domingo, 30 de septiembre de 2012
La extinción del dodo
Raphus cucullatus. Bajo este complicado nombre latino se esconde nuestro protagonista de hoy: el desafortunado dodo.
Esta curiosa ave pertenecía al orden de las Columbiformes, lo que la emparentaba con las palomas; y a la familia Raphidae, una familia de aves no voladoras que ya no tiene especies vivas. Era un ave de notable tamaño: alcanzaba un metro de altura y podía superar los 15 kilos de peso. Su hábitat se reducía exclusivamente al archipiélago de las Mauricio, en pleno océano Índico, a más de 1500 kilómetros de la costa africana (aunque a sólo 900 de Madagascar). El haber vivido durante miles de años aislada había variado notablemente la morfología de estas aves con respecto a sus antepasados voladores. Además del notable aumento de peso, sus alas y su musculatura pectoral se habían atrofiado, por lo que hacía mucho que habían perdido la capacidad de volar. Además, no eran tampoco demasiado hábiles como corredoras, y se movían con relativa torpeza. Y construían sus nidos en el suelo, apenas resguardados por la maleza. Tampoco importaba demasiado: en las Mauricio no había predadores que las amenazaran, por eso habían evolucionado de esa manera. Y así vivían, torpes y felices, hasta que sobrevino la catástrofe: llegó el hombre.
Árabes y malayos ya habían visitado Mauricio esporádicamente desde el siglo X, pero fué tras la llegada de los portugueses en 1505 cuando la isla empezó a recibir visitantes humanos con cierta asiduidad. Y estos visitantes pronto descubrieron que el dodo, aunque no demasiado sabroso, era una fuente de carne abundante y fácil de capturar. Con lo que docenas y docenas de dodos acabaron cocinados de las más variadas maneras para deleite de las tripulaciones de los barcos que allí llegaban. No parece que los hombres les tuvieran en gran estima: hasta "dodo" es un término peyorativo: según unos, procede de "doudo", que significa "estúpido" en portugués coloquial; según otros, deriva de la palabra holandesa "dodoor", que significa "vago".
Pero los humanos no habían llegado solos. Con ellos habían llegado toda una caterva de demoníacos seres que colaboraron muy eficazmente en el apocalipsis del dodo: perros y gatos acosaron a estas indefensas aves por doquier; cabras y ovejas se comieron la maleza en la que, como único medio de defensa, se refugiaba; los cerdos destruían sus desprotegidos nidos, comiéndose huevos y polluelos; y las ratas venían detrás, comiéndose lo que los demás dejaban. La situación se agravó cuando en 1638 las islas fueron colonizadas por los holandeses, quienes además talaron buena parte de sus bosques. El último dodo fué visto en 1674, aunque es posible que sobrevivieran algunos años más. No es de extrañar que en inglés exista la expresión "estar más muerto que el dodo".
Unas décadas más tarde, hacia 1760, también se extinguía el solitario de Rodríguez, que no era un hombre sin amigos apellidado Rodríguez, sino otra ave de las Raphidae (su nombre científico era Pezophaps solitaria), pariente cercano del dodo y endémico de la isla de Rodrígues (también en el archipiélago de Mauricio). Se parecía bastante al dodo en tamaño, morfología y costumbres. Y al igual que con el dodo, fué la llegada del hombre y sus animales la que acabó con el solitario. Sin embargo, hoy casi todos conocen al dodo y casi nadie se acuerda del pobre solitario. Cosas de la fama...
Hoy en día del dodo sólo nos queda el recuerdo de su triste destino, además de un buen número de huesos (aunque pocos esqueletos más o menos completos), y algunos restos en museos, como un huevo en el museo de East London (Sudáfrica) o una cabeza y unas patas en el Museo de Historia Natural de la Universidad inglesa de Oxford.
sábado, 22 de septiembre de 2012
El primer corresponsal de guerra
William Howard Russell (1820-1907), fotografiado en Crimea por Roger Fenton
En los albores del periodismo tal y como hoy lo conocemos era muy infrecuente que las noticias del desarrollo de una guerra fuesen obtenidas directamente por los periodistas. Podían acudir al frente y escribir artículos que se publicarían a posteriori, pero para el día a día los diarios recurrían a "corresponsales", que solían ser los propios soldados u oficiales combatientes, los cuales, como era de esperar, solían dar una versión sesgada y parcial de lo ocurrido. Y fué así hasta que a los periódicos se les ocurrió empezar a enviar a periodistas a seguir desde primera línea los conflictos. Aunque algunos atribuyen el papel de pioneros al griego Jenofonte por su Anábasis o a Julio César por su De bello Gallico, no dejan de ser militares escribiendo la crónica de sus campañas. El papel de auténtico primer corresponsal de guerra, o por lo menos así se lo atribuyen los ingleses y ha sido aceptado tácitamente por los demás, le corresponde a William Howard Russell.
Todo comenzó con la Guerra de Crimea. El imperio ruso y el otomano se habían enfrentado con la excusa del favoritismo otorgado por el sultán Abdülmecit I a los monjes católicos frente a los ortodoxos en su custodia de los Santos Lugares. El Reino Unido, temeroso de que una victoria incitara a los rusos a inmiscuirse en sus intereses en la India y Persia, entró en el conflicto a favor de los turcos, igual que hizo Francia.
Ahora bien, el gobierno británico, encabezado por el conde de Aberdeen como primer ministro, estaba dividido. Una corriente, liderada por Lord Russell, ministro de Asuntos Exteriores, estaba a favor de una salida diplomática, mientras que otra, liderada por Lord Palmerston, ministro de Interior, defendía una intervención armada. Ambas corrientes tenían numerosos apoyos en la sociedad británica, y entre los que apoyaban la opción bélica estaba The Times, el periódico más antiguo y prestigioso del Reino Unido, que tiraba a diario la asombrosa cifra de setenta mil ejemplares (todos sus competidores juntos sumaban apenas veinte mil).
Finalmente triunfó la vía militar y el gobierno británico envió un ultimátum al zar Nicolás I... cuyo contenido publicó inmediatamente el Times en primera página. Nunca se llegó a saber quién había filtrado los términos del ultimátum al periódico, y los rusos se enteraron de la respuesta británica por la prensa (la respuesta oficial tardó varios días en llegar a San Petersburgo por los cauces diplomáticos habituales).
En fin, que estando la guerra en marcha, el director del Times, Thadeus Delane, decidió que el asunto era demasiado importante, para el periódico y para Inglaterra, como para publicar los mismos informes oficiales de siempre. Y decidió algo inusual: enviar a uno de sus periodistas, para que transmitiera crónicas de primera mano desde el frente. El elegido fué William Howard Russell, un irlandés jovial y extrovertido, bebedor y fumador, y también un excelente reportero, que ya contaba con experiencia en conflictos bélicos (había escrito sobre la llamada Primera Guerra de Schleswig, que entre 1848 y 1851 enfrentó a tropas de Dinamarca, Prusia, el Imperio Alemán y Suecia por el control de los ducados de Schleswig y Holstein).
Russell llegó a Crimea a principios de 1854, acompañando a los primeros contingentes de tropas británicas. Se suponía que iba a quedarse sólo unas semanas, pero se acabó quedando casi dos años. Los altos mandos del ejército estaban un poco descolocados, no sabían muy bien cómo lidiar con aquel sujeto, ya que nunca habían tenido que vérselas con una situación semejante. Y reaccionaron como era de esperar en los militares: sin impedirle abiertamente llevar a cabo su labor, si procuraron ponerle todos los inconvenientes posibles. Y Russell se tomó cumplida venganza. Aunque no caía bien a los jefazos, sí tenía una gran habilidad para ganarse la simpatía de los soldados y oficiales de grado medio. En una serie de brillantes crónicas, no sólo dió información detallada del desarrollo del conflicto, sino que sacó a la luz todos los problemas a los que las tropas británicas se tenían que enfrentar. La falta de equipamiento, la incompetencia de muchos oficiales, la desorganización, las pésimas condiciones sanitarias (las crónicas de Russell fueron el motivo que animó a la mítica Florence Nightingale a acudir al frente junto a un grupo de enfermeras voluntarias) quedaban bien a las claras en sus informes. La misma reina Victoria se mostró disgustada con el tono de los reportajes (que calificó de infames ataques contra el ejército), su marido Alberto de Sajonia llegó a sugerir el linchamiento del periodista (la pluma y la tinta de un mezquino escritorzuelo están avergonzando al país), y lord Raglan, comandante de las tropas británicas, llegó a afirmar que las crónicas de Russell ponían en peligro a los soldados, ya que revelaban información secreta al enemigo. Sin embargo, el público británico se mostró encantado con sus artículos, ya que por primera vez se les presentaba un retrato veraz de las condiciones en las que combatía su ejército, y aclamó a Russell cuando volvió a Londres tras la guerra.
El 25 de octubre de 1854, Russell fué testigo de excepción desde una colina cercana de la famosa batalla de Balaclava y la celebérrima (y absurda) Carga de la Brigada Ligera. En su crónica de aquel día, Russell utilizó por primera vez una expresión que se haría común, "la delgada línea roja", para referirse a las tropas británicas organizadas para el combate. Y fué precisamente su crónica la que inspiró al poeta lord Tennyson a escribir el más célebre de sus poemas (Hacia el valle de la Muerte / Cabalgaron los Seiscientos).
La situación en Crimea repercutía seriamente sobre la sociedad (y el gobierno) británicos. Al mal desarrollo del conflicto, puesto en evidencia por las crónicas de Russell, se sumaron sendas epidemias de cólera y malaria que afectaron a las tropas (se estimaba que, entre enfermos y heridos, sólo 9000 de los 23000 soldados estaban en condiciones de pelear) y el hundimiento de varios buques por una tormenta. Finalmente, en enero de 1855, Aberdeen, que había declarado la guerra a su pesar, acabó dimitiendo como primer ministro, siendo sustituído por Lord Palmerston, verdadero impulsor del conflicto. Tiempo después, el duque de Newcastle, Secretario de Guerra con Aberdeen, le dijo a Russell: Fuiste tú quien hizo caer al gobierno.
Una de las primeras decisiones del gobierno fué financiar el envío a Crimea del fotógrafo Roger Fenton, con el objetivo de que tomara fotografías "no críticas" (es decir, nada de muertos ni heridos, sólo soldados formando marcialmente, briosos jinetes portando la Union Jack y cosas así) para contrarrestar la negativa impresión que las crónicas de Russell tenían sobre los ingleses.
Russell permaneció en Crimea hasta finales de 1855, cuando el ejército británico estableció una normativa nueva para censurar los despachos de los corresponsales para "evitar la difusión de información confidencial que ayudara al enemigo", siendo sustituído por el corresponsal del Times en Constantinopla. Como ya he dicho, a su regreso a Inglaterra fué recibido como un héroe por el entusiasmado pueblo inglés.
A partir de entonces, Russell se convirtió en el corresponsal oficial del Times para los conflictos bélicos. Después de Crimea estuvo presente en la rebelión de los cipayos en la India (1857-58), donde se mostró muy crítico con las atrocidades cometidas por ambos bandos. Estuvo presente en 1861 y 62 en la Guerra de Secesión norteamericana. Dejó el periódico en 1863, aunque siguió trabajando puntualmente para el Times: la guerra austro-prusiana (1866), la guerra franco-prusiana (1870-71) y estuvo presente en el breve experimento que fué la Comuna de París (marzo-mayo de 1871). En 1879 viajó a Sudáfrica en plena guerra con los zulúes, como secretario del Príncipe de Gales, futuro Jorge V. Se retiró definitivamente en 1882 y fundó una revista, Army and Navy Gazette, especializada en temas militares. Fué nombrado caballero en 1895 y murió en 1907.
Aunque no fué el primer periodista que escribió sobre una guerra, si fué el que estableció el modelo de corresponsal de guerra (un término que a él no le gustaba demasiado) con la veracidad y la integridad que se les supone, abriendo así un camino nuevo en el periodismo.
En los albores del periodismo tal y como hoy lo conocemos era muy infrecuente que las noticias del desarrollo de una guerra fuesen obtenidas directamente por los periodistas. Podían acudir al frente y escribir artículos que se publicarían a posteriori, pero para el día a día los diarios recurrían a "corresponsales", que solían ser los propios soldados u oficiales combatientes, los cuales, como era de esperar, solían dar una versión sesgada y parcial de lo ocurrido. Y fué así hasta que a los periódicos se les ocurrió empezar a enviar a periodistas a seguir desde primera línea los conflictos. Aunque algunos atribuyen el papel de pioneros al griego Jenofonte por su Anábasis o a Julio César por su De bello Gallico, no dejan de ser militares escribiendo la crónica de sus campañas. El papel de auténtico primer corresponsal de guerra, o por lo menos así se lo atribuyen los ingleses y ha sido aceptado tácitamente por los demás, le corresponde a William Howard Russell.
Todo comenzó con la Guerra de Crimea. El imperio ruso y el otomano se habían enfrentado con la excusa del favoritismo otorgado por el sultán Abdülmecit I a los monjes católicos frente a los ortodoxos en su custodia de los Santos Lugares. El Reino Unido, temeroso de que una victoria incitara a los rusos a inmiscuirse en sus intereses en la India y Persia, entró en el conflicto a favor de los turcos, igual que hizo Francia.
Ahora bien, el gobierno británico, encabezado por el conde de Aberdeen como primer ministro, estaba dividido. Una corriente, liderada por Lord Russell, ministro de Asuntos Exteriores, estaba a favor de una salida diplomática, mientras que otra, liderada por Lord Palmerston, ministro de Interior, defendía una intervención armada. Ambas corrientes tenían numerosos apoyos en la sociedad británica, y entre los que apoyaban la opción bélica estaba The Times, el periódico más antiguo y prestigioso del Reino Unido, que tiraba a diario la asombrosa cifra de setenta mil ejemplares (todos sus competidores juntos sumaban apenas veinte mil).
Finalmente triunfó la vía militar y el gobierno británico envió un ultimátum al zar Nicolás I... cuyo contenido publicó inmediatamente el Times en primera página. Nunca se llegó a saber quién había filtrado los términos del ultimátum al periódico, y los rusos se enteraron de la respuesta británica por la prensa (la respuesta oficial tardó varios días en llegar a San Petersburgo por los cauces diplomáticos habituales).
En fin, que estando la guerra en marcha, el director del Times, Thadeus Delane, decidió que el asunto era demasiado importante, para el periódico y para Inglaterra, como para publicar los mismos informes oficiales de siempre. Y decidió algo inusual: enviar a uno de sus periodistas, para que transmitiera crónicas de primera mano desde el frente. El elegido fué William Howard Russell, un irlandés jovial y extrovertido, bebedor y fumador, y también un excelente reportero, que ya contaba con experiencia en conflictos bélicos (había escrito sobre la llamada Primera Guerra de Schleswig, que entre 1848 y 1851 enfrentó a tropas de Dinamarca, Prusia, el Imperio Alemán y Suecia por el control de los ducados de Schleswig y Holstein).
Russell llegó a Crimea a principios de 1854, acompañando a los primeros contingentes de tropas británicas. Se suponía que iba a quedarse sólo unas semanas, pero se acabó quedando casi dos años. Los altos mandos del ejército estaban un poco descolocados, no sabían muy bien cómo lidiar con aquel sujeto, ya que nunca habían tenido que vérselas con una situación semejante. Y reaccionaron como era de esperar en los militares: sin impedirle abiertamente llevar a cabo su labor, si procuraron ponerle todos los inconvenientes posibles. Y Russell se tomó cumplida venganza. Aunque no caía bien a los jefazos, sí tenía una gran habilidad para ganarse la simpatía de los soldados y oficiales de grado medio. En una serie de brillantes crónicas, no sólo dió información detallada del desarrollo del conflicto, sino que sacó a la luz todos los problemas a los que las tropas británicas se tenían que enfrentar. La falta de equipamiento, la incompetencia de muchos oficiales, la desorganización, las pésimas condiciones sanitarias (las crónicas de Russell fueron el motivo que animó a la mítica Florence Nightingale a acudir al frente junto a un grupo de enfermeras voluntarias) quedaban bien a las claras en sus informes. La misma reina Victoria se mostró disgustada con el tono de los reportajes (que calificó de infames ataques contra el ejército), su marido Alberto de Sajonia llegó a sugerir el linchamiento del periodista (la pluma y la tinta de un mezquino escritorzuelo están avergonzando al país), y lord Raglan, comandante de las tropas británicas, llegó a afirmar que las crónicas de Russell ponían en peligro a los soldados, ya que revelaban información secreta al enemigo. Sin embargo, el público británico se mostró encantado con sus artículos, ya que por primera vez se les presentaba un retrato veraz de las condiciones en las que combatía su ejército, y aclamó a Russell cuando volvió a Londres tras la guerra.
El 25 de octubre de 1854, Russell fué testigo de excepción desde una colina cercana de la famosa batalla de Balaclava y la celebérrima (y absurda) Carga de la Brigada Ligera. En su crónica de aquel día, Russell utilizó por primera vez una expresión que se haría común, "la delgada línea roja", para referirse a las tropas británicas organizadas para el combate. Y fué precisamente su crónica la que inspiró al poeta lord Tennyson a escribir el más célebre de sus poemas (Hacia el valle de la Muerte / Cabalgaron los Seiscientos).
La situación en Crimea repercutía seriamente sobre la sociedad (y el gobierno) británicos. Al mal desarrollo del conflicto, puesto en evidencia por las crónicas de Russell, se sumaron sendas epidemias de cólera y malaria que afectaron a las tropas (se estimaba que, entre enfermos y heridos, sólo 9000 de los 23000 soldados estaban en condiciones de pelear) y el hundimiento de varios buques por una tormenta. Finalmente, en enero de 1855, Aberdeen, que había declarado la guerra a su pesar, acabó dimitiendo como primer ministro, siendo sustituído por Lord Palmerston, verdadero impulsor del conflicto. Tiempo después, el duque de Newcastle, Secretario de Guerra con Aberdeen, le dijo a Russell: Fuiste tú quien hizo caer al gobierno.
Una de las primeras decisiones del gobierno fué financiar el envío a Crimea del fotógrafo Roger Fenton, con el objetivo de que tomara fotografías "no críticas" (es decir, nada de muertos ni heridos, sólo soldados formando marcialmente, briosos jinetes portando la Union Jack y cosas así) para contrarrestar la negativa impresión que las crónicas de Russell tenían sobre los ingleses.
Russell permaneció en Crimea hasta finales de 1855, cuando el ejército británico estableció una normativa nueva para censurar los despachos de los corresponsales para "evitar la difusión de información confidencial que ayudara al enemigo", siendo sustituído por el corresponsal del Times en Constantinopla. Como ya he dicho, a su regreso a Inglaterra fué recibido como un héroe por el entusiasmado pueblo inglés.
A partir de entonces, Russell se convirtió en el corresponsal oficial del Times para los conflictos bélicos. Después de Crimea estuvo presente en la rebelión de los cipayos en la India (1857-58), donde se mostró muy crítico con las atrocidades cometidas por ambos bandos. Estuvo presente en 1861 y 62 en la Guerra de Secesión norteamericana. Dejó el periódico en 1863, aunque siguió trabajando puntualmente para el Times: la guerra austro-prusiana (1866), la guerra franco-prusiana (1870-71) y estuvo presente en el breve experimento que fué la Comuna de París (marzo-mayo de 1871). En 1879 viajó a Sudáfrica en plena guerra con los zulúes, como secretario del Príncipe de Gales, futuro Jorge V. Se retiró definitivamente en 1882 y fundó una revista, Army and Navy Gazette, especializada en temas militares. Fué nombrado caballero en 1895 y murió en 1907.
Aunque no fué el primer periodista que escribió sobre una guerra, si fué el que estableció el modelo de corresponsal de guerra (un término que a él no le gustaba demasiado) con la veracidad y la integridad que se les supone, abriendo así un camino nuevo en el periodismo.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Salchichón homeopático
Christian Johann Heinrich Heine (1797-1856)
En cierta ocasión, el escritor alemán Heinrich Heine se hallaba de viaje con su esposa Mathilde cuando se encontró con su amigo el violinista y compositor Heinrich Wilhelm Ernst, el cual, al saber que el matrimonio se dirigía a París, le dió al escritor un suculento salchichón de Lyon, con el encargo de entregárselo como obsequio a un homeópata parisino amigo suyo. Heine aceptó gustoso el encargo, pero por el camino no pudo resistir la tentación de catar un pedacito del sabroso embutido. A éste siguió otro, y otro, hasta que al final Heine se quedó sólo con el cordel que ataba uno de los extremos del salchichón. Ni corto ni perezoso, lo envió a su destinatario con una nota que decía: Si la homeopatía es verdad, esta pequeña parte le hará a usted el mismo efecto que el salchichón entero.
En cierta ocasión, el escritor alemán Heinrich Heine se hallaba de viaje con su esposa Mathilde cuando se encontró con su amigo el violinista y compositor Heinrich Wilhelm Ernst, el cual, al saber que el matrimonio se dirigía a París, le dió al escritor un suculento salchichón de Lyon, con el encargo de entregárselo como obsequio a un homeópata parisino amigo suyo. Heine aceptó gustoso el encargo, pero por el camino no pudo resistir la tentación de catar un pedacito del sabroso embutido. A éste siguió otro, y otro, hasta que al final Heine se quedó sólo con el cordel que ataba uno de los extremos del salchichón. Ni corto ni perezoso, lo envió a su destinatario con una nota que decía: Si la homeopatía es verdad, esta pequeña parte le hará a usted el mismo efecto que el salchichón entero.
martes, 11 de septiembre de 2012
El corazón de Espoz y Mina
Juana María de la Vega y Martínez (1805-1872)
Francisco Espoz y Mina (1781-1836) fué uno de los militares españoles más destacados de la Guerra de Independencia contra los franceses (1808-1814). Sin ser militar de carrera (era un humilde campesino al comienzo del conflicto), logró grandes victorias al frente de tropas irregulares (fundamentalmente, partidas de guerrilleros) por el norte de España, en Navarra, País Vasco, Aragón y Castilla. Sus éxitos le valieron acabar la guerra con el rango de mariscal de campo.
Tras la vuelta de Fernando VII y la derogación de la Constitución de 1812, Espoz y Mina, de ideología profundamente liberal, se vió forzado al exilio en Francia. Volvió durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823), en el que desempeñó varios cargos de importancia. Pero, tras la restauración del absolutismo en 1823 (con la inestimable ayuda de tropas francesas, los "Cien Mil Hijos de San Luís") volvió a exiliarse, en Inglaterra primero y en Francia luego. Regresó a España en 1833, aprovechando la amnistía decretada por la regente María Cristina de Borbón tras la muerte de Fernando VII. Murió en Barcelona en 1836 mientras se preparaba para irse (una vez más) al exilio francés.
Espoz y Mina se casó en 1821 por poderes con Juana María de la Vega Martínez (conocida como Juana de Vega), una joven coruñesa de familia acomodada e ilustre. La petición de mano la llevó a cabo Andrés Rojo del Cañizal, acaudalado comerciante coruñés de origen palentino: El general ha sabido, no se como, que sus padres de usted la dejan en libertad de hacer su elección, y ha querido que venga a preguntar a usted si se halla comprometida, y no estándolo si querrá usted admitirlo por esposo.A pesar de la notable diferencia de edad, ya que el novio (que había desempeñado el cargo de Comandante General de Galicia) tenía cuarenta años y la novia apenas dieciséis, fué un matrimonio apasionado y feliz, aunque sin hijos. Y cuando Espoz y Mina falleció Juana de Vega no sólo se dedicó a defender la memoria de su marido y la causa liberal de la que él había sido paladín. Tras obtener los permisos necesarios, hizo embalsamar el cadáver de su marido y lo depositó, con féretro incluído, en un pequeño oratorio situado junto a su dormitorio, en su casa de la calle Real en La Coruña, donde permaneció treinta y cinco años. Pero además, hizo que al difunto le fuera extraído el corazón, que guardó en un frasco de vidrio en el interior de una urna o relicario de madera de ébano y plata. Y dicha urna la conservó con ella el resto de su vida, llevándola consigo incluso en sus viajes, y durante los dos años (1841-1843) que vivió en Madrid desempeñando el cargo de aya de la futura reina Isabel II y su hermana menor, la infanta Luisa Fernanda. Hoy en día tales disposiciones nos parecen morbosas y tétricas; en la época, pese al romanticismo exacerbado que estaba de moda, debieron resultar cuando menos llamativas.
Durante el resto de su vida, Juana de Vega fué una decidida defensora de la causa liberal, lo que le valió no pocos rifirrafes con los absolutistas. Además se le otorgó el título de condesa de Espoz y Mina. Redactó y publicó las Memorias de su marido y se destacó en numerosos actos de caridad con los más necesitados, además de distinguirse durante las epidemias de peste y cólera que en 1853 y 54 afectan a la ciudad, dirigiendo el hospital provisional que atendía a los enfermos.
Tras la muerte de Juana de Vega en 1872, el cadáver del general Espoz y Mina fué enterrado en un mausoleo construído a tal efecto en el claustro de la catedral de Pamplona (el obispo pamplonés, incómodo con las simpatías liberales del difunto, vetó que fuera sepultado dentro de la catedral). Pero, siguiendo los deseos de la difunta, el corazón fué enterrado junto a ella en la tumba en la que ya descansaban sus padres, en el coruñés cementerio de San Amaro. Así lo atestigua la inscripción de la lápida: Aquí yacen don Juan Antonio de la Vega, doña María Josefa Martínez y su hija, doña Juana María de Vega y Martínez, viuda del general Espoz y Mina, cuyo corazón se halla aquí.
Francisco Espoz y Mina (1781-1836) fué uno de los militares españoles más destacados de la Guerra de Independencia contra los franceses (1808-1814). Sin ser militar de carrera (era un humilde campesino al comienzo del conflicto), logró grandes victorias al frente de tropas irregulares (fundamentalmente, partidas de guerrilleros) por el norte de España, en Navarra, País Vasco, Aragón y Castilla. Sus éxitos le valieron acabar la guerra con el rango de mariscal de campo.
Tras la vuelta de Fernando VII y la derogación de la Constitución de 1812, Espoz y Mina, de ideología profundamente liberal, se vió forzado al exilio en Francia. Volvió durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823), en el que desempeñó varios cargos de importancia. Pero, tras la restauración del absolutismo en 1823 (con la inestimable ayuda de tropas francesas, los "Cien Mil Hijos de San Luís") volvió a exiliarse, en Inglaterra primero y en Francia luego. Regresó a España en 1833, aprovechando la amnistía decretada por la regente María Cristina de Borbón tras la muerte de Fernando VII. Murió en Barcelona en 1836 mientras se preparaba para irse (una vez más) al exilio francés.
Espoz y Mina se casó en 1821 por poderes con Juana María de la Vega Martínez (conocida como Juana de Vega), una joven coruñesa de familia acomodada e ilustre. La petición de mano la llevó a cabo Andrés Rojo del Cañizal, acaudalado comerciante coruñés de origen palentino: El general ha sabido, no se como, que sus padres de usted la dejan en libertad de hacer su elección, y ha querido que venga a preguntar a usted si se halla comprometida, y no estándolo si querrá usted admitirlo por esposo.A pesar de la notable diferencia de edad, ya que el novio (que había desempeñado el cargo de Comandante General de Galicia) tenía cuarenta años y la novia apenas dieciséis, fué un matrimonio apasionado y feliz, aunque sin hijos. Y cuando Espoz y Mina falleció Juana de Vega no sólo se dedicó a defender la memoria de su marido y la causa liberal de la que él había sido paladín. Tras obtener los permisos necesarios, hizo embalsamar el cadáver de su marido y lo depositó, con féretro incluído, en un pequeño oratorio situado junto a su dormitorio, en su casa de la calle Real en La Coruña, donde permaneció treinta y cinco años. Pero además, hizo que al difunto le fuera extraído el corazón, que guardó en un frasco de vidrio en el interior de una urna o relicario de madera de ébano y plata. Y dicha urna la conservó con ella el resto de su vida, llevándola consigo incluso en sus viajes, y durante los dos años (1841-1843) que vivió en Madrid desempeñando el cargo de aya de la futura reina Isabel II y su hermana menor, la infanta Luisa Fernanda. Hoy en día tales disposiciones nos parecen morbosas y tétricas; en la época, pese al romanticismo exacerbado que estaba de moda, debieron resultar cuando menos llamativas.
Durante el resto de su vida, Juana de Vega fué una decidida defensora de la causa liberal, lo que le valió no pocos rifirrafes con los absolutistas. Además se le otorgó el título de condesa de Espoz y Mina. Redactó y publicó las Memorias de su marido y se destacó en numerosos actos de caridad con los más necesitados, además de distinguirse durante las epidemias de peste y cólera que en 1853 y 54 afectan a la ciudad, dirigiendo el hospital provisional que atendía a los enfermos.
Tras la muerte de Juana de Vega en 1872, el cadáver del general Espoz y Mina fué enterrado en un mausoleo construído a tal efecto en el claustro de la catedral de Pamplona (el obispo pamplonés, incómodo con las simpatías liberales del difunto, vetó que fuera sepultado dentro de la catedral). Pero, siguiendo los deseos de la difunta, el corazón fué enterrado junto a ella en la tumba en la que ya descansaban sus padres, en el coruñés cementerio de San Amaro. Así lo atestigua la inscripción de la lápida: Aquí yacen don Juan Antonio de la Vega, doña María Josefa Martínez y su hija, doña Juana María de Vega y Martínez, viuda del general Espoz y Mina, cuyo corazón se halla aquí.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Genes amerindios en Islandia
Que los vikingos llegaron a América antes que Colón es algo más que aceptado desde hace tiempo. No sólo por los propios relatos de los vikingos en sus sagas, hay también restos arqueológicos, como el poblado de L'Anse aux Meadows, en la isla de Terranova, descubierto en 1960. Pero no fué hasta entrado el siglo XXI cuando se ha descubierto el que pudiera ser el primer indicio genético de esta llegada.
La compañía biofarmacéutica deCODE genetics (no, no me he hecho un lío con la tecla de las mayúsculas, se llama así) lleva años estudiando el patrimonio genético de los islandeses (una historia fascinante de la que algún día hablaré) en busca de mutaciones genéticas ligadas a transtornos como el alzheimer, la obesidad, el asma, etc. Un buen día de 2006, durante el estudio rutinario de una de las muestras, los científicos de deCODE hallaron algo que no podían creer: el linaje C1.
El C1e es un linaje del ADN mitocondrial, y por lo tanto, que sólo se hereda por vía materna; esto nos dice que quien lo introdujo en Islandia fué una mujer (o alguna de sus descendientes). Dicho linaje (aquí está lo interesante) se halla solamente en indígenas norteamericanos y algunas poblaciones del este de Asia. Su presencia en Islandia suponía una anomalía enorme.
Inmediatamente la gente de deCODE comenzó a buscar el mismo linaje en otras muestras. Finalmente, hallaron que unos ochenta islandeses poseen el C1. Esas ochenta personas pertenecen a cuatro familias distintas naturales de la región sur de la isla (tradicionalemte muy aislada), cerca del glaciar Vatnajökull. Por los abundantes registros genealógicos de la isla se sabe que las cuatro familias poseen antepasados comunes en la zona de principios del siglo XVIII, así que resulta más que verosímil que todos hayan heredado el linaje de un único antepasado.
¿Y cómo llegó el C1 a ese antepasado? Hagamos revista de las posibilidades. La vía asiática parece descartada. Los primeros asiáticos de Extremo Oriente que llegaron a Europa lo hicieron en el siglo XV y no hay noticia de que ninguno de ellos hubiera ido a parar a Islandia. Por lo tanto, la hipótesis amerindia parece la más fiable. Pero ¿cuando se produjo ese contacto? Es muy poco probable que indios norteamericanos llegaran pos sus medios a Islandia, antes o después del asentamiento de los vikingos; además, ninguna crónica menciona algo así. Cabe la posibilidad de que la portadora original del linaje fuera raptada en algún momento posterior a la llegada de Colón; pero los asentamientos de Groenlandia, desde donde partían las expediciones hacia la costa norteamericana, se abandonaron en el siglo XV, y no hay noticias de contactos posteriores.
Quedan entonces dos hipótesis como las más probables. La que más se ha considerado: que el mestizaje se hubiera producido (a la fuerza o consentidamente) durante alguna de las estancias de los vikingos en tierras norteamericanas a partir del siglo XI. La india de la que procediera este linaje o sus descendientes habrían llegado posteriormente a Islandia cuando se abandonaron los asentamientos groenlandeses. Pero también cabe otra posibilidad: que la portadora del linaje hubiera llegado a Islandia a bordo de algún barco mercante que hubiera hecho escala en la isla en algún momento de los siglos XVI o XVII. Portugueses e ingleses mantuvieron una intensa relación comercial con los territorios norteamericanos durante esos años. Y las principales rutas marítimas entre Terranova y Europa pasaban bastante cerca de la isla. Además, las principales corrientes y vientos se dirigen hacia Islandia. Un barco con problemas podría haberse visto obligado a buscar refugio en las costas islandesas; y la presencia de indios en los barcos era habitual. La vía precolombina no es, como se ve, la única.
El estudio pormenorizado de este linaje deparó más sorpresas. El C1 de los islandeses no coincidía con ninguno de los existentes, denominados C1a (asiático) y C1b, c y d (amerindios), lo que hizo que este linaje pasara a conocerse como C1e. Además, se encontró que ese linaje no era coincidente con el de los beothuk, la tribu predominante en Terranova en el siglo XI (que se extinguió a principios del XIX), lo que siembra nuevas interrogantes sobre su auténtico origen (y no permite descartar, pese a que se sigue priorizando su naturaleza americana, un origen asiático o incluso europeo).
La búsqueda hoy en día sigue. Por un lado, se examina el material genético de otras etnias norteamericanas por si alguna de ellas hubiera sido la fuente del C1e. También se investiga en busca de algún enterramiento islandés en la zona de origen de las cuatro familias del que pueda extraerse ADN que ayude a datar el momento en el que el linaje se introdujo en Islandia.
El estudio completo sobre el hallazgo, en el que además de científicos de deCODE y de la Universidad de Islandia colaboraron genetistas españoles del CSIC, se publicó en el American Journal of Physical Antropology en enero de 2011.
martes, 28 de agosto de 2012
Julia Hill, la chica que se subió a un árbol
Julia Hill en las ramas de Luna
Julia Lorraine Hill nació el 18 de febrero de 1974 en Mount Vernon (Missouri). No tuvo una infancia corriente: hija de un predicador ambulante, Julia, sus padres y sus dos hermanos menores vivieron en una autocaravana, trasladándose de un pueblo a otro sin descanso, hasta que Julia cumplió los diez años. En ese momento, la familia dejó de trasladarse y se instaló en Jonesboro (Arkansas).
La vida de Julia (apodada por su familia "Butterfly", mariposa, desde niña) desde ese momento fué bastante normal: fué al instituto, se graduó, comenzó a trabajar de camarera, ascendió a encargada de restaurante... hasta agosto de 1996. En ese momento, Julia, que tenía 22 años, sufrió un terrible accidente de tráfico. Había salido con unos amigos y era la encargada de permanecer sobria y conducir. Irónicamente, un conductor borracho embistió el coche que conducía a gran velocidad. Julia se golpeó la cabeza con el volante y sufrió graves daños neurológicos: sólo tras un año de dura terapia fué capaz de volver a hablar y caminar con normalidad.
Después del accidente, la vida de Julia dió un vuelco. Sentía que hasta ese momento se había preocupado sólo de las cosas materiales y necesitaba darle un enfoque nuevo a su vida, darle mayor trascendencia. Y se embarcó en un viaje de autodescubrimiento por carretera recorriendo California.
Y estaba en esas cuando llegó al condado de Humboldt, en el NO californiano. Allí supo de la problemática de los bosques de secuoyas. La Pacific Lumber Company, una empresa maderera local que hacía poco que había sido absorbida por una multinacional texana llamada Maxxan Corporation, llevaba tiempo talando amplias extensiones de bosques, lo que provocaba numerosas críticas entre la población local. En diciembre de 1996 se produjo un deslizamiento masivo de tierras que dañó numerosas casas de Stafford, lo que se atribuyó a la deforestación masiva de los montes cercanos a la ciudad. Y ahora la Pacific Lumber pretendía seguir con su política y talar un bosque de secuoyas rojas (Sequoia sempervivens) que incluía ejemplares de más de cien metros de altura y varios siglos de edad.
Julia sintió inmediatamente una conexión con los venerables árboles y con las personas que los protegían. Se instaló en el campamento montado por los manifestantes y empezó a participar en las actividades de los que allí se habían reunidos, entre los que destacaban los miembros de un grupo ecologista llamado Earth First!. Un buen día, pidieron voluntarios para subirse a una de las secuoyas, como medio de llamar la atención y para evitar que fueran taladas. De inmediato, Julia y otros dos se ofrecieron voluntarios y ascendieron hasta las ramas de uno de los ejemplares, al que habían llamado Luna. Pero poco después Julia sufrió una inoportuna enfermedad y tuvo que volver al campamento.
Días después, sus dos compañeros bajaron del árbol y se pidieron más voluntarios. Y de nuevo Julia, junto a otros dos activistas, se ofreció. Tuvieron que evitar el asalto de un grupo de leñadores, pero al fin Julia y uno de sus compañeros lograron trepar a Luna. Era el 10 de diciembre de 1997. Se suponía que iban a quedarse allí unas semanas... pero Julia acabó permaneciendo junto a Luna más de dos años.
El 4 de enero, Julia se quedó sola. Su compañero tuvo que bajar por motivos psicológicos. Pero Julia se quedó, tranquilamente. Instalada en dos pequeñas plataformas de apenas tres metros cuadrados construidas sobre las ramas bajas de Luna, a unos 55 metros de altura, recibía provisiones de sus compañeros.
En su diminuto cubículo, Julia soportó fuertes tormentas, amenazas de los leñadores, acciones intimidatorias de la Pacific Lumber (llegaron a hacer volar un helicóptero a apenas unos metros de su refugio) e incluso el asedio de guardias de seguridad que trataban de evitar que le llegaran suministros. Todo en vano. La fuerte voluntad de Julia Hill se impuso a todas las dificultades.
La hazaña de Julia no tardó en llegar a los medios. En febrero de 1998, su historia ya había salido, entre otros, en el Los Angeles Times, Newsweek o People. Al final, la Pacific Lumber accedió a negociar. Pero las negociaciones fueron tensas y pasaron por altibajos. Hill se negaba a bajar si no se aseguraba la protección del bosque de secuoyas. Tampoco las relaciones con Earth First! fueron fáciles. Muchos de sus miembros veían con desagrado la imagen que Julia daba de la protesta y que fuera ella la que negociara en persona. Finalmente, el 14 de julio de 1999 se llegaba a un acuerdo en el que la maderera accedía a respetar a Luna y una parte importante del bosque. Diversas divergencias entre ambas partes (la Pacific Lumber trató de que Hill no concediera entrevistas ni apareciera en los medios) hicieron que el acuerdo no fuera ratificado hasta diciembre. El 23 de diciembre de 1999, Julia Hill bajaba del que había sido su hogar los últimos dos años. Había pasado exactamente 738 días subida a Luna.
Después de su experiencia, Julia Hill se convirtió en una activa defensora de la naturaleza, presente habitualmente en actos de defensa del medio ambiente (sufrió un arresto en 2002 en Ecuador, mientras protestaba contra la construcción de un oleoducto, con deportación incluída), además de dar numerosas conferencias. Inevitablemente, también escribió un libro sobre el tiempo que permaneció en el árbol: El legado de Luna.
En noviembre de 2000, personas no identificadas trataron de talar a Luna, causándole un profundo tajo con una motosierra. El árbol necesitó tratamiento y medidas de estabilización, pero parece haberse recuperado.
Julia Lorraine Hill nació el 18 de febrero de 1974 en Mount Vernon (Missouri). No tuvo una infancia corriente: hija de un predicador ambulante, Julia, sus padres y sus dos hermanos menores vivieron en una autocaravana, trasladándose de un pueblo a otro sin descanso, hasta que Julia cumplió los diez años. En ese momento, la familia dejó de trasladarse y se instaló en Jonesboro (Arkansas).
La vida de Julia (apodada por su familia "Butterfly", mariposa, desde niña) desde ese momento fué bastante normal: fué al instituto, se graduó, comenzó a trabajar de camarera, ascendió a encargada de restaurante... hasta agosto de 1996. En ese momento, Julia, que tenía 22 años, sufrió un terrible accidente de tráfico. Había salido con unos amigos y era la encargada de permanecer sobria y conducir. Irónicamente, un conductor borracho embistió el coche que conducía a gran velocidad. Julia se golpeó la cabeza con el volante y sufrió graves daños neurológicos: sólo tras un año de dura terapia fué capaz de volver a hablar y caminar con normalidad.
Después del accidente, la vida de Julia dió un vuelco. Sentía que hasta ese momento se había preocupado sólo de las cosas materiales y necesitaba darle un enfoque nuevo a su vida, darle mayor trascendencia. Y se embarcó en un viaje de autodescubrimiento por carretera recorriendo California.
Y estaba en esas cuando llegó al condado de Humboldt, en el NO californiano. Allí supo de la problemática de los bosques de secuoyas. La Pacific Lumber Company, una empresa maderera local que hacía poco que había sido absorbida por una multinacional texana llamada Maxxan Corporation, llevaba tiempo talando amplias extensiones de bosques, lo que provocaba numerosas críticas entre la población local. En diciembre de 1996 se produjo un deslizamiento masivo de tierras que dañó numerosas casas de Stafford, lo que se atribuyó a la deforestación masiva de los montes cercanos a la ciudad. Y ahora la Pacific Lumber pretendía seguir con su política y talar un bosque de secuoyas rojas (Sequoia sempervivens) que incluía ejemplares de más de cien metros de altura y varios siglos de edad.
Julia sintió inmediatamente una conexión con los venerables árboles y con las personas que los protegían. Se instaló en el campamento montado por los manifestantes y empezó a participar en las actividades de los que allí se habían reunidos, entre los que destacaban los miembros de un grupo ecologista llamado Earth First!. Un buen día, pidieron voluntarios para subirse a una de las secuoyas, como medio de llamar la atención y para evitar que fueran taladas. De inmediato, Julia y otros dos se ofrecieron voluntarios y ascendieron hasta las ramas de uno de los ejemplares, al que habían llamado Luna. Pero poco después Julia sufrió una inoportuna enfermedad y tuvo que volver al campamento.
Días después, sus dos compañeros bajaron del árbol y se pidieron más voluntarios. Y de nuevo Julia, junto a otros dos activistas, se ofreció. Tuvieron que evitar el asalto de un grupo de leñadores, pero al fin Julia y uno de sus compañeros lograron trepar a Luna. Era el 10 de diciembre de 1997. Se suponía que iban a quedarse allí unas semanas... pero Julia acabó permaneciendo junto a Luna más de dos años.
El 4 de enero, Julia se quedó sola. Su compañero tuvo que bajar por motivos psicológicos. Pero Julia se quedó, tranquilamente. Instalada en dos pequeñas plataformas de apenas tres metros cuadrados construidas sobre las ramas bajas de Luna, a unos 55 metros de altura, recibía provisiones de sus compañeros.
En su diminuto cubículo, Julia soportó fuertes tormentas, amenazas de los leñadores, acciones intimidatorias de la Pacific Lumber (llegaron a hacer volar un helicóptero a apenas unos metros de su refugio) e incluso el asedio de guardias de seguridad que trataban de evitar que le llegaran suministros. Todo en vano. La fuerte voluntad de Julia Hill se impuso a todas las dificultades.
La hazaña de Julia no tardó en llegar a los medios. En febrero de 1998, su historia ya había salido, entre otros, en el Los Angeles Times, Newsweek o People. Al final, la Pacific Lumber accedió a negociar. Pero las negociaciones fueron tensas y pasaron por altibajos. Hill se negaba a bajar si no se aseguraba la protección del bosque de secuoyas. Tampoco las relaciones con Earth First! fueron fáciles. Muchos de sus miembros veían con desagrado la imagen que Julia daba de la protesta y que fuera ella la que negociara en persona. Finalmente, el 14 de julio de 1999 se llegaba a un acuerdo en el que la maderera accedía a respetar a Luna y una parte importante del bosque. Diversas divergencias entre ambas partes (la Pacific Lumber trató de que Hill no concediera entrevistas ni apareciera en los medios) hicieron que el acuerdo no fuera ratificado hasta diciembre. El 23 de diciembre de 1999, Julia Hill bajaba del que había sido su hogar los últimos dos años. Había pasado exactamente 738 días subida a Luna.
Después de su experiencia, Julia Hill se convirtió en una activa defensora de la naturaleza, presente habitualmente en actos de defensa del medio ambiente (sufrió un arresto en 2002 en Ecuador, mientras protestaba contra la construcción de un oleoducto, con deportación incluída), además de dar numerosas conferencias. Inevitablemente, también escribió un libro sobre el tiempo que permaneció en el árbol: El legado de Luna.
En noviembre de 2000, personas no identificadas trataron de talar a Luna, causándole un profundo tajo con una motosierra. El árbol necesitó tratamiento y medidas de estabilización, pero parece haberse recuperado.
miércoles, 22 de agosto de 2012
José Rizal y el libro que le costó la vida
José Protacio Rizal de Alejandro Lam-co Alonso de la Rosa y Realonda de Quintos (1861-1896)
A finales del siglo XIX, de lo que en tiempos había sido el mayor imperio que había visto la historia, España sólo conservaba dos posesiones en ultramar: Cuba y Filipinas. Pero a estas alturas, ambos territorios estaban cansados de ser simples colonias y reclamaban cada vez con mayor insistencia, primero una mayor autonomía, y luego, directamente, la independencia.
Por lo general, en España se ha hablado bastante del movimiento independentista cubano y de sus líderes e inspiradores; no así en el caso filipino, del que, sacando hechos puntuales (como los famosos últimos de Filipinas), no suele hablarse demasiado. Hoy voy a hablaros de una de las figuras importantes de la lucha filipina por su libertad: José Rizal, a quien muchos comparan con el cubano José Martí.
José Rizal, en cuya ascendencia se mezclaban antepasados chinos, malayos, tagalos y españoles, nació en 1865, hijo de un comerciante acomodado apellidado Mercado, aunque cambiaría su apellido en su juventud por el de Rizal, derivado de la palabra tagala "ricial", que significa brote verde o retoño. Inició sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Tomás (Manila), fundada por la orden dominica, pero posteriormente se trasladó a Europa, donde completó también la carrera de Medicina, especializándose en Oftalmología (su madre padecía una enfermedad degenerativa que la iba dejando poco a poco ciega) estudiando en Madrid, París y Heidelberg. Fué en Alemania donde comenzó a escribir su primera y más conocida novela: Noli me tangere.
Por aquel entonces, Rizal todavía no se había posicionado en favor de la independencia. Mantenía su fidelidad a España, pero también tenía una visión muy crítica de la situación filipina. Había escrito numerosos artículos reclamando para su tierra natal una serie de derechos (libertad de expresión, igualdad de derechos para nativos y españoles, o que pasase de ser una colonia a ser una provincia y conseguir así representación legislativa), formando parte del movimiento Propaganda, una sociedad formada por filipinos, la mayor parte estudiantes, residentes en Madrid.
Noli me tangere es una agudísima disección, casi quirúrgica, de la vida de la sociedad popular en Filipinas. Con bastantes aportes autobiográficos, cuenta la historia de Crisóstomo Ibarra, que ha pasado varios años en Europa dedicado a sus estudios y vuelve a su pueblo natal tras la muerte de su padre. Allí su talante progresista y tolerante choca con el sometimiento total de sus gentes ante unas autoridades despóticas y ante la voluntad de un franciscano, el intrigante padre Dámaso, quien verdaderamente gobierna el pueblo en la sombra impidiendo que nuevas ideas arraiguen entre la gente. El libro fué editado en Berlín en 1887, a expensas del propio Rizal, pero no sólo fué prohibido en Filipinas, sino que hizo que las autoridades coloniales fijaran su atención en su autor.
Terminada su formación, y tras un tiempo viajando por Estados Unidos, Japón y Hong Kong, volvió a Filipinas en 1892, donde las autoridades inmediatamente lo pusieron bajo vigilancia. Al poco de llegar fundó una sociedad, La liga filipina, un movimiento pacífico y progresista para favorecer el desarrollo del archipiélago. Pero las autoridades aprovecharon para, tras arrestarlo el 6 de julio de 1892 (apenas cuatro días después de crear la Liga), acusarlo de subversión, y acabó exiliado en Dapitán, en la isla de Mindanao.
Durante su confinamiento, fundó una escuela y un hospital y siguió pidiendo más derechos y progreso para los suyos, siempre de manera pacífica (al parecer, rechazó formar parte de la rebelión que movimientos como el Katipunan preparaban). En 1896 solicitó una plaza de médico de campaña para Cuba, en plena insurrección y asolada por una epidemia de cólera. Pero, mientras Rizal viajaba camino del Caribe, se produjo en Filipinas la tan esperada rebelión armada. Las autoridades coloniales (instigadas por las religiosas, que todavía tenían atragantada la crítica de Noli me tangere) señalaron a Rizal como uno de los cabecillas de la revuelta y fué arrestado en el propio barco, confinado en el castillo barcelonés de Montjuic y posteriormente devuelto a las islas, donde un tribunal militar lo declaró culpable de insurrección y traición y lo condenó a muerte. El 31 de diciembre de 1896, a las siete de la mañana, José Rizal es fusilado en Manila, en un lugar llamado Bagumbayan, y que hoy se conoce como Parque Rizal. Como traidor se le quiso fusilar por la espalda, pero antes de la descarga fatal se volvió para mirar de frente a sus verdugos, dejando claro que se consideraba inocente. Años antes había escrito: Sólo se muere una vez, y si no se muere bien, se pierde una ocasión que no se presentará más.
A finales del siglo XIX, de lo que en tiempos había sido el mayor imperio que había visto la historia, España sólo conservaba dos posesiones en ultramar: Cuba y Filipinas. Pero a estas alturas, ambos territorios estaban cansados de ser simples colonias y reclamaban cada vez con mayor insistencia, primero una mayor autonomía, y luego, directamente, la independencia.
Por lo general, en España se ha hablado bastante del movimiento independentista cubano y de sus líderes e inspiradores; no así en el caso filipino, del que, sacando hechos puntuales (como los famosos últimos de Filipinas), no suele hablarse demasiado. Hoy voy a hablaros de una de las figuras importantes de la lucha filipina por su libertad: José Rizal, a quien muchos comparan con el cubano José Martí.
José Rizal, en cuya ascendencia se mezclaban antepasados chinos, malayos, tagalos y españoles, nació en 1865, hijo de un comerciante acomodado apellidado Mercado, aunque cambiaría su apellido en su juventud por el de Rizal, derivado de la palabra tagala "ricial", que significa brote verde o retoño. Inició sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Tomás (Manila), fundada por la orden dominica, pero posteriormente se trasladó a Europa, donde completó también la carrera de Medicina, especializándose en Oftalmología (su madre padecía una enfermedad degenerativa que la iba dejando poco a poco ciega) estudiando en Madrid, París y Heidelberg. Fué en Alemania donde comenzó a escribir su primera y más conocida novela: Noli me tangere.
Por aquel entonces, Rizal todavía no se había posicionado en favor de la independencia. Mantenía su fidelidad a España, pero también tenía una visión muy crítica de la situación filipina. Había escrito numerosos artículos reclamando para su tierra natal una serie de derechos (libertad de expresión, igualdad de derechos para nativos y españoles, o que pasase de ser una colonia a ser una provincia y conseguir así representación legislativa), formando parte del movimiento Propaganda, una sociedad formada por filipinos, la mayor parte estudiantes, residentes en Madrid.
Noli me tangere es una agudísima disección, casi quirúrgica, de la vida de la sociedad popular en Filipinas. Con bastantes aportes autobiográficos, cuenta la historia de Crisóstomo Ibarra, que ha pasado varios años en Europa dedicado a sus estudios y vuelve a su pueblo natal tras la muerte de su padre. Allí su talante progresista y tolerante choca con el sometimiento total de sus gentes ante unas autoridades despóticas y ante la voluntad de un franciscano, el intrigante padre Dámaso, quien verdaderamente gobierna el pueblo en la sombra impidiendo que nuevas ideas arraiguen entre la gente. El libro fué editado en Berlín en 1887, a expensas del propio Rizal, pero no sólo fué prohibido en Filipinas, sino que hizo que las autoridades coloniales fijaran su atención en su autor.
Terminada su formación, y tras un tiempo viajando por Estados Unidos, Japón y Hong Kong, volvió a Filipinas en 1892, donde las autoridades inmediatamente lo pusieron bajo vigilancia. Al poco de llegar fundó una sociedad, La liga filipina, un movimiento pacífico y progresista para favorecer el desarrollo del archipiélago. Pero las autoridades aprovecharon para, tras arrestarlo el 6 de julio de 1892 (apenas cuatro días después de crear la Liga), acusarlo de subversión, y acabó exiliado en Dapitán, en la isla de Mindanao.
Durante su confinamiento, fundó una escuela y un hospital y siguió pidiendo más derechos y progreso para los suyos, siempre de manera pacífica (al parecer, rechazó formar parte de la rebelión que movimientos como el Katipunan preparaban). En 1896 solicitó una plaza de médico de campaña para Cuba, en plena insurrección y asolada por una epidemia de cólera. Pero, mientras Rizal viajaba camino del Caribe, se produjo en Filipinas la tan esperada rebelión armada. Las autoridades coloniales (instigadas por las religiosas, que todavía tenían atragantada la crítica de Noli me tangere) señalaron a Rizal como uno de los cabecillas de la revuelta y fué arrestado en el propio barco, confinado en el castillo barcelonés de Montjuic y posteriormente devuelto a las islas, donde un tribunal militar lo declaró culpable de insurrección y traición y lo condenó a muerte. El 31 de diciembre de 1896, a las siete de la mañana, José Rizal es fusilado en Manila, en un lugar llamado Bagumbayan, y que hoy se conoce como Parque Rizal. Como traidor se le quiso fusilar por la espalda, pero antes de la descarga fatal se volvió para mirar de frente a sus verdugos, dejando claro que se consideraba inocente. Años antes había escrito: Sólo se muere una vez, y si no se muere bien, se pierde una ocasión que no se presentará más.
martes, 14 de agosto de 2012
El último soldado de la Primera Guerra Mundial
Claude Stanley Choules (1901-2011)
Se llamaba Claude Stanley Choules. Nació en Pershore, en el condado inglés de Worcestershire, el 3 de marzo de 1901. Y murió en una residencia de ancianos de Perth (Australia), el 5 de mayo de 2011, con 110 años cumplidos y habiéndose convertido en el último soldado vivo de los más de setenta millones de combatientes que habían participado en la Primera Guerra Mundial.
Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, tenía apenas 13 años. En 1915, con sólo 14 años, trató de alistarse tras saber que sus hermanos mayores Douglas y Leslie, emigrados años atrás a Australia, se habían alistado en las fuerzas expedicionarias australianas. Pero todavía era muy joven y fué rechazado. Gracias a la intermediación de su padre, fué admitido en la Marina como aprendiz de marinero. Tras un período de adiestramiento en el que fué tripulante del TS Mercury y del HMS Impregnable, ambos buques de entrenamiento, fué admitido como recluta en octubre de 1916. Destinado primero en el HMS Circe, en octubre de 1917 "Chuckles" (como era llamado por sus camaradas) fué destinado al acorazado HMS Revenge, buque insignia del Primer Escuadrón de Combate, a bordo del cual asistió a la rendición de la flota alemana en el fiordo de Forth (Escocia) y a su posterior hundimiento por sus propios marineros en la bahía de Scapa Flow.
En 1926, Choules fué destinado como instructor a la Royal Australian Navy. Curiosamente, la RAN había sido fundada el 1 de marzo de 1901, sólo dos días antes del nacimiento de Choules. Ese viaje cambiaría la vida de Choules; durante la travesía conoció a la joven Ethel Wildgoose, con la que se acabaría casando (estuvieron casados setenta y seis años). Más tarde solicitó su traslado a la RAN y se instaló definitivamente en Australia. Dejó la RAN en 1931 pero volvió a ingresar en 1932, sirviendo como instructor especializado en torpedos y guerra antisubmarina.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Choules estuvo destinado en la base de Fremantle. Como jefe de demoliciones, una de las labores que tenía encomendada era, en caso de una invasión japonesa, destruir con explosivos una serie de instalaciones e infraestructuras estratégicas, tales como puentes, diques o depósitos de combustible, para entorpecer en lo posible el avance japonés. Tras la guerra, dejó de nuevo la Royal Navy y se incorporó a la Policía Naval, donde sirvió hasta su retiro en 1956. Estaba en posesión de numerosas condecoraciones, entre ellas la Medalla de Guerra Británica de ambos conflictos mundiales (también la australiana) o la Medalla Australiana de Defensa. Dejó al morir 3 hijos, 11 nietos, 22 bisnietos y 3 tataranietos. Tras su muerte, recibió numerosos homenajes y reconocimientos (entre ellos, el bautizo de un buque de desembarco de la marina australiana como HMAS Choules).
Curiosamente, pese a su larga carrera militar, Choules nunca mostró tener una exagerada vocación militar. Su familia recuerda como a menudo justificaba su alistamiento y posterior servicio diciendo que "era una manera de ganar dinero". En sus últimos años se había convertido en un antibelicista convencido, se negaba a ir a los desfiles y se declaraba opuesto a todas las guerras. También publicó su autobiografía: El último de los últimos (editada en 2009)
Como curiosidad, hay que decir que Choules fué el último combatiente vivo de la Primera Guerra Mundial, pero no el último veterano. Tal honor le cupo a Florence Green (19/2/1901-4/2/2012), que también tenía la consideración de "veterana" ya que había servido como camarera en las bases de la Royal Air Force en Marham y Narborough.
Se llamaba Claude Stanley Choules. Nació en Pershore, en el condado inglés de Worcestershire, el 3 de marzo de 1901. Y murió en una residencia de ancianos de Perth (Australia), el 5 de mayo de 2011, con 110 años cumplidos y habiéndose convertido en el último soldado vivo de los más de setenta millones de combatientes que habían participado en la Primera Guerra Mundial.
Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, tenía apenas 13 años. En 1915, con sólo 14 años, trató de alistarse tras saber que sus hermanos mayores Douglas y Leslie, emigrados años atrás a Australia, se habían alistado en las fuerzas expedicionarias australianas. Pero todavía era muy joven y fué rechazado. Gracias a la intermediación de su padre, fué admitido en la Marina como aprendiz de marinero. Tras un período de adiestramiento en el que fué tripulante del TS Mercury y del HMS Impregnable, ambos buques de entrenamiento, fué admitido como recluta en octubre de 1916. Destinado primero en el HMS Circe, en octubre de 1917 "Chuckles" (como era llamado por sus camaradas) fué destinado al acorazado HMS Revenge, buque insignia del Primer Escuadrón de Combate, a bordo del cual asistió a la rendición de la flota alemana en el fiordo de Forth (Escocia) y a su posterior hundimiento por sus propios marineros en la bahía de Scapa Flow.
En 1926, Choules fué destinado como instructor a la Royal Australian Navy. Curiosamente, la RAN había sido fundada el 1 de marzo de 1901, sólo dos días antes del nacimiento de Choules. Ese viaje cambiaría la vida de Choules; durante la travesía conoció a la joven Ethel Wildgoose, con la que se acabaría casando (estuvieron casados setenta y seis años). Más tarde solicitó su traslado a la RAN y se instaló definitivamente en Australia. Dejó la RAN en 1931 pero volvió a ingresar en 1932, sirviendo como instructor especializado en torpedos y guerra antisubmarina.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Choules estuvo destinado en la base de Fremantle. Como jefe de demoliciones, una de las labores que tenía encomendada era, en caso de una invasión japonesa, destruir con explosivos una serie de instalaciones e infraestructuras estratégicas, tales como puentes, diques o depósitos de combustible, para entorpecer en lo posible el avance japonés. Tras la guerra, dejó de nuevo la Royal Navy y se incorporó a la Policía Naval, donde sirvió hasta su retiro en 1956. Estaba en posesión de numerosas condecoraciones, entre ellas la Medalla de Guerra Británica de ambos conflictos mundiales (también la australiana) o la Medalla Australiana de Defensa. Dejó al morir 3 hijos, 11 nietos, 22 bisnietos y 3 tataranietos. Tras su muerte, recibió numerosos homenajes y reconocimientos (entre ellos, el bautizo de un buque de desembarco de la marina australiana como HMAS Choules).
Curiosamente, pese a su larga carrera militar, Choules nunca mostró tener una exagerada vocación militar. Su familia recuerda como a menudo justificaba su alistamiento y posterior servicio diciendo que "era una manera de ganar dinero". En sus últimos años se había convertido en un antibelicista convencido, se negaba a ir a los desfiles y se declaraba opuesto a todas las guerras. También publicó su autobiografía: El último de los últimos (editada en 2009)
Como curiosidad, hay que decir que Choules fué el último combatiente vivo de la Primera Guerra Mundial, pero no el último veterano. Tal honor le cupo a Florence Green (19/2/1901-4/2/2012), que también tenía la consideración de "veterana" ya que había servido como camarera en las bases de la Royal Air Force en Marham y Narborough.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Quod barbari non fecerunt...
Panteón de Agripa
El templo sobrevivió a la caída de Roma y ha llegado a nuestros días prácticamente intacto. No así los bronces de su entrada, que, tras permanecer en su lugar milenio y medio y resistir las invasiones bárbaras y los avatares de la turbulenta Edad Media en la capital italiana, en el siglo XVII fueron desmontados y fundidos por orden del papa Urbano VIII, quien empleó el bronce para fabricar un centenar de cañones para la fortaleza del Castel Sant'Angelo, así como el badalquino obra del escultor Gian Lorenzo Bernini que preside el altar papal de la Basílica de San Pedro de Roma.
El pueblo de Roma quedó espantado ante la atrocidad cometida por el Papa, destruyendo de tal manera una de las más maravillosas obras de arte de la ciudad. Ante éste y otros desmanes similares del Papa y de sus parientes con otras obras maestras de la antigüedad, no tardó en salir a relucir el proverbial ingenio romano y, como Urbano VIII era miembro de la poderosa familia florentina de los Barberini, no tardó en hacerse popular un dicho o chascarrillo por toda la ciudad: Quod barbari non fecerunt, Barberini fecerunt. Lo que no hicieron los bárbaros... lo hicieron los Barberini.
sábado, 4 de agosto de 2012
La crisis especulativa de la Francia del XVIII: La historia de John Law
John Law (1671-1729)
John Law nació en Edimburgo (Escocia) en 1671. Era un joven atractivo, simpático, inteligente (sobre todo, era un apasionado de las matemáticas) y, tras morir su padre, un importante joyero (y también banquero) que trabajaba para las principales casas de Escocia, dueño de una gran fortuna. Sin embargo, al joven John le faltaba uno o dos gramos de sensatez: era también jugador y mujeriego empedernido. No tardó en dilapidar la fortuna de su familia. Y acabó dando tumbos por Londres, tramando oscuros negocios, apostando y buscando los favores de todo tipo de mujeres. Y así, en 1694, mató en un duelo a Edward "Beau" Wilson, un acaudalado prohombre londinense, empedernido jugador como él (aunque con mayor fortuna), con el que competía por los favores de la atractiva Elizabeth Villiers (dato para los aficionados a las curiosidades históricas: el padrino de Law en el duelo fué nada menos que Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe). Y para eludir la acción de la justicia, se vió obligado a huir del país a toda prisa, refugiándose en Holanda. Allí paso varios años, viviendo pobremente y estudiando el avanzado sistema bancario holandés. Después de mucho estudio, acabó por desarrollar una teoría económica propia. Su teoría tenía varios puntos destacados, a saber: que la circulación de dinero era la auténtica sangre de un sistema económico, y que el comercio era la mejor manera de generar riqueza.
Law viajó por Europa ofreciendo su novedoso sistema a los principales gobiernos del continente, pero nadie le hizo demasiado caso. Hasta que llegó a Francia en 1715. Aquí la situación era peliaguda de verdad. Luís XIV acababa de morir, dejando al país sumido en una crisis económica sin precedentes. El heredero, su bisnieto Luís XV, era todavía un niño, y el regente, Felipe de Orleans (tío abuelo del pequeño) temía con razón verse obligado a decretar la bancarrota del país. Por eso, cuando Law apareció en su puerta ofreciendo su sistema, seguramente pensó que no tenía mucho que perder.
Law se puso manos a la obra y fundó el Banque Générale Privée (que luego se convertiría en el Banque Royale) con el privilegio de imprimir cierto invento que Law había conocido en Holanda, pero que en realidad habían inventado ya los chinos dos milenios antes: el papel moneda. Con ese papel moneda, cuyo valor estaba asegurado por las reservas de oro del Estado, se pagaría a los acreedores del Estado, aunque el que quisiera podía solicitar su reembolso en oro. Además, creó la Compagnie d'Occident, que monopolizó el comercio con la colonia francesa de Luisiana, y que posteriormente se fusionaría con otras Compañías, como la de Senegal, la de las Indias Orientales y la de China, dando lugar a la Compagnie Perpétuelle des Indes, responsable de todo el comercio colonial francés, y cuyas acciones podían adquirirse sólo con títulos de deuda pública, garantizando grandes intereses.
Al principio todo iba bien; la Hacienda francesa mejoraba su estado y la actividad económica aumentaba a buen ritmo. Pero también empezó a darse una notoria especulación en torno a las acciones de la Compagnie: pasaron de valer 500 libras a cotizarse por encima de las 20000. Además, igualmente empezó a producirse una cierta inflacción por la emisión contínua de dinero. Pero el sistema aparentemente funcionaba. Y en 1720, la Compagnie y el Banque Royale se fusionaban y Law era nombrado Inspector general de Finanzas.
Pero como suele ser habitual, la codicia dio al traste con el negocio. Felipe de Orleans, viendo que todo iba sobre ruedas, pensó que no pasaría nada si le daba algo más rápido a la manivela de hacer billetes e imprimía unos pocos más. Concretamente, tres mil millones de libras (casi el PIB total de Francia) sin avisar a Law. Como consecuencia, las reservas de oro de la Compañía, muy inferiores a la cantidad de papel moneda circulante, no fueron suficientes para cubrir todos los reembolsos en oro que le solicitaban. Y se desató el caos. La Compagnie entró en bancarrota, la cotización de sus acciones cayó a niveles ínfimos y Law, que no quiso hacer público que el responsable era el regente, tuvo que huir del país e instalarse en Venecia, donde vivió ejerciendo como jugador profesional, hasta su muerte en 1729. Está enterrado en la iglesia veneciana de San Moisés.
La crisis afectó no sólo a Francia, sino a la mayor parte de Europa, haciendo que los sistemas bancarios se volvieran mucho más prudentes. En Francia se calcula que en torno al 10% de la población perdió la mayor parte o todos sus ahorros a raiz del colapso del sitema Law. Sin embargo, fue muy beneficiosa para la Hacienda francesa, que salió enormemente saneada de la crisis, aunque a costa de profundizar el descrédito de la corona (faltaban sólo unas décadas para el estallido de la Revolución). Además, la actividad económica, especialmente el comercio, se revitalizó de manera muy notable. Y también hizo que nadie en Francia volviera a fiarse del papel moneda, que tardaría décadas en volver a utilizarse.
John Law nació en Edimburgo (Escocia) en 1671. Era un joven atractivo, simpático, inteligente (sobre todo, era un apasionado de las matemáticas) y, tras morir su padre, un importante joyero (y también banquero) que trabajaba para las principales casas de Escocia, dueño de una gran fortuna. Sin embargo, al joven John le faltaba uno o dos gramos de sensatez: era también jugador y mujeriego empedernido. No tardó en dilapidar la fortuna de su familia. Y acabó dando tumbos por Londres, tramando oscuros negocios, apostando y buscando los favores de todo tipo de mujeres. Y así, en 1694, mató en un duelo a Edward "Beau" Wilson, un acaudalado prohombre londinense, empedernido jugador como él (aunque con mayor fortuna), con el que competía por los favores de la atractiva Elizabeth Villiers (dato para los aficionados a las curiosidades históricas: el padrino de Law en el duelo fué nada menos que Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe). Y para eludir la acción de la justicia, se vió obligado a huir del país a toda prisa, refugiándose en Holanda. Allí paso varios años, viviendo pobremente y estudiando el avanzado sistema bancario holandés. Después de mucho estudio, acabó por desarrollar una teoría económica propia. Su teoría tenía varios puntos destacados, a saber: que la circulación de dinero era la auténtica sangre de un sistema económico, y que el comercio era la mejor manera de generar riqueza.
Law viajó por Europa ofreciendo su novedoso sistema a los principales gobiernos del continente, pero nadie le hizo demasiado caso. Hasta que llegó a Francia en 1715. Aquí la situación era peliaguda de verdad. Luís XIV acababa de morir, dejando al país sumido en una crisis económica sin precedentes. El heredero, su bisnieto Luís XV, era todavía un niño, y el regente, Felipe de Orleans (tío abuelo del pequeño) temía con razón verse obligado a decretar la bancarrota del país. Por eso, cuando Law apareció en su puerta ofreciendo su sistema, seguramente pensó que no tenía mucho que perder.
Law se puso manos a la obra y fundó el Banque Générale Privée (que luego se convertiría en el Banque Royale) con el privilegio de imprimir cierto invento que Law había conocido en Holanda, pero que en realidad habían inventado ya los chinos dos milenios antes: el papel moneda. Con ese papel moneda, cuyo valor estaba asegurado por las reservas de oro del Estado, se pagaría a los acreedores del Estado, aunque el que quisiera podía solicitar su reembolso en oro. Además, creó la Compagnie d'Occident, que monopolizó el comercio con la colonia francesa de Luisiana, y que posteriormente se fusionaría con otras Compañías, como la de Senegal, la de las Indias Orientales y la de China, dando lugar a la Compagnie Perpétuelle des Indes, responsable de todo el comercio colonial francés, y cuyas acciones podían adquirirse sólo con títulos de deuda pública, garantizando grandes intereses.
Al principio todo iba bien; la Hacienda francesa mejoraba su estado y la actividad económica aumentaba a buen ritmo. Pero también empezó a darse una notoria especulación en torno a las acciones de la Compagnie: pasaron de valer 500 libras a cotizarse por encima de las 20000. Además, igualmente empezó a producirse una cierta inflacción por la emisión contínua de dinero. Pero el sistema aparentemente funcionaba. Y en 1720, la Compagnie y el Banque Royale se fusionaban y Law era nombrado Inspector general de Finanzas.
Pero como suele ser habitual, la codicia dio al traste con el negocio. Felipe de Orleans, viendo que todo iba sobre ruedas, pensó que no pasaría nada si le daba algo más rápido a la manivela de hacer billetes e imprimía unos pocos más. Concretamente, tres mil millones de libras (casi el PIB total de Francia) sin avisar a Law. Como consecuencia, las reservas de oro de la Compañía, muy inferiores a la cantidad de papel moneda circulante, no fueron suficientes para cubrir todos los reembolsos en oro que le solicitaban. Y se desató el caos. La Compagnie entró en bancarrota, la cotización de sus acciones cayó a niveles ínfimos y Law, que no quiso hacer público que el responsable era el regente, tuvo que huir del país e instalarse en Venecia, donde vivió ejerciendo como jugador profesional, hasta su muerte en 1729. Está enterrado en la iglesia veneciana de San Moisés.
La crisis afectó no sólo a Francia, sino a la mayor parte de Europa, haciendo que los sistemas bancarios se volvieran mucho más prudentes. En Francia se calcula que en torno al 10% de la población perdió la mayor parte o todos sus ahorros a raiz del colapso del sitema Law. Sin embargo, fue muy beneficiosa para la Hacienda francesa, que salió enormemente saneada de la crisis, aunque a costa de profundizar el descrédito de la corona (faltaban sólo unas décadas para el estallido de la Revolución). Además, la actividad económica, especialmente el comercio, se revitalizó de manera muy notable. Y también hizo que nadie en Francia volviera a fiarse del papel moneda, que tardaría décadas en volver a utilizarse.
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