Verba volant, scripta manent

jueves, 1 de octubre de 2015

El indestructible Michael Malloy



Michael Malloy era un irlandés del condado de Donegal que, como tantos otros de sus compatriotas, cruzó el Atlántico rumbo a los EEUU en busca de fortuna a finales del siglo XIX. Durante algún tiempo no le fue mal y trabajó como bombero en Nueva York, hasta que su adicción al alcohol le convirtió en un vagabundo que se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, sobreviviendo gracias a trabajos esporádicos como conserje, barrendero o pulidor de ataúdes. Fue a principios de 1933 cuando su camino se cruzó con el de cinco sujetos muy poco recomendables a los que más tarde se los llamaría "el consorcio del crimen". Se trataba de Anthony Marino, propietario de un speakeasy (uno de aquellos bares ilegales que florecieron durante el periodo de la Ley Seca) en el 3804 de la Tercera Avenida, en el barrio del Bronx; su barman, Joseph "Red" Murphy; Francis Pasqua, enterrador; Daniel Kriesberg (frutero) y Hershey Green (taxista). Codiciosos y sin escrúpulos, buscaban el modo de ganar dinero rápido y sin esfuerzo, y se les ocurrió asesinar a la novia de Marino, Betty Carlsen, para cobrar su seguro de vida. La emborracharon hasta que perdió el conocimiento, la llevaron a su cuarto, la desnudaron, le arrojaron agua helada por encima y la dejaron allí con las ventanas abiertas, en una noche con temperaturas bajo cero. A la mañana siguiente, Betty había muerto y un forense dictaminó como causa de la muerte "neumonía asociada al alcoholismo". Marino, beneficiario de la póliza, cobró 800 $. Tan sencillo les pareció que se decidieron a repetir la jugada, y esta vez eligieron a Malloy como la víctima propicia.

La entrada del speakeasy regentado por Marino
Malloy no fue difícil de engatusar: le prometieron que podía beber cuanto quisiera en el bar de Marino, algo que para él era el paraíso. Sólo le pidieron que firmase unos papeles, supuestamente para apoyar la candidatura de Marino a concejal; pero en realidad, se trataba de tres pólizas de seguro por un total de más de 3500 $. Lo cierto es que Malloy ya tenía sesenta años y aparentemente estaba en las últimas, así que pensaban que unos días bebiendo sin parar acabarían con él.
Pero en materia de bebercio no es bueno subestimar a un irlandés. Día tras día, Malloy aparecía sin falta en el bar de Marino, bebía grandes cantidades de alcohol, se marchaba tambaleándose y volvía invariablemente al día siguiente para seguir bebiendo. A los conspiradores empezó a preocuparles su resistencia, especialmente a Marino, que veía cómo se disparaba la factura del licor que Malloy trasegaba. Por eso Murphy sugirió añadir anticongelante a la bebida del borracho para darle un "empujoncito". Tras varios tragos de la mezcla, Malloy se desmayó y Pasqua, el enterrador, le tomó el pulso y anunció con satisfacción que era tan débil que seguramente estaría muerto por la mañana. Pero tras estar tres horas inconsciente, Malloy se despertó, se disculpó ante los presentes por su "indisposición"... y pidió otra copa. Los días siguientes añadieron más anticongelante a sus bebidas, sin que el confiado irlandés pareciera notarlo. Del anticongelante pasaron a la trementina, el linimento para caballos e incluso el raticida. Pero el invencible Malloy seguía apareciendo día tras día en el local en busca de más bebida.
Entonces cambiaron de estrategia. Si la bebida no le derrotaba, quizá la comida pudiera hacerlo. Le invitaron a un sabroso plato de ostras empapadas en metanol, pero no parecieron hacerle efecto. Marino, harto, le preparó un plato especial: un bocadillo de sardinas en mal estado, mezcladas con raticida, anticongelante e incluso pequeños clavos y fragmentos de metal, con la idea de que si no moría envenenado, sufriese una hemorragia estomacal. Pero Malloy no sólo no enfermó, sino que pareció gustarle aquel contundente refrigerio.
De nuevo cambiaron de proceder y trataron de aprovechar las gélidas temperaturas del invierno neoyorquino. Tras lograr que Malloy bebiera hasta perder el conocimiento, lo llevaron hasta Claremont Park, lo arrojaron sobre la nieve, lo desnudaron de cintura para arriba y vertieron agua sobre su pecho desnudo (repitiendo lo que habían hecho con Betty Carlsen). Y luego, lo abandonaron a la intemperie, con temperaturas de casi -30º centigrados, convencidos de que por fin habían logrado su objetivo. Su cara debió de ser todo un poema cuando, la noche siguiente, vieron a Malloy cruzando la puerta del bar como era su rutina, dispuesto a seguir bebiendo. No parecía tener ninguna secuela e incluso iba mejor vestido que de costumbre. Al parecer, una patrulla de policía lo había encontrado a tiempo y lo había llevado a un albergue, donde había pasado la noche y le habían dado ropa nueva.

De izquierda a derecha, Tony Marino, Daniel Kriesberg, Frank Pasqua y Joseph Murphy
Aconsejados por un matón profesional llamado Anthony "Tony el Duro" Bastone, los cinco aspirantes a asesinos decidieron dejar las "sutilezas" y encargarse de Malloy con métodos más directos. Así, una noche en la que Malloy estaba borracho y al borde del coma etílico, lo subieron al taxi de Green, lo llevaron a Pelham Parkway, también en el Bronx, y lo dejaron en mitad de la calle. Y mientras Malloy intentaba descubrir dónde estaba y cómo había llegado hasta allí, le atropellaron con el taxi a más de 70 km/h. Malloy salió despedido varios metros y, para asegurarse de que acababan con él, volvieron a atropellarle.
Seguros de haberse librado esta vez si del borracho, se dispusieron a esperar que la muerte de Malloy se hiciese pública para reclamar su dinero. Pero los días pasaron y no había noticias. Ningún periódico publicó la noticia de su muerte ni ningún hospital ni depósito de cadáveres había oído hablar de él.
Eso era un problema serio; sin cadáver no había manera de cobrar las pólizas. Por eso trataron de obtener uno y de nuevo, emborracharon y atropellaron a un vagabundo, un tal Joe Murray, al que colocaron documentos a nombre de Malloy para hacerlo pasar por él. Pero se ve que el apellido Malloy otorga poderes sobrehumanos al que lo luce, aun sin ser el suyo, porque Murray sobrevivió al atropello, aunque quedó tan mal parado que pasó varios meses en el hospital.
Y cuando se cumplían tres semanas del atropello de Malloy, los confabulados vieron con espanto cómo el irlandés, tranquilamente, entraba en el bar como de costumbre. Su aspecto era peor de lo habitual, estaba más débil y con las marcas del atropello... y también estaba sediento. Al parecer, el atropello se había saldado con una fractura de cráneo, una conmoción cerebral y un hombro roto. Estaba en tan mal estado que ni siquiera había podido darle su nombre a los médicos que le atendían, de ahí que nadie supiese quién era. Pero después de tres semanas, ya estaba lo suficientemente recuperado como para volver a su rutina alcohólica de siempre.
Era más de lo que podían soportar. Siguiendo los consejos de Bastone, esperaron a que Malloy volviera a perder la consciencia por el alcohol, lo llevaron a la habitación donde dormía Murphy y allí lo asfixiaron colocándole en la boca una manguera conectada al gas. De esta vez, por fin, lograron acabar con el tozudo borrachín. Pagaron a un médico para que certificase que la muerte de Malloy había sido a causa de una neumonía y lograron al fin el éxito de su plan. O al menos eso creían; la maldición de Malloy los persiguió más allá de la tumba.

La habitación donde fue asesinado Michael Malloy
Joseph Murphy tenía algunos temas pendientes con la justicia y fue encarcelado. Como él era uno de los beneficiarios de las pólizas, cuando la aseguradora trató de ponerse en contacto con él para pagarle y supo de su paradero, comenzó a sospechar y avisó a la policía. Por su parte, Green el taxista no había recibido la parte del botín que le correspondía, lo cual lo enfadaba sobremanera; y eso provocó que se fuera de la lengua y contara las desventuras del pobre Malloy a varias personas, con lo que la historia de "Mike el duradero" o "Iron Mike" comenzó a circular por los bajos fondos neoyorquinos. La policía, que estaba advertida, comenzó a investigar y descubrieron no sólo la sospechosa muerte de Malloy, sino también la de Betty Carlsen. El cadáver de Malloy fue exhumado y una autopsia reveló la verdadera causa de la muerte. Los cinco asesinos y el médico que había certificado la muerte de Malloy fueron encarcelados y acusados de asesinato.


Durante el juicio, los acusados trataron de culpar a Bastone (el cual había muerto tiroteado poco después que Malloy y no podía, por tanto, desmentirlos), al que acusaron de ser el que había urdido el plan y de haberlos coaccionado para que le ayudaran. Pero el jurado no se lo creyó y condenó a muerte a Marino, Murphy, Pasqua y Kriesberg, mientras que Green fue sentenciado a cadena perpetua y el doctor, a varios años de cárcel. Marino, Pasqua y Kriesberg murieron en la silla eléctrica en la prisión de Sing Sing en junio de 1934; Murphy siguió su mismo destino el mes siguiente.

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