Verba volant, scripta manent

lunes, 26 de mayo de 2014

La fuga de Sobibor

El campo de exterminio de Sobibor se construyó en marzo de 1942, a unos setenta kilómetros al sur de Varsovia, junto a la vía férrea que comunicaba Chelm y Wodlawa, en la que se construyó una desviación que llegaba directamente al campo. Ocupaba un área de unos 600 x 400 metros, divididos en cuatro secciones: un área de recepción, donde los trenes dejaban a los prisioneros (conocida como Campo II); un área donde se encontraban además los talleres y los barracones (Campo I); un área de administración o Vorlager, donde estaban las oficinas y las viviendas de los guardias; y por último, más apartada, el área de exterminio, con las cámaras de gas, las fosas comunes y los crematorios. Las tres áreas estaban rodeadas por alambradas y vegetación, para que desde cada una de ellas no fueran visibles las demás. El área de recepción se comunicaba con las cámaras de gas mediante un estrecho pasillo vallado al que llamaban "el tubo". Se encargaban de la vigilancia del campo una veintena de agentes de las SS y un destacamento auxiliar de aproximadamente un centenar de hombres, en su mayor parte ucranianos.
En mayo del 42 comenzaron a llegar los primeros contingentes de prisioneros, fundamentalmente judíos: polacos, alemanes, holandeses, franceses, checos... aunque también fueron enviados a Sobibor prisioneros de guerra capturados en el frente oriental y gitanos. Llegaban a un ritmo de unos dos mil diarios, de los que unos pocos, los que estaban en mejor forma física, eran seleccionados para trabajar en el campo; el resto eran enviados inmediatamente a las cámaras de gas. Se calcula que unas 200000 personas fueron asesinadas en Sobibor con la escalofriante eficacia de la maquinaria genocida nazi.


El 23 de septiembre de 1943 llegó al campo el primer tren con judíos soviéticos, procedentes del gueto de Minsk. Unas 2000 personas, de las que unas 80 fueron seleccionados como trabajadores y el resto, enviados al exterminio. Pero los nazis, llevados por su desprecio hacia los judíos, habían cometido un error: no hacer distinciones entre los recién llegados. Hasta entonces al campo habían llegado fundamentalmente civiles; pero entre aquellos judíos soviéticos había un grupo de soldados del ejército rojo; entre ellos, Sasha Pechersky.

Alexander Aronovich Pechersky (Kremenchuk, 1909- Rostov del Don, 1990)

Alexander Aronovich Pechersky, conocido como Sasha había nacido en 1909, hijo de un abogado judío. Cuando estalló la guerra, Sasha trabajaba como gerente y contable en una modesta escuela de música. Pero una vez reclutado, demostró ser un excelente soldado, valiente y audaz, que ascendió pronto a teniente. En octubre del 41, Pechersky y su unidad quedaron rodeados por los alemanes en Vyazma, durante la Batalla de Moscú, y fueron capturados. Tras una serie de peripecias (una convalecencia por tifus y una fuga frustrada, entre otras) y el paso por varios campos de prisioneros, una revisión médica rutinaria estando en un campo cerca de Minsk reveló que estaba circuncidado, por lo que tuvo que admitir que era judío.
De inmediato, fue trasladado a un campo de trabajo cercano, donde se hacinaban en penosas condiciones judíos procedentes del gueto de Minsk y prisioneros de guerra judíos, así como un buen número de rusos sospechosos de colaborar con los partisanos. En este campo, permaneció desde agosto de 1942 hasta su traslado a Sobibor.
Pechersky no tenía ni idea de la verdadera naturaleza del lugar al que era trasladado. Creía simplemente que era un campo de prisioneros mas. Por eso reaccionó con incredulidad cuando, la misma tarde de su llegada, uno de sus nuevos compañeros, Solomon Leitman, le contó que aquel extraño humo que veía tras la espesura y el repulsivo olor que llenaba el campo procedían de los fuegos en los que se consumían los cadáveres de los prisioneros que habían llegado con él en tren esa misma mañana, y que lo mismo ocurría día tras día desde la inauguración del campo. Desde ese momento, Pechersky sólo pensó en organizar una fuga.
Uno de los líderes de los presos era un judío polaco llamado Leon Feldhendler, que llevaba tiempo organizando un grupo de resistencia en el interior del campo y pensando en llevar a cabo una fuga masiva, desde que supieron a finales del 42 que los alemanes habían clausurado el campo de Bełżec, asesinando a todos los presos que quedaban en él. Ya se habían producido huidas en el campo, la mayoría sin éxito; los que habían logrado saltar las alambradas habían sido luego cazados por los soldados alemanes, o entregados por los campesinos de la zona (que recibían una botella de vodka y dos kilos de azúcar como recompensa) y posteriormente ejecutados. La primera idea de Leon había sido envenenar a los guardias, pero el veneno fue descubierto y cinco prisioneros, ejecutados como represalia. También pensaron en prender fuego a los barracones y huir durante la confusión, pero tuvieron que desistir después de que los alemanes colocaran minas en torno al campo. También intentaron excavar un túnel; pero cuando los trabajos ya iban bastante avanzados, una inoportuna tormenta lo había inundado, dejándolo impracticable. De ahí que pasara a planear una revuelta; pero necesitaba colaboradores con experiencia en combate. Y la llegada de los soviéticos supuso una ayuda inestimable, especialmente Pechersky, quien no tardó en asociarse con él para planear el levantamiento.
Leon Feldhendler (Żółkiewka, 1910- Lublin, 1945)
El plan tramado por Pechersky constaba de varias fases. Primero, los presos asesinarían a tantos alemanes como pudieran, atrayéndolos a lugares apartados y abatiéndolos con hachas y cuchillos robados de los talleres. Luego, formarían en el patio para el recuento habitual de las tardes, acercándose al portón principal como si no pasara nada. En ese momento, a una orden de Pechersky, los presos se abalanzarían contra la puerta principal, mientras un grupo de presos escogidos abrirían fuego contra los guardias con las armas arrebatadas a los alemanes y las que pudieran robar del arsenal del campo. Un preso debía cortar el suministro eléctrico del campo, para evitar que se pidiera ayuda por radio. Los sublevados esperaban que los soldados ucranianos, habituados a seguir las órdenes de las SS, no presentaran una gran resistencia, y poder conseguir la fuga de todos los prisioneros del campo. En caso de ser descubiertos, la consigna era provocar una revuelta general y que cada uno tratara de escapar por su cuenta. La alternativa era aceptar que tarde o temprano acabarían en las cámaras de gas.
El plan se llevó a cabo con todas las precauciones posibles, para evitar delaciones. Sólo una pequeña parte de los presos (apenas el 10% del total) sabía que se estaba preparando, y consiguieron la colaboración de los kapos, prisioneros que colaboraban con los alemanes en la vigilancia y organización del campo a cambio de privilegios. La fuga estaba prevista para el 13 de octubre; sin embargo, la llegada esa mañana de un grupo de guardias del cercano campo de trabajo de Ossowa les hizo temer que hubieran sido descubiertos. Finalmente, se trataba de una visita de carácter social, con bastante alcohol de por medio, pero aún así prefirieron aplazar la huida para el día siguiente, jueves 14.
El plan se desarrolló como estaba previsto. Aprovechando las debilidades de los hombres de las SS, su confianza en que los presos no intentarían nada contra ellos, su desprecio por los que consideraban "subhumanos", y su codicia, uno a uno fueron atraídos hacia distintos puntos del campo, con el ofrecimiento de entregarles zapatos, ropa nueva u objetos de valor. Entre las cuatro y las cinco de la tarde, nueve alemanes fueron eliminados de esta manera. También lograron hacerse con algunos rifles procedentes del arsenal de las SS.
A eso de las cinco y media de la tarde, algo antes de la hora habitual, un kapo llamado Porzyczki hizo sonar el silbato que anunciaba el recuento, siguiendo las órdenes de Pechersky. Los presos se reunieron como siempre y se dirigieron en calma hacia el portón principal, mientras disimuladamente se repartían las armas de que disponían y se ponía al corriente del plan de fuga a los que todavía lo ignoraban. Pero en el último momento, un guardia ucraniano dio la alarma; había descubierto el cadáver de uno de los oficiales alemanes. Un agente de las SS apellidado Bauer abrió fuego contra los prisioneros y entonces se oyó la voz de Pechersky, gritando que había llegado la hora de escapar, que la mayoría de los alemanes estaban muertos y que sólo quedaba huir o morir con honor.
El caos se desató en el campo. Mientras los guardias abrían fuego contra los prisioneros (respondido por aquellos que habían conseguido armas), estos se dividieron en varios grupos. Un grupo arremetió contra la puerta principal, forzándola y matando a los guardias que la custodiaban. Otros echaban abajo las alambradas y arrojaban objetos para hacer estallar las minas enterradas al otro lado. Finalmente, la mayoría de los presos logró huir y se dispersaron por los bosques cercanos.
De los aproximadamente 550 presos del campo, unos 150 no escaparon, por impedírselo su estado físico o porque no se atrevieron a hacerlo. Otros ochenta murieron abatidos por los disparos de los guardias y las minas. 170 fueron capturados de nuevo y ejecutados en las semanas siguientes, durante la operación de búsqueda que siguió a la huida. Los restantes 150 lograron huir para ponerse a salvo o unirse al ejército soviético o a alguna partida de guerrilleros. Al finalizar la guerra, sólo 53 seguían con vida. Entre los guardianes, murieron once alemanes y una docena de ucranianos.
La fuga de Sobibor fue un duro golpe para el régimen nazi. Les resultó humillante que un grupo de judíos, famélicos y débiles, hubieran urdido aquel plan y derrotado a sus guardianes. Heinrich Himmler ordenó que Sobibor fuera clausurado, como antes lo habían sido los cercanos campos de Bełżec y Treblinka (que había vivido una revuelta similar en agosto); los prisioneros que quedaban en él fueron ejecutados, las instalaciones fueron desmanteladas, los edificios derruidos, y se procuró hacer desaparecer toda evidencia de la existencia del campo, transformando el área que ocupaba en tierras de cultivo y bosques. Con la clausura de los tres campos, se daba por finalizada la Operación Reinhard, concebida como preámbulo del exterminio de los judíos de Europa, que luego continuaría en otros campos como Auschwitz, Mauthausen o Dachau.
Sasha Pechersky fue uno de los que continuaban con vida al terminar la guerra. Tras huir del campo se unió a una banda de partisanos con los que combatió a los nazis hasta el verano de 1944, en que se reintegró a las filas del ejército soviético. Por haber sido capturado por los alemanes se le asignó a uno de los "batallones penales" (unidades formadas por soldados catalogados de indisciplinados o cobardes, que se empleaban como fuerzas de choque en situaciones comprometidas). Fue ascendido a capitán y condecorado, y tras ser herido de gravedad en combate, fue retirado del frente.
Terminada la guerra, volvió a la vida civil como administrador de un teatro. Las autoridades soviéticas no le dieron permiso para acudir a declarar como testigo en los juicios de Nurenberg. En 1948, una purga stalinista contra los judíos (acusados de carecer de espíritu patriótico) le llevó a él y a su hermano a ser recluidos en un gulag, de donde no sería liberado hasta 1953. En 1961 también se le denegó el permiso para acudir a testificar en el juicio contra Adolf Eichmann en Israel. Pero en 1963 si testificó en un juicio contra once antiguos guardianes ucranianos de Sobibor (diez de los cuales serían ejecutados). Murió en 1990.


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