Verba volant, scripta manent

jueves, 24 de mayo de 2012

¡Demasiados emperadores en el Imperio Romano!

                         Constantino I el Grande (272-337)

Ya he hablado alguna vez en este blog de Diocleciano (244-311), el que posiblemente fué el último gran emperador romano. Llegó al poder en 284 tras un periodo de anarquía en el que se sucedieron hasta quince emperadores en apenas cincuenta años.
Diocleciano encontró a su llegada un imperio en absoluta decadencia, en crisis política y económica, corrupto, empobrecido y desangrado por las luchas intestinas por el poder. Por ello, llevó a cabo una serie de profundas reformas económicas, políticas y sucesorias. La más conocida de ellas fué dividir al Imperio en dos: el Imperio Romano de Oriente, con capital en Nicomedia; y el Imperio Romano de Occidente, con capital en Milan. Se reservó para él el trono del Imperio de Oriente y nombró emperador de Occidente a un general de su confianza, llamado Maximiano, y estableció una especie de tutela o supervisión del Imperio de Oriente sobre el de Occidente.
Y para evitar las guerras civiles y los enfrentamientos internos por el poder quiso aclarar el asunto sucesorio de una vez por todas. Decidió que cada uno de los emperadores, con el título de Augusto, elegiría un sucesor o segundo al mando con el título, más modesto, de César. Después de veinte años de reinado, el emperador abdicaría de su cargo y se retiraría, pasando el César a ser Augusto y eligiendo a un nuevo César en el que posteriormente delegar el cargo. Y así sucesivamente. Creyó que de este modo acabarían las disputas sucesorias y el traspaso de poder se haría de manera pacífica.
Ingenuo.
Al principio todo salió bien. Diocleciano y Maximiano abdicaron el 1 de mayo de 305 en sus respectivos césares, Constancio Cloro en Occidente y Galerio en Oriente, y se retiraron a la vida privada. El problema surgió cuando, en julio de 306, Constancio Cloro enfermó y murió en Eburacum (actual York) durante una campaña contra los pictos. Sus soldados aclamaron entonces emperador a su hijo, Constantino, pero éste, modesto él, prefirió el título de César, nombramiento que Galerio aceptó de mala gana. Claro que había problemas más urgentes:  teóricamente, ahora el trono correspondía al césar de Constancio, Severo II; pero en Roma, el hijo de Maximiano, Majencio (que además era yerno de Galerio), se autoproclamó Augusto y reclamó el trono. Como no las tenía todas consigo, reclamó la ayuda de su padre, que volvió del retiro y reasumió el cargo del que había abdicado. Entonces, Constantino debió pensar que si todo el mundo se proclamaba emperador, él no iba a ser menos; se proclamó Augusto y reclamó el trono. Con lo cual tenemos ya a cuatro Augustos en disputa, más Galerio en Oriente.
El primero en caer fué Severo. Trató de combatir a Majencio y Maximiano pero buena parte de sus tropas seguían siendo leales al antiguo emperador y le traicionaron. Obligado a huir, negoció con Majencio su renuncia a sus derechos a cambio de salvar la vida, pero Majencio le traicionó y le hizo asesinar en septiembre de 307.
No se notó mucho su falta, porque en noviembre de 308, Galerio proclamó Augusto a Licinio, general e íntimo amigo suyo, para que tratara de pacificar, al menos en parte, el Imperio. Poco antes, el gobernador de África y Cerdeña, Domicio Alejandro, también se había proclamado Augusto, con lo que ya tenemos a cinco Augustos pululando por el Imperio (de Occidente).
La alianza entre Maximiano y Majencio se rompió y Maximiano se vió obligado a huir y ponerse bajo la protección de Constantino en 309, pero al año siguiente se rebeló contra él. Sin apenas apoyos, fué capturado en Massilia (Marsella) y acabó suicidándose en julio de 310. Mas o menos a la vez, Maximino Daya, césar de Galerio, pensó que podía sacar partido de la confusión y también se nombró Augusto (qué originalidad...).
Recapitulemos: tenemos a Majencio, Constantino y Licinio en Occidente, a Galerio y Maximino II Daya en Oriente y a Domicio Alejandro correteando por África. Éste último trató de aliarse con Constantino, pero Majencio envió tropas a África, que derrotaron, capturaron y ejecutaron a Domicio en 311. En mayo de ese año murió de enfermedad Galerio, y el territorio que él controlaba se lo repartieron entre Maximino y Licinio.
En la primavera de 312, Constantino entró en Italia buscando a Majencio. Ambos ejércitos se enfrentaron al norte de Roma el 28 de octubre de 312. La victoria de Constantino fué total y Majencio se ahogó tratndo de huir.
Las cosas tampoco estaban tranquilas en Oriente. Maximino II había tratado de aliarse con Majencio, lo que enfadó sobremanera a Licinio. Las tropas de Licinio derrotaron a las de Maximino, que, forzado a huir, se refugió en Tarso, donde murió (seguramente envenenado) en agosto de 313.
Uno tras otro, todos aquellos emperadores habían ido cayendo hasta que sólo habían quedado dos: Constantino en Occidente y Licinio en Oriente. Y aún entonces, a ambos supervivientes les parecían demasiados. Firmaron una tregua en el 314, que ninguno de los dos confiaba que durase. Así que no tardaron en andar a la gresca. Licinio se sacó de la manga en 316 a un nuevo coemperador, un tal Valerio Valente, al que pomposamente nombró (sólo de palabra) emperador de Occidente. Pero en 317 Constantino derrotó a Licinio y le impuso una nueva tregua y, como parte del trato, le obligó a ejecutar a Valente.
En 324 se reanudaron las hostilidades. Constantino atacó a Licinio, a quien para vengarse no se le ocurrió nada mejor que volver a nombrar por su cuenta un emperador de Occidente, un tal Martiniano. Esta vez, Constantino derrotó definitivamente a sus rivales en Crisópolis (norte de la actual Turquía) y tras capturarlos, los confinó, a Licinio en Tesalónica y a Martiniano en Capadocia. Pero pasados unos meses, cambió de opinión y los hizo ejecutar.
Quedó así Constantino I el Grande dueño y señor de todo el Imperio romano. Ambos imperios continuarían uniéndose y separándose por breves períodos, hasta su separación definitiva a finales del siglo IV.
Y como curiosidad, en este batiburrillo donde todo el mundo se autoproclamaba Augusto con una pasmosa facilidad, hubo alguien que no lo quiso. En los primeros tiempos de conflicto, Diocleciano trató de mediar entre los distintos bandos, infructuosamente. En cierta ocasión, el pueblo le aclamó y le pidió que volviera al trono para acabar con la incertidumbre y restablecer la paz. Y él respondió, tranquilamente, que tal cosa sólo podía proponérsela alguien que no había visto lo hermosas que crecían las coles en el huerto de su palacio, que él mismo cuidaba. Y se volvió a su retiro en Spalato (actual Split, en Croacia), donde permaneció hasta su muerte en 311.
Recapitulemos para quienes se hayan perdido durante mi narración:

- Diocleciano (284-305)
- Maximiano (286-305; 306-308; 310)
- Constancio Cloro (305-306)
- Galerio (305-311)
- Severo II (306-307)
- Majencio (306-312)
- Constantino I (306-337)
- Licinio (308-324)
- Domicio Alejandro (308-311)
- Maximino II Daya (309-313)
- Valerio Valente (316-317)
- Martiniano (324)

1 comentario:

  1. Excelente entrada! Yo me enganché a la historia de Roma de la mano de Indro Montanelli, y es mi libro de cabecera desde hace 20 años.

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