Verba volant, scripta manent

domingo, 16 de julio de 2017

Los caballos de San Marcos



Uno de los monumentos más representativos de la ciudad de Venecia es la Basílica de San Marcos, el principal templo católico de la ciudad y una de las obras maestras de la arquitectura bizantina. Entre los detalles más característicos de la Basílica están las cuatro estatuas de caballos que se exhiben en la terraza de la cubierta de su fachada. Estas cuatro imponentes estatuas metálicas no son originales del edificio; fueron traídas desde Constantinopla a principios del siglo XIII y tienen una curiosa historia, llena de misterio e incidentes.

La parte "veneciana" de la historia de estas estatuas comienza a finales del siglo XII. Ante el fracaso de la Tercera Cruzada (la de Ricardo Corazón de León y Federico I Barbarroja) en su intento de reconquistar Jerusalén, el papa Inocencio III convocó una Cuarta Cruzada, que reunió un ejército formado fundamentalmente por nobles franceses y holandeses. Este ejército jamás llegó a Tierra Santa; en su lugar, se aliaron con los venecianos para atacar el Imperio Bizantino y deponer a su emperador, Alejo III. Los cruzados acabaron conquistando la capital, Constantinopla, en 1204, y tras varios días de saqueos y pillaje, sin respetar ni siquiera las iglesias, acabaron reuniendo un enorme botín que se repartieron entre ellos.


Entre la parte de lo saqueado que se llevaron los venecianos estaba un conjunto escultórico que desde hacía siglos decoraba el famoso Hipódromo de la ciudad. El conjunto representaba a una cuádriga triunfal, y estaba compuesto por cuatro caballos, la cuádriga y un auriga. Se desconoce qué fue del resto del conjunto, pero los cuatro caballos fueron llevados a Venecia por orden del dux Enrico Dandolo, para ser luego instalados en la Basílica en el año 1254, como símbolo del poder de la república veneciana.

Es muy poco lo que se sabe de los caballos antes de que los venecianos se hicieran con ellos. Se sabe que llevaban mucho tiempo en el Hipódromo, pero poco más. Hay un texto datado en el siglo VIII o XIX, titulado Parastaseis syntomoi chronikai (Breves notas históricas) sobre la ciudad de Constantinopla y sus monumentos, en el que se menciona la presencia de unos caballos dorados en el Hipódromo que habrían sido traídos de la isla de Quíos, en el mar Egeo, durante el reinado de Teodosio II (408-450 d. C.). Es posible que se tratase de los mismos, aunque no se puede asegurar al 100%.

Aparte de eso, no se sabe ni quién las fabricó, ni donde, ni en qué  fecha, ni el motivo que propició su creación. Por no saber, ni siquiera se sabe con seguridad si son de origen griego o romano. Los estudios que se han hecho sobre ellas para averiguar la fecha aproximada de su fabricación dan un margen muy amplio, entre el siglo IV antes de Cristo y el siglo IV de nuestra era. Las estatuas miden unos dos metros y medio de largo, con una altura máxima de 2'38 metros (1'31 metros en la cruz) y pesan entre 850 y 900 kilos cada una.


Durante años se creyó que las estatuas eran de bronce. Pero un análisis moderno reveló que, sorprendentemente, las estatuas están hechas casi en un 97% de cobre, seguramente porque su creador buscaba que tuvieran un brillo dorado más llamativo y parecido al del oro. Este dato, unido a ciertas peculiaridades de su factura y estilo, lleva a pensar que son de fabricación romana, lo que desmentiría los extendidos rumores de que son obra de alguno de los grandes escultores griegos de la antigüedad, como Lísipo (390-318 a. C.), Praxíteles (c. 400-c. 320 a.C.) o Fidias (c. 500-431 a. C.).

Durante casi seis siglos, los caballos se mantuvieron imperturbables en la fachada de la Basílica, dominando desde las alturas la Plaza de San Marcos, hasta que un tal Napoleón Bonaparte se hizo con el poder en Francia. Las Guerras Napoleónicas sembraron el caos por toda Europa y, en 1797, las tropas francesas invadían el territorio de la ya decadente República de Venecia (que sería luego repartido entre franceses y austríacos) y tomaban su capital casi sin oposición. Napoleón quedó prendado de los caballos de San Marcos, viéndolos como lo que eran: símbolos del poder de la ciudad. Y, como tales, decidió apropiarse de ellos y se los llevó a París.

El Arco de Triunfo del Carrusel, en la actualidad
Los caballos estuvieron durante algún tiempo expuestos al público, con un cartel propagandístico que rezaba: "Llevados desde Corinto a Roma, de Roma a Constantinopla, de Constantinopla a Venecia, de Venecia a Francia: ¡están al fin en un país libre!". Cuando en 1808 se terminó la construcción del Arco del Triunfo del Carrusel, construido para conmemorar sus victorias militares, el emperador decidió colocar los caballos en lo alto del Arco. Allí estuvieron hasta 1815; tras la caída de Napoleón, el emperador austriaco Francisco I dispuso que los caballos fueran restituidos a su emplazamiento original, encargando la misión a un capitán del cuerpo de Ingenieros del ejército británico, William John Dumaresq (quien también se encargó de regresar el león alado de la piazzetta de San Marcos, que los franceses habían colocado frente al Hôtel des Invalides). Tiempo después se colocaría sobre el Arco del Triunfo una réplica en bronce de los caballos.


A partir de aquel momento las estatuas permanecieron en la fachada de la Basílica (salvo durante un breve periodo en 1981 en que formaron parte de una exposición itinerante y fueron exhibidas en París, Londres, Nueva York y México D. F.) hasta que a mediados de la década de 1980 las autoridades decidieron retirarlas de su ubicación para protegerlas de los efectos del clima, la contaminación y la actividad animal, y sustituirlas por unas réplicas. Desde entonces los originales se guardan en la exposición permanente que hay en el interior de la Basílica.

2 comentarios:

  1. La verdad es que quizás estos caballos de metal han recorrido más distancia en su existencia que algúnos reales.

    Son de una factura preciosa, es una lástima que no podamos conocer con certeza a su autór.

    Una magnífica entrada, había leído algo cosa sobre ellos en algúna novela histórica, pero como se costumbre, la verdad supera a la ficción.

    Un abrazo.

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    1. Tienen una historia interesantísima, me fascinó en cuanto la leí.
      Un abrazo, Rodericus.

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