Verba volant, scripta manent

domingo, 18 de diciembre de 2016

El caso Gouffé


El 27 de julio de 1889 los familiares de Toussaint-Augustin Gouffé, un acomodado agente judicial parisino, viudo y con dos hijas, denunciaban ante la policía su misteriosa desaparición. En un principio la policía no puso demasiado empeño en buscarlo; la ciudad estaba inmersa en la vorágine de la Exposición Universal y había una gran afluencia de visitantes que ocupaban la mayor parte de los esfuerzos de los agentes. Sin embargo, al pasar el tiempo sin tener ninguna noticia de Gouffé, la policía se tomó el caso más en serio, pero no encontraron ningún indicio de su paradero.

Toussaint-Augustine Gouffé (1840-1889)
Casi tres semanas después, el 13 de agosto, un peón llamado Denis Coffy, encargado del mantenimiento de caminos y carreteras, que había recibido varias quejas acerca de un nauseabundo hedor en una carretera secundaria que iba de Millery a Vernaison, a unos veinte kilómetros al sur de Lyon (500 kilómetros al sureste de Paris), hizo un macabro descubrimiento. Siguiendo el desagradable olor halló a orillas del río Ródano un saco de lona dentro del cual encontró un cadáver en estado de descomposición. Se trataba de un varón adulto, totalmente desnudo, amarrado con varios metros de cuerda y con la cabeza cubierta con una bolsa de tela negra. Un par de días más tarde, un buscador de caracoles hallaba no muy lejos de allí los restos de un baúl de madera, con el mismo olor a descomposición y una etiqueta de viaje procedente de París.

Marie-François Goron (1847-1933)
En la capital, al enterarse del hallazgo, el inspector jefe de la Sûreté, Marie-François Goron, sospechó que podía tratarse de Gouffé, y telegrafió a la oficina del examinador médico de Lyon enviando una descripción del desaparecido. Al cuerpo, examinado por el doctor Paul Bernard, le faltaba, igual que a Gouffé, el primer molar superior derecho, pero difería en otros aspectos. Bernard concluyó que se trataba de un hombre que había muerto estrangulado entre 3 y 5 semanas antes, de entre 35 y 45 años (Gouffé tenía 49), 1'70 m. de estatura (Gouffé medía 1'73) y pelo negro (el del desaparecido era castaño). Bernard concluyó que no era el cuerpo del parisino; Goron, para asegurarse, envió a Lyon al cuñado de Gouffé, un hombre apellidado Landry, pero dado el estado del cuerpo fue incapaz de identificarlo, con lo que el cadáver fue sepultado en una fosa común.
Pese a este contratiempo, Goron siguió investigando en Paris. Gracias a la etiqueta del baúl descubrió que éste había sido facturado con dirección a Lyon el 27 de julio, el día después de la desaparición de Gouffé. Y también descubrió que, antes de ese día, el desaparecido había sido visto en compañía de una conocida pareja de timadores: Michel Eyraud, un buscavidas de 46 años con antecedentes por estafa, y su amante Gabrielle Bompard, una bailarina de 21 años. Ambos, curiosamente, habían dejado Paris ese mismo 27 de julio.
Convencido de que se había producido un error y el cadáver de Lyon estaba relacionado con el caso, el inspector Goron solicitó a las autoridades lionesas que el cuerpo fuera exhumado y sometido a un nuevo examen. Pese a las reticencias (habían pasado ya cuatro meses y los restos que pudieran quedar estarían en un pésimo estado) Goron se mantuvo firme en su petición. Y la fortuna le sonrió, ya que el nuevo examen iba a ser llevado a cabo por uno de los pocos hombres en Francia (quizá en toda Europa) que podía tener éxito en tal cometido: el doctor Alexander Lacassagne.

Alexandre Lacassagne (1843-1924)
El doctor Lacassagne, jefe del departamento de medicina legal de la Universidad de Lyon, fue un auténtico pionero de la medicina forense y de la ciencia aplicada a la investigación criminal. Fue de los primeros en estudiar los patrones de manchas de sangre, y las marcas de las balas para relacionarlas con armas específicas, en el examen médico de las víctimas, y en la aplicación de la sociología y la psicología en la investigación de la conducta criminal. Fue asimismo autor de numerosos libros sobre criminología e inventor de técnicas forenses que hoy son básicas. De hecho, hoy se le considera uno de los padres de la ciencia forense, y, de no haber estado de viaje cuando el cadáver fue descubierto, habría sido él quien realizase la primera autopsia.
Lacassagne, acompañado por varios de sus ayudantes y agentes de policía, se puso a revisar aquellos restos, centrándose especialmente en el estudio del esqueleto. Por el grado de fusión entre el coxis y el sacro, y el desgaste del hueso alveolar, concluyó que aquel hombre estaba más próximo a los 50 años que a los 35-45 que había estimado Bernard. En función del tamaño de los huesos largos, Lacassagne le calculó una altura de 1'73 metros y un peso de unos 80 kilos. Como pudo comprobar Goron (recurriendo al sastre de Gouffé), ambas cifras coincidían con las del desaparecido. En cuanto al cabello, el doctor concluyó que se había oscurecido por acción de los fluidos de la descomposición; tomó una muestra y, tras lavarla, halló que su color real era castaño, idéntico al de Gouffé. De hecho, hizo que Goron le enviase desde París el cepillo de Gouffé, para tener una muestra con la que compararlo, y halló que ambas muestras eran idénticas, tanto en color como vistas a través de un microscopio. El estudio del esqueleto le reveló una fractura antigua y mal curada en el tobillo derecho, que había provocado que esa pierna fuera más débil que la izquierda, y también que el dedo gordo del pie derecho presentaba una osificación en la articulación (seguramente debido a que el difunto sufría de gota) que le impedía doblarlo. Gracias a la concienzuda labor de Goron, el padre de Gouffé recordó que su hijo se había roto el tobillo siendo un niño, y su médico confirmó que en 1887 había sufrido un ataque de gota a resultas del cual ya no podía doblar el dedo gordo de su pie derecho. Todas estas coincidencias, unidas a algún otro dato más que pudo deducir (como que era fumador, por la coloración de sus dientes, y que sufría artritis en la rodilla derecha) durante los seis días que le llevó estudiar el cuerpo llevaron a Lacassagne a una rotunda conclusión: el cadáver hallado cerca de Millery era el del señor Gouffé.

Gabrielle Bompard (1868-c. 1920)
Una vez confirmada la muerte de Augustin Gouffé, el inspector Goron se puso manos a la obra para encontrar a los responsables, siempre teniendo como principales sospechosos a Eyraud y Bompard. Tuvo la brillante idea de mandar hacer una réplica del baúl hallado en Lyon y exponerlo públicamente en la morgue de Paris para ver si alguien lo reconocía. Causó gran expectación; en apenas tres días, más de 25000 personas se pasaron a verlo, y una de ellas reconoció el baúl como obra de un fabricante londinense cuyo taller estaba en Euston Road. Goron viajó personalmente a Londres y dio con la factura que indicaba que el baúl había sido vendido semanas antes del crimen a Michel Eyraud. Era la prueba que necesitaba; de inmediato, dictó orden de busca y captura para Eyraud y Bompard, enviando sus descripciones a las embajadas y consulados franceses en Europa y América, y despachando a varios agentes a Norteamérica, a donde se suponía que había huido la pareja.

Michel Eyraud (1843-1891)
Los fugitivos eludieron a los agentes franceses durante meses, viajando por Quebec, Vancouver, Nueva York y San Francisco. En San Francisco, Gabrielle abandonó a Michel por un rico francés llamado Georges Garanger del que se había enamorado, y con el que retornó a Francia. Poco después se entregó a las autoridades e ingresó en prisión el 22 de enero de 1890. En cuanto a Michel Eyraud, tras dar esquinazo a la policía en EEUU, Canadá y México, fue reconocido y arrestado en mayo de 1890 en La Habana, donde trataba de esconderse, siendo extraditado poco después.
Con ambos sospechosos en prisión, no fue difícil reconstruir el crimen. Eyraud y Bompard habían conocido a Gouffé en un café-restaurante al que iba con cierta frecuencia. Supieron de su acomodada situación económica, de su bien ganada fama de mujeriego (la investigación policial reveló que en el mes anterior a su desaparición había compartido cama con al menos veinte mujeres diferentes), y que habitualmente los viernes por la tarde vaciaba la caja fuerte de su despacho, donde solía haber bastante dinero, para luego pasar la mayor parte de la noche en la Brasserie Gutenberg. Así que decidieron tenderle una trampa para robarle el dinero. La noche del viernes 26 Bompard fue a la brasserie y comenzó a flirtear con él. Dado su carácter donjuanesco, no le fue difícil convencerlo para acompañarla a su apartamento, donde les esperaba escondido Eyraud, el cual estranguló a Gouffé utilizando una cuerda, primero, y sus propias manos luego. Sin embargo, ambos criminales se llevaron un chasco al descubrir que no llevaba encima el dinero que ellos creían.


Sin el botín esperado y con el comprometedor cadáver en su apartamento, Eyraud y Bompard decidieron deshacerse del cuerpo y abandonar la ciudad lo antes posible. Lo desnudaron, lo amarraron bien, lo metieron en un saco y luego en el baúl. Al día siguiente, llevando consigo el baúl como parte de su equipaje, se dirigieron a la estación de tren y compraron billetes para Lyon, donde se hospedaron en un hotel. El día 28 alquilaron un coche de caballos, con el que continuaron viaje, pero, ante el cada vez más molesto y revelador hedor de la putrefacción del cuerpo, lo arrojaron por un terraplén que llegaba hasta la orilla del Ródano, creyendo que caería en él y el agua lo arrastraría lejos. Desafortunadamente para ellos, la maleza detuvo el cuerpo antes de que se precipitara al río. A cierta distancia abandonaron también los restos del baúl, que Eyraud había destrozado con un martillo, aunque sin reparar en la reveladora etiqueta que le habían colocado en la estación de tren. A continuación, la pareja huyó por mar a Inglaterra bajo la identidad de "monseiur Labordère e hijo" (con Gabrielle disfrazada de varón) y luego embarcó hacia Canadá.


El juicio a la pareja comenzó en diciembre de 1890, y levantó una enorme expectación. Ambos fueron declarados culpables. Eyraud fue condenado a muerte y guillotinado el 4 de febrero de 1891. En cuanto a Bompard, su abogado alegó que Eyraud la había coaccionado para ser su cómplice mediante la hipnosis. Fuese por esto, o por tratarse de una mujer joven y guapa, el tribunal fue más benévolo con ella, y la condenó a veinte años de trabajos forzados, que cumplió en las prisiones de Nanterre y Clermont. Su pena se vio reducida por su buena conducta, y fue liberada en 1905. Vivió en el anonimato el resto de sus días, hasta su muerte, en la década de 1920.
El caso Gouffé no solo fue uno de los crímenes más mediáticos de la Francia de finales del siglo XIX, también pasaría a la historia de la criminología gracias a Lacassagne. Su segundo examen del cuerpo de Gouffé se considera hoy en día una de las primeras autopsias con criterios científicos y modernos, y fue objeto de estudio de las posteriores generaciones de criminólogos. Muchas de las técnicas que aplicó Lacassagne acabarían siendo básicas en los exámenes forenses. En cuanto al inspector Goron, el otro gran artífice del éxito de este caso, se retiró en 1895 y se dedicó a la escritura, publicando sus memorias, novelas policíacas y varios libros sobre crímenes célebres, entre los cuales, por supuesto, también figuraba el caso Gouffé.

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