Verba volant, scripta manent

domingo, 1 de octubre de 2017

Sesenta y seis días a la deriva

Simone y William Butler

Corría el mes de abril del año 1989 y el matrimonio norteamericano formado por William (60) y Simone (52) Butler, residentes en Miami, se embarcaba (literalmente) en una aventura largamente acariciada: dar la vuelta al mundo a bordo de su velero de doce metros de eslora, el Siboney, sin imaginarse la peripecia de la que iban a ser protagonistas.

La noche del 25 de junio de ese año, cuando el Siboney se encontraba a unas 1200 millas náuticas al suroeste de Costa Rica, un repentino estruendo sorprendió al matrimonio mientras dormían plácidamente a eso de las cuatro de la madrugada. Al salir a cubierta, descubrieron que se trataba de varias ballenas que se peleaban entre ellas. Antes de que pudieran hacer nada, uno de aquellos grandes cetáceos propinó al pequeño velero un fortísimo golpe que abrió una vía de agua en el costado de babor, lo que provocó su hundimiento en apenas quince minutos.


A los Butler apenas les dio tiempo para hinchar la balsa salvavidas, en la que consiguieron introducir algunas latas de comida y bidones de agua, una pequeña potabilizadora manual y algunos objetos más (aparejos de pesca, bengalas, útiles de navegación), antes de que el Siboney desapareciera para siempre bajo las aguas. Y allí, a bordo de aquella pequeña embarcación de plástico de apenas dos metros cuadrados, se resignaron a esperar ser rescatados.

Al principio los Butler mantuvieron la esperanza de ser hallados pronto. Tenían alimentos y creían que pronto encontrarían algún barco que los recogiese. Sin embargo, conforme fueron pasando los días, esta confianza se fue debilitando. Dos grandes mercantes pasaron muy cerca de ellos, pero pese a los desesperados intentos del matrimonio por llamar su atención, no los vieron. Cuando las provisiones que habían salvado comenzaron a escasear, se dieron cuenta de que su travesía iba a ser mucho más difícil de lo que habían pensado.

Pasado el primer mes a la deriva, sus provisiones se habían agotado. Sobrevivieron comiendo pescado crudo que pescaban, y una tortuga marina a la que lograron capturar cuando pasó junto a su balsa. Para beber, disponían de unos tres litros de agua al día que podían conseguir con la potabilizadora, más el agua de lluvia que lograban recoger. Pasaban la mayor parte del día tumbados para ahorrar energía, cambiando con frecuencia de postura para que no se les formasen úlceras en la piel, y jugando a las damas en un tablero que era uno de los pocos objetos que habían logrado salvar. En ocasiones su balsa se veía rodeada de tiburones hambrientos y muy agresivos, que llegaron a pinchar uno de los flotadores.

Mapa del recorrido del Siboney y de la balsa de los Butler
Cuando llevaban unos cincuenta días a la deriva, divisaron a lo lejos las características nubes que se forman sobre tierra. Trataron de dirigirse hacia allí remando con las manos, pero la corriente se lo impidió. Se trataba de la Isla del Coco, una isla situada a algo más de 500 km de la costa costarricense, declarada Parque Nacional y en la que, aunque no tiene una población estable, siempre hay personas en ella (vigilantes, biólogos, investigadores).

El día 65, un nuevo mercante, de bandera japonesa, pasó muy cerca de ellos. Esta vez si los vieron; varios marineros les hicieron señales desde la cubierta. Pero el buque no se detuvo. Simone, pese a los intentos de William para consolarla, se puso a llorar, creyendo que jamás los rescatarían. Sin embargo, el mercante japonés había avisado a las autoridades costarricenses de la presencia de la balsa, y al día siguiente, 20 de agosto, una patrullera los rescató. Tras 66 días a la deriva, habían recorrido más de mil millas y estaban a sólo trece millas de la costa.


El matrimonio fue trasladado a un hospital. Habían perdido 25 kilos de peso y tenían numerosas llagas en la piel, pero fuera de eso su estado de salud no era malo. Tiempo después, William relataría toda su aventura en un libro titulado 66 Days Adrift (66 Días a la Deriva).

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