Verba volant, scripta manent

viernes, 6 de noviembre de 2015

Enseñanzas de un campo de batalla

Batalla de Towton (1461)

El 29 de marzo de 1461, domingo de Ramos, los ejércitos de la Casa de Lancaster y la Casa de York se enfrentaron cerca del pueblo de Towton, en el marco de la llamada Guerra de las Dos Rosas. Aquella batalla es considerada la mayor y más sangrienta jamás ocurrida en territorio inglés: las crónicas de la época hablan de entre 50 y 75000 soldados enfrentados (algunos historiadores posteriores elevan el número hasta los 100000) con un resultado estimado de 8000 muertos en el bando de York y 20000 en el de Lancaster. Fue una batalla brutal y sin cuartel, que se prolongó durante horas en un amplio campo abierto, sin apenas vegetación, de más de 2 kilómetros de ancho. Además, una tormenta de nieve y lluvia había transformado el campo en un barrizal con charcos de hasta treinta centímetros de profundidad, lo que entorpecía sobremanera la lucha, convirtiéndola en un penoso cuerpo a cuerpo. La contundente victoria de las tropas de York provocaría la huida a Escocia del rey Enrique VI y la subida al trono, apenas tres meses después, de Eduardo IV, el primer rey de la Casa de York.

Towton Hall
En agosto de 1996, unas obras en Towton Hall, a cierta distancia del campo de batalla, sacaron a la luz bajo su piso una fosa común con los restos de 43 combatientes caídos en la batalla, completos en su mayor parte. Arqueólogos de la Universidad de Bradford se hicieron cargo de las excavaciones y del estudio de los esqueletos (posteriores excavaciones, que continúan hoy en día, tanto en el campo de batalla como en sus proximidades, sacaron a la luz nuevas tumbas y otros restos), que se convirtieron en una magnífica fuente de información sobre los hombres que formaban parte de aquellos ejércitos enfrentados.
Para empezar, aquellos hombres eran altos y fuertes. Pese a la imagen que muchos tienen en mente de los habitantes del medievo como hombres bajos, malnutridos y de dientes podridos, aquellos hombres eran fornidos y su altura media rondaba el metro setenta, habiendo algunos que sobrepasaban los 180 centímetros. El análisis de los huesos demostró que estaban bien alimentados y en buena forma, y su salud dental era más que aceptable.
En varios de los esqueletos se encontró una mayor densidad ósea en el hombro derecho y en el codo izquierdo, lo que se atribuye a un entrenamiento continuado en el uso del arco. Además, uno de los esqueletos mostraba en el codo una fractura por avulsión, causada cuando un ligamento o tendón arranca un fragmento de hueso. Es típica de atletas jóvenes, por lo que se cree que el entrenamiento de este arquero comenzó muy joven, quizá con sólo 12 o 13 años. También se hallaron en algunos de los esqueletos nódulos de Schmorl, unas protusiones en los discos intervertebrales relacionadas con esfuerzos continuados y levantamiento de grandes pesos.
Varios esqueletos mostraban heridas antiguas ya curadas, lo que confirma que se trataba de soldados veteranos con experiencia en anteriores combates. Además, el hecho de que hubieran sanado sus heridas para volver al combate indica que la medicina de la época, si bien no era muy avanzada, si era lo suficientemente eficaz como para salvar a un soldado herido y hacer que se recuperara con pocas o ninguna secuela. Historiadores de la época cuentan que ambos bandos tenían equipos médicos móviles que atendían a los heridos en el mismo campo de batalla.
El rango de edades era variado, pero no se han encontrado ni adolescentes ni ancianos. Los más jóvenes tendrían 17-18 años y los mayores, en torno a 50. Unido a su buena forma y a las antiguas heridas, lleva a pensar que el grueso de los ejércitos estaba formado por soldados profesionales y no por aldeanos reclutados.


Los dos ejércitos estaban muy bien equipados, tanto en el aspecto ofensivo como en el defensivo. Espadas largas y cortas, hachas de petos, mazas de combate, dagas, cuchillos, escudos de distinto tamaño. En lo defensivo, en torno a una cuarta parte llevaban armaduras metálicas, pero la mayoría de los combatientes tenían algún tipo de traje protector, hecho de cuero o de lana gruesa. En una de las excavaciones se halló lo que parece ser un fragmento de una primitiva arma de fuego, que se dispararía apoyada en un soporte de madera o un pequeño carro. Un hallazgo sorprendente, ya que no había constancia del uso tan temprano de la pólvora, y que adelanta en al menos treinta años la fecha de aparición de las armas de fuego en Inglaterra. En resumen, nada que ver con las masas de hombres desprotegidos y armados con palos y aperos de labranza que se ven en algunas representaciones de batallas de la Edad Media.
Los equipos de unos y otros no diferían demasiado. No existían uniformes, tal y como hoy los concebimos, y los soldados se identificaban con brazaletes de distinto color, lo que seguramente creaba confusión durante la batalla, sobre todo en un campo cubierto de barro. En una de las excavaciones se hallaron dos soldados de Lancaster que, aparentemente, se habían matado el uno al otro. También es cierto que en las fosas comunes en las que se sepultó a los muertos no se hicieron distinciones y los soldados de ambos bandos fueron enterrados juntos.
Los hombres de la fosa común habían sido enterrados sin sus armaduras, pero se encontraron abundantes restos en el campo de batalla, señal de que muchos combatientes se despojaron de ellas, bien porque les entorpecían para pelear en el campo embarrado, bien para huir con mayor presteza tras la batalla.
Tres de los cadáveres encontrados parecen corresponder, por sus ropajes, a monjes o sacerdotes. Uno de ellos tenía a su lado una espada, lo que sugiere que los religiosos que acompañaban a los ejércitos, lejos de limitarse a cumplir con sus deberes sacerdotales, también participaban de manera activa en los combates.
Un número desproporcionado de los caídos mostraba heridas en la cabeza (27 cráneos de la fosa original tenían daños). El individuo identificado como Towton 25 tenía ocho heridas (alguna de ellas infligida con una brutal ferocidad) y Towton 32, 13. Esto puede deberse a que los soldados estaban entrenados para atacar a sus enemigos en la cabeza, donde era más sencillo lograr una herida fatal; o bien porque aplastaban las cabezas de sus enemigos caídos para asegurarse de que estaban muertos. Además, algunos de esos cráneos mostraban daños en la región nasal y auditiva, lo que sugiere la posibilidad de que los vencedores se dedicaron a mutilar las narices y orejas de los muertos, quizá como macabro trofeo.

Towton 25

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