Verba volant, scripta manent

sábado, 26 de marzo de 2016

Marie Duplessis, la dama de las camelias

Rose-Alphonsine Plessis, "Marie Duplessis" (1824-1847)

Tuvo una vida corta e intensa, marcada por una infancia desoladora y dolorosa, pero le bastó para que su nombre pasara a la historia. Se sobrepuso a su humilde origen para convertirse en una mujer fascinante que tuvo rendidos a sus pies a algunos de los hombres más poderosos de su época, y tras su muerte su figura perduraría en el arte y en la leyenda.
Marin Plessis era un vendedor ambulante de telas, hijo ilegítimo de una prostituta y un sacerdote, que se había casado con Marie-Anne-Michelle Deshayes, descendiente de una familia ilustre venida a menos que lo había perdido todo, dinero y títulos, durante la Revolución Francesa. De aquel desigual matrimonio habían nacido dos niñas, Rose Alphonsine (nacida en Nonat-le-Pin, en la Baja Normandía, el 15 de enero de 1824) y Delphine. En 1829 Marie, harta de aquel marido alcohólico y violento, abandonó a su familia y se marchó a Suiza, donde moriría de tuberculosis un año después. Las niñas quedaron al cuidado de una pariente de su madre, pero cuando Alphonsine contaba doce años fue violada por un empleado de su familia, la cual, para encubrir el escándalo, envió a la pequeña de vuelta con su padre. Pero aquel borracho brutal y sin escrúpulos no tuvo mejor idea que comenzar a prostituir a su hija, primero vendiendo sus favores a un vecino septuagenario y luego a otros hombres. De aquel infierno logró escapar la pequeña, tras trabajar como lavandera, sirvienta en un mesón y empleada en una fábrica de paraguas, y con quince años se plantó en París con una troupe de gitanos circenses a la que, según algunos biógrafos, había sido vendida por su padre.
Ya en la capital, Alphonsine se abrió paso como pudo, trabajando como verdulera y dependienta en distintas tiendas, donde pronto aprendió que los hombres acomodados estaban dispuestos a pagar generosamente la compañía de guapas jovencitas. Y ella era realmente bella, para los cánones de la época: muy delgada, pálida, grácil y delicada, con el pelo negro y un rostro angelical en el que destacaban dos profundos y melancólicos ojos oscuros. Tenía además un encanto natural, y sabía ser irresistiblemente seductora cuando quería.
Con esos dones, no tardó en atraer las atenciones de hombres con dinero. El primero fue un viudo llamado Nollet, dueño de un restaurante cerca del Palais Royal, que quedó prendado de ella cuando la vio comiendo en su establecimiento con dos amigas. Nollet no tardó en convertirla en su amante, la instaló en un piso en la Rue de L'Arcade y la colmó de cuidados. A Alphonsine, que apenas tenía 16 años, no le importó entregarse de aquella forma. Años más tarde, cuando le preguntaron por qué se había vendido así, ella respondió que una chica honrada y trabajadora nunca habría podido permitirse todos los lujos que había disfrutado a lo largo de su vida.
La relación duró varios meses, hasta que a Nollet le resultó imposible permitirse los muchos gastos de Alphonsine. A ella no le importó; ya había empezado a codearse con la alta sociedad parisina y no tardó en encontrar un nuevo "protector", el conde Ferdinand de Montguyon, mucho más acaudalado que el viudo restaurador. Su siguiente acompañante fue uno de los hombres más sobresalientes de su vida: el conde Antoine Alfred Agénor, futuro duque de Gramont y príncipe de Bidache, que sería ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III y miembro de una de las familias más ilustres de Francia.

Antoine Alfred Agénor, duque de Gramont y de Guiche, príncipe de Bidache (1819-1880)
Agénor fue para la joven un auténtico mentor. Le pagó maestros y tutores para que le enseñaran a leer y escribir con corrección, a hablar sin aquel fuerte acento normando suyo, hizo que aprendiera sobre arte, literatura, música, protocolo, hasta convertirla en una mujer culta, refinada y de amena conversación. Fue en esta época cuando Alphonsine dejó de utilizar su verdadero nombre, que juzgaba demasiado vulgar, y empezó a usar el de Marie Duplessis, que sonaba mucho más elegante y aristocrático. La relación duró hasta que la familia del conde, temerosa de un escándalo y preocupada por el tiempo y el dinero que Agénor dedicaba a su amante, le obligó a romper con ella (algunas fuentes hablan de que fruto de esa relación nacería en 1841 un niño, enviado con unos parientes lejanos de Agénor y que murió de neumonía antes de llegar a la adolescencia). Pero esta ruptura no supuso un gran quebranto para Marie, que sin tener aún 18 años ya se había convertido en la cortesana más solicitada de París. Aristócratas, políticos, acaudalados propietarios, competían para conseguir los favores de Marie, la cual mantenía un fastuoso tren de vida gracias a la generosidad de sus amantes. "La Divina Marie" como empezó a ser llamada, llegó a gastar más de 100000 francos de oro al año, en ropa, joyas, muebles, caballos, criados, libros (llegó a tener una biblioteca con varios cientos de ejemplares). Frecuentaba la ópera, los teatros, los clubes más elegantes (como el célebre Jockey Club, del que era socia y donde solía conocer a sus futuros amantes). Y también gastaba grandes sumas en el juego, al que era muy aficionada.
Marie pasó el verano de 1841 en Bougival, a las afueras de París, en una mansión que había comprado para ella el conde Edouard de Perregaux. Fue durante esa estancia cuando se hicieron patentes en ella los primeros síntomas de una violenta tuberculosis, lo que hizo que Perregaux la llevara al célebre balneario de Baden-Baden, frecuentado por la nobleza de toda Europa, para reponerse. Poco después, el conde, casi arruinado por los dispendios de su amante, tuvo que marchar a Londres, y Marie siguió repartiendo generosamente su compañía. Fueron amantes suyos, entre otros, Roger de Beauvoir, Henri de Contades, Olimpio Aguado, Adrien de Plancy, Pierre de Castellane o Eduardo Delessert.
En 1844 Marie conoció en el balneario de Bagnères-de-Luchon al casi octogenario conde ruso Gustav Ernst von Stackelberg, antiguo embajador de los zares en Prusia, Austria, Holanda o Suiza. Stackelberg quedó prendado de la joven porque, al parecer, veía en ella un gran parecido con su hija Marie, muerta trágicamente en 1840, con sólo 22  años de edad. A partir de ese momento, el anciano conde tomó a la joven bajo su protección, casi como un padre, la instaló en un lujoso apartamento en el Boulevard de la Madeleine y la colmó de regalos. En ese apartamento la cortesana organizaría unas sonadas tertulias literarias a las que asistieron, entre otros, Alejandro Dumas, Honoré de Balzac, Theophile Gautier, Alfred de Musset, Eugène Sue o Charles Dickens.

Alejandro Dumas hijo (1824-1895)
Fue en septiembre de 1844 cuando Marie comenzó un romance con el hombre que habría de hacerla inmortal a través de la literatura, Alejandro Dumas hijo, vástago ilegítimo (aunque reconocido) del famoso escritor, que buscaba abrirse camino como novelista, aunque sin tener ni remotamente el éxito arrollador de su padre. Fue la suya una relación tormentosa y pasional, llena de celos, reproches, discusiones y reconciliaciones. Al parecer, ella amaba de verdad a Dumas, pero no quería renunciar a sus demás acompañantes y al dinero que éstos le proporcionaban. Dumas procuró que Marie se tratara su cada vez más preocupante salud, la llevó a distintos médicos, intentó que dejara la ciudad y se instalara en el campo, cuyo aire puro la beneficiaba, pero ella se aburría soberanamente lejos del bullicio de París, de los lujosos salones, de los teatros y la ópera. Finalmente, en agosto de 1845, Dumas, incapaz de soportar los celos y sabiendo que nunca podría darle a ella la vida que deseaba, rompió la relación mediante una célebre carta (que ella nunca respondió) que decía así:

No soy lo bastante rico para amarte como quisiera ni lo suficiente pobre para ser amado como quisieras tú. Olvidemos todo entonces, tú un nombre que debe serte casi indiferente, yo una felicidad que se me hace imposible. Es inútil decirte cuánto lo siento porque tú sabes bien cuánto te amo. Entonces, adiós. Tienes demasiado corazón como para no entender el motivo de mi carta y demasiada inteligencia como para no perdonarme.

Tras su ruptura, no volvieron a verse jamás.

En el número 11 del Boulevard de la Madeleine (hoy es el número 15) vivió y murió Marie Duplessis
Marie aún mantendría otro sonado romance, con el compositor y pianista austríaco Franz Liszt, antes de que los síntomas de la enfermedad que la carcomía se agravasen. Poco a poco, su belleza se fue marchitando y sus admiradores la fueron abandonando uno tras otro, sustituyéndola por otras cortesanas que ocuparon el trono que hasta entonces nadie le discutía a la Divina Marie. A principios de 1846 viajó a Londres para reencontrarse con su antiguo amante Perregaux, con el que se casaría en febrero de ese año. No obstante, ambos se separarían de inmediato y Marie retornó sola a París, donde, pese a que su matrimonio no era legal en Francia, empezó a hacerse llamar condesa y a utilizar su propio escudo de armas. Pero la tuberculosis avanzaba implacable, y contra ella nada pudieron médicos ni cuidados. El 3 de febrero de 1847, en plenas fiestas de carnaval y apenas dos semanas después de cumplir los 23 años, Marie Duplessis, nacida Alphonsine Plessis, dejaba de existir en su casa del Boulevard de la Madeleine, acompañada sólo por una sirvienta leal y por su marido, que en sus últimos días no se separó de su lecho. Fue enterrada en el Cementerio de Montmartre, aunque diez días después fue trasladada a otra tumba cuyo sencillo epitafio reza: "Ici Repose ALPHONSINE PLESSIS Née Le 15 Janvier 1824 Decedée le 5 Fevrier 1847 De Profundis". De todos los hombres que la habían amado y deseado, sólo dos estaban presentes en el momento de su última despedida: su marido, el conde de Perregaux, y el anciano conde Stackelberg.


Alejandro Dumas hijo no estaba en la capital en el momento de la muerte de Marie. Se enteró del deceso en Marsella y viajó de inmediato a París. No llegó a tiempo al entierro, pero si a la subasta pública de las posesiones de la joven, que al morir había dejado numerosas deudas. Una subasta que despertó gran expectación entre los parisinos, dada la fama de la fallecida. Charles Dickens, que asistió a la puja, escribiría más tarde: "Uno podía haber creído que Marie era Juana de Arco o alguna otra heroína nacional, tan profunda era la tristeza general". Dumas, en precaria situación económica, sólo pudo adquirir una pequeña cadena de oro a modo de recuerdo. Luego, se encerró en una habitación de hotel con las cartas que ambos habían intercambiado durante su romance y, en apenas cuatro semanas, escribió la que iba a ser su novela más famosa y la obra que convertiría definitivamente a Marie en un personaje legendario: La dama de las camelias, la historia de amor entre una cortesana llamada Margarita Gautier y un joven llamado Armand Duval. Un libro en el que Dumas reflejó su propio romance y en el que no es difícil reconocer en la protagonista, Margarita Gautier, a Marie Duplessis, aunque en un tono más suave y romántico que en la vida real; como si Dumas hubiera deseado retratar a la Marie que él habría querido que fuese, en lugar de a la que realmente conoció. El libro se publicó en 1848 y fue un gran éxito, y aún más cuando el propio Dumas lo convirtió en una obra de teatro. En 1852, el gran compositor Giuseppe Verdi lo transformaría a su vez en una de las óperas más famosas de la historia: La Traviatta.

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