Verba volant, scripta manent

martes, 30 de octubre de 2012

Lope de Aguirre


El pasado 27 de octubre se cumplieron exactamente 451 años de la muerte de Lope de Aguirre, protagonista de una de las más sangrientas epopeyas de la conquista de América por los españoles. Aprovecho la efeméride para recuperar un artículo que escribí hace unos años para Armagedón, una web de temática bélica desgraciadamente ya desaparecida.


Fue hombre de casi cincuenta años, muy pequeño y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos que si miraban de hito le estaban bullendo en el casco, en especial cuando estaba enojado… Fue gran sufridor de trabajos, especialmente del sueño, que en todo el tiempo de su tiranía pocas veces le vieron dormir, sino era algún rato del día, que siempre le hallaban velando. Caminaba mucho a pie y cargado con mucho peso; sufría continuamente muchas armas a cuestas; muchas veces andaba con dos cotas bien pesadas, y espada y daga y celada de acero, y su arcabuz o lanza en la mano; otras veces un peto (Vázquez describe a Lope de Aguirre).
Lope de Aguirre nació en Oñate (Guipúzcoa) entre los años 1511 y 1515, siendo hijo segundón de una familia hidalga acomodada pero no rica. Destinada la herencia a su hermano mayor, las opciones que se le presentan son el sacerdocio, el ejército o buscar fortuna por su cuenta. Vive un tiempo en la pujante Sevilla del XVI, donde aprende el oficio de domador de caballos, y escucha las múltiples historias que corren acerca del Nuevo Mundo: de Sevilla parten cada primavera la Carrera de Nueva España (rumbo a Veracruz y otros puertos de América Central y las Antillas) y la Carrera de Tierra Firme (hacia Cartagena de Indias y Porto Bello). Lope de Aguirre embarca hacia América en 1534 y durante unos años poco se sabe de él: varios Lope de Aguirre aparecen en distintos documentos (al servicio del gobernador Pedro Heredia; en un naufragio cerca de La Habana; y reembarcado hacia América en 1539) pero su identidad no está confirmada. En América interviene sofocando rebeliones como la que él protagonizaría años más tarde: en la batalla de Las Salinas; la expedición de Diego de Rojas; en la batalla de Chupas a favor de Vaca de Castro contra Diego de Almagro; en las Guerras Civiles de Perú, en el bando realista con el virrey Blasco Núñez de Vela contra Gonzalo Pizarro; con Melchor Verdugo en la batalla de Jaquijaguana; y con Baltasar de Castilla.
Se cuenta que en Potosí es prendido y azotado por orden del juez Esquivel acusado de infringir las leyes que protegían a los indios. Dice su leyenda que Aguirre caminó descalzo tres años y cuatro meses hasta que, finalizado el mandato del juez, se venga apuñalándolo mientras duerme. A continuación huye disfrazado de negro y se refugia en Guamanga y posteriormente en Tucumán. Participa en 1552 en la sublevación de Cuzco contra el virrey Antonio de Mendoza, durante la cual asesina al gobernador Pedro de Hinojosa, lo que le vale una condena a muerte. En 1553 participa en la sublevación de Sebastián Castilla en La Plata. Ordenado el exterminio de los sublevados, huye de nuevo y pasa un año escondido en una cueva malviviendo a base de pan y raíces. Recibe la ayuda de algunos amigos hasta que, en 1554, Alvarado lo amnistía a cambio de que colabore en el sofocamiento de una nueva sublevación, la de Francisco Hernández Girón. En esta turbulenta época empieza a ser llamado "Aguirre el loco".
Reintegrado así al bando realista es herido de gravedad en la batalla de Chuquinga, perdiendo el uso del pie derecho y recibiendo graves quemaduras en ambas manos por la explosión de un arcabuz. Así, tras casi veinticinco años de luchar por la Corona, se ve a si mismo como un viejo de cincuenta años (edad avanzada para el s. XVI), sin fortuna ni gloria, tullido y deformado por las continuas batallas. Su única familia es una hija, Elvira, mestiza y de madre desconocida.
En estas circunstancias se enrola en 1559 en la expedición que el virrey del Perú, bajo el mando del navarro Pedro de Ursúa, envía en busca del país de Omagua, el mítico El Dorado. La expedición, formada por 300 soldados, tres bergantines y varios cientos de indios, parte finalmente del puerto de Santa Cruz de Saposoa el 26 de septiembre de 1560. A Aguirre lo acompaña su hija Elvira, custodiada por dos dueñas. La expedición desciende los ríos Huallaga, Marañón y Amazonas. La búsqueda resulta infructuosa; se pierden embarcaciones y hombres, escasean las provisiones. El descontento de la tropa va en aumento y muchos piden volver a Perú. Ursúa hace caso omiso y se empecina en continuar el viaje, desoyendo a sus hombres; llega a encadenar a un noble español y a hacerlo remar con los esclavos negros. Ursúa tenía como principal ocupación acostarse con su amante, Inés de Atienza; al hechizo de su belleza mestiza achacan los supersticiosos soldados la enfermedad de Ursúa, descrita como melancolía o humor negro, términos que servían en la época para englobar un elevado número de trastornos mentales, y que probablemente fuese una depresión. Todos estos factores desembocan en una conjura, en la que interviene Aguirre, que desemboca en el asesinato de Ursúa, el 1 de enero de 1561.
Los conjurados deciden escribir una carta a Felipe II exponiendo sus motivos y, a la hora de firmarla, Aguirre lo hace "Lope de Aguirre, traidor", explicando que ahora son todos traidores al rey y como tales, están en su contra; los demás se escandalizan y le toman por loco. Aguirre asume el cargo de Maese de Campo y nombra gobernador a Fernando de Guzmán. Más tarde, cuando rompe definitivamente con la Corona y reniega de Felipe II (23-5-1561) nombra a Guzmán "Príncipe de Tierra Firme, Perú y Chile" Pero el campamento de los rebeldes se había convertido en un hervidero de odios, pasiones, miedos y envidias, a lo que contribuía la competencia entre los capitanes por los favores de Inés de Atienza. Aguirre teje una red de confidentes, espías y hombres de confianza por todo el campamento, gracias a los cuales descubre una conjura en su contra, a lo que responde sin vacilar y drásticamente asesinado a todos sus rivales e incluso a los dudosos: incluidos el cura Henao (al que consideraba sospechoso), a Inés de Atienza (a la que despreciaba) y, por último, al propio Guzmán. Una vez se hace con el mando, abandona la fantasiosa idea de El Dorado y planea ir a Panamá y desde allí conquistar Perú. Desciende el Amazonas con sus hombres, a los que llama "marañones" y llega a la desembocadura, para luego por mar llegar a la isla Margarita (julio de 1561), que conquista a sangre y fuego. Desde allí, Aguirre envía a Felipe II una carta, llena de amargura, decepción e insatisfacción, donde llama a Felipe "menor de edad" y le dice "No puedes llevar con título de rey justo ningún interés en estas partes, donde no aventuraste nada, sin primero gratificar a los que trabajaron…"; lo acusa de tener las manos limpias mientras otros se las manchan con sangre propia y ajena en su beneficio. Siglos más tarde, Simón Bolívar consideraría esta carta como "la primera declaración de independencia del Nuevo Mundo". Aguirre firma como "Lope de Aguirre el Peregrino". A continuación, se proclama "Príncipe de la Libertad de los Reinos de Tierra Firme y las Provincias de Chile" y declara la guerra a España ("Ea, marañones, limpiad vuestros arcabuces que ya tenéis licencia para ir con vuestras armas").
Posteriormente trata de llegar a Perú por tierra. Llega a Venezuela, donde toma la ciudad de Valencia y siembra el terror en la región. Pero su mandato se tambalea y los roces con los marañones son cada vez más frecuentes. Las autoridades españolas ofrecen el perdón a los que le abandonen; y así, el 27 de octubre de 1561, en Barquisimeto, sólo y acorralado, apuñala a su hija Elvira "para que ningún bellaco goce de tu beldad y hermosura, ni te baldone llamándote hija del traidor Lope de Aguirre". Dos de los marañones lo matan de dos arcabuzazos. Póstumamente, es juzgado y condenado por rebelde y traidor. Su cabeza cortada es expuesta en una jaula de hierro en Tocuyo para que la gente viese la cabeza de la que brotaban "tan perversas maquinaciones". Su mano derecha fue enviada a Mérida y la izquierda, a Valencia (Barquisimeto, Tocuyo, Mérida y Valencia son actualmente ciudades venezolanas) El resto del cuerpo fue echado de comer a los perros. Las cuatro banderas que usó (dos negras, una de mayor tamaño; una amarilla y otra azul, todas con dos espadas cruzadas y la leyenda "Sigo") fueron tomadas como botín de guerra; una de las negras fue expuesta en Tocuyo junto a la cabeza de Aguirre; la otra negra se guardó en Barquisimeto; y la azul y la amarilla fueron colocadas sobre la tumba del padre de Aguirre en la iglesia de Santa María de Oñate, donde permanecieron hasta la Guerra de Independencia.
Aún hoy en día perdura el recuerdo de Aguirre: los fuegos fatuos que se aparecen en Venezuela son su fantasma y el de sus hombres; la bahía de la isla Margarita donde desembarcó se llama todavía del Traidor; en Tocuyo se celebra su muerte con una procesión el 27 de octubre; los campesinos de Barquisimeto cuentan que su espíritu aún se aparece a medianoche cerca de donde murió; y en plena selva peruana está el Salto de Aguirre, donde estando en peligro grabó sobre una piedra unos misteriosos símbolos ante los que es necesario persignarse y rezar.
Las cartas de Aguirre muestran a un hombre bien educado y de buena caligrafía. Pero también fue intrigante, grosero, torpe, desagradable, ambicioso, temperamental, exaltado, astuto, hábil, rebelde, temerario y, a la vez, temible, peligroso, fanático, vengativo y libertario. Para muchos, Lope de Aguirre es la sublimación extrema del carácter español, capaz de lo mejor y de lo peor, de las más gloriosas gestas y las más abyectas infamias, concediendo un valor absoluto al Honor: no perdona ni olvida ninguna ofensa y el no vengarse es para él una ofensa en sí; mata a su hija para salvaguardar su honor. Es fuertemente paranoico, lindando con la psicopatía; mata con facilidad a sus enemigos e incluso a sus seguidores poco entusiastas. Se le atribuyen, directamente o por orden suya, 72 asesinatos: 64 españoles, tres sacerdotes, cuatro mujeres y un indio, lo que indica su falta de miramientos por sexo o condición. Duerme vestido y armado, rodeado de sus fieles, desconfía de todos. Respeta a las mujeres decentes pero desprecia a las que no lo son. Pero también fue un hombre que combatió a todo un Imperio cara a cara. Que realizó una prodigiosa singladura a través de Sudamérica. Que, a su manera, pedía justicia. Cuya carta de rebeldía es más una carta de un súbdito desencantado que la arrogante misiva de un tirano. Y que además concedió la igualdad de derechos a negros e indios (recordemos, era el s. XVI). Dijo una vez Aguirre "Aquí el que dice la verdad es tratado de loco". Aguirre dijo lo que creía y actuó en consecuencia. Ese fue Lope de Aguirre, el loco Aguirre, el tirano Aguirre, la ira de Dios, el Príncipe de la Libertad.

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