Verba volant, scripta manent

domingo, 1 de junio de 2014

La insólita fuga de Felice Benuzzi

Monte Kenia
A Felice Benuzzi siempre le había apasionado el alpinismo. Aquel joven de ascendencia italo-austríaca, nacido en Viena en 1910 y criado en Trieste, empleado del Servicio Colonial Italiano, había sido durante su infancia y adolescencia un asiduo visitante de las cumbres de los Dolomitas y los Alpes Julianos y Occidentales, hasta su traslado a Roma. Allí estudiaría Derecho y se convertiría en un destacado nadador, antes de entrar en 1938 en el organismo colonial. Sin embargo, en su destino en Addis Abeba, en la Abisinia ocupada, donde había sido enviado en 1939, las posibilidades de practicarlo eran bastante escasas.
Felice Benuzzi (izquierda) durante una escalada en Australia en 1954

Entre junio de 1940 y noviembre de 1941, las tropas británicas lanzaron la llamada Campaña del África Oriental, que culminó con la rendición de los italianos y el retorno del negus Haile Selassie, que había sido expulsado por las tropas de Mussolini en 1936. Benuzzi, como muchos otros italianos, fue capturado y enviado a un campo de prisioneros: el Campo 354, cerca de Nanyuki (Kenia).
Había un detalle del campo que fascinó desde un principio a Benuzzi: a apenas unos kilómetros, perfectamente visible, estaba el imponente monte Kenia, que con sus 5199 metros es la montaña más grande del país y la segunda de África, sólo superada por el Kilimanjaro (5892 m.). Aquella inmensa mole de piedra empezó a convertirse en una obsesión para Benuzzi, quien se pasaba largos ratos observándola. Poco a poco, fue germinando en la mente de Felice la idea de que tenía que ascender a aquella cumbre como fuese. El tedio de la rutinaria vida del campo y la opresión de estar prisionero hicieron el resto: llegó un día en que Benuzzi decidió tenía que conquistar la montaña a cualquier precio.
Primero quiso asesorarse y expuso su plan a uno de sus compañeros, experto escalador. Éste trató de quitarle aquella idea descabellada de la cabeza: para una ascensión de ese tipo, hacía falta una preparación de por lo menos seis meses, además de equipo, pertrechos, víveres, porteadores, establecer un campamento base... Pero Benuzzi, obstinado, no se dejó desanimar: costase lo que costase, escalaría la montaña. También reclutó para su aventura a otros dos prisioneros: Giovanni "Giuán" Balletto, un médico genovés, y Vincenzo "Enzo" Barsotti, un marinero natural de un pueblo de la Toscana, quienes se mostraron dispuestos a acompañarle en su viaje. Balletto, al igual que Benuzzi, era un experto montañero, mientras que para Barsotti aquella iba a ser su primera escalada.
Los tres suplieron con entusiasmo y voluntad sus numerosas carencias. A lo largo de ocho meses fueron confeccionando trabajosamente todo el equipo que iban a necesitar en su ascensión: piolets hechos a partir de martillos, crampones fabricados con chatarra de un coche abandonado y barras de hierro de refuerzo para el hormigón armado, cuerdas hechas con las mosquiteras de sus camas, ropa de abrigo hecha con mantas cosidas por uno de los prisioneros que era sastre... Y también guardando parte de sus raciones (conservas, galletas, chocolate) para disponer de alimentos en el ascenso. Benuzzi incluso dejó de fumar para intercambiar su tabaco con otros presos y obtener los materiales que necesitaba. Por no tener, ni siquiera tenían mapas de la montaña; lo único que tenían eran bocetos hechos a mano por ellos mismos y la etiqueta de una lata de carne de buey de la marca Oxo, que formaba parte de las raciones que recibían y que tenía un dibujo del monte.


Finalmente, cuando tuvieron todo dispuesto, dieron el paso definitivo. El 24 de enero de 1943, los tres aventureros lograban escapar del campo gracias a una copia que habían hecho de la llave de una de las puertas, aprovechando que la seguridad no era muy estricta: los italianos no eran especialmente problemáticos y las fugas eran infrecuentes (el territorio neutral más cercano al que dirigirse era la colonia portuguesa de Mozambique, mil kilómetros al sur). Eso si, dejaron una nota a los guardias anunciando su regreso en un par de semanas. Al carecer de mapas, siguieron el curso del rio Nanyuki, cruzando selva y sabana, hasta llegar a la ladera de la montaña. No les echaron para atrás las dificultades del camino, ni la presencia de animales salvajes como leopardos, rinocerontes y elefantes (obviamente, iban desarmados). El hecho de sentirse libres por primera vez en mucho tiempo y la ilusión del reto al que se enfrentaban les daban energías.
Al poco de iniciar el ascenso, Barsotti empezó a sentirse enfermo, sin embargo sus compañeros lo ayudaron a seguir adelante mientras fue posible. Al desconocer la montaña, siguieron una de las rutas de ascenso más complicadas y peligrosas, por la cara noroeste del monte, que expediciones mucho mejor equipadas habían sido incapaces de finalizar.
Finalmente, al pie del último pico, Barsotti estaba tan mal que no fue capaz de continuar, y tuvo que quedarse allí, mientras Benuzzi y Balletto hacían el esfuerzo final e intentaban llegar a la cumbre. Pese a su esfuerzo, las pésimas condiciones climatológicas (hielo, ventiscas...) les obligaron a retroceder cuando estaba a apenas doscientos metros de alcanzar la cumbre del Batian, el pico más alto del monte. Agotados, hambrientos, cerca de la congelación, volvieron al campamento donde les esperaba Barsotti. No sabían que nadie había ascendido al Batian por aquella cara, y que el famoso alpinista Eric Shipton, que había escalado en 1929 el monte, había considerado que la ruta noroeste era impracticable.
Sin embargo, Benuzzi no estaba dispuesto a rendirse, y al día siguiente, él y Balletto lograron alcanzar la cima de Punta Lenana, el tercer pico más alto del monte (4985 m.). Benuzzi dejó en la cima una pequeña bandera italiana y una nota en el interior de un frasco con los nombres y las firmas de los tres (serían hallados sólo una semana después por una expedición británica).
Una vez logrado su objetivo, Benuzzi y sus compañeros regresaron exhaustos y hambrientos (apenas se habían llevado alimentos para 10 días) pero triunfantes el 10 de febrero al campo de prisioneros, ante el asombro de los británicos y el entusiasmo de sus compañeros. El comandante del campo les castigó con 28 días de aislamiento, que luego redujo a siete como deferencia por su "esfuerzo deportivo".
Benuzzi sería trasladado más tarde a otro campo de prisioneros, el 353, en Gilgil (al norte de Nairobi), donde también se hallaban prisioneros un grupo de militantes de grupos paramilitares sionistas como el Irgun y el Lehi. Siendo todavía prisionero comenzó a escribir un libro sobre su aventura, con todos los detalles de sus preparativos, su fuga y su escalada. El libro se publicaría en Italia en 1947 con el título de Fuga sul Kenya. 17 giorni di liberta, obteniendo gran repercusión. Sería traducido al francés en 1950 (Kenya, ou la fugue africaine) y al inglés en 1952 (No picnic on Mount Kenya. The story of three P.O.W.'s escape to adventure). En 1953 saldría la versión alemana (Gefangen vom Mount Kenia: gefährliche flucht in ein bergsteigerabenteuer) y posteriormente, sería traducida a otros idiomas, como el sueco.

Benuzzi fue liberado en 1946. En 1948 entró en el cuerpo diplomático italiano, siendo destinado a lo largo de su carrera a París, Brisbane, Karachi, Canberra y Berlín. Se retiró en 1976, siendo embajador en Montevideo (Uruguay), y posteriormente ocupó el cargo de presidente de la Delegación Antártica Italiana (Italia acabaría adhiriéndose en 1981 al Tratado Antártico). Ostentaría diversos cargos en fundaciones benéficas y de protección medioambiental hasta su muerte, en 1988. También escribió el libro Matthia Zurbriggen, guida alpina, sobre la vida de un legendario alpinista suizo de finales del siglo XIX y principios del XX, además de publicar a lo largo de su vida numerosos artículos en revistas especializadas de alpinismo.
Una expedición francesa al monte Kenia halló en agosto de 1952 parte del equipamiento casero (crampones y otras herramientas) utilizado por los italianos, que sería donado luego, con el permiso de Benuzzi, al Musée de la Montagne, en Chamonix (Francia). El banderín y el mensaje que había dejado habían sido encontrados por alpinistas británicos y devueltos a Benuzzi, quien a su vez los donó al Museo della Montagna de Turín.
En 1953 su libro sirvió de base para un capítulo de la serie de televisión Robert Montgomery presents, y en 1994 se estrenó The ascent, una película canadiense que adapta la historia de Benuzzi (aunque cambiando los nombres de los protagonistas), dirigida por Donald Shebib y protagonizada por Vincent Spano.

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