Verba volant, scripta manent

martes, 24 de marzo de 2015

José María Chao y el atentado contra el general Eguía

José María Chao Rodríguez (1790-1858)

José María Chao Rodríguez nació en Lebosende, en el municipio orensano de Leiro, el 30 de marzo de 1790, hijo de un matrimonio de labradores acomodados. Estudió en el Colegio de Farmacia de Santiago, donde se alistó en el Batallón Literario, formado por estudiantes de la universidad compostelana para plantar cara a los invasores franceses, y luego se unió al Ejército regular como practicante hasta 1814. Terminada la guerra, tras acabar sus estudios, abrió farmacia propia en Ribadavia, donde comenzó también su actividad política. De ideales profundamente antiabsolutistas, tras la revolución de 1820 defendió activamente las posiciones liberales, hasta el punto de enfrentarse en varias ocasiones a los absolutistas como miembro de una milicia liberal.
Sin embargo, tras la abrupta caída del régimen liberal en 1823 sus partidarios empezaron a ser perseguidos por Fernando VII. La situación de Chao se agravó cuando en 1824 fue nombrado Capitán General de Galicia el que iba a convertirse en su Némesis: el general Nazario Eguía, reaccionario, ultraconservador y furibundo antiliberal. Su llegada marcó el inicio de una auténtica cacería de liberales, muchos de los cuales pagaron con el presidio o la horca sus ideas. Fue el caso de Chao, quien se había trasladado a Vigo en 1826 y abierto una nueva farmacia, que muy pronto se convirtió en un centro de conspiraciones antiabsolutistas, lo que le valió al boticario pasar dos años en la cárcel, hasta principios de 1829, a los que siguieron otros cuatro de confinamiento en Santiago. Precisamente, Santiago era la ciudad a la que el general Eguía había trasladado la sede de la Capitanía, huyendo del excesivamente liberal ambiente coruñés, donde había estado hasta entonces, en busca de otro más de su gusto. Y es en Santiago, en octubre de 1829, donde tiene lugar uno de los hechos más sonados asociados a la figura de Chao.

Nazario Eguía y Sáez de Buruaga (1777-1865)
El día 29 de ese mes, Eguía se hallaba en su despacho, atendiendo a sus obligaciones, cuando uno se sus ayudantes entró con un grueso sobre con la leyenda "Urgente V. E." que acababan de entregar para el general remitido supuestamente desde León. Dentro del sobre había un segundo pliego, rotulado como "Urgentísimo y reservado". Y dentro de éste había un tercer sobre, en el que se podía leer "Reservadísimo. Del Rey para el general Eguía", lo que despertó la inmediata curiosidad del militar. Cogiendo el sobre, lo llevó hasta su mesa, se sentó, lo apoyó en un cajón que tenía abierto y procedió a abrirlo, introduciendo el dedo índice por una de sus esquinas. Justo en ese momento, el sobre hizo explosión, haciendo añicos la mesa y destrozándole al general la mano derecha (también perdería dos dedos de la izquierda). Pese a sus graves heridas, Eguía logró incorporarse hecho una furia y gritar "¡Aún me queda la otra para ahorcar al culpable!¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!" Pues era bien conocida la habilidad como químico del boticario. Y aquel artefacto (un muy sofisticado explosivo a base de pólvora, arsénico y fragmentos de vidrio como metralla), uno de los primeras cartas-bomba de que se tiene noticia, era sin duda la obra de una mente ingeniosa y brillante.
Pero la amenaza de Eguía no pudo llevarse a cabo. Nadie pudo probar la implicación de Chao en el atentado (que quedó sin esclarecer, pese a ofrecerse 40000 reales y la amnistía a quien delatase al responsable) y él mismo (y sus hijos, tras su muerte) negó siempre haber tenido nada que ver en el suceso. Tras el incidente, la vida siguió más o menos igual: el general siguió firmando condenas contra los liberales, aunque ya no con su mano, sino con un sello que su graciosa majestad Fernando VII le había concedido para tal fin. Y Chao volvió a pasar alguna que otra temporada en prisión, dedicándose entre encarcelamiento y encarcelamiento a sus dos grandes aficiones: la química y las conspiraciones políticas.
Así, hasta 1833, año en el que por fin Fernando VII el Deseado murió y su hija Isabel heredó la corona. Nuevos aires empezaron a soplar en la política española, aires que también se llevaron a Eguía de Galicia (años más tarde, disgustado por el nuevo gobierno, que juzgaba desagradablemente progresista, acabaría uniéndose a las huestes carlistas). En cuanto a Chao, se trasladó de nuevo a Vigo y su suerte comenzó a mejorar. A finales de 1835 el gobernador de Pontevedra le concede una comisión para fumigar los buques sospechosos de portar infecciones que arribasen al puerto vigués. Las distinciones y nombramientos continuaron llegando: boticario mayor del Hospital Real de Santiago, catedrático de Farmacia Experimental en el colegio de Farmacia (1843), profesor de Química e Historia Natural de la Escuela del Puerto de Vigo en 1850...
Durante la gran epidemia de cólera de 1854-55, que entró en España a través del puerto de Vigo (habría un segundo foco más tarde en Barcelona) y se extendió a todo el país, matando a 300000 personas en un año, Chao se distinguió en la atención a los enfermos, recibiendo por ello una distinción de la Junta de Sanidad. Precisamente esa epidemia dio lugar a su única publicación conocida, Específico contra el cólera (1854), un ensayo en el que describe con detalle los síntomas de la enfermedad y propone como tratamiento el uso de unos "polvos termífugos" y un "jarabe anti-colérico" de su invención. Para reforzar sus argumentos, incluye una lista de 78 personas curadas con su remedio, de ellas 24 que ya habían recibido "los últimos auxilios espirituales" y cuatro que ya tenían "el ataúd en la casa".
En 1858 sus numerosas quejas acerca de las irregularidades cometidas en el lazareto de la isla de San Simón (donde los buques que llegaban a puerto debían forzosamente pasar una cuarentena) hacen que la Junta Provincial de Sanidad le nombre director del botiquín del lazareto. Ese mismo año de 1858, el 1 de noviembre, fallece, prácticamente arruinado, en buena parte debido a los quebrantos económicos que le causaron sus estancias en prisión.

Eduardo Chao Fernández (1822-1887)
Su figura quedó relegada a un segundo plano, oscurecida en parte por las destacadas personalidades de sus hijos, Eduardo y Alejandro Chao Fernández, y su yerno, Juan Compañel Rivas. Eduardo (1822-1887) fue geólogo, periodista, historiador, naturalista, catedrático de Farmacia, director general de la Junta de Telégrafos, diputado, senador, redactor de la Constitución Federal de 1873 y ministro de Fomento en la I República. Alejandro (1835-1894), periodista y editor, fundó numerosos periódicos y revistas (La Oliva, El Ateneo, La Legalidad, La Ilustración Gallega y Asturiana) y creó en 1864 en La Habana una editorial, La Propaganda Literaria, en la que se editaron obras fundamentales de la literatura gallega del siglo XIX, como Follas novas, de Rosalía de Castro, y Aires da miña terra, de Manuel Curros Enríquez. En cuanto a Juan Compañel (1829-1897) fue editor e impresor, en España y en Cuba, y de su imprenta salió en 1863 una obra capital de las letras gallegas, los Cantares gallegos de Rosalía de Castro.

2 comentarios:

  1. Pintoresco personaje, y una curiosa historia. Decididamente, quién elaboró la carta-bomba debía tener buenos conocimientos de química, pirotecnia y mecánica, y creo que personas así no debían de abundar en el Santiago de Compostela de aquella época, Chao, algún catedrático de la universidad y poco más.

    Un abrazo

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    1. Sin duda, detrás de aquel artefacto había una mente talentosa y con formación científica. Aunque es cierto que el general Eguía tenía una larga lista de enemigos.
      Un abrazo, Rodericus.

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