la Segunda División en 1955 y jugó seis temporadas, en las que logró 197 goles en 213 partidos, llegando incluso a ser internacional en dos ocasiones, pese a jugar en Segunda. En 1961 fichó por el Sunderland, donde marcaría 54 goles en 61 partidos. Pero una grave lesión de rodilla en diciembre de 1962 le llevó a retirarse en lo mejor de su carrera (tras la lesión sólo jugaría tres partidos en la temporada 1964-65).
Una vez retirado, entrenó durante algún tiempo a las categorías inferiores del Sunderland. Vió que aquello le gustaba, y en 1965 ya se hizo cargo del Hartlepools United, de la cuarta división. No lo hizo mal, salvándolo del descenso esa campaña y clasificándolo octavo la siguiente. Su buen hacer llamó la atención del Derby County, que lo contrató en 1967.
El Derby era un club modesto de una ciudad de provincias, que llevaba más de una década sin pisar la primera división, vagando con más pena que gloria por la segunda, y cuyo único éxito reseñable era una Copa de Inglaterra ganada en 1946. A este club llegó Clough, con las ideas muy claras y dispuesto a llevarlas a cabo.
Clough se hizo famoso por su fuerte carácter y por el estilo de juego que imponía a sus equipos. Siempre apostó por el juego vistoso, el toque en corto, el pase preciso, un estilo dinámico y agradable que encandilaba a los espectadores (Si Dios hubiera querido que el balón fuera por el aire, no habría puesto la hierba en el suelo). También exigía un control absoluto a la hora de confeccionar y manejar la plantilla... lo que a menudo incluía fichar y traspasar jugadores sin molestarse en informar a la directiva. Esto le provocó numerosas discusiones y enfrentamientos con sus directivos, solventados gracias a que contaba con el apoyo incondicional de los jugadores y la afición.
Su debut en el Derby no fué muy esperanzador: en su primera temporada finaliza 18º. Pero la siguiente, la 68-69, queda campeón de segunda y asciende. Su discurrir por Primera es brillante: cuarto en su primera temporada, noveno la siguiente, y en la 71-72 la campanada: el Derby County se proclama campeón, en una última jornada de infarto donde Liverpool y Leeds también optaban al título (Clough y sus jugadores, que ya habían terminado sus partidos, se habían ido de vacaciones).
Al año siguiente, el Derby juega la Copa de Europa. Tras una competición brillante, es eliminado en semifinales por la Juventus, en una polémica eliminatoria donde se había producido un intento de compra de los árbitros en favor de los italianos. Clough cargó duramente contra el equipo italiano, ganándose una severa sanción de la UEFA. Estos acontecimientos contribuyeron a enrarecer aún más la relación entre Clough y la directiva del Derby. Y así, el 15 de noviembre de 1973, Clough dimitía de su cargo. De nada sirvió que la plantilla le apoyase unánimemente, ni que la afición iniciase una campaña masiva al grito de Bring Back Clough (Traed de vuelta a Clough). Clough se iba así del club de sus amores por la puerta de atrás.
Su siguiente parada, el Brighton & Hove Albion, un modesto club de tercera al que entrenó la temporada 1973-74, con resultados bastante pobres.
Una de las enemistades más enconadas de Clough fué con otro entrenador, Don Revie. Revie había hecho campeón al Leeds United con un estilo radicalmente opuesto al de Clough: fútbol directo, pases largos, juego muy trabado, con muchas faltas y a menudo bordeando el reglamento. Clough nunca había ahorrado críticas a Revie ni al Leeds, y los enfrentamientos entre ambos entrenadores se habían hecho famosos. Por eso cayó como una bomba que, después de que Revie dejara el equipo para hacerse cargo de la selección inglesa, el Leeds anunciara a Clough como nuevo entrenador.
Clough no empezó con buen pie su estancia en Leeds. Para empezar, Peter Taylor, antiguo compañero de vestuario en el Middlesborough y su ayudante y mano derecha desde los tiempos del Hartlepools, se negó a acompañarlo a su nueva aventura. Al llegar, Clough halló un ambiente hostil: un equipo que seguía siendo totalmente leal a Revie, lo mismo que la afición, y que no olvidaban las muchas críticas del nuevo entrenador. El mismo Revie había criticado públicamente el fichaje de Clough, y había pedido a la directiva el fichaje de otro entrenador más acorde con su estilo. Tampoco se puede decir que Clough fuera demasiado diplomático. Nada más ser nombrado, calificó a sus nuevos jugadores como "un hatajo de sucios tramposos y mentirosos". Y en su primera charla a la plantilla, les dijo literalmente que podían coger todos sus títulos y medallas y tirarlos a la basura, porque para él los habían ganado de manera ilegítima. Además, una de sus primeras decisiones en el cargo fué la de negociar personalmente el traspaso de Norman Hunter y Johnny Giles, dos de los jugadores más queridos por la afición y con mayor autoridad en el vestuario (operación que fué desbaratada por la directiva en cuanto tuvo noticia de ella).
Cada día que pasaba era mayor el enfrentamiento de Clough con sus jugadores, que se mostraban indisciplinados y reacios a aceptar el nuevo estilo de juego que Clough trataba de imponer. La situación era insostenible y ello se reflejaba en los resultados. El Leeds tuvo el peor inicio de liga en 20 años: una victoria y dos empates en seis partidos. Tras un empate en casa con el Huddersfield Town de tercera división en un partido de la Copa de la Liga, Clough es cesado. Había sido entrenador del Leeds exactamente 44 días. Genio y figura, se despidió con una de sus frases míticas: Hoy es un muy mal día... para el Leeds United. Esa misma temporada, el Derby, entrenado por Dave Mackay, que había sido jugador a las órdenes de Clough, conseguía su segundo título de Liga.
El tiempo puso a cada uno en su sitio. Clough, de nuevo con Taylor, pasó a entrenar a otro modesto club de una ciudad de provincias, el Nottingham Forest. Lo hizo campeón de Liga en 1978 y campeón de Europa en 1979 y 1980, algo que ningún entrenador británico ha vuelto a lograr. En cuanto al Leeds, no volvería a ganar una Liga hasta los años noventa. Y Don Revie fracasó como seleccionador británico.
La historia de Clough sirvió de base para una novela de David Peace, que en el 2008 fué llevada al cine en un filme que se tituló The Damned United, dirigido por Tom Hooper (El discurso del rey) y protagonizado por Michael Sheen (Underworld).
Y para terminar, algunas de las frases míticas de Clough:
- Por ganar este partido, sería capaz de pegarle tres tiros a mi abuela.
- Roma no se construyó en un día... pero sólo porque yo no tuve nada que ver en ello.
- No digo que haya sido el mejor entrenador del mundo, pero siempre estuve el primero en la clasificación general.
- Si discutiera con un jugador nos sentaríamos juntos, hablaríamos unos veinte minutos y acabaríamos decidiendo que yo tenía razón.
- John Robertson era un joven muy poco atractivo. Si algún día me levantaba mal, me sentaba a su lado. Comparado con él parecía el maldito Errol Flynn. Pero le dabas un metro de césped, y era un artista. El Picasso de nuestro deporte.
- Espero haberle caído bien a alguien.
Si se hiciese una encuesta entre los aficionados al fútbol británicos, seguramente un amplio porcentaje señalaría a Brian Clough como "el mejor entrenador de todos los tiempos", pese a que dejó de entrenar en 1993 y murió en 2004. Ciertamente, fué un entrenador con una fortísima personalidad y una manera de entender el fútbol que le granjeó el aprecio de muchos aficionados, pero también unas cuantas enemistades eternas.
Brian Clough nació en Middlesborough el 21 de marzo de 1935 y desde muy niño mostró una gran afición por el fútbol. Jugó en varios equipos de su ciudad y en el filial del Middlesborough, con el que debutó en la Segunda División en 1955 y jugó seis temporadas, en las que logró 197 goles en 213 partidos, llegando incluso a ser internacional en dos ocasiones, pese a jugar en Segunda. En 1961 fichó por el Sunderland, donde marcaría 54 goles en 61 partidos. Pero una grave lesión de rodilla en diciembre de 1962 le llevó a retirarse en lo mejor de su carrera (tras la lesión sólo jugaría tres partidos en la temporada 1964-65).
Una vez retirado, entrenó durante algún tiempo a las categorías inferiores del Sunderland. Vió que aquello le gustaba, y en 1965 ya se hizo cargo del Hartlepools United, de la cuarta división. No lo hizo mal, salvándolo del descenso esa campaña y clasificándolo octavo la siguiente. Su buen hacer llamó la atención del Derby County, que lo contrató en 1967.
El Derby era un club modesto de una ciudad de provincias, que llevaba más de una década sin pisar la primera división, vagando con más pena que gloria por la segunda, y cuyo único éxito reseñable era una Copa de Inglaterra ganada en 1946. A este club llegó Clough, con las ideas muy claras y dispuesto a llevarlas a cabo.
Clough se hizo famoso por su fuerte carácter y por el estilo de juego que imponía a sus equipos. Siempre apostó por el juego vistoso, el toque en corto, el pase preciso, un estilo dinámico y agradable que encandilaba a los espectadores (Si Dios hubiera querido que el balón fuera por el aire, no habría puesto la hierba en el suelo). También exigía un control absoluto a la hora de confeccionar y manejar la plantilla... lo que a menudo incluía fichar y traspasar jugadores sin molestarse en informar a la directiva. Esto le provocó numerosas discusiones y enfrentamientos con sus directivos, solventados gracias a que contaba con el apoyo incondicional de los jugadores y la afición.
Su debut en el Derby no fué muy esperanzador: en su primera temporada finaliza 18º. Pero la siguiente, la 68-69, queda campeón de segunda y asciende. Su discurrir por Primera es brillante: cuarto en su primera temporada, noveno la siguiente, y en la 71-72 la campanada: el Derby County se proclama campeón, en una última jornada de infarto donde Liverpool y Leeds también optaban al título (Clough y sus jugadores, que ya habían terminado sus partidos, se habían ido de vacaciones).
Al año siguiente, el Derby juega la Copa de Europa. Tras una competición brillante, es eliminado en semifinales por la Juventus, en una polémica eliminatoria donde se había producido un intento de compra de los árbitros en favor de los italianos. Clough cargó duramente contra el equipo italiano, ganándose una severa sanción de la UEFA. Estos acontecimientos contribuyeron a enrarecer aún más la relación entre Clough y la directiva del Derby. Y así, el 15 de noviembre de 1973, Clough dimitía de su cargo. De nada sirvió que la plantilla le apoyase unánimemente, ni que la afición iniciase una campaña masiva al grito de Bring Back Clough (Traed de vuelta a Clough). Clough se iba así del club de sus amores por la puerta de atrás.
Su siguiente parada, el Brighton & Hove Albion, un modesto club de tercera al que entrenó la temporada 1973-74, con resultados bastante pobres.
Una de las enemistades más enconadas de Clough fué con otro entrenador, Don Revie. Revie había hecho campeón al Leeds United con un estilo radicalmente opuesto al de Clough: fútbol directo, pases largos, juego muy trabado, con muchas faltas y a menudo bordeando el reglamento. Clough nunca había ahorrado críticas a Revie ni al Leeds, y los enfrentamientos entre ambos entrenadores se habían hecho famosos. Por eso cayó como una bomba que, después de que Revie dejara el equipo para hacerse cargo de la selección inglesa, el Leeds anunciara a Clough como nuevo entrenador.
Clough no empezó con buen pie su estancia en Leeds. Para empezar, Peter Taylor, antiguo compañero de vestuario en el Middlesborough y su ayudante y mano derecha desde los tiempos del Hartlepools, se negó a acompañarlo a su nueva aventura. Al llegar, Clough halló un ambiente hostil: un equipo que seguía siendo totalmente leal a Revie, lo mismo que la afición, y que no olvidaban las muchas críticas del nuevo entrenador. El mismo Revie había criticado públicamente el fichaje de Clough, y había pedido a la directiva el fichaje de otro entrenador más acorde con su estilo. Tampoco se puede decir que Clough fuera demasiado diplomático. Nada más ser nombrado, calificó a sus nuevos jugadores como "un hatajo de sucios tramposos y mentirosos". Y en su primera charla a la plantilla, les dijo literalmente que podían coger todos sus títulos y medallas y tirarlos a la basura, porque para él los habían ganado de manera ilegítima. Además, una de sus primeras decisiones en el cargo fué la de negociar personalmente el traspaso de Norman Hunter y Johnny Giles, dos de los jugadores más queridos por la afición y con mayor autoridad en el vestuario (operación que fué desbaratada por la directiva en cuanto tuvo noticia de ella).
Cada día que pasaba era mayor el enfrentamiento de Clough con sus jugadores, que se mostraban indisciplinados y reacios a aceptar el nuevo estilo de juego que Clough trataba de imponer. La situación era insostenible y ello se reflejaba en los resultados. El Leeds tuvo el peor inicio de liga en 20 años: una victoria y dos empates en seis partidos. Tras un empate en casa con el Huddersfield Town de tercera división en un partido de la Copa de la Liga, Clough es cesado. Había sido entrenador del Leeds exactamente 44 días. Genio y figura, se despidió con una de sus frases míticas: Hoy es un muy mal día... para el Leeds United. Esa misma temporada, el Derby, entrenado por Dave Mackay, que había sido jugador a las órdenes de Clough, conseguía su segundo título de Liga.
El tiempo puso a cada uno en su sitio. Clough, de nuevo con Taylor, pasó a entrenar a otro modesto club de una ciudad de provincias, el Nottingham Forest. Lo hizo campeón de Liga en 1978 y campeón de Europa en 1979 y 1980, algo que ningún entrenador británico ha vuelto a lograr. En cuanto al Leeds, no volvería a ganar una Liga hasta los años noventa. Y Don Revie fracasó como seleccionador británico.
La historia de Clough sirvió de base para una novela de David Peace, que en el 2008 fué llevada al cine en un filme que se tituló The Damned United, dirigido por Tom Hooper (El discurso del rey) y protagonizado por Michael Sheen (Underworld).
Y para terminar, algunas de las frases míticas de Clough:
- Por ganar este partido, sería capaz de pegarle tres tiros a mi abuela.
- Roma no se construyó en un día... pero sólo porque yo no tuve nada que ver en ello.
- No digo que haya sido el mejor entrenador del mundo, pero siempre estuve el primero en la clasificación general.
- Si discutiera con un jugador nos sentaríamos juntos, hablaríamos unos veinte minutos y acabaríamos decidiendo que yo tenía razón.
- John Robertson era un joven muy poco atractivo. Si algún día me levantaba mal, me sentaba a su lado. Comparado con él parecía el maldito Errol Flynn. Pero le dabas un metro de césped, y era un artista. El Picasso de nuestro deporte.
- Espero haberle caído bien a alguien.
viernes, 6 de abril de 2012
Visionarios
Ser un genio o desempeñar un cargo de importancia no protege a nadie de hacer alguna predicción que, tarde o temprano, acaba revelándose una soberana metedura de pata. Para muestra, algunos ejemplos:
- "Señor, ¿construiría usted un barco capar de navegar contra el viento y la corriente con sólo encender una hoguera bajo su cubierta?" Napoleón, militar y emperador (1800)
- "Los viajes en tren a alta velocidad no son posibles porque los pasajeros no podrían respirar, morirían asfixiados" Dyonisius Lardner, físico, astrónomo y matemático.
- "La nuestra ha sido la primera, y seguramente la última visita que ha tenido este lugar sin interés" Teniente Joseph Ives, tras visitar el Gran Cañón del Colorado (1861). Hoy en día recibe unos cinco millones de turistas al año.
- "La teoría de los gérmenes de Louis Pasteur es una ridícula ficción" Pierre Pachet, profesor de Fisiología de la Universidad de Toulouse (1872)
- "Este teléfono tiene muchas cosas en contra como para ser seriamente considerado un medio de comunicación. No tiene ningún valor para nosotros" Expertos de la Western Union, al rechazar el ofrecimiento de Alexander Graham Bell de su invento (1876).
- "Los americanos necesitan el teléfono. Nosotros no. Tenemos mensajeros de sobra" Sir William Preece, director del Post Office británico (1878). ¡Están locos, estos americanos!
- "La radio no tiene futuro. Es imposible construir máquinas voladoras más pesadas que el aire. Se acabará demostrando que los rayos X son un timo" Lord Kelvin, presidente de la Royal Society (1895-99). Seguimos esperando...
- "Debo confesar que mi imaginación rechaza ver cualquier tipo de submarino haciendo algo mas que asfixiar a su tripulación y hundirse en el mar" H. G. Wells, escritor (1901)
- "El caballo está aquí para quedarse, el automóvil es sólo una novedad, una moda" Horace Rackham, abogado de Henry Ford (1903)
- "El cine no es mas que una moda pasajera. Es drama enlatado. Lo que la audiencia quiere ver de verdad es carne y sangre en el escenario" Charles Chaplin, actor y dramaturgo (1916)
- "La caja de música inhalámbrica no tiene valor comercial imaginable. ¿Quién va a pagar por un mensaje enviado a nadie en particular?" Asociados de David Sarnoff, uno de los pioneros de la radio comercial (1921)
- "¿Quién demonios quiere oir hablar a los actores?" Harry Morris Warner, uno de los Warner Brothers (1927)
- "No hay el menor indicio de que alguna vez se pueda obtener energía nuclear. Para ello habría que poder dividir el átomo a voluntad" Albert Einstein, físico (1932). Ojalá hubiera acertado.
- "Nunca se fabricará un avión más grande que este" Un ingeniero de la Boeing, tras el primer vuelo del Boeing 247, con capacidad para diez pasajeros (1933). A eso se le llama tener poca fe en las posibilidades de la aeronáutica.
- "Un cohete nunca podrá salir de la atmósfera" The New York Times (1936)
- "La televisión nunca será un competidor serio para la radio porque la gente tiene que sentarse y mantener los ojos pegados a la pantalla; la familia americana media no tiene tiempo para eso" The New York Times (1939)
- "Creo que en el mundo hay mercado para unos cinco ordenadores" Thomas Watson, presidente de IBM (1943). Sí, uno arriba o abajo...
- "La televisión no durará. La gente se cansará pronto de pasarse las noches mirando una caja" Daryl F. Zanuck, presidente de la 20th Century Fox (1946).
- "Las aspiradoras impulsadas por energía nuclear serán una realidad en unos diez años" Alex Lewyt, presidente de la fábrica de aspiradoras Lewyt (1955). Claro, ¿a quién no le gustaría tener una aspiradora modelo Fukushima en casa?
- "Estamos en el umbral del correo vía cohete" Andrew Summerfield, director general del US Postal Service (1959). Si con eso se evitaran los retrasos en el reparto...
- "No hay prácticamente ninguna posibilidad de que los satélites en el espacio se usen para proporcionar un mejor teléfono, telégrafo, televisión, radio o servicio de comunicaciones" Thomas Craven, comisionado de la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU (1961). Palabra de experto.
- "No nos gusta cómo suenan, y además la música de guitarra está pasada de moda" Decca Recording Co., tras rechazar a los Beatles (1962). Todo un acierto.
- "Pasarán años antes de que una mujer llegue a ser Primer Ministro" Margaret Thatcher (1974). En efecto: pasaron exactamente cinco años hasta su nombramiento.
- "No hay motivos para que nadie quiera tener un ordenador en su casa" Dan Olson, fundador de Digital Equipment Corp. (1977). Pues a mi se me ocurren uno o dos...
- "Nadie va a necesitar nunca más de 640 Kb de memoria en su ordenador personal" Bill Gates (si, ese Bill Gates) (1981). No consideró el mucho espacio que ocupa el porno.
- "Todo el mundo me pregunta cuándo sacará Apple un teléfono móvil. Mi respuesta es: probablemente nunca" David Pogue, analista tecnológico del The New York Times (1996). Justo un año después se ponía a la venta el iPhone.
- "El spam estará resuelto en dos años" Otra vez Bill Gates (2004). Perdón, ¿cuantos años?
- "Tendremos un recorte en el crecimiento en el segundo trimestre, para después retornar a la senda de un crecimiento progresivo a finales de año" Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (2008).
- "Señor, ¿construiría usted un barco capar de navegar contra el viento y la corriente con sólo encender una hoguera bajo su cubierta?" Napoleón, militar y emperador (1800)
- "Los viajes en tren a alta velocidad no son posibles porque los pasajeros no podrían respirar, morirían asfixiados" Dyonisius Lardner, físico, astrónomo y matemático.
- "La nuestra ha sido la primera, y seguramente la última visita que ha tenido este lugar sin interés" Teniente Joseph Ives, tras visitar el Gran Cañón del Colorado (1861). Hoy en día recibe unos cinco millones de turistas al año.
- "La teoría de los gérmenes de Louis Pasteur es una ridícula ficción" Pierre Pachet, profesor de Fisiología de la Universidad de Toulouse (1872)
- "Este teléfono tiene muchas cosas en contra como para ser seriamente considerado un medio de comunicación. No tiene ningún valor para nosotros" Expertos de la Western Union, al rechazar el ofrecimiento de Alexander Graham Bell de su invento (1876).
- "Los americanos necesitan el teléfono. Nosotros no. Tenemos mensajeros de sobra" Sir William Preece, director del Post Office británico (1878). ¡Están locos, estos americanos!
- "La radio no tiene futuro. Es imposible construir máquinas voladoras más pesadas que el aire. Se acabará demostrando que los rayos X son un timo" Lord Kelvin, presidente de la Royal Society (1895-99). Seguimos esperando...
- "Debo confesar que mi imaginación rechaza ver cualquier tipo de submarino haciendo algo mas que asfixiar a su tripulación y hundirse en el mar" H. G. Wells, escritor (1901)
- "El caballo está aquí para quedarse, el automóvil es sólo una novedad, una moda" Horace Rackham, abogado de Henry Ford (1903)
- "El cine no es mas que una moda pasajera. Es drama enlatado. Lo que la audiencia quiere ver de verdad es carne y sangre en el escenario" Charles Chaplin, actor y dramaturgo (1916)
- "La caja de música inhalámbrica no tiene valor comercial imaginable. ¿Quién va a pagar por un mensaje enviado a nadie en particular?" Asociados de David Sarnoff, uno de los pioneros de la radio comercial (1921)
- "¿Quién demonios quiere oir hablar a los actores?" Harry Morris Warner, uno de los Warner Brothers (1927)
- "No hay el menor indicio de que alguna vez se pueda obtener energía nuclear. Para ello habría que poder dividir el átomo a voluntad" Albert Einstein, físico (1932). Ojalá hubiera acertado.
- "Nunca se fabricará un avión más grande que este" Un ingeniero de la Boeing, tras el primer vuelo del Boeing 247, con capacidad para diez pasajeros (1933). A eso se le llama tener poca fe en las posibilidades de la aeronáutica.
- "Un cohete nunca podrá salir de la atmósfera" The New York Times (1936)
- "La televisión nunca será un competidor serio para la radio porque la gente tiene que sentarse y mantener los ojos pegados a la pantalla; la familia americana media no tiene tiempo para eso" The New York Times (1939)
- "Creo que en el mundo hay mercado para unos cinco ordenadores" Thomas Watson, presidente de IBM (1943). Sí, uno arriba o abajo...
- "La televisión no durará. La gente se cansará pronto de pasarse las noches mirando una caja" Daryl F. Zanuck, presidente de la 20th Century Fox (1946).
- "Las aspiradoras impulsadas por energía nuclear serán una realidad en unos diez años" Alex Lewyt, presidente de la fábrica de aspiradoras Lewyt (1955). Claro, ¿a quién no le gustaría tener una aspiradora modelo Fukushima en casa?
- "Estamos en el umbral del correo vía cohete" Andrew Summerfield, director general del US Postal Service (1959). Si con eso se evitaran los retrasos en el reparto...
- "No hay prácticamente ninguna posibilidad de que los satélites en el espacio se usen para proporcionar un mejor teléfono, telégrafo, televisión, radio o servicio de comunicaciones" Thomas Craven, comisionado de la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU (1961). Palabra de experto.
- "No nos gusta cómo suenan, y además la música de guitarra está pasada de moda" Decca Recording Co., tras rechazar a los Beatles (1962). Todo un acierto.
- "Pasarán años antes de que una mujer llegue a ser Primer Ministro" Margaret Thatcher (1974). En efecto: pasaron exactamente cinco años hasta su nombramiento.
- "No hay motivos para que nadie quiera tener un ordenador en su casa" Dan Olson, fundador de Digital Equipment Corp. (1977). Pues a mi se me ocurren uno o dos...
- "Nadie va a necesitar nunca más de 640 Kb de memoria en su ordenador personal" Bill Gates (si, ese Bill Gates) (1981). No consideró el mucho espacio que ocupa el porno.
- "Todo el mundo me pregunta cuándo sacará Apple un teléfono móvil. Mi respuesta es: probablemente nunca" David Pogue, analista tecnológico del The New York Times (1996). Justo un año después se ponía a la venta el iPhone.
- "El spam estará resuelto en dos años" Otra vez Bill Gates (2004). Perdón, ¿cuantos años?
- "Tendremos un recorte en el crecimiento en el segundo trimestre, para después retornar a la senda de un crecimiento progresivo a finales de año" Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (2008).
sábado, 31 de marzo de 2012
Error tras error
Dan Quayle
En cierta ocasión, el político norteamericano Dan Quayle, vicepresidente de 1988 a 1992 bajo el mandato de George Bush padre, cometió un vergonzoso error mientras asistía a un concurso de ortografía al advertir a uno de los concursantes, equivocadamente, de que la palabra "potato" se escribía con "e" final. Ante las numerosas críticas y burlas que recibió a raiz de aquello, se vió obligado a dar explicaciones. Y dijo: Debí haberme dado cuenta de aquel error en el concurso de ortografía. Pero, como dijo una vez Mark Twain, no se debe confiar en un hombre que tiene sólo una manera de deletrear una palabra. Y volvió a meter la pata: la frase no era de Twain, sino del presidente Andrew Jackson (1767-1845).
Una vez mas, compareció para justificarse: Tenía que haber recordado que lo había dicho Andrew Jackson, que era apodado "Stonewall" (muro de piedra) por vetar propuestas de ley aprobadas por el Congreso.
Ese fué su tercer error, y el más grave de los tres. ¡Había confundido al presidente Jackson con el general confederado Thomas "Stonewall" Jackson (1824-1863), que había recibido tal apodo tras la batalla de Bull Run (1861)!
En cierta ocasión, el político norteamericano Dan Quayle, vicepresidente de 1988 a 1992 bajo el mandato de George Bush padre, cometió un vergonzoso error mientras asistía a un concurso de ortografía al advertir a uno de los concursantes, equivocadamente, de que la palabra "potato" se escribía con "e" final. Ante las numerosas críticas y burlas que recibió a raiz de aquello, se vió obligado a dar explicaciones. Y dijo: Debí haberme dado cuenta de aquel error en el concurso de ortografía. Pero, como dijo una vez Mark Twain, no se debe confiar en un hombre que tiene sólo una manera de deletrear una palabra. Y volvió a meter la pata: la frase no era de Twain, sino del presidente Andrew Jackson (1767-1845).
Una vez mas, compareció para justificarse: Tenía que haber recordado que lo había dicho Andrew Jackson, que era apodado "Stonewall" (muro de piedra) por vetar propuestas de ley aprobadas por el Congreso.
Ese fué su tercer error, y el más grave de los tres. ¡Había confundido al presidente Jackson con el general confederado Thomas "Stonewall" Jackson (1824-1863), que había recibido tal apodo tras la batalla de Bull Run (1861)!
martes, 27 de marzo de 2012
El Manifiesto de los Persas
El Manifiesto de los Persas
Recientemente se han celebrado los 200 años de la promulgación de la Constitución de 1812, la primera en España. Como ya se ha hablado mucho de las circunstancias de su redacción, haré sólo un breve esbozo: con las tropas francesas ocupando la mayor parte del territorio español, habiendo la familia real (retenida en Bayona) abdicado en favor de Napoleón (quien a su vez había nombrado rey a su hermano José), se crea una Junta Suprema Central, que da órdenes en mayo de 1809 de que se reúnan las Cortes Constituyentes. La primera sesión tiene lugar en septiembre de 1810, en la localidad de San Fernando, para posteriormente trasladarse a Cádiz, a la que llegan delegados de la mayor parte de las regiones de España (algunos no pudieron asistir por culpa de la ocupación francesa y fueron sustituídos por personalidades locales), incluídos los territorios de ultramar. El fruto de las reuniones fué la Constitución de 1812, conocida popularmente como "la Pepa" (por haber sido promulgada el 19 de marzo de 1812, día de San José). Una Constitución notablemente avanzada, inspirada (irónicamente) en la francesa, y también en la norteamericana, que reconocía por primera vez el término de "nación", donde residía la soberanía (no en la figura del rey), además de la separación de poderes, la libertad de prensa, el sufragio universal... (aunque también tenía defectos; no reconocía derecho alguno para las mujeres, ni permitía la libertad religiosa).
Sin embargo, la propia Constitución no era aceptada por una parte muy importante de la población, partidaria del Antiguo Régimen, incluída la facción más reaccionaria y ultraconservadora de los propios delegados que habían participado en su redacción. Ellos fueron los responsables de un peculiar documento que pasaría a la historia con el nombre de Manifiesto de los Persas.
Luego, lo ya sabido: los diversos frentes que sostenía Napoleón empezaron a serle desfavorables, incluído el español. Las tropas francesas se ven obligadas a dejar la Península y Napoleón acepta devolverle la corona a Fernando VII, apodado "el Deseado" por sus partidarios, a cambio de su neutralidad. Fernando vuelve a España en marzo de 1814, pero no muestra ninguna intención de jurar la Constitución, como ésta establecía en su artículo 173. Y el 16 de abril entra en Valencia, donde le estaba esperando el llamado Manifiesto de los Persas. Era éste un documento firmado cuatro días antes en Madrid por sesenta y nueve diputados de las Cortes, encabezados por Bernardo Mozo de Rosales (un notorio conservador que, ironías del destino, acabaría sus días exiliado en Francia), donde pedían al rey que aboliese la Constitución y restaurase las instituciones del Antiguo Régimen. Su nombre se debe a un pasaje del propio documento que recuerda la costumbre de los persas de decretar cinco días de absoluta anarquía tras la muerte de un rey (como advertencia de lo malo que sería estarse sin un gobierno fuerte), comparando dicha anarquía con el gobierno liberal existente.
Con el apoyo de dicho documento (y de buena parte del ejército, todo hay que decirlo) Fernando promulgó el 4 de mayo un decreto restableciendo el absolutismo y declarando nula la Constitución y sin validez toda resolución de las Cortes (que serían disueltas el día 10 de mayo): "... declaro que mi Real ánimo es, no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias ni de las ordinarias actualmente abiertas (...) sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, (...) como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquier clase y condición a cumplirlos y guardarlos". La Constitución sólo volvería a estar en vigor durante el llamado trienio liberal (1820-1823), pero serviría de modelo para otras, como la portuguesa. Y Fernando VII se convertiría en uno de los reyes más nefastos que han gobernado este desafortunado país.
sábado, 24 de marzo de 2012
El último viaje del Marlborough
El Marlborough
Estamos en un agradable día de la primavera austral de 1913. El buque inglés Johnson, en ruta de Nueva Zelanda a Glasgow, está doblando el Cabo de Hornos, cerca ya de la ciudad chilena de Punta Arenas. La travesía transcurre con tranquilidad, el clima es idóneo para la navegación y cada uno se dedica a sus quehaceres habituales. Hasta que en un momento dado, alguien advierte la presencia, a cierta distancia, de otro barco. Parece estar en problemas; navega de manera errática y muestra una evidente escora, como si tuviera alguna vía de agua. El capitán da orden de acercarse, por si estuvieran en apuros.
Ya antes de llegar junto a él, el capitán del Johnson puede ver, a través de su catalejo, el estado del barco. Las velas desgarradas, la arboladura desvencijada, la suciedad y el descuido presentes por todas partes, hicieron pensar al capitán inmediatamente en la leyenda del Holandés Errante; tal era el estado del barco, que difícilmente podía imaginarse cómo es que seguía todavía a flote.
Decidido a descubrir el origen de tal misterio, el capitán reúne un grupo de marineros y se embarca con ellos en un bote para subir a bordo de aquel espectro flotante. La sorpresa de todos no tiene límites cuando distinguen el nombre del navío: el Marlborough.
El Marlborough era un elegante clipper botado en 1876 en los astilleros de Robert Duncan & Co., en Glasgow (Escocia). Propiedad de la naviera Shaw, Savill & Albion Co. Ltd., realizaba habitualmente la ruta entre Lyttleton (Nueva Zelanda) y Glasgow. Los tripulantes del Johnson conocían bien su nombre. Primero, porque realizaba la misma ruta que ellos. Y segundo, porque a los marineros les gusta contar historias de barcos perdidos. Y el Marlborough había desaparecido sin dejar rastro. Tras salir de Lyttleton un 11 de enero con un cargamento de lana y carne de oveja congelada y treinta personas a bordo (veintinueve tripulantes y una pasajera), al mando del capitán Herd, no se había vuelto a tener más noticias de él. Pero lo que realmente asombraba a sus descubridores era que todo ello había ocurrido... en 1890.
Los hombres del Johnson se miraban desconcertados unos a otros. ¿Era posible que un barco hubiera estado navegando a la deriva durante veintitrés años, sobre todo en aquel estado y en unas aguas de las más peligrosas del planeta? Decididos a desentrañar aquel misterio, subieron a bordo.
El panorama a bordo era igual de desolador que visto desde fuera. El moho y la suciedad lo cubrían casi todo, las maderas de la cubierta estaban sueltas y medio podridas. ¿Y la tripulación? No tardaron en hallar a varios, o más bien sus esqueletos, cubiertos aún con los harapos de lo que un día habían sido sus ropas. Uno de ellos tras el timón, otros tres en el puente de mando, como si la muerte no hubiera sido suficiente para hacerles abandonar sus puestos. El resto de los tripulantes, en las mismas condiciones, estaba bajo cubierta. Nada encontraron que pudiera darles una pista de lo sucedido en aquel barco. Ni siquiera el diario de a bordos, que seguía en su sitio, pero tan podrido, que se deshizo con sólo tocarlo. Cada vez más inquietos por sus macabros hallazgos (y porque el estado del barco podía provocar que se hundiera en cualquier momento) los marineros del Johnson volvieron a su barco y se alejaron lo más rápido posible de aquel buque maldito que se alejaba lentamente hacia un final que parecía inminente.
La historia del Marlborough no tardó en convertirse en una de las historias de barcos fantasmas más conocidas entre las gentes del mar. Pero la solución de su misterio la darían algo más tarde unos balleneros norteamericanos que habían naufragado algún tiempo antes en las Shetland del Sur, un archipiélago distante apenas cien kilómetros de las costas antárticas. Viajando en busca de una base ballenera que por entonces había por la zona hallaron al Marlborough... en una remota bahía atrapado entre los hielos. Incluso subieron a bordo en busca de alimentos, pero no hallaron nada utilizable. Resulta probable que el Marlborough hubiera sufrido una tempestad tratando de doblar en cabo de Hornos que le habría empujado tan al sur, donde habría quedado atrapado en el hielo como un insecto en el ámbar. Sus tripulantes murieron de frío o de hambre... y quedaron atrapados con el barco, hasta que un tiempo algo más benigno que de costumbre liberó al barco de su prisión permitiéndole una última travesía.
Estamos en un agradable día de la primavera austral de 1913. El buque inglés Johnson, en ruta de Nueva Zelanda a Glasgow, está doblando el Cabo de Hornos, cerca ya de la ciudad chilena de Punta Arenas. La travesía transcurre con tranquilidad, el clima es idóneo para la navegación y cada uno se dedica a sus quehaceres habituales. Hasta que en un momento dado, alguien advierte la presencia, a cierta distancia, de otro barco. Parece estar en problemas; navega de manera errática y muestra una evidente escora, como si tuviera alguna vía de agua. El capitán da orden de acercarse, por si estuvieran en apuros.
Ya antes de llegar junto a él, el capitán del Johnson puede ver, a través de su catalejo, el estado del barco. Las velas desgarradas, la arboladura desvencijada, la suciedad y el descuido presentes por todas partes, hicieron pensar al capitán inmediatamente en la leyenda del Holandés Errante; tal era el estado del barco, que difícilmente podía imaginarse cómo es que seguía todavía a flote.
Decidido a descubrir el origen de tal misterio, el capitán reúne un grupo de marineros y se embarca con ellos en un bote para subir a bordo de aquel espectro flotante. La sorpresa de todos no tiene límites cuando distinguen el nombre del navío: el Marlborough.
El Marlborough era un elegante clipper botado en 1876 en los astilleros de Robert Duncan & Co., en Glasgow (Escocia). Propiedad de la naviera Shaw, Savill & Albion Co. Ltd., realizaba habitualmente la ruta entre Lyttleton (Nueva Zelanda) y Glasgow. Los tripulantes del Johnson conocían bien su nombre. Primero, porque realizaba la misma ruta que ellos. Y segundo, porque a los marineros les gusta contar historias de barcos perdidos. Y el Marlborough había desaparecido sin dejar rastro. Tras salir de Lyttleton un 11 de enero con un cargamento de lana y carne de oveja congelada y treinta personas a bordo (veintinueve tripulantes y una pasajera), al mando del capitán Herd, no se había vuelto a tener más noticias de él. Pero lo que realmente asombraba a sus descubridores era que todo ello había ocurrido... en 1890.
Los hombres del Johnson se miraban desconcertados unos a otros. ¿Era posible que un barco hubiera estado navegando a la deriva durante veintitrés años, sobre todo en aquel estado y en unas aguas de las más peligrosas del planeta? Decididos a desentrañar aquel misterio, subieron a bordo.
El panorama a bordo era igual de desolador que visto desde fuera. El moho y la suciedad lo cubrían casi todo, las maderas de la cubierta estaban sueltas y medio podridas. ¿Y la tripulación? No tardaron en hallar a varios, o más bien sus esqueletos, cubiertos aún con los harapos de lo que un día habían sido sus ropas. Uno de ellos tras el timón, otros tres en el puente de mando, como si la muerte no hubiera sido suficiente para hacerles abandonar sus puestos. El resto de los tripulantes, en las mismas condiciones, estaba bajo cubierta. Nada encontraron que pudiera darles una pista de lo sucedido en aquel barco. Ni siquiera el diario de a bordos, que seguía en su sitio, pero tan podrido, que se deshizo con sólo tocarlo. Cada vez más inquietos por sus macabros hallazgos (y porque el estado del barco podía provocar que se hundiera en cualquier momento) los marineros del Johnson volvieron a su barco y se alejaron lo más rápido posible de aquel buque maldito que se alejaba lentamente hacia un final que parecía inminente.
La historia del Marlborough no tardó en convertirse en una de las historias de barcos fantasmas más conocidas entre las gentes del mar. Pero la solución de su misterio la darían algo más tarde unos balleneros norteamericanos que habían naufragado algún tiempo antes en las Shetland del Sur, un archipiélago distante apenas cien kilómetros de las costas antárticas. Viajando en busca de una base ballenera que por entonces había por la zona hallaron al Marlborough... en una remota bahía atrapado entre los hielos. Incluso subieron a bordo en busca de alimentos, pero no hallaron nada utilizable. Resulta probable que el Marlborough hubiera sufrido una tempestad tratando de doblar en cabo de Hornos que le habría empujado tan al sur, donde habría quedado atrapado en el hielo como un insecto en el ámbar. Sus tripulantes murieron de frío o de hambre... y quedaron atrapados con el barco, hasta que un tiempo algo más benigno que de costumbre liberó al barco de su prisión permitiéndole una última travesía.
sábado, 17 de marzo de 2012
El rescate de Cabanatuan
Coronel Henry Andrew Mucci
El mayor de estos campos era el de Cabanatuan, así llamado por estar a unos kilómetros de dicha ciudad (aunque la población más cercana era una aldea llamada Pangatian). Situado en un antiguo campo de entrenamiento del ejército filipino, llegó a haber en él ocho mil prisioneros, aunque luego muchos fueron trasladados a otros lugares para ser empleados como trabajadores a la fuerza. En octubre de 1944 había todavía 2100 hombres en el campo, pero 1600 fueron trasladados, quedando solamente unos 500 prisioneros (casi todos norteamericanos, pero también ingleses y de otras nacionalidades), la mayoría enfermos o heridos.
Después de los éxitos iniciales, la guerra en el Pacífico había cambiado su signo y ahora eran los japoneses quienes llevaban las de perder y se veían obligados a retirarse uno tras otro de los territorios que habían ocupado. Las órdenes del Ministro de Guerra japonés eran muy claras: no liberar ni a un sólo prisionero, y si las tropas se ven obligadas a retirarse, eliminarlos a todos.
En octubre de 1944, las tropas norteamericanas desembarcaban en suelo filipino, en la isla de Leyte, cumpliendo así con lo que había dicho el general MacArthur al verse obligado a retirarse en 1942: Salí de Bataán, y volveré. El avance es contínuo y en enero el frente ya estaba a apenas 50 km. de Cabanatuan. El alto mando norteamericano sabía perfectamente que su avance ponía en serio riesgo a los prisioneros del campo, y empiezan a sopesar la posibilidad de organizar una expedición de rescate. Un hecho espeluznante da el impulso definitivo al proyecto: el 14 de diciembre los japoneses habían asesinado, quemándolos vivos, a 140 prisioneros del campo de Palawan.
El teniente general Walter Krueger, comandante en jefe del Sexto Ejército, encarga la complicada misión al teniente coronel Henry Mucci, al mando del 6º batallón de los Rangers. Mucci eligió para la operación a la Compañía C de los Rangers, reforzada por el pelotón 2º de la compañía F. En total, 120 soldados y 8 oficiales. Mucci explicó con claridad a los escogidos la misión encomendada y las dificultades a las que se enfrentaban: cruzar 50 kilómetros de selva, enfrentarse a fuerzas japonesas muy superiores en número y liberar a los prisioneros trasladándolos después a lugar seguro. Luego, les dió la oportunidad de rechazar la misión, si así lo deseaban. Ni uno solo de aquellos hombres se negó a ir.
El 28 de enero, los hombres de Mucci parten hacia el campo de prisioneros, guiados por colaboradores nativos. Esa misma noche, entran en contacto con la guerrilla local filipina, que habría de ayudarles en la misión. Mucci reúne informes sobre la situación de las tropas japonesas y la disposición del campo. Hay unos 200 soldados japoneses en el campo, y a apenas unos kilómetros, un destacamento con más de mil soldados que incluso disponen de tanques, acampado cerca del puente de Cabu. Afortunadamente, un grupo aún más numeroso de soldados japoneses acababa de dejar la zona.
El 30 de enero tiene lugar el asalto. Mientras la guerrilla filipina (reforzada con soldados americanos con bazookas, para acabar con los tanques), a las órdenes de los capitanes Juan Pajota y Eduardo Joson, se enfrenta a las tropas japonesas para impedirles llegar al campo, Mucci y sus hombres asaltarán el reducto, liberando a los prisioneros y huyendo con ellos. A las cinco de la tarde, los Rangers ya han tomado posiciones cerca del campo. A eso de las seis, un caza P-61 sobrevuela el campo, fingiendo tener problemas mecánicos, como distracción. A las 19:45, al amparo de la noche, Mucci da la orden de ataque. El pelotón 2º de la F toma la entrada trasera, mientras la Compañía C ataca la puerta principal. Los vigilantes de las torres son abatidos al instante y los soldados norteamericanos entran en el campo, eliminando toda resistencia. En apenas treinta minutos todos los guardianes del campo han sido abatidos, los prisioneros rescatados y se inicia la marcha de vuelta al campamento americano, mientras la guerrilla filipina cubre su retirada. Los japoneses han perdido a los 200 hombres del campo, más otros 300 (amén de cuatro tanques) durante la emboscada de los filipinos. Las bajas aliadas son sólo de dos Rangers muertos (el capitán James Fisher, cirujano del batallón, y el cabo Roy Sweezy) y cuatro heridos, un prisionero muerto (de un ataque al corazón) y veinte guerrilleros filipinos. Se ha logrado rescatar a 522 prisioneros. Como curiosidad un prisionero británico llamado Edwin Rose se escondió en las letrinas al iniciarse el ataque y cuando salió se encontró con que los americanos ya se habían ido sin él. Afortunadamente, los filipinos lo encontraron al día siguiente y lo ayudaron a pasar a territorio seguro.
Protegidos en su huida por los filipinos, con la ayuda de la población local y con camiones para transportar a los más débiles, apenas doce horas después prisioneros y rescatadores están de vuelta en su base.
La misión se convirtió en una de las acciones más populares de la Segunda Guerra Mundial, conocida como The Great Raid (El gran ataque o La gran incursión) o The Raid at Cabanatuan (La incursión de Cabanatuan). Numerosas medallas se concedieron a raiz de la misión: Mucci y el capitán Robert Prince, que mandaba la Compañía C, recibieron la Cruz por Servicio Distinguido, segunda máxima distinción del Ejército norteamericano. Todos los oficiales recibieron la Estrella de Plata, y todos los soldados, así como los oficiales filipinos que intervinieron en la acción, recibieron la Estrella de Bronce.
Mapa de la región, con el avance y la retirada de los norteamericanos
sábado, 10 de marzo de 2012
El misterio del esqueleto reconstruido
26 de julio de 2007. Mientras una ola de calor azota la península italiana, los bomberos de Roma reciben el aviso de un incendio, aparentemente provocado, en un cañaveral del barrio de Magliana, a las afueras de la ciudad, a orillas del Tiber. Pero una vez sofocado el incendio, tiene lugar un macabro hallazgo: en el solar, junto a un viejo muro semiderruido, encuentran un esqueleto humano. Tendido, apenas protegido, totalmente descarnado, había resultado afectado por las llamas. Cerca de él, la Policía halla unas llaves, varias prendas de ropa y un documento de identidad, perteneciente a un tal Libero Ricci, un ex-empleado del Vaticano jubilado de 77 años, desparecido desde el 31 de octubre de 2003, cuando salió de su casa para dar uno de sus habituales paseos y no volvió a saberse nada de él. Hasta aquí el caso parecía sencillo: aquellos restos seguramente eran los del signore Ricci, que habría sufrido alguna indisposición o había sido agredido durante su paseo y había muerto allí mismo; y al tratarse de un lugar apartado, nadie reparó en el cuerpo. Pero cuando los restos fueron llevados al laboratorio forense, descubrieron que el misterio sólo acababa de empezar.
Cuando se comparó el ADN de aquellos huesos con el de la familia de Ricci saltó la sorpresa. Aquel no era el esqueleto de Líbero Ricci. De hecho, no era estrictamente un esqueleto. Se trataba en realidad de un puzzle compuesto por los restos de al menos cinco personas, tres mujeres y dos hombres, muertos a lo largo de veinte años. El cráneo y la columna vertebral pertenecían a una mujer muerta antes de 2006. La tibia y el peroné izquierdos, a una mujer muerta antes del 2000. La tercera mujer había muerto al menos antes de 1998. Y los hombres habían muerto uno entre 2002 y 2006 (el propietario de una de las clavículas) y el otro (que aportaba un fémur) entre 1986 y 1989. Los distintos restos estaban combinados con gran habilidad, dando la impresión de ser un único cuerpo (sólo faltaban algunos pequeños huesos de las articulaciones de muñecas y tobillos).
Las pruebas de ADN no permitieron identificar a ninguno de las cinco personas. Sin embargo, si que dieron un resultado que contribuyó a confundir más el caso. Los técnicos descubrieron una coincidencia entre el ADN mitocondrial de la propietaria del cráneo y la columna con el de Ricci, lo que demostraba que estaba emparentada con él por vía materna.
Otros datos curiosos salieron a la luz. La documentación y las llaves halladas cerca de los restos eran de Ricci, pero no así las ropas. Y el incendio que llevó a descubrir el cuerpo había sido a todas luces intencionado, como si alguien hubiera querido revelar la presencia del rompecabezas óseo.
¿Se trataba de los trofeos de un asesino en serie que había pasado desapercibido hasta el momento? ¿O quizá era el fruto del trabajo de un morboso coleccionista y saqueador de tumbas? ¿Y cómo encajaba Ricci en el caso? Hasta el momento de su desaparición, había llevado una vida intachable, era querido por su familia y amigos y no se le conocían enemigos. ¿Había sido una víctima más o era el responsable?
Lamentablemente, ni las investigaciones policiales ni la relevancia pública que alcanzó el caso llevaron a la resolución del caso. Los cinco desconocidos no han sido todavía identificados ni ne ha podido averiguar nada del paradero de Libero Ricci, ni descubrir qué se esconde tras este retorcido caso.
sábado, 3 de marzo de 2012
El hombre que nunca existió: la operación Mincemeat
Playa de El Portil, en Cartaya (Huelva)
El 30 de abril de 1943 un pescador español hallaba en la playa de El Portil (Huelva) un cadáver con uniforme del ejército británico y un chaleco salvavidas puesto. Dió aviso inmediatamente a las autoridades, las cuales a su vez avisaron a los británicos, quienes reconocieron el cadáver como el de uno de sus hombres, que viajaba en un avión que se había dado por perdido en el Atlántico cuando viajaba desde el norte de África hacia Inglaterra. El vicecónsul F. K. Hazeldene se hizo cargo del cuerpo y, tras un examen forense superficial que concluyó que el fallecido había muerto ahogado y llevaba entre tres y cinco días en el agua, el cadáver, identificado como el del comandante William Martin, de los Royal Marines, fué enterrado en Huelva. Pero por aquel entonces España, bajo la dictadura del general Franco, aunque oficialmente era neutral, no escondía sus simpatías por el Eje. Los alemanes tenían una amplia red de espías y colaboradores por todo el país y se enteraban de lo que pasaba antes incluso que las propias autoridades españolas. Agentes alemanes tuvieron ocasión de examinar cuidadosamente aquel cadáver y sus pertenencias antes de que fuera entregado a los británicos. Incluso sus cartas personales fueron copiadas por si en ellas había alguna información relevante. Y resultó que la había: el fallecido portaba una carta del teniente general sir Archibald Nye, subjefe del Estado Mayor británico, al general sir Harold Alexander, comandante del ejército británico del norte de África donde se hacía referencia a un proyectado desembarco de las tropas aliadas del norte de África en Cerdeña y Grecia, a la vez que se intentaba convencer a los alemanes de que el verdadero desembarco tendría lugar en Sicilia. Con esa información, los alemanes reforzaron sus posiciones en ambos lugares. Sin duda debieron quedar muy sorprendidos cuando el desembarco se produjo... en Sicilia. Habían sido víctimas de una de las operaciones más ingeniosas del contraespionaje aliado en la Segunda Guerra Mundial. Porque aquella carta era falsa. Y aquel cadáver era el hombre que nunca existió.
La labor de los servicios secretos no sólo consiste en averiguar los secretos del enemigo. También deben evitar que el enemigo conozca los secretos propios y, si es posible, proporcionarle información falsa. La cuestión es hacerle llegar esa información de un modo que no les haga sospechar que es falsa.
Tras la derrota de los alemanes en el norte de África, el siguiente paso de los aliados era llevar a esas tropas que ya no tenían contra quién combatir a Europa, para abrir un nuevo frente de batalla contra los nazis. Una operación arriesgada que debía ser ejecutada con la mayor de las cautelas para evitar que los alemanes les estuvieran esperando en el momento del desembarco. A un capitán de la RAF se le ocurrió lanzar sobre Francia un cadáver en paracaídas con un receptor de radio, pero la idea se desechó. Sin embargo, el capitán de corbeta Ewen Montagu, oficial de la inteligencia naval, creyó que era una buena idea de partida y logró que le permitieran llevarla a cabo, en una operación que recibió el nombre en clave de Mincemeat (carne picada).
Primero se prepararon los documentos que había de llevar el cadáver. Para que el engaño no resultara evidente, se decidió que la información fuera en una carta personal, y no en un documento oficial; una carta entre Nye y Alexander con una referencia como de pasada al supuesto plan de desembarco fué la opción elegida. También decidieron que fingirían que el cadáver sería el del ocupante de un avión estrellado en el mar, como versión más verosímil para explicar su llegada a poder de los alemanes.
El siguiente paso, encontrar un cadáver apropiado. No tardaron en encontrar el candidato ideal: un hombre de 34 años, muerto de neumonía causada por la ingestión de raticida. Su familia dió el consentimiento para que se utilizara su cadáver, a condición de que tuviera un entierro digno y prestara un servicio importante al país. Nunca se ha confirmado la identidad del individuo, pero se apunta a que pudiera tratarse de Michael Glyndwyr, un vagabundo alcohólico de origen galés. Otros investigadores sostienen que se trataba del cuerpo de un marinero inglés muerto en el hundimiento del portaaviones HMS Dasher el 27 de marzo.
A partir de ahí Montagu y su equipo crearon una personalidad completa para el fallecido: William Martin (se eligió este nombre por ser muy común), capitán de los Royal Marines (aunque con el rango temporal de comandante), experto en operaciones anfibias. Se le proporcionaron todos los objetos que un hombre de su posición debería llevar: documentación personal, cartas de su banco, facturas, entradas de teatro, dinero, cerillas, etc. Y también cartas personales: de su padre, varias de su novia Pam (escritas en realidad por una secretaria del MI5). Y la famosa carta falsa de Nye a Alexander, reforzada por otra carta, también falsa, de lord Mountbatten (jefe de Operaciones Combinadas) al almirante sir Andrew Cunningham alabando las cualidades de Martin como experto en operaciones anfibias. Todo ello se guardó en un maletín que se amarró con unas esposas a la muñeca del cadáver.
El cadáver, vestido de oficial y con todos sus objetos personales, fué metido en un cajón estanco con hielo y embarcado el 19 de abril en el submarino HMS Seraph, que lo trasladó en el mayor de los secretos a la costa española. Sólo el oficial al mando, el comandante Jewell, sabía el contenido del cajón, y sólo lo reveló a sus oficiales en el momento mismo de arrojar el cadáver al agua, en la madrugada del día 30. El Seraph se quedó en las inmediaciones hasta que se aseguró de que el cadáver llegaba a la costa, y regresó a su base.
Pese a la dificultad que entrañaba el plan todo salió como estaba planeado. Curiosamente, el único que sospechó de aquel cuerpo fue el médico español que lo examinó. Él había visto muchos cadáveres de ahogados y le extrañaba que aquel cuerpo, que en teoría llevaba varios días en el agua, no tuviera señales de haber sido atacado por peces carroñeros, que suelen tener preferencia por las partes blandas, como los ojos o los labios. Pero los alemanes desecharon sus sospechas. Cuando se llevaron de vuelta a Inglaterra los efectos del "capitán Martin" se examinaron las cartas y se confirmó que habían sido abiertas y luego vueltas a cerrar cuidadosamente. El desembarco en Sicilia, conocido como "Operación Husky" fué un éxito rotundo. Años más tarde, cuando se tuvo acceso a la correspondencia de Hitler, se demostró que el Fuhrer había dado una credibilidad absoluta a la información obtenida del cuerpo de Martin, hasta el punto de que ordenó personalmente reforzar las posiciones alemanas en Cerdeña y Grecia, usando incluso divisiones que eran necesarias en otros frentes, y rechazando frontalmente cualquier sospecha de que los aliados iban a desembarcar en Sicilia.
El cuerpo del falso oficial sigue enterrado en el cementerio onubense de Nuestra Señora de la Soledad, bajo una lápida con la inscripción William Martin. Nacido el 25 de marzo de 1907. Muerto el 24 de abril de 1943. Amado hijo de John Glyndwyr Martin y Antonia Martin, de Cardiff (Gales). Dulce et decorum est pro patria mori. R. I. P.
La historia salió a la luz ya en los años 50, cuando Montagu publicó un libro titulado precisamente The man who never was, en el que contaba todos los detalles de la operación, y que sería llevado al cine en una película de igual título estrenada en 1956.
El 30 de abril de 1943 un pescador español hallaba en la playa de El Portil (Huelva) un cadáver con uniforme del ejército británico y un chaleco salvavidas puesto. Dió aviso inmediatamente a las autoridades, las cuales a su vez avisaron a los británicos, quienes reconocieron el cadáver como el de uno de sus hombres, que viajaba en un avión que se había dado por perdido en el Atlántico cuando viajaba desde el norte de África hacia Inglaterra. El vicecónsul F. K. Hazeldene se hizo cargo del cuerpo y, tras un examen forense superficial que concluyó que el fallecido había muerto ahogado y llevaba entre tres y cinco días en el agua, el cadáver, identificado como el del comandante William Martin, de los Royal Marines, fué enterrado en Huelva. Pero por aquel entonces España, bajo la dictadura del general Franco, aunque oficialmente era neutral, no escondía sus simpatías por el Eje. Los alemanes tenían una amplia red de espías y colaboradores por todo el país y se enteraban de lo que pasaba antes incluso que las propias autoridades españolas. Agentes alemanes tuvieron ocasión de examinar cuidadosamente aquel cadáver y sus pertenencias antes de que fuera entregado a los británicos. Incluso sus cartas personales fueron copiadas por si en ellas había alguna información relevante. Y resultó que la había: el fallecido portaba una carta del teniente general sir Archibald Nye, subjefe del Estado Mayor británico, al general sir Harold Alexander, comandante del ejército británico del norte de África donde se hacía referencia a un proyectado desembarco de las tropas aliadas del norte de África en Cerdeña y Grecia, a la vez que se intentaba convencer a los alemanes de que el verdadero desembarco tendría lugar en Sicilia. Con esa información, los alemanes reforzaron sus posiciones en ambos lugares. Sin duda debieron quedar muy sorprendidos cuando el desembarco se produjo... en Sicilia. Habían sido víctimas de una de las operaciones más ingeniosas del contraespionaje aliado en la Segunda Guerra Mundial. Porque aquella carta era falsa. Y aquel cadáver era el hombre que nunca existió.
La labor de los servicios secretos no sólo consiste en averiguar los secretos del enemigo. También deben evitar que el enemigo conozca los secretos propios y, si es posible, proporcionarle información falsa. La cuestión es hacerle llegar esa información de un modo que no les haga sospechar que es falsa.
Tras la derrota de los alemanes en el norte de África, el siguiente paso de los aliados era llevar a esas tropas que ya no tenían contra quién combatir a Europa, para abrir un nuevo frente de batalla contra los nazis. Una operación arriesgada que debía ser ejecutada con la mayor de las cautelas para evitar que los alemanes les estuvieran esperando en el momento del desembarco. A un capitán de la RAF se le ocurrió lanzar sobre Francia un cadáver en paracaídas con un receptor de radio, pero la idea se desechó. Sin embargo, el capitán de corbeta Ewen Montagu, oficial de la inteligencia naval, creyó que era una buena idea de partida y logró que le permitieran llevarla a cabo, en una operación que recibió el nombre en clave de Mincemeat (carne picada).
Primero se prepararon los documentos que había de llevar el cadáver. Para que el engaño no resultara evidente, se decidió que la información fuera en una carta personal, y no en un documento oficial; una carta entre Nye y Alexander con una referencia como de pasada al supuesto plan de desembarco fué la opción elegida. También decidieron que fingirían que el cadáver sería el del ocupante de un avión estrellado en el mar, como versión más verosímil para explicar su llegada a poder de los alemanes.
El siguiente paso, encontrar un cadáver apropiado. No tardaron en encontrar el candidato ideal: un hombre de 34 años, muerto de neumonía causada por la ingestión de raticida. Su familia dió el consentimiento para que se utilizara su cadáver, a condición de que tuviera un entierro digno y prestara un servicio importante al país. Nunca se ha confirmado la identidad del individuo, pero se apunta a que pudiera tratarse de Michael Glyndwyr, un vagabundo alcohólico de origen galés. Otros investigadores sostienen que se trataba del cuerpo de un marinero inglés muerto en el hundimiento del portaaviones HMS Dasher el 27 de marzo.
A partir de ahí Montagu y su equipo crearon una personalidad completa para el fallecido: William Martin (se eligió este nombre por ser muy común), capitán de los Royal Marines (aunque con el rango temporal de comandante), experto en operaciones anfibias. Se le proporcionaron todos los objetos que un hombre de su posición debería llevar: documentación personal, cartas de su banco, facturas, entradas de teatro, dinero, cerillas, etc. Y también cartas personales: de su padre, varias de su novia Pam (escritas en realidad por una secretaria del MI5). Y la famosa carta falsa de Nye a Alexander, reforzada por otra carta, también falsa, de lord Mountbatten (jefe de Operaciones Combinadas) al almirante sir Andrew Cunningham alabando las cualidades de Martin como experto en operaciones anfibias. Todo ello se guardó en un maletín que se amarró con unas esposas a la muñeca del cadáver.
El cadáver, vestido de oficial y con todos sus objetos personales, fué metido en un cajón estanco con hielo y embarcado el 19 de abril en el submarino HMS Seraph, que lo trasladó en el mayor de los secretos a la costa española. Sólo el oficial al mando, el comandante Jewell, sabía el contenido del cajón, y sólo lo reveló a sus oficiales en el momento mismo de arrojar el cadáver al agua, en la madrugada del día 30. El Seraph se quedó en las inmediaciones hasta que se aseguró de que el cadáver llegaba a la costa, y regresó a su base.
Pese a la dificultad que entrañaba el plan todo salió como estaba planeado. Curiosamente, el único que sospechó de aquel cuerpo fue el médico español que lo examinó. Él había visto muchos cadáveres de ahogados y le extrañaba que aquel cuerpo, que en teoría llevaba varios días en el agua, no tuviera señales de haber sido atacado por peces carroñeros, que suelen tener preferencia por las partes blandas, como los ojos o los labios. Pero los alemanes desecharon sus sospechas. Cuando se llevaron de vuelta a Inglaterra los efectos del "capitán Martin" se examinaron las cartas y se confirmó que habían sido abiertas y luego vueltas a cerrar cuidadosamente. El desembarco en Sicilia, conocido como "Operación Husky" fué un éxito rotundo. Años más tarde, cuando se tuvo acceso a la correspondencia de Hitler, se demostró que el Fuhrer había dado una credibilidad absoluta a la información obtenida del cuerpo de Martin, hasta el punto de que ordenó personalmente reforzar las posiciones alemanas en Cerdeña y Grecia, usando incluso divisiones que eran necesarias en otros frentes, y rechazando frontalmente cualquier sospecha de que los aliados iban a desembarcar en Sicilia.
El cuerpo del falso oficial sigue enterrado en el cementerio onubense de Nuestra Señora de la Soledad, bajo una lápida con la inscripción William Martin. Nacido el 25 de marzo de 1907. Muerto el 24 de abril de 1943. Amado hijo de John Glyndwyr Martin y Antonia Martin, de Cardiff (Gales). Dulce et decorum est pro patria mori. R. I. P.
La historia salió a la luz ya en los años 50, cuando Montagu publicó un libro titulado precisamente The man who never was, en el que contaba todos los detalles de la operación, y que sería llevado al cine en una película de igual título estrenada en 1956.
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