Verba volant, scripta manent

lunes, 16 de mayo de 2011

Hildegart

 Hildegart Leocadia Georgina Hermenegilda María del Pilar Rodríguez Carballeira


Aurora Rodríguez Carballeira nació en Ferrol en 1890. Hija de un prestigioso abogado, desde muy joven mostró su rebeldía y su afinidad con las ideas socialistas. Pero lo que de verdad la obsesionaba era la situación de la mujer, sin apenas derechos, subordinada casi siempre a un hombre, ya sea padre o marido. Un hecho inesperado se convierte en su inspiración: su hermana tiene un hijo de soltera, que queda al cuidado de Aurora. Ese niño era Pepito Arriola, que alcanzaría fama como precoz intérprete de piano, ya que comenzó a dar conciertos con apenas tres años.
El precoz talento de su sobrino lleva a Aurora a pensar en concebir una hija, una niña a la que educaría desde la cuna para convertirla en una mujer del futuro, que fuese capaz de guiar al resto de mujeres y librarlas de su papel secundario en la sociedad. De este modo, elige al que considera el padre más aceptable, en lo físico y lo intelectual, en la figura de un supuesto sacerdote y marino recién llegado de Sudamérica (años más tarde se sabría que no era sino un vulgar estafador). Una vez embarazada, Aurora deja su ciudad natal y se instala en Madrid, donde el 9 de diciembre de 1914 nace su hija, a la que llamó Hildegart.
La pequeña Hildegart sorprende a todo el mundo con su precocidad. Con apenas tres años sabe leer, con diez domina varios idiomas. Su vida está dedicada exclusivamente al estudio y su madre la apremia a convertirse en lo que ella lleva tanto tiempo soñando, en un icono del feminismo, en el faro que marque el camino de la libertad a las mujeres. Con 17 años termina sus estudios de Derecho e inicia los de Medicina.
Desde que es una adolescente está vinculada al movimiento socialista, en el PSOE y la UGT. En 1932 su actitud crítica con la directiva provoca su expulsión sel PSOE y se afilia al Partido Federal. Pero además se convierte en una de las principales defensoras de la reforma sexual. Sus numerosas publicaciones y conferencias llaman incluso la atención de Havelock Ellis, principal investigador sobre sexología de su época, y del escritor H. G. Wells, fascinado por su inteligencia y su potencial.
Pero conforme Hildegart se desarrollaba y explotaba su talento, su relación con su madre se deterioraba. Los problemas mentales de Aurora se agravaban conforme aumentaban las ansias de independencia de su hija. Los ataques de paranoia de la madre de Hildegart  llegan a su punto álgido cuando la joven le hace un doble anuncio: se ha enamorado de Abel Vilella, joven activista socialista y compañero de Hildegart en muchas de sus causas, y prepara su traslado a Londres, invitada por Ellis y Wells.
La doble noticia es demoledora para Aurora. Siente que el proyecto al que ha dedicado su vida se viene abajo. Ni siquiera sus amenazas de suicidio detienen a Hildegart, decidida a separarse de ella y librarse de su enfermizo control. Desesperada, Aurora decide que es preferible acabar con su hija antes que dejarla marchar. Y así, la noche del 9 de junio de 1933, Aurora entra en el dormitorio de su hija y le dispara cuatro veces con un revólver.
El crimen supone un auténtico shock para la sociedad madrileña, por la fama y la juventud de la víctima y las circunstancias del caso. En el juicio, Aurora alega que la muerte de Hildegart se produjo fruto de un pacto entre ambas. Pese a su desequilibrio mental, Aurora es condenada a más de 26 años de cárcel, que no llegó a cumplir: la mañana del 18 de julio de 1936, aprovechando la confusión creada por el levantamiento militar contra el gobierno de la Segunda República, logró huir de prisión y no volvió a saberse nada de ella.

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