Verba volant, scripta manent

domingo, 28 de septiembre de 2014

El tikoloshe



Dentro de la fértil mitología de la tribu zulú, una de sus más peculiares criaturas es el tikoloshe, también llamado tokoloshe, teikolosha o hili. Este espíritu o entidad, descrito como un ser antropomórfico de baja estatura y con el cuerpo cubierto de pelo, es sin embargo poseedor de una enorme fuerza, y además tiene el poder de cambiar de forma e incluso desaparecer (para lo cual le basta con tragarse una piedra). Algunas descripciones lo presentan también con una cresta ósea en lo alto de la cabeza, que usa en las peleas y con la que puede llegar a matar un buey de un cabezazo.
Aunque en sus orígenes se trataba de un espíritu asociado al agua, la versión más extendida en la actualidad dice que el tikoloshe puede ser creado por un chamán (generalmente, para vengarse de alguien que le ha ofendido), juntando partes de cadáveres. Esta leyenda está muy extendida por amplias zonas, especialmente rurales, de Sudáfrica, Botswana y Zimbabwe.
Contra el tikoloshe hay que estar prevenido porque se trata de un ser de naturaleza profundamente maligna y aviesa. A veces se le atribuyen trastadas menores, como robar huevos y cuajada, que son sus comidas favoritas, de las granjas. Sin embargo, otras veces sus tropelías son mucho más graves, y se le atribuyen desapariciones de niños, muertes de cabezas de ganado o ataques a personas. También se dice que tiene un apetito sexual desaforado y que es el responsable de numerosas violaciones, para lo cual a menudo toma forma humana. Otra de las maldades de las que se le echa la culpa es que se alimenta de la energía vital de las personas, dejándolas agotadas y sin fuerzas, pudiendo incluso llegar a matarlas si se alimenta de ellas con demasiada frecuencia. Incluso se dice que por las noches se cuela en las casas para morderle los dedos de los pies a la gente mientras duerme; por eso, en muchas zonas es tradicional que las camas estén bastante elevadas sobre el suelo, a veces a más de un metro de altura.
Al tikoloshe se le suele ver en torno al alba, en zonas apartadas; a menudo, son pastores que cuidan los rebaños los que lo ven, aunque la tradición dice que aquel que ve a uno de estos seres no debe decírselo a nadie, porque corre el riesgo de que el tikoloshe vuelva para vengarse. Cuando se sospecha que hay alguno rondando alguna granja o poblado, lo habitual es llamar al n'ganga, el curandero o sanador tradicional, quien mediante encantamientos es capaz de hacer que se vaya.
Por sus características, el tikoloshe se asemeja a los duendes y trasgos europeos, aunque más malintencionado aún, aunque algunas de sus cualidades lo asemejan también a un zombie.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Max Schmeling

Maximilian Adolph Otto Siegfried "Max" Schmeling (1905-2005)


Max Schmeling nació en 1905, en el seno de una humilde familia de Klein Luckow, en lo que hoy es el estado federado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Siendo todavía un adolescente, su padre lo llevó al cine y allí Max vio un reportaje sobre el combate de boxeo celebrado el 2 de julio de 1921 en Jersey City, en el que el norteamericano Jack Dempsey, campeón mundial de los pesos pesados, derrotó al aspirante, el francés Georges Carpentier. El joven Max quedó tan fascinado por el boxeo que de inmediato comenzó a practicarlo, con notable éxito: en 1924 se proclamó campeón aficionado de Alemania en la categoría de peso ligero, y poco después se haría profesional. En 1925 tuvo la fortuna de enfrentarse a Dempsey, todavía campeón mundial, en una gira que éste hizo por Europa. Disputó dos asaltos a modo de exhibición, dejando gratamente impresionado al americano. En 1926 se coronó campeón de Alemania del peso semipesado, derrotando por KO a Max Diekmann en el primer asalto, y en 1927 alcanzó el título europeo. Tras defender ambos en varias peleas, en 1928 decidió dar el salto y probar fortuna en EEUU, donde el boxeo era un deporte de masas y se podían encontrar a los mejores boxeadores y los más suculentos premios económicos.
Sus primeros tiempos en Norteamérica fueron duros. Casi nadie le conocía; era un luchador europeo más, cuyos excelentes números (43 combates, 36 victorias, 23 de ellas por KO) muchos pensaban que se debían a haberse fogueado con púgiles mediocres. Todo cambió cuando se cruzó en su camino Joe Jacobs, un viejo zorro del mundo del boxeo, quien se convirtió en su manager y consejero. Gracias a sus contactos Max consiguió varias peleas importantes; venció, entre otros, al español Paulino Uzcudun, y su combate contra Joe Risko, uno de los mejores boxeadores norteamericanos, fue declarado "Pelea del Año" (Schmeling tumbó a Risko cuatro veces y el árbitro acabó deteniendo el combate en el noveno asalto para evitar que Risko siguiese siendo vapuleado).
La gran oportunidad para Schmeling llegó en diciembre de 1930: el campeón de los pesos pesados, Gene Tunney, acababa de retirarse, y se organizó un combate para elegir a su sucesor, entre Schmeling y Jack Sharkey, un veterano púgil norteamericano. El combate se publicitó como "La Batalla de los Continentes" y se resolvió de manera poco ortodoxa: Sharkey fue descalificado en el cuarto asalto por propinar a Schmeling un golpe bajo. El luchador alemán se convertía en el primer europeo en hacerse con el título.
Schmeling retuvo el título frente a Young Stribling (un boxeador que logró en su carrera la asombrosa cifra de 256 victorias en 289 peleas, pese a morir con tan sólo 28 años) y lo perdería a manos de Sharkey en junio del 32, en un combate que se resolvió por una discutida decisión arbitral (mucha gente, incluido Gene Tunney, lo calificó de "robo"). En 1934, tras sufrir dos derrotas y ver cómo la llegada al poder de los nazis disparaba los sentimientos antialemanes, decidió volver a Europa.

Sharkey vs. Schmeling (21/6/32)

En su retorno a Alemania, Schmeling fue recibido como un héroe por sus compatriotas. Con fama, dinero (había invertido bien sus ganancias) y el aprecio de sus paisanos, su vida era aparentemente perfecta. Y más tras casarse con Anny Ondra, una hermosa actriz checa, muy popular en Alemania. Lamentablemente, con los nazis en el poder, esa tranquilidad no iba a durar mucho. Las autoridades nazis no tardaron en empezar a utilizar su imagen con fines propagandísticos. Schmeling encarnaba el modelo de perfección física del hombre ario que suponía uno de los pilares del delirante ideario nazi. Y pese que al boxeador le desagradaba profundamente la ideología nazi, especialmente su antisemitismo, prefirió no enfrentarse abiertamente a las autoridades, para de este modo mantener a salvo a sus allegados: su esposa Anny, pese a encarnar el ideal de mujer aria (esbelta, rubia, hermosa), era judía, y su manager Joe Jacobs, también (Schmeling se negó a romper su asociación con él, pese a la insistencia del ministerio nazi de deportes). Aún así, el uso de su figura por la propaganda nazi perjudicó seriamente su imagen internacional, siendo muy criticado por la prensa, especialmente la norteamericana, que empezó a llamarlo "el perro de los nazis" o "la mascota de Hitler".

Max Schmeling y su esposa Anny, recibidos por Adolph Hitler

En 1936, Schmeling volvió a los EEUU para pelear contra el púgil más prometedor del momento: un joven afroamericano llamado Joe Louis, que llegaba con una impresionante marca de 27 victorias en otras tantos peleas. Pese a que Louis partía como claro favorito, Schmeling había preparado con mucho cuidado el combate. La pelea (celebrada el 19 de julio del 36, en el estadio de los Yankees de Nueva York) fue muy igualada. Se veían las caras por un lado la potencia y agresividad de Louis (apodado "el bombardero de Detroit") y el estilo cerebral y calculador del alemán. El combate no se resolvió hasta el final; en el 12º asalto Schmeling dejó KO a Louis con un golpe de derecha directo al hígado. En teoría, aquella victoria debía permitirle a Schmeling retar al entonces campeón del peso pasado, Jim Braddock. Sin embargo, Schmeling sólo encontró trabas y dilaciones, hasta que finalmente Braddock decidió que pelearía contra Louis. Pese a que Schmeling protestó la decisión, sus quejas no sirvieron de nada y tuvo que ver cómo Louis derrotaba al campeón y se hacía con el título mundial (Louis no volvería a perder una pelea hasta 1950, y se retiraría con 66 victorias y sólo 3 derrotas, las tres ante campeones mundiales del peso pesado: Schmeling, Ezzard Charles y Rocky Marciano).
De vuelta en Alemania, fue recibido entusiastamente por sus admiradores. Y de nuevo, sus victorias fueron empleadas interesadamente por los jerarcas nazis, quienes no tardaron en presentarlo como el "héroe de la raza superior" y "la prueba de la superioridad alemana sobre las razas inferiores". Se organizaron desfiles en su honor, participó en películas y fue objetos de numerosas portadas y artículos de prensa. Todo ello contribuyó a cimentar la imagen de marioneta de los nazis que tenían de él en el extranjero.
Y en 1938, llegó la tan ansiada revancha; tanto Louis como Schmeling estaban ansiosos por volver a enfrentarse. Pero aquella pelea tenía una trascendencia que iba mucho más allá de lo estrictamente deportivo. Prensa y autoridades influyeron de tal manera sobre el evento que se acabó convirtiendo en un indisimulado enfrentamiento entre los EEUU y la Alemania nazi. La prensa norteamericana presentó la pelea como "el combate entre el bien y el mal", mientras que para los alemanes se trataba de defender la supremacía aria frente a una "raza inferior". El propio presidente Franklin D. Roosevelt envió un telegrama a Louis deseándole suerte. La pelea, celebrada el 22 de junio, de nuevo en el estadio de los Yankees, ante más de 70000 ansiosos espectadores, fue mucho más breve de lo que cabría esperar. Joe Louis cayó como un huracán sobre un sorprendido Schmeling, quien apenas podía defenderse de la lluvia de golpes que le lanzaba Louis. No se llegó a terminar el primer asalto; en apenas dos minutos, Schmeling yacía sobre la lona con dos costillas rotas.


La "Batalla del Siglo", como la denominó la prensa, convirtió a Louis en un héroe para los norteamericanos, que celebraron alborozados su victoria, especialmente en los barrios de mayoría afroamericana, como Harlem. Se calcula que dos tercios de la población norteamericana siguió el combate por la radio. Mientras, para Schmeling fue todo lo contrario. Cuando volvió a Alemania, los vítores y alabanzas se habían transformado en críticas y burlas. Las autoridades nazis no quisieron saber nada más de él. Años más tarde, en una entrevista, se consideraría afortunado de haber perdido aquel combate; hizo que los nazis dejaran de utilizar su imagen con fines propagandísticos. De haber ganado, quien sabe si después de la guerra habría sido juzgado con muchos otros nazis famosos. Tras la derrota ante Louis, sólo disputó un combate antes del inicio de la guerra: fue en julio de 1939, proclamándose campeón de Alemania del peso pesado al derrotar a Adolf Heuser.
A finales de ese año 1938, se produjo la tristemente célebre Noche de los Cristales Rotos, los ataques contra los judíos y sus propiedades llevados a cabo por los camisas pardas del partido nazi y civiles afines. Después de aquel ataque, Schmeling utilizó su dinero e influencias para conseguir sacar del país no sólo a su esposa y a Jacobs, sino también a dos niños judíos, los hermanos Henri y Werner Lewin, a los que escondió en su casa. A todos logró ponerlos a salvo enviándolos a EEUU.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Schmeling fue obligado a alistarse en la Luftwaffe sin ningún tipo de privilegio. Como un recluta más, fue destinado a las Fallschirmjägger, la infantería ligera aerotransportada, uno de los cuerpos de élite del ejército alemán. No obstante, Schmeling se sentía más a gusto defendiendo a Alemania como un soldado anónimo más, que siendo un instrumento propagandístico en manos de los nazis. Junto a su unidad fue destinado a Creta, pero el primer día de combate resultó herido en su rodilla derecha en un salto en paracaídas, lo que le llevaría a ser declarado no apto para el servicio activo.


Tras la guerra, necesitado de dinero, volvió brevemente al boxeo. Disputó cinco peleas (tres victorias y dos derrotas) entre 1947 y 1948, pero con más de cuarenta años y con las secuelas de su herida de guerra no estaba en condiciones de prolongar demasiado su carrera, y decidió retirarse definitivamente. Terminó su carrera con 56 victorias (40 por KO) en 70 peleas. En 2003, la revista especializada The Ring lo incluyó en el puesto 55 en su lista de los 100 mejores púgiles de todos los tiempos.
Gracias a las amistades que había hecho en Estados Unidos consiguió trabajo en la Coca-Cola Company, siéndole concedidos en exclusiva los derechos de embotellado y distribución del conocido refresco en Hamburgo. Gracias a los beneficios de este negocio, Schmeling fundó la Max Schmeling Foundation, dedicada a la beneficencia. En 1977 publicó su autobiografía, Erinnerungen (Memorias).


También retomó el contacto con su viejo rival, Joe Louis, con el que forjó una duradera amistad hasta la muerte de Louis en 1981. Durante los últimos años de Joe Louis, que este pasó sumido en la pobreza y la enfermedad, fue Schmeling el que le ayudó económicamente y el que costeó su entierro tras su muerte.


Max Schmeling murió en febrero de 2005, a apenas unos meses de cumplir los 100 años. Está enterrado en el cementerio de Saint Andreas, en Hollenstedt (Hamburgo), al lado de su esposa Anny (muerta en 1987).


lunes, 22 de septiembre de 2014

El hundimiento del HMS Hampshire

HMS Hampshire


El HMS Hampshire, crucero acorazado británico de la clase Devonshire, fue construido en los astilleros Armstrong Withworth, en la ciudad inglesa de Elswick, y botado el 24 de septiembre de 1903, aunque no fue completado hasta junio de 1905. Medía 144 metros de eslora, desplazaba algo más de 11000 toneladas y estaba armado con diez cañones de 6 y 7.5 pulgadas, además de una veintena de piezas de menor calibre y dos tubos lanzatorpedos. El coste de su construcción fue de unas 875000 £.
Su primer destino fue el 1º Escuadrón de Cruceros de la Flota del Canal. No obstante, los cruceros Devonshire no tardaron en quedarse obsoletos (ninguno de los seis de esa clase llegó a cumplir los veinte años de servicio) a raiz de la botadura de naves más modernas, como los cruceros de la clase Invincible, y pasaron a destinos menos importantes. El Hampshire fue destinado en 1909 a la Tercera Flota (una flota de reserva, formada por barcos antiguos o poco útiles, dedicada a tareas secundarias) y a finales de 1911 fue asignado brevemente al 6º Escuadrón de Cruceros en la Flota del Mediterráneo. En 1912 fue trasladado al Extremo Oriente, donde estaba en 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial. Tras varias acciones menores y participar en la persecución del crucero ligero SMS Emden, que luego se haría célebre actuando como corsario en el Índico, volvió a Europa. Actuó como escolta de mercantes en el mar del Norte y el Ártico, antes de participar en la Batalla de Jutlandia (31 de mayo de 1916) como parte del 2º Escuadrón de Cruceros, aunque no llegó a entrar en combate. Inmediatamente después, se le ordenó acudir a la base de Scapa Flow, en el archipiélago escocés de las Orcadas, para una misión especial: trasladar al Secretario de Guerra, lord Kitchener, al puerto ruso de Arkhangelsk, desde donde debía trasladarse a Moscú para mantener una importante reunión con el gobierno ruso.

Mariscal de Campo Horatio Herbert Kitchener, Primer Earl Kitchener (1850-1916)

Lord Horatio Kirchener era un héroe de guerra muy popular entre los británicos. Había dirigido el ejército británico que había sofocado el levantamiento del Mahdi en Sudán (1881-1899) y vencido en la Segunda Guerra Boer (1899-1902). Al comienzo de la Primera Guerra Mundial había sido nombrado Secretario de Guerra y, contrariamente a la idea más extendida, fue de los pocos en predecir que la guerra iba a ser larga, costosa y sangrienta. El alargamiento del conflicto y las numerosas bajas comenzaron a minar su prestigio, aunque no siempre era culpa suya: la desastrosa campaña de Gallipolli, por ejemplo, había sido planeada por Winston Churchill, entonces Primer Lord del Almirantazgo. Empezó a decirse que Kitchener era un oficial anticuado, trasnochado, incapaz de adaptarse a las nuevas formas de hacer la guerra. Incluso tuvo que soportar una moción de censura en el Parlamento. En aquel momento, lord Kitchener se dirigía al encuentro de sus aliados rusos para coordinar la ofensiva británica contra los alemanes en el frente occidental (que daría lugar a la batalla del Somme) con la ofensiva rusa en el oriental contra los austríacos.
El 5 de junio de 1916 Kitchener partió del puerto escocés de Scrabster a bordo del destructor HMS Oak, del que pasaría al Hampshire junto a su estado mayor. El Hampshire soltó amarras a las 16:45 en medio de un intenso temporal, con vientos de fuerza 9, lo que incluso llegó a hacer temer el aplazamiento del viaje. Poco después, se encontraba con los destructores HMS Victor y HMS Unity, que le escoltarían parte del viaje. Se había previsto bordear la costa de las Orcadas hacia el noroeste, para así permitir que el convoy llevase el viento de popa y que el Victor y el Unity, más lentos, pudieran seguir su ritmo. Sin embargo, un inesperado cambio en la dirección del viento hizo que los destructores de escolta fueran incapaces de mantener la misma velocidad del Hampshire, viéndose obligados a volver a puerto.
A las 19:40, ya navegando en solitario, a no mucha distancia de la costa, en un punto entre el cabo de Marwick Head y la isla mareal de Brough of Birsay, una enorme explosión se produjo en la proa del barco, en el costado de babor. Un enorme boquete se abrió en el casco del barco y éste se hundió en menos de 15 minutos. Kitchener y sus acompañantes murieron, así como 643 de los 655 tripulantes del buque. Aunque se botaron varios botes salvavidas, la tormenta los hizo estrellarse contra la costa y sólo una docena de marineros consiguieron salvarse del ahogamiento o la hipotermia. Los cuerpos que pudieron ser rescatados (el de Kitchener nunca se encontró) recibieron sepultura en el cementerio del cercano pueblo de Lyness.
La causa de la explosión se atribuyó a un ataque alemán; un torpedo disparado por un submarino o, más probablemente, una mina. Años más tarde, las exploraciones submarinas de los restos del buque permitieron confirmar la tesis de la mina a la deriva. Entre el 28 y el 29 de mayo, poco antes de la batalla de Jutlandia, el submarino alemán U-75 había dispersado numerosas minas al oeste del archipiélago, que ya habían provocado el día 2 el hundimiento de un pequeño buque auxiliar, el HMD Laurel Crown. Es muy probable que la mina que hundió al Hampshire fuera una de ellas. No obstante, empezaron a circular todo tipo de historias y teorías conspiratorias acerca del hundimiento del barco. El hecho de que la zona no hubiera sido limpiada de minas a pesar de la pérdida del Laurel hizo pensar a algunos que el buque había sido enviado a propósito a través de una zona no segura para librarse de Kitchener, un plan urdido desde dentro del gobierno inglés para quitar de en medio a un Secretario de Guerra incapaz, pero muy popular. La tardanza en enviar buques de rescate y la cancelación a última hora de la presencia entre los acompañantes de Kitchener de David Lloyd George (ministro de Municiones y futuro Primer Ministro) se convirtieron así en sospechosos indicios de juego sucio.
También alcanzó cierta notoriedad la teoría de lord Alfred Douglas, escritor y poeta irregular, más conocido por haber sido en tiempos amante de Oscar Wilde (fue su relación la que llevó a Wilde a ser encarcelado durante dos años en el penal de Reading) y furibundo antisemita, quien publicó que la muerte de Kitchener era fruto de una conspiración judía de la que formaba parte el mismísimo Winston Churchill (Douglas acabó condenado a seis meses de cárcel por difamación).
Frederik Duquesne, un antiguo soldado boer y espía, se atribuyó ser el responsable del hundimiento del buque; según su historia (que nunca pudo probar) se había introducido en el Hampshire con una identidad falsa y había hecho señas a un submarino alemán, que hundió el barco y luego le rescató. Posteriormente, huyó del Reino Unido acusado de fraude de seguros y en 1941 fue capturado acusado de espionaje en los EEUU junto a otros 32 espías nazis, en un sonado caso conocido como El Círculo de Espías de Duquesne.
Erich Friedrich Wilhelm Ludendorff, general de infantería y uno de los más importantes oficiales del ejército alemán durante la guerra, que también era aficionado a las conspiraciones, sugirió que agentes comunistas habían filtrado a los alemanes el plan de viaje de Kitchener, según él para evitar que éste ofreciese ayuda al zar Nicolás II para recomponer su ejército y dificultar así el triunfo de la Revolución de 1917.
Hubo quién atribuyó la explosión del Hampshire a una bomba colocada por miembros del IRA. Los independentistas irlandeses odiaban a Kitchener y sabían que una vez terminada la guerra éste iba a enviar más tropas a Irlanda. Por ello, habrían colocado un artefacto explosivo en el interior del barco para hacer pensar que su muerte había sido consecuencia de una acción de guerra.


Hoy en día, los restos del HMS Hampshire, sumergidos boca abajo a unos 60 metros de profundidad, son un yacimiento protegido por la Ley de Protección de Restos Militares de 1986, siendo necesario un permiso especial para acercarse a ellos.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Los cien puntos de Wilt Chamberlain

Wilton Norman "Wilt" Chamberlain (1936-1999)


El 2 de marzo de 1962 se disputó en el Hershey Sports Arena en Hershey (Pennsylvania) un partido de la NBA que enfrentaba a los Philadelphia Warriors (franquicia que al año siguiente se trasladaría a San Francisco) con los New York Knicks. El partido no había despertado gran expectación; por aquel entonces la NBA era una liga minoritaria. El béisbol, el fútbol americano e incluso el baloncesto universitario gozaban de mayor aceptación. No fue retransmitido por televisión, sólo por alguna radio local como la WCAU, y apenas había unos cuantos periodistas (ninguno desplazado desde Nueva York), entre ellos dos fotógrafos. Además, pese a ser un viernes, la asistencia de público fue escasa, quizá por tratarse de un día frío y lluvioso; apenas la mitad del aforo. Pero las 4124 personas que, según las crónicas, asistieron al partido, fueron testigos de una de las más sonadas hazañas de la historia del baloncesto.
La estrella de los Warriors era un espigado pivot de 25 años y 2'17 metros llamado Wilt Chamberlain, formado en la Universidad de Kansas y que había jugado con los famosos Harlem Globetrotters antes de llegar a los Warriors en 1959. Su dos primeros años en la NBA habían sido espectaculares: máximo encestador y reboteador en ambas temporadas. Y aquella llevaba el mismo camino: sólo unos meses antes, el 8 de diciembre de 1961, Chamberlain había batido el record de anotación en un partido de la NBA, logrando 78 puntos en un partido entre los Warriors y Los Angeles Lakers que ganaron los de Philadelphia tras tres prórrogas. Precisamente, en los Lakers jugaba el poseedor del anterior record (71 puntos), Elgin Baylor, que al ser preguntado si le molestaba haber sido superado, contestó premonitoriamente: "Un día ese tipo anotará 100 puntos". Además, en los otros tres partidos disputados esa semana, Chamberlain había anotado 67, 65 y 61 puntos.


Chamberlain era un personaje peculiar al que le gustaba hacer las cosas a su manera. La noche anterior al partido la había pasado en un club de su propiedad, el Big Wilt's Small's Paradise, en Harlem, del que se fue a las seis de la mañana con su cita de esa noche. Por la tarde, mientras sus compañeros se desplazaban en autobús hasta Hershey, él fue por su cuenta en su flamante Cadillac nuevo.
Los Warriors empezaron muy fuertes, colocándose 19-3, gracias a 13 puntos de Wilt, que anotó los cinco primeros lanzamientos de que dispuso. Los Knicks notaban la baja de su pivot titular Phil Jordon, oficialmente enfermo de gripe (pero del que se rumoreaba que en realidad estaba con resaca), que dejaba a Darrall Imhoff como el único con capacidad para defender a Chamberlain. El primer cuarto terminó 42-29, con 23 puntos de Chamberlain, incluido un excelente nueve de nueve en tiros libres (la efectividad de Wilt en esa faceta rondaba el 50%). Al final del segundo cuarto, el resultado era de 79-68 y Chamberlain ya llevaba 41 puntos. Durante el descanso, el base de los Warriors Guy Rodgers dijo en voz alta lo que todos estaban pensando: "Démosle el balón a Dip. Veamos cuantos puede conseguir". Su entrenador, Frank McGuire, estuvo de acuerdo.
Durante el tercer cuarto, Chamberlain siguió martilleando la canasta rival. No importó los desesperados intentos de los Knicks por frenarlo, a veces defendiéndolo con tres o cuatro hombres o recurriendo al juego duro. Un rumor comenzó a recorrer por las gradas del Arena: Give it to Wilt! (¡Dádsela a Wilt!). Al final del cuarto, Chamberlain había anotado otros 28 puntos (para un total de 69, a nueve de su record) para establecer un resultado de 125-109.
El último cuarto se convirtió en una absoluta locura. Los Warriors abandonaron cualquier atisbo de estrategia y se limitaban a buscar a Wilt Chamberlain como fuese. El speaker del estadio, Dave Zinkoff, empezó a llevar la cuenta de los puntos del pivot. A falta de ocho minutos, Wilt alcanzaba los 79 puntos con un tiro libre y superaba su record. Los Knicks, dando el partido por perdido, empezaron a hacer faltas a los jugadores de Philadelphia (excepto a Chamberlain) y a perder todo el tiempo posible, intentando evitar que Wilt tuviera opciones de tiro. A su vez, los Warriors empezaron a cometer faltas sobre ellos, para recuperar pronto el balón. Durante varios minutos, ningún jugador de los Warriors excepto Chamberlain encestó una canasta. Wilt alcanzó los 96 puntos faltando algo más de dos minutos y los 98 a 1:19 del final. En el siguiente ataque de los Warriors, Chamberlain falló dos lanzamientos consecutivos. En ambos casos, su compañero Ted Luckenbill capturó el rebote y logró hacerle llegar el balón a Wilt. A la tercera, Wilt se fue de varios jugadores de los Knicks, se elevó en el aire y lanzó el balón a canasta, donde entró tras dar en el tablero. Los 100 puntos ya eran una realidad.


El público de Hershey, enloquecido, invadió el campo para felicitar al héroe. En la radio, el comentarista de la WCAU, Bill Campbell, repetía una y otra vez "¡Lo consiguió!¡Lo consiguió!".El partido estuvo parado casi diez minutos, hasta que pudieron jugarse los 46 segundos restantes, en los que Wilt ya no participó; más tarde diría que fue porque "100 puntos suena mejor que 102". El resultado final, que a casi nadie importó, fue de 169 a 147 a favor de los Warriors.
Curiosamente, Chamberlain nunca se sintió especialmente orgulloso de este récord. En varias ocasiones, a lo largo del último cuarto, había pedido ser sustituido, al pensar que estaba humillando a sus rivales, aunque su entrenador y compañeros lograron hacerle cambiar de opinión. Además, tampoco le gustaban sus bajas estadísticas de aquella noche: 36 de 63 en tiros de campo (57%), compensadas con un 28 de 32 (87%) en tiros libres, su mayor defecto a lo largo de su carrera. Incluso llegó a decir que, si hubiera llevado una vida más responsable, centrándose en el baloncesto, y no hubiera salido la noche anterior al partido, podía haber llegado a los 140.
Chamberlain no se mostró demasiado entusiasmado por el récord en los vestuarios, aunque sí posó para el fotógrafo Paul Vathis, de la agencia Associated Press, en la célebre fotografía en la que sostiene un cartel con el número de puntos logrados esa noche. Tras el partido, se subió a su Cadillac, acompañado por el ala pívot de los Knicks Willie Nauls, y se encaminó al Big Wilt's para celebrarlo, de donde no se fue hasta pasadas las ocho de la mañana.


La poca expectación previa al partido hizo que no estuviese presente la televisión y hubiese sólo unos pocos periodistas, por lo que apenas hay imágenes del partido. La grabación de la retransmisión radiofónica del partido por la WCAU se consideró perdida durante años; los técnicos de la emisora, como era habitual en aquellos años, reutilizaron la cinta y volvieron a grabar sobre ella. No fue hasta 1986 en que se encontró una copia del programa en un almacén. También se dice que Hal Pastner, que por aquel entonces era un joven miembro del equipo técnico de los Warriors, hizo una grabación casera del partido desde el segundo cuarto; sin embargo, esa grabación, que hoy valdría su peso en oro, está en paradero desconocido.
Wilt Chamberlain acabaría esa temporada con un asombroso promedio de 50'4 puntos por partido, cifra que todavía no ha sido superada. Es sólo uno de los 72 récords individuales de la NBA que todavía conserva (siete de ellos, conseguidos en este partido). Fue máximo anotador siete temporadas consecutivas, entre 1959 y 1966, y máximo reboteador en once. También mantiene cuatro de las cinco máximas anotaciones en un partido de la NBA; la única marca que le hace algo de sombra son los 81 puntos conseguidos por Kobe Bryant ante los Toronto Raptors en enero de 2006, situada en segundo lugar.

martes, 16 de septiembre de 2014

La rebelión de los Zanj


A mediados del siglo IX, el califato abasí ocupaba la Península Arábiga, Mesopotamia, Oriente Medio, Armenia, Egipto y se extendía al este hasta lo que hoy es Afganistán y Pakistán. Aquel siglo IX fue para el califato pródigo en revueltas, sublevaciones y asonadas varias.
Al sur de Mesopotamia, en la región del delta del Tigris y el Éufrates, cerca de la ciudad de Basora, había grandes extensiones de terreno baldío. La emigración masiva de los campesinos y las continuas crecidas habían convertido aquellas tierras en salobres e improductivas. Dichas tierras fueron entregadas luego a terratenientes para que las hicieran de nuevo fértiles. Y al final lo consiguieron, con gran esfuerzo. Era un trabajo durísimo drenar y roturar aquellas parcelas hasta lograr que de nuevo dieran fruto. Un trabajo que, ante la escasez de mano de obra, tuvieron que llevar a cabo los esclavos.
Aquellos terratenientes importaron masivamente esclavos, en número de muchos miles, procedentes de África Oriental y la región de los Grandes Lagos, a los que llamaron genéricamente zanj o zany (que significa "negros"). Por lo general, en el Islam los casos de explotación de esclavos no eran frecuentes, solían ser tratados con corrección y era habitual que los esclavos que consentían en convertirse al Islam fueran liberados. Sin embargo, los zanj eran la excepción. Soportaban unas condiciones extremas, con un trabajo extenuante y mal alimentados, lo que hacía su esperanza de vida bastante corta. Muchos también trabajaban en las salinas, abundantes en la región. A costa de su sacrificio y su sudor, las que eran tierras incultas se acabaron convirtiendo en fértiles, con cultivos muy apreciados como la caña de azúcar, lo que, gracias a las buenas comunicaciones con los mercados de las populosas ciudades de Bagdad y Samarra (que se alternaron durante aquel siglo en la capitalidad del califato), dio mucho dinero a sus propietarios. No obstante, eso no mejoró las condiciones de vida de los zanj.


De los orígenes de Ali bin Muhammad no se conoce demasiado. Se sabe que era descendiente de esclavos y que se crió en Samarra, Allí fue testigo de la llamada "Anarquía de Samarra": nueve años, entre el 861 y el 870, de anarquía y luchas de poder entre grupos de militares y familias influyentes como los Tahirid, en los que se sucedieron cuatro califas de cortos reinados. Ali, según se dice, era cercano a los círculos de confianza del primero de aquellos cuatro califas, Al-Muntasir (861-862), y allí aprendió mucho sobre el funcionamiento y las debilidades del califato. Tras la muerte de Al-Muntasir (posiblemente asesinado), Ali bin Muhammad se marchó a Bahrein, donde dijo haberse convertido al chiismo y comenzó a reclutar seguidores para un levantamiento contra el califato. Llegó a tener un número elevado de fieles, tanto que incluso recaudaban impuestos en su nombre. Pero finalmente las autoridades desbarataron sus planes y Ali se vio obligado a huir a Basora en el año 868.
En Basora Ali trató de repetir la jugada, predicando en la mezquita contra el califato y a favor del pueblo, tratando de aprovechar el enfrentamiento entre los dos regimientos turcos asentados en la ciudad, los Bilaliyah y los Sa'diyah para ganar partidarios, sin éxito. Entonces recurrió a los esclavos zanj; se presentó ante ellos proclamándose descendiente del califa Ali (el cuarto califa de los musulmanes, primo y yerno del profeta Mahoma) y enviado por Alá para liberarlos de su cautiverio. Adoptó el nombre de Sahib al-Zanj ("el amigo de los zanj") y logró que le siguieran masivamente gracias a su doctrina, que tomaba muchos de sus preceptos del jariyismo, una rama teológica minoritaria del islamismo, que proclama entre otras cosas la guerra santa contra los infieles (incluidos los musulmanes no jariyitas) y que un califa debía ser elegido por la comunidad de los creyentes, que debían escoger al que más se lo mereciera, aunque fuera un esclavo negro.
La rebelión, iniciada en el 869, se extendió con rapidez aprovechando la inestabilidad política. A ella, además de los esclavos, se sumaron numerosos campesinos libres (atosigados por los impuestos del califato), nacionalistas persas (molestos con los árabes, a los que seguían viendo como intrusos), tribus beduinas, los kurdos en el norte y todos los descontentos en general, abriendo numerosos frentes. Además, en aquellos mismos días había estallado en el este una rebelión encabezada por la dinastía saffarí, lo que contribuyó a dividir las tropas del califa. No hay un consenso en el número de los sublevados, pero algunos autores hablan incluso de medio millón de hombres.
Los zanj no tardaron en ocupar Basora y sus alrededores, para luego extenderse por buena parte del sur y el centro del actual Irak, desplegando una eficaz estrategia de guerra de guerrillas contra los ejércitos del califa. También destacaron por su habilidad como constructores, erigiendo fortalezas impenetrables que entorpecieron el avance de sus enemigos. Demostraron ser también unos consumados maestros armeros e incluso formaron una nutrida flota con la que mantuvieron a raya la armada califal. Varios ejércitos enviados por el califa sufrieron severas derrotas a manos de los revolucionarios.
Durante casi quince años, la rebelión resistió en sus dominios los intentos de las tropas abasíes para sofocarla. Incluso construyeron  una ciudad que se convirtió en su capital, a la que llamaron al-Mukhtara (La Ciudad Elegida). Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, las rencillas y las luchas por el poder resquebrajaron los ideales de igualdad y solidaridad con los que se había iniciado la revuelta. Se formó una élite de dirigentes que empezaron a acumular riquezas y a comportarse de la misma manera que sus odiados amos habían hecho. Además, la derrota de los saffaríes en el 876 en Dayr al-'Aqul permitió al califa Al-Muwaffaq dedicar más tropas y medios a la guerra en el sur, y sus tropas empezaron a tomar algunas localidades que estaban bajo el control de los rebeldes. Finalmente, en el año 881 las tropas del califa derrotaron a los zanj, dividiendo sus fuerzas y sitiando al-Mukhtara. Tras dos años de sitio, la ciudad fue tomada. Ali y algunos fieles lanzaron un ataque a la desesperada tratando de abrirse paso luchando, pero fueron derrotados. La cabeza cortada de Ali fue exhibida por toda la región para convencer a sus seguidores que todavía seguían luchando de que se entregaran; pero muy pocos lo hicieron. La mayoría rechazó volver a convertirse en esclavo. Los que no cayeron peleando o murieron de hambre y sed en el desierto tratando de huir formaron bandas de forajidos que siguieron actuando por la región durante años, hasta que fueron finalmente exterminados. Habían sido catorce años de dura lucha que habían sacudido al califato y contribuido al aumento de la inestabilidad política de la región. Aprovechando la coyuntura, un oficial turco llamado Ahmad ibn Tulun había declarado la independencia de Egipto, dando origen a una nueva dinastía, los Tulúnidas, que se mantendrían apartados del califato durante casi cuarenta años.
La rebelión de los zanj provocó profundos cambios económicos y sociales en la región, y también en el trato que recibían los esclavos. Se tomaron medidas contra el trabajo abusivo y los malos tratos a los esclavos, muchos de los cuales acabarían siendo manumitidos más adelante y fueron poco a poco siendo sustituidos por campesinos y siervos.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Muerte en la catedral de Canterbury

Santo Tomás Becket (1118?-1170)

Es la tarde del martes 29 de diciembre de 1170. En la catedral de Canterbury, la comunidad monástica asiste al oficio de vísperas. Solo, delante del altar, un hombre arrodillado reza en silencio. Su austera vestimenta y su aire de humildad contrastan con su identidad: Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, primado del Papa, la mayor autoridad de la Iglesia en Inglaterra. Cuatro hombres entran en el atrio de la catedral. Llevan amplias capas que ocultan las armaduras que visten. Se dirigen al arzobispo y le exhortan a acompañarlos a Winchester, donde deberá responder de sus actos ante la justicia del rey. Becket se niega; él no responde ante el rey, sino ante una autoridad superior. Los cuatro hombres salen de la catedral para recuperar sus espadas, que han dejado bajo un árbol, y vuelven a entrar. Se encuentran con Becket, que se dirige al coro de la catedral, y tras una violenta discusión, el que parece ser el líder de los cuatro golpea al arzobispo con su espada en la cabeza. Los demás también le asestan varios golpes. Cuando por fin se van, el cadáver ensangrentado de Becket yace sobre el suelo de la catedral.
Thomas Becket nació en Cheapside (Londres) en 1118 (o en 1120, según otras fuentes), hijo de un acomodado mercader y propietario de tierras llamado Gilbert Becket, natural de la localidad normanda de Thierville. Durante su infancia pasó largas temporadas en casa de Richer de L'Aigle, un rico amigo de su padre, que le enseñó a cazar y a montar a caballo. Con apenas diez años, ingresó como alumno en el priorato de Merton, donde estudió el trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía), dando muestras de una viva inteligencia. Posteriormente, Becket amplió sus conocimientos en París, antes de verse obligado a volver a Inglaterra debido a una serie de reveses económicos sufridos por su padre, que le colocaron en una situación financiera complicada. Tras un tiempo viviendo en un convento, su padre logró que su pariente Osbert Huitdeniers lo aceptara a su servicio, mostrándose extremadamente hábil y diligente, para luego pasar a servir a Teobaldo de Bec, arzobispo de Canterbury y natural también de Thierville (algunos especulan con que pudiese ser pariente de Gilbert Becket).
Teobaldo quedó vivamente impresionado por la inteligencia de Thomas, hasta el punto de que lo envió a Roma en varias importantes misiones que supo resolver de manera más que satisfactoria. Teobaldo, en agradecimiento, lo envió a Bolonia y Auxerre a estudiar leyes. En 1154 lo nombró archidiácono de Canterbury y preboste de Beverley, lo que le supuso honores, prestigio y riquezas. Su desempeño en ambos cargos fue tan brillante que, cuando el rey Enrique II de Inglaterra cesó a su canciller, Robert de Ghent, el arzobispo no dudó en recomendarle a Thomas para el puesto, ocupándolo oficialmente en enero de 1155.

Enrique II de Inglaterra (1133-1189)

Enrique II Plantagenet era un rey de fuerte carácter e ideas claras. Su prioridad durante su reinado fue consolidar la autoridad real y recortar los privilegios (muchos de ellos heredados de la tradición inglesa) de nobles y clérigos. Tomó medidas contra los poderosos señores feudales, demoliendo castillos construidos sin el permiso real, y mejoró la hacienda y el sistema de recaudación de impuestos. Pero su verdadero legado fue la reforma legislativa: creó tribunales por todo el país con el poder de administrar justicia en nombre del rey, cercenando así los poderes de los tribunales feudales, controlados por los nobles; reimplantó los juicios con jurado; y sentó las bases del derecho británico actual, la "Common Law", con un conjunto de leyes aplicable en todo el reino y a todos sus súbditos. Y esto le llevó a enfrentarse a la Iglesia, porque no sólo contemplaba que los delitos cometidos por los clérigos quedaban sujetos a la justicia secular, eliminando el derecho que tenían hasta entonces de ser juzgados por un tribunal eclesiástico, sino que también veían restringido su derecho a apelar ante el Papa.
Enrique II encontró en Thomas Becket al colaborador ideal para su catálogo de reformas. Trabajó incansablemente para defender las posiciones de Enrique ante la Iglesia y los nobles, consiguiendo con su habilidad numerosos éxitos en las negociaciones. Además, no sólo se convirtió en un valiosísimo servidor, también llegó a ser uno de los amigos más preciados del rey, a quien acompañaba habitualmente en cacerías, banquetes y correrías amorosas. La confianza entre ambos llegó a ser tal que Enrique II envió a su heredero, Enrique el Joven, a vivir con Becket para que lo educase. Años más tarde, el joven Enrique se enfrentaría a su padre por el aprecio que tenía a Becket, del que llegó a decir que le había dado más amor paternal en un sólo día que su propio padre en toda su vida.
El 18 de abril de 1161 moría Teobaldo de Bec, tras una larga enfermedad. Enrique II vio una oportunidad para conseguir una ventaja política importante, e impuso a Thomas Becket como nuevo arzobispo de Canterbury, algo que despertó no pocas protestas entre el clero inglés. A pesar de ello, un Consejo Real formado por obispos y nobles confirmó el nombramiento el 23 de mayo de 1162. El 2 de junio de ese año, Becket era ordenado sacerdote, y al día siguiente era consagrado arzobispo por los obispos de las diócesis subordinadas a la de Canterbury, encabezados por Henry de Blois, obispo de Winchester.
Cierta leyenda galante pretende que Enrique II buscaba, al nombrar arzobispo a Thomas, librarse de un rival en las atenciones de cierta hermosa dama por cuyos favores ambos competían. Pero no deja de ser una leyenda. Con certeza, la intención del Plantagenet era lograr una ventaja a la hora de negociar con la Iglesia inglesa colocando al frente de ella a alguien absolutamente leal a él. Al menos, eso era lo que pensaba.


Porque tras asumir su nuevo cargo, Becket sufrió una transformación que sorprendió a todos cuantos lo conocían, especialmente al rey. El cortesano disoluto y hedonista, el amante del placer y la buena vida, se transformó de pronto en un clérigo austero, humilde y piadoso. Quiso tomarse en serio su nueva dignidad y, dándose cuenta de que no podía defender a la vez los intereses de Dios y del rey, renunció a su cargo de canciller, ante el asombro y el enfado de Enrique II. A partir de ese momento, Thomas buscó recuperar y proteger los privilegios eclesiásticos que le habían sido arrebatados al clero, en buena parte gracias a su propia labor. Y se entregó a ello con el mismo fervor y energía que antes había desplegado para servir al rey.
De inmediato, el rey comprendió que se hallaba delante del más formidable rival que hasta aquel momento se había atrevido a oponerse a sus designios. Y trató de reducir la influencia y el poder del arzobispo. El 11 de octubre de 1163 convocó al clero a una asamblea en Westminster, donde les exhortó a reconocer la igualdad de todos los individuos, religiosos o laicos, ante la ley, y a reconocer los derechos tradicionales del rey sobre la Iglesia. De entre los dubitativos religiosos, sólo una voz se levantó para rechazar tajantemente estas pretensiones: la de Becket. No hubo acuerdo, y el rey, frustrado, volvió a Londres.
Enrique II volvió a la carga en enero de 1164. Convocó una nueva asamblea en el palacio de Clarendon, a donde acudieron los principales prelados de Inglaterra, y les presentó para su aprobación una serie de dieciséis artículos (que acabarían siendo conocidos como las Constituciones de Clarendon) que incluían el sometimiento de la Iglesia a la justicia secular, la limitación de sus privilegios y de su dependencia de Roma. De nuevo, Thomas Becket se opuso y buscó negociar cada uno de los puntos, pero Enrique se negó y Becket rechazó firmar las Constituciones, pese a que el resto del clero si lo había hecho.
Harto de la oposición de su antiguo aliado, Enrique II trató de librarse de él por otros métodos. Y así, en octubre de 1164, Becket fue llamado a presentarse ante un gran consejo reunido en el castillo de Northampton, para ser sometido a juicio acusado de desacato a la autoridad real, malversación y abuso de poder mientras era canciller real. Declarado culpable, no esperó a que se dictara sentencia; huyó del juicio y buscó refugio en el continente, donde fue acogido y protegido por el rey Luis VII de Francia y el papa Alejandro III.
Empieza entonces un juego en el que se mezclan política, religión y justicia, ideales y pragmatismo, intereses personales y nacionales. Enrique II exige a Alejandro que castigue a Becket y envíe un legado a Inglaterra para negociar, a lo que el papa, que estaba de acuerdo con las ideas defendidas por el arzobispo, se niega. Pero tampoco se decide a tomar medidas contra Enrique, como le pide Becket, por su propia situación. En la iglesia hay un cisma que enfrenta a Alejandro III (apoyado por Francia, Inglaterra y los reinos cristianos de la Península Ibérica) con el antipapa Víctor IV (apoyado por el emperador germano Federico I Barbarroja), que ha obligado a Alejandro a exiliarse en Francia. El papa teme que si se enfrenta abiertamente a Enrique, éste deje de apoyarle, como hasta entonces, perdiendo así un valioso aliado.
La situación se prolonga durante seis años, en los que Thomas Becket permanece en Francia, refugiado primero en la abadía cisterciense de Pontigny y luego en la ciudad borgoñona de Sens. En 1170, por fin, Alejandro III se decide a tomar medidas severas y amenaza a Enrique II con la excomunión. El rey, inquieto y molesto, accede a permitir que Thomas Becket retorne a Inglaterra y asuma de nuevo sus funciones como arzobispo, aunque no acepta las demás peticiones, como devolver a la iglesia las propiedades que le había incautado.
Thomas Becket pisa suelo inglés el 3 de diciembre de 1170; apenas dos días después ya está en Canterbury. Si Enrique esperaba que el destierro hubiese atemperado el carácter del arzobispo, se equivocaba por completo. En noviembre, Becket había excomulgado a tres altísimos cargos de la iglesia inglesa: Roger de Pont L'Évêque, arzobispo de York; Gilbert Foliot, obispo de Londres; y Josceline de Bohon, obispo de Salisbury. ¿El motivo? Haber coronado en junio de ese año al hijo de Enrique II, Enrique el Joven, el antiguo pupilo de Becket, como co-regente, algo que era privilegio exclusivo del arzobispado de Canterbury. Al llegar a Inglaterra, le piden que anule esta excomunión, a lo que se niega, alegando que sólo el Papa puede hacerlo.
A oídos del rey, que está en la ciudad francesa de Bures junto a su séquito, no tardan en llegar las noticias procedentes de Inglaterra: Becket preparaba la excomunión de los prelados que habían apoyado a Enrique y medidas contra todos los que habían participado en la incautación de propiedades eclesiásticas.
De nuevo, nos adentramos en los pantanosos terrenos de la leyenda. Según la tradición, Enrique montó en cólera contra Becket, Y volcó esa ira contra sus propios caballeros, a los que se dirigió con estas palabras: ¿Qué miserables zánganos y cobardes he alimentado y criado en mi casa, que dejan que su amo sea tratado con tan vergonzoso desprecio por un clérigo de baja estofa?¿Nadie me librará de este insolente sacerdote? Ante estas palabras, cuatro caballeros se levantan en silencio y abandonan el castillo de Bures. Sus nombres son Reginald Fitzurse, Hugh de Morville, William de Tracy y Richard le Breton. Los cuatro cabalgan de vuelta a Inglaterra y se alojan en el castillo de Saltwood, preparando su misión, que no tardarán en llevar a cabo.


La muerte de Becket le convirtió en un mártir y empezó a ser reverenciado por toda Europa. Alejandro III lo canonizó apenas dos años después de su muerte. Enrique II fue excomulgado, aunque luego el Papa le perdonó a cambio de que hiciera penitencia  y enviara dinero a los cruzados. El rey hizo pública penitencia en 1174, haciéndose flagelar junto a la tumba de Becket. Si de verdad estaba contrito y pesaroso, o se trataba de un artificio para hacerse perdonar por el Papa y acallar las voces críticas, sólo lo sabía él. Los cuatro asesinos buscaron refugio en el castillo de Knaresborough, cerca de la frontera con Escocia, propiedad de Morville, donde permanecieron más de un año, aunque Enrique II no tomó medidas contra ellos, ni les hizo arrestar, ni confiscó sus propiedades. Alejandro III los excomulgó y les ordenó viajar a Tierra Santa, para permanecer allí catorce años haciendo penitencia, descalzos y en soledad. Se cree que ninguno volvió con vida a Inglaterra y que sus cuerpos fueron sepultados en Jerusalén, aunque hay varias leyendas y tradiciones sobre su destino: que sus cuerpos fueron llevados de vuelta a Inglaterra y sepultados en la isla de Brean Down, en la costa oeste de Gran Bretaña; que Richard le Breton volvió de Tierra Santa y pasó sus últimos años en la isla de Jersey; o que Reginald Fitzurse huyó a Irlanda, donde dio origen al clan McMahon.
Tras la muerte de Becket, Enrique II se mostró menos combativo con la Iglesia. Su sucesor, su hijo Ricardo I Corazón de León, no prestó demasiado interés a las cuestiones legales y religiosas, enfrascado como estuvo durante buena parte de su reinado en guerras y disputas. El sucesor de Ricardo, su hermano Juan Sin Tierra, sin embargo, volvió a tener roces con Roma a cuenta del derecho de elección del arzobispo de Canterbury.
La tumba de Thomas Becket, en la catedral de Canterbury, se convirtió en uno de los principales destinos de peregrinación en Inglaterra, hasta que fue destruída en 1538 por orden directa de Enrique VIII durante la llamada "Disolución de los monasterios" (la incautación de las propiedades de la Iglesia Católica de Inglaterra, después de que el rey se hubiera proclamado cabeza de la Iglesia Anglicana).
En el lugar en el que estuvo la tumba de Becket hay una vela permanentemente encendida

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El Puerto del Hambre



En 1577 la reina Isabel I de Inglaterra, que no perdía ocasión de buscarle las cosquillas a España, encomendó al pirata Francis Drake una expedición contra las posesiones españolas de la costa del Pacífico. Al frente de cinco barcos y unos 160 hombres Drake partió hacia Sudamérica. Entre tormentas y peleas con los indios patagones sir Francis perdió cuatro de sus naves y con la última, el Pelican, cruzó el Estrecho de Magallanes hacia el Pacífico, donde tras atacar varios buques y puertos españoles, subió hasta las costas de California para luego dirigirse al oeste y volver a Inglaterra tras doblar el cabo de Buena Esperanza. Ante los ataques ingleses, el virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo, armó dos navíos a las órdenes de Pedro Sarmiento de Gamboa para acabar con Drake, sin éxito, ya que éste había dejado ya las costas peruanas.
En vista de lo ocurrido y temiendo un nuevo ataque, Álvarez de Toledo encargó a Sarmiento que armara otras dos naves y con ellas explorara a conciencia el Estrecho de Magallanes, realizando cartas de navegación y mapas topográficos, buscara lugares donde establecer fortificaciones, tomara nota de la existencia de asentamientos en la zona y combatiera a los ingleses, si los encontraba.

Pedro Sarmiento de Gamboa (1530-1592)
Pedro Sarmiento de Gamboa era un sujeto peculiar y polifacético. Soldado, marino, cartógrafo, astrónomo, explorador, escritor, historiador, científico, con una insaciable curiosidad, había nacido en torno a 1530 en Alcalá de Henares y se crió en Pontevedra, ciudad natal de su padre Bartolomé. Tras ser soldado llegó en 1555 a México, donde vivió un par de años hasta que fue hecho azotar y desterrado en 1557 a causa de una parodia de un auto de fe que había incomodado a la Inquisición. Se instaló en Perú, donde profundizó en sus conocimientos de náutica, geografía y astronomía, además de interesarse vivamente por la cultura inca, de la que llegó a ser uno de los mayores conocedores. Lamentablemente, esta sed de conocimientos le volvería a causar problemas con la iglesia: dos veces fue acusado de brujería (decían de él que practicaba la magia negra y que poseía un talismán "para tratar con mujeres y tener gracia con ellas") y una tercera de nigromante, por lo que fue condenado al destierro de nuevo en 1565; pena luego conmutada para que formara parte de la expedición que, en 1567, mandada por Álvaro de Mendaña, descubrió las islas Salomón y Vanuatu (de las que los españoles creían que estaban llenas de oro). Posteriormente, por encargo del virrey, que lo había nombrado cosmógrafo general de los reinos del Perú, escribiría la Historia Índica, una extensa obra en tres partes sobre el imperio inca, su historia y su conquista por los españoles.

Historia Índica
Las dos naves, la Nuestra Señora de la Esperanza y la San Francisco, partieron el 11 de octubre de 1579 del puerto de El Callao. Mientras que la San Francisco volvió a Perú a finales de enero de 1780, tras una tormenta, Sarmiento continuó su misión a bordo del Nuestra Señora hasta febrero, en que salió al Atlántico y puso rumbo a España, donde propuso a Felipe II construir fortificaciones a lo largo del Estrecho para asegurarse el control de tan estratégico paso. El rey dio su visto bueno y se organizó una expedición, bajo el mando de Diego Flores de Valdés, formada por 23 barcos y 2500 hombres, en la que también iban Pedro Sarmiento (nombrado gobernador y capitán general del Estrecho) y Alonso de Sotomayor (recién nombrado gobernador de Chile) con su séquito.
La expedición estuvo gafada desde un principio. Partió de Sanlúcar de Barrameda el 25 de septiembre de 1581, pero un temporal hundió cinco buques y les obligó a volver a Cádiz a reparar varios más que habían resultado averiados. La flota, reducida a 16 barcos, volvió a zarpar en diciembre. Enfermedades y deserciones les hicieron perder 150 hombres durante el viaje, y otros 200 mientras esperaban fondeados en Río de Janeiro a que las condiciones meteorológicas fueran propicias. El 2 de noviembre de 1582 zarparon rumbo al sur, haciendo escala en Buenos Aires, donde Sotomayor y los suyos desembarcaron para continuar por tierra hacia Chile. Durante la travesía perdieron varias barcos más por culpa de las tormentas. Valdés, con cinco naves, trató de llegar al Estrecho, pero las tormentas le hicieron darse la vuelta y volver a Río de Janeiro, desde donde continuó de vuelta a España.
El abandono de Valdés no hizo desistir a Sarmiento. Se quedó en Río preparando un nuevo intento, que no pudo llevar a cabo hasta noviembre de 1583. Con cinco naves y 538 hombres se aventuró en el Estrecho y el 4 de febrero de 1584 tocaba tierra cerca del cabo Vírgenes (en la actual provincia argentina de Santa Cruz), reclamando aquellas tierras en nombre de la corona española, y el 11 de febrero fundó Nombre de Jesús, el primer asentamiento español en la Patagonia. Pero el mal tiempo, una vez más, hizo que cuatro de las naves tuvieran que dar media vuelta. Quedó así Sarmiento al frente de un único barco, el Santa María de Castro, y 338 hombres, entre colonos y sus familias, soldados, sacerdotes y marineros. Considerando que eran demasiados, dado la escasez de recursos del lugar, Sarmiento dejó en Nombre de Jesús a 180 de ellos y se dirigió al oeste con los restantes, la mayoría a pie y algunos en el barco bordeando la costa, recorriendo unos 200 kilómetros hacia el extremo oeste del Estrecho, donde el 25 de marzo fundó un nuevo asentamiento, la Ciudad del Rey Felipe, cerca de lo que hoy es la ciudad chilena de Punta Arenas.


Ambas colonias se hallaban en lugares tremendamente hostiles y desolados. Las cosechas apenas dieron fruto, y los únicos recursos de la zona eran algo de caza (sobre todo, aves), mariscos y frutos y raíces silvestres (en un pasaje, Sarmiento menciona cómo a los hambrientos colonos les disgustaba encontrar perlas en las ostras porque preferían la comida a las joyas). A la escasez de alimentos se sumó el clima adverso y la hostilidad de los indígenas con los que a veces se encontraban. Sabedor de que en esas condiciones no podrían resistir, Sarmiento embarcó en la Santa María y volvió a Brasil en busca de ayuda y víveres. En el puerto de Santos consiguió comida y suministros, pero el barco se hundió cuando trataba de volver a la Patagonia. Un nuevo barco que logró fletar en Bahía en enero de 1585 también zozobró antes de llegar a su destino. Sus marineros se negaron entonces a volver a embarcarse, con lo que Sarmiento no tuvo otro remedio que volver a España en busca de ayuda (ya en junio de 1586). Pero, de camino, cayó en manos de los piratas ingleses de la flota de sir Walter Raleigh, quienes lo condujeron a Inglaterra. Allí, según cuenta la leyenda, logró que la reina Isabel le dejara libre tras una larga y amena conversación en latín, con el encargo de entregar a Felipe II una carta. Lamentablemente, camino de España Sarmiento volvió a caer prisionero, esta vez de los hugonotes franceses, quienes lo mantuvieron tres años encerrado en el castillo de Mont de Marsan, hasta que Felipe II pagó su rescate a finales de 1589. Pese a que rogó al rey que enviara ayuda a las colonias del Estrecho, Felipe II no quiso saber nada del asunto, después de todo el tiempo pasado. Además, el control del Estrecho pronto dejó de ser una prioridad, al descubrirse un paso más accesible al sur, doblando el cabo de Hornos (que con el tiempo acabaría siendo conocido como Paso de Drake).
El destino de los colonos fue desconocido durante años. Se llegó incluso a extender el rumor de que habían llegado a la Ciudad de los Césares, una ciudad legendaria llena de riquezas que los españoles situaban en algún lugar al sur del imperio inca. La verdad era mucho más terrible y se sabe, curiosamente, gracias a los piratas ingleses. En enero de 1587 el corsario Thomas Cavendish paró en Ciudad del Rey Felipe a aprovisionarse de madera y agua, hallando a sólo 15 hombres y 3 mujeres. De aquellos supervivientes, sólo uno se embarcó con los ingleses, un tal Tomé Hernández. Los demás se quedaron en tierra, no se sabe si por desconfiar de los ingleses o porque éstos los abandonaron a su suerte, y no se volvió a saber nada de ellos. El relato de Hernández (que luego éste repetiría a las autoridades españolas tras huir de los ingleses) hablaba de cómo la escasez de alimentos, el frío, las enfermedades y las luchas con los indígenas habían ido reduciendo el número de colonos. La desesperación había llevado incluso a los habitantes de Nombre de Jesús a trasladarse hasta Ciudad del Rey Felipe en una penosa caminata que muchos no pudieron soportar, sólo para descubrir que la situación allí era igual de mala, viéndose obligados a volver.
Cavendish también paró en Nombre de Jesús, donde se hizo con algunas piezas de artillería y pudo ver los restos de los colonos. La historia de Hernández y la visión de la colonia desierta con numerosos cadáveres insepultos impresionó tanto al inglés ("murieron como perros en sus casas y así los encontramos a nuestra llegada") que rebautizó al asentamiento con el nombre de Port Famine, Puerto del Hambre. En 1590, otro barco inglés, The Delight, encontró cerca de Nombre de Jesús a un único superviviente, cuyo nombre se desconoce. Lamentablemente, el Delight naufragó cerca de Cherburgo y ninguno de los supervivientes era español. Hasta el 2003 no se sabría más de Nombre de Jesús; ese año, un equipo de arqueólogos argentinos localizaron y excavaron sus restos, incluidas las tumbas de varias personas con evidentes signos de desnutrición.


Pedro Sarmiento de Gamboa fue nombrado almirante y murió en 1592, cuando mandaba una flota en las costas portuguesas. Fue enterrado en Lisboa, pero la situación de su tumba es desconocida. Dejó una obra literaria abundante, documentada y minuciosa.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Booze Town, la ciudad del alcohol



Mel Johnson nació en 1912, en el seno de una familia privilegiada. Sus padres se separaron cuando él era un niño y Mel pasó su infancia entre la casa de su madre en Cincinatti, las visitas a Londres para ver a su padre (un playboy mujeriego y disoluto, heredero de una gran compañía naviera) y varias elitistas escuelas privadas de las que era expulsado por mal comportamiento con cierta regularidad. Cuando creció, el dinero y las influencias de su familia lograron que fuera admitido en la selecta Universidad de Harvard, pero no llegó a terminar sus estudios; en lugar de eso, prefirió marcharse a México para intentar hacerse rico con negocios de minería. Aunque en lugar de los negocios, lo que de verdad ocupó sus días mexicanos fueron sus dos grandes pasiones: la fiesta y el alcohol. Porque a Mel Johnson le encantaba beber y conocerlo todo acerca de las bebidas alcohólicas.
En 1942, tras la entrada de Estados Unidos en la guerra, Mel se alistó en las Fuerzas Aéreas. Quería ser piloto, pero no tenía aptitudes, así que lo formaron como operador de radio y lo enviaron a Inglaterra... donde en 1944 fue licenciado deshonrosamente en virtud de la llamada Sección 8 (mentalmente incapacitado para el servicio) tras un confuso incidente en el que, al parecer, trató de prender fuego al club de oficiales de su base.
Tras la guerra, Mel pasó cuatro años, entre 1946 y 1950, viajando por el mundo y visitando los mas renombrados templos del bebercio en todo el planeta: Nueva York, Nueva Orleans, La Habana, Rio de Janeiro, Dublín, París, Barcelona... En todas esas ciudades bebió de lo lindo y disfrutó mucho, pero siempre tuvo la sensación de que faltaba algo, de no haber encontrado el lugar perfecto para beber. De vuelta en Estados Unidos, sopesó durante un tiempo la posibilidad de regentar un club en Nueva Orleans, Y fue precisamente en la capital del jazz donde tuvo su gran revelación, su visión, su caída del caballo, tras una noche de borrachera en el Old Absinthe House: no había encontrado el lugar perfecto para beber porque no existía, nadie se había preocupado de construirlo; alguien debía hacerlo. Y él estaba dispuesto a ser ese alguien.
Y así nación en la mente de Mel Johnson la idea de Booze Town (ciudad del alcohol o del licor). Una ciudad concebida por y para los bebedores. Frenéticamente, Mel comenzó a planificar esta sublime idea, que según su plan se construiría en tres etapas:
- En la primera etapa, se construirían exclusivamente bares. Bares de todo tipo, con distintas ambientaciones y estilos, para atraer rápidamente al mayor número de visitantes. También se construiría la sede del ayuntamiento y hogar de Mel: una grandiosa torre de cristal con forma de copa de martini.
- En la fase dos la ciudad se expandiría, construyendo nuevos bares, clubes, hoteles y tiendas de licores, y también varias destilerías en las afueras, para conseguir ser autosuficientes en cuanto a la producción de alcohol.
- Y ya en la tercera fase, se afrontaría la construcción de edificios residenciales para atraer residentes fijos: jubilados, artistas, bohemios... Esperaba atraer así a muchos artistas (escritores, actores, pintores) que eran reconocidos aficionados a la bebida, para convertir a Booze Town en una suerte de generadora de cultura.
Los planes de Mel Johnson para su ciudad eran realmente ambiciosos. Se trataba de una ciudad pensada y construida para proporcionar veinticuatro horas al día de lo que Mel Johnson llamaba "diversión adulta". En Booze Town los bares y las licorerías se mantendrían abiertos las veinticuatro horas, los siete días de la semana, para mayor comodidad de los bebedores. Un sistema de aceras móviles y una red de confortables autobuses eléctricos llevarían a los bebedores de un bar a otro, Además, estaría permitido beber en toda la ciudad, incluso en los edificios públicos, en los puestos de trabajo y en los lugares de culto. Por razones obvias, estarían prohibidos los niños, quienes deberían quedarse en una especie de complejo-guardería habilitado en las afueras. Habría una policía local, la Party Police, encargada de velar por la seguridad de los bebedores y acompañarlos de vuelta a sus hogares en caso de que no estuvieran en condiciones de hacerlo; y para complementar sus funciones, se crearía una milicia de voluntarios, la Hermandad de Baco. Las calles tendrían nombes relativos al alcohol (Gin Lane, Bourbon Boulevard...). Además, también planeaba construir casinos y legalizar la prostitución. Incluso quiso que Booze Town tuviera su propia moneda, los BoozeBucks, cuyo valor estaba respaldado por el Booze Town Bank no con oro sino con whisky (al que llamaba "oro líquido"). Y también habría un periódico, el Booze Town Bugle, que mantendría informados a sus habitantes de las noticias de interés para la ciudad, pero que apenas mencionaría a resto del mundo.
Tampoco olvidaba la salud y la seguridad de los bebedores. Una de sus ideas era añadir vitaminas y minerales a todo el alcohol destilado en la ciudad, para asegurarse de que los consumidores se mantenían saludables. Y, ante el clima de tensión provocado por la Guerra Fría entre norteamericanos y soviéticos, también pensaba construir una serie de refugios subterráneos conectados por túneles, para que la diversión y la bebida pudieran continuar incluso en un mundo post-apocalíptico.
Una de las preocupaciones de Johnson fue la localización donde se iba a construir Booze Town. Quería un lugar apartado y tranquilo, pero bien comunicado. Pensó en un primer momento en su Ohio natal, pero las estrictas leyes estatales sobre el alcohol le hicieron desistir. A lo largo de los años barajó otras posibilidades como Texas, el norte de Nevada (aunque no le gustaba la cercanía de Las Vegas), Luisiana, una isla de la costa oeste de México e incluso algún país de Centroamérica.
Todo este proyecto necesitaba de una fuerte inversión, que Mel no podía asumir él solo; aunque había recibido una buena herencia tras la muerte de su padre (en un accidente de esquí), no era suficiente, y se lanzó en busca de inversores dispuestos a participar en la construcción de su ciudad soñada. Recorrió el país celebrando fiestas y dando conferencias, tratando de ganarse el interés de los posibles inversores; sin embargo, no consiguió atraer a nadie. Era un proyecto demasiado excéntrico y polémico y nadie se atrevió a poner dinero para llevarlo a cabo. No ayudó tampoco el trato que la prensa dispensó a Johnson; periódicos como el Plain Dealer le acusaron de querer construir una "nueva Gomorra para los desechos de la sociedad". Otros, como el National Enquirer, más mordaces, titularon su historia como "Lunático planea una ciudad para borrachines", tildándolo de "chiflado". 
Mel Johnson en un reportaje del National Enquirer (1954)
Conforme pasaba el tiempo, el comportamiento de Mel Johnson se volvía más errático y excéntrico. En algunos de sus discursos empezó a clamar al cielo y acusar al mismísimo Dios de estar frustrando sus planes, para asombro de su concurrencia. También empezó a mostrar signos crecientes de paranoia; creía que el FBI lo espiaba y que la mafia quería robarle su idea. Obligaba a sus potenciales inversores a firmar un acuerdo de confidencialidad antes de exponer su plan y aún así se mostraba vago e impreciso en sus detalles. Se obsesionó con mantener el control absoluto de su creación, exigiendo a los interesados que pusieran dinero sin tener voz ni voto en el proyecto.
En tres ocasiones creyó tener por fin la financiación que necesitaba; pero las tres veces resultaron en fiascos. En 1953 creyó haber llegado a un acuerdo con un grupo de ganaderos texanos que resultaron ser unos charlatanes y especuladores. En 1955, con un consorcio de industriales europeos que resultó ser una banda de estafadores. Y en 1958, una anciana y millonaria aristócrata, que al final era una mujer con sus facultades mentales perturbadas (y además, sin dinero).
Finalmente, en 1960, Mel se vio obligado a renunciar al proyecto de Booze Town, no sin antes culpar de su fracaso al gobierno norteamericano, a la mafia, a J. Edgar Hoover (director del FBI) y a los fundamentalistas cristianos, entre otros. En 1962 se le diagnosticó esquizofrenia paranoide y su familia lo ingresó en el Bartonville Mental Hospital, en Bartonville, en el condado de Peoria (Illinois), donde moriría sólo cuatro años después.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El infortunado Victor Holmes

Victor Holmes (1925-1937)

Hay personas nacidas con mala estrella, que parecen ser víctimas de una broma cósmica en la que todo se pone en su contra. Pero es difícil encontrar a alguien con peor fortuna que la que tuvo el pequeño Victor Holmes en su corta existencia.
Victor Holmes nació en Manchester en 1925. Era el quinto de los seis hijos de Peter Holmes, un humilde carpintero, y su esposa Elizabeth. Era una familia muy humilde, cuya situación empeoró debido a la crisis económica del 29. Victor fue un niño jovial, extrovertido y amable, que caía bien a todo el mundo; aunque también era travieso y aventurero, y acostumbraba a meterse en líos junto a sus hermanos y amigos. También era el favorito de su severo padre, quien siempre tenía un gesto amable o una moneda para el pequeño Victor, a pesar de sus trastadas. Cuando Peter murió, en 1933, dejó escrito en el reverso de una foto que legaba a su hijo sus herramientas de carpintería, si éste cumplía su promesa de convertirse en carpintero, como él. Desgraciadamente, Victor no tuvo ocasión de cumplir dicha promesa.
Porque, más allá de los típicos accidentes y golpes de cualquier niño, Victor tenía una especial predisposición para ponerse en situaciones peligrosas. Cerca de su casa había un lago al que solía ir a nadar, cuando hacía buen tiempo. De este lago, Victor tuvo que ser rescatado hasta en tres ocasiones, cuando estaba a punto de ahogarse. Su siguiente desgracia tuvo que ver con el carro de un granjero, con el que se cruzó mientras jugaba con sus hermanos. Victor tuvo la mala suerte de que su pierna quedara atrapada entre los radios de una de las ruedas del carro, rompiéndosela. A consecuencia de ello, estuvo varias semanas ingresado en el hospital de Davyhulme. La fractura no se curó correctamente y Victor tuvo que utilizar a partir de entonces una muleta. Y los accidentes no pararon ahí. Victor fue atropellado hasta en tres ocasiones, dos por automóviles y otra por una motocicleta. Además, mientras manipulaba una lata de carburo (utilizado por aquel entonces como combustible para lámparas) ésta explotó, provocándole graves quemaduras. A toda esta sarta de adversidades se sumaron después el ataque de un pastor alemán y las graves quemaduras en una pierna al caerle encima una olla de agua hirviendo.
Meses después, el lago en el que había estado a punto de ahogarse fue drenado. Victor y sus amigos se acercaron al lugar para ver el desarrollo de las obras, con tan mala suerte de que resbaló en el lodo y se dañó la pierna, heridas que se complicaron con una septicemia (infección en la sangre) de la que tardó meses en estar totalmente restablecido. Fue por esta época en que los periódicos por primera vez se hicieron eco de la historia de Victor, al que llamaron "el niño con más vidas que un gato" o "el niño que burló 11 veces a la muerte".
A principios de 1937, Victor jugaba con sus amigos entre los escombros de la construcción de un nuevo juzgado cuando se cayó a un pozo lleno de cal que había sido excavado por los obreros. Pese a que lo sacaron inmediatamente de allí, la caída y la cal le causaron heridas graves, que se complicaron posteriormente con una nueva infección. Tras cinco semanas hospitalizado en el Jericho Public Assistance Infirmary (un hospital de beneficencia para aquellos que no podían costearse otra atención médica), Victor murió debido a una osteomielitis, al fallo del músculo cardíaco y una amiloidosis. Faltaban apenas tres semanas para que cumpliera los 12 años. Una muerte muy sentida no sólo por su familia, sino también por las enfermeras y médicos del Jericho, que le habían tomado cariño. Fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Christ Church, en Pendlebury, al lado de su padre. Las herramientas de éste, finalmente, fueron heredadas por el hermano mayor de Victor, Cyril cuyos descendientes todavía las conservan.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Los valdenses

Pierre Valdo (c.1140-1217?)


Pierre Valdo (también llamado Waldo, Valdès o Vaudès), nacido en torno a 1140, era un próspero comerciante de Lyon, uno de los más ricos de la ciudad. Era también un hombre creyente y piadoso, pero no compartía algunos aspectos de la Iglesia. Le disgustaban el lujo y las costumbres relajadas de los altos dignatarios eclesiásticos, que contrastaban con la pobreza predicada por Jesucristo, y algunas de sus doctrinas, como la transubstanciación, le generaban profundas dudas.
Valdo sufrió una crisis en la década de 1170 (en 1173 o 1176, dependiendo de la fuente), tras la muerte repentina de un amigo suyo durante un banquete. Esta súbita pérdida, unida a la influencia que sobre su ánimo tuvo la historia de San Alejo de Roma (un santo cuya existencia real no está probada, del que se decía que renunció a una vida de lujo y riquezas para vivir como un mendigo predicando la Biblia) le llevaron a pedir consejo a un sacerdote, el cual (dicen que para burlarse de él) le leyó la historia de Jesús y el joven rico (Mateo, 19:21), al que aconsejó vender cuanto tenía y dárselo todo a los pobres. Broma o no, lo cierto es que Valdo se lo tomó muy en serio; tras ingresar a sus dos hijas en un convento y dejarle a su esposa dinero suficiente para su sustento, usó el resto de su fortuna para repartir alimentos a los muchos pobres que por entonces había, debido a la gran hambruna que en aquellos años afectaba a Francia y Alemania. Además, pagó a dos sacerdotes, Etienne d'Anse y Bernard Ydros, para que tradujeran el Nuevo Testamento al idioma occitano. Y empezó a predicar por las calles de Lyon, proclamando un retorno al humilde cristianismo primitivo, una iglesia pobre y solidaria, fiel al mensaje de Cristo y lejos de los fastos y la magnificencia de Papas, cardenales y obispos.
Este mensaje, unido al hecho de que Valdo les leía la Biblia en su propia lengua (la iglesia no solía autorizar traducciones de la Biblia a otra lengua que no fuera el latín) caló pronto entre las clases humildes de Lyon, que empezaron a seguir a Valdo, por lo que aquel movimiento pronto fue conocido como los valdenses o los pobres de Lyon. Muy pronto, los predicadores itinerantes enviados por Valdo (tanto hombres como mujeres) empezaron a extender su mensaje por la región, consiguiendo numerosas adhesiones en muy poco tiempo. Su rápido crecimiento y su mensaje anticlerical incomodaron a los altos mandatarios eclesiales, como el arzobispo de Lyon, Guichard de Pontigny, que les prohibió predicar.
Valdo recurrió entonces al mismísimo Papa. En marzo de 1179 se celebró en Roma el tercer Concilio de Letrán, presidido por el papa Alejandro III, donde se tomaron decisiones importantes, como la condena de herejías como los cátaros o el movimiento patarino, el establecimiento de normas para la elección papal, la condena de pecados como la simonía (la compra de cargos eclesiásticos o reliquias) y la recomendación a los miembros del clero de moderación en sus costumbres. Al Concilio acudieron representantes de los valdenses pidiendo la aprobación de su traducción de la Biblia y de sus doctrinas, aprobación que les fue negada. No obstante, sus doctrinas no fueron condenadas e incluso Alejandro III mostró simpatía por su humildad y pobreza, y les recomendó convertirse en una orden monástica. Aún así, a Valdo y sus seguidores se les pidió que moderaran sus ataques contra el clero y se les prohibió predicar sin el permiso explícito del obispo o del propio Papa.
Sin embargo, de vuelta a Lyon, los seguidores de Valdo continuaron predicando pese a la prohibición expresa de hacerlo. Su rebeldía llevó a que en 1181 Alejandro III los excomulgara. Durante algún tiempo eludieron dicha decisión, hasta que en 1184 el papa Lucio III la ratificó en el Concilio de Verona. Como consecuencia, los valdenses se vieron obligados a abandonar Lyon y se extendieron por buena parte de Europa: Francia, Suiza, Lombardía (donde se unieron a otro movimiento reformador muy similar, el de los humiliati), el Piamonte, Bohemia, Hungría, Polonia y Aragón (donde fueron perseguidos con saña; 114 de ellos fueron quemados vivos en Girona). A menudo, se les relaciona con otros movimientos religiosos contemporáneos suyos también tachados de heréticos, como los cátaros, los albigenses o los bogomilos.


Con el tiempo, los valdenses fueron tejiendo su propia doctrina teológica, que se separaba de la doctrina oficial de la iglesia en bastantes aspectos (aunque no en otros; así, les estaba permitido participar en las misas "oficiales" y recibir sus sacramentos):
- La importancia que daban en el culto a los laicos, reconociendo a cada persona el derecho a tomar conciencia de su propia fe, lo que en la práctica convertía en prescindibles a los sacerdotes y al resto del clero.
- El radicalismo evangélico, centrado en pasajes como el "sermón de la Montaña". Daban una gran importancia al estudio y aprendizaje de la Biblia. Cualquiera que la conociera lo suficiente podía predicar.
- Rechazaban prestar juramento, llevar armas y participar en guerras.
- El rechazo a la transubstanciación; a la existencia del purgatorio; al culto a los santos, las imágenes, a las reliquias, a la cruz y a la Virgen; y a la confesión ante un sacerdote.
- Rechazo a la autoridad papal y a las jerarquías eclesiásticas, así como a la riqueza de la Iglesia
- Concedían a las mujeres una amplia libertad de actuación y les estaba permitido predicar (frente a la prohibición del sacerdocio femenino por parte de la Iglesia)
- La predicación itinerante, a cargo de predicadores célibes conocidos como "barbas", que se movían constantemente de un pueblo a otro y que, tras su prohibición, solían predicar en locales y casas lejos de los espacios públicos.
Pierre Valdo se exilió a Bohemia, donde murió sobre 1217. Tras su muerte, las distintas comunidades valdenses se fueron distanciando unas de otras y se dividieron en distintos grupos. Las más moderadas se reintegraron en la Iglesia gracias a la labor del papa Inocencio III, quien permitió que los predicadores se adscribieran en órdenes menores que más tarde acabarían siendo absorbidas por dominicos y franciscanos.
Por su parte, los valdenses más radicales se negaron a ningún acercamiento a la Iglesia, lo que les costó ser ferozmente perseguidos tanto por la Iglesia como por el poder secular, a menudo acusados de brujería. Muchos de ellos acabarían luego formando parte de movimientos como el de los husitas.
A principios del siglo XVI, un sínodo de representantes de los principales grupos valdenses celebrado en Laus (Francia) en 1526 decidió enviar emisarios a Alemania para conocer en profundidad las tesis reformistas de Lutero. Posteriormente, a raiz del sínodo de Merindol (1530) fueron enviados nuevos emisarios a Suiza. En virtud de sus informes, y con la presencia del reformador suizo Guillaume Farel, en 1532, en el sínodo de Chanforan (en el Piamonte) los representantes valdenses decidieron su adhesión a las ideas reformistas. Se abolió la predicación itinerante de los "barbas" (que se convirtieron en pastores protestantes) y se prohibió la asistencia a las misas católicas. Muchos autores destacan la influencia de los valdesianos como antecedentes directos de la Reforma. Sólo unos pocos prefirieron no adherirse a los postulados de Lutero.
El aceptar formar parte de la Reforma los metió de lleno en las guerras de religión que sacudieron Europa. Los valdenses asentados en regiones mayoritariamente protestantes no tuvieron problemas para mantener su fe. No así en regiones católicas, donde su apoyo a las tesis luteranas les valió sufrir numerosas persecuciones (más violentas de las que ya padecían). Una de las consecuencias más terribles fue la Masacre de Mérindol, donde cientos de valdenses fueron asesinados y numerosos pueblos arrasados, por orden del rey de Francia Francisco I. El Edicto de Nantes (1598), que establecía la libertad de culto, les dio un cierto respiro, pero después de que Luís XIV revocara el Edicto en 1685, ocho mil de ellos fueron forzados a convertirse al catolicismo y otros tres mil escaparon a Alemania. Tampoco les fue demasiado bien en el Piamonte, una de las regiones donde más peso tenían; en 1655, el Duque de Saboya, Carlos Manuel II, asesinó a 1700 de ellos en lo que se llamó la "Pascua del Piamonte". En 1686, su sucesor, Víctor Amadeo II, obligó a otros 2500 a exiliarse a la fuerza en Suiza; aunque lograrían regresar en 1689, en lo que se llamó "el Glorioso Retorno". Pese a ello, siguieron padeciendo persecuciones, conversiones forzadas y destierros durante décadas. No fue hasta la Revolución de 1789 en Francia, y 1848 (año en el que Carlos Alberto, rey del Piamonte y Cerdeña, les concedió la libertad de culto y derechos civiles) en el Piamonte, en que los valdenses pudieron practicar libremente su fe.
Hoy en día, pese a que muchas de sus comunidades fueron asimiladas por otras iglesias protestantes, como la anabaptista, se mantienen congregaciones valdenses en distintas partes del mundo. La más numerosa es la italiana, con unos 30000 fieles, y que en 1975 se unió con la Iglesia Metodista Italiana. También hay una numerosa colonia en Sudamérica, unas 15000 personas repartidas entre Argentina y Uruguay. Asimismo, hubo una importante colonia en los Estados Unidos, la mayoría de cuyos miembros acabaron formando parte de la Iglesia Presbiteriana. Y en Alemania sobreviven diez comunidades valdesianas, formando parte de la Iglesia Evangélica Alemana.