Verba volant, scripta manent

sábado, 28 de julio de 2012

La Colt modelo 1911

Colt 45 modelo 1911 "Black Army"

Desde finales del siglo XIX, y hasta entrado el siglo XX, el arma corta estándar usada por el Ejército norteamericano fué un revólver del calibre 38, generalmente de la marca Colt o Smith & Wesson. Pero cuando los norteamericanos se hicieron con Filipinas en 1898 y ocuparon el país, se encontraron una feroz resistencia por parte de los filipinos. Y descubrieron que en ciertas condiciones sus revólveres eran poco eficaces. No sólo se veían afectados por el clima lluvioso del país, que les provocaba numerosos fallos. Además, el calibre 38 resultaba poco eficaz por su bajo poder de parada, enfrentados a un enemigo fanático al que las balas del 38, a menos que fueran muy precisas, a menudo no lograban detener. De hecho, se vieron obligados a volver a utilizar revólveres del anterior calibre estandar, el 45 Long Colt. Por ello, en 1906 el Gobierno norteamericano convocó un concurso para dotar a sus soldados de nuevas armas cortas. El nuevo modelo debía cumplir una serie de especificaciones detalladas en la convocatoria: arma semiautomática, calibre 45, balas de al menos 14'9 gramos de peso y una velocidad de salida de 240 km/h. 
De las seis empresas que se presentaron al concurso, la vencedora fué la Colt con su modelo 1911. El responsable de su diseño fué John Moses Browning, quien diseñó para este modelo un ingenioso mecanismo que sería a partir de entonces común en todos los modelos de pistolas semiautomáticas de gran calibre. Un muelle empujaba el cerrojo que introducía un cartucho en el cañón, a la vez que se amartillaba el arma. El disparo provocaba un retroceso del cañón y la corredera, en un movimiento en el que se expulsaba el casquillo usado y permitía la introducción de un nuevo proyectil en el cañón (este sistema se llama automatismo por acerrojamiento). 
El Ejército norteamericano adoptó oficialmente este modelo en marzo de 1911 (la Armada y la infantería de marina no lo harían hasta 1913) y entró en combate por primera vez durante la llamada "Expedición Punitiva" que el ejército norteamericano lanzó contra Pancho Villa el 14 de marzo de 1916, en represalia después de que las tropas del revolucionario mexicano hubiesen atacado el pueblo de Columbus (Nuevo México). Al año siguiente, EEUU entró en la Primera Guerra Mundial y se fabricaron más de dos millones y medio de unidades. Siguió siendo utilizada por el ejército hasta enero de 1985, cuando fué sustituída por la Beretta 92 F/FS, aunque la unidad SWAT sigue empleando una variante modificada. Además, numerosos ejércitos y cuerpos de seguridad de todo el mundo siguen empleando este modelo.        

lunes, 23 de julio de 2012

El motín del Bounty

Réplica del HMAV Bounty, construída en Nueva Zelanda en 1979

Los sucesos acaecidos a bordo de la HMAV Bounty han conocido numerosas versiones: sesudos ensayos historiográficos, novelas, varias adaptaciones fílmicas entre 1916 y 1984... Pero lo cierto es que mucho de lo que se cuenta sobre ellos no es verídico. La historia del amotinamiento de parte de la tripulación del barco ha sido muy manipulada y tergiversada y la versión que habitualmente se ha difundido tiene poco que ver con la realidad.
Todo comenzó con el Artocarpus altilis, conocido como árbol del pan, frutipan, cacaté o guampán. Este árbol, cuyas distintas subespecies se encuentran desde el sudeste asiático hasta Australia y la Polinesia, da un fruto nutritivo y de gran tamaño, del que una vez seco se obtiene una especie de harina muy similar a la del maiz. Esto hizo que a sir Joseph Banks, noble y naturalista inglés que fué presidente de la Royal Society desde 1771 hasta su muerte en 1820, se le ocurriese la idea de plantarlo masivamente en las posesiones inglesas en el Caribe, para utilizarlo como alimento de los numerosos esclavos que trabajaban las plantaciones coloniales y así abaratar los costes de explotación (ah, estos ingleses, siempre mirando por el bienestar ajeno...). Su propuesta fué aceptada y el gobierno inglés decidió enviar al Bounty, un modesto mercante que acababa de comprar (originariamente su nombre era Bethia), a Tahití, con la misión de recolectar ejemplares del Artocarpus y llevarlos al Caribe. Al mando del barco colocaron al joven teniente de navío William Bligh (no sería nombrado capitán hasta 1791), que contaba 33 años y había participado en el tercer y último viaje del legendario capitán James Cook. Debido a su misión no bélica y al pequeño tamaño de buque y tripulación, no embarcaron infantes de marina, como solía ser frecuente en barcos de guerra de mayor tamaño. El Bounty zarpó hacia su destino el 23 de diciembre de 1787. Nunca volvería a Inglaterra.
El viaje fué notablemente dificultoso. El pésimo tiempo les impidió doblar el cabo de Hornos, con lo que Bligh se vió obligado a tomar la ruta alternativa y doblar el cabo de Buena Esperanza, lo que supuso dar un notable rodeo y llegar a Tahití varios meses más tarde de lo previsto, el 25 de octubre de 1788. Además, llegó en una estación inapropiada para transplantar los brotes del frutipán, por lo que tuvieron que quedarse en Tahití hasta que se dieran las condiciones necesarias.
Al contrario de lo que se ha repetido muchas veces, Bligh no fué el comandante cruel y despótico con sus hombres que se ha querido hacer ver. Durante el viaje, el número de castigos a bordo fué inusulamente bajo, y al parecer él mismo había recomendado a sus oficiales ser moderados en ese aspecto. Incluso había tomado medidas en beneficio de su tripulación, como establecer tres turnos de trabajo en lugar de dos, para aumentar el tiempo de descanso.
Para la tripulación del Bounty, los meses que pasaron en Tahiti fueron una auténtica delicia: descanso, mujeres, comida fresca, mujeres, agua limpia, mujeres, un clima excelente... ¿he mencionado las mujeres? Con lo que, tras cinco meses, y una vez recolectados los árboles, partieron de muy mala gana el 4 de abril de 1789, rumbo al Caribe. El descontento a bordo era notorio. Y así, el 28 de abril estalló un motín encabezado por el primer oficial de Bligh, Fletcher Christian. Éste no es tampoco el héroe romántico que nos han vendido. Nacido en el seno de una familia ilustre venida a menos por los despilfarros de sus antepasados (que acabaron forzando que la familia se asentase en la isla de Man para huir de sus acreedores), su actuación como cabecilla del amotinamiento dice muy poco en favor suyo, más aún cuanto él y Bligh eran buenos amigos, habían servido juntos bajo las órdenes de Cook y Christian era un invitado habitual en casa de Bligh. Aún así, aprovechando su turno de guardia, Christian y once de los 42 tripulantes del buque se apoderaron de las armas y capturaron a Bligh. Los once amotinados sometieron a los otros treinta y uno. Bligh y 18 de los hombres que le habían permanecido leales fueron obligados a subir a un bote y abandonados en alta mar, sin apenas agua ni provisiones y con algunos instrumentos de navegación. Los amotinados y los otros 13 que no habían participado (y que no cabían en el bote) partieron rumbo a Tahiti.
En una notable hazaña náutica, Bligh y sus hombres llegaron, tras 41 días de navegación y habiendo recorrido 6700 kilómetros, a la isla de Timor, habiendo perdido un sólo hombre, en un combate con los nativos de la isla de Tofua. Una vez dado aviso de lo sucedido, las autoridades británicas enviaron inmediatamente a Tahití al HMS Pandora, al mando del capitán Edwards, un hombre cruel, autoritario y severo (muchos creen que la mala fama de Bligh se debe a una confusión con Edwards). En Tahití, los ingleses encontraron a 16 miembros de la tripulación del Bounty, quienes contaron cómo Christian y ocho marineros fieles habían dejado la isla meses atrás, para evitar ser capturados, con rumbo desconocido, acompañados por un grupo de mujeres y varios hombres tahitianos. Edwards arrestó a los 16 y los encerró en el Pandora para llevarlos a Inglaterra; pero debido a la incompetencia de Edwards, el barco encalló y se hundió en el Gran Arrecife de Coral australiano, muriendo varios de los presos. Al final, sólo 10 llegaron vivos a Inglaterra para ser juzgados. Gracias al testimonio de Bligh, cuatro fueron absueltos por no haber formado parte de la rebelión; otros dos fueron condenados (aunque luego serían indultados) porque, aunque no habían tomado parte en el motín, no se habían opuesto a los sublevados; otro, un oficial llamado Peter Heywood, fué absuelto por un tecnicismo (aunque en realidad se debió a sus influencias, ya que era sobrino de Lord Howe, almirante de la Flota del Canal); y los tres últimos, reconocidos como parte de los amotinados, fueron condenados y ahorcados. Bligh fué declarado no culpable de la pérdida del barco en un juicio celebrado en octubre de 1790. Poco después ascendería a capitán y acabaría sus días como Vicealmirante de la Armada británica.
¿Y qué fué de los amotinados? No se volvió a saber de ellos hasta 1808. En ese año, un ballenero norteamericano llamado Topaz llegó a la isla de Pitcairn, en plena Polinesia y a unos 2000 km al sureste de Tahiti. La isla era muy poco frecuentada: no estaba habitada, ni tenía recursos para explotar, estaba lejos de las rutas comerciales habituales y, por un error cartográfico, aparecía en la mayor parte de los mapas en una situación diferente a la real.
Los tripulantes de la Topaz se sorprendieron al encontrar la isla habitada: varias mujeres, un puñado de niños y un hombre, que resultó ser John Adams, el último de los amotinados del Bounty que quedaba con vida. Adams contó a sus visitantes cómo Christian había puesto rumbo a Pitcairn sabiendo que sería muy poco probable que los ingleses los buscasen en aquellos parajes. Y para evitar llamar la atención de algún barco que pasase accidentalmente por allí, él mismo había quemado el Bounty en enero de 1790. La vida en la isla resultó menos idílica de lo esperado: los contínuos roces entre los recién llegados desembocaron en numerosas peleas y, finalmente, en un brutal enfrentamiento entre los tahitianos y los ingleses, a resultas del cual murieron todos los hombres tahitianos y cinco de los amotinados, incluído Christian. Los otros tres amotinados murieron, uno por enfermedad, otro por una caída y el tercero a manos de sus propios compañeros, de modo que cuando llegaron los americanos sólo quedaban Adams, las mujeres y los niños, la mayoría hijos de los marineros ingleses.
Adams recibió un indulto real en 1825, perdonándole su delito de amotinamiento a condición de que nunca volviera a Inglaterra. Pitcairn, que aún hoy en día sigue siendo una posesión británica, está habitada por unas cincuenta personas, la mayoría descendientes de los hombres de la Bounty.

lunes, 16 de julio de 2012

Las Navas de Tolosa

Sancho el Fuerte de Navarra sobrepasa a los imesebelen


Hoy, 16 de julio, se cumplen exactamente ochocientos años de una de las batallas más épicas de la Edad Media en la Península Ibérica, que marcó decisivamente el discurrir de la llamada Reconquista, la paulatina recuperación por parte de los reinos cristianos de los territorios ocupados por los musulmanes en el siglo VIII.
Los antecedentes de la batalla hay que buscarlos en una batalla anterior, la de Alarcos (1195) donde el califa almohade Yusuf II, señor del norte de África y del sur de la Península, derrotó al impetuoso rey castellano Alfonso VIII. Los resultados de la derrota fueron desastrosos para los castellanos: los almohades lograron llevar sus fronteras hasta los Montes de Toledo, a tiro de piedra de la capital castellana, y saquearon una amplísima extensión de terreno. Afortunadamente, los almohades habían sufrido muchas bajas y en sus posesiones africanas había estallado la rebelión de los Banu Ganiyah por lo que, tras firmar una paz con los reinos de Navarra, León y Portugal, prefirieron retirarse a su capital, Sevilla. Durante unos años, Yusuf II y su hijo y sucesor, Muhammad An-Nasir, centraron sus atenciones en África, dando oportunidad a los cristianos de recuperarse y preparar el desquite.
Durante esos años, Alfonso VIII había entablado negociaciones con los demás reinos de la Península para tratar de establecer una alianza contra los almohades. Cuando supo que An-Nasir (llamado por los cristianos Miramamolín) había cruzado el estrecho de Gibraltar al frente de un numeroso ejército y se proponía atacarlo, pidió ayuda para conjurar la amenaza. Los reyes Sancho VII el Fuerte de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal accedieron a enviar tropas al combate. No así Alfonso IX de León. El rey leonés culpaba al castellano de la derrota de Alarcos, al haber atacado a los almohades sin esperar su llegada con refuerzos. Además, en los últimos años ambos reinos mantenían, si no una guerra abierta, si una serie de escaramuzas fronterizas, con toma de plazas incluída. La desconfianza acabó por frustrar el acuerdo entre ambos reyes y el leonés no participó en la campaña, aunque dió libertad a sus caballeros para acudir al combate. Además, gracias a la intermediación del arzobispo de Toledo, Ximénez de Rada, el papa Inocencio III había declarado como "cruzada"·la campaña, lo que atrajo a un buen número de combatientes extranjeros, deseosos de obtener las prebendas, espirituales y económicas, que la participación en dicho evento conllevaba.
Las tropas cristianas se concentraron en Toledo a principios del verano de 1212 y avanzaron hacia el sur, tomando Malagón y Calatrava. La formaban unos 50000 castellanos, más 20000 navarros, aragoneses y portugueses (Sancho de Navarra y Pedro de Aragón habían acudido al frente de sus tropas). También había unos 30000 combatientes europeos, en su mayor parte franceses, incluídos tres obispos (los de Narbona, Nantes y Burdeos), pero la mayor parte se retiró antes del encuentro definitivo. El intenso calor del verano español, al que no estaban acostumbrados, el desacuerdo con Alfonso VIII, líder del ejército, y las órdenes de evitar los saqueos y las matanzas sin sentido de musulmanes y judíos les hicieron volverse a sus hogares, salvo un pequeño contingente de apenas 150 hombres. Además, había tambien varios miles de soldados altamente entrenados, pertenecientes a las órdenes de caballería presentes en la Península, las de Santiago, Calatrava, San Lázaro, el Temple (si, también hubo templarios en las Navas) y de Malta. Y por último, un puñado de caballeros leoneses, asturianos y gallegos, súbditos del rey de León, que acudían a título personal.
Contra ellos se oponía un poderoso ejército al mando de An-Nasir. Los cronistas cristianos hablan de 300 o 400 mil hombres; los estudios más fiables hablan de unos 120000. Es muy habitual exagerar el número de los soldados enemigos; si ganas, aumenta el mérito de tu victoria y si pierdes, tienes mejor excusa. Aún así, la desigualdad numérica en favor de los musulmanes era notable. Entre las tropas de An-Nasir había infantería andalusí y marroquí, veteranos almohades, caballería norteafricana (que ya en tiempos de los romanos tenía fama de ser la mejor del mundo), mercenarios turcos llamados agzaz (excelentes arqueros a caballo) y numerosos voluntarios de distintos países que acudían a la yihad llamados por An-Nasir. Y no hay que olvidar a la temible guardia negra o imesebelen, esclavos procedentes en su mayor parte de Senegal, absolutamente fanáticos, que combatían encadenados entre sí y a estacas clavadas en el suelo, como muestra de que no pensaban en huir, sólo en combatir o morir.
El ejército cristiano se dirige hacia el lugar donde habían establecido su campamento los musulmanes, una serie de suaves elevaciones llamada La Losa, cerca del pueblo jiennense de Santa Elena, en las estribaciones de Sierra Morena. Los musulmanes disponen guarniciones en los principales pasos para impedirles el paso a las tropas cristianas, pero éstas logran cruzar las montañas (según la leyenda, por un paso secreto que les muestra un pastor) y llegar a campo abierto.
Los días 13, 14 y 15 de julio se producen pequeños combates entre miembros de ambos ejércitos. El lunes 16 se produce el ataque definitivo de los cristianos. En el centro de su formación, la caballería pesada castellana y de las órdenes de caballería. En el flanco derecho, la infantería castellana (buena parte de ella formada por milicias urbanas de ciudades como Soria, Béjar, Madrid o Medina del Campo) y la caballería navarra. A la izquierda, las tropas aragonesas (los merecidamente famosos almogavares) y otros caballeros de distinto origen.
El primer ataque lo lanzan los cristianos: la caballería pesada, al mando de Diego López II de Haro, carga contra el centro del ejército almohade, donde se sitúa la infantería ligera. Los musulmanes siguen la misma táctica que en Alarcos: la infantería, tras provocar todas las bajas posibles a la caballería enemiga, retrocede, haciendo que los cristianos avancen; y entonces, la segunda línea del ejército musulmán, incluída la caballería, cae sobre ellos, causándoles grandes bajas. La segunda línea cristiana, al mando de Núñez de Lara, acude en su ayuda, pero los enemigos son demasiados, las bajas aumentan y parte de las tropas comienza a retroceder. Sólo López de Haro, acompañado de su hijo, de Núñez de Lara, de algunos fieles y de las tropas de las órdenes militares, mantienen la formación luchando ferozmente. Entonces, creyendo la batalla ganada, parte del ejército almohade rompe la formación para salir en persecución de los cristianos que se retiran. En el campamento cristiano, los tres reyes observan con preocupación cómo la batalla parece girar en contra de sus intereses. Y acontece entonces uno de esos momentos legendarios que pasan a la historia. Alfonso VIII, Sancho VII y Alfonso II se ponen al frente de todas las tropas que le quedan y se lanzan a la carga contra sus enemigos.
La llegada de las reservas cristianas con sus reyes al frente tiene un efecto devastador sobre los almohades. El empuje del ataque sobrepasa la segunda y tercera líneas musulmanas, llegando a las cercanías del campamento musulmán, situado en un altozano, donde se destaca la lujosa tienda de Miramamolín, y protegido por los imesebelen. Entre las tropas almohades cunde el desconcierto, mientras que los cristianos, espoleados por la acción de sus reyes, se lanzan con nuevos bríos al combate. La tumultuosa lucha se acerca al campamento musulmán. Los arqueros musulmanes, atrapados en la barahúnda de la pelea, no son efectivos como otras veces contra los caballeros. Y finalmente, los cristianos llegan hasta  los imesebelen, que combaten con desesperación pero acaban siendo superados. Es al rey navarro Sancho el Fuerte (así llamado por su imponente aspecto físico, ya que al parecer sobrepasaba largamente los dos metros de estatura) al frente de unos 200 de sus caballeros, al que le cabe el honor de romper la última línea defensiva del campamento. An-Nasir consigue escapar mientras en la colina tiene lugar una espantosa matanza; cuentan los cronistas que tras la batalla los caballos tenían dificultades para avanzar por ella, tal era la cantidad de cadáveres que yacían en el suelo.
Los datos sobre las bajas son poco fiables; la mayoría de las fuentes (posiblemente exagerando) hablan de 90000 musulmanes caídos, por 5000 cristianos. El botín de guerra capturado fué colosal, se conquistó una amplísima extensión de terreno y sólo una epidemia que se desató poco después puso freno al avance cristiano hacia el Sur. An-Nasir nunca se recuperó de la derrota; poco después abdicaría en su hijo Yusuf al-Mustansir (que contaba con sólo 16 años) y se retiró a Marraquech, donde murió en 1213 (se dice que envenenado). El imperio almohade entraría enseguida en decadencia, y sus territorios peninsulares acabarían desmembrados en una serie de pequeños reinos o taifas, de los que sólo Granada resistiría hasta 1492.
El renombre de Las Navas fué tal que, durante siglos, los cronistas cristianos se referían a ella sencillamente como "La Batalla", mientras que los musulmanes la llamaban la batalla de Al-Uqab o, muy gráficamente, "El Desastre".

sábado, 14 de julio de 2012

Ambos, Santísimo Padre


                                       León XIII (1810-1903)

Vincenzo Gioacchino Raffaele Luigi Pecci, que fué Papa de 1878 a 1903 con el nombre de León XIII, gustaba de entrevistar personalmente a los miembros recién ingresados en la Guardia Suiza, a los que dirigía siempre las mismas tres preguntas, y en el mismo orden:
- ¿Cuantos años tienes?
- ¿Cuanto tiempo puedes ayunar?
- ¿Tienes aún padre y madre?
En cierta ocasión, se trataba de incorporar a dicho cuerpo a un joven que desconocía el italiano, por lo que sus superiores le enseñaron las respuestas a las preguntas que siempre hacía León XIII, en el mismo orden que solía hacerlo. En aquella ocasión, sin que se sepa por qué, León XIII alteró el orden de las preguntas:
- ¿Cuanto tiempo puedes ayunar?
- Veinticuatro años
- ¿Qué edad tienes?
- Dos meses
Sorprendido por las respuestas, el Papa se quedó callado un momento y luego le dijo al soldado:
- O tú o yo estamos mal de la cabeza
A lo que el joven, creyendo que le preguntaba si aún vivían sus padres, respondió:
- Ambos, Santísimo Padre.

sábado, 7 de julio de 2012

La Ley Seca

Manifestantes a favor de la Ley Seca (Colección John Binder)

El 17 de enero de 1920 entraba en vigor la llamada Ley Volstead, aplicación de la Enmienda 18 a la Constitución de los EEUU, propuesta en diciembre de 1917 por el Senado y ratificada el 16 de enero de 1919. Dicha enmienda declaraba ilegal la producción, venta, transporte, exportación e importación de licores destilados, aunque con algunas excepciones (por ejemplo, el bourbon, el whiskey de maiz típicamente norteamericano, que se siguió fabricando por sus "propiedades medicinales"). Aunque dicha Enmienda se hizo mucho más conocida por su apodo popular: la Ley Seca.
La Ley Seca tuvo su origen en el denominado Movimiento por la Temperancia, surgido en los EEUU allá por principios del siglo XIX. Impulsado fundamentalmente por congregaciones religiosas protestantes (metodistas, mormones, etc.) alcanzó una gran popularidad en muy poco tiempo y fué ganando seguidores. Al final, el proyecto de la prohibición del alcohol gozaba de un gran número de variopintos apoyos. No sólo, evidentemente, numerosos grupos religiosos de todo tipo; también movimientos progresistas y de defensa de la mujer, filántropos como el multimillonario John D. Rockefeller, sociedades para la defensa de los derechos de los negros e incluso el mismísimo Ku Klux Klan estaban a favor de la prohibición. Sus promotores la llamaron "el noble experimento" y confiaban en que, con la prohibición, se redujese el crimen y la corrupción, se mejorase la salud de los ciudadanos (especialmente de los de las clases bajas), se redujeran los homicidios y la violencia doméstica, se descongestionaran prisiones y albergues para vagabundos y, en general, se hiciera del mundo un lugar mejor.
Esa era, al menos, la teoría.
Lo que en realidad ocurrió era previsible. Como la gente quería seguir bebiendo, había que satisfacer su demanda. Y floreció la destilación ilegal y el contrabando de licor desde Canadá, México y el Caribe. Todo ello a un precio mucho más caro y con menos garantías sanitarias. Y fué el crimen organizado quién aprovechó la ocasión para hacerse con el mercado. El tráfico de alcohol supuso para todo tipo de bandas criminales (la más conocida de ellas, por supuesto, la Mafia) una fuente inmensa de ingresos que cimentó el poder que todavía hoy conservan. Y con ese dinero sobornaron a policías, jueces y políticos para que hicieran la vista gorda con sus negocios, con lo que la corrupción se multiplicó.
Al principio de la década de los 30 la situación no había mejorado, sino que había empeorado notablemente. El crimen organizado campaba a sus anchas. Los delitos se habían multiplicado; la tasa de homicidios (muchos de ellos vinculados a la lucha por el control del mercado negro del alcohol) pasó de 6'8 por cada mil habitantes en 1920 a 9'9 en 1933. Los convictos en cárceles federales habían pasado de 4000 a más de 27000. La corrupción infestaba todos los sectores de la sociedad. Gangsters como Al Capone o Bugsy Moran se habían hecho enormemente poderosos. Por todas partes florecían los speakeasies o bares ilegales. El alcoholismo había aumentado, lo mismo que las enfermedades y las muertes derivadas del consumo de alcohol (generalmente, por la bajísima calidad del licor de contrabando), que en algunos estados se habían cuadruplicado. Y todo ello apenas había reducido el consumo global: se pasó de un consumo per cápita de seis litros de licor al año en 1919 a cinco en 1929. El propio Rockefeller lo admitía: En general ha aumentado el consumo de alcohol, se han multiplicado los bares clandestinos y ha aparecido un ejército de criminales.
En esos momentos, tres cuartas partes de la población norteamericana eran partidarios de derogar de una vez la ley. En 1932 fué elegido presidente el demócrata Franklin Delano Roosevelt, que llevaba en su programa electoral la promesa de la desaparición de la ley. No solo por las consecuencias derivadas de la prohibición; también porque, en plena Depresión, la legalización del alcohol supondría crear nuevos empleos y aumentar la recaudación fiscal. En marzo de 1933, la llamada Acta Cullen-Harrison permitía la venta de cerveza de hasta 3'2 º y de vino, acabando así con la Ley Volstead. Y el 5 de diciembre, el Senado aprobaba la Enmienda 21, que derogaba definitivamente la Enmienda 18.
La Mafia perdió así su principal fuente de ingresos, pero había alcanzado un poder que ya no abandonaría, y se buscó otros negocios alternativos. Como el tráfico de heroína, que casualmente acababa de ser ilegalizada...

Alphonse Gabriel "Al" Capone, uno de los grandes beneficiados por la Ley Seca

sábado, 30 de junio de 2012

Los sucesos de Montejurra


Aniano Jiménez Santos (centro) recibe un disparo de García-Verde (a la derecha, con gabardina)

El 31 de marzo de 1830, el rey español Fernando VII promulgaba la llamada Pragmática Sanción, que suponía derogar la Ley Sálica, que excluía del trono a las mujeres. De este modo se aseguraba que su hija Isabel, que nacería el 10 de octubre de ese año, ocuparía el trono. Algo que no gustó nada a su hermano menor, Carlos María Isidro, hasta entonces heredero. Carlos se fué al exilio en marzo de 1833 para no reconocer a Isabel como princesa de Asturias y, cuando Fernando murió en septiembre de ese año, considerándose el legítimo heredero se proclamó rey con el nombre de Carlos V, dando lugar así a la primera guerra carlista (1833-1840). Mientras que por lo general los sectores más conservadores y reaccionarios tomaron partido a favor de Carlos, los moderados y liberales se unieron mayoritariamente a las filas isabelinas. Tras siete años y más de 200000 muertos, se alcanzó un acuerdo de paz e Isabel fué reconocida como reina. Pero poco después se revivían las hostilidades: Carlos María Isidro "abdicaba" en 1845 en su hijo Carlos Luís que, bajo el nombre de Carlos VI, trató de ocupar el trono. La nueva guerra, de 1846 a 1849, tuvo mucha menos significación y sólo tuvo relevancia en regiones con fuerte arraigo carlista: Cataluña, Navarra, Aragón y el País Vasco. Habría aún una tercera guerra carlista, de 1872 a 1876, comenzada por los partidarios de Carlos María de Borbón (alias Carlos VII) tratando de aprovechar el cesconcierto causado por la abdicación de Isabel II, el reinado de Amadeo I y la proclamación de la Primera República, pero de nuevo tuvo una limitada repercusión.
Durante el siglo XX la importancia del carlismo se vió reducida paulatinamente, en medio de la multitud de partidos, movimientos y organizaciones surgidas en la convulsa política española de principios de siglo. Tras el estallido de la Guerra Civil, el regimen franquista forzó al partido carlista a fusionarse con la Falange. Esto provocó en el carlismo unos años de confusión, cismas, escisiones, etc. bajo la "regencia" de Javier de Borbón-Parma, aunque un grupo trató de establecer una nueva línea sucesoria reconociendo como heredero a Carlos de Habsburgo-Borbón (nieto de Carlos VII). Posteriormente, el movimiento carlista, originariamente derechista y conservador, comenzó un giro ideológico que lo acercó a posiciones de izquierda, aunque en contra de la voluntad de parte de sus seguidores más tradicionalistas. En abril de 1975, Javier de Borbón abdicaba en su hijo Carlos Hugo, verdadero impulsor de este cambio político, al que los sectores más reaccionarios del carlismo rechazaban.
Desde altas instancias del gobierno se veía con cierta preocupación este nuevo carlismo, por lo que se aprovechó el descontento interno con Carlos Hugo para tratar de crear un nuevo frente carlista opuesto y de carácter ultraderechista. Los descontentos carlistas más radicales se agruparon en torno a la figura del hermano menor de Carlos Hugo, Sixto Enrique, y a esta nueva facción (al parecer, organizada y financiada por los servicios secretos del gobierno español) se unieron diversos elementos de ultraderecha, procedentes de movimientos como los Guerrilleros de Cristo Rey o la Falange, e incluso mercenarios argentinos e italianos. Y proclamaron a Sixto como el auténtico aspirante, negándole la legitimidad a Carlos Hugo.
En los años cuarenta, Javier de Borbón había instaurado la costumbre de convocar, periódicamente, reuniones de seguidores carlistas en el monte navarro de Montejurra, donde en 1873 había tenido lugar una inportante batalla durante la Tercera Guerra Carlista. Por lo general, los asistentes partían desde el cercano Monasterio de Irache y ascendían a pie al monte, donde tenía lugar una misa y diversos discursos y actos de confraternización. Pero en mayo de 1976 fué radicalmente diferente. A los actos de aquel año acudían representantes de varios partidos de izquierdas (incluídos PSOE y Partido Comunista), con los que Carlos Hugo mantenía estrechas relaciones. Un grupo de seguidores de Sixto, fuertemente armados, acamparon en la cumbre el 7 de mayo amenazando a los fieles a Carlos Hugo para que no trataran de acceder a ella; según decían, la simbólica cumbre había sido "usurpada" y ellos iban a devolverla a sus legítimos dueños.
El sábado 8 de mayo varios seguidores de Carlos Hugo que trataban de acceder a la cumbre fueron amenazados por los leales a Sixto, que les amenazaron con armas de fuego. Aún así, al día siguiente, domingo 9, de nuevo los partidarios de Carlos Hugo trataron de ascender a Montejurra, como estaba previsto. Los primeros incidentes tuvieron lugar ya cerca de Irache: agresiones, pedradas, etc. que culminaron con un disparo efectuado por José Luis Marín García-Verde, un falangista ultrarreaccionario y comandante retirado del Ejército, disparo que hirió de gravedad a un seguidor de Carlos Hugo llamado Aniano Jiménez Santos, que moriría diás después en el hospital. Posteriormente, ya cerca de la cumbre, los sixtinos realizaron varios disparos contra los carloshuguinos, produciéndose varios heridos y un nuevo fallecido, Ricardo García Pellejero (al parecer, también por disparos de García-Verde).
Ante la pasividad de las fuerzas del orden, los responsables del tiroteo lograron huir del lugar. Sólo días más tarde fueron detenidos y procesados tres de los participantes: José Luis Marín García-Verde, Arturo Márquez de Prado y Fernando Carrera. Sin embargo, no llegaron ni a ser juzgados. La Ley de Amnistía de 1977, al haber sido calificados de "políticos" sus crímenes, les dejó en libertad. A Sixto de Borbón ni se le llegó a tomar declaración; fué expulsado del país poco después.

José Luís Marín García-Verde, pistola en mano durante los sucesos de Montejurra

sábado, 23 de junio de 2012

La fuga de Alcatraz

                              Isla de Alcatraz

Pese a que funcionó como cárcel apenas tres décadas, le bastaron a la prisión de Alcatraz para convertirse en uno de los establecimientos penitenciarios más famosos del mundo. Acrecentada dicha fama por el hecho de que nadie haya logrado jamás huir con éxito de sus calabozos. Al menos oficialmente...
La prisión de Alcatraz comenzó a funcionar como tal en 1933, construída a partir de un fuerte militar de mediados del siglo XIX que durante la guerra de Secesión había funcionado como lugar de encarcelamiento para soldados confederados. Aparte de los accesorios habituales en estos lugares (barrotes, vallas, guardias armados, etc.) se unía la ventaja de su situación: un islote en mitad de la bahía de San Francisco, a varios kilómetros de tierra firme, en unas aguas gélidas, con fortísimas corrientes y abundancia de tiburones, todo lo cual hace, en teoría, prácticamente imposible huir a nado (no tanto: el nadador especialista en grandes distancias David Meca logró llegar a tierra en 1999, y con grilletes en las piernas, por encima; los españoles somos así de brutos a la hora de presumir).
Su aparente inviolabilidad la convirtió en la cárcel más segura de Norteamérica, adonde fueron a parar algunos de los presos más famosos y peligrosos de la época, incluídos numerosos gangsters como Al Capone, Alvin Karpis o Whitey Bulger. Y aunque hubo hasta catorce intentos de fuga, ninguno tuvo éxito. O quizá si. En 1937, dos prisioneros, Ralph Roe y Theodore Cole, lograron huir de la isla. Jamás se volvió a saber de ellos, y se les consideró ahogados. Y en 1962 tuvo lugar la fuga más famosa de la historia de Alcatraz, que incluso fué llevada al cine en un filme de 1979 dirigido por Don Siegel y protagonizado por Clint Eastwood.
En enero de 1960 llegó a la isla Fran Morris, un peligroso atracador de bancos, que llevaba desde los trece años entrando y saliendo de distintos correccionales y cárceles. También era un hombre inteligente, con un coeficiente de inteligencia muy superior a la media. Allí se encontró con un viejo conocido, Allen West, que llevaba en la isla desde 1957. Y poco después, llegaban al penal otros dos antiguos camaradas, los hermanos Anglin, John (trasladado en octubre) y Clarence (trasladado en enero de 1961), dos presos no especialmente peligrosos, pero si incómodos: habían logrado escaparse de las dos últimas cárceles donde habían estado encerrados. Los cuatro habían coincidido años atrás en la cárcel de Atlanta, y no tardaron en empezar a maquinar un modo de huir de la en teoría inexpugnable cárcel.
No tardaron en descubrir que detrás de la pared de sus celdas discurría un pasillo de mantenimiento que se comunicaba con sus habitáculos a través de los huecos de ventilación. También se dieron cuenta de que el hormigón de las paredes estaba envejecido y debilitado. Con herramientas improvisadas, como cucharillas y cortaúñas, consiguieron extraer las rejillas de los respiraderos para irlos ensanchando poco a poco hasta que tuvieron el tamaño necesario que permitiese el paso de un hombre. Pero no sólo eso; con el cemento que arrancaban de la pared y otros materiales construyeron falsas cabezas, pintadas y adornadas con pelo natural, para colocar en sus camas y hacer pensar a los guardas que permanecían dormidos en sus celdas. Además también construyeron una primitiva balsa salvavidas, con bolsas de basura y otros materiales, para ayudarles en su travesía. La madrugada del 11 al 12 de junio de 1962 los presos pusieron en práctica su plan. No todos: West fué incapaz de atravesar a tiempo su respiradero y cuando pudo salir de la celda, los demás ya se habían ido, con lo que tuvo que quedarse en su celda.
Por lo que se cree, los tres fugitivos llegaron al tejado a través del pasillo, se descolgaron por las cañerías de desagüe y salieron del recinto saltando varias vallas y cercas de bastante altura. Luego se echaron al mar... y desaparecieron.
En cuanto se supo de su huída, se dió la alarma a toda la zona. El FBI lanzó una de las mayores operaciones de búsqueda de su historia, pero no consiguió hallar nada. Sólo se hallaron algunas pertenencias de los Anglin y frangmentos de lo que podía ser la balsa en un islote a unos tres kilómetros de Alcatraz, llamado del Ángel. Ni cuerpos, ni señal alguna de los fugitivos. Pasadas unas semanas, se cesó de buscarlos y el 31 de diciembre de 1979 el FBI cerró el caso de manera oficial, concluyendo que "no hay indicio creíble de que los huídos estaban todavía vivos". Sin embargo, los U. S. Marshalls siguen investigando el caso, que permanecerá abierto, al menos, hasta que los huidos cumplan 100 años.
¿Qué pasó realmente con los tres fugitivos? ¿Consiguieron fugarse o se ahogaron? Hay datos en contra y a favor. En contra, además de las notorias dificultades de la huída, está el hecho de que no se ha tenido noticia de ninguno de los tres a lo largo de estos años. Resulta difícil de creer que tres delincuentes habituales hayan podido esconder su rastro de manera tan eficiente. Morris no tenía familia, pero los Anglin si, y aunque dicen creer que siguen vivos, nunca han admitido que se hayan puesto en contacto con ellos. Además, existe el testimonio de la tripulación de un carguero noruego que, semanas después de la huída, avistó un cadáver flotando en la bahía de San Francisco, cuyos rasgos coincidían con los de Morris.
¿Indicios a favor? Pocos y circunstanciales. Además de testigos que afirman haber visto a los huídos (sin ninguna prueba física y de dudosa credibilidad), la familia Anglin cuenta que, tras la fuga, la madre de los huídos recibía siempre en su cumpleaños un ramo de flores enviado de manera anónima. Diversas reconstrucciones y documentales sobre la escapada refrendan que pudieron llegar a tierra firme, y que esa misma noche se denunció el robo de un coche cerca de la costa, que pudo haber sido utilizado por los fugitivos. Un dato curioso lo aporta el conocido programa MythBusters: el lugar más probable al que habrían llegado los presos es el entorno del cabo de Marin, desde donde la corriente podría haber llevado los restos de la balsa al islote del Ángel, donde aparecieron.
La prisión de Alcatraz se clausuró al año siguiente de la huída de Morris y los Anglin. Algunos dijeron que era por haber perdido su fama de "a prueba de fugas". La realidad es mucho más prosaica: el coste del presidio era demasiado alto. Cada preso de Alcatraz costaba al gobierno norteamericano el doble de lo que costaban los presos de otras cárceles, y además, el desgaste y la corrosión de sus instalaciones, provocadas por el clima y el salitre, hacían que la cárcel requiriera una serie de elevadas inversiones para su mantenimiento. Por eso la cárcel se cerró y los presos fueron distribuídos por otros penales. En 1969, un grupo de indios norteamericanos la ocuparon y permanecieron en ella 18 meses, reivindicando que la propiedad de la isla les fuera devuelta. En 1972 pasó a formar parte del Parque Nacional Golden Gate, en 1976 fué nombrada "Lugar Histórico Nacional" y hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de San Francisco y recibe miles de visitas al año.
Una de las falsas cabezas que los presos utilizaron para disimular su ausencia durante la noche

sábado, 16 de junio de 2012

Arrepentimiento literario

Joseph Hilaire Pierre René Belloc (1870-1953)

El escritor anglofrancés Hilaire Belloc, amigo íntimo de G. K. Chesterton, dejó a su muerte una extensa obra literaria (más de 150 libros, entre ensayos, novelas, poemarios y libros de historia). Pero no se sentía orgulloso de toda su obra por igual. Lo cierto es que buena parte de ella había sido escrita con el único objetivo de obtener dinero para pagar sus numerosas deudas, así que entre ella se encontraban libros de calidad más que discutible.
En cierta ocasión, allá por la década de los 30, Belloc viajaba en tren cuando se dió cuenta de que el viajero situado enfrente de él estaba enfrascado en la lectura de un ejemplar de su Historia de Inglaterra. Belloc se inclinó hacia él y le preguntó cuánto le había costado el libro. Cuando le hubo respondido, el escritor sacó de su bolsillo la cantidad indicada, se la entregó al otro viajero y, sin decir palabra, le arrebató el libro y lo arrojó por la ventanilla del vagón.

martes, 5 de junio de 2012

Las seis esposas de Enrique VIII

                    Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547)


El rey Enrique VIII de Inglaterra ha pasado a la historia por dos motivos fundamentales: la ruptura con la Iglesia Católica y el establecimiento de la Iglesia Anglicana, y su más que agitada vida sentimental. Aunque el primero es en buena parte consecuencia del segundo. Hoy voy a hacer una semblanza de las esposas del rey.
La primera esposa de Enrique fué la española Catalina de Aragón, hija de los reyes Católicos. Sus padres la habían prometido siendo una niña con el heredero al trono inglés, Arturo, y el matrimonio se celebró cuando ambos tenían quince años. Pero Arturo era bastante debilucho y murió apenas seis meses después de la boda, con lo que ambas familias pactaron que Catalina se casaría con el hermano menor de Arturo, Enrique, cuando alcanzara la edad adecuada (por entonces tenía sólo diez años). Para ello hubo de pedir una dispensa papal, ya que, al haber estado casada con su hermano, legalmente Catalina era pariente suya...
La boda entre ambos se celebró en junio de 1509, dos meses después de la muerte de Enrique VII y de que Enrique hubiera subido al trono. Catalina, todo hay que decirlo, fué una excelente reina: inteligente, muy culta, con un carácter fuerte y decidido (en alguna ocasión llegó a pasar revista a caballo a las tropas) y muy atractiva (tenía los ojos azules, el pelo rubio y la piel blanca). Y Enrique, al parecer, se casó enamorado. Pero su gran obsesión era tener un heredero varón, que confirmase a su todavía joven dinastía, los Tudor, en el trono (al que habían accedido después de que su padre, Enrique VII, derrotase en 1485 al hasta entonces rey Ricardo III). Y Catalina fué incapaz de darle el heredero. De los siete embarazos que tuvo, sólo una niña, María (que luego reinaría como María I Tudor) llegó a la edad adulta. Enrique empezó a desesperarse. Y entonces entró en escena Ana Bolena.
Ana Bolena era una de las varias "amantes oficiales" que tenía el rey (además de innumerables relaciones ocasionales) y su propia hermana, María Bolena, la había precedido en tal "cargo" (llegó a tener dos hijos ilegítimos del monarca, Enrique y Catalina Carey). Atractiva, sensual y ambiciosa, volvió loco de pasión a Enrique y lo convenció de que ella sí podía darle el ansiado heredero. Así que Enrique VIII pidió al papa Clemente VII que anulara la validez de la bula papal que había validado su matrimonio con Catalina, para así poder declarar dicho matrimonio no válido y poder casarse con Ana. Pero a ello se opuso rotundamente el rey español, Carlos V, sobrino carnal de Catalina y católico ferviente, que veía la petición de Enrique no sólo como una burla a las leyes de la Iglesia, sino también como una ofensa directa a su familia. Y Clemente VII, considerando los argumentos de ambos, consideró que Carlos V tenía más soldados y más cerca de Roma, por lo que denegó la petición de Enrique. Éste, enfurecido y poco acostumbrado a que le llevaran la contraria, se declaró independiente de Roma, abrazó el protestantismo y se declaró cabeza de la Iglesia de Inglaterra (lo que le costó, evidentemente, la excomunión). Y así, se casó con Ana en enero de 1533 (aunque no anuló oficialmente su matrimonio con Catalina, que había sido confinada en un castillo, hasta mayo de ese año).
A Ana Bolena también se la conoce como "Ana de los mil días", porque esa fué mas o menos la duración de su reinado. También ella fué incapaz de darle el deseado heredero, y sólo le dió una hija, Isabel (la famosa Isabel I de Inglaterra, la reina virgen). El rey acabó por hartarse de ella, y en mayo de 1536, Ana fué arrestada y recluida en la Torre de Londres, acusada de adulterio, incesto y alta traición. Declarada culpable, fué decapitada (igual que su hermano George y varios de sus supuestos amantes) el 19 de mayo. Pocos días después, el rey, que no había tomado parte de ninguna manera en su proceso, se casaba con su amante Jane Seymour.
Con Jane, el rey tuvo, por fin, su heredero: Eduardo, nacido un año después de su matrimonio y que a la muerte de su padre reinaría brevemente como Eduardo VI (antes de morir de tuberculosis con apenas 16 años). Sin embargo, Jane tuvo una serie de complicaciones en el parto y murió dos semanas después a consecuencia de una infección.
El rey tenía su ansiado heredero y, tras la muerte de Jane, había vuelto al estado de "soltero retozón". Y empezó a pensar en contraer un nuevo matrimonio. Su primer ministro, Thomas Cromwell, le sugirió aprovecharlo para establecer una alianza, ahora que se había quedado huérfano de aliados. Él mismo se encargó de buscar a la novia adecuada, y al final las candidatas quedaron reducidas a las hermanas Ana y Amelia de Cleves, hermanas del duque Wilhelm de Jülich-Cleves-Berg, uno de los nobles protestantes más poderosos e influyentes de Alemania. Finalmente, fué Ana de Cleves la escogida.
Como era costumbre en matrimonios concertados, ambos pretendientes se intercambiaron retratos y el rey dió el visto bueno a su prometida. Pero cuando ésta llegó a Inglaterra en enero de 1540, Enrique se llevó una desagradable sorpresa. Holbein el joven, el autor del retrato de Ana, era un artista muy generoso con sus modelos y derrochaba imaginación en sus obras. Digámoslo claramente: nadie protestaría si fuera declarado santo patrón del Photoshop. Ana De Cleves no era exactamente la hermosa joven del retrato: era una mujer alta, corpulenta, hombruna y con la cara marcada por las cicatrices de la viruela. El propio rey la llamó "la yegua de Flandes" y trató de buscar alguna salida para anular el compromiso, sin éxito; se vió obligado a casarse con ella el 6 de enero. El rey accedió para no poner en peligro la alianza con los alemanes, pero no quiso ni consumar el matrimonio ni tener más contacto con ella. En julio de ese mismo 1540, harto de la situación, pidió a Ana su consentimiento para anular el matrimonio, a lo que ella accedió. El rey, muy contento de que todo se resolviese de manera tan sencilla, la colmó de atenciones, le concedió numerosas propiedades, la llamaba su querida hermana y la invitaba a menudo a la corte. Llegó a declarar su precedencia entre todas las mujeres de Inglaterra, salvo su mujer e hijas. En resumidas cuentas, el equivalente de la época al "Te quiero, pero sólo como amiga" de hoy. Ah, y aunque Ana se libró del hacha del verdugo, no así Cromwell, ejecutado poco después de la disolución del matrimonio.
Después de Ana, Enrique no tardó ni un mes en volver a casarse, en esta ocasión con Catalina Howard. Catalina, que era apenas una adolescente, era dama de compañía de Ana De Cleves cuando el rey la conoció y se encaprichó de ella. Tras un par de meses como amantes, la convirtió en su nueva reina. El rey estaba entusiasmado con su nueva reina; pero el sentimiento no era precisamente mutuo. Catalina era una joven hermosa y vivaracha y aquel marido, por muy rey que fuera, era un cincuentón obeso y enfermo de sífilis. Así que no tardó en encontrar consuelo en los brazos de Thomas Culpeper, uno de los caballeros de confianza del rey, quien era un mozo guapo y varonil. Pero la relación no tardó en llegar a oídos del rey, que se enfureció en extremo. y más aún cuando supo que Catalina no era la joven virtuosa e inocente que el creía que era; antes de llegar a la corte, ya había tenido un par de amantes, un profesor de música y un tal Francis Dereham, al que ella había nombrado secretario suyo. Presa de un imponente enfado, el rey hizo arrestar y ejecutar no sólo a Catalina y a Culpeper, sino también a Dereham y a lady Rochford (viuda del también ejecutado George Bolena) como encubridora de los amantes. Catalina fué reina de julio de 1540 hasta febrero de 1542.
Después de todos estos avatares, increíblemente al rey todavía le quedaban ganas de matrimonio. Su sexta esposa fué, aparentemente, otro capricho suyo: Catalina Parr, una atractiva y rica aristócrata, viuda dos veces, y que por entonces, al parecer, era la amante de Thomas Seymour, hermano de la tercera esposa de Enrique. Al parecer Catalina accedió al matrimonio por imposición y no por gusto. Sin embargo, su fuerte carácter le permitió tener cierta influencia sobre el rey y le indujo a reconciliarse con sus dos hijas, María e Isabel. El matrimonio se celebró el 12 de julio de 1543 y duró hasta el 28 de enero de 1547, cuando Enrique murió otorgando así a Catalina el gran honor (y el gran alivio) de convertirse en Reina Viuda de Inglaterra... aunque la viudez no le duró mucho: antes de seis meses ya se había casado con Thomas Seymour.

sábado, 2 de junio de 2012

La espada de Aurangzeb

Abú Muzaffar Muhiuddin Muhammad Aurangzeb Alamgir (1618-1707), emperador mogol de 1658 a 1707

El imperio mogol fué un estado islámico establecido en el norte de la India a principios del siglo XVI, regido por una dinastía de origen persa descendiente del mítico Tamerlán (o Timur Lang, para ser más correctos). En su época de mayor esplendor llegó a dominar la mayor parte del subcontinente indio, así como la mayor parte de lo que hoy son Afganistán, Pakistán, Bangladesh, Nepal, Bután e incluso parte de Irán. Y Abú Muzaffar Muhiuddin Muhammad Aurangzeb Alamgir (1618-1707) fué su sexto emperador.
Aurangzeb (llamémoslo a partir de ahora así, ya que hay confianza) era hijo de Shah Jahan, el constructor del archiconocido Taj Mahal. A diferencia de sus antecesores, Aurangzeb era un musulmán estricto y bastante fanático. Además era muy ambicioso y belicoso y, siendo el tercero en la línea sucesoria, no reparó en los medios necesarios para llegar al trono: recluyó a su padre en prisión los últimos años de su vida e hizo ejecutar a dos de sus tres hermanos (el tercero, por lo visto, era el que más corría).
Lo cierto es que Aurangzeb pasó la mayor parte de su casi medio siglo de reinado guerreando. Combatió por todas sus fronteras para aumentar sus posesiones, a costa de dejar un imperio exhausto y dividido que poco después entraría en decadencia y sería derrotado por los iraníes, y que acabaría cayendo bajo el dominio británico a mediados del siglo XIX. Y el amigo Aurangzeb tampoco se caracterizó por su tolerancia: llevado por su fanatismo, destruyó numerosos templos de otras religiones, fundamentalmente hinduistas, y forzó conversiones en masa. Vamos, que la imagen con la que ha pasado a la posteridad no es demasiado positiva.
Damos ahora un salto en el tiempo hasta finales del siglo XIX. En 1875 se fundó la Universidad de Aligarh, a unos 150 kilómetros de Nueva Delhi, gracias al empeño de un político, educador y filántropo llamado sir Syed Ahmed Khan. La Universidad, conocida como "el Oxford del Este", es una de las instituciones educativas más prestigiosas de la India, surgió como un proyecto para educar a los musulmanes de la India tras las revueltas de 1857, y acabó siendo uno de los centros donde germinaron los movimientos independentistas de la India y Pakistán contra el imperio británico. Posee la considerada la segunda mayor biblioteca de Asia, con cerca de millón y medio de libros y miles de manuscritos, muchos de ellos verdaderamente extraordinarios, como un ejemplar del Corán datado en torno al siglo VII. Y eso, dentro de lo conocido, porque en sus distintas dependencias hay numerosos documentos y objetos sin catalogar, la mayor parte de ellos procedentes de donaciones que jamás fueron registradas, con lo que no se sabe muy bien lo que puede haber en ellos. Precisamente, hace algo más de un año, Ata Kurshid, el jefe de la división de manuscritos de la universidad, se hallaba revisando algunos de estos objetos no clasificados cuando decidió abrir un armario metálico con todo el aspecto de no haber sido abierto en décadas. Imaginaos su sorpresa cuando en su interior halló, entre otros objetos (como un set de escritura en zafiro que había sido propiedad del rey afgano Nadir Shah) una espada, que resultó ser, ni más ni menos que la mismísima espada de Aurangzeb. La espada, de acero con incrustaciones de oro y empuñadura dorada, está en perfecto estado... salvo por la ausencia de los cinco hermosos diamantes que lucía su empuñadura y de los que no hay ni rastro. Los propios dirigentes de la universidad reconocen que la escasez de fondos les impide revisar sus fondos con la minuciosidad que querrían, y ni ellos mismos se aventuran a decir qué tesoros quedan por descubrir aún en sus almacenes.