Verba volant, scripta manent

martes, 29 de agosto de 2017

El crimen de la calle Fuencarral



La mañana del 2 de julio de 1888, los vecinos de la madrileña calle Fuencarral llamaban asustados a la policía al notar que del segundo izquierda del portal 109 salía humo y un desagradable olor a quemado. Los agentes derribaron la puerta del piso y hallaron en la alcoba principal el cuerpo parcialmente quemado de una mujer, que sería luego identificada como Luciana Borcino, natural de la villa pontevedresa de Baiona, viuda de Vázquez Varela. Una dama acomodada (le atribuían una renta de 5000 duros al año) de 50 años de edad, irascible y de carácter agrio, y con fama de durarle poco las criadas. El cuerpo estaba tendido boca arriba en el suelo, a los pies de la cama, descalzo, y sobre él habían arrojado trapos empapados en petróleo a los que luego se había prendido fuego. A pesar de ello, todavía se distinguían en el pecho del cadáver marcas de sangre que hacían pensar que había sido apuñalada antes de ser quemada. Daba así comienzo a uno de los casos criminales más famosos y que más atención generó de la historia negra española del siglo XIX.

Al registrar la casa, la policía halló en otra habitación a una mujer desmayada, junto al perro de la casa (un bulldog que, según los vecinos, se mostraba agresivo y fiero con los extraños), también inconsciente. La mujer era la criada de la señora; se llamaba Higinia Balaguer Ostalé, soltera, de veintiseis años, natural del pueblo de Ainzón, en el partido judicial de Borja (Zaragoza), que llevaba unos seis meses al servicio de la viuda de Vázquez Varela. Una vez hubo vuelto en si la criada, ésta negó saber nada del crimen; según dijo, la noche anterior un hombre desconocido había venido a ver a su señora y ella se había retirado a dormir, dejándolos a solas. La explicación no satisfizo a las autoridades que, tras un nuevo interrogatorio, obtuvieron una versión diferente: Higinia acusó del crimen al único hijo de doña Luciana, José Vázquez Varela, conocido como Varelita o el Pollo Varela, un joven de 23 años y de pésima reputación. El Pollo Varela llevaba una vida de vicio y depravación; era amante de Dolores Ávila, conocida como Lola la Billetera, quien casualmente era amiga íntima de la criada Higinia, y acudía con frecuencia a pedirle dinero a su madre, amenazándola con quemarla viva si no se lo daba y llegando a agredirla en alguna ocasión. El problema era que el Pollo Varela parecía tener una coartada sólida: en el momento del crimen, estaba en la Cárcel Modelo de Madrid cumpliendo una condena de tres meses de cárcel por el hurto de una capa.

No obstante, en su declaración Higinia afirmaba que eran vox pópuli las buenas relaciones entre Varela y el director de la Modelo, José Millán Astray (padre del general José Millán-Astray, fundador de la Legión española), y que Varela entraba y salía de la cárcel a su antojo. Ante estas declaraciones, el juez decidió procesar a Higinia y al Pollo Varela, como presuntos autores; y a Dolores Ávila, a su hermana María y a José Millán Astray como presuntos colaboradores.

José Vázquez Varela Borcino, el Pollo Varela

El crimen despertó un interés sin precendentes entre la sociedad madrileña y española. Los numerosos periódicos de la capital publicaban diariamente columnas dedicadas a todos los pormenores y novedades del caso y el caso se convirtió en uno de los temas estrella de las tertulias de los cafés. Se crearon incluso bandos: los higinistas, partidarios de la criada, y los varelistas, defensores de la inocencia del hijo de la víctima. Las connotaciones sociales y políticas del caso no hacían sino aumentar el tono de las discusiones. Así, muchos veían en Higinia a una víctima, una joven de clase humilde a la que querían culpar del crimen para proteger al Pollo Varela, el arquetipo de joven burgués licencioso y depravado, acostumbrado a salirse siempre con la suya. Además, José Millán, otro de los implicados, era un funcionario que ya tenía un expediente abierto por irregularidades cometidas en su anterior destino en el penal de Valencia, y que había medrado gracias a la protección del poderoso Eugenio Montero Ríos, presidente del Tribunal Supremo y antiguo ministro de Justicia. Tan confiado estaba Millán en el poder de su ilustre protector, que llegó a decir a un periodista: "Si a mí se me tocara un pelo, bajaría el presidente del Supremo de su silla".

La primera sesión del juicio tuvo lugar en el Palacio de Justicia de Madrid el 26 de marzo de 1889, ante una expectación sin precedentes. Miles de personas se agolpaban frente al juzgado tratando de hacerse con uno de los escasos sitios disponibles en la sala (algunos hicieron cola desde el día anterior) o para ver la llegada de los acusados. Entre los asistentes habituales estaba el escritor Benito Pérez Galdós, quien escribió una serie de atinadas crónicas para el diario argentino La Prensa. Como muestra de la importancia del caso, baste decir que Nicolás Salmerón, diputado en las Cortes y antiguo presidente de la Primera República, había aceptado hacerse cargo de la defensa de Higinia de manera desinteresada. Otro de los aspectos destacables es que, por primera vez, se aceptó la presencia como acusación de la acción popular, ejercida por varios de los periódicos más importantes de Madrid (La República, El País, La Iberia, El Resumen, El Liberal y La Opinión), cuyos directores consideraban que todo el sumario estaba plagado de irregularidades e intromisiones políticas. La mayoría de aquellos periódicos opinaba que Higinia sólo era una cabeza de turco, y que su participación en el asesinato había sido secundaria, siendo Varela (como autor) y Millán (como instigador) los verdaderos responsables.

Retrato de Higinia Balaguer, obra de Benito Pérez Galdós
Durante el juicio, la actitud de la criada no ayudó precisamente a su credibilidad. Llegó a confesar haber sido la autora del crimen, tras discutir con su señora por haber roto un jarrón, pero luego cambiaría su versión para acusar a Varela. No era algo inesperado, ya que en sus distintas declaraciones Higinia cambió en al menos veinte ocasiones su versión, unas veces admitiendo su culpa, otras culpando a Varela, e incluso atribuyendo el asesinato a su amiga Dolores. Llegó incluso a decir que había entrado a servir a doña Luciana para ayudar a su hijo a robarle. Entre todas estas versiones, resulta imposible saber cuál era la verdadera, si alguna de ellas lo era. También se destacaron datos relevantes, como el hecho de que el perro de la casa (que no toleraba a los extraños) hubiera sido narcotizado, o la relación previa que se descubrió entre Higinia y Millán; la criada había vivido varios años con "el cojo Mayoral", dueño de un bar situado enfrente mismo de la Modelo, al que Milán era asiduo, lo que hacía muy probable que ambos se hubieran conocido mucho antes del crimen.

Finalmente, el 25 de mayo de 1889, tras 36 sesiones y las declaraciones de 165 testigos, la sentencia consideró probado que la mañana del 1 de julio de 1888, cuando doña Luciana marchó a escuchar misa, Higinia aprovechó para drogar al perro y, cuando su ama regresó, la criada "sola o con la ayuda de alguna otra persona" le dio muerte. A continuación, abandonó la casa llevando consigo más de noventa y dos mil reales y algunas joyas pertenecientes a la difunta (dinero que jamás se halló) que entregó a su amiga Dolores; y al regresar montó la pantomima del incendio. Así, por el delito de robo con asesinato Higinia Balaguer era condenada a la pena capital, mientras que su amiga Dolores, acusada de complicidad, a 18 años de cárcel. José Vázquez Varela, José Millán y María Ávila eran absueltos, aunque su implicación en el caso no sólo le costó a Millán su puesto, sino que su protector Montero Ríos también se vio obligado a dimitir como consecuencia de haber visto su nombre relacionado con el escándalo.

El 19 de junio de 1900, ante más de 20000 expectantes madrileños (fue la última ejecución pública celebrada en Madrid), Higinia Balaguer fue agarrotada en un patíbulo construido sobre los muros de la Cárcel Modelo. Poco antes de morir gritó "¡Dolores!¡Catorce mil duros!", una misteriosa frase a la que no se encontró significado. Entre los asistentes a la ejecución estaban los escritores Emilia Pardo Bazán y Pío Baroja. El cuerpo de Higinia permaneció varias horas en el lugar de su muerte, con fines de "ejemplaridad social".

No sería la última vez que el Pollo Varela se las tuviera con la justicia. Años más tarde, se vería implicado en la extraña muerte de una prostituta que cayó al vacío desde un piso de la calle Montera. En esta ocasión no se libró del castigo y pasó catorce años en el penal de Ceuta. Cuando salió, aparentemente reformado, montó un exitoso estudio fotográfico, aunque para evitar ser asociado con su turbulento pasado acostumbraba a firmar sus trabajos como Vázquez.

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